Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Pinar de Chamartín”

No me gustaba ver fumar a Noe. Me crispaba. Cada vez que Noe fumaba, significaba que algo malo o iba a pasar o estaba pasando. Era como una sibila sombría. Se solía poner de espaldas en la terraza. Una maraña de humo hacía de cortina ante su cabeza de cabello castaño que miraba hacia el balcón. Se perdía allí. Podía pasar un largo, muy largo rato sin hablar, sólo fumando. Yo no me atrevía a decirle nada. Siempre tuve miedo a romper su silencio. Pero me colocaba cerca de ella, un poco en guardia, como ofreciéndome de escudera para cualquier cosa que pudiese necesitar.

Ya eran casi las nueve de la noche y Bhadra no aparecía. No era algo de qué preocuparse tanto. Los gatos suelen ser un poco truhanes y aventureros. Está, de cierto modo, impreso en su ADN, que conserva rescoldos de tigres salvajes, de depredadores, lo que llaman Felidae. La gata tenía apenas cinco meses. Había traicionado el voto de confianza que Noe le había dado al dejarla explorar la terraza, que daba a la calle. Las primeras veces que salía, en días anteriores, era respetuosa con el espacio implícitamente delimitado. Pero quizás un gato galán, cual héroe del romanticismo, la sedujo para salir de su cómoda prisión.

La ayudé a buscarla. Buscar una gata en una ciudad como Madrid es una tarea sumamente difícil. Hay millones de recovecos en donde podría esconderse, en donde podría desaparecer. Nuestro mayor temor era que no supiese volver a casa. Me revolvía un poco el alma ver la camita vacía, la caja de arena con los rastros de las últimas pisadas, los juguetes tirados en el piso. Salimos a la calle, con un par de linternas, como si la ciudad no estuviese lo suficientemente iluminada. Hacía un frío terrible. Yo, por el apuro, había salido mal abrigada. Noe también, pero todos sus sentidos, incluso los sensibles a las bajas temperaturas, estaban apuntando hacia la gata fugitiva.

“Bhadra”, gritaba Noe, cada vez más alto. Con la otra mano, la que no sostenía la linterna, agitaba un botecito con pienso. Pensaba que, así, la gata, quizás tentada por el hambre, acudiría al llamado. A mí me daba un poco de vergüenza gritar. Nunca me ha gustado llamar la atención. A cada grito de “Bhadra”, los peatones, y hasta algunos conductores, volteaban hacia nosotras con gesto de extrañeza, de esa extrañeza urbana que no retiene más de tres o cuatro segundos de interés cuando son historias ajenas a nosotros.

Buscamos debajo de los coches. Nada. Nos asomamos por algunas alcantarillas. Tampoco. Yo sentía que toda búsqueda era inútil. En el caso de que viésemos a la gata, ella, con su agilidad inherente, si éramos la causa de su huida, echaría a correr de nuevo y se volvería a esconder. En aquel escenario, tendría todas las de ganar, todas las de huir. Noe comenzaba a preocuparse, sin dejar de fumar. Daba la impresión de ser un incensario cubierto de telas negras. Noe siempre me impuso muchísimo respeto. Era delgada y alta. Su cara comenzaba a abrir los surcos inevitables de la mediana edad.

No sabíamos hacia qué dirección seguir. Era una lotería. Hay cuatro puntos cardinales en una metrópolis extensa y nosotras sólo éramos dos chicas no muy bien abrigadas con un par de linternas. Sin embargo, no me atrevía ni siquiera a sugerir que detuviésemos la búsqueda. Yo estaría allí, aunque muriésemos congeladas (muy probablemente mientras la gata, quizás, estaría cómoda junto a su gato galán y un buen puñado de comida). Noe comenzaba a preocuparse cada vez más. Exhalaba bocanadas de humo cada vez con más prisa. Yo me contagiaba de su inquietud.

Regresamos a la casa. Noe tenía los ojos húmedos, pero no se atrevía a llorar. La gata, de alguna manera, sustituía en ella el espacio del hijo que nunca había querido tener. Yo nunca fui persona de creer en instintos maternos. Ella menos. Ella ni siquiera quería tener mascota. Yo la había convencido luego de mucha insistencia de adoptar una gatita. A veces, cuando los habitantes del piso no coinciden, el piso suele sentirse como un lugar devastadoramente solitario, más en medio de un espacio tan grande, en una vorágine de miles de vehículos y decenas de miles de peatones.

Me daba, para mis adentros, un poco de risa la ironía de la gata. Llegó a la casa apenas con dos meses. Estaba acurrucada en una cesta y no se atrevía a salir de allí. Era su zona de confort, su burbuja de cristal. Mucho tuvimos que tentarla e insistirle para que se atreviera a dar sus primeros pasos por la casa. Cuando se atrevió a darlos, lo primero que buscaba eran recovecos y escondites, agujeros y rincones. Cuando algo o alguien se acercaba, ella, al verse sin escapatoria, bufaba intentándose proteger, pero nunca sacando las uñas o atreviéndose a atacar. Ahora, nos encantaría que estuviese tranquila en su cesta, que ya, en tan sólo tres meses, se le había vuelto un tanto pequeña.

“Si sabes algo, avísame”, me dijo Noe antes de irse a trabajar. Trabajaba de noche en un bar de la calle Dalia. Era un bar sano. Iban a él muchos jóvenes a ver los partidos de fútbol, pero no se sobreexcitaban demasiado. No era un bar de Hooligans. Noe trabajaba allí desde que la conocía. Trabajar la distraía, la relajaba. Fue la mejor decisión que pudo haber tomado esa noche. Yo la intenté alentar con un “No te preocupes. Seguro que regresará”. Ella sonrió levemente, muy levemente. Cerro la puerta y se fue hacia la calle. Prometí que, en un rato, iría a buscar a la gata de nuevo, mientras ella trabajaba. Lo dije por mera diplomacia. Era inútil y sabía que no lo iba a hacer. Menos con aquel frío.

El día siguiente fue de diseñar, imprimir y colocar carteles en los postes de la calle. La única foto que teníamos de la gata (hasta ese día no había notado que era realmente extraño tener tan pocas fotos de ella, aunque era tan consentida) era de aquellos primeros días, cuando no se atrevía a salir de su cesta. Miraba a la cámara con sus dos ojos verdes asustados, que parecían incrustados en su cabecita blanca y peluda. No sabía si alguien podría reconocerla aunque hubiese crecido tanto. Pero no había muchas más opciones.

“Noe. Me llamó un chico. Dice que tiene a la gata” le dije. Noe me miró fijamente. Prácticamente no había parado de fumar desde la noche anterior. Era como su válvula de escape ante el estrés, la presión y la frustración. “Vamos a verlo”, me dijo. “Vive un poco lejos”, le contesté. A Noe no le importó. Al fin y al cabo, la ciudad es accesible en lo que se refiere a movilidad. De todas formas, me parecía extraño que, quien llamase, viviese tan lejos. No creía que una gata pequeña pudiese llegar tan lejos por su propia cuenta, al menos que hubiese sido raptada, o algo similar.

El chico vivía en un piso de la avenida de Los Madroños. Tuvimos que esperar hasta la noche, a que regresara del trabajo. Nos había dejado muy claro que quería recompensa, y una recompensa cuantiosa. Noe lo maldijo en la intimidad conmigo. Las recompensas no se piden, se ganan. Yo no podía estar más de acuerdo. Sospechosamente, no nos quería mostrar fotos de la gata. Se basaba en no sé cuál teoría conspiranoica idiota de que nos espían desde Estados Unidos y otras gilipolleces más. Eso aumentaba la ira de Noe y, por reflejo, la mía también.

El chico nos abrió la puerta. Su piso estaba desordenado. Nos pidió que esperásemos un momento en el recibidor, que ya traería a la gata. Nos preguntó si habíamos llevado la recompensa. Noe le dijo que sí. Pude sentir una furia inusitada e insólita en su voz. Creo que si viviésemos en Estados Unidos, en donde no existe control de armas, Noe hubiese acribillado al chico ahí mismo con unos veinte o treinta disparos. A eso también contribuía el estado del lugar, que invitaba al desagrado. Había cajas vacías de pizza y latas de cerveza por doquier.

El chico trajo a un gato entre sus manos. Noe hizo un amago de sonrisa, que se le borró cuando el chico insistió una vez más en la recompensa. El gato no era la gata de Noe. Tenía cierto parecido, cierto aire, pero, definitivamente, no era. Era mucho más grande. Noe comenzó a temblar. Yo no sabía qué decir. De hecho, no había dicho absolutamente nada desde que habíamos llegado. Ni siquiera las buenas noches. Hubo un silencio extremadamente incómodo durante algunos segundos. El gato, entre los brazos del chico, nos miraba a todos.

Noe no precisó decir que aquél no era el animal que habíamos ido a buscar. Sabía que su temblor era por algo y que, de alguna manera, éste debía drenarse, salir al exterior. Soltó una violenta y sonora cachetada al chico, quien reaccionó soltando al gato, quien cayó al piso y corrió a refugiarse. Creo que fue por el mismo respeto del que ya hablé, que el chico no dijo nada. Es más, parecía que lo único que deseaba era que nos fuéramos y sentarse a llorar. Como cumpliendo sus deseos, nos fuimos. Bajamos rápidamente las escaleras y salimos por el portal.

Noe tuvo un ataque de risa, que presumo que fue de risa nerviosa. Creo que liberar el estrés, más con la terapia de pegar una gran cachetada a un chico con cara de tonto que habla de recompensas para un gato que ni siquiera es el tuyo, genera cierto alivio que, en una persona tan tensa, genera la risa. “¿Viste que le quedó mi mano marcada en la cara? ¡Parecía una de esas siluetas de manos de las pinturas rupestres”, me dijo. Yo me eché a reír junto a ella. Estuvimos un minuto riendo, como locas. Los peatones nos veían pasar y algunos de ellos, quizás contagiados, al menos sonreían.

A Noe se le volvió a pintar la decepción en la cara cuando llegamos a la casa. De nuevo comenzó a fumar, como al principio, de espaldas a mí y con una gran nube de humo como fondo a su cabeza. Tampoco había que perder todas las esperanzas. Cualquier otra persona podría llamar. Hay muchos casos en que las mascotas perdidas son halladas por gente buena y honesta que las retorna a sus dueños (si es que se puede considerar “dueño” al que cría a una mascota). También hay gente que adopta a gatos sin placa ni identificación, como era el caso de Bhadra. Era una variable que no habíamos considerado.

Escuchamos un maullido. O, al menos, eso nos pareció. Es difícil distinguir un sonido claro entre tantos coches, pasos, sirenas y voces. Pero distinguimos bien. Era un maullido. Es más, era el maullido de Bhadra. Noe abrió la puertecilla y allí estaba la gata. Inocente de todo. Sin saber que su escapada había generado tanto estrés, sin saber que su ausencia nos obligó a imprimir carteles, a movernos por todos lados y a darle un gran bofetón a un chico desagradable (aunque eso lo agradecemos. Quizás Noe, como es su carácter, lo hubiese hecho de todas formas con cualquier otra persona que cumpliese los requisitos).

La gata brincó al regazo de Noe. Noe rió. Esta vez no era una risa nerviosa, como la del portal. Regañaba a la gata mientras la cubría de mimos. Había regresado, que era lo más importante. Le ofreció comida, pero la gata no la aceptó. Intuimos que se había dado un gran banquete, que, quizás, regresaba solamente a descansar, como si nuestro piso fuese su hotel, su club en el que ella pasaba su tarjeta de membresía e iba y venía cuando se le antojase. Noe, prudentemente, cerró la puertecilla con cerrojo, por si acaso. Cerró las ventanas, por si acaso también.

Hemos sido, desde entonces, más cautelosas con la libertad de Bhadra. A veces nos sentimos una suerte de represosas, de enemigas de la libertad gatuna, pero la ciudad es un sitio que puede ser peligroso. Es un argumento poderoso a nuestro favor del que la gata, quizás, nunca podrá tener plena consciencia. Por las noches y las mañanas soleadas de los fines de semana, la sacamos a pasear con una correa que, cuando Bhadra quiere dar rienda suelta a su instinto nómada, le recuerda que es mejor quedarse con nosotras. Por fortuna, desde entonces, Noe no ha vuelto a fumar.

 

Tomás Marín.

Facebook.com/LaCantarida

 

 

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