El loco de la calavera

“Ten cuidado con el loco de la calavera”, advertían muchas madres a sus hijos. Era casi una costumbre entre los habitantes de la urbanización Santa Paula. Faltaba poco más para que se convirtiese en parte del folklore, del paisaje. Yo lo había visto pasar un par de veces desde la ventana de José. La verdad es que sí daba miedo. Vestía con un sobretodo negro, roído y gigante. De espaldas, daba la impresión de ser uno de esos monstruos con los que nos suelen asustar cuando somos pequeños. Tenía un andar lento y desesperante. Se balanceaba al caminar. Su figura se veía más terrorífica cuando casi parecía difuminarse con la tarde polvorienta de Caracas al atardecer.

Si le llamaban el loco de la calavera, no era por mero capricho. Con sus dos manos arrastraba una cuerda delgada a cuyo extremo estaba atada una auténtica calavera humana. Nadie sabía de quién había sido aquel cráneo. Había miles de versiones. Unas más simplistas se limitaban a decir que la había robado de una tumba abierta del Cementerio General del Sur. Otros, más simplistas aún, decían que era una imitación, que era falsa la teoría de que realmente fuese una calavera. Otros, más obscuros y macabros, aseguraban que el cráneo era el de su fallecida esposa. Era ese tipo de leyendas que, vivas, hielan la sangre, mucho más que una película de terror en donde sabemos que todo es falso y fingido.

José era uno de mis mejores amigos del colegio. El típico chamo pana con quien has crecido y tienes planes cursis en común como estudiar en la misma universidad. Me encantaba pasar las tardes en su casa de Santa Paula. La primera vez que fui, me causó una impresión que jamás pude olvidar. Santa Paula es como un lugar místico. Allí juro que la luz es diferente, que el aire es diferente, que la atmósfera es diferente. Pareciera que el asfalto brilla más triste que en cualquier otro lugar. Por suerte, con José, me acostumbré a caminar por esas calles donde antes no había tantos carros. Era una juventud sana de sudor, tierra y helados Tío Rico.

Yo ya era una miembro más de aquella familia. La mamá de José me adoraba. Era una señora que siempre nos hacía almuerzos y meriendas los viernes. A mí me era mucho más fácil ir a casa de José que hacer que él viniese a la mía. Jugábamos Nintendo, veíamos el Chapulín Colorado y el Zorro, corríamos y armábamos infinidad de álbumes con calcomanías. Era uno de nuestros pasatiempos favoritos. El papá de José era mucho más reservado. Era el típico oficinista que llegaba a las seis de la tarde o a las siete de la noche sólo con ganas de comer y de sentarse a ver televisión sin que nadie lo molestara.

Desde la primera vez que la mamá de José me echó el cuento del loco de la calavera, me intrigué muchísimo. Cuando era niña, era simple miedo. Incluso, más de una vez, llegué a tener pesadillas. A medida que fui creciendo, quizás influenciada por la infinita bohemia tolerante de José, quien, como buen artista, tiene la mente y el corazón abiertos para todo tipo de historias o personajes que se salgan de los parámetros normales, ese miedo se fue transformando en curiosidad, luego en compasión y, por último, en interés.

Creo que tenía catorce o quince años cuando lo vi por primera vez. Estaba asomada en la ventana de José. Los rayos del sol estaban en ese momento en el que te apuntan directo hacia las pupilas. El sonido de la calavera arrastrada por el piso jamás lo podré olvidar. No sonaba como madera, ni como plástico, ni como nada parecido. No sé si los huesos producen un sonido particular. Me quedé casi sin habla. Llamé a José, quien estaba haciendo Nestea en la cocina. Él se acercó y dijo un salomónico “¿lo viste? ¿viste que no es mentira?”.

Él ya lo había visto varias veces, aunque nunca tan de cerca. De hecho, ninguno de los vecinos de Santa Paula se enorgullecían de haberse acercado al loco de la calavera. Cuando sabían que se acercaba, alertados por el sonido de los dientes y del cráneo contra la textura irregular del asfalto, se recogían en sus casas. No es que el loco de la calavera fuese peligroso, pero arrastraba junto a sí, más que la misma calavera, un enigma de ésos que van creciendo por el boca en boca de una gente que, para esa época, no tenía como principal preocupación conseguir arroz o medicinas.

Efectivamente, José y yo siempre fuimos hermanos o más que hermanos. Era de esos chamos frente a los que ya te puedes cambiar de ropa sin ningún tipo de pudor. Esa gente a la que deseas que entierren junto a ti para ir echando cuentos durante toda la eternidad, ya sea en el cielo o en el infierno. Decidimos estudiar juntos letras en la UCV. Creo que nuestro compañerismo y nuestra perpetua desconfianza hacia los terceros, nos protegieron mutuamente de todo ese mundo de porros y gente rara que suele haber alrededor de una carrera como letras. Haber estudiado con José es una de las cosas que más me he tripeado en la vida.

Muchas cosas habían cambiado, pero Santa Paula seguía casi igual. Sólo unas grietas más y más tierra, los edificios más grises y más tristes. Ya el chavismo comenzaba a hacer estragos. José y yo seguíamos en el mismo plan que habíamos conservado casi desde el preescolar, ir los viernes a su casa. Su mamá, cada vez con más canas pero siempre divertida y atenta, nos preparaba la merienda. Ahora veíamos Youtube, cantábamos y teníamos la licencia (ganada con la edad) de tomarnos unas cuantas cervezas, a veces con otros amigos.

A la hora de hacer la tesis, como estaba permitido hacerla en parejas, naturalmente José y yo nos elegimos sin necesidad de decir ni una sola palabra. Siempre nos llamó la atención el tema de las leyendas y de la mitología. Éramos fanáticos de los libros de Ekaré desde que estábamos en el colegio. Él fue quien tuvo la idea, aunque a mí también se me había pasado por la cabeza. Podríamos hacer un buen informe literario, un buen cuento y un gran texto sobre alguna leyenda caraqueña, pero no las leyendas clichés del enano de la catedral o del sótano repleto de cocaína de Diosdado Cabello. ¿Por qué no tomar a una leyenda viva, al loco de la calavera?

Nuestro tutor se nos rió en la cara en un principio, pero luego le pareció una buena idea. Creo que esa dicotomía es típica en los tutores. Nos dieron el visto bueno. Hasta él se ofreció en ayudar en la recopilación si necesitábamos una mano. Ya habíamos hecho marco teórico y todas esas partes aburridas de las tesis. Ahora sólo faltaba el contenido real. “Enfrentarnos” al loco de la calavera. Era algo realmente emocionante. Uno de esos logros que haces de adulto y que de niño jamás pensaste, ni de cerca, que serías capaz de hacer.

Ningún vecino sabía donde vivía exactamente. No era común verlo por la calle. Ni siquiera era un pedigüeño. Era, simplemente, un loco. He de admitir que, con el tiempo, ya la leyenda del loco de la calavera había perdido bastante fuerza. Era un tema de conversación que ocurría muy de vez en cuando cuando se reunían algunos vecinos a echar historias de Santa Paula. De los más jóvenes, menores que nosotros, casi nadie sabía de su existencia. Si acaso por algún cuento que, alguna vez, la mamá o la abuela habían echado.

Había vecinos que aseguraban tener meses y hasta años sin haberlo visto. Podíamos hacer la tesis basándonos simplemente en testimonios de vecinos, pero no era la idea. Al menos si pudiésemos sacar una foto o algo. Fueron tardes de mucha frustración en casa de José (aunque sin faltar jamás las meriendas y las buenas comidas que preparaba su mamá). Muchas jornadas frente al papel sin tener muy claro lo que debíamos o podíamos escribir. Muchas llamadas del tutor, algunas de ellas sugiriéndonos que nos rindiésemos, que el tema no tenía suficiente jugo para ser explotado en una tesis de una universidad de talla como la Central.

Fue una tarde de marzo cuando la mamá de José nos dijo que un hombre había preguntado por nosotros. Uno de esos vecinos nulos a los que todos saludan de buenos días y no mucho más. De esos que vemos tomando un café con leche en la panadería o comprando el Universal en el quiosco los sábados por la mañana. Había dejado su teléfono. Primero le escribimos un Whatsapp. Siempre he odiado hablar por teléfono. Como no lo respondía, procedimos a llamarlo, no había más remedio. Era un señor muy amable con una voz curiosamente grave. Nos citó y nos invitó a un café en Casa Brioche, una de las panaderías mejor conservadas de Santa Paula.

Luego de un tiempo de tomar cafés y comer pasta seca, ya le habíamos explicado nuestras metas, nuestras intenciones y nuestra frustración. Él reía y daba una información un poco vacua. Él nos cayó bien a nosotros y nosotros le caímos bien a él. Nos dijo que, si no teníamos miedo, fuéramos a su casa. ¿Por qué íbamos a tener miedo? Si nos mataba, al menos habríamos muerto a manos de un candoroso y simpático señor. Además, éramos dos y estábamos precavidos. Cualquier movimiento en falso y lanzaríamos un golpe y echaríamos a correr.

Su casa quedaba en un segundo piso de un edificio sin ascensor. Las escaleras eran las típicas beiges de granito moteado, tan típicas de las estructuras cincuentainas de Caracas. Su apartamento se hallaba tras una gran puerta de madera con cerrojo en el medio, al estilo europeo. Me encantó el apartamento. Tenía muchísimos, pero muchísimos libros, muchos de ellos con ese aroma a libro antiguo que tanto cautiva a los que nos gusta y apreciamos esas cosas. Todo el lugar estaba ordenado. Si quería matarnos y todo era una trampa, de pana que daría gusto morir allí.

Algunos de los tomos tenían directamente títulos que interesaban a nuestra tesis y de los que jamás habíamos escuchado, a pesar de mucho buscar en bibliotecas y en archivos. “Leyendas de Caracas”, “Caracas y sus leyendas”. La tesis se estaba convirtiendo en una de esas aventuras hermosas que vas engrosando con personajes que van ofreciendo su ayuda y a los que provoca subir al escenario cuando nos están dando la toga y el birrete. Él nos los prestó con todo el gusto del mundo. Nos ofreció comer, pero ya estábamos llenos.

Preguntó si sabíamos guardar un secreto. Allí ya las cosas comenzaron a ponerse mucho más interesantes. José tenía los ojos como huevos fritos y casi transpiraba. Era como si se hubiese comprimido en un día toda la bonanza de información que nos había faltado en las jornadas anteriores. Lo contento que se iba a poner nuestro tutor cuando le dijésemos. Hojeamos los libros y habían historias fantásticas, pero, obviamente, ninguna hablaba del loco de la calavera. Allí era donde residía, precisamente, nuestra misión académica.

“Miren esto”, nos dijo mientras nos mostró la calavera atada a una cuerda. Fue un tanto decepcionante asimilarlo todo de golpe. Saber que el loco de la calavera o se había vuelto cuerdo o siempre fue una farsa. Era lo segundo. Era una especie de juego que él tenía con lo que alimentaba su excentricidad literaria de regalarle una leyenda a Santa Paula, aunque ya casi nadie hablara de eso. Aquél era el productor primario de algunas de mis pesadillas de niña. No sé si se arrepintió de habérnoslo dicho, pero todo quedó en secreto. Tuvimos toda la información para salir adelante. Cabe destacar que, a pesar de todo, la calavera era real, pero nunca supimos su origen. Tuvimos que creerle que la había adquirido en una “subasta de mercado negro”.

Nuestra tesis, no es por presumir, quedó fantástica. Me divertía mucho ver los rostros de nuestros profesores, de nuestros compañeros y del jurado mientras echábamos todo el relato sobre el loco de la calavera y su asociación con las leyendas caraqueñas. Algunos estaban realmente boquiabiertos. Nos reservamos, para hacer las cosas más interesantes, la parte final, la parte que desentrañaba todo el misterio. Al fin y al cabo, nosotros también seríamos colaboradores y cómplices de la leyenda que una suerte de solitario le regaló a la urbanización más hermosa de Caracas.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

 

 

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5 comentarios en “El loco de la calavera

  1. Me hubiera gustado escuchar esa tesis, nunca escuche hablar de ese personaje, fue interesante leer este articulo, es triste que las personas dejen de hablar de este tipo de cosas que básicamente ahora fuera una leyenda por decirlo de algun modo.

    Estudie cerca de Santa Paula y primera vez que leo algo sobre el loco de la calavera, ese viejo se la comio. XD

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  2. Viví en Santa Paula muchos años, sali de alli en 1994, pero siempre en contacto porque mis viejos siguieron alli muchos años mas y nunca escuche del loco de la calavera, en que años ocurrió todo? Por cierto, me encanto el relato.

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  3. Que buen relato!
    Lo he disfrutado bastante, al igual que los otros tuyos.
    Hace poco que descubrí la página y los estoy leyendo todos al hilo.
    Gracias!

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