Nahla y los boboyolas

No sé por qué ella estudió en el San Ignacio. A los hijos de representantes del cuerpo diplomático les son asignados colegios especiales en donde estudian, generalmente, más hijos de representantes diplomáticos. Ella era la excepción a esa regla. Tenía los ojos grandes, como platos. Siempre me pareció que la expresión “ojos como platos”, que había leído tantas veces en los libros, era una exageración absurda. Ella de verdad los tenía. El color de sus ojos era una mezcla de avellana con manchas grises diluidas, como moteados. Eran una cosa realmente hipnótica.

No se solía poner burka. Nunca usó burka en público. La única vez que la vi usar burka fue en una cena con su familia. Su familia era seria sin dejar de ser simpática. Hacían cenas copiosas en un apartamento gigante (pero gigante) en Valle Arriba. Su casa estaba decorada con mucho mimo y muchas figuras arabescas. Su papá era el primer secretario de la embajada de Omán en Venezuela. Era un hombre altísimo y esbelto. Tenía bigote espeso y los zapatos le brillaban siempre, como si fuesen espejos. Entre su familia, muy confianzuda a veces, me llamaban, cariñosamente, “la infiel”. Era una broma que al principio me sorprendió, pero era tanta la gracia con la que la hacían, que terminó por agradarme.

En el colegio, era una chica callada. Era buena estudiante. Se adaptaba rápido a las lecciones de una historia que no era su historia. Podía hacer una exposición preciosa, de una hora, sobre el exilio de José Antonio Páez en Nueva York. Era como si conociera esa historia de toda la vida. Agitaba unas pulseras de piedritas cada vez que hablaba. Tenía una tríada de lunares triangulares cerca de la ceja derecha que me enloquecían. En realidad, enloquecían a todo el salón. Los chamos de la promo se llegaban a caer, a veces literalmente, a coñazos sólo por cargarle el bulto. Había unos más fetichistas que se robaban sus lápices, que siempre retenían algo del perfume exótico de su casa.

Ella estaba en su grupo de amigos, ni abundantes ni escasos. Yo estaba en ese círculo junto a ella. Nos hicimos amigas cercanas. A  ella le incomodaba bastante toda la pretensión y la galantería que los chamos tenían con ella. Ella era liberal para ciertas cosas, sobre todo relacionadas al librepensamiento. Pero la cultura de sus padres estaba muy afincada en su ser. Cada viernes, luego de clases, o los sábados en la noche, íbamos a tomar cervezas o caña clara de la mala. Ella siempre pedía Nestea o refresco. Era una abstemia total. Toda su familia lo era. En todas las veces que fui a su casa, sólo una vez vi al padre probar un sorbito diminuto de vino.

Nunca tuvo problemas de adaptación, a pesar de que en el San Ignacio los círculos suelen ser muy hostiles y cerrados para todo lo que no se adapte a los moldes “ignacianos”. Su cara la ayudaba. Cuando digo que era preciosa, era realmente preciosa. También muy recatada. A ella, por consentimiento del padre, le permitían usar una especie de falda larga que le cubría todas las piernas. Solía comer poco y compartir algunas cosas de su vida cuando estábamos en la merienda del recreo. Jamás decía groserías y eso era algo que nos daba risa a todos. Una risa sana, que ella también compartía.

Julián supo filtrarse poco a poco en el interior del cerrado mundo de la hija del primer secretario de la embajada de Omán. Julián era el típico boboyola de manual. Estaba en el equipo de fútbol. Era un ignorante de todo tipo. Los únicos tópicos que manejaba eran la Champions, los carros y las rumbas en las discotecas más brutales de Caracas. (En esa época, ir a las discotecas era algo que aún podía permitirse. No era una sentencia de muerte) Julián tenía el pelo castaño medio largo, brillante y sedoso. Era hijo de un mandamás de Seguros la Occidental y de una abogada de firma privada. Tenía el típico cuerpo flaco pero bien definido por el que todas las mujeres del San Ignacio se mueren. Era, aunque creo que ya es una obviedad, un patán, un bully criollo.

Nahla (que hasta aquí no he mencionado el nombre de la hija del primer secretario de la embajada de Omán) no alzaba tanta guardia por Julián. Era el único chamo por el que sentía un poco de empatía. Por su actitud, por su lenguaje corporal, creo que hasta le gustaba un poco. Cada vez que yo le preguntaba por él, ella cambiaba el tema. Era algo de lo que no le gustaba hablar. Además, Julián tenía ese encanto gracioso que la iba dominando. En medio de un mundo tan cerrado como el de sus padres, más siendo miembros del frecuentemente estéril mundo diplomático, cualquier boboyola se convierte en un libertador.

Las cosas comenzaron a ser un poco más complejas cuando comenzaban a llegarme mensajes del tipo: “Si mi papá pregunta por mí, dile que estoy contigo”. “Coño, Nahla. Dime que no estás con el imbécil ése”, solía ser mi respuesta. Si hay algo que me da arrechera en la vida, es meterme e involucrarme en tramas y problemas en los que yo no he generado el conflicto. Una parte de mí tenía ganas de pegarle una cachetada a Nahla para ver si reaccionaba (de todas formas, sería incapaz. Ella tenía el rostro más bello del mundo, con sus ojos moteados y su nariz aguileña. En todo caso, le pegaría en las manos.). Cuando el papá me llamaba, me daba una mezcla de arrechera y miedo. “Sí, señor. Ella, en este momento, está conmigo. No se preocupe. Es que su teléfono no tiene batería”. Él me creía. Nunca me hizo un reto del tipo “Pásamela, que quiero hablar con ella”. Colgaba el teléfono con mucha amabilidad, no sin antes enviarme las buenas noches y las bendiciones de Allah.

Nahla comenzó a hablar cada vez más mandibuleado y con groserías. Se veía ridícula. Fue la primera vez en la que me cayó un poco mal. Pero, al fin y al cabo, era su amiga, y las amigas están ahí para ese tipo de cosas. Cada vez estaba más “julianizada”. Yo sabía que hablar yo con Julián no serviría de mucho. Cuando has sido malcriado toda la vida, te morirás siendo un puto malcriado, al menos que la vida te meta un coñazo. Nahla estaba distraída y salía con él casi todos los fines de semana. Yo sólo la veía en las meriendas del recreo. En el colegio, ya ellos no se hablaban tanto. Pero los fines de semana paseaban en la Machito azul que el papá de Julián le había regalado a su estúpido hijo.

Jose Ricardo, otro boboyola de manual, iba a cumplir los 18 años. Su único tema de conversación durante las semanas previas era la repetición de lugares comunes e imbecilidades tipo “Ahora sí va a ser legal rascarnos” y estupideces así, dignas de un cerebro ignaciano de maní. Iba a hacer una fiesta en un descampado cerca de Oripoto. Invitó a toda la promo. Sería la primera vez que Nahla se iría a una fiesta con sus compañeros. Yo lo hacía poco, pero lo hacía a veces. Sería como ver a Nahla en un laboratorio. Ella no escuchaba la música de mierda que se suele poner en las rumbas y lo que bebía era Nestea.

Ella llegó vestida de manera recatada. Me saludó con mucha amabilidad. Fue muy de pinga hasta que llegó Julián, en su Machito azul. Ella comenzó a ponerse nerviosa y feliz, con esas mariposas malditas y estúpidas que revolotean en nuestro estómago cuando somos adolescentes y estamos en presencia de quien nos gusta. Por lo menos, el papá de Nahla sabía que estaba con nosotros. Él confiaba demasiado en mí, como si yo, de alguna manera, fuese una suerte de chaperona. El escolta oficial que ella tenía, un guatireño negro demasiado dicharachero, sólo la acompañaba hasta las puertas de los lugares. El resto era cosa mía.

Nahla bailó un poco y corría descalza por el descampado, que tenía el césped verde y un poco húmedo. Bailaba de manera espectacular, como si fuese un personaje sacado de cuento. Comía de los pasapalos y estaba tranquila. Julián estaba junto al resto de sus amigos cotufas, quitándose las camisas y actuando como unos orangutanes que buscan atraer la atención del sexo opuesto para conseguir el ritual de apareamiento. “Mosca con una vaina, Nahla. Tú eres muy genial y tú papá confía en mí. No pierdas la cabeza, por favor”, le dije. “Tranquila, marica”, me respondió. Ese tipo de respuesta resume lo cambiada que estaba.

Cuando cayó la noche, ya mucha gente estaba un poco tomada, incluyéndome. Nahla era una de las pocas sobrias gracias a sus arraigadas costumbres omaníes y a su resolución por tomar Nestea. Pero comenzó la tradición ignaciana del embudo. Siempre me pareció un poco estúpida, aunque divertida. Julián ya estaba en interiores y, junto al resto de la manada, se acercó a nosotras. “Aquí nadie se va a ir sin haber jugado al embudo”, gritaban. Yo hice mi parte. Nahla dijo que no, aunque le insistieron. Ella fue resoluta y seria. Habló de su padre y de sus creencias. Yo, en medio de mi “prendidez” por el alcohol, me sentí demasiado orgullosa de ella. Tenía ya bastante tiempo sin estar orgullosa de ella.

A los pocos minutos, Julián y el resto de la sociedad del embudo regresó a donde estábamos nosotras. Reiteraron la única ley de su beoda constitución: “nadie se iría de la fiesta sin haber jugado al embudo”. Nahla, rendida ante tanta insistencia y casi temblando por la adrenalina de hacer un acto de rebeldía (de rebeldía cuando eres la hija de un funcionario islámico) y por el cuerpazo de Julián en interiores, accedió en medio de risas, aplausos y gritos atarzaneados (no creo que la palabra “atarzaneado” exista, pero creo que su significado es obvio y no he encontrado un símil más útil para esta historia. “Mosca con una vaina, Nahla. No lo hagas por presión social”, alcancé a decirle. Fue inútil.

Fue una mezcla de ron, vodka, cerveza y Naiguatá lo que pasó de las botellas al embudo, del embudo a la manguera y de la manguera a la boca de Nahla. Se empapó toda la camisa con el alcohol que casi regurgitó, pero había bebido un buen sorbo. La tribu se fue y ella quedó sonriendo como una imbécil a mi lado. Decidí no seguirme mortificando tanto por eso. Ya el mal había pasado. Sería un secreto que no se sabría. Yo moriría con la versión de que pasó la noche bebiendo Nestea y bailando descalza sobre el césped verde y húmedo.

Lamentablemente, Nahla, una vez probado el paraíso (como suele pasar), quiso repetir. Volví a mortificarme, pero resolví su terquedad con un “jódete”. Enloqueció, bailó, bebió, aceptó jalones de cigarros. Fue el alma de la fiesta. Se reía como nunca se había reído en su vida. Se dejaba cargar y daba a Julián, quien también estaba ebrio, besos babosos en las mejillas. Se convirtió en la protagonista absoluta de la fiesta de Jose Ricardo. Ya era tarde. Cada quien estaba en lo suyo. Llegó esa hora en la que las parejas empiezan a esconderse en los recovecos.

“Ven a ver a Nahla. Está mal”, me dijo José Ricardo. Nahla había ya vomitado varias veces y no se podía levantar. Ya Julián se había ido a echarle los perros a otra chama y seguramente estaría por allí jamoneándose en un rincón. Yo me puse seria. En condiciones normales, no me preocupa que una chama se rasque hasta vomitar y perder el sentido. Pero era la hija del primer secretario de la embajada de Omán. De un tipo alto con un bigote espeso que no sé cómo podría reaccionar ante la gracia de su hija, más cuando se suponía que estaba a mi cuidado. Pero yo qué culpa podía tener, coño. ¿No éramos grandecitos ya?

Lavamos a Nahla con una manguera. Una chama le prestó un pantalón de repuesto. Otra chama le prestó una franela y cosas así. Hicimos como un Frankenstein vestuarista con una Nahla que, cuando la soltábamos, se iba de narices al piso. Pensamos en llevarla a la clínica por si acaso, pero no era para tanto. Un chamo ofreció su camioneta para llevarla a casa. Eso sí, con un tobo debajo de la boca de Nahla por si acaso. Aplicamos la cobarde técnica de dejarla acostada en la puerta de su apartamento, tocar el timbre y echar a correr. Yo fui cómplice en eso. Me sentí como una mierda y me siento como una mierda cada vez que lo recuerdo.

La última vez que la vi, estaba acompañada por su papá en la dirección de colegio. El papá decidió retirarla y enviarla, por fin, a un colegio más normal para ella, donde todo el mundo habla inglés y suelen estudiar los hijos de los diplomáticos. Por suerte, el papá no me vio. Menos mal. No habría podido soportar una mirada de él. Me hubiese fulminado. Nahla estaba sentada. Sus ojos como platos habían llorado mucho. Yo no sé cómo la directora no lo pudo notar, pero parte de la cara y el cuello de Nahla estaban marcados. Eran marcas que trataban de ocultarse bajo un mal maquillaje. El hijo de puta del papá le había pegado. Pero yo siempre fui una cobarde de mierda y no alcé mi voz. Su familia no estaba tan equivocada. Yo era una infiel. Me limité a maldecir a Julián, a quien siempre le supo a mierda mi opinión.

T.M.

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Nahla y los boboyolas

  1. No estoy seguro de cuánto de las historias que he leído en este blog son basadas en historias reales. Pero si de algo estoy seguro es que cuando las leo, las emociones que siento al final de cada lectura son bastante reales.

    Lo que sea que estén tratando de hacer, sigan así. Espero poder seguir leyendo más contenido nuevo.

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