Ser groupie en Caracas

Ser groupie en Caracas es un poco triste. Pero quienes no hemos salido de Caracas no conocemos mucho más. Para nosotras, el guitarrista medio desafinado de una banda de rock cotufa de Los Arcos (que hace gestos histriónicos intensos mientras toca lo más básico dentro de lo básico) es lo más parecido que tenemos a Jim Morrison. Un chamo con una Lacoste verde y aroma a Ralph Lauren que asegura que su influencia es Muse. Porque pareciera que los rockeros del este no tienen otra influencia que no sea Muse.

Pero es divertido ser groupie en Caracas. Una se la pasa bien después de todo. Te invitan a reuniones en La Lagunita o en El Marqués. Todo depende de a quien te acerques. No es muy difícil obtener los favores de los rockeros de Caracas. Sólo hay que jalarles bola. “¡Guao! ¡Qué bien tocas!”. Ya lo tienes en tu poder. Un par de tragos de Santa Teresa o de Cacique y a la cama. O no realmente a la cama. A cualquier baño más o menos limpio que haya en el local. Pero los locales suelen ser de clase media alta. Los baños suelen estar limpios. Los condones siempre los lleva una. O a veces sólo confiarse al Postinor.

Ser groupie en Caracas es un poco triste. Pero quienes no hemos salido de Caracas no conocemos mucho más. Nosotras no podremos tener el tupé de decir que un rockero nos hizo suya en una butaca vacía del Carnegie Hall o en un rincón apartado de un Rock in Rio. Nosotras tenemos que pagar un taxi entre tres. Un taxi que nos lleva a la Quinta Bar o a Discovery (aunque Discovery ya no existe). Nosotras tenemos que aguantar la mirada al escote que nos hacen los parqueros viejos o los seguridad calvos. Sólo una vez conocí a un seguridad de pinga. Se llamaba Manuel. Era gordo y respetuoso como nadie. Un caballero. Cortés cuando tenía que serlo y agresivo cuando la profesión lo exigía. Aunque su historia no importa mucho.

La historia es otra cuando los rockeros de Caracas tienen más o menos éxito. Una nominación al Grammy Latino o a algún otro premio mediocre que otorga la industria. Una nominación casi por lástima que hace la industria para solidarizarse con Venezuela. Una nominación que se muere cuando el premio se lo dan a un grupo de verdad. Un grupo como El Cuarteto de Nos. Aunque a los verdaderos grupos de rock no los nominan a premios tan malos. Aunque hay grupos que lo merecen. Yo celebré cuando ganó La Vida Bohéme. La Vida Bohéme es brutal. Aunque nunca pude conocerlos personalmente. Con todo lo que “Conocerlos personalmente” implica.

Los rockeros son gente particular. Al menos lo son los rockeros de Caracas. Hay excepciones. Evidentemente que hay excepciones. Pero muchos no hacen rock por hacer rock. Muchos lo usan como un medio y no como un fin. “Toca la guitarra y verás cómo te llueven las carajitas”, dice algún tío sádico. Y su sobrino imbécil sigue su consejo. El papá (que es oficinista de importancia en Banesco) le compra una guitarra de gama alta. El chamo se apunta en la academia de Allegro. Complementa su formación viendo videos en Youtube.  Y lo peor es que le llueven las carajitas al final.

Son pocos los que te dicen que tienen novia. Son pocos los que te dicen que no. Muchos de los que tienen novia igual te dicen que sí. Hay unos que son solteros y patéticos. Álvaro Casas es uno. Álvaro Casas toca en Americania. Americania es una banda que se cree la gran cosa. Se cree la gran cosa a pesar de que es una banda normal. Álvaro Casas babea. Literalmente babea. Gime como un becerro enfermo y malnutrido. Me da un poco de lástima. No sabe tocarme. Acaba rápido. Responde al teléfono: “Sí, mami. Estoy bien. Bendición”. Me pide mi número. Yo se lo doy porque soy estúpida. Me escribe. No le contesto. Me llama. No le contesto. Me acosa. Se pone a llorar. Literalmente se pone a llorar. Me dice que fue algo especial. A mí me da un poco de lástima. A mí me da un poco de asco. Lo recuerdo como un becerro enfermo y malnutrido.

A mí el rock me gusta. Lo disfruto. Me gusta ser groupie. Aunque odio la palabra. En Caracas no hay muchas más cosas divertidas que hacer. Nuestro mundo se reduce a eso. Al circuito de siempre. La Quinta Bar. Discovery. El teatro Bar. El Festival de Nuevas Bandas. Pero juro que es divertido. A veces consigues a alguien interesante que te ofrece una buena conversación. A veces te ofrecen porros y una mirada al cielo. A veces te mencionan autores interesantes que lees al día siguiente. O por lo menos los buscas por Wikipedia. Autores que se ven serios. Autores que están dibujados con peluquines extraños y con ideas de algo a lo que llaman la ilustración francesa. No escuchaba ese término desde que estaba en quinto año del colegio.

Y es que fue en quinto año del colegio cuando me hice groupie. Mi primera vez fue en un festival de gaitas. Yo quería que mi primera vez fuese con Asier Cazalis. Creo que más de una vez todas soñamos con Asier Cazalis. Quizás no sea aspirar muy alto para cuando lees biografías de mujeres que se acostaron con Mick Jagger o con Gene Simmons. Pero Caracas es una ciudad pequeña. Y ser groupie en Caracas es un poco triste. El hecho es que resolví con el que tocaba la guitarra eléctrica en el grupo de gaitas del Champagnat. Él también era virgen. Fue un desastre. Pero fue divertido. Nos desnudamos bajo el busto de un tipo raro con mofletes (¿fundador del Champagnat quizás?). Seguramente alguien nos habrá visto. Pero nunca fui recatada. Él temblaba. Esas cosas son excitantes a veces. Son divertidas.

Y antes había muchos toques en Caracas. Era divertido encontrarse a la misma gente siempre. Ibas haciendo amigos. Amigos valiosos. Era lo más parecido a un mundo liberal. Era lo más parecido a correr sin ataduras en una sociedad conservadora dentro de una ciudad dicotómica capital de un país tercermundista. Y una aprende a tolerar ciertas cosas. Muchas veces el rock te levanta el ánimo. Pero ya no quedó rock. Ni quedó Álvaro Casas con sus gemidos de becerro y sus ojos blancos cuando llegaba al orgasmo. Por suerte tampoco hay más influencia de Muse.

Johanna Eco.

 

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