“Es la ley que nos rige y nos gobierna”.

Hace poco, uno de mis compañeros de promoción en el colegio San Ignacio me escribió para ver si yo iba pendiente de ir al reencuentro promocional. Este año cumplimos diez años de graduados. Irónicamente, el reencuentro no se va a hacer en Caracas, ciudad en la que está ubicado aún nuestro colegio. Las razones son obvias. Caracas es una ciudad moribunda y son muchos (pero muchos) los que se han ido de allí. El reencuentro se va a hacer en Madrid. Hay muchísimas personas de nuestra promoción en Madrid. Hay muchísimos venezolanos en Madrid. Me crispa un poco. Es una de las razones por las que me fui de allí. Amo a Caracas, seré caraqueño hasta mi último respiro, pero también soy muy hispanófilo como para soportar el ver tantas gorras tricolor y tantas consignas patrioteras (aunque sé que hay venezolanos realmente valiosos, nobles y buenos).

Yo le respondí a mi compañero que no. Que no contaran conmigo. Quise ser lo más sincero posible sin quedar como un grosero. Aunque, releyendo bien el mensaje, no sé si logré mi objetivo. Le dije que no pensaba gastar euros (que son escasos para mí) ni pretendía hacer un viaje de casi diez horas en autobús para ver a mucha gente que me es indiferente. No quise que pensara mal. Hay mucha gente de mi promoción a la que quiero y aprecio. Hay muchos incluso a los que suelo ver de vez en cuando y comparto con ellos momentos realmente agradables. Pero hay muchos que, simplemente, me dan igual, como estoy seguro que a ellos yo les daré igual. Nuestra promoción es sumamente grande. Es algo natural que esto suceda.

Siempre me crisparon un poco algunos aspectos de mi colegio. Mi grupo más cercano de amigos, con los que he compartido casi toda mi vida, son de mi colegio y de mi promoción (aunque ahora, por la diáspora, los veo con mucha menos frecuencia que cuando vivíamos en Caracas). Pero realmente hubo aspectos de mi colegio que me crispaban. No sólo del colegio de por sí. A mí me gustó mucho mi colegio y estoy muy orgulloso de haber estudiado y haberme graduado allí. Sino de todos los círculos que se tejían en torno a él.

He decidido escribir este relato/crónica/relación a raíz de una conversación que tuve hoy con uno de mis compañeros del colegio. Uno de esos compañeros medio marihuaneros que te van cayendo bien con el tiempo y con quienes te ríes mucho compartiendo una cerveza. Esta historia estará empapada de aspectos de la política venezolana, pero no será un texto político como tal. No será un ensayo. Mi propósito con este texto no es molestar ni ofender a nadie. Mucho menos abrir rencillas. Mi propósito con este texto es que el lector pase un momento divertido y, si es posible, sea capaz de ejecutar alguna reflexión.

Yo nunca, y creo que no soy el único, encajé con el molde del “ignaciano”. “Ignaciano” era una palabra que mi colegio (Colegio San Ignacio) utilizaba para determinar ciertas características que el colegio buscaba forjar en sus alumnos. Estas características, en teoría, eran valores cristianos católicos sumados a otras características de bondad y solidaridad, todas en teoría. Fueron pocos “ignacianos” los que llegué a conocer. En un colegio como el San Ignacio (al que, de verdad, le tengo mucho cariño) el más grande pecado o error que una persona podía cometer era no ajustarse al patrón. Y muchas personas tenían ese patrón, y defendían ese patrón.

El prototipo del estudiante del San Ignacio, al menos en mi época (no sé cómo será ahora, cuando la dictadura ha hecho mermar absolutamente todo), era, básicamente, el niño (o niña) pudiente, de padres perfectos y sin mucho pensamiento crítico. Era el niño que, mientras menos preguntas hiciese que pudiesen incomodar al dogma del colegio, sería mejor. Si este niño tenía ascendencia europea, mucho mejor aún (Y yo amo a los europeos. Muchos de mis mejores amigos son hijos o nietos de italianos, de españoles, de portugueses, etc. Al igual que pienso que ser pudiente, si se ha logrado con honestidad, no tiene nada de malo). Yo nunca fui (y no me da vergüenza decirlo), una persona particularmente pobre. Tampoco fui (y tampoco me da vergüenza decirlo) una persona particularmente rica. Si yo me hubiese quedado quieto, quizás mi historia en el colegio hubiese sido una sin pena ni gloria.

Pero el punto de quiebre se remonta a hace algunos 20 años. Yo siempre he admirado (y sigo admirando) a mi papá. Mi papá (y no es porque sea mi papá) es una de las personas más extrañas (extraña para bien) y particulares que existen. Es una persona (y les juro que no digo esto porque sea mi papá) culta y sabia. Es también una persona sumamente impulsiva. Mi papá proviene de una familia muy pobre, que sigue siendo pobre. Mi mamá sí proviene de una familia mucho más acomodada. Su historia fue un poco al estilo de Aladdín. Mi mamá era una princesa rebelde e inteligentísima que, en busca de su propio camino y de su epopeya, conoció a una especie de bohemio encantador y poco adinerado con el que se casó.

Pero eso no fue lo que sucedió hace 20 años. Lo que sucedió hace 20 años fueron unas elecciones presidenciales que cambiarían al país para siempre. Un tal Chávez, militar izquierdista, comenzó a encabezar las encuestas. Las encuestas, hasta entonces, habían sido encabezadas por Irene Sáez, una brillante mujer que prometía mucho pero que se dejó asesinar (políticamente) por COPEI. Un partido de católicos ultraconservadores medio ladillas. Un partido que se acoplaba perfecto a un lugar como el San Ignacio.

Los niños no suelen tener mucho pensamiento crítico. De hecho, hay personas que mueren sin haber conocido el pensamiento crítico. El pensamiento crítico es algo que se va cultivando con mucha paciencia y con mucha capacidad de ser escéptico para todo. Mi papá, impulsivo y con el espíritu medio izquierdista que suelen tener los bohemios como él, al igual que más de medio país, se dejó encandilar, hace 20 años por las promesas de ese tal Chávez. Y su hijo, yo, sin ningún tipo pensamiento crítico para el momento, alabó, por mera inercia de admiración paterno-filial, a Chávez en su momento.

No sé si he dicho que, para evitar malos entendidos y orientar este humilde texto más hacia el lado lúdico y divertido, cambiaré nombres para evitar que los co-protagonistas de esta historia se sientan aludidos. Sin embargo, advierto que la creatividad nominal no es algo que se me dé particularmente bien, así que es posible que los nombres ficticios que utilice para sustituir a los nombres reales sean realmente obviedades que puedan permitir que cualquier persona del entorno, con un poco de astucia, identifique, con facilidad, a las personas de las que hablo.

Estábamos en segundo grado y yo estaba contento. Por alguna razón, contra lo que se hacía todos los años, los salones no se remezclaron con el avance de grado. Yo ya había hecho mis amigos en primer grado (que fue mi primer año en el colegio) y, cuando pasamos a segundo grado, el salón se mantuvo intacto. Incluso, hasta tocó la misma maestra. Pongámosle, como nombre a esta maestra, Clari Sánchez. Clari Sánchez, la maestra, estaba un día dando clases. Para esa época, las maestras (creo que es algo que se sigue manteniendo hasta hoy) tenían una especie de asistente, como de maestra auxiliar (no es fácil controlar un salón con 40 niños). Clari Sánchez tenía una asistente.

Faltaban pocos meses (o pocas semanas) para las mencionadas elecciones presidenciales. Ya las opciones se habían reducido a dos. Chávez o Salas Römer. A Chávez no hace falta describirlo, creo que ya es un personaje famoso a nivel mundial. Una especie de genio maligno que supo por dónde cojeaba un país bananero y lo ahorcó hasta destrozarlo. Salas Römer tampoco merece la pena describirlo mucho. Era, simplemente, la oposición a Chávez. De haber ganado Salas Römer, el país, definitivamente, quizás estuviese jodido, porque el destino de Venezuela desde el 58 es estar jodida, pero, seguramente, no estuviese destrozado y muerto, como está hoy. De hecho, mi papá, como medio país, vive arrepentido de haberle dado ese voto a Chávez.

El hecho es que estábamos en una clase y Clari Sánchez, la maestra, detuvo por un momento las enseñanzas. Recuerdo que ella y su asistente (que era súper linda) se colocaron sobre el “escenario” del salón. El “escenario” del salón era, sencillamente, una tarima formada por una elevación en el granito que hacía que el pizarrón, y quien diese la clase, estuviese más elevado que el nivel de los pupitres en donde estábamos los estudiantes. Clari Sánchez y su asistente comenzaron a hablar sobre política. Sobre las elecciones. Creo que no lo hicieron con mala intención. No creo que fuese como el cuento “La composición”, del chileno Antonio Skármeta (quien, casualmente, había compuesto el cuento ese mismo año), en donde una dictadura, con mucha simpatía, pregunta a los alumnos de una escuela qué hacen sus padres durante la noche.

El hecho, es que Clari Sánchez pidió que levantasen la mano aquellos alumnos cuyos padres iban a votar por Salas Römer. En un colegio como el San Ignacio, es natural imaginar que todo el mundo levantaría la mano. Efectivamente. Eso fue lo que sucedió. Sólo un niño se quedó sin levantar la mano, ¿saben quién fue? Luego de pedir que todos bajasen la mano, Clari Sánchez formuló casi la misma pregunta, con la única variante de que el nombre de Salas Römer se cambiaba por el de Hugo Chávez. Sólo un niño levantó la mano, ¿saben quién fue?

A pesar de eso, mi vida estudiantil, hasta cuarto grado, fue normal, tranquila y feliz. El San Ignacio es un colegio grande con promociones grandes. Aunque no se encaje perfectamente en el estereotipo de ignaciano futbolista, siempre podemos encontrar amigos un tanto raros, como nosotros. Creo que no es necesario mencionar que Chávez ganó. Para ese momento, al igual que como sucedió el 23 de enero del 58, pero mucho más dramático, pocos sospechaban que el país se destrozaría en todas las formas posibles.

De ahí damos un salto hasta quinto grado. Quinto grado, al igual que sexto, son grados jodidos. Ser preadolescente nunca es fácil. Creo que si hay algo más peligroso que un adolescente, es un preadolescente. Por lo menos el adolescente ya tiene ciertas libertades. El preadolescente, en cambio, es un poco de nada. A eso súmense hormonas que comienzan a brotar y cosas así. Y las hormonas de la preadolescencia, al igual que las de la adolescencia, hacen a la gente impulsiva y estúpida.

Había una chama de mi salón llamada Ana Indalecia. Ana Indalecia era muy delgada y tenía un pelo como castaño tirando a rojizo que a mí me encantaba. Era la típica chama que, si estuviésemos en un colegio estadounidense cliché de los que salen en las películas, también clichés, sería la típica chama porrista. Casi todas las chamas de mi salón eran un poco así. Todas andaban en su grupo para arriba y para abajo, entrando en la pubertad y jugando a maquillarse. A mí no me importaba mucho. Yo estaba tranquilo con mis amigos.

Hubo un problema. A mí me gustaba Ana Indalecia. Cuando se es preadolescente, el que te guste alguien es como un juego divertido y agradable. No sé cómo será en estos tiempos de redes sociales y 2.0. Pero, antes, una sola mirada o una sola palabra de la persona que te gustaba te hacía sonreír, te alegraba el día y te hacía pensar en eso, prácticamente, todo el día. Ana Indalecia era simpática conmigo, al igual que con todo el mundo. Yo, como siempre creí que podía gustarle a alguien a fuerza de llamar la atención de las maneras más idiotas posibles, decidí que era el momento de “atacar”, de llamar la atención de la célebre Ana Indalecia.

Para esa época, aún no sabía escribir textos realmente buenos (como si supiese ahora), aún no sabía componer canciones o poemas (como si supiese ahora) y tampoco tenía mi glorioso y genial sentido del humor (ya saben lo que va adentro de este paréntesis, ¿no?). Cuando fui creciendo y haciéndome adulto, el atreverme a hacer las cosas (aunque fuese con miedo) y el perseguir mis creencias y mis sueños me hicieron una persona atractiva, aún cuando, físicamente, no soy una persona agraciada. Mis exs han sido mucho más guapas que tus exs. Pero de eso no trata este escrito. Volvamos a quinto grado.

Como estaba sin destrezas y era un preadolescente subnormal, como casi todos los preadolescentes, se me ocurrió llamar la atención de Ana Indalecia diciéndole a todo mi salón que yo era chavista (parte de esto aún radicaba en la inercia paterno-filial sin pensamiento crítico de la que les hablé). Recuerdo que todo el salón se volteó como si fuese una audiencia que apunta sus miradas hacia un escenario que ha apagado sus luces para anunciar que la función está por comenzar. Hasta la misma profesora de matemáticas, con lentes y una cola de caballo, preguntó con voz de sifrina casi cuarentona: “¿Eres chavista?”. Yo afirmé. Hubo murmullos. Ese hecho marcó un antes y un después en mi vida como estudiante y en mi vida en general. Al menos el objetivo (llamar la atención de Ana Indalecia) se había cumplido, ¿no?.

Me hice aún más antiignaciano para los cánones del colegio. Empecé a sufrir en carne propia el fantasma del bullying. Había dos tipos de bullying para mí: el bullying de la violencia (por suerte para mí, poco frecuente) y el bullying del rechazo. Comencé a ser el paria de la casta india, el bicho raro. Todo el mundo comenzó a apartarse de mí. A veces, algunos de mis compañeros me detenían en medio del recreo para insultarme. A veces, otros, al fin y al cabo sifrinos, me hacían entrevistas malintencionadas de preguntas punzantes (Ana Indalecia incluída). A veces, algunos profesores me llamaban aparte y me preguntaban si en verdad yo y mi familia éramos chavistas.

Hubo una profesora que, no sé si a raíz de eso o a raíz de que era (o es, no sé si está viva) una mala profesional, se ensañó particularmente conmigo. Sé que decir algo así puede sonar al típico “Ay, el profesor la tiene cogida conmigo”. Pero esta profesora, a la que nombraremos Carla, me subestimaba mucho. No era que me regañara, era que me subestimaba. No me permitía proponer. Trataba mis trabajos (que eran malos, ¿para qué mentir?) con muchísimo desprecio. Intentaba dejarme en claro que yo no serviría para absolutamente nada en la vida. Sus consentidos, sus ejemplos a seguir, siempre eran los más aplicados. Eso no está mal. Pero se supone que un profesor intente estimular a los no aplicados a ser como los aplicados. No a despreciar a los no aplicados.

Y esto es un inciso, que puede ser un inciso un poco dulce y cursi (y yo odio lo cursi), pero no dejen nunca que las Carlas del mundo los limiten. No dejen nunca que las Carlas del mundo determinen lo que ustedes pueden o no pueden hacer. La Carla que a mí me tocó me trataba con muchísimo desprecio y con una lástima que me hacía daño. Hoy, más de quince años después, yo, que se supone que no serviría para nada, tengo dos carreras, dos libros publicados (y dos en proceso de ser publicados), la monarquía española me nombró Caballero por mis contribuciones a la cultura y hoy cociné un pavo con papas brutal. Las Carlas del mundo creen que todos los que sacábamos malas notas lo hacíamos porque éramos todos vagos y tontos. A las Carlas no les cabe en la cabeza que un buen estudiante baja sus notas porque sus compañeros (incluyendo muchos a los que las Carlas consideran ejemplares) lo agreden, lo humillan, lo apartan, lo insultan. Y para éste estudiante agredido, humillado, apartado e insultado, es más importante buscar estabilidad emocional que saber cuántas palabras se pueden poner o no poner en un mapa conceptual.

Por fortuna, al llegar el bachillerato y convertirme en adolescente, se dio un cambio drástico. Un cambio como el que generó Gutenberg a la humanidad, pero en la vida de un muchacho un tanto apartado. Poco a poco fui conociendo a más personas de mi promoción. El San Ignacio es un colegio grande de promociones grandes. Hay como muchas órbitas y muchas galaxias que danzan y conviven entre sí. En un colegio como el San Ignacio puedes encontrar oro y puedes encontrar cianuro, puedes encontrar la tolerancia más grande y el desprecio más bochornoso. Esos amigos, que conservo hasta el sol de hoy y a los que les agradezco tanto, fueron responsables de que yo tuviese un bachillerato muy feliz. Esos amigos me permitieron ser quien quise ser, quien quiero ser y quien siempre querré ser. Esos amigos siempre me apoyaron en mis sueños de ser escritor, de ser artista, de ser rockero, de ser un pan con Nutella, de ser un espagueti con salsa roja. Me apoyaron en todo. Y siguen apoyándome. Me permitieron tener sentido del humor y tener, cada vez, menos miedo. Eso incluye también a algunos profesores a los que quiero con el alma. Al entrar en humanidades, casi todos mis mejores amigos se fueron por ciencias. Pero, al entrar en humanidades, volví a ser un buen estudiante.

Con casi toda mi promoción tengo un trato cordial. Incluso con esa gente que, como dije al principio, me da un poco igual. Incluso con esa gente que, irónicamente, tras ser muy ignacianos, supuestamente terminaron haciendo negocios turbios con el chavismo o bailando para quienes hicieron negocios turbios con el chavismo. Es algo que no sé con certeza, ni lo quiero saber. Pero el haber pasado por una experiencia así en un colegio dogmático como el San Ignacio (al que quiero mucho), te sensibiliza, te hace abrir el corazón hacia todos, quizás no para ser amigos, porque no podemos ser amigos de todos, pero al menos para saber escuchar, para romper el molde, para atreverse a ir contra esa ley que, como decía un himno entonado muchas veces en el San Ignacio, “es la ley que nos rige y nos gobierna”.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

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