Bestiario estudiantil de Caracas II

Bestiario estudiantil de Caracas.

U.E. Colegio Pestalozzi. El Paraíso.

Estudiante: Héctor Alfonso Mora Milán. II Año. Ciclo diversificado. Mención Ciencias.

Me gusta trabajar. Siempre me ha gustado trabajar. Cuando pequeño sembraba naranjas en el jardín de mi casa (un jardín diminuto) y las vendía en la calle. A mi mamá no le gustaba que vendiera naranjas. Me decía que había gente peligrosa en la calle. Pero no me sentía quieto si no trabajaba. Siempre me inventaba algo. Horneaba galletas o hacía suspiritos. Se los vendía a los vecinos. Iba de puerta en puerta una vez a la semana. Algunos eran antipáticos. Pero a otros les encantaban mis dulces. Eran clientes habituales. Busqué trabajos más serios cuando me hice adolescente. Sentía que me daban experiencia. Y que me dan experiencia aún. Me gusta estudiar. Las buenas notas me van a llevar a una buena carrera. Una buena carrera me va a llevar a un buen trabajo. Aunque también me gustaría emprender. Emprender en Venezuela o emprender afuera. Me da igual. Vivo en un edificio alto de El Paraíso. Es de esos edificios viejos que tienen el piso de las áreas comunes de granito blanco moteado. Esos edificios como de los años cincuenta. De cuando Venezuela era otra. Mi abuela siempre nos cuenta sobre esa otra Venezuela. La Venezuela de Pérez Jiménez. Ella cuenta que con Pérez Jiménez todo el mundo trabajaba. Creo es a mi abuela a quien debo mi afición al trabajo. Ella tiene 81 años y sigue trabajando. Ella vino desde el interior hacia Caracas. Todo era más fácil antes. Ella nunca ha querido jubilarse. Dice que jubilarse es morir. Y dice que trabajar es la mejor manera de combatir al gobierno. Yo he tenido trabajos de todo tipo. Tanto trabajos que he “emprendido” como trabajos en locales y en lugares cerca de mi casa en El Paraíso.

Uno de los trabajos más extraños que he tenido lo tuve hace un año. Hay un restaurante chino cerca de mi casa llamado Lee Woon Jae. Es un restaurante medio viejo. Tiene unos treinta años. Está decorado con figuras chinas hechas de papel maché. Y tiene uno de esos gatos dorados que mueven el brazo hacia adelante y hacia atrás. Como si estuviese saludando o espantando moscas. Mi jefe era un señor misterioso. Hablaba poco español y tenía un corte de pelo totuma. Tenía mucho dinero. Decían que tenía negocios raros con el gobierno. Viajaba en una camioneta blindada con otros chinos tan o más misteriosos que él. Parecían una mafia. Yo hacía varias cosas en el restaurante. Comencé fregando platos. Pero siempre fui una persona curiosa y capaz de absorber aprendizajes. Por eso terminé siendo asistente de cocina. Un día mi jefe me solicitó un favor. O un encargo. Me preguntó si yo sabía de lugares en donde hubiese perros o gatos sin dueño. Albergues o cosas así. Siempre he conocido páginas de Twitter o de Facebook que piden voluntarios para adoptar perros o gatos. Aunque siempre he odiado cuando apelan a la lástima. No tengo por qué adoptar un perro tuerto y/o cojo si no me da la gana. No intenten hacerme sentir mal por eso. El hecho es que le notifiqué a mi jefe y lo puse en contacto con esos albergues. Mi jefe me dio las gracias y me dio una bonificación. Él y sus amigos chinos extraños fueron a los albergues. Se fueron llevando a los animales de uno en uno para no levantar sospechas. ¿Para qué tener perros y gatos pasando hambre? Es mejor que ellos ayuden a saciar el hambre de los demás. Son más baratos que las reses.

Pero ése no fue el trabajo más extraño que he tenido. Aunque pueda ser un poco difícil de creer. El trabajo más extraño que he tenido lo tuve en la alcaldía de Caracas. No voy a decir quién tuvo la idea. Lo hago por protección. Pero el hecho es que Caracas estaba muy mal. Aunque no estaba peor que ahora. Habían prometido sanear el Guaire y nunca lo hicieron. Habían prometido construir parques y estadios y nunca los construyeron. En 2017 tuvo lugar una cumbre de jefes de estado aduladores del gobierno. Se supo que un jefe de estado se había quejado (en privado, por supuesto) del estado en el que se hallaba Caracas. Era el jefe de estado de una isla caribeña (creo que Dominica). Se había sorprendido de la cantidad de indigentes y de vagabundos que había en Caracas. Él los había visto desde su camioneta protegida y escoltada cuando iba a Caracas desde Maiquetía. La representante de Caracas no se tomó nada bien esta queja/sugerencia. No se la tomó bien aunque no se la dijeran en público. Se disculpó con el jefe de estado de la isla caribeña y dijo (en privado, por supuesto) que había que “limpiar a Caracas de los seres potencialmente peligrosos”. Seres potencialmente peligrosos. Así los llamó. Mandaron a una comisión a hablar con los indigentes y los vagabundos. En esa comisión estaba yo. Había que seducirlos con comida y prometerles más comida. Así los llevábamos a un sótano que quedaba por Parque Central. Era un sótano obscuro y que tenía un olor fortísimo y penetrante. Por la noche salían de allí las vans de la alcaldía que se llevaban los cuerpos. No sé si el representante de Dominica se volverá a quejar cuando regrese a Caracas. A mí me seguirá gustando trabajar. Sea vendiendo naranjas u horneando galletas. Sea vendiendo suspiritos o llevando a los seres potencialmente peligrosos al matadero.

 

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