Losde Monios (I)

Conocí a Lucía desde que era pequeña. Siempre fue una de esas chamas dominantes desde el preescolar. Era de las que no se quedaba en paz hasta obtener lo que quería. Sucedía con todo. Desde con una alabanza de la maestra hasta con la plastilina más bonita, la que no estaba manchada por las otras plastilinas, que la ensuciaban y hacían de ella un mazacote marrón y horrible. Todo el mundo la respetaba. Todo el mundo le jalaba bolas. Yo también lo hacía un poco, aunque, cuando ella no estaba, me gustaba hablar mal a sus espaldas.

Lucía siempre tuvo esa vanidad relacionada con no sé cuáles pilares que ella consideraba como modelos a seguir. No quiero decir que Lucía fuese una persona mala. Cuando me raspé la rodilla y me reventé el mentón por escalar la rama del árbol más alto del preescolar, ella estuvo allí conmigo. Me abrazó, me consoló, llamó a la maestra y hasta me regaló unas curitas con caritas felices que me hacían reír. Eso me hacía sentirme un poco mal por hablar de ella a sus espaldas. Ella fantaseaba con Kimberly, la Power Ranger rosada. Cuando jugábamos a los Power Rangers, ella le pegaba a quien pretendiera arrebatarle el papel de Kimberly.

Lucía, cuando crecimos, era una persona insoportable. A veces hubiese preferido no haber coincidido con ella tanto tiempo en los estudios. Cuando viajaba afuera del país, siempre iba a Europa. Sus papás tenían bastante dinero. A ella le encantaba presumir sobre eso. Se tomaba miles (literalmente miles) de fotos y las pasaba al correo del salón. Las pasaba a los grupos en los que estábamos sus amigos. Las pasaba a los grupos en los que estaban sus familiares. Lucía era de esas personas que se masturban mentalmente con los comentarios de sus tías.

Cada vez que Lucía regresaba, de alguna manera nos convencía de que la fuésemos a buscar al aeropuerto. No sé por qué nosotros accedíamos. Yo odiaba verla llegar. Venía como con mil maletas. Siempre atravesaba la puerta de llegada con lentes obscuros y con una sonrisa que provocaba quebrar con un puño. Se sentía como una diva mojoneada europea que llegaba a su país pocilga. Nos miraba a todos como si fuésemos pobres diablos. Como si fuésemos los sirvientes que estábamos obligados a irla a buscar al aeropuerto y a ayudarla con sus maletas.

En una ocasión, Lucía nos colmó la paciencia. Creo que siempre habíamos estado acostumbrados a escuchar sus cuentos ladillas sobre el arco del triunfo, sobre la torre Eiffel, sobre el coliseo romano y sobre yo no sé cuántos museos a los que iba sólo por farandulear. Lucía era una de esas carajas esnobs que, como era linda, tenía la ventaja de que todos sus comentarios esnobs estaban secundados por carajos quesudos que sólo querían tirar con ella. El hecho es que lo que nos reventó la paciencia fue que, luego de un viaje de dos semanas por Madrid, lucía llegó hablando con acento español. Luis, el que manejaba la camioneta en el que la estábamos llevando a su casa, medio en joda medio en serio, bajó a Lucía en medio de la Caracas – La Guaira. La bajó a la fuerza. Era de día. Lucía parecía una imbécil. Estaba ahí parada con sus lentes obscuros y con una especie de trapo que tenía en la cabeza. Luego de unos minutos, dimos la vuelta y la recogimos. Estaba roja de la rabia. No nos dijo nada como por tres meses. Nos reímos mucho, a pesar de todo.

Lucía tuvo la desgracia de estudiar comunicación social. No tengo nada en contra de la carrera de comunicación social. Es una carrera de pinga. De hecho, es mi carrera también. El hecho es que está llena de Lucías (y Lucíos). Está llena de gente mojoneada que, en un país como el país chavista, creían que eran una nueva generación del 28. Creían que eran unos periodistas afilados que, con sus letras, harían temblar a la dictadura. Lucía era uno de estos especímenes. Nada le excitaba más que María Corina Machado. Ella se sentía identificada con ella. Cada vez que Lucía publicaba un artículo en su Facebook, me escribía al Whatsapp: “Marica. Publiqué un artículo burda de heavy. Cualquier vaina, estás avisada. Viva Venezuela”. Creo que lo que más me reventaba la piedra era el maldito “Viva Venezuela”.

A pesar de todo, Lucía era una chama inteligente. Era estudiosa y aplicada. Era de las que tenía buenas intervenciones en clases, así fuesen éstas para masturbar su ego. En la universidad también todo el mundo le jalaba bolas. Hasta los profesores. Académicamente, de pana era brillante. Era tan brillante que la Monteávila le ofreció un puesto como profesora de una materia toda nula. Creo que era una electiva sobre las comunidades indígenas, o algo así. Lucía daba la vuelta para dar discursos interminables a sus pobres alumnos. Metía ideas raras y frases de María Corina en una materia que no tenía nada que ver. Los alumnos se quejaron ante la facultad. Botaron a Lucía. Estuvo picada durante meses. Decía que sus alumnos no la entendían.

A través de una profesora que le jalaba bolas, Lucía consiguió un puesto como redactora en uno de esos diarios por internet que solían dar oportunidades a talentos jóvenes. Creo que Lucía escribía para El Estímulo, o algo así. Había iniciado una serie de artículos hablando sobre no sé cuáles ideas de la generación de estudiantes que aún no se había ido del país. Creo que la meta era hacer como veinte artículos. El problema que tuvo Lucía con esos artículos fue que, al igual que como le solía pasar a María Corina, su ídolo, se quedó sin nada para decir. Lo había dicho todo. Los directores del diario la presionaban, pero ella resolvió diciendo que la estaban persiguiendo, que su vida estaba en peligro. Yo creo que a Lucía, sencillamente, le dio ladilla seguir. Pero ese cuento de la persecución le valió hasta trending topics y entrevistas. Estaba que brincaba en una pata con sus quince minutos de fama.

Aprovechando esa fama, Lucía escribió una obra de teatro. A Lucía no era que le encantara el teatro realmente. Lo hacía por estar en la onda. Como su familia tenía dinero, su mamá le alquiló un espacio en el Trasnocho. No es que no fuera amable a la hora de invitar. De hecho, la obra era gratis. Ella asumió todos los costos. Pero invitaba con una especie de metamensaje. Casi que quería decir: “si no vienes a ver mi obra, no sólo eres un loser sino que más nunca te voy a hablar en la vida”.

La obra de Lucía me provocaba una mezcla como entre risa y lástima. Era una serie de personajes que decían incoherencias intensas y que estaban vestidos de una manera más intensa aún. Los hombres tenían unas mallas con lentejuelas que formaban frases de Dostoievski. Las mujeres tenían los cabellos adornados con flores muertas. A veces cantaban. No había realmente una trama. Era como una serie de hechos inconexos que no significaban más que el hecho de que una niña malcriada pero inteligente había querido probar fortuna con el teatro.

La gente aplaudió la obra a rabiar. De todas formas, se notaba que no habían entendido nada. Al momento de salir el elenco, hacia el salón que es como una recepción en el Trasnocho, Lucía salió como si fuese Lady Gaga. Todo el mundo le jalaba bolas. Todo el mundo le besaba la mano. Todo el mundo le pedía permiso para tomarse una foto junto a ella. Ella se sentía como una diosa. Hasta un periodista de una de esas revistas mediocres de farándula la entrevistó. Lucía decía cosas intensas. Decía frases como “es sólo un reflejo de mi alma”. Mariqueras así.

Lo peor del caso. Lo que me dio más curiosidad es que no sé qué censor del gobierno vio no sé qué posible “desobediencia” y “conspiración encriptada”, de “texto desestabilizador” en la obra de Lucía. Lucía, inmediatamente, volvió a salir en la prensa como una especie de dramaturga genio que se atrevía a minar las bases del gobierno con su “arte”. Esto era, obviamente, en la prensa de internet. La prensa tradicional la veía como una terrorista vulgar y corriente (pero el gobierno veía así a todo el que no estuviese de acuerdo con él). Lucía estaba encantada con la atención que estaba recibiendo. Su sonrisa se desvaneció cuando se enteró, por buena fuente, que el SEBIN, la policía secreta y asesina del gobierno, la estaba buscando para ajustar cuentas.

Lucía tuvo que esconderse. Una tarde, casi tarde noche, me llamó por teléfono. “Coño, Helena, por favor. Necesito esconderme en tu casa”, me dijo. Yo no sabía qué decir. Por un lado, sentía que Lucía estaba exagerando todo. Sentía que su fantasía por María Corina estaba agregando más dramatismo al que el asunto tenía de por sí. Por otro lado, sabía que al SEBIN no le gustaba jugar. Ya había pasado la época en la que los desertores a la dictadura eran apresados. Ahora, simplemente, eran desaparecidos. Seguía habiendo ciertos canales en los que cierta “crítica” al gobierno era permitida. Eso permitía una fachada para seguir jugando al país democrático frente al resto del mundo. Pero en lo que el gobierno veía una amenaza seria, simplemente la segaba.

Decidí darle alojo a Lucía. Lucía era imbécil. Llegó a mi casa como con cuatro maletas. Parecía la misma Lucía inmamable que llegaba de sus viajes desde Europa. Por suerte, en mi casa había un cuarto que le acomodamos. No tuvo que dormir conmigo. No sé por qué el SEBIN nunca vino a buscarla a mi casa. Ni siquiera vino a preguntar. Eso me hacía inclinarme por la teoría inicial de que la fantasía de Lucía y su mojón mental de ser una combatiente al régimen estaban agregando dramatismo al asunto. Todas las noches me mostraba posts en donde la mencionaban. Hablaba de eso durante horas. A veces, yo deseaba que la localizaran por triangulación y se la llevaran. Tendría una amiga menos pero, al menos, podría intentar comer en paz.

 

T.M.

 

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