Ashley

La profesora hizo un silencio de varios segundos antes de decir el nombre de Ashley. Hasta su expresión cambió. Era como si de pronto le hubiese venido un recuerdo que no hubiese querido recordar. Creo que la profesora era la primera que no se lo podía creer. Ashley había sacado 05. No sé si la profesora lo hizo a propósito o lo hizo por torpeza, pero mostró la hoja del examen corregido de Ashley de una manera en la que todos pudimos ver el insólito 05 escrito en marcador rojo. Creo que a Ashley, así de buenas a primeras, no le molestó tanto el 05 como el que todas las miradas y toda la atención del salón se hubiesen dirigido tan súbita y abruptamente hacia ella.

La clase, que no se hallaba en momento de lección sino en esa especie como de receso que se forma cuando se reparten los exámenes, se detuvo por completo. Incluso algunos compañeros se levantaron de sus asientos. Algunos se acercaron al 05 que había sacado Ashley y que aún la profesora sostenía en su mano, como si se estuviesen acercando a una pieza de museo resguardada por un cordón de seguridad. Yo no me levanté, aunque sí me sorprendió un poco que una estudiante tan aplicada y tan estudiosa como Ashley sacara, de pronto, un 05.

Creo que fue uno de esos delegados pollos que van a dar noticias entre salón y salón que había visto todo mientras estaba escorado en el marco de la puerta. El hecho es que, de alguna manera, la noticia de que Ashley Narváez, la muchacha, junto conmigo, que sacaba las mejores notas de todo el salón y de todo el colegio, había sacado 05 en el examen de geografía económica. Incluso, y les juro que no les miento, desde donde yo estaba se podían escuchar los murmullos que hacían los otros salones cuando se enteraron de la noticia. Así de famosa era la cabeza de Ashley.

Luego de unos segundos, en los que había superado la vergüenza poniéndose un tanto roja y haciendo una sonrisa forzada, Ashley se levantó de su pupitre y tomó el examen. Ocultó la cara visible de su examen a todos, como si todos no la hubiesen visto ya. Ashley, al lado del escritorio de la profesora, le echó una ojeada a las dos hojas engrapadas que formaban su examen. Luego de una especie de meditación, que duró unos 20 segundos, Ashley se acercó a la profesora y solicitó revisión. La profesora hizo caso. Tomó las hojas del examen de Ashley y las revisó, no sin antes acomodarse los lentes. Los lentes que tenía la profesora, anciana y regordeta, eran uno de esos lentes de vieja decimonónica que tenían una cadenita. “Es cierto”, le dijo la profesora a Ashley mientras tachaba el 05 y escribía una la nueva nota. Ashley había sacado 04. Nuevo murmullo, más sonoro que el anterior.

Ashley se acercó a mí a la hora del recreo. Ella, a veces, en algunos recreos, me acompañaba a fumar. Pero ella no fumaba. Al menos, no al principio. El hecho es que todavía tenía su 04 en la mano. “No sé cómo se lo voy a decir a mis papás”, me dijo Ashley. “¿Para qué se los vas a decir? ¡Qué estupidez!”, le dije yo. Pero en parte comprendía lo que la preocupaba. Los papás de Ashley, tan ejemplares como su hija, eran de esos papás que pasaban casi en caravana cuando iban a llevarla o a buscarla al colegio. Cada uno tenía un carro arrechísimo. El papá tenía un Volkswagen del año y la mamá tenía un Mazda del año. Unas dos veces, cuando tuve la oportunidad de ir a la casa de Ashley, me quedé crispada. Había que pedir permiso hasta para levantarse de la mesa.

Ashley, a pesar de que era una chama súper aplicada, tenía amigos. Al principio buenos amigos, luego malos amigos. De hecho, estos buenos amigos, que aún le quedaban varios, se acercaron a ella a lo largo de aquel día, cuando a Ashley le entregaron su 04, y le dieron palabras de ánimo. Decían lugares comunes que son dichos a una persona talentosa cuando falla. Es que debo reiterar que, de pana, Ashley era realmente brillante. Era. El hecho es que estos amigos le daban a Ashley palmaditas en la espalda y le decían cosas como “Son cosas que pasan” (como si a Ashley se le hubiese muerto alguien), o “Al mejor cazador se le va la liebre”.

Pero lo cierto es que esas cosas que pasaban, siguieron pasando. Lo cierto es que a esa cazadora llamada Ashley Narváez no sólo se le fue esa liebre, sino que comenzaban a escapársele hasta las liebres más lentas. Al principio fue el 04 que ya he mencionado, el de geografía económica. Luego fue un 07 en matemáticas. Luego fue un 06 en historia de la cultura. Era realmente alarmante para quienes habíamos visto, durante muchos años, a una caraja que sólo sacaba diecinueves y veintes.

De hecho, el cambio de Ashley no sólo comenzó a verse en sus notas, en esos exámenes con notas mediocres que llegaban a sus manos, ante el asombro de los profesores, de los coordinadores y hasta de Argelia, la directora del colegio. Ashley, al menos cuando fue aplicada, era de esas chamas que levantaban la mano a la velocidad de la luz para intervenir. Era de esas chamas que no dejaban que los demás respondieran. Era de esas chamas que conocía y se sabía todas las respuestas del universo. Yo también sabía todas las idioteces que la profesora preguntaba, pero a mí, sinceramente, me daba ladilla ilustrar a los imbéciles de mis compañeros. El hecho es que Ashley, con el tiempo, fue dejando de intervenir. Ni siquiera le paraba bolas a cuando los alumnos y el profesor de turno volteaban a verla esperando que se supiese alguna respuesta que más nadie se sabía. Ella estaba o haciendo dibujos en la parte de atrás de su cuaderno o viendo cosas en el celular.

No menos impresionante fue la primera vez que a Ashley la sacaron de clases. Incluso, alguno de nuestros compañeros dijo: “Qué bolas. Ashley botada de clases. Ahora sí que se acaba el mundo”. Fue en una clase de historia de Venezuela. Estaban, como en el 75% de las clases de historia de Venezuela, hablando sobre el imbécil, subnormal y traidor de Bolívar, el que, injustamente, tiene el título de Libertador de Venezuela. Estaban hablando de la relación que tenía Bolívar con Manuela Sáenz. Manuela Sáenz era poco menos que una puta que estuvo con Bolívar durante un tiempo. El hecho es que Ashley lanzó un comentario que hizo reír a toda la clase. El comentario era algo así como que deberían hacer una porno sobre Bolívar y Manuela Sáenz. Me pareció cómico no sólo el comentario, sino que Ashley era el tipo de caraja que, antes, se indignaba cuando un comentario cómico interrumpía la clase. Por ese comentario, demás está decir, fue que se arrechó la profesora, una cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido, y la botó. De hecho, se decía que esa cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido era una cougar a la que le gustaba cazar carajitos. Pero de eso hablaremos otro día. O no. Quién sabe.

Había que ver la cara que tenía la mamá de Ashley cuando la citaron, junto a su esposo, por el comportamiento y el dramático descenso en notas que había tenido su hija. La mamá iba con actitud de luto y el papá con actitud de indignación. De verdad que los papás de Ashley, en su actitud, en su personalidad y hasta en su manera de vestir, parecían personajes sacados de una caricatura. De hecho, cuando la coordinadora de nuestro año los citó, podía verse, a través de la puerta transparente de la sala de profesores, a la mamá de Ashley haciendo gestos histriónicos. Parecía una de esas actrices mediocres de televisión venezolana mediocre.

Pero ni aún con los regaños, y quizás los golpes que le habían dado los papás de Ashley a Ashley, Ashley sentó cabeza. No fue una sino varias materias las que llevó a reparación. Parecía que a ella no le importaba nada. Ella había cambiado y quizás desempolvaría su brillantez para hacer magia en las reparaciones y salvar todo. Pero de pana era una especie de humillación que le hubiese quedado, casualmente, geografía económica. A pesar de todo, no era una materia difícil y hasta Marcos, Marquitos, el futbolista levantapesas y retrasado mental de la clase, había pasado geografía económica.

Ashley había comenzado a juntarse con gente rara fuera del colegio. En el colegio, seguía juntándose con los amigos de siempre, a pesar de que cada vez se veía más distante para con ellos. Ashley llevaba, dentro de su bulto, su propio monte para fumar con nosotros. A mí me incomodaba. Se notaba que era nueva en eso. Se notaba que era algo con lo que no se terminaba de sentir cómoda. Como si la Ashley polla y nerd que, en su interior, no terminaba de morir, le dijese: “Marica, qué coño haces”.

No es que tenga nada de malo fumar monte. No es que tenga nada de malo drogarse (Aunque con cabeza y sin mezclar, ¿eh?). A mí lo que me arrechaba era que ella pretendía ser cool haciendo eso. Fumar monte y drogarte no te hace mejor o peor que nadie. La idea es que lo disfrutes legítimamente. A veces , Ashley era tan inexperta que el porro se le deshacía al momento de encenderlo. Cuando los otros estaban flotando o estaban hablando entre ellos, Ashley me pedía, como si fuese una niña pequeña, que, por favor, le armara un buen porro. Yo no sé ni por qué yo accedía. Quizás, a veces, me cuesta decir que no.

Las reparaciones son como una amenaza que es un poco subestimada hasta que toca a la puerta. Es un poco como la muerte. Cuando las reparaciones estuvieron realmente próximas, Ashley tuvo una especie de despertar, o de lo que nosotros pensamos que era un despertar. Se le vio un poco más tranquila, se le vio tomando apuntes (que ya muchos no servirían de mucho por lo graves que estaban sus materias) y decía que no quería perder el año. Decía que se iba a fajar. Todos nos alegramos un poco. Todos le creímos. Al fin y al cabo, Ashley había sido una de las chamas más aplicadas de nuestro colegio.

Incluso, para evitar posibles distracciones en casa, se quedaba estudiando, durante las tardes, en el mismo colegio. Me daba como paja verla ahí sola, sentada en una mesa sin despegar la mirada de los libros. Pero se notaba que no estaba leyendo. Se notaba que estaba pensando en cualquier otra cosa. A veces, ni siquiera estaba. Se quedaban allí sus libros y sus cuadernos con la imagen un poco poética y tonta de las hijas de sus cuadernos y de sus libros moviéndose con el viento. Ashley se iba a tomar breaks que eran más largos que los mismos tiempos de estudio. La encontrada sentada en nuestro rincón de las drogas. En una especie de cuartucho que había entre el campo de fútbol y el laboratorio de biología. Ashey veía la pared. Estaba flotando. A veces, la regañaba. A veces, me sentaba a acompañarla.

Me ofrecí a ayudarla. Sabía que ella había cambiado. Sabía que sola nunca pasaría todas las materias que había llevado a reparación. Ella me lo agradeció. Y yo juro que lo intenté. Pero de pana fue inútil. A los diez minutos, ella dirigía su atención hacia cualquier otra parte. Parecía una niña pequeña. De hecho, sacaba su celular y comenzaba a mostrarme unas fotos de ella desnuda. Me gustaban, no voy a negarlo. Pero hubiese preferido verlas en otras circunstancias. Ella mandaba ese tipo de fotos a carajos que tenían nombres rarísimos. No le importaba si esas fotos se hacían públicas. Y pensar que, unos meses antes, el celular de Ashley era el típico celular que tenía fondos maricos de paisajes acompañados de frases maricas motivacionales.

A Ashley no le entraba nada de lo que le yo le explicaba. Ella, que había llegado incluso a enseñarme alguna cosita que a mí no me había quedado clara alguna vez. Ella misma cerraba los libros. Me recordó a la Alicia estúpida que está encima del árbol al inicio de la película de Disney. Ashley ya no tenía preocupaciones académicas. Todas las preocupaciones de Ashley, en ese momento, eran de otra índole. Buscaba en su teléfono tutoriales sobre sexo. Eran tutoriales asquerosos. A ella le preocupaba que yo no sé quién, que seguro era de sus amigos mala influencia, se sintiera satisfecho con ella.

No recuerdo, exactamente, cuánto fue, exactamente, el tiempo que estudiamos juntas. Al principio, la mamá de Ashley, la señora que les he contado que era toda histriónica, me llamaba casi todas las noches a preguntarme por el progreso de Ashley. Yo no sabía qué decir. Podría echar todo un discurso sobre las influencias, sobre las juntas. Las juntas pueden descomponer o recomponer a cualquier persona. Pero yo resolvía con un salomónico “ahí vamos”. No sé si la mamá de Ashley me creía, pero, al menos, me daba las gracias.

Una tarde, Ashley comenzó a llorar. Yo no la quería abrazar. A mí no me gusta abrazar a la gente. Dijo que ella quería ser como Melisa. Melisa era una chama (ya, para esa época, no era ninguna chama, tendría unos 35 ó 40 años) que era casi una leyenda en nuestro colegio. Era hermana de una de nuestras chamas de promoción. De Melisa se decía que había roto todos los tabúes que podían existir. Que ella fue la que llevó el sexo, las drogas, el alcohol y las orgías a nuestro colegio. Me daba mucha risa que Melisa tenía esa ambigüedad. Ningún profesor supo nunca nada de la vida “oculta” de Melisa. Melisa, como sacaba buenas notas, era considerada una alumna ejemplar. Pero ya era una casada aburrida.

Cuando faltaban como dos o tres días para presentar las reparaciones, Ashley me dijo que no iba a presentar nada. Que había tenido una conversación con sus amigos. No quise saber quiénes eran sus amigos. Pero supuse que eran esos amigos raros que la habían cambiado tanto. A mí, en verdad, no me interesaba. Al fin y al cabo, Ashley tampoco era nada mío. Cerré el libro y me rendí. Lo que no soporté era que Ashley comenzara a hablarme de la universidad de la vida. Siempre he odiado eso. Es como la excusa que tienen los mediocres cuando no se han graduado en carreras de verdad.

Helena Eco.

 

 

 

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