Cirque du retarde

Odio el circo. Siempre he odiado el circo. Me ha parecido siempre un concepto grotesco y extraño, más cuando se trabaja en ellos con animales. La única vez que fui al circo, salí traumada. Unos pobres elefantes arrugados y moribundos daban vueltas sobre una especie de tobo volteado a la orden del látigo de un calvo con traje de lentejuelas y maquillaje de película de terror de clase b. Al elefante también lo ornamentaban con escarcha, maquillaje y otras cosas brillantes. Era como si se pretendiese maquillar, a toda costa, que el espectáculo de circo era una gran mierda.

Venía mucho a Venezuela un circo llamado “Los Valentinos”. Era un circo para niños (que incluía animales también) que parecía más un grupo itinerante de retardados mentales. Cuando era pequeña, durante todas las vacaciones lo pasaban por televisión. Estaba timoneado por dos (creo que) hermanos que hablaban como si una pila oxidada y empapada de mercurio les estuviese oprimiendo parte del cerebro. Lo peor, lo que más me reventaba, era que, cada cinco segundos, exigían aplausos para sus bufonadas de tercer nivel, como si el hablar o actuar como un mongólico fuese algo digno de admirar y retribuir mediante el gesto de agradecimiento.

Como Venezuela siempre ha sido un país de pensamiento muy pobre y de gente que busca el entretenimiento en las cosas más estúpidas, Los Valentinos venían cada año en época de vacaciones y salían con los bolsillos llenos de dinero. Aún la fiesta petrolera, aunque había menguado, seguía en pie y había plata para gastar. En la televisión y en las vallas de la autopista, las caras sonrientes e imbéciles de los hermanos anunciaban que ya habían instalado su carpa en el estacionamiento del C.C.C.T., que ya las taquillas estaban abiertas para recibir ganancias bajo la falacia de: “¡Qué barato!” (esto último dicho con el acento de impedido psicológico mexicano que ya mencionamos anteriormente).

La señora Lisboa (sí, sé que es un nombre extraño, pero yo no la bauticé) me llamó una tarde a su oficina. Era mi supervisora, mi jefa y mi tutora en las pasantías de administración de la Monteávila, que ya estaban relativamente cerca de terminar. Me encantaba su oficina. Era diáfana y tenía el adorno que son como esferitas de plomo que se golpean la una a la otra, otorgándose impulso mutuo y no deteniéndose jamás. Lisboa estaba sentada detrás de su gran escritorio de caoba. Su sonrisa, siempre transparente, me hizo saber, a primera vista, que no se trataba de algo grave.

“¿Tú podrías hacerme un favor?”, me preguntó secamente. Yo le dije que sí. Estaba feliz. Era viernes y faltaban pocas horas para ver a mis amigos de siempre, para tomarnos unas cervezas, jugar Guitar Hero, salir a comer o reírnos de todos los temas de la vida abarcados por nuestras lenguas. Pero Lisboa mandó todo al carajo en cuestión de unas pocas palabras: “Esta noche tengo una reunión urgente en Maracay. Es por un asunto de la instalación del nuevo sistema de conversión en la empresa auxiliar. En un rato debo agarrar el carro y volar hacia allá. ¿Tú podrías cuidarme a mi hija? Tengo mucha confianza en ti”.

Le dije que sí, fue casi como un acto reflejo. Después dudé un poco, procurando que ella no lo notara, pero ya había metido la pata. Pasar mi viernes con una niña en una casa que ni conozco. Hasta se me cruzó por la cabeza la idea de decirle a mis amigos que la reunión sería allí, en casa de mi jefa, sin molestar mucho a la niña, pero era tomar demasiada confianza. Ya mi viernes estaba jodido. A lo mejor podría rescatar algo si la niña se iba a dormir temprano. No podía dejarla sola, aunque estuviese durmiendo, pero podría hacer algo cerca con mis amigos. De todas formas, ella vivía en una urbanización cerrada por Lomas de la Trinidad. ¿Qué es lo peor que podía pasar?

“Muchas gracias”, dijo Lisboa con una sonrisa. “La van a pasar bien”, continuó. “¿Te gusta el circo? ¡Tengo dos entradas para los Valentinos! Iba a ir con la niña, pero la reunión surgió de repente. Y ella está tan ilusionada… Y tú, como tienes carro…” Me quería morir. Me quería lanzar por la ventana, aterrizar y desintegrarme contra una gandola cargada de cabillas que pasara por allí. “Coño de tu madre”, pensé. “Coño de tu perra madre. Una cosa es cuidar a tu hija, pero otra es tenerla que llevar a esa mierda, a soportar quién sabe cuánto tiempo de mongolicadas y estupideces”. “No te preocupes, Lisboa”, le dije con una sonrisa de político en campaña.

Ahí tenía las entradas, en la guantera de mi carro. Hasta en las entradas, mal impresas para ahorrar tinta, estaban los bocetos de las caras de los Valentinos. Me daban náuseas. Le escribí un mensaje al grupo de mis amigos. Se rieron de mí, pero después propusieron que, cualquier cosa, después del “gran show”, podíamos hacer algo. Todo dependía de la niña. Lo que me daba más rabia fue la expresión de mi jefa cuando me dio las entradas, como si me estuviese haciendo un favor, como si estuviese aliviado mis ansias de ver a dos mexicanos idiotas vestidos con pantalones bombachos y brillantes.

Ya el mal estaba hecho. Había que ser positiva. Quizás, en la función de esa noche, uno de los tigres se rebelaría y clavaría sus colmillos en los Valentinos, desparramando sus tripas sobre la arena. Eso sí que sería comedia de primer nivel y haría valer el precio de la entrada (que igual fue regalada, pero se entiende). Manejé hasta Lomas de la Trinidad. Subí a buscar a la niña. Al menos era amable. Tenía un vestidido cuchi y colitas. La monté en en carro. Hablaría sólo si ella me hablaba. Nunca fui persona de hablar a los niños como si fuesen idiotas o de hacer tonterías para entretenerlos.

Llegamos al C.C.C.T., el estacionamiento estaba full. Había una cola inmensa para entrar, que al menos se movía. “Ojalá podamos entrar antes de que empiece”, dijo la niña. Yo, encantada. Por mí, con tal de no entrar a la carpa, podría quedarme en la cola toda la noche. Un buen disco de rock o un buen programa de radio y listo. Pero era mucha ilusión. Faltaba más de una hora para que empezara. Teníamos mucho tiempo para entrar, buscar puesto y esas cosas. Comenzaban a encender las luces y se podían escuchar las voces de prueba de algunos ensayos.

Los niños en la fila se empujaban para entrar. Algunos tenían algodón de azúcar, cotufas y las caras embarradas de chocolate. Tenían una fiebre por ver a los Valentinos que me daba asco. Parecían árabes fanatizados alrededor de la Meca. Muchos pegaban gritos, esos gritos ensordecedores e insoportables que pegan los niños cuando son unos putos malcriados y no tienen padres que les puedan pegar una cachetada. Yo me ofrecería como voluntaria, pero me metería en problemas. Más cuando estoy haciendo una diligencia para mi jefa de pasantías.

El show, que duraba casi dos horas (que me parecieron dos milenios), no vale la pena ni describirlo. El circo no había cambiado nada desde que yo era pequeña. Los mismos niños gritando, los mismos hombres “voladores” con un arnés y una cuerda “mágica” que pudiese ver hasta Stevie Wonder, el mismo elefante sufriendo sobre un tobo, el mismo calvo con el mismo látigo. La niña, la hija de mi jefa, veía todo como si se tratase de una revelación divina. Aplaudía y respondía, junto al coro, a cada pregunta idiota del tipo “¿Ven la carta que tengo en mi mano?”, como si una pudiese apartar la mirada a un rotafolio con tréboles, picas y diamantes mal pintados.

La niña tomaba mi mano cuando íbamos al carro. Aunque no me lo pidió, decidí comprarle un globito de esos metálicos. Estaban baratos y no decían nada. Además, así evitaba que, distraída con el globo, se pusiese a hacerme comentarios sobre tal o cual parte del show. Cuando estaba metiendo las llaves para abrir la puerta del Seat, una voz me preguntó que si la niña era mi hija, pero con cierto tono de ironía. Yo me volteé con enfado. Ya no estaba para más chistes estúpidos. ¿Es que dos horas no habían sido suficientes? ¿Ahora los Valentinos irían también a domicilio?

“No. No es mi hija”, respondí. “Es la hija de mi jefa”. La pregunta la había hecho un chamo como de metro ochenta, guapísimo. Tenía sudor y restos como de delineador corriendo por su cara. Inspiraba confianza. Tenía acento mexicano, pero no tan marcado. La niña estaba encantada. El chamo era trapecista/malabarista. “Es que te vi entre el público, y me llamaste la atención”. Yo no sabía qué responder. Si le decía que el circo me parecía una puta mierda, sería, quizás, un poco descortés. Resolví con un diplomático “muchas gracias”. (¿Muchas gracias? ¿Por qué? ¿Es que me hizo un favor acaso?) Me pidió el número de teléfono. Pensé en darle uno falso, en darle el de mis amigos, que se habían burlado de mí apenas unas horas antes, pero le di el mío.

Luego de unos días, me escribió. Se llamaba “Valerio”. Ninguna persona en la tierra puede tener respeto hacia una persona llamada Valerio. Tenía, en el avatar del Whatsapp, una foto de él haciendo malabares con fuego. Tenía como un fondo negro. La foto estaba muy bien hecha. Luego de un tiempo de preguntas estúpidas, me invitó a salir. Yo lo pensé durante un momento. Él era guapo, muy muy guapo. Pero trabajaba en ese circo. Aunque no era un calvo con látigos ni un elefante moribundo. Era un malabarista y un trapecista. Al menos, era de lo poco digno que se podía extraer de allí. Además, por lo que me dijo en el estacionamiento, ni su voz ni su pronunciación eran de impedido.

Nos citamos en Mamma Nostra, el restaurante italiano que quedaba cerca de la Plaza Altamira. Yo no me había maquillado mucho. Al fin y al cabo, no era más que un funambulista mexicano al que le quedaban, creo, un par de semanas de actuaciones en el país. Él estaba con una franela sencillísima y unos blue jeans. Me cayó buenísimo cuando pareció leerme el pensamiento y pareció disculparse. “Los Valentinos es una mierda”, me dijo, “pero pagan bien y yo necesito dinero. A mí siempre me ha gustado el arte por arte, no el circo como tal, y mucho menos con animales”.

Él era un despreocupado en todo el sentido de la palabra. No le importaba su salud, se embriagaba, fumaba toda clase de cosas y siempre tenía una cita literaria a mano. Era como si hubiese leído todos los libros del mundo. No le tenía miedo al metro. No le tenía miedo al centro de Caracas ni a la Central. Tenía muchos amigos de la Central, a pesar de ser mexicano. El mundo del performance de circo es un círculo cerrado en Latinoamérica, más en estos tiempos de redes sociales. Ése era un mundo al que yo había rozado alguna vez por el amigo del amigo del amigo, pero no era tan familiar. Cayó la noche y seguía con él. Habíamos estado viendo a unos amigos que se reunían en una especie de apartamento semi abandonado, casi como Okupas. Allá fumaban, bebían, ponían música (buena), hacían piruetas por diversión, tocaban la guitarra, andaban en harapos y tenían conversaciones trascendentales, las que casi nunca veía en un sitio como la Monteávila o las oficinas de mis pasantías.

Estábamos drogados y borrachos. Era la madrugada. Habíamos tirado como cinco veces en una azotea, bajo la luz de las estrellas.La fiesta seguía abajo, con sus porros, sus botellas de Carta Roja y la música que hacía vibrar nuestra “cama”. Con los sonidos de fondo de los motorizados y los malandros que retozan siempre cerca de la Avenida Universidad. Estábamos arropados a medio cuerpo, desnudos con una sábana deshilachada y medio sucia. Yo hacía remolinos, con mis dedos, en su barba. “Deberías dejar los Valentinos. Me caen mal”, le decía. Él se reía y me decía que ése era su trabajo, por ahora, que ya conseguiría otra cosa.

Varias veces estuvimos saliendo, con todo lo que salir implica. No había promesa ni posibilidad de relación seria. Eso hacía las cosas más fáciles y más mágicas. Los bohemios circenses, aunque estén secuestrados por los Valentinos, no suelen ser personas adeptas a la monogamia. Son como los marineros que buscan un amor en cada puerto. Sigo odiando el circo, me parece atroz y deleznable, pero hasta en los circos malos que van a Venezuela, hay detalles divertidos, curiosos y placenteros, ajenos al guion principal de los elefantes y los látigos.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

 

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