Mi dulce príncipe

La heroína, viajando a la velocidad de la luz dentro del túnel del torrente sanguíneo, dilata las pupilas de Ana. Borrosas y grises, las paredes se expanden y se contraen. La aguja del minutero, como un obrero en huelga trabajando desganado, gira despacio, muy despacio. También tendido en la cama, Javier yace boca arriba. Distraídas y distorsionadas, las miradas se incrustan en la lámpara apagada que cuelga del techo.

Con delicadeza, Javier pasea sus ásperos dedos por los cabellos sudados y negros de Ana. Los cuerpos, húmedos, destilan lavanda, saliva y sexo. Con cansancio, una respiración interrumpe a la otra. Perdidas e idiotas, las sonrisas llevan ya un largo rato abiertas. Una radio encendida, desde el otro lado del apartamento, hace sonar, entre bruscas interrupciones de señal, a una señora que opina y dilucida acerca del asesinato de Oscar Pérez.

Ana, aún flotando a causa de la diacetilmorfina, se asoma por la ventana mientras palpa la diminuta cicatriz de su vena agujereada. Víctima de la caída de la tarde inevitable, el cielo caraqueño se ensangrienta, luminoso a causa del crepúsculo. Víctima de los hampones y de un maldito gobierno de mierda, el suelo caraqueño se ensangrienta también. Una hilera de bombillas rojas, desesperada y envuelta en humo, da cornetazos sobre la autopista. Como un centinela en vueltas, el helicóptero de Traffic Center hace su último recorrido del día.

Restregándose los ojos, Ana toma una ducha. Mediante la única llave plateada, regula la temperatura del agua. Las gotitas, hirviendo, bajan a través de su cara, de sus senos y de su vientre. Con aroma de manzana, el champú produce espuma que, densa por la gravedad, se estrella contra el fondo de la tina. La cortina, con estampado de patitos felices, evita la inundación.

Más dentro de sí, Ana se seca con una toalla usada. El vapor, visible y atrevido, se esparce por todos lados. Sin filtro metálico, el desagüe se traga los últimos restos de jabón. El bombillo, de color frío, irradia un fulgor que se proyecta en forma de cono. Antes de marcharse, el dedo de Ana escribe, sobre el espejo empañado: “Adiós, mi dulce príncipe”.

 

 

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