Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.

 

 

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