Cinco obras de teatro que deben ser leídas (VIII)

“Los gemelos”, de Plauto.

Comienza con un divertido prólogo que ubica el lugar y las circunstancias de la historia al mismo tiempo en el que se afinca en dos hermanos tan parecidos que “ni su nodriza ni su madre eran capaces de distinguirlos”. Menechmo, un joven picaresco y aventurero, acompañado por su dicharachero esclavo, ha recorrido un sinfín de islas con el fin de buscar a su hermano gemelo quien, a los siete años, luego de perderse, fue acogido por un rico comerciante. Por otro lado vemos cómo Menechmo (ambos se llaman igual), su hermano, disfruta una vida acomodada en la que convergen su esposa, su amante y su “parásito”. Las apariciones y desapariciones casuales de los personajes generan malos entendidos que, con un lenguaje desenfadado, juegan con la parcialidad frente al lector/espectador, quien cuenta con la ventaja de conocer ambos lados de la “contienda”. Entre la reflexión y la hilaridad está el primer diálogo del II Acto, entre Menechmo y su esclavo: “No hay mayor satisfacción para un navegante, Mesenión, que ver a lo lejos, desde alta mar, la tierra. Así es mi experiencia”. “Pues es aún mayor, lo diré sin repulgos, cuando, al llegar a tierra, ves que es la tuya”.

 

“La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca.

En una tradicional y rural casa de pueblo español, sometida a los caprichos de la canícula veraniega, Bernarda Alba y sus hijas guardan un luto inmaculado a raíz de la reciente muerte del esposo de la primera. El bastón de mando de Bernarda, matriarca incuestionable de la familia, ha construido, mediante la represión y las amonestaciones, un hermetismo que, prácticamente, aísla a quienes viven dentro de las cuatro paredes. Las apariciones de un enigmático (e irresponsable) joven, al que llaman Pepe el Romano, abrirá los surcos de la rebeldía en busca de la libertad y de la felicidad, que contradirán, en enfrentamiento, a las vetustas reglas que imperan, vigiladas por Bernarda, en el hogar. El argumento, cargado de simbolismos poéticos y hasta de ciertas imágenes surrealistas, se plantea, repetidas veces, la resignación de la mujer en una sociedad anquilosada y machista. Un ejemplo de esto es la conversación entre Bernarda y Angustias, su hija mayor y prometida de Pepe: “Yo lo encuentro distraído. Me habla siempre como pensando en otra cosa. Si le pregunto qué le pasa, me contesta: «Los hombres tenemos nuestras preocupaciones». “No le debes preguntar. Y cuando te cases, menos. Habla si él habla y míralo cuando te mire. Así no tendrás disgustos”. “Yo creo, madre, que él me oculta muchas cosas”. “No procures descubrirlas, no le preguntes y, desde luego, que no te vea llorar jamás”. “Debía estar contenta y no lo estoy”. “Eso es lo mismo”. Otra frase que ejemplifica el disimulo y la displicencia ante las duras circunstancias, es pronunciada por Poncia, empleada de Bernarda: “Cuando una no puede con el mar, lo más fácil es volver las espaldas para no verlo”. 

 

“Al fin, mujer”, de Jacinto Benavente.

Elena, ex actriz teatral de mediana edad, es una astuta aspirante a marquesa con un pasado “vergonzoso” que pretende ocultar a toda costa; a veces, además, le cuesta distinguir entre el escenario y la realidad. Rafael, arquitecto e hijo de Elena, es pareja de Eulalia, una candorosa muchacha que ha vivido una vida muy similar a la de la madre de éste. Un invaluable collar de perlas, cuyo origen está ligado, nada más y nada menos, a Isabel de Farnesio, es disputado por los miembros, consanguíneos y políticos, de la familia. El apego a la honestidad y la sinceridad hacia los caminos de la verdadera alegría son la base de esta obra en cuyos personajes se revela una interesantísima y fecunda secuencia de aforismos. Un ejemplo viene de una queja (quizás errónea) de Elena: “Mi esperanza es que no ponga su voluntad en el primer amor, que si nos parece que siempre ha de ser eterno cuando llega, es el que más nos hace reír cuando ha pasado”. Otras dos intervenciones maravillosas vienen de mano del Marqués, quizás el más sabio de quienes comparten la trama; una referente al poder monetario: “Sí… El dinero, cuando no se tiene, es lo principal. Cuando se tiene todo lo que hace falta, pasa a ser un accesorio. Con dinero podemos permitirnos hasta ese lujo: el de despreciarlo”. Y la última, que cierra y es epítome de la pieza: “Por ser bueno… no se debe ser nunca desgraciado. Sería una inmoralidad”. 

 

“Edipo Rey”, de Sófocles.

La adaptación del mito de Edipo por parte de Sófocles es, sin duda alguna, la tragedia griega más afamada que ha pasado a la historia. Ha sido punto de llegada y punto de partida para distintas ramas del conocimiento. No en vano, por tomar un ejemplo, el prestigioso psicólogo Sigmund Freud hablaba del “Complejo de Edipo”. Luego de resolver un complejo acertijo, Edipo se convierte en rey de Tebas, ciudad a la que salva y la cual está profundamente agradecida. Con el pasar del tiempo, una peste misteriosa, más como una maldición, sacude al lugar sin que nadie adivine la causa. Edipo, gracias a conversaciones y casualidades, irá descubriendo que no hay otro culplable, sino él mismo. Más allá de la trama en sí misma, Edipo Rey representa la caída en desgracia de la prepotencia y de la burla, pues Edipo, confianzudo, testarudo y seguro de sí mismo, se burlaba repetidamente del sabio Tiresias, quien le advertía acerca de su desdichado porvenir. Un momento enternecedor viene de un crudo lamento del monarca caído en desgracia: “Vamos, atreveos a tocar a un hombre que sufre. Confiad en mí, no temáis, que mis males son para mí solo, no para que los soporte otro”. Otro texto destacable, enigmático y aleccionador es la última participación, casi profética, del Coro: “…Nunca consideréis dichoso a ningún mortal hasta ver su último día, hasta que no llegue el fin de su vida sin haber padecido sufrimiento”.

 

“La pecera y el mar”, de Jaime Salom.

Ésta es una simpática obra doble. Por un lado, “La pecera” muestra a dos simpáticos personajes que, bajo el agua, caen en cuenta de que, pronto, se convertirán en seres humanos, lo cual hace que inicien un proceso de autodescubrimiento en relación a la compleja forma de actuar de la humanidad, con la cual, pronto, se codearán. Por el otro lado, está “…y el mar”, en donde dos señores descubren, con cierto terror, que se hallan en un paraíso tropical que uno de ellos, recién llegado y pícaro, no soporta, por lo que tratará de enseñarle a su compañero, las “bondades” del mundo exterior.

 

Tomás Marín.

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