Metro de Madrid. Línea 1. Estación “Plaza de Castilla”

No sé si todos los padres tienen confianza en los hijos a la hora de preguntarles qué desean hacer con sus vidas cuando crezcan. Creo que, muchas veces, los padres anhelan que los hijos sigan sus pasos. Es como si desearan que existiese una extensión de ellos. A veces, cuando los hijos se salen del “carril”, los padres arquean las cejas y se limitan a asentir. Algunos, los más autoritarios, no tienen recato en reclamar y disentir abiertamente. “Yo no voy a tener un hijo músico/actor/pintor muerto de hambre”, y esas cosas.

Mi mamá tuvo confianza en mí porque sabía que yo era distinta a todos las demás. En algunos aspectos. Sé que, en esta época posmodernista y tonta, lo común es presumir de la diferencia. Yo no la presumo, simplemente la señalo. Desde pequeñita, los libros me gustaron de una manera fanática. Era de las que rechazaba invitaciones a jugar o a comer en McDonald’s con los niños de mi clase con tal de quedarme leyendo un buen libro. Siempre fui una persona de pocos amigos. Los que tengo, me bastan. Ellos son felices conmigo y yo soy feliz con ellos.

No lo pensé dos veces cuando me lo preguntaron. Creo que ha sido la única certeza que he tenido en mi vida. Yo quería ser maga. La magia es lo más parecido que existe en esta vida a los libros. “¿Y por qué entonces no estudiaste letras?”, preguntaban algunos. No hacía falta. Las letras no se estudian, se disfrutan. Yo no quería que una academia me cercenara mi derecho a opinar qué es bueno y qué no es bueno en el campo literario. En cambio, la magia no es una opinión. Es una paradoja preciosa. Es un acto de fe a la vez que pisotea a la misma fe. Por eso es tan amada. Por eso es tan temida. Por eso los magos o llenan auditorios o son quemados en la hoguera.

La magia no se estudia en las universidades. Con todo y eso, mi madre me apoyó. “Si quieres estudiar magia, magia estudiarás”, me dijo. Hasta las escuelas de magia suelen ser extrañas, no sólo en su forma de ser sino en su escasez. Creo que en Madrid no hay más de tres o cuatro escuelas de magia, casi clandestinas. En una nación tan acostumbrada a la corona, a la cruz y a la parte negativa de la superstición, la magia, aunque se ha cotidianizado, sigue conservando esa marca indeleble asociada a la brujería.

Ya yo había terminado la ESO. Ése era el único pacto que mantenía con mi madre. “Luego de la ESO, lo que quieras”. La escuela de magia quedaba en la calle de San Benito. Era un sitio bastante diáfano. No debemos creer en el erróneo cliché de  que las escuelas de magia son lugares obscuros y sombríos con antorchas, mazmorras y paredes empedradas. Mi madre me acompañó, como si yo fuese una niña. No me molestaba que mi madre me acompañase. Ella y yo siempre habíamos tenido más una relación de amigas que una relación materno-filial.

Nos atendió Henrique, el director y el profesor más importante. Era un hombre alto y robusto. Tenía una gran barba lisa, pero nada que se saliese de control. Tampoco era de esas personas que llamarían la atención en la calle. Henrique me enamoró (de la escuela) desde el primer momento. Como si se tratara de lo más normal del mundo, hacía aparecer, desaparecer y cambiar los colores de algunos objetos. Yo me sentía una novata inútil. Yo sólo conocía algunos trucos sencillos que había aprendido en internet. Formalicé la inscripción. Henrique estrechó mi mano e hizo aparecer en ella una flor diminuta.

Mis compañeros no eran tampoco personas del otro mundo. Nos encantaba hacer “duelos de magia” cuando nos hicimos amigos (o compañeros más cercanos). En ocasiones, nos reuníamos en casa de alguien, comprábamos una veintena de latas de Mahou y comenzábamos a aplicar los conocimientos adquiridos en la escuela. Eran tertulias realmente divertidas. Además, como muchos de nosotros éramos aficionados a los libros, combinábamos un poco letras y magia.

Se acercaba la graduación. Además del aprendizaje demostrable, en la escuela de magia había que realizar una especie de “tesis”, de proyecto final de carrera. Éste tenía que ser un gran acto (o performance) que supiese combinar, al menos, tres de los trucos que se consideraban “premium”, es decir, los más difíciles de realizar. Los más secretos en nuestra pequeña y selecta comunidad. Requería de muchos ensayos y de mucha paciencia. No todo el mundo, en la magia como en todas las carreras, es tan diestro.

Entre otras cosas, mi truco más aplaudido durante mi oportunidad en aquel performance consistió en “convertir” a ciertos miembros del público (voluntarios, lo juro por lo más sagrado) en gallinas que vestían y lucían peinados idénticos a los de las personas convertidas. Es difícil de explicar. Puede parecer estúpido y/o inverosímil. Es uno de esos trucos que solamente se explican a través de testigos oculares. La jornada fue estupenda. Todos los alumnos destacaron. Realmente la escuela era fantástica. Henrique estaba muy orgulloso de nosotros.

Hay que tener mucho temple para ser mago. Es cierto que es un arte precioso, como todas las artes. Pero en una ciudad tan escéptica como Madrid, es difícil convertir la belleza en dinero. Y hay que comer. La magia, lamentablemente, no tiene aún el poder de calmar los estómagos hambrientos (ni siquiera el propio). No es que yo me haya arrepentido de haber estudiado magia, pero no me fue suficiente cuando, en un sobre cerrado de Correos, llegó la primera amenaza de embargo.

Todo fue por una mala jugada económica de mi padre. Mis padres estaban separados desde que yo tenía uso de razón. La casa en la que yo vivía era eterno motivo de disputa. La habían comprado los dos cuando estaban recién casados, en esa época estúpida en que las parejas se juran amor eterno y todo es un idilio de besitos y paseos al atardecer en el Retiro. Cuando se separaron, mi padre había adquirido, con la ayuda de un préstamo, otra casa. Había hipotecado, con consentimiento de mi madre, la nuestra. Y todo había salido (quizás era su intención) mal.

Necesitábamos dinero. Ya el trabajo de mi madre no era suficiente. Mi padre no quería dar un céntimo. Pero le daba igual. Él ya no vivía allí. Intenté buscar un trabajo bien (o medianamente bien) remunerado, pero todos los que conseguía sólo lograban paliar un poco el mal. Las cartas de amenaza se convertían en llamadas. Mi madre comenzaba a estresarse, comenzaba a arrugarse, comenzaba a encanecer. Sabía que, si nos echaban a la calle, no tendríamos donde caernos muertas. Ojalá, con un “Abracadabra”, pudiese hacer aparecer una casa.

Apelé al recurso que mejor dominaba. El que había cursado. Conseguí unos permisos con el ayuntamiento y pude convertirme en una artista de calle. A pesar de que mis trucos eran buenos (no es por presumir), las ganancias no eran abundantes. Yo no era tan carismática, a pesar de ser buena maga. Me costaba mucho estar allí llamando la atención de las personas. Algunas se quedaban impresionadas. Algunas daban monedas de dos céntimos. Los guiris eran los más generosos. Algunos me grababan con sus móviles. A mí me causaba cierta incomodidad. Esos vídeos, seguramente, deben estar repletos de mis miradas hacia cámara en una implícita petición de “por favor, no más”.

Poco a poco, fui ganando confianza. La paciencia es, muchas veces, la verdadera clave en todo. También la ingenuidad. Sé que aprovecharse más de la cuenta de la ingenuidad de la gente es poco ético, pero yo necesitaba dinero, más cuando se acerca un señor misterioso a ofrecerte más ganancias. Se llamaba (según él) Tomás. Tenía un no sé qué que no me terminaba de convencer, pero él tenía el carisma que a mí me faltaba. Sabía dominar y subyugar con las palabras. A mí me subyugó.

Él me introdujo en el mundo “kitsch” de la magia. Ese mundo en el que la magia deja de ser arte y pasa a convertirse en un arte servil para viciosos y apostadores. Mi vestimenta, otrora normal y hasta un tanto hippie, tuvo que cambiar a exigencia de Tomás. Mi nombre también tuvo que cambiar, pasar a ser uno artístico y comercialmente atractivo. Dejé de ser Helena y me convertí, de un día para otro, en “Ikmeh”. Era un nombre que me incomodaba. Me parecía un tanto inútil y ridículo. Ahora yo vestía una especie de traje negro con un lazo rojo y un gran sombrero de copa.

Al menos, agradezco a Tomás haberme salvado, a mí y a mi madre. Las apuestas de magia generan muchísimo dinero. Tanto dinero, que hacen parte del mercado negro. Se practican en lugares que poca gente conoce, frecuentados por esnobs y personas que disfrutan tirar su dinero (dinero que, al fin y al cabo, nos pagó la hipoteca) y que parecieran disfrutar como si estuviesen viendo un espectáculo pornográfico, a veces casi literalmente. No faltaba jamás el viejo verde y calentón que me ofrecía sumas absurdas para “un show de magia privado”. Nada me daba más repugnancia. Nunca accedí.

El pago era en efectivo. En los negocios extraños, el pago siempre suele ser en efectivo. Fueron días de mucha bonanza en lo que respecta a dinero, pero sólo eso. A pesar de que ya me había acostumbrado a ciertas cosas, no estaba cómoda del todo actuando siempre en el mismo local obscuro repleto de humo que, escondido, era timoneado por Tomás, quien se enriquecía a nuestra costa, aunque pagándonos bien y hasta consintiéndonos un poco. Era una especie de proxeneta de magos. Un seductor de señores que se jugaban las ganancias de su vida y las pensiones en apuestas tontas que sabían bien que perderían.

Justo cuando comenzaba a plantearme la posibilidad real de la renuncia, llegó el súbito desenlace del local, que no tenía número ni nombre, pero sí una clientela fiel. La policía nacional llegó con una orden emitida. Ya, desde hacía tiempo, el local estaba bajo sospecha. Fue incautado todo. Tomás fue hecho preso. No hubo mucha repercusión mediática. No es poco el número de locales que en una ciudad tan grande son cerrados por motivos parecidos. Nosotros, los “trabajadores”, luego de un predecible proceso de testificaciones y juramentos, fuimos dejados en paz.

Tomás, luego de pagar una multa considerable, fue puesto en libertad. Lejos de conformarse con haber pagado su sentencia y sufrido un castigo menor al que le había sido impuesto, nos convocó a todos. Yo no quería ir. Sentía que nada bueno puede salir de alguien que ha salido de la cárcel (a menos que seas Nelson Mandela). Pero, por otro lado, no podía decirle que no a quien me había tendido su mano, así fuese para beneficiarse él, cuando la estabilidad económica de mi madre y mía estaba en su peor momento.

“Hay que averiguar quién nos delató. He perdido mucho dinero en esto. Todos nosotros hemos perdido mucho dinero en esto”, dijo Tomás. Estaba furioso. Nos había citado en un café no muy concurrido. Ocupábamos toda la mesa. Bebía sorbos grandes a pesar de que la bebida estaba humeante. Tomás siempre fue un hombre tosco. Alzaba la voz, pero, aparte de nosotros, no llamaba la atención de más nadie en el café. El resto de los consumidores estaban ocupados en sus propias historias.

Nadie estaba muy animado a seguir con eso. Dejamos a Tomás hablar solo y pocas veces lo volvimos a ver. Su palabra había dejado de subyugar. Quizás era el efecto cárcel. A veces, es mejor dejar las cosas en un punto. Entre nosotros mismos, casi no nos veíamos mucho más. El trabajo durante la época del local era tan extenuante, que poco espacio dejaba para el compañerismo y para la sociabilidad. El caso se cerró. Supongo que Tomás habrá seguido contratando magos itinerantes para su extraño negocio de las apuestas y el ilusionismo. Un día, me escribió un Whatsapp que borré inmediatamente, sin contestar ni leer.

Aparte de ese desliz, motivado por la falta de dinero, mi carrera como maga no ha tenido grandes traumas. En los buenos fines de semana, me pagan un buen dinero por animar fiestas infantiles y hasta reuniones empresariales. Aún conservo la flor que me obsequió Henrique, el director de la escuela, el día en el que me fui a inscribir. Como es artificial, la tengo colgada de mi camiseta, como un recuerdo bonito e imperecedero. A veces hablamos e incluso tomamos un café. Él me mira de una manera que pretende ser aleccionadora. Él es un purista de la magia. Él, creo, no aceptaría que sus pupilos la utilizasen para proyectos turbios. Él no sería como un padre que asentiría ante cualquier cosa que su hijo deseara ser de grande. Él se defendería, quizás, llamando a la policía.

 

T.M.

Facebook.com/LaCantarida

Relato inspirado en el texto “Perico el mago”, del acervo popular español.

 

 

 

 

 

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