Estampa literaria de Caracas Nº 1

Llueve en Caracas. Llueve de verdad. Parece una tormenta. Caen rayos que iluminan el Ávila. Es una lluvia torrencial. El viento mueve las gotas de agua que caen sobre todo y todos. Las alcantarillas suenan como cascadas. Algunos peatones se acumulan debajo de los toldos de las tiendas que dan hacia la calle. Una señora lucha contra su paraguas. Su paraguas se le ha rebelado. Se ha volteado. “Coño”, grita un señor ante el ensordecedor ruido de un trueno, que suena de sorpresa.

Crisipo está dentro de su taxi. Su taxi está muy bien cuidado. Se lo trajo a Caracas desde Apure, su estado natal. “En Caracas te irá buenísimo. Allá es donde se bate el cacao”, le dijo su hermano, desde la comodidad de una hamaca en San Fernando. Crisipo creyó en Caracas. Creyó en la posibilidad de surgir y triunfar en Caracas. El agua cae violentamente sobre su parabrisas. Todos los cristales de su carro están empañados. Crisipo está inmóvil. Tiene la radio apagada. Tiene los ojos fijos en las luces que se refractan a través del empañado del cristal y de las gotas que caen por la acción de la gravedad.

Un militar toca, con sus nudillos, el cristal del piloto del taxi de Crisipo. Crisipo sale de su ensimismamiento. Crisipo baja el vidrio. Lo baja ayudado por su mano. A pesar de que el taxi está bien cuidado, los circuitos eléctricos del vidrio están dañados. No hay dinero para repararlos. Todos los repuestos en Venezuela están impagables. Al militar no le importa mojarse. El uniforme es elegante, a pesar de estar empapado. Es uno de esos militares del gobierno. Uno de esos militares con mirada altanera. Uno de esos militares con semblante machista y dominante. “Necesito que me lleve a El Paraíso”, dice el militar, mientras se sube en el carro, sin dar las buenas noches.

Hay cola. La calle está congestionada. Los limpiaparabrisas trabajan a doble turno. De arriba hacia abajo. De abajo hacia arriba. Emiten un ligero chirrido con cada uno de sus movimientos. El parabrisas está empañado. Crisipo lo limpia con la manga de la camisa. “Coño. ¿No puedes ir por un camino verde?”, dice el militar. Seguramente sea uno de esos coroneles que tienen una cuenta en Suiza. “Hace poco me mataron un hijo”, dice Crisipo. El militar mira los ojos de Crisipo a través del retrovisor. “¿Y qué puedo hacer yo?”, le contesta.

La cola ha sido titánica, abismal. Crisipo y el militar han llegado a El Paraíso. La cola en Caracas pareciera que no se mueve. Ha sido como un lento río que los ha dejado en el destino. El militar se baja. Saca efectivo de su cartera. Se lo da a Crisipo. Crisipo no cuenta el dinero. Confía en el militar. El militar cierra la puerta con dureza. Camina rápido hasta la puerta en donde otro militar, aún más elegante, lo está esperando. Es como en la puerta de un gran salón. Ambos militares se saludan con el gesto de costumbre. A lo mejor, adentro hablará un ministro.

La lluvia arrecia. Las gotas caen violentamente a través del parabrisas de Crisipo. No se ve nada hacia afuera. Sólo un collage de luces. Brillantes. Rojas. Amarillas. Algunas verdes que se mezclan con otras anaranjadas. Cae un trueno. Un relámpago anticipa a otro trueno venidero. Un tsunami de cornetas se interrumpen la una a la otra. Nada se mueve. Es como si Caracas se hubiese quedado congelada en el tiempo. Crisipo permanece inmóvil. Con la mirada fija en uno de sus cristales.

Unos nuevos nudillos tocan el vidrio del piloto del taxi de Crisipo. Son dos jóvenes. Tienen pinta de malas conductas. Crisipo lo sabe, pero su corazón de llanero recién llegado a la capital no lo advierte tanto como su mirada. Quizás, sólo sean impresiones suyas. “Tenemos que ir para La Vega”, dice uno de los jóvenes. “¿Nos llevas?”, pregunta. Crisipo, torciendo su brazo izquierdo, abre el seguro de la puerta trasera del carro. Los jóvenes se montan. Están empapados. “Lo único que tenemos son cien mil bolos”, dice uno de los jóvenes. Crisipo sabe que cien mil bolos no es nada. Cien mil bolos es un chiste. Cien mil bolos mañana serán todavía menos. La inflación arrecia, al igual que arrecia la lluvia. Pero a Crisipo no le importa. “Cliente es cliente”, piensa para sus adentros.

La cola sigue estando densa, incómoda. La lluvia no promete parar. Todo lo contrario. Es como si las nubes aún tuviesen mucha furia que descargar. “Coño. ¿No podemos ir más rápido?”, dice uno de los jóvenes. Cuando no se dirige al taxista, se dirige a su compañero. Hablan de un plan. De un ajuste de cuentas. Crisipo quisiera intervenir, pero se hace el loco. En Apure le dijeron que se mantuviera al margen de todo. Que lo mejor en Caracas era manejar sin hacer preguntas. “Hace poco me mataron un hijo”, dice Crisipo. “A ti te voy a matar si no llegamos rápido”, dice uno de los jóvenes con una verdad disfrazada de chiste. Crisipo se limita a sonreír.

Crisipo deja a los muchachos en La Vega. Crisipo extiende la mano. “¿Qué quieres tú?”, le dice uno de los muchachos. “Son cien mil bolívares. En eso quedamos”, dice Crisipo, con su acento de llanero bonachón. Con su acento de hombre de campo aplastado por la vorágine de la gran ciudad. Uno de los muchachos le aparta la mano con violencia. “Eran cien mil bolívares”, le dice el muchacho. “Si no piras de aquí en veinte segundos”, te reviento a plomo, concluye. Crisipo se limita a sonreír y a acelerar.

Crisipo deja el taxi en casa del primo Heberto. Dentro de un techo de zinc que hace de cochera improvisada. El primo Heberto le ha ofrecido su casa a Crisipo mientras Crisipo consigue otra. Es un refugio temporal. No hay grandes comodidades en la casa del primo Heberto. Crisipo se acomoda en las noches en un colchón roñoso que Heberto le colocó en un rincón. Crisipo pasa las noches intentando matar los zancudos que lo atacan y le roban la sangre. “Hace poco me mataron un hijo”, le dice Crisipo a Heberto, luego de que éste apaga la luz. “Duerme, Crisipo”, responde Heberto.

Heberto se levanta del colchón. Aprovecha para matar un gordo zancudo que parasitaba en su brazo. Luego de la palmada, el cadáver negro del zancudo se mezcla con la sangre que tenía en las entrañas. Heberto duerme. Ronca como un motor en mal estado. Crisipo camina sigiloso. Está descalzo, así que no hace ruido. Afuera llueve. La tormenta aún no se ha acabado. Desde el otro lado de la ciudad, en donde está la casa destartalada del primo Heberto, hay una vista preciosa del Ávila. El Ávila, con la lluvia, se ve como una sombra negra y amenazante. Como una ola de carbón petrificado.

Crisipo se empapa con el agua de lluvia. No viene mal. El calor, a pesar de la lluvia, es grande. El agua refresca. Crisipo disfruta de ser abrazado por el agua. Se acerca a la cochera improvisada, la cochera que tiene el techo de zinc. Crisipo ve a su taxi. Es uno de sus amigos más fieles. Crisipo se sienta al lado de su taxi. “Sabes que me mataron un hijo”, comienza a hablarle. Crisipo abunda en detalles. Hablar de eso le calma el alma. Hablar de eso le permite drenar. El taxi, al fin y al cabo su único amigo de verdad, es el único que conoce la flaqueza de Crisipo. El único que lo escucha atentamente.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “La tristeza”, de Antón Chéjov

 

 

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