Las oportunidades perdidas

He pasado gran parte de mi vida preguntándome por qué existe tanto terror en torno a la muerte. Muchas veces, en mi entorno cercano, la muerte se convirtió en un tabú, en un tema del que no se podía hablar. Tengo muchos familiares y conozco a muchos familiares de amigos que, cuando yo traía a colación, en alguna cena de Navidad o de año nuevo, o en algún cumpleaños, el tema de la muerte, inmediatamente me censuraban. “De eso no se habla, Helena”, me decían no sin antes verse entre ellos, como si yo hubiese tocado algún cable prohibido para ellos, como si hubiese activado una alarma. Yo me quedaba un poco callada. No tenía más ganas de hablar. Me cohibía. Permanecía en silencio desde entonces, comiendo mi pedazo de torta con gelatina (sobre un plato de cartón con un dibujo pirata de los Power Rangers) si era el caso de una fiesta o sacándole las pasas y las aceitunas a mi hallaca si era el caso de una cena o de una reunión decembrina.

Pero en Caracas, inevitablemente, nos vimos obligados a hablar de la muerte. La muerte llegó a nosotros en cantidades industriales, como diría mi papá. Mucha gente que veías un día, te enterabas, por boca siempre de un conocido común, de que había muerto. Aún así, la muerte era un tema tabú. “No hables de eso, Helena, por favor. Sabes que no me gusta”, me decía mi mamá cuando yo ya tenía una edad suficiente como para expresar opiniones maduras. Cuando ya yo no comía en los platos de Power Rangers y le había agarrado el gusto a las aceitunas y a las pasas de las hallacas. Mi mamá se ponía roja, a ella le daba pena con los invitados.

Siempre me pareció un poco tonto el no poder hablar abiertamente acerca de la muerte con mi familia. Más que tonto, me parecía algo decepcionante. No voy a mentir y a decir que yo nunca le he tenido miedo a la muerte, porque la muerte me aterra, un poco como a todos. Pero siento que me aterraría menos si no fuese un tema tan tabú. Creo que esa censura que siempre sucedía a mis ganas de hablar de la muerte me provocaron una especie de repelencia, de miedo conductista al chispazo de obediencia que alguien arrojaba hacia mí cuando yo quería hablar de la muerte, como si fuese un collar eléctrico puesto a un perro con el fin de enseñarle a hacer (o a dejar de hacer) algo. “Eso no se toca, Helena”. “Helena. No”. “Helena. Mala”.

Creo que con la primera persona que pude hablar abiertamente acerca de la muerte era Víctor. Víctor era un amigo del colegio. Era una persona fascinante, aunque no era muy avispado. Él siempre disfrutaba hablar de ese tipo de temas, aunque muchas veces no los entendía bien. Lo mismo me sucedía a mí. Estaríamos como en séptimo grado. Cuando estás en séptimo grado, sientes que sabes acerca de todo pero, en verdad, no sabes una mierda. Pero era muy agradable sentarnos, junto a una bolsa de Ruffles y una Coca-Cola, a hablar de lo que nosotros creíamos que era filosofía. Cuando estudié filosofía, muchos años después, caí en cuenta de la infinita insignificancia semántica de nuestras conversaciones, pero qué buenas conversaciones, de pana.

Me gustaba mucho ir a casa de Víctor. Víctor tenía una casa medio vieja en Los Cortijos. Era una de esas casas que están forradas con armarios de madera obscura que están repletos de libros polvorientos. Esa casa me encantaba. La iluminación amarilla hacía que los libros se viesen aún más arrechos. Había un poco de todo. Desde las “Cartas Persas” hasta grandes libros con espectaculares fotografías acerca del cine dadaísta. Fueron tantas cosas las que aprendí en esa casa, que el cariño que siempre le he tenido a Víctor siempre está acompañado de una especie de agradecimiento por haberme abierto a ese mundo.

La familia de Víctor era un tanto disfuncional. Estaban todos locos, pero eran locos de pinga. Me incomodaba un poco que, a veces, algunos de los familiares de Víctor pensaban que Víctor y yo teníamos algo. Yo no sé si en casa de Víctor vivían mil personas o siempre se reunían ahí casualmente cuando yo iba a visitar. Aunque llegó un momento en el que iba, prácticamente, todos los viernes, sin falta, a casa de Víctor. Al principio siempre pedía permiso o esperaba una invitación, directa o indirecta, proveniente de él. Luego tocaba el timbre y me abrían, aunque Víctor no estuviese (Todo esto cuando, naturalmente, no iba con él directamente desde el colegio). Por último, una vez el papá de Víctor me dijo: “Toma. Para que dejes de ladillar, Helena. Que me vas a dañar el timbre”. Y me dio una copia de las llaves de la casa. Aunque lo que me dijo, naturalmente, fue sin malicia, fue para hacerme reír, cosa que yo, efectivamente, hice.

Una vez hice una lista (que nunca le llegué a mostrar a Víctor) con los nombres de sus familiares. Era siete nombres, que ya yo conocía bien. Estaban ordenados en una especie de ranking en el que el primero era al que yo consideraba el más chiflado, y el último el más cuerdo, el más normal. Víctor no hacía parte de la lista. Él, a pesar de que era un extraño, un poco al igual que yo, en comparación al resto de la gente de nuestro colegio, era un chamo que tenía la cabeza bien amueblada y que no tenía arranques de ningún tipo.

La lista la encabezaba Manuel, su tío Manuel. La verdad es que su tío Manuel era una persona muy simpática y encantadora, no digo que no. También era atento y hasta un poco carismático. De hecho, ni siquiera sabría si considerarlo un loco. El cambio que Manuel experimentaba no venía de su cabeza propiamente, sino de los cambios que ésta sufría bajo los efectos del alcohol. Manuel bebía mucho. Es cierto que la familia de Víctor bebía muchísimo, pero Manuel se pasaba. De hecho, me daba mucha risa ver, algunas noches, a la mamá de Víctor, la hermana de Manuel, diciéndole, totalmente borracha, a Manuel: “Coño, Manu. Deja ya. Has bebido demasiado”.

Pero lo cierto es que era muy de pinga emborracharse en la casa de Víctor. Yo nunca fui una persona particularmente aficionada a la bebida, pero si algo aprendí a beber fue por haber ido tantas veces a casa de Víctor. Cuando ya todos estaban entonados, sobre todos los adultos (al fin y al cabo, Víctor y yo teníamos, para cuando comenzamos a beber, unos 16 ó 17 años) se ponían a hablar sobre cosas brutales, sobre esas cosas que, de pana y aunque suene marico, te llegan al corazón.

En casa de Víctor había un telescopio gigante. Recuerdo que, una vez, y esa vez creo que fue la que más me marcó, una tía de Víctor, naturalmente bebida, me llamó para ir junto a ella. Ella estaba al lado del telescopio. “Helena. Tú has sido una amiga de esta familia por varios años. Marica. Eres de esta familia”, me dijo. Me encantaba, aparte de esto que me estaba diciendo y que refiero en este texto, escucharla hablar. Tenía un timbre de voz grueso pero que era encantador, seductor, como si fuese una cantante de Bossa Nova recitando alguna especie de poesía. Además, su voz quedaba espectacular junto a la música experimental que siempre sonaba en las cornetas de la casa. Eran unas cornetas grandes que hacían vibrar un poco las paredes. No porque sonaran tan duro, sino porque todo en casa de Víctor parecía estar a punto de caerse.

El hecho es que aquella tía de Víctor me hizo mirar por el telescopio, que dominaba perfectamente, una especie de lucero rojo del que nunca me dijo el nombre real. Yo me quedé como embobada. Creo que el efecto del alcohol hacía que el lucero rojo se viera todavía más arrecho. Yo no sé por qué el cielo de Los Cortijos, a pesar de que es uno de los peores de Caracas, era tan indulgente con ese telescopio. A veces los astros en ese telescopio (que, en su defensa, era realmente grande) parecían falsos, parecían una proyección de cine. Cuando le pregunté a la tía cómo se llamaba aquella cosa roja que brillaba, me dijo que esa sería la estrella Helena. Yo me puse a llorar. No me puse a llorar ni de tristeza ni de felicidad. Me puse a llorar porque el gesto, estando yo tomada, me pareció espectacular. Creo que ha sido la vez en la que me he sentido más querida en toda mi vida. Sentí, al menos en ese instante, que mi familia de sangre era secundaria, que yo realmente pertenecía a esa casa de locos, de chiflados que veían estrellas mientras tomaban whisky y escuchaban música experimental. “Qué de pinga es tenerte en mi vida, marico. Qué de pinga es haberte conocido”, le dije a Víctor, aún cuando yo tenía restos de las lágrimas en mis ojos. Y le di un beso largo en la boca. Pero no un beso de movimiento de bocas, sino como un piquito largo que fue celebrado por toda la familia.

Creo que el único tema sobre el que no me gustaba hablar con ellos era uno que siempre traía a colación Manuel. Era el tema de las oportunidades perdidas. Manuel sólo lo tocaba cundo ya estaba muy, muy tomado y se había sentado en el sofá rojo tan grande que había a uno de los lados de la sala. Se sabía con antelación cuando Manuel iba a tocar ese tema. Todo en su expresión cambiaba. Sus ojos se tornaban como más sombríos. Su gesto se hacía más duro y helado. Con una mano sostenía un vaso con whisky y en la otra agitaba sus dedos una y otra vez. Siempre era el mismo gesto, el mismo prólogo.

Pero no me gustaba dejar a Manuel solo. No porque fuese a hacer algo malo o peligroso, sino porque me daba paja verlo sentado como en un estado de trance triste mientras el resto de la reunión estaba contenta bailando o viendo estrellas o tomando o hablando sobre la última novela de Barrera Tyzska. Y yo me acercaba a donde estaba Manuel, que empezaba a hablar incoherencias con cierto sentido antes de caer en el tema que mejor dominaba en la vida. El tema de las oportunidades perdidas.

Y no era la primera vez que él me hablaba de eso. De hecho, la misma tía que me enseñó la “estrella Helena” ya me había advertido de que, cuando Manuel alguna vez me hablara del tema de las oportunidades perdidas, yo le siguiera la corriente. No seguirle la corriente como a los locos agresivos, sino como a los locos melancólicos. Yo pude haber sido peor. Yo podía dejarlo solo en su sofá rojo. Pero todos en la familia habían hecho el ejercicio e ignorarlo. Supongo que ya estaban hartos del sempiterno discurso de las oportunidades perdidas.

Y con respecto a mí, aunque no me gustaba hablar de ello, siempre encontraba algo nuevo en el discurso que siempre tocaba el mismo tema, el de las oportunidades perdidas, que siempre, aunque contase en teoría lo mismo, tenía alguna novedad. No alguna novedad en la historia o en el discurso, sino en la manera de decirlo, así fuese un ligero parpadeo que confería a todo un aire de estreno de cine. Manuel emitía una gran exhalación y sus ojos se humedecían. Comenzaba a hablar de los tiempos en los que él estudiaba en la Escuela Superior Venezolana de Astronomía (Escuela que nunca existió y que ya, al menos para mí, era prueba suficiente de que todo era una especie de mentira bondadosa, para hacer conversación).

Yo me sentía un poco como una niña que finge sorprenderse ante un cuento que su abuelo ya le ha echado muchas veces. Al fin y al cabo, el telescopio por el que yo había visto a la estrella Helena pertenecía a Manuel. Él decía que había sido un alumno destacadísimo de la fulana escuela de astronomía, pero que había perdido la oportunidad de ser un nuevo Armstrong o un nuevo Gagarin por culpa de una tal Alicia, una muchacha rubia que había conocido alguna vez, según él, desnuda mientras se bañaba en una playa de Macuto. “Cuando Macuto era bonita”, me decía.

Y él, por Alicia, de quien nunca me mostró ni una foto, ni una carta, ni un zarcillo, había dejado todo y se había dedicado sólo a ella. Y a ella, supuestamente, se la había llevado la muerte, esa misma muerte sobre la que yo siempre quería hablar pero nunca me dejaban. Yo no le hacía preguntas a Manuel. Yo sólo me limitaba a escuchar y a asentir. Pero si había algo que realmente yo atesoraba en su discurso, era el gran consejo que siempre me decía antes de levantarse del sillón, de pasarse de nuevo el suiche de la alegría y de reincorporarse a la fiesta: “El amor es un agujero negro, Helena, como esos que hay en el espacio, que se tragan todo. No te enamores nunca. Sólo enamórate de lo que quieres hacer en la vida. Si no, vas a terminar borracha, molestando a las amigas de tu sobrino”, me decía mientras se levantaba y se frustraba al ver su vaso ya vacío, sólo con hielos a medio chupar. “Te lo prometo, Manuel. Nunca me voy a enamorar”, le respondía yo, dándole un pequeño beso en la frente, que él me agradecía con una triste sonrisa.

Helena Eco.

 

 

 

 

 

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