Queso manchego (o cómo el secuestro hace felices a ciertos niños)

Dicen que hacer negocios en Venezuela es inestable, que es riesgoso. Dicen, también, que Venezuela, al tener la economía destrozada, es un buen caldo de cultivo para los negocios. Se dice de todo, pero no se sabe nada. Nada es seguro en este país. Creo, en base a esto, que todo se trata de una cuestión de suerte y de azar. Vayas a donde vayas, encontrarás analistas y expertos que afirman ambas cosas. Yo me decanté por la primera. Sentí que el queso manchego tendría un éxito sin precedentes. Me imaginaba a mí mismo, en poco tiempo, abriendo sucursales por todos lados.

El primer paso fue comprar una van, una furgoneta. Sólo en eso se me fue, prácticamente, la mitad de la inversión. Yo no tenía miedo. Confiaba demasiado en mi negocio. Algunos amigos, al yo contarles mis planes, me palmeaban el hombro y me decían: “Ahora sí va a llegar tu momento”. Vendí algunas cosas para comprar dólares, que cada vez estaban más caros. No importaba. Era inversión. Ya recuperaría de nuevo, con creces, cada centavo. Adquirí una furgoneta blanca. La tuve que ir a buscar hasta Yaracuy. Estaba en buen estado a pesar de que no era nueva. Unos repintes y no se notaría nada.

Luego vendría importar los quesos. Me salió más caro que la misma furgoneta. Ojalá en Venezuela se produjera queso manchego, sería todo más barato. Aunque, precisamente al no producirse, mi negocio entraría con toda la fuerza. ¿A qué tienda no le interesaría tener sus buenos quesos, de sabor fuerte? Algunos amigos me ayudaron. Luego de esperas, pagos y transferencias, el cargamento llegó por el puerto de La Guaira. La Guardia Nacional, a pesar de que yo mostraba todos mis papeles en perfecto reglamento, inventaba cualquier excusa para sacarme dinero (y una que otra rueda de queso).

El resto fueron registros de sanidad (traducidos en sobornos infinitos) y asuntos de estética e imagen. Contraté a un diseñador gráfico de la Monteávila, que era pegadísimo pero hizo un buen diseño. Obtuve, gracias a la alcaldía de Chacao, un permiso para vender en el mercado que se hace los sábados al lado de Parque Cristal. Allí había muchos potenciales clientes. Cada sábado, casi religiosamente, los vecinos (y gente de otros municipios) se congregan allí para comerse una arepa, una cachapa, tomarse una chicha, respirar aire sabatino y olvidar, aunque sea por unas horas, que viven en un país que cada vez se hace más inhóspito.

Casi tres horas y sólo había vendido trescientos gramos, trescientos gramos miserables que me compró una señora un tanto encopetada con acento español. La gente se detenía en mi puesto, manoseaba la mercancía, se hacía selfies con los quesos, pero no compraba nada. Yo sacrifiqué un poco en muestras gratis, que volaban. Pero nadie compraba nada. Me sentía más el administrador de un museo que el dependiente de un puesto de queso manchego en el municipio Chacao. El frutero del puesto de al lado, sin duda más carismático que yo, vendía plátanos y patillas en cantidades casi industriales. Mi balanza sólo era visitada por una mosca fastidiosa que iba y volvía, que se burlaba de mí cada vez que la pretendía espantar.

Durante varias semanas, todo fue igual. No hace falta ser un Sherlock Holmes para suponer lo que pasó. Tenía demasiado queso y pocas ganancias. No sé por qué se me ocurrió que, en un país en el que a duras penas se consigue arroz (y eso si  tienes contactos en el mercado negro), la gente podía interesarse por tener queso manchego importado. Fui a la quiebra. Las ganancias no me alcanzaron ni siquiera para mantener el alquiler del espacio que exigía la alcaldía. Obviamente no recuperé ni la décima parte de la inversión. Nadie quería los quesos. Comí sándwiches de queso manchego durante semanas. Estaba asqueado. Al menos tenía la furgoneta. Intentaría venderla a un precio decente.

Quedé con poco. Había conseguido un nuevo trabajo en la torre Xerox, pero todo el mundo sabe que un trabajo en Caracas no te permite vivir, más cuando has empeñado más de la mitad de tus bienes en unos malditos quesos. Estaba un poco desesperado. Aún no había vendido la furgoneta. Las personas que se comunicaban conmigo, por internet o por Whatsapp, me ofrecían unos precios risibles que a veces, por mero apuro, consideraba. Lo que ganaba de sueldo, que era alto en consideración a un salario mínimo, se me quemaba inmediatamente entre alquiler o un poco de comida.

“Yo conozco al pana de un pana (siempre es el pana de un pana) que podría sacarle jugo a esa furgoneta. No la vendas antes de hablar con él. Pero, eso sí, a mí no me metas en ningún peo”, me dijo un compañero medio misterioso del trabajo. Se veía una persona decente, pero, en cierto modo, solía evitar al resto del personal. No es que fuera alguien antipático, pero tenía como algo oculto. De todas formas, cuando se emborrachaba, soltaba la lengua y pasaba como uno más. A pesar de lo turbio que podía ser, emanaba cierta confianza cuando se le conocía bien.

“¿Aló? Soy Richard Gómez. Un compañero de trabajo me dio este número. No sé si él le ha hablado de mí. Tengo una furgoneta que tenía para un negocio de quesos que fracasó”, le dije al pana del pana. Él me citó en la Flor de Altamira, la panadería que está diagonal a al Clínica el Ávila. Pidió un café con una palmerita pequeña. Miraba muy poco a los ojos. Era moreno y alto. Hablaba bien a pesar de su pinta medio de barriotero. Fue directo. Me dijo que él ayudaba en un grupo de “malas conductas” y que sabía que yo necesitaba dinero. Advirtió mi gesto de incomodidad. Me dijo que él conocía contactos en el instituto de transporte, para poner la furgoneta a nombre de una especie de testaferro. Que yo sólo cobraría y, quizás, tendría que ayudar en una que otra encomienda. No siempre los choferes estaban disponibles. Tardé un par de días en decirle que sí. De todas formas, era un negocio fácil.

Tardé pocas semanas en agarrar la confianza necesaria. El secuestro es un negocio infravalorado. La gente lo asocia a niches que van por ahí como cazadores. No es que no sea cierto, pero también hubimos muchas personas de bien metidas en ese mundo. La prensa daría lo que fuera por tener información real de la gente del gobierno (tanto del chavismo como de la oposición) que tiene “acciones” en el mercado bursátil del rapto y de la extorsión. Es como un mundo paralelo que, dentro de cierto secretismo, existe en Caracas sin que nadie lo vea, sólo los “clientes” y los “emprendedores”.

Recuperé, en poco tiempo, la inversión de los quesos. No me sentía mal. Los pagos y las comisiones eran siempre en dólares y muy pocas veces nos cobrábamos víctimas fatales. Cuando una familia no podía pagar, dejábamos al secuestrado, que generalmente era un chamo medio sifrino, abandonado en un parque por La Lagunita o por El Marqués. Eso sí, se llevaba su buena tanda de coñazos, pero quedaba vivo. No éramos ningunos monstruos. Mi trabajo era siempre el limpio. Manejar la furgoneta, que obviamente tenía otra placa, y listo. Comenzaba a ver bonanza de verdad.

Una mala noche, creo que el mal vino porque alguien nos había sapeado. No sé si fue un vecino o alguien cercano a nosotros. En todas las mafias, hay ciertas pugnas internas que involucran a la policía. Es una suerte de juego sucio. Todo comenzó con una muchacha que agarramos cerca del Centro San Ignacio. Los trámites de siempre. Lloriqueos, pataleos, etc. Polichacao nos emboscó cerca de Sabana Grande. Nos habían venido siguiendo. Hubo intercambio de disparos. Muertos. Fue un rescate tipo de película. Yo conseguí huir. Siempre fui un buen piloto. Me llevé conmigo uno de los maletines. No distinguí, con el estrés, si era de mi trabajo (el de la torre Xerox) o del otro negocio. No sabía si tenía algo adentro. Yo lo único que hacía era pisar el acelerador e hiperventilar.

Llegué a una zona horrible. No me acuerdo si era Gato Negro, Agua Salud o una vaina de ésas. Ya estaba más tranquilo. Los había perdido. Tenía, en mi ropa, parte de la sangre salpicada de uno de mis compañeros (o, dadas las circunstancias, de uno de mis ex compañeros). Aún estaba un poco en shock. Paré la camioneta. Vi a mi alrededor. Un poco de barrios mal iluminados, una música asquerosa al fondo. Comencé a caminar. Dejé atrás la furgoneta perforada. Ya me regresaría en taxi cuando mi corazón volviera a la normalidad. No quería ver a la furgoneta más nunca en mi vida.

“Pero hijo mío, ¿qué te pasó?”, me preguntó, de repente, una señora como de unos setenta años. Tenía un vestidito de flores medio corroído y el cabello gris amarrado con una colita azul. Era cuchísima. Yo le mentí. Le dije que me habían querido secuestrar, que necesitaba ayuda. Ella me recibió en su casa. Su casa no era más que un rancho que no estaba a muchas escaleras colina arriba. Me ofreció agua y un poco de jugo de lechosa. Limpió parte de la sangre de mi camisa con un trapito sucio y me calentó un poquito de sopa Maggi de cubito.

Por una de las puertas, o de esos huecos que hacen de puertas en los ranchos que, generalmente, se abren y se cierran con una cortina, una niñita estaba asomada con curiosidad. Tenía los ojos grandísimos y el pelo chicha. Era, según supe después, nieta de la señora que me había recibido. Le dije “hola”, con ese acento un poco estúpido que utilizamos cuando nos dirigimos a los niños. Ella me respondió y se puso a hablar conmigo. “Vi que mi abuela te limpió sangre de la ropa. ¿Por qué tenías sangre en la ropa?”, me preguntó. Le inventé la misma historia que a la abuela. “Yo tenía dos tíos, y a los dos los mataron. Tenían mucha sangre, como tú”, me dijo.

La niña me mostró su muñeca. Era una muñeca realmente lamentable. Le faltaba un brazo y sus ojos eran como dos cuencas vacías. Podría ser perfectamente digna de adornar el famoso camión creepy de muñecas que deambula por Caracas y que es muy famoso. Pero la niña adoraba a su muñeca. Me dijo que la muñeca había salido embarazada tres veces. En los barrios, salir embarazada es tan fácil como ir a comprar una botella de agua. Como que chasqueas los dedos y ya embarazas a diez personas. La niña se sentó en una sillita. Me dijo que, a pesar de que amaba a su muñeca, quería tener una Barbie, como una de sus amiguitas del liceo. No sé por qué, pero algo me conmovió.

Cuando regresé a mi casa, era como si se hubiese borrado parte del tiempo. Nadie sospechaba nada. La furgoneta había quedado abandonada en Gato Negro (¿o Agua Salud?), pues me regresé en Taxi. Ya alguien se la robaría y cargaría con el muerto de llevarse un vehículo solicitado por secuestro. Igual, nadie pagaría. A esa gente no le importa nada. A mí sólo me quedaba el maletín, que pude rescatar en medio del desconcierto y la adrenalina. Estaba, para mi gran fortuna, repleto de dólares. Eran de una garantía que teníamos allí para cualquier caso. Nunca se sabe cuándo hay que bajarse de la mula para que la Guardia Nacional o la Policía Nacional te den visto bueno para seguir secuestrando. Conté el dinero. Había una muy buena cantidad.

Vendí el dinero y recuperé todo lo que tenía y un poco más. En el trabajo no se habló más nunca del pana del pana. No pude salir mejor librado. Vivo con cierto miedo a que, algún día, alguien venga a cobrarme la deuda. Pero, mientras tanto, no es más que una experiencia que me salvó de tener una mala visión de negocios con respecto a los quesos manchegos. Evidentemente, y con la ayuda del chamo de las encomiendas de la oficina, hice comprar una Barbie nuevecita para la nieta de la señora. (A la señora también le di buenos agasajos). Me imagino a la niña sonriendo con su muñeca nueva, y sonrío yo también. Sólo espero que ésta no salga embarazada.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novela cuarta de la Jornada segunda de la obra “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

 

 

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2 comentarios en “Queso manchego (o cómo el secuestro hace felices a ciertos niños)

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