A la deriva

Andrea siente el disparo. Pensaba que una bala dolería más. Le dan por la espalda, como suelen hacer los cobardes, los hijos de puta. Andrea, naturalmente, no puede verse la espalda. Pero se palpa con la mano. Hay sangre. El pistolero ha huido con su parrillero a bordo de la Jaguar. Desaparece en medio de la noche tardía que se cierne sobre la mal iluminada carretera de El Marqués. Andrea está segura de que se ha salvado. No tiene problemas en la respiración.

Andrea se queda con la mirada fija en la Jaguar que huyó. Ahora es sólo una pequeña lucecita roja en medio de la negrura. El motor ahora se siente como el ronroneo de un gato mínimo. “Coño de la madre, coño de la madre, mierda, mierda, mierda”, exclama Andrea. Tiene miedo de que la moto regrese. De que quien ejecutó el disparo, y su acompañante, regresen a dar un tiro de gracia. Aún ve la lucecita roja. Parece una luciérnaga de fuego. Se niega a desaparecer.

Andrea trata de utilizar el retrovisor para verse la espalda. Lo puede hacer, pero torpemente. Nadie más pasa. Ningún vehículo. Ningún peatón. El hueco de la espalda está hecho con precisión. Pareciera que hubiese sido hecho a mano por una especie de artesano. Andrea hace presión con los dedos. Sale sangre. Parece sangre negra. Brota con un chorro tímido pero abundante. Andrea acelera. Intenta perseguir a la luz roja. Siente que no tiene nada que perder. Piensa ir a toda velocidad y arrollar a sus agresores.

Andrea corre. Vuela. La aguja que marca la velocidad de su Corolla azul indica 160. Quiere perseguir a la luz roja según lo que la carretera le permita. Los edificios pasan a su lado como espejismos. Andrea no obedece las luces rojas de los semáforos de la avenida. De todas formas, a esa hora, no las obedece nadie. La única luz roja que Andrea persigue es la de la moto. Cada vez la tiene más cerca. Los motorizados no notan que Andrea se acerca. Ellos la subestiman. Andrea es valiente y loca. Pisa el acelerador. Los arrolla. Los tumba de la moto. Da la vuelta torpemente en “u”. Huye de la escena del crimen. No del crimen en el que ella fue víctima. Del otro crimen. Del de la justicia.

Andrea se orilla. No siente mucho. Aún no ha salido del estado de shock. Del doble shock. Del shock del disparo y del shock del arrollamiento. La calle parece desierta. Caracas está muerta. Abre la guantera. Saca un trapito. Es un trapito no muy limpio, pero es el único que hay. Andrea se lo pasa por la herida. El trapito se enrojece. Andrea detalla el trapito. Lo moja con un poco de agua de una botellita que tiene en el carro. Lo vuelve a pasar por la herida. El trapito se enrojece de nuevo.

La herida duele. Comienza a doler más. Puede ser que el shock ha pasado. Puede ser que la adrenalina ha bajado. Duele, y duele mucho. Comienza como un dolor exclusivo al punto de la herida. Pero va corriendo por la espalda. Baja por la cintura. La altura de la herida es peligrosa. Andrea piensa que le pudieron haber dado en un pulmón. En un órgano importante. Cada vez duele más. Cada vez se expande más. Cada vez el epicentro deja de ser la herida y comienza a ser otros lugares.

Andrea se deja el trapito en la herida. Apoya la espalda al asiento del carro, deja el trapito entre la espalda y el asiento. Espera que el trapito pueda absorber la mayor cantidad de rojo posible. No quiere seguir sacando jugo de la herida. No quiere desangrarse. Aprieta el acelerador. No quiere ir a un hospital. Quiere ir a casa. No piensa que pueda ser para tanto. Intenta ubicarse mediante los carteles verdes que indican las direcciones en Caracas. Todos están descascados. Acelera.

El dolor aumenta. Aumenta cuando Andrea pisa el acelerador. Aumenta cuando Andrea deja de pisar el acelerador. Aumenta cuando Andrea pisa el freno. Aumenta cuando Andrea deja de pisar el freno. Cada vez son más fuertes las puntadas. Con cada latido del corazón de Andrea, acelerado por la situación, el torrente le duele, como si fuese una puñalada, como si fuesen dos puñaladas, como si fuesen mil puñaladas. El dolor llega a los hombros. Aumenta cuando Andrea gira a la derecha. Aumenta cuando Andrea gira a la izquierda.

“Coño de la madre. Coño de la madre. Coño de la madre”, repite Andrea, en voz baja, en loop. Tiene sed. Andrea tiene mucha sed. Intenta beber algo de la botella de agua. La misma botella de agua con la que limpia el trapito rojo, que ahora ha rebasado su capacidad y chorrea sobre el asiento. No queda agua. Toda la ha gastado en limpiar la maldita herida. Andrea tiene sed. Intenta acumular saliva para tragarla. Es inútil. Siente como si tuviese la saliva seca.

Andrea sigue manejando. Llega a la casa. No se molesta en apagar el carro. No se molesta en orillarlo. Lo deja en medio de la carretera. Total, es una urbanización que, aunque no es cerrada, es de poca confluencia. El asiento está empapado. Andrea se baja. Deja las llaves ahí. Si quieren llevarse el carro, que se lo lleven. Andrea tiene las llaves de la casa. Las deja caer. Las recoge. Ve al diablo cuando se agacha y vuelve a subir. Tiene las llaves en sus manos. Abre la puerta. La casa está sola. Andrea se echa sobre el sofá. No le importa mancharlo.

La herida parece que se ha agrandado. Al igual que el dolor. Ya no siente la herida. Ahora siente todo un dolor que va corriendo por su torrente. Que sigue clavándole puñaladas con cada latido de su corazón. Puñaladas mas dolorosas de lo que fue, en un primer momento, el disparo. La herida se abre. Se abre con la tensión de la piel de Andrea. Pareciera que no hubiese suficiente hilo en el mundo para cerrarla. Una aureola roja va formándose alrededor de la herida.

T.M.

Relato inspirado en Horacio Quiroga.

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