Un maldito 23 de enero

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Un 23 de enero, hace ya hace sesenta años, Venezuela iniciaba una espiral de decadencia que jamás se detendría. Marcos Pérez Jiménez, timonel del más progresista, efectivo y ordenado gobierno que ha conocido la historia republicana, se marchaba del país en aquel avión legendario bautizado como “La vaca sagrada”. Los militares, armados y sofocados por el poco oxígeno que se le daba al nepotismo, a la vagancia y a la corruptela, se alzaron y triunfaron. El pueblo, ya pasado el peligro y enterado del hecho gracias a los medios masivos de comunicación, salió a la calle a celebrar un ensayo de libertad impreciso y paradójico. La historia, esa guionista genial y aleccionadora, comenzaba a redactar un nuevo y negro capítulo.

Los venezolanos, a fin de cuentas más aficionados (en su gran mayoría) a las dádivas y a las migajas que al trabajo y al progreso, se endosaron una “victoria” que jamás les perteneció. Muchos analistas, historiadores y periodistas, cómplices de la mediocridad y amigos del status quo, se llenaron las bocas y las plumas hablando de un supuesto “bravo y valiente pueblo”. Muchos de los más cercanos colaboradores del derrocado gobierno, volviendo las espaldas al pasado y lavándose la cara, salieron a escena para encajar, como fuese, en ese nuevo pastel que se hacía llamar, a sí mismo, democracia. La urbanización “2 de diciembre”, ambicioso proyecto habitacional caraqueño inspirado en uno de las más célebres edificaciones del reconocido arquitecto suizo/francés Le Corbusier y concretado por Pérez Jiménez, se rebautizó, con toda la desfachatez, mala intención y falta de memoria, “23 de enero”.

El bipartidismo, esa incongruente marea blanquiverde, demagoga y populista, comenzaba su errática andadura. Cuarenta años, de promesas, desfalcos y jingles pegadizos, bastaron para parir a la más sangrienta, diabólica y macabra dictadura que, aún hoy, seguimos padeciendo como consecuencia directa de una “alternativa” a Acción Democrática y COPEI. La infraestructura que había quedado pendiente por hacer, en el marco del Nuevo Ideal Nacional, jamás se terminó en su totalidad. Las grandes obras, que permitieron una expansión nunca antes vista, se fueron dejando corroer a pesar de su valía y su utilidad. El pueblo, cada vez menos bravo, menos valiente y más conformista, le fue agarrando el gusto a la crapulencia.

Muchos irresponsables, aún hoy, continúan viendo el 23 de enero como una fecha de celebración cuando, fácilmente, ésta podría ser considerada como la jornada más negra en la historia de un país que, similar al errante pueblo judío de los testimonios antiguos y contemporáneos, está condenado a padecer. Venezuela, ciega de vanidad, no sabe, ni ha sabido, ni sabrá otorgar su justa importancia a las oportunidades que, con poca frecuencia, naturalmente, se presentan. Algunos nostálgicos, incluso sin vivir la década de los cincuenta, sienten cierta aprehensión hacia un recuerdo que, mientras continúa desatándose el infierno de nuestro presente, se va puliendo más y mas. 60 años, más malos que buenos, políticamente hablando, han transcurrido y la lección sigue sin aprenderse. La prepotencia y el facilismo, los dos talones de Aquiles del “soberano”, nos siguen costando lágrimas, decepciones y heridas.

Tomás Marín.

 

 

 

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