Lucía (o cómo salvarse de retruque)

A pesar de que hay muchos relatos, testimonios y crónicas sobre la emigración, no hay ninguno que realmente se enfoque en lo que sucede cuando el emigrante fracasa. Abundan siempre los casos de éxito, las fotos de venezolanos exitosos que, en su aventura en el exterior, lograron, con talento o con trampa, ganarse un lugar y un puesto. Salen en las portadas de revistas fresas como Todo en Domingo, con una sonrisa de oreja a oreja sosteniendo algún símbolo obvio y fácil relativo a la labor en la que se desenvuelven. Sosteniendo un batidor, con un gorro de chef, con una cámara, con un pincel, con una bata o muchas otras tonterías más.

Hay otro gran margen que no sale en los periódicos. Ése margen es el de los que, por una razón u otra (quizás por falta de talento o por falta de trampa), murieron (no literalmente) en el desierto de una esperanza que jamás llegó. Sueños que se secaron o se desplomaron por falta de dinero, de incentivos, de clientela, de visión o muchos otros factores más. En ese grupo me encuentro yo. Me encuentro y no me encuentro al mismo tiempo. Es un caso extraño. Una excepción a la regla. Más tomando en cuenta que el odio que le profeso a los chavistas es visceral. Pero las circunstancias saben dictaminar. Saben callar la boca hasta al más charlatán.

Obviaré todos los detalles clichés de mi despedida. La foto mariquísima en el piso de Cruz-Diez, la llorantina en el aeropuerto, el abordaje, la aduana y todas esas cosas que no vienen al caso por estar contadas una y otra vez en muros de Facebook o de Instagram. El viaje fue larguísimo, pero larguísimo larguísimo. Sentía que, en ese avión, podíamos fundar una república voladora. No era para menos. El destino era Australia. Yo no conocía a Australia más que por ciertos elementos clichés de las películas y un capítulo de los Simpson. Para mí, Australia era una suerte de selva semi-árida llena de canguros, de boomerangs, de nativos bailando alrededor de tótems y de cocodrilos gigantes.

No es que en Australia no haya todo lo que mencioné anteriormente, pero Sydney es una ciudad avanzadísima. Una cosa que no se puede creer. Las calles son preciosas, la gente es amable, se respira un ambiente fantástico. La noche es de cuento de hadas, las calles se iluminan y, desde muchos puntos de la ciudad, se pueden ver los bombillos multicolores de la ópera, uno de los edificios más brutales que se hayan construido alguna vez. Australia no parece de este planeta. Es una especie de fin del mundo, pero un fin del mundo muy bien hecho. Cuando llegué, sentí que me adaptaría fácilmente.

Uno de mis tres tíos, que era socio de mis otros dos tíos, me había encomendado la tarea de abrir una sucursal australiana de su negocio de mayoristas ferreteros. Ante la lógica pregunta de por qué Australia y no otro sitio más cercano, era un asunto de no sé qué contactos extraños que yo no conocía muy bien. Mi trabajo era abrir las vías económicas para que todo el proyecto pudiese concretarse en la menor cantidad de tiempo posible. No me enviaron por capricho. Mi tío confiaba en mí. Yo había sido una muy buena estudiante de administración en la Católica. Mis notas habían destacado siempre y pude graduarme con mención. Además, llevaba ya un tiempo trabajando en la milla de oro del Rosal, en el edificio de cristales azules donde está (o estaba, no lo sé) la valla de Bancaribe.

La idea me encantó desde el primer momento. Sería la oportunidad ideal de poder iniciar un máster o un buen curso orientado hacia alguna de las destrezas que mejor se me daba. Siempre tuve una facilidad para los números y para los cálculos. Me dio bastante tiempo a preparar todo. A llevar todo lo que hacía falta. No es que llevara tantísimo efectivo. Tenía lo suficiente para vivir bien un par de meses, tiempo más que suficiente para cerrar todo, evaluar las producciones, dar inicio y mandar las transferencias. A pesar de que Venezuela es un país en crisis, sigue habiendo oportunidades para las personas que saben cómo moverse (y que disponen de divisas).

Al principio, no había nada que no fuera dentro del renglón. Dos veces al día había que reunirse con unos hombres toscos, panzones pero muy simpáticos. En Australia no dejan de ser ciertos ciertos tópicos. Allá se bebe cerveza en unos vasos de cristal que parecen barriles. Allá beben cerveza durante las reuniones de trabajo, durante el descanso, durante la fiesta y durante los momentos para estar serio. Estos hombres conocían a mi tío por llamadas telefónicas, por Skype y por amigos de amigos. Ellos no estaban muy enterados de lo que sucedía en Venezuela. En Australia, Venezuela es el equivalente al otro lado del mundo. Se sabe que es un país tropical gobernado por una dictadura, que produce petróleo y no muchas otras cosas. Tampoco es que sea una nación para indagar mucho más, realmente.

Me llamaba la atención que, a pesar de las reuniones, el negocio estuviese tardando tanto en cerrarse. Aún faltaban, supuestamente, algunas cosas burocráticas. Los hombres, sin soltar sus grandes vasos de cerveza y estremeciendo sus espesos bigotes castaños, me decían que no me preocupara. Yo confiaba en ellos. ¿Quién, con ese candor, puede ser un hijo de puta? Mi tío comenzaba a impacientarse. “Mosca con una vaina”, me decía. “Tú sabes que yo te quiero mucho, sobrina. Pero negocio es negocio. Y los negocios se respetan”, me advertía. “No te preocupes, tío”, le respondía yo por teléfono. “Es un asunto tonto de oficina el que falta. Esto es Australia. No es Venezuela”, lo tranquilizaba.

No me hubiese dado tanta mala vida de no haber sido por un detalle. El dinero comenzaba a escasear. Aún podía vivir bien, pero todavía no tenía el relevo monetario del negocio para pagarme alquiler, comida, diversión y esas cosas. Ya, a veces, varios de mis amigos me tenían que brindar. Yo les decía que les pagaría. Al fin y al cabo, el fulano negocio se cerraría pronto. Los australianos (al menos los de Sydney) son gente muy abierta. La dueña del apartamento en el que yo vivía, confiaba en mí. Sabía que yo era una muchacha seria, responsable y bien organizada.

Se perdió la paciencia. El dinero se agotó. Mi tío se desesperó. Los hombres de las cervezas y los bigotes cada vez aparecieron con menos frecuencia. Nos habían estafado. El gobernación de Sydney no sabía responder. Era un caso “único” por las circunstancias en las que fue dado. Mis otros dos tíos me llamaban de emergencia. Ellos eran un poco más comprensivos. Se conmovían con mis lágrimas. Había fracasado todo. No había nada que hacer ya. Yo sabía que no tenía la culpa, pero, de todas formas, trataba de defenderme. ¿Qué coño iba a hacer yo ahora?

Busqué, como pude, un trabajo de emergencia. No sabía nada. No había nada. Al menos, sabía hablar inglés a la perfección, pero todos me decían que los puestos estaban llenos. Algún que otro café me contrató por días, sirviendo comida y cervezas en los tarros grandes de cristal que asemejaban a barriles (como en los que tanto bebían los hombres que nos estafaron). Yo distribuía la plata como podía. Compraba frutas, que trataba de hacer rendir para las tres comidas. De vez en cuando, compraba un litro de leche, que allá es barata. Me hospedaba en un hostal medio de mala muerte e intentaba evitar las llamadas de mis amigos y, sobre todo de la dueña del apartamento en el que yo vivía, que, aunque no dejaba de ser amable y más o menos comprender mi situación, necesitaba el dinero, que era el pan de sus hijos.

Yo, al menos, quería para el pasaje de regreso. Mis padres estaban atados de pies y manos. Mi tío no quería arriesgar más capital conmigo. Pienso que él sospechaba que yo lo estaba jodiendo. Yo le escribía, pero me respondía con evasivas. Él peleaba con mi mamá. Peleas de hermanos en las que se sacan todos los trapos sucios de años anteriores, pero yo seguía sosteniéndome como podía. Alguna señora rubia me dejaba cuidarle a los hijos mientras ella iba a trabajar. Poco a poco, con más o menos fortuna, podía, al menos, sobrevivir. Pero no estaba bien del todo. Los amigos que había hecho en Sydney me evitaban. Algunos me seguían escribiendo, pero porque el queso se los comía. Me acordaba mucho de esas frases clichés que hablaban sobre quiénes son tus verdaderos amigos y esas estupideces.

Toqué fondo. Tenía días sin trabajo. Me tocó dormir una que otra noche en un banco de plaza. Llegué hasta el aeropuerto con un cartón pidiendo plata. No quería que mi familia se enterara. No quería que nadie se enterara. No quería que una página de mierda como DolarToday o La Patilla publicara mi historia con un titular en mayúsculas y un texto con mala sintaxis sobre los venezolanos que están pelando bolas afuera. No quería que en la foto de ese titular saliera mi cara. Al fin y al cabo, yo sólo estaba ahorrando para regresar. Todo volvería a la normalidad. Un fracaso lo tiene cualquiera. A cualquier persona la pueden estafar en un país que está a miles de kilómetros de casa.

Un día, en el aeropuerto, había una chama preciosa con unas maletas gigantes. Estaba sola. La chama tendría un poco menos de mi edad. Tenía los ojos claros. Tenía el pelo medio ondulado. Tenía pinta de surfista medio marihuanera, pero sin dejar de ser sifrina, como de hippie de Country Club. Hablaba por celular con acento venezolano. Aunque hay muchos venezolanos en Australia, yo jamás había topado con uno desde que había llegado. En una de ésas, a la chama se le atoró la maleta en una especie de rendija que había en el piso. Ella era mínima en comparación con la maleta. Estaba sola pariendo tratando de destrabarla. Era como si nadie más la viera.

Me guardé mi vasito con monedas (y uno que otro billete). Lo escondí mientras iba a ayudar a la chama. Me acerqué a ella y, entre las dos, destrabamos la maleta. Ella me dio las gracias en inglés. “¿Tú eres venezolana?”, le pregunté. Siempre odié esa pregunta. Me daba como cierta repulsión. “Sí. ¿Cómo sabes?”, respondió ella. Nos quedamos hablando un rato. Un buen rato. Ella había llegado desde Europa. Vivía allí, en Sydney. Yo no me acuerdo qué historia le inventé. Me daba miedo espantarla con mi verdadero caso, decirle que yo había fracasado en un negocio y que estaba literalmente pidiendo dinero a las afueras del aeropuerto. Intercambiamos teléfonos. Habíamos hablado durante casi media hora. Era como si ella no tuviese nada que hacer o nadie la estuviese esperando.

Ella se llamaba Lucía. Nos hicimos panas, muy panas. A veces, ella me invitaba a comer a su casa. Yo había mejorado un poco en lo respectivo a trabajos a medio tiempo y esas cosas. Entre cuidar bebés, pasear perros y servir cervezas, poco a poco me sostenía. No pasaba hambre, ni frío ni calor. Igual seguía ahorrando para el pasaje. Con la confianza, yo le dije la verdad. Ella me ayudó sin pensarlo dos veces. Tenía demasiada plata. Un día me dijo, medio borracha, que la perdonara por ser la hija de Jorge Rodríguez. Yo, un poco ebria también, no asimilé el tamaño de eso. Odiaba a los chavistas a muerte, pero ella había sido tan buena conmigo. Me daba detallitos. Era atenta. Me recitaba poemas intensos con su acento mandibuleado. A veces, me decía que no le gustaba vivir sola, que le gustaba dormir a mi lado, tomada de mi mano, respirando cerca.

Los meses que estuve con Lucía, fueron maravillosos. Fueron fiestas, borracheras, porros, fogatas, tablas de surf y buena comida. Yo le decía a mi tío que lo del pasaje podía esperar. Él se extrañaba. Como que ya se le había pasado también la arrechera por el hecho de que lo habían (nos habían) estafado en Australia. Sabía que, tarde o temprano, tendría que volver. Pero yo estaría allí el tiempo que Lucía quisiera. Yo no tuve ni que trabajar más. Ella, cuando se iba a estudiar a la universidad, me dejaba, literalmente, un fajo de dólares australianos en una gaveta. Yo podía hacer con ellos lo que me diera la gana.

Ella se enamoró de un chamo y fue dejando de escribirme. Aún nos comunicamos de vez en cuando por Whatsapp, pero no pasa de un “Hola, chama, ¿qué tal?”. Creo que ya van para dos años juntos, o algo así. Lucía me regaló el pasaje para Caracas y me acompañó hasta el aeropuerto. Recuerdo que, antes de abrazarme y despedirme, me dijo: “¿Ves esa grieta de mierda? Ahí nos conocimos”. Yo estaba que hacía pucheros. Pocos meses después, la vi en un video viral, caminando por una de las playas de Australia que solíamos frecuentar. Una chama, con una cámara de celular, le reclamaba y le hacía escrache. Yo hubiese hecho lo mismo si no la hubiese conocido como la conocí.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela tercera de la Jornada segunda de la obra “EL Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

 

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