La fiesta del Chivo (o cómo decirle que no a Diosdado)

Siempre pensé que “La fiesta del Chivo”, la novela de Vargas Llosa, era un tanto inverosímil. La había leído cuando estaba en Cuarto o Quinto año de bachillerato, para la asignatura de Literatura hispanoamericana. La novela trata sobre una señora que cuenta cómo, cuando era adolescente, fue prácticamente obligada por su padre a tirar con Trujillo, un viejo verde y asqueroso que era el dictador de República Dominicana.

La literatura de Vargas Llosa nunca me atrapó del todo. Siempre consideré que era un tanto monotemática en el sentido de la búsqueda de un represor y un reprimido, de una víctima y un victimario. Pero como yo jamás he sido erudita ni docta en materia de letras, mi opinión no pasaba de ser una mera conversación de reunión junto a una bolsa de Doritos y una botella de Carta Roja.

Mi padre, diplomático clásico y de antaño, trabajaba como asesor jurídico en la embajada de Letonia, ésa que se puede ver cuando vienes en carro desde el Country Club hacia La Castellana. Solía pasar tardes enteras hablando sobre temas aburridísimos que recaían siempre sobre firmas de papeles interminables de la mano de otros viejos tan o más aburridos que él. A veces, como la secretaria tomaba vacaciones, o llegaba tarde porque algo había pasado por su barrio de Mamera, me pedía que lo acompañase a clasificar hojas, a remover ficheros u otras cosas. No era algo que realmente me encantase, pero me daban almuerzo gratis y regalaban unos ponquecitos de vainilla con chocolate a los que me había vuelto una especie de adicta.

Es común, como se podrá suponer, que en las embajadas, consulados u otras oficinas relacionadas a la diplomacia, se pueden ver carros blindados y escoltas que van rodeando a personeros (a veces más altos, a veces más bajos) del gobierno. Pude ver varias veces a Freddy Bernal, a Juan Barreto, a Elías Jaua y a cualquier miembro de esa cáfila de corruptos fracasados ligados a la dictadura. Siempre me dio mucho asco que los trataran con esa formalidad, que les hicieran reverencias y, sobre todo, que se dirigieran a ellos como “excelentísimos”. A mí lo que me provocaba, siempre, era darles un sillazo en la cabeza. Lo más curioso es que, cuando se iban, el embajador (que cesó sus funciones en 2017 y regresó a su país natal), se pasaba parte de la tarde y la noche remedando y burlándose de ellos. Es, prácticamente, el señor más pana que he conocido en mi vida. Su español parecía el ruso cliché de las películas y las caricaturas. A veces, aún nos escribimos correos.

Una tarde, se armó una especie de trajín a las puertas de la embajada. Me di cuenta de que era algo serio cuando un comando de la Guardia Nacional había cerrado completamente la calle y desviaba los carros a rutas alternativas. Varios hombres de flux le abrían paso a Diosdado Cabello. Yo no lo podía creer. Cuando se le ve en persona, es un enano rechoncho insignificante. Parece mentira que un duende rojo pueda manejar tanto terror, tanto dinero, tanta droga y tanta sangre.

Los miembros del cuerpo diplomático, y hasta los empleados de limpieza, jardinería y mantenimiento, fueron obligados a ponerse en fila y a esperar el apretón de manos de Diosdado. Cuando fue el turno de la baja estirpe, Diosdado cesó de saludar. No quería mancharse las manos con la plebe. Cómo se notaba que no había una cámara cerca. Solamente la del fotógrafo oficial de la embajada, un señor canoso y bigotudo al que le decían siempre hacia dónde y en qué momento disparar.

“Ésta es Andrea, mi hija”, dijo mi padre intentando simular una sonrisa. Diosdado me miró con sus ojos verdes y sonrió. Yo me quería morir de la repugnancia y del miedo. Diosdado me tomó la mano durante más o menos un minuto y empezó a soltar una especie de piropos extraños. Que si yo me veía muy bien para mi edad, que si yo tenía el cutis terso, que si yo no quería irme a trabajar a un ministerio y yo no sé cuántas babosadas más.

La reunión de Diosdado con el embajador duró, quizás, una hora y media. Se despidieron en la puerta de su oficina. No era recomendable para el embajador salir a la calle. Caracas es una ciudad muy peligrosa, por más que se trabaje en el Country Club y se sea letón. Antes de perderse en su nube de escoltas y subirse a la Hummer, Diosdado se me volvió a acercar. “Me has caído muy bien, muchachita”, me dijo con una voz que ni de lejos es la del potente y amenazador hombre que sale amenazando frente a una multitud arengada y hambrienta. Yo pensé en cómo podría ser posible caerle bien a alguien a quien sólo has visto durante un minuto. Diosdado me invitó a cenar a su casa “el día en que a mí se me hiciese más cómodo, pero que fuera esta semana”. Me puse a sudar.

Cuando los chavistas se fueron, me puse a llorar. Llamé la atención, con mis gritos y mis gemidos, del mismo embajador, quien se acercó, me dio un abrazo y me ofreció uno de los citados ponquecitos de vainilla y chocolate, que rechacé. Cuando el mayor narcotraficante de tu país te invita a comer a su casa, lo que menos te provoca es un ponqué de mierda. Le pedí consejo a mi papá, quien me dijo que habría que ir, que él me acompañaba. Que era imposible decirle que no a Diosdado Cabello. No es bueno llevarle la contraria a una dictadura. No es bueno llevarle la contraria a un comunista. No es bueno llevarle la contraria a un capo.

Una camioneta negra y excesivamente tétrica me vino a buscar a mi casa. Mi padre se montó conmigo. Varios escoltas y miembros del SEBIN se portaron amables con nosotros. Un par de motorizados, adelante y atrás de la camioneta, iban disfrazados de civiles pero armados hasta los dientes. La autopista estaba despejada. Llegamos hasta Valle Arriba.

De más está decir que la casa de Diosdado es una auténtica mansión blanca que, irónicamente, pasa desapercibida. La garita que está a unos doscientos metros, aunque en teoría sea para toda la urbanización, está hecha sólo para él. Se pueden ver fusiles de asalto y granadas colgando de las paredes, intentando ser ocultadas por trapos sucios. Yo me había abrigado lo más posible. Tenía miedo de mostrar mis piernas, mi escote o, aunque fuesen, mis brazos. Parecía un siberiano, a pesar del calor del mes de agosto en Caracas.

Un escolta me abrió la puerta y me ayudó a bajar de la camioneta, que era altísima. Cuando mi papá se iba a bajar también, el escolta le ordenó que esperara en la camioneta, que el señor Cabello me había invitado solamente a mí. Le dijo que no se preocupara, que él estaría allí cuidado y resguardado, pero afuera de la casa. Yo miré a mi papá en busca de una respuesta. Él se me quedó mirando con resignación. No podíamos huir. No podíamos decir que no.

Siempre me había imaginado la casa de Diosdado como una suerte de castillo medieval con mazmorras y con penitentes encadenados a paredes empedradas luchando por no morirse de hambre mientras recibían los azotes de los esbirros. Es, sin embargo, un lugar acogedor si se ignora el detalle de los que moran allí. No hay fotos de Chávez ni de Maduro. No hay afiches del PSUV. Hay bonitos portarretratos plateados con fotos de Diosdado, su esposa y sus hijos en vacaciones familiares, como cualquier familia normal.

Diosdado estaba con una camisa azul clara de mangas largas. Tenía unos pantalones abombados que le daban la impresión de ser un payaso triste de circo. Se levantó de un sofá y me recibió con un beso en la mejilla que, sospecho, tenía la intención de llegar a mi boca. Algo dantesco, horrible, asqueroso, nauseabundo. Yo quería morirme. Imaginaba el salir corriendo de allí y ser abatida por los aduladores del monstruo. Imaginaba mi cuerpo tiroteado en la acera retratado en la primera plana de un periódico mediocre como Últimas Noticias junto a un titular suavizante, como “Extra. Extra. Abatida muchacha de 20 años en un ajuste de cuentas frente a una casa que no es la de Diosdado Cabello, porque Diosdado Cabello no vive en la avenida Santa María de Valle Arriba, en una casa sin nombre con grandes paredes blancas”.

Diosdado me hizo sentarme en la mesa. Era una mesa grande de madera negra. Tenía vasos de cristal finísimo y platos de porcelana blanca con adornitos dorados en los bordes. En medio, un pavo, o pollo o gallina jugosa, engrosada, suculenta. Había una botella de vino francés. Había licores rarísimos. En la mesa estábamos solamente él y yo. Algunos de sus empleados cruzaban un pasillo paralelo de vez en cuando y echaban ojeadas. Yo intentaba mirar por la ventana. El ver la camioneta en donde estaba mi papá me otorgaría cierta tranquilidad, pero no estaba allí. Al otro lado del cristal grueso no se veía prácticamente nada, sólo la noche y algunas luces de los carros que pasaban lejos, lejísimos.

“¿Habías estado en una casa así?”, me preguntó con la boca llena. Yo no tenía apetito. Mitad por el asco que sentía, mitad porque la paranoia me decía que la comida podía estar envenenada. Algo estúpido, lo sé. Diosdado estaba comiendo del mismo pavo/gallina/pollo que me estaba ofreciendo. Le respondí que no. Yo no quería hablar. Lo único que deseaba era volver a ver a mi papá y que nos llevaran a casa. Diosdado me habló de no sé cuántas estupideces de sus viajes por Europa, de los borregos del PSUV, del retraso mental de Maduro y otras cosas que, aunque ya todos inferíamos, siempre dan alguna impresión al ser escuchadas de la boca del protagonista.

El terror más grande que tenía era que Diosdado se prendara de mí, que tomara como hábito el invitarme a su casa. Ya él sabía dónde vivía yo. En cierto modo, me tenía en su mano. Me reiteró varias veces que yo era bonita, que yo era sexy, que yo era provocativa, que una muchacha como yo podría servir para campañas electorales o para algún programa de Venezolana de Televisión. Me sugirió que debía exponerme más, que no era correcto que yo me tapara tanto. Me sentí vulnerable. En cierto modo, yo podría desaparecer en esa casa y nadie se preocuparía de mi paradero. Si mis amigos denunciaban por Twitter mi desaparición, la maquinaria mediática del gobierno lo desmentiría. Diría que es una manipulación del imperio, de la CIA, que yo nunca existí.

Sabía que, en cualquier momento, me invitaría a ver una película, a besarnos, a tirar, a no sé qué cochinada. Su esposa estaba en no sé qué gira. Sus hijos están estudiando en el imperio. Toda la casa estaba a disposición suya y de sus asistentes. Quise utilizar a mi universidad como excusa. “¿En qué universidad estudias?”, me preguntó. Le respondí que en la Metro. Se río. Me dijo que era una universidad de sifrinos, de guarimberos, de escuálidos. Me dijo que si, a él le diera la gana, la cerraría con un chasquido de sus dedos. Le dije que al día siguiente tenía examen, que debía ir a mi casa a estudiar, que la cena había sido muy agradable, pero que mis estudios eran lo primero. Me dijo que estudiar en Venezuela no hace falta, que si yo “me portaba bien”, podía resolver mi vida en la embajada de un buen país europeo, sin preocuparme por nada más que aplaudir todas las palabras que me dijesen y hacerle reverencias a todo el mundo.

No sabía de qué excusa valerme. Diosdado se estaba poniendo cada vez más toquetón. Yo me echaba para atrás, pero él me reprendía intentando ser dulce y amable. Nadie le puede llevar la contraria a Diosdado Cabello. Nadie lo ha hecho nunca. Ya no se veían más empleados pasar. En la mesa quedaban los restos de su cena, las muchas servilletas arrugadas que usó y tiró y mi plato casi impoluto. Creo que estaba quizás un poco ebrio, o drogado, o excitado, no lo sé. Me dijo que tenía un cuarto grande. Yo no quería conocerlo.

“Tengo que ir al médico mañana en la tarde”, le dije. “¿Qué tienes?”, me preguntó. Le dije que llevaba varios días con ardores en varias partes del cuerpo, que quizás podría ser alguna enfermedad o una infección. Le hice tragarse la historia de un supuesto chamo que había tenido, ucevista, medio hippie, medio marihuanero, que pudo haberme pegado una vaina. Di en el clavo. No sé qué se habrá imaginado Diosdado, pero la cara le cambió. Llamó a uno de sus empleados. Le dijo “Vamos a tener que pagar esta noche”. Se despidió amablemente.

La misma gente que nos había llevado a la casa de Diosdado, nos regresó a casa. Mi papá tardó semanas en hacerme preguntas. Al fin y al cabo, yo no tenía un trauma tan grande. Si algo nos ha enseñado vivir en tantos años de bolivarianismo, es que mentir siempre puede servir de algo. Es curioso conocer tan de cerca al poder. A la cara oculta del monstruo que se viste de rojo y de militar para celebrar a los muertos del cuatro de febrero o de las protestas. Nunca más vi a Diosdado, ni a ningún otro jerarca del chavismo. Y creo que ya más nunca los veré. Ahora vivo en Europa, en donde hace poco hiceron sanciones que impiden que gente como Diosdado Cabello se pasee por las calles de París o de Madrid. Ahora vivo un poco más tranquila y, cuando el trabajo me dé un poco de tiempo, creo que leeré de nuevo “La fiesta del Chivo”. Quizás no era tan inverosímil como yo pensaba cuando estudiaba en el colegio. Discúlpame, Vargas Llosa.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela quinta de la Jornada primera de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

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4 comentarios en “La fiesta del Chivo (o cómo decirle que no a Diosdado)

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