Plomo

El chofer del autobús de nuestro colegio solía decir, cuando el día estaba despejado y lindo, que aquel día estaba bueno para volar. Dependiendo de mi estado de ánimo, solía imaginarme aviones o pájaros disfrutando del cielo límpido. El día que les cuento era uno de esos días. El Ávila tenía un verde fulgurante. Parecía una de esas barajitas brillantes de los álbumes Panini. Las personas sonreían en la calle. Cosa rara en una ciudad como Caracas. Los vehículos, y creo que ésta era una de las cosas más impresionantes, se daban paso. Todo esto a pesar de que el país estaba herido de muerte.

Si hay algo bueno que tenía Caracas era su temperatura. A veces, el termómetro se disparaba hacia arriba, pero eran contados días. Generalmente, el ambiente tenía una calidez exquisita. Esa calidez que, mezclada con humo de carros, es agradable para las personas que hemos nacido, crecido y vivido en ciudad. El aire parecía más suave que nunca. Sé que el aire no se puede ver, pero cuando lo sientes dándote caricias en la cara, es como los novios. Hay días en los que son más toscos y días en los que son más delicados. Los días así sólo pueden anunciar dos cosas, ambas extremas. Cosas muy buenas o cosas muy malas.

El balcón de mi casa tenía una vista relativamente privilegiada. Yo vivía en un piso ocho. Desde el balcón de mi casa se podía ver el Parque del Este. He ahí la razón por la que digo que la vista era privilegiada sólo relativamente. Cuando era pequeña, pasaba, encantada, tardes enteras viendo al Parque del Este. Cuando era pequeña, el Parque del Este era realmente hermoso. Era todo frondoso y hasta mi balcón llegaba como una cierta emanación de frescor. Yo sentía (aunque sé que es muy marico decir esto) que el Parque del Este era como una especie de amigo que me escuchaba. Con el tiempo, y con la dictadura, el Parque del Este se fue resecando y erosionando. Los animales que había allí se fueron muriendo de hambre y, por las tardes, el Parque del Este era el lugar típico para que los niches y los marginales no fueran a besarse, sino a tirar y a engendrar a más niches y marginales. Daba lástima verlo.

No sé exactamente cuál era la hora, pero era algo cerca de las once de la mañana. Vi una chispa que caía desde el cielo. El cielo estaba despejado y hermoso. Pensé en la mariquera que dicen de pedir un deseo cuando ves una estrella fugaz. Pero me pareció extrañísimo el ver una estrella fugaz a plena luz del día. Pensé que quizás había sido una paloma que, al igual que Ícaro, se achicharró por pasar volando cerca del sol. Pero era una tontería. Otra chispa, al igual que la primera, esta vez un poco más lejos, me puso en alerta.

Luego otra un poco más cerca. Luego otra, un tanto más lejos, casi encima del Parque del Este. Eran como pequeñas luces que bajaban formando líneas rectas u oblicuas. Eran luces que, como pequeños cometas, se estrellaban en la tierra. Como meteoritos mínimos. Pero eran abundantes. Cada vez eran más. Era un poco parecido a cuando volteas una luz de bengala, sólo que un poco más limpio, más ordenado dentro de lo que cabe. Las pequeñas flamitas delgadas hacían un pequeño ruido al estrellarse contra el suelo. “Prac, prac, prac”, hacían.

Yo estaba sola en casa. Mis papás estaban en el trabajo, como siempre. Era una mañana bonita y el sol, a pesar de los pequeños fuegos, seguía pulcro y hermoso. Me asomé hacia abajo, para ver a la gente. Los carros seguían en la misma marcha. Los peatones continuaban sonriendo. Creí, por un momento, estar yo sola viendo el extraño espectáculo del fuego que caía del cielo. Creí, por un momento, estar yo sola oyendo el curioso ruido que hacía ese fuego al aterrizar.

En mi casa (en mi apartamento) teníamos dos jaulas. Una de esas jaulas tenía dos periquitos. La otra tenía dos canarios. Uno de esos canarios era rojizo. Era espectacular. Era mi favorito. Más o menos, a esa hora de la mañana, el canario solía cantar (o trinar). De hecho, esa mañana lo estaba haciendo. A mí me relajaba un poco escucharlo cantar. Pero, a la par que había empezado el extraño fenómeno del fuego que bajaba del cielo y, haciendo ruido, se estrellaba contra Caracas, ni los periquitos ni nos canarios cantaron más. Hubo una vaciedad absoluta sólo interrumpida por el silbido del fuego y por el ruido que hacía este mismo fuego al estamparse de cuajo contra el suelo.

De todas formas, este ruido era bastante sutil. Había que aguzar un poco el oído para oírlo bien. Yo tenía, aunque ya el Parque del Este estaba en la mierda, aún la manía desde niña de asomarme por el balcón de mi apartamento a verlo. Creo que, si no lo hubiese hecho, jamás hubiese podido advertir el extraño y curioso espectáculo de las chispas que encandilaban el aire y, cada vez más abundantes y violentas, bajaban sin alterarse mucho por el viento hasta la ciudad.

Como los carros seguían haciendo su rutina normal y ningún peatón parecía aún alterado, me resigné a pensar que todo se trataba de alguna ilusión óptica. Mi vista siempre ha sido buena, pero pensé que quizás ya era hora de comenzar a buscar a algún buen oftalmólogo. Dicen que esta época de tantas pantallas puede joderte la vista hasta el punto de, prácticamente, volvértela mierda. Pero si el ruido que hacía el fuego también era una ilusión auditiva, quizás el problema era, simplemente, que estaba volviéndome loca. 25 años de chavismo vuelven loco a cualquiera. ¿Cómo podrían culparme?

Pero ahí estaba otra de esas chispas, otra de esas estrellas de corta vida que iban a morir sobre el asfalto y agitaban algunas hojas de algunas ramas de algunos árboles. No era tan fácil verlas en un principio. El sol brillaba y la luz del sol opacaba a la luz del fuego que caía. Pero los reflejos que hacían las chispas al pasar por ciertos puntos realmente herían las pupilas. Me asomé hacia otros balcones, a ver si alguien más estaba en el mismo plan que yo. Pero nada. Yo era la única idiota que estaba asomada viendo chispas de fuego que caían desde un cielo pulcro.

El ruido comenzó a ser cada vez más claro. Al principio era casi indefinido, pero luego al menos yo podía distinguir que era un ruido metálico. No era un ruido metálico muy estridente, pero daba la impresión de solidez que sólo tiene el metal al estrellarse contra cualquier cosa. Aún eran relativamente pocas chispas las que caían, pero caían con una frecuencia que seguía llamándome la atención. Todo tipo de posibilidades vinieron a mi mente. Incluso la de un avión comercial que se había vuelto trizas en el aire y ahora esparcía muy pequeñas piezas hasta la tierra. Mientras no me cayera encima comida asquerosa de avión, todo estaría bien.

Creo que me tranquilizaba un poco (o, mejor dicho, más que tranquilizarme, no me terminaba de hacer caer en un estado de real alerta) el hecho de que la ciudad seguía moviéndose como en cualquier jornada normal. El buhonero seguía pelando bolas. El policía seguía pelando bolas intentando joder al buhonero. El malandro seguía pelando bolas intentando joder al policía. Otro malandro, más malandro que el primer malandro, seguía pelando bolas e intentando joder al primer malandro, menos malandro que él, que intentaba joder al policía. Realmente nada se salía del canon de todos los días.

Aunque aún los granitos de fuego que se estrellaban contra el suelo seguían sin ser tantos, no les voy a mentir. Sentí una inquietud que iba creciendo. Iba creciendo casi a la par que las pequeñas chispitas. Pensé en tomar el teléfono y llamar a mi mamá. Pero ella me recomendaría a un psicólogo. Con qué cara iba ella a contestar el teléfono de su oficina para escuchar la voz de su hija no aterrada pero inquieta decir: “Mamá, está lloviendo fuego”. No valía la pena exponerse a eso. Al llegar a la casa me echaría el sempiterno discurso sobre las drogas. Es cierto. Las drogas me gustan. Pero, para ese momento, yo no estaba drogada.

Volví a ver de nuevo hacia el cielo para inspeccionarlo. Como tengo los ojos azules, soy más fotosensible que la gente normal (no quiero decir con esto que las personas de ojos azules somos anormales, pero ustedes me entienden). Coloqué la palma de mi mano perpendicular a mi frente para que hiciera de visera. Pretendí buscar el origen de aquellos extraños meteoritos. No podía ver nada. Intenté buscar alguna bola de fuego más grande desde la que se estuviesen desprendiendo los granitos, pero tampoco.

¿Por qué sonaban así las chispitas al estrellarse contra el suelo? El fuego no hace ruido. Bueno. Técnicamente sí lo hace. Crepita. Pero el hecho es que el fuego, si fuese sólo fuego, no debería hacer ruido al llegar al suelo. En todo caso un “zzzzzzzup”. Pero aquel ruido definitivamente era metálico. No había lugar a dudas. Eran pequeños trocitos de metal que, quizás por la fricción del aire (no sé si estoy diciendo una burrada física) o alguna cosa de ésas se encendían hasta aterrizar sobre Caracas. Y hay que tener realmente mala suerte para aterrizar en Caracas. Pobre metal.

No sé cómo no había pasado antes. Una de las chispas aterrizó sobre mi balcón. Yo me asusté. Hizo un ruido relativamente fuerte y, de hecho, arrancó un pedacito del piso, que era de granito rosado. No sé qué hubiese pasado si hubiese caído encima mío. Quizás me hubiese matado de una. ¿Quién sabe?. La chispa cayó como a un metro de mí. Mi balcón era relativamente grande. La chispa se quedó encendida un buen rato, antes de apagarse. Pude ver que, efectivamente, era metal.

Acerqué la mano al metal, que estaba casi incrustado en el granito rosado del piso de mi balcón. No me atreví a tocarlo. A pesar de que ya no estaba al rojo vivo, sentí, en mi mano, el calor que aún irradiaba. Fui a la cocina y busqué un tenedor. Con el tenedor toqué el metal. A lo lejos, aún caían chispitas que suponía que eran como la que había caído en el granito rosado de mi balcón. Miré de cerca el metal. Era una bala de plomo. Tuvieron que pasar unos minutos antes de poderla tocar con la mano. Era realmente pesada. Aún estaba tibia.

El viento, tan suave como había sido el resto del día, soplaba hacia el lado opuesto a donde yo estaba. Como si la pequeña lluvia de fuego, al menos por ese instante, no fuera a tocar más mi balcón. Aún veía chispas que caían lejos. De todas formas, sin cerrar la puerta de vidrio que separaba el balcón del resto del apartamento, decidí resguardarme bajo techo por si acaso. Uno de los pequeños metales cayó contra un poste. Hizo un ruido agudo que quedó perpetuado en pequeñas vibraciones hasta que, por fin, se calló.

Las balas seguían viéndose de vez en cuando, casi como relámpagos amarillos y pequeños. Caían separadas unas de otras. A una distancia quizás de unos 100 ó 200 metros entre ellas. Yo podía distinguir quizás dos o tres al mismo tiempo. Algunas increíblemente lejanas. Otras, las cercanas, al menos, por efecto del viento, que jugaba, al menos en ese instante, a mi favor, no apuntaban hacia mí. Por un momento, pensé que iba a escampar. Que todo no había sido más que uno de esos sucesos extraños que ocurren al menos una vez en la vida y que sirven para contar en las parrilladas.

Pero no. Era como la despedida de una tía ebria e insoportable que siempre parece que se va a ir a las dos de la mañana de una fiesta pero no termina de irse. Podían pasar varios segundos sin que se viese ninguno de los fuegos, ninguna de las chispas, ninguna de las balas. Pero siempre una, en la cercanía o en la lejanía, rompía esa paz que sólo duraba unos segundos. Hacía como todas sus hermanas. Bajaba encendida en fuego para estamparse y apagarse sobre el asfalto.

A pesar de que seguían siendo esporádicas, sí, poco a poco, iba dándome cuenta de que las balitas que caían desde el cielo eran realmente malintencionadas. Una cerca el Ávila. La otra cerca mío. La otra por el Parque del Este. Una más allá, cerca de La Carlota. Casi imperceptibles. Como ninjas amparados bajo la luz del sol, que ya estaba en el cénit. Ya había pasado cerca de una hora desde que me había fijado en la primera chispa. Entre pequeños solecitos de cortas vidas, había llegado el mediodía. Quizás el último mediodía.

T.M.

 

 

 

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