Estampa literaria de Caracas Nº 2

Primitivo (les juro por Dios que se llama Primitivo) se coloca su uniforme. Le gusta el olor a ropa recién lavada. Aprecia más este olor desde que en Caracas se hizo tan difícil conseguir detergente. Le gusta su trabajo. No es el mejor trabajo del mundo, pero a él le gusta. Primitivo es el encargado de barrer las hojas del tramo número siete de la autopista de La Lagunita. No le gusta usar esas máquinas que son unos tubos que soplan. Piensa que son una mierda. Piensa que lo que hacen es desordenar toda la tierra, todas las hojas y toda la basura. Él es más del estilo clásico. Prefiere el rastrillo, la escoba y la pala. Si hace falta, recoge las hojas secas con sus propias manos. Para eso tiene guantes. Son las nueve de la mañana. Hace un sol delicioso. Sólo falta un tramo por recoger. Sólo queda retirar maleza de un barranco cercano a un parque. A uno de esos parques infantiles que tienen el logo de la alcaldía del Hatillo. A uno de esos parques infantiles que no usa nadie. Primitivo escarba. Encuentra el cadáver de un muchacho.

El cadáver no está ni fresco ni descompuesto. Primitivo, del asombro, se echa para atrás. No es un hombre particularmente de alma ni de corazón endurecidos. El cuerpo tiene una bala incrustada en el pecho. Tiene el tórax reventado. Primitivo intenta no verle la cara. La cara de un cuerpo inerte es la peor imagen que puede haber. No es como en las películas, ni siquiera como en los documentales. Sólo en vivo se puede apreciar el verdadero rostro de la muerte. Una mosca verde, de esas moscas asquerosas, se da vida alrededor de la herida. La herida está seca. La sangre es sólo una mancha coagulada.

Pedro Castañeda, director de la facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello, está tratando de cerrar una carpeta. Se siente un tonto. LLeva más de un minuto intentando cerrar la carpeta. Todo sería más fácil si no tuviese la otra mano ocupada. No quiere derramar su café ni quiere colocarlo en el suelo. Finalmente, logra cerrar la carpeta. Ya puede buscar, en el bolsillo de su sotana, las llaves de su carro. Hay poca gente en el estacionamiento de la universidad. Pasa un Spark amarillo. El Spark amarillo hace sonar la corneta con prudencia. Óscar y Mariana saludan, desde el Spark amarillo, a Pedro Castañeda. Pedro Castañeda devuelve el saludo. Pedro Castañeda los aprecia. Los dos son buenos estudiantes. Aprecia más a Mariana. Mariana es una muchacha inteligentísima. Sus exposiciones parecen películas. Siempre habla de cómo quiere irse del país. El Spark sale por la puerta de la universidad. “Hacen bonita pareja”, piensa Pedro Castañeda mientras coloca la carpeta en el asiento trasero de su carro, que se ha calentado por culpa del sol.

Oropencio González, oficial de la Policía Nacional Bolivariana, da el alto. La calle está trancada. De todas formas, el Spark amarillo no tendría hacia donde huir. Oporencio desenfunda su pistola de reglamento. Un compañero lo secunda. Ése tiene que ser el mismo Spark que se describió en la denuncia que hizo una vecina. El Spark amarillo se detiene. Ismael abre la puerta del piloto. Se baja. Se echa al suelo con las manos en la nuca. No opone resistencia de ningún tipo. Oropencio lo esposa. Para ser Policía Nacional Bolivariano, Oropencio es relativamente honesto. Oropencio sube a Ismael a la patrulla. Lo lleva a comisaría. “Ojalá haya recompensa”, piensa.

Ismael no miente. No sabe mentir. Piensa que, de saber mentir, su carrera como delincuente y como hampón, quizás, hubiese sido más exitosa. Responde a las preguntas con sinceridad. Colabora. Admite que él mató a Óscar. Tiene gran frialdad a la hora de decir sus palabras. Es como si sintiera una especie de orgullo. Ismael frunce el ceño cuando le preguntan por Mariana. “Yo maté al chamo, no a la chama. Lo juro por mi madre y por Dios”, dice Ismael mientras besa su pulgar y su índice, que anteriormente ha intersecado, para que formen una cruz.

Mariana está preciosa. Coloca la mano sobre la de Óscar cuando Óscar la tiene sobre la palanca de velocidad del Spark amarillo. Mariana se traga su rabia. La tiene mezclada con el amor que siente por Óscar. Mariana quiere irse del país. Mariana quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Mariana quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Óscar siempre le ha puesto todos los peros del mundo. Como él tiene un buen trabajo asegurado, gracias al papá, pretende que ella se sacrifique. “¿No quieres mantener la relación?”, siempre concluye Óscar cuando se ve acorralado por los argumentos de Mariana  y por su deseo de largarse. Ismael ve a Mariana. La ve a través del vidrio del copiloto del Spark amarillo, que no es ahumado. Ismael se prenda de Mariana. Es la muchacha más espectacular que ha visto en su vida. Tiene el cabello castaño claro. Tiene las cejas delgadas. Tiene la piel del color de la piña colada. Qué diferencia con las mujeres grotescas de Casalta. Todas parecen unas bachaqueras. Ismael no se va a quedar tranquilo. Tiene que ir detrás de ella. ¿Qué importa Óscar?

Ismael se ríe en algunas partes de la declaración. No tiene problema en declararse culpable. Sabe que, en la cárcel, no le harán nada. Quizás no lo sabe, pero lo espera. Él sabe defenderse. Siempre ha sabido defenderse. Vuelve a reír. Su risa es un poco escabrosa. Da algo de miedo. “Lo que me da risa es que me vayan a meter preso precisamente ustedes, la Policía Nacional Bolivariana. La Policía Nacional Bolivariana no es más que un grupo de asesinos de mierda. ¿Es que no matan estudiantes y niños en cada protesta que hay?”, protesta Ismael. Una secretaria toma la declaración. La secretaria tiene las uñas largas. La secretaria escribe “Asesinos” con c. Ése es el nivel de profesionales que hay en el país.

Ismael se acerca al Spark amarillo. Se vale de que habla bien. Por razones de la vida, el papá de Ismael era un hombre medianamente culto. Incluso, tenía un programa de radio en una de las emisoras de Fe y Alegría, en donde hablaba de ciertos libros. Ismael no habla como un malandro. Sabe pronunciar las eles y las erres. Ismael va directo al grano. Dice que tiene joyas, que las vende a buen precio porque quiere irse para Chile. Dice que esas joyas se pueden vender en dólares, pero él se conforma con bolívares. Dice que tiene un contacto en el Banco Central que vende dólares preferentes. Eso ya atrapa la atención de Mariana. Puede ser una posibilidad para irse del país, aunque suene descabellada y tonta. No se puede descartar nada. Sabe que las joyas pueden ser robadas. Pero no importa. Todo es válido en la carrera por escapar del socialismo del Siglo XXI. Incluso a Óscar le interesa la oferta. Nada más cotizado que los dólares. Ismael dice que las joyas están cerca. Están escondidas cerca de un parque por La Lagunita. No por nada malo, sino para evitar que se las roben.

A veces, Óscar y Mariana dudan. Están siguiendo a Ismael, quien trota por delante de ellos. Es que ni siquiera está mal vestido. El parque queda bastante cerca. Las joyas están bastante cerca, según Ismael. “Marico, arranca. De pana no sé. Es como demasiado bueno para ser cierto”, dice Mariana. “Al primer movimiento raro que vea, piro con todo”, contesta Óscar. Ismael sigue trotando por delante de ellos. Saluda a algunos carros que pasan. Algunos carros le contestan el saludo. Esto tranquiliza sobre todo a Mariana. ¿Cómo puede ser malo un hombre al que algunos carros saludan amablemente?

El Spark amarillo tiene que orillarse. No puede avanzar más. No puede adentrarse dentro del parque. Óscar coloca las luces intermitentes y se baja. “Es por allá”, dice Ismael mientras señala con su dedo un rincón del parque. Es un rincón apartado, realmente apartado. “No te pido que me las compres de una. Pero, al menos, dales una oportunidad”, completa, con una voz segura. “Si quieres, yo me quedo aquí”, dice Mariana. “Me da paja que venga un PoliHatillo y remolque el carro. Mejor me quedo aquí y, si tengo que mover el carro, lo muevo”, propone. A Óscar y a Ismael les parece una buena idea. De todas formas, sólo serán unos minutos. Mariana, sin bajarse del carro, se pasa del puesto del copiloto al puesto del piloto. Óscar, a través de la ventana, se despide de ella con un beso. Ismael y Óscar se dirigen hacia el punto convenido.

“No te preocupes, panita. Tienes derecho a tener miedo. Pero te juro que soy una persona seria. Lo único que quiero es irme de esta mierda. Estoy harto de la delincuencia, de la escasez y de todo”, dice Ismael. Óscar se tranquiliza. “Ya te traigo las joyas”, dice Ismael. “Es sólo para que las veas y me digas si te gustan. Incluso, podemos ir a una joyería para que veas que son de verdad. Yo no tengo por qué engañarte”, asegura. Óscar da la espalda. Ismael lanza el primer ataque. Óscar, de alguna manera, lo veía venir. Se defiende. Desde el Spark amarillo no se ve nada. Mariana está sentada en el asiento del piloto viendo a los carros pasar. Ismael, al fin y al cabo, es un delincuente profesional. Inmoviliza a Óscar. Lo amarra con una cuerda que ya tenía preparada. La trampa parecía demasiado estúpida, pero siempre hay un estúpido que cae. Le tapa la boca con un trapo. Le pega en la cara. Lo deja allí.

Ismael regresa a donde Mariana. Acomoda su semblante para que parezca preocupado. “Chamita, ven. No sé qué le pasó a tu novio, pero tiene algo. Ven para que lo ayudes”. Mariana le cree, aunque no quiere creerle. Piensa en encender el carro, acelerar y mandar todo a la mierda. Pero lo piensa mejor. Se baja del carro. Igual vendrá a echarle una ojeada de vez en cuando, para que no lo remolquen. No cree que sea tan grave lo de Óscar. La expresión de Ismael es de preocupación, no de tragedia. Mariana camina al lado de Ismael hacia donde está Óscar. Óscar no puede pedir ayuda. Tiene la boca tapada por un trapo, como en las películas malas, como en los relatos malos. Mariana actúa rápido. Ataca a Ismael. Tiene con qué. Pero Ismael sabe defenderse. No quiere el carro. No quiere dinero. La quiere a ella.

Mariana corre. El error de Ismael es no sacar el arma de fuego a tiempo. Mariana corre y sigue corriendo. Se le escapa. Sabe que el precio de su huida será la viudez del noviazgo, el tener una pareja asesinada por el hampa. Pero Mariana corre. No se detiene. ¿De qué sirve tener un novio vivo en un país de mierda como éste? ¿No es ése el mismo novio que no quiere irse? ¿No es ése el mismo novio al que no le interesa lo que le pase a ella porque él tiene un buen trabajo asegurado gracias al papá? ¡Que lo jodan! ¡Que lo maten! Si Ismael quiere quedarse con el Spark amarillo, que se lo quede. El carro, a fin de cuentas, no es de ella. Ella sólo quiero irse de ahí. Ella sólo quiere comprar en un mercado lo que le dé la gana. Ella sólo quiere tener un trabajo que sirva para algo. Ella sólo quiere hacer un posgrado. Ella sólo quiere disfrutar lo que le queda de juventud. Ella sólo quiere disfrutar del lujo de no morir asesinada. Mariana corre. Mariana corre. Mariana corre.

 

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “En el bosque”, de Ryunosuke Akutagawa.

 

 

 

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