7mo “C” (o cómo pedir ayuda al dios de los malandros)

Yo vi, re reojo, a uno de los motorizados persignarse antes de acercarse a mí. Yo no sé a qué dios se encomiendan los malandros antes de ir al ataque, pero sé que ese dios los ayuda, definitivamente los ayuda. Yo había ido a pie a terminar de cerrar el trato con el doctor Gutiérrez. Craso error. Por querer ahorrarme la molestia de utilizar el carro para un trayecto que sólo era de cuatro cuadras, me expuse como un idiota a la selva citadina. Debí preverlo. Un hombre con camisa manga larga, pantalones recién planchados, corbata bien amarrada y peinado de raya al lado, es una presa fácil. Es como si llevara un cartel en el pecho que dijese: “Se solicita ser víctima del hampa”.

Eran tres, o creo que eran tres. Al menos, no dieron el golpe sin avisar. Entablaron un poco de conversación antes de sacar las armas. No sé si lo hacen para medir mejor a la víctima o para causar miedo. Creo que el miedo los hace sentir más poderosos. A mí sólo me habían atracado un par de veces, sin muchos traumas. Actos de trámite. Me mostraban el cañón, yo daba mis pertenencias, buenas tardes, siga su camino, que yo volveré al mío. Pero nunca me habían robado de noche. Era lo que más me daba terror. Estaba en no sé cuál lugar de la Lagunita y, al haberme quitado todo, perdí hasta el papel con el número de la calle. Todos los locales, a esa hora, estaban cerrados. Fue, en parte, mi culpa. ¿A quién se le ocurre cerrar un negocio casi a la media noche? Asuntos de oficina deberían tratarse y saldarse siempre en horarios de oficina.

No sabía si llamar un taxi con mi mano en medio de la calle. Me habían quitado, entre todas las cosas de valor, la corbata, el cinturón y los zapatos. Me habían propinado unos buenos golpes, creo que por mi cara de asustado, de ejecutivo y de imbécil. No había podido ver mi reflejo aún en ningún lado, pero estaba casi seguro que tenía un ojo (al menos) morado, o negro. Algunos de los golpes fueron secos, aunque, por fortuna, fueron con los puños cerrados y no con las cachas de las pistolas. Pero, de todas formas, dolía bastante. Estaba ya despeinado, parecía un loco. Dudo que un taxista me recibiera como pasajero, agregando a eso que tenía que otorgarme el voto de confianza cuando le dijese que le pagaría al llegar a mi casa, porque, evidentemente, no tenía dinero en ese momento.

Me sentía demasiado fuera de lugar caminando solo por la acera. No pasaba ningún carro, ningún peatón. Ya ni siquiera los jóvenes que solían ir de rumba por las discotecas de La Trinidad o del Hatillo y que pululaban borrachos por ahí, salían de sus casas. Cada vez el toque de queda era más un toque de queda. Mi mayor miedo era que remataran. O que los mismos que me habían atracado regresaran a darme un tiro de gracia por incrementar su colección de asesinados, o que otro malandro (o grupo de malandros) quisiera robarme de nuevo y, al yo explicarle que ya alguien lo había hecho, tomara mi testimonio por mentira y castigara mi insolencia con un par de disparos en la frente. Yo no quería amanecer boca abajo en una cuneta, fotografiado por algún joven de lentes para ocupar un lugar de alguna página media de un periódico de mierda como el 2001.

No se me ocurrió otra cosa que ir hacia la puerta de algún edificio al azar y tocar, también al azar, algún número del intercomunicador. En principio podría parecer algo estúpido, pero no tenía nada que perder. Me conformaría, de todas formas, con que alguien me facilitara un teléfono para llamar y pedir ayuda. De todas formas, por más lastimero que me encontrase, no tenía pinta de delincuente. Aunque cómo lo iban a saber si estaba llamando por un intercomunicador. Quizás se tratara de hablar lo más elegante posible, para despejar todo indicio de duda. Pero igual era ingenuo pensar que alguien, en una ciudad como Caracas, podría abrirle la puerta a un desconocido a las doce de la noche.

Apreté el botón de un Tercero “B”, creo. No me contesté nadie. Tuve miedo de llamar de nuevo. Mientras más veces llamara, más desesperada parecería mi situación y más podría levantar sospechas sin ser un criminal. Intenté con un Quinto “A”. Tampoco hubo respuesta. De algún modo, me sentía un poco más seguro frente al tablero del intercomunicador que en medio de la calle. Cualquier persona podría venir a atracarme de nuevo, pero sentía que, al menos, un malandro podría sentirse más intimidado de disparar en la puerta de un edificio que en medio de la carretera. Cuando uno siente miedo, busca el consuelo en cualquier tontería.

“¿Aló?” Contestó alguien en un séptimo “C”. Era una voz un tanto chillona. Expliqué, sin dar muchas vueltas, la situación que me tenía allí. “¿Y qué puedo hacer yo, señor?”, contestó la vocecilla. Mi mente estaba dividida en dos. Por un lado, comprendía que una persona, en dichas circunstancias, diera largas y excusas. En cierto modo, ya era un logro que me hubiese contestado el intercomunicador. Por otro lado, maldecía a la mujer. No quise sonar desesperado. Si imploraba mucho, podría causar mala impresión y levantar sospechas. Pero, de algún modo, hice esfuerzo en reiterar que, realmente, necesitaba ayuda (lo cual no era ninguna mentira). “Bueno. Espere un momento. Déjeme preguntarle a la señora”. La mujer, que al decir “la señora”, se delató como una señora de servicio, dejó el auricular descolgado (o el micrófono abierto, no lo sé). Podía escuchar los pasos y las voces que, lejanas a pesar de estar, obviamente, dentro del mismo apartamento, sonaban como murmullos. “¿Qué es lo que necesita usted?”, contestó otra voz, más seria, más aristocrática. Expliqué, nuevamente, mi situación. Sentía que la señora, al ser más cercana a mi mundo, podría comprender un poco mejor mi situación. “Espérese dos minutos, que en un momento bajo”. Fueron las mejores palabras que pude escuchar. En cierto modo, me sentía a salvo.

La señora bajó con un tipo de bata que ocultaba un vestido un tanto elegante, pero de cóctel. Al verme, creyó inmediatamente mi historia. “Pero si te dejaron ese ojo morado, muchacho”. Mis sentidos no me engañaron. Por alguna razón, como si el hablar en persona hiciera los relatos más verídicos, me pidió, nuevamente, explicación de lo que me había sucedido. Sus ojos se conmovían con cada una de mis palabras. Eran unos ojos claros, muy bonitos. Al terminar mi relato, me invitó a subir. Yo, pretendiendo no abusar de la confianza, le confirmé que no hacía falta, que lo único que necesitaba era un teléfono para pedir ayuda, que alguien podría venirme a buscar. Ella insistió. Subimos por el ascensor, un Otis con los botones plateados. Me llevó hasta el séptimo piso. La puerta estaba entreabierta. Tenía una guirnalda de Navidad, a pesar de que ya estábamos en marzo. O era muy perezosa, o era muy olvidadiza, o era muy fanática de la época decembrina, de modo que, desde marzo, ya iba colgando los ornamentos y los preparativos.

La casa era preciosa, elegante. Tenía pisos de madera, adornos de vidrio y muebles con manteles de punto crochet en donde había cuencos transparentes con frutas de madera pulida. La mesa estaba servida para dos, pero no había nadie ocupándola. Pero la comida estaba allí. Los cubiertos estaban ordenados y envueltos en servilletas de tela naranja. Asumí, por un momento, que la señora iría a comer con la señora de servicio. ¿Pero a esa hora? ¿No era excesivo tanta parafernalia? ¿Por fin, en Caracas, las señoras y las señoras de servicio comen en la misma mesa? De todas formas, no era prudente hacer preguntas. De todos modos, el irme cuestionando esas cosas aliviaba un poco el susto del atraco, que aún hacía latir a mi corazón un poco más rápido que de costumbre.

“¿Quieres bañarte?”, me preguntó. Yo no sabía qué responder. No me vendría mal un baño luego de ser arrastrado por el suelo, golpeado y haber tenido un susto de proporciones descomunales. Pero me daba pena decir que sí. Jamás me ha gustado sentirme como un abusador, más en una casa de gente desconocida. “No hay problema con lo de la ropa. Aún tengo la ropa de mi esposo, que era más o menos de tu talla”. Sentía que ella era capaz de leer mis pensamientos. Era como si sus palabras fueran acordes a los pensamientos que yo tenía en la cabeza. “Bueno. Si no es molestia para usted…” contesté intentando ser lo más diplomático posible. “No hay problema”, me dijo ella con mucha amabilidad.

Hizo que la señora de servicio buscara jabón, champú y una toalla. Tomando en cuenta que el jabón escasea, el valor del favor que me era ofrecido se apreció considerablemente. Me metí en la ducha. El agua salía con fuerza y calor. Era de esas regaderas que, activadas con bombas hidráulicas de potencia, te masajean la espalda mientras te limpian. No pretendía, de todas formas, quedarme allí mucho tiempo. El agua es un bien escaso, más en Caracas. Tardé unos diez minutos en bañarme. Me vi en el espejo empañado, al que le había pasado el torso de mi mano para conseguir una imagen más nítida y clara. El moretón era grande, pero supe que no dejaría secuelas.

Me vestí con las ropas del fulano esposo. La señora, presumo, era viuda o divorciada. Supongo que viuda. Una divorcida (creo yo) no conserva fotos junto a su marido esquiando en los alpes suizos. Efectivamente. la ropa me quedaba perfecta. Era una camisa manga larga amarilla y unos pantalones grises de vestir. “No tengas apuro. Ya me los devolverás algún día. Así podremos vernos de nuevo y podrás invitarme a un café o a un almuerzo”, me dijo sonriendo. “Y hablando de comer, ¿ya cenaste?”. En realidad sí había cenado, pero, por alguna razón, los nervios me provocaban un poco de hambre. De todas formas, me daba miedo contestar. No quería quitarle, a la señora de servicio, su puesto en la extraña mesa dispuesta para una cena después de las doce de la noche.

“Ven, cena conmigo”. Me dijo, afirmando mi teoría de que ella era capaz, en cierto modo, de leer mis pensamientos. “Había invitado a comer a un socio de mi esposo, pero me dejó plantada. Y no me gusta botar la comida. Ya sabes que hay mucha escasez. Así, además, me puedes acompañar y podemos hablar un rato antes de que te vayas”. Yo estaba encantado. La comida sobre la mesa se veía apetitosa y suculenta. Había ensalada, paté, pan, frutas, dulces y una polenta un tanto sifrina y fancy. Nos sentamos. Las sillas tenían cojines que parecían de terciopelo azul. Los cubiertos eran de plata impecable. Parecían espejos. La señora de servicio, sonriéndome, aunque sin hablar, nos sirvió. Comenzamos a comer. “¿Mayerling, ¿nos puedes poner algo de musiquita?”, le dijo la señora a la señora de servicio. “¿Te molestaría?, desde pequeña me ha encantado comer con música”, me preguntó. Le contesté que no había problema. Era su casa. Yo no era más que un invitado que, una hora antes, había sido víctima del hampa.

La comida, efectivamente, estaba deliciosa. Si no fuera porque la señora se veía y era elegante y decente, hubiese pensado que se trataba de un secuestro perpetrado al mejor estilo de la historia de Hansel y Gretel. Intuí, de alguna manera, que era una señora solitaria. Alguien que te reciba en su casa, te ofrezca su ducha, su ropa, su comida y su música es un caso rarísimo en un país en donde todo es desconfianza. Es como si ella se jugara cualquier carta. A lo mejor, si un Wilkerson, un Yonaikelson o un Yofreiyen hubiesen tocado el intercomunicador con un léxico y un acento de barrio bajo, ella hubiese abierto sus puertas igualmente.

Sentía que ella me daba evasivas cada vez que yo le pedía el teléfono para llamar. Eso me hacía levantar ciertas leves sospechas. Pero ella cambiaba de tema con un encanto tan camuflado, que yo tardaba minutos en volver a pensar en que, quizás, mi familia estaría ya preocupada por mí, que mi teléfono, ya en posesión de los delincuentes, tendría decenas de llamadas perdidas. “Eres un joven guapo”, me espetó de repente. Yo no sabía qué decir. Yo era casi cuarentón. Ella tendría unos cincuenta y largos, pero se conservaba espléndidamente. Se notaba que se cuidaba, que hacía ejercicio y que bebía bastante agua.

Una cosa llevó a la otra. Ella era muy directa. Quizás su desesperación, su soledad la hacía ser directa. Me explicó claramente sus intenciones y yo accedí. ¿Cómo podía decirle que no a alguien que me había tratado tan bien, que me había salvado, que me había rescatado? Ella disponía de todo. Tenía todo preparado. Supongo que el azar me colocó en el papel del socio del marido de la señora que, por dejarla plantada, no supo de lo que se perdió. Al fin pude llamar. Me vinieron a buscar. La señora se despidió de mí con mucha discreción y encanto. No me dejó su teléfono, su correo o un medio de contacto. No sé si fue por falta de tiempo o porque, sencillamente, no quiso. No me atreví, de todos modos, a visitarla de nuevo.

Cuando mis amigos, mis familiares y mis compañeros del trabajo me pedían narrar la historia, me reservé para mí las partes que a nadie más que a mí interesan. Sé que sacar “fortuna” de un asalto o de cualquier ataque por parte de la delincuencia es mediocre y conformista, pero, a pesar de todo, mi noche no terminó tan mal. No sé si el mismo dios que ayuda a los delincuentes me estiró una mano para ser un poco ecuánime y pagar menos impuestos al hacer actos benéficos. Le pediría que los que me pegaron y robaron sufrieran castigo, pero ya sería soñar demasiado.

 

T.M.

Facebook/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela segunda de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

 

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