Oscar Pérez y el chiste que nunca fue

Varios hombres encapuchados, protegidos por chalecos antibalas y equipados con armas largas, bajan a través de un barranco que parece salido de un mapa de Counter-Strike. Cercado y bloqueado por todos los flancos, El Junquito lleva varias horas sin agua ni luz. Las detonaciones, con su sonido seco y aterrador, se repiten incesantemente. En cuclillas sobre la maleza seca, un muchacho intenta grabar un video con su celular. Un cuarentón barrigón, agitando nervioso su espeso bigote negro, ruega que se detenga el fuego: “No dispares, chamo, no dispares, no dispares”.

Precediendo a una humareda gris y a un susto de grandes proporciones, un explosivo de largo alcance revienta con violencia. Los muros de la casa que está siendo atacada por mercenarios gubernamentales y civiles se desmoronan como ponqués a medio cocinar. Dos cadáveres, agujereados, reposan sobre el suelo oblicuo. Sin atender a llamados ni a altos, la ráfaga de plomo y pólvora aumenta progresivamente. Las balas, que rompen desesperadas el aire espeso, olfatean uno o más depositarios.

Oscar Pérez, el más buscado por el chavismo a razón de supuesto terrorismo, emite en vivo a través de sus redes sociales. Formando surcos delgados, la sangre le corre a través del rostro hinchado. Su voz afirma, en inquietantes imágenes borrosas, que lo solicitan muerto y sólo muerto. Contaminado pero nítido, el audio recoge la tensión del momento traducida en proyectiles que andan en su cacería. Su cuenta, que ha acaparado toda la atención del internet venezolano, se silencia.

Jessica, aprovechando el hueco que tiene entre Formación lingüística 1 y Teoría de la comunicación, revisa su Facebook desde la feria de comida de la Metropolitana. Con desinterés y mueca de burla, ve las actualizaciones referentes a Oscar Pérez. Hastiada y asqueada de un país escéptico del que sueña marcharse cuanto antes, arroja, a la amiga que tiene al lado, un comentario de menosprecio. Crea, utilizando cierto ingenio ocioso, un meme rápido sobre el tema. Luego de publicarlo, guarda su Galaxy en el bolso y saca la tarjeta de débito para comprarse una empanada de mechada con un Nestea y así tener engañado al estómago hasta que vuelva a su casa.

Algunos voceros del oficialismo, con su léxico sectarista y sanguinario, hablan de bajas. Sin explicar muchos detalles, rebotan informaciones acerca del potencial fallecimiento de Pérez. Resaltan, en eco de su poder mediático, el dogma aleccionador de que enfrentarte a ellos pone tu vida en riesgo, que la mejor opción es abstenerte y no buscarle los colmillos al exacerbado cancerbero. Con satisfacción, se felicitan entre sí mismos. Se pagan, se dan el vuelto y se vuelven a pagar.

Jessica, tras sentarse en el escritorio de su habitación y encender su laptop, lee un titular que confirma que Oscar Pérez ya no habita en este plano terrenal, que su “show” bajó el telón sin vender muchas entradas. Dándose prisa, elimina la humorística imagen que había compuesto, sin verdadera mala intención (y que, por suerte, no se había compartido), en la universidad. Se truena los dedos, organizando las ideas en su cabeza, y los coloca sobre el teclado. Con ortografía abreviada y millenial, redacta un post en el que abusa de los términos “mártir” y “héroe”. Lanza, tras el punto y final que acompaña a una carita triste, su punto de vista a la web.

Una de las mejores obras de teatro que he visto en mi vida, se llama “El chiste que nunca fue”. Fue presentada en el marco del Festival Imaginarios de las artes (FILA), aquel certamen en el que la “maligna” Polar daba oportunidades y plataformas de creación a los estudiantes jóvenes. La dramatúrgica trama versaba sobre un día en la vida de unos entrañables pacientes psiquiátricos que jugaban a cambiar sus vidas soñando, proponiéndose metas y anhelando la libertad. La tragedia consistía en que, siempre al día siguiente, olvidaban todo y la obra comenzaba de nuevo, convirtiendo su esperanza en un chiste que nunca era.

Oscar Pérez pasó por todas las etapas: actor, “pote de humo”, meme, burla, chiste, héroe, mártir y libertador. ¿Quién podía esperar a un mesías en una tierra sin dios, sólo poblada por demonios? El “ojitos lindos”, de repente, nos dejó de dar risa. Sólo la muerte (su muerte) giró la trama y seguirá imponiendo su macabra ley en un país que nunca ha sabido qué hacer para escapar de la tenaza izquierdista. Pasará la polvareda y el día volverá a ser el mismo para los venezolanos, esos chistes dolorosos que, al igual que Pérez, nunca son.

Tomás Marín

 

 

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