De cómo Delcy se enamoró de mi papá

Cuando la gente se pone intensa, muchas veces bajo la influencia del alcohol y/o de horas de conversación sobre temas variados e interesantes, suele plantearse temas que, aunque no sean filosóficos per se, se asemejan mucho a la filosofía. Uno de los que más me han marcado, por siempre, es la reacción de los seres humanos frente a los tiempos de crisis y dificultades. Cuando la dificultad golpea y predispone a situaciones extremas, se puede ver, realmente, de qué estamos hechos. La materia, sublime o terrible, que nos compone.

En muchos barrios, como la gente está acostumbrada a dádivas, no les importa tener hijos como si se tratara de comprar chucherías. Muchas mujeres de los barrios tienen ocho, nueve o diez hijos aunque saben que no podrán mantenerlos. Pero confían en que la dictadura, como, de vez en cuando, les arroja un pan duro o un hueso roído, se ocupará de subvencionar los gastos de los niños. La dictadura, efectivamente y sobre todo en época de campaña, obsequia uno o dos pañales de tela. Pero los niños, en la mayoría de las ocasiones, terminan convirtiéndose en “malas conductas”.

Mi papá luchó mucho por tenerme. Es cierto que, biológicamente, fue mi madre la que me tuvo en su vientre hasta el momento de mi nacimiento, pero mi papá tuvo un énfasis especial. Él siempre había anhelado tener un hijo o una hija. Nunca lo había podido hacer y ya se estaba haciendo cincuentón. Mi mamá no era que no quisiera tenerme, pero le daba un poco más igual. Ambos, más bajo la influencia de mi padre, empeñaron muchas de sus posesiones en tratamientos experimentales en el exterior. Hasta que dio resultado. Heme aquí, explicando esta historia.

Cuando la crisis iba cerrando sus garras, nosotros podíamos, relativamente, esquivarla. Mi padre trabajaba durísimo para El Nacional, uno de los pocos periódicos que quedaban en pie o que no habían sido absorbidos por la titánica maquinaria mediática de la dictadura. Mi papá era un articulista casi de culto. Como era tan leído, tan comentado y tan opinado, tenía la oportunidad, de vez en cuando, de dictar y dirigir charlas y talleres en el exterior, que cobraba en divisas, que se vendían como oro puro en el mercado negro venezolano.

El gobierno, en uno de sus tantos intentos para lavar su imagen ante el mundo (intentos que eran de trámite. Ya todo el mundo sabía que Venezuela era una dictadura sangrienta. Los únicos países que se hacían la vista gorda eran los que, ideológicamente, eran aliados y aún chupaban las últimas gotas de las ubres enclencas de nuestro país. Bolivia, Cuba, Nicaragua, Antigua y Barbuda), propuso una reunión, televisada en cadena nacional, con los periodistas de los medios de comunicación “de derecha”. Quienes rechazaran la propuesta, periodistas o directivos, serían sancionados con multas y cárcel. Las preguntas que podían hacerse habían sido escritas por los mismos censores del gobierno.

Mi padre fue uno de los “peces gordos” invitados a dicha reunión. Era una persona influyente en lo poco que quedaba de resistencia. El gobierno, ocupado en otras cosas, como las desapariciones forzadas o el narcotráfico, ignoraba que, además de su trabajo en El Nacional y de las charlas dictadas en el extranjero, mi padre escribía pasquines clandestinos que se distribuían gratuitamente con papel reciclado y que, siendo realmente ingeniosos, se consumían como pan caliente cada semana o quincena.

Mi padre entró a la reunión y fue sorpresivamente aplaudido. “Sorpresivamente” es un eufemismo. Todo estaba ensayado en un estricto guion que todos tenían memorizado y que, creo, había sido escrito por Román Chablaud, un cineasta y dramaturgo fracasado que se había aferrado, como una garrapata, al gobierno y que muchos en Venezuela, un miserable país culturalmente pobre y triste, insistía en llamar “genio”. Mi padre, naturalmente incómodo, se limitó a seguir caminando.

Tuvo que estrechar la mano de muchas personas. Estaba inscrito en el guion. Incluso, tuvo que estrechar la mano del dictador y mirarlo a los ojos. También tuvo que estrechar la mano de Delcy. Delcy era una mujer un tanto graciosa. No graciosa por sus gracias, sino porque daba risa. Era pequeñita. Tenía unos grandes anteojos. Tenía la voz quebrada y era una de las grandes fanáticas legítimas del gobierno. La mayoría de los altos funcionarios del gobierno sabían bien que el asunto del socialismo era un teatro para ganar dinero. Delcy, en el fondo de su corazón, creía en eso. Le brillaban los ojitos (detrás de los anteojos) cuando explicaba, ante los mismos camarógrafos contratados por ella, sus ideas y sus propuestas.

Delcy se prendó de mi papá. Así fueron las cosas y así hay que contarlas. No hay mucho más que agregar. Cuando vio a los ojos (no es por presumir, pero mi padre tenía unos ojos verdes preciosos que yo, lamentablemente y heredando los marrones de mi mamá, no copié) a mi padre, se le inflamó el pecho, el diminuto pecho que se escondía detrás de la chaqueta color verde fosforito con la que parecía un grillo simpático, un saltamontes en ácido. “¿Está usted bien?”, le preguntó mi papá a Delcy, al notar que ella no paraba de sonreír y no soltaba su mano. “No pasa nada”, dijo Delcy, sonrojándose.

La reunión no tuvo nada del otro mundo, aunque duró casi ocho horas. Ocho horas apegadas al guion. Ocho horas televisadas por técnicos cansados y hambrientos, que bostezaban y engañaban al estómago con un sándwich que se repartían entre todos ellos. El salón elíptico del Palacio de Miraflores estaba fuertemente custodiado por la Guardia Nacional. Era como un mensaje de amenaza. Cualquier persona que dijese una palabra de más o se atreviese a lanzar una pregunta incómoda como si fuese una bomba Molotov, se las tendría que ver con ellos.

Cuando se dio por concluida la “tertulia”, por fin todos pudieron despegarse de los asientos. Muchos estiraban las piernas, con la licencia que permitía el fin de la transmisión televisiva. Eran muchos los que tenían las piernas entumecidas por la inactividad. Mi padre estaba molesto. Odiaba que le hicieran perder el tiempo, así fuese a punta de fusil. En esas ocho horas se pudieron haber hecho libelos o artículos interesantes. Se pudo haber pensado sobre cosas trascendentales. No quería ni despedirse de nadie. De todas formas, ya el guion había terminado.

Un guardia detuvo a mi padre en la puerta. Era flaco y malencarado. Era un muchacho joven. No tendría más de unos veinte años. Como los guardias nacionales se mataban en sus propias guerras internas por control de territorio, cada vez podían ingresar aspirantes de menor edad a formar parte del cuerpo. Saber escribir tu nombre, así fuese con errores ortográficos, era el único requisito. (Y, a veces, lo escribían por ti, si no sabías hacerlo). “Tengo órdenes de no dejarlo abandonar la sala”, dijo el hombrecillo con el uniforme color verde oliva. “Está usted solicitado”.

Mi padre respiró hondo y, aunque no se notaba a simple vista, estaba sudando frío. Una vieja teoría conspiranoica decía que, un día, reunirían a todos los periodistas “libres” que quedaban en el país en algún sitio y allí, como una especie de matanza de los Hugonotes, los acribillarían a todos. No era algo realmente creíble. Era algo contado, sobre todo, por las señoras sin oficio del Cafetal y otros opositores acérrimos y estúpidos. Pero mi padre lo recordó en ese momento. Segundos después, lo descartó. Ya otros periodistas habían salido. Sin embargo, no dejó de tener miedo. Quizás venían a reclamarle (con balas) su gracia de los pasquines clandestinos. Quizás, alguien lo había descubierto. Quizás, alguien lo había delatado.

“La señorita Rodríguez ha dado orden de mandarlo a buscar”, dijo el guardia, que bloqueaba la puerta. “¿Quién coño de la madre es la señorita Rodríguez?”, pensó mi papá. Como evidentemente no podía expresarse con ese lenguaje ante un hombre armado que servía al gobierno, formuló la misma pregunta que tenía en su cabeza, pero utilizando un lenguaje mucho más limpio y educado. “La señorita Delcy Rodríguez”, terminó de confirmar el guardia. “Lo espera en el despacho número siete. En un rato, usted tendrá que seguirme. Yo lo conduciré hasta allá”.

Delcy esperaba detrás de un escritorio. Era obvio que se había retocado el maquillaje y el peinado antes de hacer llamar a mi papá. Quizás a eso se debió la espera entre el anuncio del guardia y el desplazamiento hasta el despacho número siete. Delcy pidió que cerrasen la puerta para quedar a solas con el “estimadísimo señor López Rubio”. El guardia, obedeciendo sin chistar y procurando que la risa no se le trasluciese en el rostro macilento y moreno, obedeció la orden y se retiró. Cerró las dos grandes puertas de madera estucada.

Creo que, por vergüenza o por recato, mi padre nunca quiso explicarme exactamente qué se habló y cómo se habló en el despacho número siete. Sólo sé algunos detalles que, tras mucha insistencia, he ido construyendo, como la casa de Lego de un niño pobre, a la que le faltan piezas. Delcy se levantó del escritorio y caminó decididamente hacia mi papá. Volteó un pequeño retrato de Bolívar, ese bolívar que había creado el gobierno, que asemejaba un poco a un gran chimpancé con el mentón voluminoso. A Delcy le daba pena actuar frente a su Bolívar. Ella creía realmente (quizás la única) en el bolivarianismo.

Solicitar una relación formal era, absolutamente, una quimera. No sólo mi padre era un hombre casado (aunque su matrimonio no fuese, precisamente, el más feliz). Además, las relaciones amorosas entre personas públicas siempre terminan aireándose y al gobierno, que de todas formas ya estaba, prácticamente, aislado del mundo, no le convenía que una de sus “guerreras más firmes” estuviese tomada de manos o tomándose un café en el Tolón con un periodista “derechista, burgués y pitiyanki”.

Creo que las peticiones de la señorita Rodríguez se limitaron estrictamente al deseo corporal. A veces, la comprendo. Al fin y al cabo, era una mujer solitaria que, en medio de toda la vorágine gubernamental y el entramado corrupto y teatral del chavismo, lo único que deseaba, cuando se veía sola, era un poco de afecto. Ella no aceptaba las negativas de mi papá. Los chavistas, aprendido esto de los comunistas, los izquierdistas y los fascistas, no ven como algo natural la negativa ajena a sus propias propuestas. Cuando alguien les dice “no”, se desprograma todo lo que tienen en su cabeza y en sus planes. Inmediatamente, lo llaman “traición”.

Mi padre, pocos días después, fue acusado de traidor. Todo el mundo sospechaba y suponía que se debía a una consecuencia directa del caso de los pasquines clandestinos. Sólo él y no muchos otros sabían la verdadera razón. Más que por sí mismo, mi padre temía por mí. Yo era toda su vida. Él había luchado mucho por tenerme. Él me consideraba una especie de milagro viviente. Se aterraba ante la mera idea de dejarme desprotegida en una selva tercermundista y bananera como Venezuela.

Mi papá cayó en desgracia. El gobierno amenazó a El Nacional con el cierre definitivo y con la ejecución si un nuevo artículo de mi padre salía en sus páginas. Advirtió que no se les ocurriera intentarlo bajo un seudónimo. Amenazó con que las represalias (que al gobierno no gustaba llamar represalias, sino “actos de justicia ante actividades desestabilizadoras”) serían peores. Mi madre, displicente al fin y al cabo, y aprovechando que aún era una cuarentona bien cuidada, formalizó el divorcio rápidamente y huyó con el primer hombre que se le cruzó en el camino.

Mi papá tuvo que huir. Como las vías aéreas estaban bloqueadas para él, tuvo que aplicar al recurso casi poético de huir por tierra y con un alias. Como casi todo el mundo se iba por Colombia, él decidió marchar al este y escapar por Guyana. Se fue con la verdadera mujer de su vida, es decir, conmigo. Guyana casi nos cuesta la vida. Es una selva inhóspita repleta de gente que parece caníbal y de animales extraños, aunque muy bonitos muchos de ellos (los animales).

Las crisis generan más crisis. Grandes crisis y pequeñas crisis que, como espirales, giran unas dentro de otras. Llegamos a saber de qué estamos hechos. Mi padre, por no dejarme sola, lo dejó todo. Pero le salió bien la jugada. Ahora trabaja en Europa. El gobierno intentó lavar su imagen, con un efecto neutro. Delcy, al no ser correspondida, desató su furia. Quizás lloró en su insalvable soledad. La crisis son el gran caldo de cultivo donde se caen las máscaras y revelamos nuestros verdaderos rostros. Pero es charla intensa. De ésas que es mejor dejarlas para cuando estemos influenciados por el alcohol o por los temas de conversación variados e interesantes.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en la Novena Octava de la Jornada Segunda del texto “El Decamerón”, de Giovanni Boccaccio.

 

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