Miedo a las mariposas

Mi grito se escuchó en todo el apartamento. Tuvo que venir mi papá, con una escoba, para intentar ahuyentarla. La mariposa parecía desorientada. Era negra con marrón, horrible, gigante. No tenía rumbo fijo. Se estrellaba torpemente contra el bombillo encendido, atraída por la luz y el calor. Su aleteo me daba grima. ¿Por qué tuvo que escoger mi cuarto? No se iba. Parecía burlarse de las estocadas que mi papá, tan torpe (o más que ella), le esgrimía, como un caballero medieval doméstico e inexperto.

Tras una larga batalla, en la que parecía vencedora, se rindió y salió por la ventana. Yo la cerré inmediatamente, no quería que volviera. Las mariposas siempre me dieron asco y grima. Las mariposas siempre me dieron miedo. En los libros de preescolar las pintan con hermosos colores y con caritas felices. En la vida real, al menos las urbanas, las llamadas “mariposas de lluvia”, tienen pelos, antenas y segregan un líquido marrón y asqueroso. Lamentablemente, las lluvias en Caracas habían comenzado y era común, casi todas las noches, recibir las visitas de las mariposas. Una estaba tranquila escribiendo en la computadora, o haciéndose un sándwich, y, de repente, se alertaba del “tiki tiki tiki”. Las mariposas, entre los bombillos y las paredes, proyectaban sombras inquietas, inquietantes y realmente tenebrosas.

Mi papá estaba cansado de que la historia fuera siempre igual. Yo pegaba un grito, salía corriendo, iba hasta su cuarto y decía las palabras de siempre, como en un guion de obra teatral. “Hay una mariposa gigante, asquerosa y horrible en mi cuarto (o en la sala, o en el baño, o en la cocina. Era la única variable que había en el vodevil de todas las jornadas). Sácala, por favor. No puedo concentrarme así”. En algunas ocasiones, las mariposas, menos astutas que aquéllas que huían por la ventana, morían destrozadas por las duras cerdas de la escoba. A mí, en cierto modo, me daba mucha lástima verlas agonizar en el piso. Tampoco quería darles el pisotón o el escobazo de gracia. Pero es que todo se reducía a un “ella o yo”. ¿Por qué venían a mi casa sin invitación? Al fin y al cabo, era su culpa.

Yo venía saliendo del Centro San Ignacio. Había cenado con un chamo que medio me gustaba. Era artista y tenía cierta tendencia a la taumaturgia. Además, era guapísimo. Era de La Salle y era muy culto. Nunca se le acababan los temas interesantes para hablar. Siempre me enseñaba cosas nuevas. Llevábamos ya algún tiempo flirteando. Lo había conocido en una reunión que había organizado una de mis mejores amigas en su casa. Nos habíamos dado un piquito (éramos muy pollos y teníamos como diecisiete años) jugando a una de esas mariqueras como “la botellita” o “yo nunca” o “verdad o reto”. No recuerdo bien.

Ya nos habíamos despedido, con un beso que era más que un piquito pero menos que un zampe (¿es eso relevante para la historia?, no lo sé). Ya había pagado el estacionamiento y llevaba un rato manejando por la autopista. Estaba pensando en tantas cosas tontas, que no me di cuenta de que tenían un buen tiempo siguiéndome. Yo debí parecer un tanto estúpida a la vista de ellos. Con mi cara sonriente cantando Caramelos de Cianuro a todo volumen. Manoteando al aire y bailando sola en el asiento del piloto.

Yo no recuerdo exactamente cómo fue el proceso de captura. Creo que mi cerebro, a conveniencia, bloqueó algunas partes. Fue como un shock que, aunque superé, nunca pude eliminar del todo. Creo que recuerdo un carro negro con ventanas ahumadas que me había pegado por detrás. Yo me detuve y, a partir de ahí, todo fue nebuloso. Creo que también se debe a que me cubrieron la cabeza con un trapo. El no ver hace que los recuerdos parezcan sueños o, en ese caso, pesadillas. Recuerdo voces que discutían entre sí. Tengo flashes del ruido del motor. Yo sentía que todo a mi alrededor daba vueltas.

Sí recuerdo muy bien el cautiverio. Yo estaba sorprendida de mí misma. No había llorado, aunque sí había gritado mucho. Nunca me había detenido a pensar en que algún día me pudiesen secuestrar. Al fin y al cabo, no era algo inverosímil. Mi familia tenía plata, yo tenía un buen carro y estudiaba en el Cristo Rey. Era mi último año antes de dar el salto a la Metropolitana. Creo que si los secuestradores tuviesen a sus víctimas (o potenciales víctimas) en uno de esos álbumes Panini del mundial, yo sería una de las barajitas brillantes.

Me pusieron a hablar con mi mamá. No sabía qué hora era. Había perdido la noción del tiempo. Pero calculo que eran las 12 de la noche, o algo así. Mi mamá estaba histérica. Mi papá también. Yo, a pesar de que siempre fui una persona cobarde, hacía un esfuerzo sobrehumano para parecer calmada. Algo me decía que no pasaría a mayores. Al principio, uno de los secuestradores, el que parecía más joven por la voz, me tranquilizaba. “No te preocupes. Nosotros casi nunca hemos matado. (Ese “casi nunca”, como podrán notar, me helaba un poco la sangre). Si tú te portas bien, nada te va a pasar. Nosotros no somos gente mala”, me decía.

Cuando eres víctima de la delincuencia, las volátiles medidas del bien y del mal cambian radicalmente. Puedes referirte a tu propio captor como “pana”, que fue lo que me pasó a mí, solamente porque no te ha volado el cerebro con un disparo. Me dieron comida, me daban agua y hasta Nestea. Eventualmente me permitieron quitarme la venda y hasta podía bañarme. Era como una huésped (evidentemente forzada). Eso sí, estaba fuertemente vigilada y evitaban a toda costa que yo les viese la cara. Yo me limitaba a obedecer, no sólo por colaborar sino por no complicar mi situación.

Me preocupaban mucho mi mamá y mi papá. Ellos eran gente buena. Me sentía peor por ellos que por mí misma. En la poca comunicación que se nos permitía, tratábamos de mantener la calma. A veces, sobre todo mi papá, me enviaba mensajes como si yo estuviese en un campamento. Sentía que lo único que faltaba era que me pidiese que le llevase un souvenir. Pero notaba el miedo en su voz, como supongo que él habría notado el miedo en mi voz. Pero estaba prohibido hablar del miedo, del fin o de la muerte. Nuestra fe estaba volcada totalmente en un desenlace feliz.

No sé exactamente cuántos días habían pasado, pero sabía que eran pocos. Todo comenzó a desmoronarse. No sé qué metida de pata hicieron mis papás, que todo se ensombreció de repente. No sé si fue que llamaron a la policía, o los descubrieron con algo relacionado con la policía, cuando el pacto con los delincuentes implicaba, estrictamente, estar al margen de la policía. O si fue algo del pago, que no había suficiente dinero (aún, para esa época, los cobros se realizaban en moneda local y no en divisas). Pero el hecho es que la amabilidad para conmigo mermó de un día para otro.

El de la voz joven, el que más me tranquilizaba al principio, había volcado toda su furia contra mí. Comenzó a decirme las cosas más horribles que, creo, se le han dicho a alguien alguna vez. Todos lo hacían, pero él se ensañaba con especial rabia. Pasaba minutos enteros describiéndome situaciones horribles, gore. Decía que me había mentido cuando me dijo que casi no mataban a nadie. Me decía que él tenía yo no sé cuántos muertos encima, que no le importaría tener uno más, que para él sería un placer matar a una “sifrinita del mierda”. Decía que, cuando le diera la gana, me iba a violar y que, si yo gritaba, lloraba o me quejaba, me mataría a navajazos.

Los golpes procedieron a las amenazas. Tenía ya tiempo sin comunicarme con mis papás. No sabía si seguía en pie alguna negociación, algún rescate o si ya ellos me daban por muerta. Recuerdo que una tarde, yo de nuevo ciega gracias a mi venda, uno de ellos, no sé cuál, me reventó la nariz de un puñetazo o de una patada. Yo no podía ver nada, pero sentía mi boca húmeda y un sabor intenso a óxido. Ahí fue la primera vez que me puse a llorar desde que había perdido la libertad. Ellos se reían, gozaban, cantaban y me grababan con sus teléfonos.

Las amenazas se hicieron comunes. Cada día podía ser el último día. Cada hora podía ser la última hora. Cada minuto podía ser el último minuto. Cada segundo podía ser el último segundo. Creo que es lo más horrible del secuestro resumido (mal resumido) a una línea. Esa sensación de ultimidad. Aunque supongo que depende de en cuáles manos estés. Yo había perdido bastante peso. Lo que me daban era pan y sopa, muchas veces vieja y sobrante de lo que ellos consumían. De vez en cuando, uno me limpiaba la cara, no sé si por compasión o por poder tocarme.

“Hoy es el día”, dijo uno de ellos, al que yo siempre tomé como el líder. Yo tenía la garganta seca y la sangre helada. Aunque intenté, como un pollito acorralado de verbena, protegerme en un rincón, estaba a su merced. Me arrastraron. Me cargaron y me metieron en el carro. Uno de ellos seguía golpeándome sólo por darse el gusto. No terminábamos de arrancar. Sabía (o creía) que, si me mataban, al menos no sería en el carro. Los asientos repletos de sangre no gustan a nadie, así seas un maldito secuestrador.

El ruido del motor se me hacía durísimo, ensordecedor. Ellos echaban chistes malos y, durante el largo trayecto, parecía que se hubiesen olvidado de mí. Mi cabeza estaba apoyada en el muslo de uno de ellos. La textura del blue jean de mala calidad, seguramente comprado a un buhonero del mercadito de Coche, me raspaba la mejilla. Aunque daba igual, luego de golpes, de hambre, de encierro y de miedo, lo que menos te preocupa es la textura de un pantalón. Estaban tan confiados todos, tan tranquilos, que intuía que el desenlace de todo sólo podía ser o muy bueno o muy malo.

Se notaba, por el sonido, que la ciudad había quedado atrás. Estábamos en un sitio verde. Hasta el descenso en la temperatura se notaba. El carro tenía las ventanas abiertas. Se escuchaba, durante el trayecto, el silbido de los otros carros al pasar en dirección contraria. Pero, donde estábamos, ya sólo se oía al viento estremecer las hojas de los árboles. Era de noche, no muy tarde. En la radio se escuchaba una salsa niche y la voz de un locutor con voz engolada de radio AM que hacía anuncios de esos niches que buscan pareja por radio.

“De pana te portaste muy bien, disculpa lo malo”, me dijo el de la voz joven, el que me había tranquilizado y el que me había aterrado pocos días después. Yo no sabía si reírme, llorar o responderle. Preferí quedarme callada. Toda palabra sobraba. Sencillamente, no quería hablar. El carro se detuvo aunque el motor quedó encendido. Me quitaron la venda y me llevaron caminando. Me ayudaban entre dos. Las piernas me dolían. Era un terreno verde, grande, obscuro. A lo lejos, se veían las luces de algunos edificios.

“No te muevas de aquí. Pase lo que pase, no te muevas de aquí. Ya saben que estás aquí. Van a venir a buscarte. Confía en nosotros”, me dijo uno de ellos y se despidió como con palmaditas en mi espalda, como si fuese una especie de compadre sutil. Los vi de reojo, creo que eran cuatro, o cinco. Sonreían y se felicitaban. Yo no sabía para dónde ir, no tenía para dónde ir. Sólo me aferraba a la instrucción que me dieron de confiar en ellos, de quedarme ahí, de no moverme. No tenía otra alternativa. Podía andar, pero esperaría un rato. De verdad me costaba caminar.

Me senté en la hierba. Estaba alta, pero no tenía tanta maleza. Había un silencio casi absoluto. Todo estaba húmedo, no sé si era rocío nocturno o que había llovido poco tiempo antes. Detrás de mis oídos, sentí el “tiki tiki tiki” que me era tan familiar. Una mariposa, la más grande que he visto nunca, se posó sobre mi brazo. Yo no tuve acto reflejo. La miré y sentía que ella me miraba. Ella no me amenazaría con violarme ni con partirme la nariz. Me acariciaba con sus patitas largas, delgadas y dobladas. Estaba estática, como una gárgola vanguardista, frágil y pequeñita, como yo en la espera de algo que hacer. Ya no tendría que llamar a mi papá más nunca para que viniese con la escoba. Había perdido el miedo.

T.M.

 

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