Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Chamartín”

Una de las personas con el corazón más grande que conocí, irónicamente, tuvo el corazón más débil que conocí. No es que su corazón fuese débil en un principio. A su corazón lo desbarató la enfermedad. Era una enfermedad extraña, cuyo nombre ni siquiera viene al caso. Suena extraño, muy extraño, decir “conocí” en vez de “conozco”. Es como un agujero vacío que, por más que cicatrice, sigue dejando una sensación de extrañeza. Creo que la fe no es más que un invento de las personas para intentar llenar ese vacío, para hacer puentes con los que, por una razón u otra, queremos ver de nuevo.

Yo no sé si querré ver de nuevo a Martín. No es que no quiera realmente, lo extraño mucho. Pero siento muchísimo miedo. A veces, cuando cae la lluvia que empapa la M-30 y que veo desde mi ventana, siento que Martín está en cada gota, regañándome a veces, reclamándome por su muerte. Como si en cada “plock, plock, plock” de las gotitas, me quisiese decir algo, no en muy buenas migas. Yo no sé cómo reaccionará él si nos encontramos de nuevo. Si supiese cómo, a veces, me atormentan sus últimos días, creo que sólo me abrazaría, sin preguntar. Quizás, me invitaría a jugar a la bolera de Chamartín, uno de nuestros sitios favoritos.

Los hurones nunca me dieron confianza. Siempre fui un poco conservadora en lo que respecta a las mascotas. Las mascotas, de por sí, nunca me agradaron del todo. Desde que era pequeña, en mi casa se vivió sin mascotas. Cuando Martín decidió adoptar el hurón, no diré que tuve un mal presentimiento, pero tenía una sensación de leve desasosiego, como si el animalito fuese, para mí, más invasivo de lo que objetivamente le correspondía. Le puso, como nombre Mambrú, como el soldado. Eso no hacía sino inquietarme un poco más.

El hurón daba vueltas como estúpido por todo el apartamento. Muchas veces giraba sobre su propio eje, como un perro persiguiendo su cola, pero más desesperante. En ocasiones (esto era lo que más me exasperaba), hacía una extraña ruta que consistía en un infinito número ocho. Podía quedarse minutos y minutos haciendo lo mismo. Me desagradaba verlo. Me desagradaba oírlo. En cierto modo, y no me da mucho miedo confesarlo, sentía celos del hurón. No porque Martín me gustara, sino porque, desde su llegada, había que prestarle toda la atención del mundo. Era el tema de conversación que más le gustaba a Martín. Él se reía cuando el hurón me mordía las piernas (sin hacerme daño físico). Yo me ponía roja de la rabia.

Aunque él jamás me lo quiso confesar, yo sospeché que toda la culpa la había tenido el maldito hurón. Martín jamás me lo confesó directamente, pero yo sospecho que el hurón lo mordió profundamente. Martín comenzó a sentirse algo mal, pero no le prestamos mucha importancia. Sin embargo, como tenía un buen seguro médico (el papá de Martín trabajaba en un buen puesto en una buena empresa), concluimos en que lo mejor sería ver al médico. El médico, aunque intentara tomárselo a la ligera con un lenguaje fácil y una sonrisa que intentaba ser cómplice, dejaba entrever (al menos me lo parecía a mí) una preocupación que indicaba que algo no estaba bien.

Nunca entendí con certeza si fue una bacteria, un virus, un bichito o qué pollas fue lo que entró en el torrente de Martín. El caso había pasado de la simple consulta médica a unos laboratorios en Suiza especializados en patologías ajenas a las conocidas, a las que se van agregando en los cánones oficiales de la medicina. Martín aseguraba estar “como un puto roble”, pero iba perdiendo algo de peso y cada vez tenía menos apetito. Las consultas médicas se hicieron habituales y, a veces, luego de comer o beber algo (¿qué tan malo podía ser el alcohol?), íbamos a distraernos un rato en cualquier lado.

La bolera de Chamartín era uno de nuestros sitios favoritos. Como no es el lugar más barato del mundo, no podíamos ir todas las semanas, pero procurábamos hacerlo, por lo menos, una vez al mes. Aquel viernes, vi a Martín hacer un esfuerzo inmenso por cargar la bola, la que siempre había cargado con facilidad. Martín era fuerte. De hecho, no tenía reparo en soler agarrar la bola más pesada. Según él, ésta se desviaba menos hacia los pinos y facilitaba derribarlos, al ir con más violencia. Pero cuando lo vi agarrarlo con las dos manos y lanzarla como si fuese un niño, me sentí mal. Él se burlaba de sí mismo, a mí me causaba de todo menos risa. Para colmo, su lanzamiento se desvió hacia el canal lateral, no derribó absolutamente nada.

El hurón seguía haciendo de las suyas en el apartamento. Yo, cada vez, podía tolerarlo menos. No tenía manera de asegurar que fuera el culpable, pero lo sentía de alguna manera. Sus giros en ocho me enloquecían. Me enloquecía también cómo Martín lo adoraba, a pesar de que éste no solía ser dócil con él. Si acaso, de dejaba acariciar un poco, pero luego mordía y echaba a correr. Quizás no era su culpa del todo actuar así. Creo que el instinto de los hurones apunta más hacia el lado salvaje. No sé quién pudo tener la idea de domesticar a un animal como el hurón.

“Llegaron algunos resultados de Suiza”, me dijo un día Martín. Tenía la cara seria, pero no quería que, quizás, un malentendido pasara a mayores. “Si es lo que los médicos sospechan que puede ser, estoy jodido”, me dijo. En esas situaciones, uno jamás sabe cómo reaccionar. Uno daría prácticamente la vida entera sólo por tener una palabra de consuelo, de aliento, una solución aunque sea para partir el silencio tan grande que sólo puede generar un momento así. Yo me acerqué a él, lo abracé. Siempre, desde pequeña, mi madre tenía la teoría de que todo se cura con abrazos. Era una mentira boba y estúpida, pero no sabía a qué más recurrir. El hurón daba vueltas en ocho, a nuestros pies.

“Quiero que me prometas algo”, me dijo un día Martín en un bar de la Agustín de Foxá. Tenía el vaso de su caña casi lleno, a pesar de que la habíamos recibido hacía más de media hora. Ya el vaso estaba cálido. Había perdido el empañado que otorga el frío del sifón. La espuma se había disuelto en la cerveza. “Si algo llegara a pasar, yo no quiero sufrir”, me dijo. Yo no supe qué responder. “Si no hay marcha atrás, quiero que acabes conmigo”. Yo no supe cómo reaccionar. Me quedé más fría de lo que había estado la cerveza cuando nos la entregaron. Nunca me gustaron los diálogos de película. Él, sabiendo esto, lo dijo con cierto tono de broma. Yo, como jamás he sido una persona muy brillante, volví a aplicar la tonta e inútil teoría de mi mamá.

Llegó un momento en el que no hubo más bar, más bowling, más nada. Martín raramente salía de casa. Sus padres habían adaptado todo para que no saliese. Sentían que la calle era la culpable de la extraña enfermedad que arrojaba no sé qué prótidos o antiprótidos o no sé cuáles residuos malignos que se alojaban en las arterias, dificultando la circulación y generando dolores que a veces eran más y a veces eran menos intensos. Yo seguía sospechando, aunque sin decirle a nadie, que el culpable estaba allí mismo, dando sus vueltas en ocho, haciendo sus sonidos extraños, reclamando y recordando que salvaje era y salvaje sería siempre.

Yo me sentía profundamente responsable. Yo me sentía profundamente miserable. Por no saber dar una respuesta, había dejado un poco por hecho que accedería a la petición que había hecho Martín. Se supone que los amigos son para todo, pero para esas cosas creo que nunca se tiene la suficiente confianza. ¿Es que acaso “Mar Adentro” no es sólo una película? Por suerte, no era una certeza que sufriese. Ni siquiera era una certeza que fuese a pasar algo realmente catastrófico. Quizás, lo que se alojaba en su torrente era sólo temporal. Quizás, no valía la pena ni pensar en ello.

Yo, como siempre fui la inseparable mejor amiga de Martín, tenía acceso a la casa cuando me placiera. De hecho, tenía llave. Sus padres, como viajaban mucho por trabajo obligatorio y la enfermedad (¿o el extraño caso?) de Martín no aplicaba para las bajas laborales temporales, me dejaban todas las instrucciones. A veces, entraba al piso y Martín estaba tranquilo, echado en el sofá. A veces tenía mejor humor, a veces lo tenía peor. Pero sé que siempre se alegraba mucho de verme. Cuando entraba, allí estaba aún el hurón, corriendo, corriendo.

Martín mejoró notablemente. Volvió a salir de casa y a reunirse con sus amigos, sus fieles amigos que siempre ponían peros para ir a su casa pero no chistaban en verlo en la calle. Martín, incluso, ganó un poco de peso. Todos estábamos muy contentos. Incluso, una que otra vez volvimos a jugar en nuestra bolera favorita, la de Chamartín. La última vez que fuimos, Martín pegó tres strikes seguidos, como tres catedrales, y nos ganó el juego a todos, quienes comíamos pizza y bebíamos cerveza. Pero, a veces, la vida nos eleva sólo para dejarnos caer, como hace la máquina con el pino de los bolos (sí. Es la peor metáfora de la historia).

Los últimos días de Martín fueron terribles. Fueron tan terribles, que no merece la pena ni describirlos aquí. Había perdido el habla, pero no la mirada. Me veía como recordándome que le había hecho una promesa. Yo no me atreví. Jamás me hubiese atrevido. No sólo tendría complicaciones legales, sino que yo jamás tuve la sangre tan fría (irónicamente, el sí, literalmente. Era una de las consecuencias de lo que tenía). Todo empeoraba, pero yo intentaba buscar una solución. Busqué con medicinas alternativas y con muchos de los que están convencidos de que las soluciones a los males físicos vienen relacionados a asuntos de energía y de fe.

Martín aún estaba batallando. Yo no aguanté más. De uno u otro modo, sentía que, ya por todo lo que había sufrido él, lo menos que yo podía era hacer justicia. No sería difícil. Sus padres no estaban en el piso. Nadie estaba en el piso. Yo tenía las llaves. Sólo estaba el que, para mí, era el causante de todo, el desagradecido salvaje que tenía como afición corretear, morder y causar enfermedades extrañas a las personas que le brindaban refugio. Aunque era un refugio que, quizás, él nunca pidió. A lo mejor él sólo quería emanciparse. La emancipación es un gran valor humano ( o eso dicen). ¿Aplica también para el animal?

Sólo sabía el qué. No sabía el cómo. Lanzarlo por la ventana sería muy bestia. Además, Martín vivía en un tercer piso apenas. No sé si los hurones comparten la misma característica atribuida a los gatos de caer de pie y esas cosas. Tampoco quería derramar sangre. No porque me diese grima o algo semejante. No me apetecía limpiar. El sólo imaginarme estar sacando sangre mezclada con detergente y agua de la estopa me daba una pereza increíble. Era mejor un método más fácil y no tan engorroso.

Llené la bañera con agua. No se me ocurrió más nada. No tenía la cabeza tan fría como para pensar en algo más astuto. Además, me pareció dejar en claro que nunca fui una chica muy brillante. La cubriría con una tabla de madera que había en el piso, dentro de una especie de armario que había en el recibidor. Antes, eché al hurón dentro. Mientras lo cargaba, daba movimientos para intentar soltarse. Me mordió varias veces, sin penetrar mi piel. Me daba más grima y más rabia que dolor. Lo eché de lleno al agua y cubrí rápidamente. El agua estaba hasta el borde. Mojaba la tabla. No había puntos de aire. Me cubrí los oídos mientras escuchaba el nado desesperado del hurón. Por fortuna, no tomó mucho tiempo.

No cumplí la promesa de Martín. Me siento una traidora al haberlo dejado sufrir tanto. Nunca he escuchado de nuevo a alguien padecer algo semejante. Creo, por algo que busqué en Google un tiempo después, que aún, en Suiza, se sigue discutiendo acerca del mal de Martín. Pero creo que no han sacado conclusiones muy precisas. Hay quienes descartan que fuese un mal producido por una mordida. No sé si compartir esa teoría. Yo no tuve el corazón tan grande como lo tuvo Martín. Yo no tuve el corazón tan débil como lo tuvo Martín. No sé si seré capaz de mirarlo de nuevo a los ojos. Pero mi corazón, luego de él, tiene un vacío.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en el texto “El quinto”, de Emilia Pardo Bazán.

 

 

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