Bestiario estudiantil de Caracas I

Bestiario estudiantil de Caracas.

Liceo Manuel Palacio Fajardo. Catia.

Estudiante: Miguel José Ríos Pérez. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Yo vivo en el rancho Maggi. El rancho Maggi es un rancho amarillo que está justo encima de la entrada del túnel de La Planicie. Como si fueras hacia La Guaira. Maggi es una empresa de sopas. Maggi le pagó a mi mamá dos millones de los viejos para que ella les dejara pintar la fachada de nuestro rancho con la imagen de su marca. Era más barato para ellos que pagar una valla publicitaria. Era una relación ganar-ganar. La ventana de mi cuarto estaba justo en medio de la primera letra “g”. Me gustaba asomarme en ella por las tardes. Cuando caía el sol. Me gustaba ver pasar los carros. Venían por la autopista y el túnel se los tragaba. Pasaban por debajo de mi casa. Literalmente. A veces había cola. Pero no me gustaba cuando había cola. Me estresaba el corneteo. A veces me gustaba fumar mientras me asomaba por mi ventana a ver pasar los carros. Lo hacía a escondidas de mi mamá. A mi mamá no le gustaba que yo fumara. Decía que yo era muy joven para fumar. Decía que el humo del cigarro le recordaba a mi papá. Mi papá nos dejó cuando yo era muy chamo. Mamá nunca lo perdonó. A veces mamá sabía que yo fumaba. Creo que las madres siempre lo intuyen. Pero no me decía nada. Yo era un chamo tranquilo. Ella prefería que yo fumara tranquilo con tal de que no andara en malos pasos. Ella prefería que yo me pasara las tardes viendo los carros de la autopista con tal de que no andara en malos pasos. “Pero no te olvides de hacer la tarea”, me decía a veces. Yo la hacía. Aunque la materia no me gustara y me costara hacer fracciones.

A mi mamá no le gustaba que Rainier viniera a la casa. Rainier era un chamo nuevo en el liceo. Tenía tres años más que yo. Pero estaba en nuestro grado porque había repetido tres veces. Tenía la mirada apagada. Tenía los ojos un tanto sombríos. Hablaba poco. Creo que mi mamá le tenia miedo. Aunque lo trataba bien cuando venía a la casa. Le ofrecía Nestea con hielo y galletas de soda con Rikesa. Rainier comía con la boca abierta. Hacía un sonido comiendo que me desesperaba. Él se me quedaba viendo cuando le pedía (por favor) que dejara de hacerlo. A veces lo dejaba de hacer. A veces no. No era un mal chamo. Sólo un poco callado. Sólo un poco misterioso. Rainier había tenido su primera pelea cuando sólo llevaba seis días en el liceo. A Rainier le gustó una chama que era novia de otro chamo. Un día le levantó la falda. No sé si lo hizo para hacerla reír o para demostrarle al novio de ella que él podía levantarle la falda cuando quisiera. Pero ella no se rió. Y el novio de la chama le metió un lepe durísimo a Rainier. Rainier le asestó un puñetazo a la boca. Le sacó sangre. El chamo se cuadró para pelear. Pero Rainier le sacó una navaja. El chamo se quedó tranquilo. A Rainier no le gustaba jugar. Yo no me metía con él porque tenía miedo. A veces pienso que tampoco me gustaba que viniera a la casa a tomar Nestea con hielo o a comer galletas de soda con Rikesa. Aunque a veces me sentía protegido junto a él. Era silencioso. Muy silencioso. Por eso era un buen acompañante a la hora de asomarse a la ventana para ver pasar los carros. Aunque a él no le gustaba fumar: “Esa vaina es mala”, me decía con su cara seria. Rainier era muy serio. Sólo una vez lo vi reírse. Fue por un chiste que vio cuando la televisión de mi sala tenía puesto al Chapulín Colorado.

Una tarde estaba con Rainier. Hacía calor. Habíamos comido un helado del carrito del señor Julio. El señor Julio hacía helados de vasito. Los vendía baratos. Los transportaba en un carrito. No sé si fue una cuenta pendiente. No sé si fue una venganza. Pero a Rainier le dispararon en el estómago. Quien le disparó salió corriendo. Yo no lo pude ver bien. Rainier dio dos pasos antes de caerse al suelo. Se cayó como en cámara lenta. A mí me dio miedo. Yo había escuchado muchos tiros en mi vida. Pero nunca había visto uno. Mucho menos tan de cerca. Por la herida brotaba mucha sangre. La gente cercana salió corriendo. Supongo que tenían miedo de que vinieran a rematar a Rainier y un disparo les cayera a ellos. Yo me quedé solo. Tenía miedo de que se me muriera. Yo no tenía celular. Lo había dejado en la casa. En mi cuarto (el que estaba en medio de la “g” de Maggi). Quise cargar a Rainier. Él pesaba a pesar de que era flaco. Lo levanté como pude. Me asustaba su mirada. Estaba perdida. Estaba más apagada y sombría que nunca. Allí no había hospitales cerca. Mucho menos clínicas. Había un módulo de Barrio Adentro. Pero nunca tenía medicinas. Tampoco tenía doctores. Ni enfermeras. Todos iban siempre a los actos proselitistas. Casi nunca estaban allí. “Háblame. No me dejes de hablar”, le dije a Rainier. Él me miraba a veces. Pero los ojos se le iban hacia arriba. Era horrible. Y no veía a nadie. No sabía hacia dónde correr. “Mamá”, grité tan fuerte como pude. “Mamá”, grité otra vez. Se me iba a salir la garganta. Me iba a quedar sin voz. Nada. Y eso que no estábamos lejos. Él no decía nada. Él no dijo nada. Se me murió con la cara seria de siempre. Mi mamá se persignó cuando se lo conté. Pero creo que estaba más tranquila. Ella sigue prefiriendo que fume y que vea pasar los carros de la autopista al atardecer a que esté en malos pasos. Ella prefiere que no piense más en Rainier. La “g” de mi ventana se está desconchando. Los de Maggi nunca volvieron para repintarla.

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