Abatido alias “El Cuélebre”.

Estuve orgullosa, toda mi vida, de las tradiciones europeas que mi familia me inculcó desde que era pequeña, me encantaba cómo todo aquello, tan cercano y tan lejano a la vez, se mezclaba con Caracas, con Venezuela y con su matiz cultural. Me sentaba, casi todos los fines de semana, a escuchar a mi abuela relatar historias fantásticas de Ribadesella, el pueblito del que ella era oriunda. Memorizaba, con la emoción de un niño que, en pleno mundial, rellena un álbum Panini, cada personaje, cada lugar, cada paisaje.

Jugaba con mis hermanos, en el parque infantil de La Lagunita, a ser personajes de la mitología asturiana, güestias, xanas, serenas, etc. Corría, sobre la grama, utilizando mis “poderes” y persiguiéndolos a ellos, que contrarrestaban con los suyos. Me embarcaba, muchas veces, en largas discusiones que buscaban resolver quién sería El Cuélebre, el personaje más cotizado, el más brutal, el más fuerte, una serpiente alada que, prácticamente, era invencible. Estallaba de felicidad (esa felicidad estúpida que tienen los niños ante la obtención de cualquier capricho) cuando me era asignado ese privilegio en la lúdica representación.

Gleyber, el hijo de la señora Matilda (que ayudaba limpiando y cocinando en casa de mi abuela), a veces se unía a nosotros porque a mi abuela le daba lástima que se quedase sentado, durante horas, en la casa sin hacer nada mientras su mamá trabajaba. Gleyber se sabía adaptar. Era un chico respetuoso. Representaba, además, como nadie el papel de Cuélebre. Tenía mucha imaginación, tamaño (era dos años mayor que yo) y carisma, tanto así que, cuando él venía a compartir, decidíamos ser otros personajes para dejarle a él el principal.

Como el tiempo fue pasando y la crisis fue creciendo, la señora Matilda no pudo trabajar más en la casa. Intentó, mediante súplicas, llantos y relatos sobre supuestos hijos y nietos con “patas chuecas” y embarazos precoces, obtener un aumento y/o conservar el empleo; fue inútil. Comprendió, sin embargo, que el chavismo se expandía y que el poder adquisitivo se iba debilitando progresivamente para todos. Se despidió con lágrimas en los ojos y con el ofrecimiento de estar pendiente y disponible por si alguna vez la volvían a llamar.

Mi abuela, como es ley en esta vida extraña, se fue deteriorando (al igual que el país) poco a poco. Le costaba, cada vez más, echarnos aquellos cuentos que nos seguían imantando con su encantamiento pero que ya nos aburrían por sabérnoslos de memoria y haber llenado nuestras existencias con inquietudes adolescentes como el alcohol o el sexo. Naufragaba ocasionalmente en las lagunas negras y malditas del Alzheimer. Empeoró al punto de no poder hablar. Murió, en la paz de su lecho, una mañana de miércoles bajo la cruz de la victoria que adornaba su cabecera y que le había regalado un soldado amigo que combatió en la guerra civil.

Mi mamá, un día en el que yo regresaba de la universidad, me dijo que en la casa había estado la señora Matilda, canosa, pero simpática como siempre. Se preocupó, tenía mucho tiempo sin verla y sin saber de ella. Se horrorizó al hablarme de Gleyber, aquel muchacho que jugaba con nosotros se había convertido en un “mala conducta” gracias a la pobreza, a las juntas indeseables y a la facilidad que hay en nuestra ciudad y en nuestro país para conseguir armas blancas o de fuego. Se persignó. Le pidió a Dios que ayudara al nuevo delincuente, que lo orientara hacia los caminos de la rectificación.

Hace poco más de una semana, caminaba, luego de mi café matutino antes de ir al trabajo, por el kiosco de La Lagunita en el que compro, con regularidad, yesqueros y Marlboros. Me llamó la atención un titular del diario “2001”: “Abatido alias “El Cuélebre” por Polisucre”. Adquirí un ejemplar. Lo coloqué bajo mi brazo. Lo llevé a mi oficina para leerlo con calma, no todos los días se ven nombres de la mitología asturiana en periódicos caraqueños. Me senté. Lo abrí. “Gleyber Yoan Espinoza Montero, alias “El Cuélebre” fue abatido por funcionarios de la policía municipal de Sucre luego de un intento de robo a una unidad de taxi”.

Es una mezcla extraña de sensaciones el saber que un muchachito, con el que uno jugaba de pequeña, veinte años después aún se acordara de nuestro personaje favorito de andadas y tardes infantiles en el columpio, en el césped y en los toboganes; tanto como para inspirarlo en la búsqueda de un nombre con el que sembrar terror en sus víctimas y huir de la policía. Gleyber: sé que El Cuélebresegún la mitología y nuestros acuerdos, es un ser maligno y destructor al que no le importa hacer daño con tal de satisfacer sus deseos, pero no había que tomárselo tan literal, coño.

Patricia Arboleya.

 

 

 

 

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