5 obras de teatro que deben ser leídas. (X)

“El caserón de la loca”, de Gloria Fuertes.

Esta obra tiene toques de costumbrismo y de poesía por igual. Recuerda, un poco por el ambiente y por algunos personajes, a “La casa de Bernarda Alba”, quizás la pieza más importante de Federico García Lorca. La protagonista de la trama es Esperanza, una muchacha enloquecida que vive junto a tus hermanas (un poco, también, al estilo de Bernarda Alba). La mayor preocupación de Esperanza es no haber encontrado el amor, pero este hecho, con el estilo magistral y en versos de Gloria Fuertes, jamás llega a ser cursi o empalagoso. Esperanza encuentra el amor (y la cordura) de una manera macabra y trágica, que involucrará, de cierta manera, a todo el pueblo que rodea su florido caserón. Un monólogo precioso es el de la misma Esperanza, quien dice: “La ventana me huele/ a flor de azahar/ y ya no hay tanto llanto por mi delantal./ La mosca baila en el aire/ la mula no quiere arar,/ la mañana está caliente/ y yo sin poder parar./ Esperando aquí sentada/siempre escuchando su voz/ y ya estoy desesperada/ nadie escucha mi canción./ El corazón oprimido/ por esta larga distancia,/ sin un rayito de sol/ donde quemar mi mirada./ Hoy llega la primavera/ y yo no salgo a esperadla,/ seguiré cosiendo sola/ que ese es mi destino, ¡aguarda”.

 

“Los verdes campos del edén”, de Antonio Gala.

Antonio Gala, el autor, definió a “Los verdes campos del Edén” como una redención con sus respectivos y sencillos simbolismos. Es una historia desenfadada. Juan, su protagonista, llega al pueblo de sus abuelos con la intención de morir. El problema es que en el pueblo ya no hay donde morir. Juan, en una especie de travesía, va conociendo a una serie de personajes entrañables y marginados que conviven, entre otros lugares, en el panteón del abuelo de Juan, que es el lugar el que Juan vive ahora. Uno de los aspectos más interesantes de “Los verdes campos del edén” es que contiene guiños a episodios bíblicos interesantes. Además, el final es sombrío, dotando, al final, a la obra, siempre simpática, de un tinte pesimista. Una reflexión interesante es la que hace Luterio, amigo vagabundo de Juan, quien dice: “Pues no, señor. Aquí no hay más enfermedad incurable que la falta de dinero. Incurable, hereditaria y, según los sabios norteamericanos, contagiosa”.

 

“Muerte de un viajante”, de Arthur Miller.

Uno de los aspectos por los que es más conocida la obra teatral “Muerte de un viajante” es por la disolución del individuo dentro de una sociedad que lo desarma. Pero la obra tiene muchísimo más. Podría verse Muerte de un viajante como una obra que sólo tocas problemáticas con respecto a Estados Unidos y a su sueño americano. Pero va mucho más allá. La disolución del individuo frente a la sociedad, al menos en el caso de Willy Loman, el protagonista de la historia, se da porque éste sufre de la enfermedad de la prepotencia, enfermedad que ha heredado a sus hijos, inutilizándolos frente a un mundo en el que es necesario cultivarse. También resulta curioso la cantidad de recursos de saltos temporales que se hacen en la misma, añadiéndole una dinámica que podría considerarse como cinematográfica. Una frase espectacular es la que pronuncia Charley, vecino de Willy sobre un viajante, pero que abarca mucho más que el simple viajante: “(El viajante) es un hombre que no pone tuercas en los tornillos, que no te informa sobre las leyes ni te receta medicinas. Es un hombre que va solo por la vida, sin más recursos que una sonrisa y unos zapatos bien limpios. Y cuando empieza a fallar la reacción a sus sonrisas…. sobreviene un terremoto. Entonces le aparecen un par de manchas en el sombrero, y está acabado… Un viajante tiene que soñar, muchadho. Es un gaje del oficio”. 

 

“Misterio bufo”, de Darío Fo.

Misterio bufo podría considerarse como la obra teatral que permite a su autor ganarse el Premio Nobel de Literatura en el año 1997. Es un híbrido entre una obra (compuesta de pequeñas piezas) de comedia y una obra (tiene partes narrativas que no dejan de ser muy divertidas) didáctica. Su tema central es explicar los misterios bufos y la vida de los juglares del medioevo italiano. Sin embargo, como si de un juglar se tratase, hace denuncias al poder y a favor de los que el autor considera que son los oprimidos. Misterio bufo está repleta de personajes marginales que rondan por las historias de los misterios bíblicos. Un monólogo espectacular, que guarda consigo (al igual que toda la obra) una crítica y una lección increíbles, es el que hace Matazone, el loco, a Jesucristo, cuando éste está agonizando en la cruz: “Yo no soy Dios, ni siquiera profeta: pero me ha contado la paliducha, entre lágrimas, cómo acabará esto. Primero te pondrán todo dorado, todo de oro, de la cabeza a los pies, luego estos clavos de hierro te los harán de plata, las lágrimas se volverán trocitos relucientes de diamante, la sangre que te gotea por todas partes la cambiarán por una sarta de rubíes resplandecientes y todo esto a ti, que te has desgañitado hablándoles de la pobreza. Además, tu cruz dolorosa la pondrán en todas partes; en los escudos, en las banderas de guerra, en las espadas, para matar a la gente como si fueran terneros, matar en tu nombre, tú que has gritado que todos somos hermanos, que no hay que matar. ¿Has tenido ya un Judas? Pues bien, tendrás tantos Judas como hormigas, traicionándote, utilizándote para engañar a los crédulos. Hazme caso, no vale la pena…”.

 

“La mandrágora”, de Nicolás Maquiavelo.

Parece difícil de creer que un analista político y un filósofo como Nicolás Maquiavelo hiciese una comedia tan desenfadada como la Mandrágora. Sin embargo, en la trama de la Mandrágora, simple a simple vista (valga la redundancia) se esconden pequeños fragmentos del pensamiento político del autor. Calímaco, un acomodado treintón florentino siente un profundo deseo por la esposa de un doctor al que nadie respeta por ser considerado un zonzo. Ligurio, un amigo pícaro de Calímaco, urdirá un plan, con la ayuda de un hipócrita y avaro fraile, para conseguir que Calímaco pueda ir a la cama con la esposa del doctor sin que éste presente ninguna oposición y, más aún, apoye la propuesta. Una de las ideas políticas de Maquiavelo la encontramos en uno de los monólogos del Fraile, quien dice: “Dicen bien quienes afirman que las malas compañías llevan a los hombres a la horca, y a menudo se acaba mal, tanto por ser demasiado bueno y condescendiente como por ser demasiado malo. Dios sabe que no pensaba yo en perjudicar a nadie, que estaba en mi celda, decía mis oficios, pasaba el rato con mis feligreses. Y he aquí que ese diablo de Ligurio se planta delante de mí, me hace mojar el dedo en un pecado, en el que he metido yo luego el brazo y todo el cuerpo y no sé aún bien dónde iré a parar. Sin embargo, me consuelo pensando que cuando una cosa interesa a muchos, muchos han de ser los que procuren que llegue a buen fin”.

 

Tomás Marín

 

 

 

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