La mejor biografía de Billo que leerás en tu vida (Primera parte)

Cuando Luis María Frómeta, con quince años, toma la batuta y dirige la Banda del cuerpo de Bomberos de Santo Domingo, ya muestra ser una especie de prodigio. A los quince años, incluso a principios del Siglo XX, mucha gente no sabe qué hacer con su vida, hacia dónde dirigirla. Luis María ya lleva algunos años aprendiendo teoría, solfeo, composición y armonía. Su carisma, rápidamente, atrapa a todos los miembros de la banda. Muchos de ellos no tienen grandes dotes ni grandes aptitudes para la música. Es más fácil, a veces, manejar una escalera y una manguera que tocar un trombón o un clarinete. Pero todos se acoplan alrededor del muchacho que, con paciencia, los dirige. Tanto le quieren, que le otorgan el título honorario de Capitán.

Luis María Frómeta joven. Cortesía de Omar Ramírez

Al cumplir los 18, se gana la vida impartiendo clases de guitarra a domicilio. Camina por las calles empedradas de Santo Domingo con su vieja guitarra clásica, envuelta en un forro negro que se cuelga a sus espaldas. Sus alumnos lo adoran. Es un buen profesor. Enseña con paciencia, humor y maestría, rasgueos y punteos. Hace sonar bien las primas y las bordonas. Sus alumnos van evolucionando, adultos y niños. Algunas madres, agradecidas, le ofrecen comida, té, galletas. En sus ratos libres, cuando su agenda no está dedicada a los aprendices, aprovecha y trabaja con algunos conjuntos musicales, para quienes hace buenos arreglos. La música, su gran amor, cada vez le causa más cansancio, pero ese cansancio feliz de hacer lo que te gusta.

Santo Domingo. República Dominicana. Década de los 30.

En las correrías laborales con estos conjuntos musicales, conoce a Freddy Coronado, un violinista alegre y dicharachero con el que hace muy buenas migas. Freddy le consigue acople como saxofonista en distintas bandas itinerantes de la República Dominicana. De más está decir que Luis María, como parte de su dinamismo y su prodigio, es un multiinstrumentalista excelente. Algún tiempo después, junto a Freddy, el alegre violinista, y otros amigos, fundan una banda de Jazz. El Jazz es uno de los géneros que más atrae a Luis María, sobre todo por la versatilidad que tiene para fusionarse con buenos géneros bailables. Bailables de verdad, de buena música, no asquerosidades posmodernas como el reggaetón o el trap. Por el nombre, no se comen mucho la cabeza. Deciden llamar a la banda Santo Domingo Jazz Band. Al poco tiempo, el encanto y el talento de Luis María lo hacen ascender a la cúspide de la agrupación y se convierte en director de la misma.

Luis María siempre ha querido estudiar una carrera “de verdad”. Además, algunos familiares y amigos le aconsejan que, aunque le esté yendo tan bien en la música, nunca está de más una carrera más formal, un caso de emergencia, un por si acaso. Luis María elige medicina en la Universidad de Santo Domingo, la más prestigiosa de la isla. Es una carrera que no le apasiona tanto como el arte de Euterpe, pero tampoco le desagrada. Se siente útil ayudando a quien lo necesita. Es un alumno aplicado. Sabe distribuir su tiempo. Durante una parte del día analiza a profundidad los textos que hablan sobre Avicena y Galeno. Durante la otra parte, dirige, toca, compone y hace que las personas bailen al compás de sus manos, de sus arreglos y de sus direcciones.

Ya lleva tres años estudiando medicina. Falta relativamente poco para graduarse. Le ha ido mejor de lo que pensaba y jamás ha dejado a la música de lado. A veces, Freddy, su amigo y alegre violinista, lo acompaña en alguna que otra tediosa diligencia relacionada con su carrera. Para algo son compañeros y casi socios. Es el momento de las pasantías, de las prácticas. A Luis María lo asignan al hospital militar. Es un lugar delicado. Desde hace pocos años, República Dominicana está dirigida, con mano de hierro, por Trujillo, un militar cuarentón un poco sádico que encuentra más placer en el sufrimiento ajeno, en la opresión y en el sexo, que en la justicia y en la búsqueda de la mayor felicidad posible para el pueblo al que dirige. Luis María se siente incómodo en el hospital militar. Jamás le han agradado los militares, aunque no puede decirlo. Cualquier disidencia en una dictadura te puede costar fácilmente la vida. Se limita a servir, a cumplir el juramento hipocrático. “Frómeta. ¿Dónde está su uniforme de guardia?”, le regaña uno de sus superiores. El uniforme de guardia es una réplica, prácticamente, del uniforme militar. Luis María, con mucha educación, dice que puede ejecutar sus tareas perfectamente sin vestirse aquel horrendo uniforme. “Se lo coloca inmediatamente”, insiste el superior. Luis María se niega. Sus principios odian a Trujillo y a todo su regimen, lo consideran un asesino, un sanguinario terrible. Luis María es reprendido severamente. Su caso es llevado por escrito hasta las altas autoridades de la universidad. La universidad, como en toda dictadura, no goza de gran autonomía. Tiene las manos atadas. Luis María es un buen estudiante, pero el gobierno ejerce presiones. Lo expulsan. Luis María no protesta. Es mejor dejar las cosas en donde están. Freddy le invita a comer para pasar la rabia. Aún queda la música. Siempre quedará la música.

Rafael Leónidas Trujillo. Dictador de la República Dominicana.

La Santo Domingo Jazz Band, el colectivo que había fundado junto a Freddy, está en una suerte de apogeo. La gente baila y disfruta. Es una de las agrupaciones más cotizadas de la ciudad y del país. No tarda en trascender las fronteras. Desde Caracas, la capital venezolana, llega una invitación bien remunerada para amenizar una fiesta de fin de año. Luis María no conoce Caracas, no se la imagina. Jamás se ha tomado gran tiempo para pensar en ella. Pero trabajo es trabajo, y mientras más gente conozca la música que hace la Santo Domingo Jazz Band, mucho mejor. Se embarca hacia Venezuela en un vapor que no tiene las mejores condiciones. Pero no importa. Está contento. Tiene un buen presentimiento. Freddy, inseparable, le relata chistes y anécdotas mientras se balancean por las olas del mar Caribe.

La banda llega a Caracas. A Luis María le impresiona la ciudad. Tiene un clima idóneo. Un poco más frío que Santo Domingo, pero muy cálido de todas formas. Venezuela acaba de salir de una dictadura, también militar, de veintisiete años. Está en un período de transición. Se respira cierta paz, cierta tranquilidad y cierto optimismo. Tiene en su mano un papel con las indicaciones para llegar al lugar en donde se cerrará el contrato y se arreglará todo para los ensayos. Come, junto a sus compañeros, en una tasca en donde les atienden amablemente. En una de las bocinas suena Carlos Gardel. Aún está de moda a pesar de haber muerto, en un accidente de avión, un par de años antes.

Así lucía Caracas en el año en el que arribó Billo por primera vez.

El Roof Garden es un local casi emblemático en Caracas. Está atendido y dirigido por dos hermanos, de apellido Sabal, que son un tanto excéntricos. Dan la impresión de que se complementan las ideas. De que uno piensa exactamente lo mismo que el otro, al menos en el aspecto laboral. El espacio es cómodo. La banda desempaca su arsenal de instrumentos. Hacen ensayos en frío. “Mucho gusto. Bienvenido. ¿Le ha gustado Venezuela?”, pregunta uno de los hermanos. “Me ha encantado. Lo poco que conozco, me ha encantado”, responde Luis María.

Desde hace algún tiempo, Luis María se ha hecho (o le han hecho) llamar “Billo”. Es un nombre cándido, pegajoso, simpático. Rima con muchas cosas, es tropical. Apenas cuenta con 22 años y ya está tocando fuera de sus fronteras. No todos los músicos pueden decir eso. Billo se lo ha ganado con talento y con esfuerzo. Tiene una gran banda que lo acompaña y no le rechista mucho sus decisiones y sus arreglos. Confían en él. Además, Billo sabe escuchar. Es un líder. Es un demócrata en su pequeño país de redondas, blancas, fusas y corcheas. No en vano se lleva tan mal, ideológicamente, con el tirano Trujillo.

Falta poco para la fiesta de fin de año. Ya Caracas está vestida de gala y escarcha. La champaña comienza a enfriarse a pocos días del cañonazo. Los hermanos Sabal están inquietos. Están dando vueltas en su oficina del Roof Garden, el local emblemático. Uno de ellos fuma junto a la ventana. El otro da vueltas a un pesado lapicero dorado. El anuncio del periódico que invita a ver a la Santo Domingo Jazz Band no es que haya tenido mala recepción, pero esperaban más. Ellos han visto los ensayos. La banda es buena, es excelente, pero el nombre no termina de cuajar en los espectadores respingados que toman el periódico en busca de buenos planes para recibir el prometedor año 38. Sería, de todas formas, mala educación pedirle a una banda que se cambie el nombre. Más si es una banda invitada desde extranjero. Más cuando pocos días para su actuación. Los hermanos, que a fin de cuentas son arriesgados, toman el teléfono. Llaman a las oficinas editoriales del periódico. Hay que colocar otro anuncio. Misma hora, mismo lugar, mismos músicos, pero un ligero cambio. ¿Por qué no utilizar el nombre de Billo, que tan alegre suena? ¡Eso es! ¡Ahí está el nombre más magnético! ¡Tocarán los alegres muchachos de Billo en el Roof Garden! No. Aún suena un poco quebrado. ¿Qué tal en inglés? Suena fantástico. ¡Tocará la Billo’s happy boys!

Anuncio en el periódico de la “Billo’s Happy Boys”. Cortesía de “La revista musical del ayer”.

A Billo, ironía de la vida, no le ha sido informado nada. Al resto de la banda tampoco. Cuando se les dice, ya es tarde. De todos modos, a la banda y a su líder no les molesta. Es un buen nombre. Total, es para una sola actuación. No hay una guerra de egos. Todos quieren a Billo. Comienza la fiesta. Distintos compases. Champaña. Buena comida. Las parejas, al ritmo del jazz y del merengue comienzan a bailar. “¡Qué banda tan buena. Es una maravilla!”, exclama, alzando la voz, una señora rubia de unos cincuenta años. Los hermanos Sabal, los administradores del Roof Garden, sonríen mientras intentan llevar el ritmo en los pies. Fue una buena idea después de todo.

A los pocos días, una reseña sale en el periódico. Muchos salen a comprarlo. Quieren conservar un souvenir de aquella noche. Un representante del gobierno dominicano en Venezuela lee la reseña. ¿Cómo que Billo’s Happy Boys? ¿No era la Santo Domingo Jazz Band? Un momento. Quizás es otra banda. No. Luis María Frómeta. No puede haber equivocación. El representante se molesta, se decepciona. ¿Cómo es posible que el nombre de Santo Domingo, la capital, sea suprimido de repente? No hay explicación que valga. Hay que comunicarse de inmediato con las autoridades.

La noticia llega hasta el mismísimo Trujillo. La Santo Domingo Jazz Band no era ninguna nimiedad en la ciudad de Santo Domingo. Por algo tiene el nombre. La idea supuestamente era, si había contratos internacionales, llevar ese nombre a los otros países, ¿no? Trujillo está furioso. Lo considera una suerte de afrenta. ¿El tal Billo no era, acaso, aquel estudiante revoltoso de medicina que se había negado a colocarse el uniforme? ¿Cómo es capaz de hacerle tal desaguisado a su ciudad, a su país, a su identidad y, sobre todo, a su presidente? Es un atrevido. Debe aprender la lección. Si tanto le gusta Caracas, como para cambiar el nombre de su banda, que se quede por allá. La orden es irrevocable. El representante dominicano, el que había leído el periódico y había iniciado todo el embrollo, sonríe satisfecho. Ha cumplido bien con el régimen para el que sirve lealmente. La saña no va contra la totalidad de la banda. Va contra Billo, sobre todo. Tiene estrictamente prohibida la entrada en su propio país. Que resuelva como pueda por allá, por altanero. Si se atreve a poner de nuevo un pie en Dominicana, será detenido inmediatamente por las autoridades. Billo se lleva las manos a la cabeza. Respira hondo. Explica su situación a los hermanos Sabal, los administradores del Roof Garden. Éstos intentan mediar, pero es tarde. Al fin y al cabo, Billo no supo del cambio de nombre hasta que fue tarde. “¿Y ahora que hacemos?”, le dice a Freddy, su inseparable amigo y violinista.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

 

Anuncios

4 comentarios en “La mejor biografía de Billo que leerás en tu vida (Primera parte)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s