Clara

Yo tenía una novia llamada Clara. Aunque no era del todo clara. O sea. En cierto aspecto sí era clara. Tenía la cabellera clara. Tenía la piel clara. Tenía la mirada clara. Pero no era del todo clara en ciertos aspectos. Hubo momentos en los que llegó a ser un poco enigmática. Pero era una chama muy dulce. Era una chama muy buena. Era una chama muy simpática. Aunque nada clara. ¿Quedó claro? Claramente.

Conocí a Clara en la reunión de la amiga de un amigo. Una reunión en Santa Eduvigis. Clara y yo coincidimos en el improvisado mesón de mantel medio deshilachado en donde estaban los licores y los Doritos. Esos mesones que se forman al juntar dos mesas Manaplas. Muy típicos de las reuniones de Caracas. Yo estaba en la mesa por los Doritos. No me gustan los licores. Nuestras manos se juntaron cuando iban a agarrar el mismo Dorito del tazón. Como en las películas cursis y malas. Pero una versión del tercer mundo. “Diría Kant que este Dorito estuvo destinado por la causalidad”, le dije a Clara. Clara frunció un poco el entrecejo. “¿Quién?”, preguntó. “Kant. El filósofo”, le respondí. “Ah. He oído algo de él”, me respondió. No sé si Clara mentía o no. Ya he dicho que no era clara. “¿Cómo te llamas?”, me preguntó. “Tomás”, le respondí mientras le ofrecía mi mano. “¿Y tú?”, le pregunté. “Clara”, me respondió. “¿Clara de huevo?”, le pregunté haciendo gala de mi humor más inteligente (digno de Moliére o de Aristófanes). A Clara no le hizo ni una pizca de gracia. “Mi humor es estúpido. Aristóteles decía que el humor era la forma más indolora de la fealdad”, le dije. Clara sonrió y me invitó a hablar a un rincón.

Clara y yo salimos varias veces. Nuestra relación se fortificaba. La introduje un poco en el mundo de la Caracas alternativa. En el mundo del Centro Cultural de Chacao y de las obras de teatro en el CELARG. En el mundo del “Simonero” de la Patana y las proyecciones de películas moldavas que no las entiende ni el que las hizo. Ella estaba encantada. Yo también. Clara hacía comentarios nada claros sobre las obras de teatro que veíamos. Terminamos un día de ver “El jardín de los cerezos” y ella me dijo: “Esa obra se vería brutal en un triángulo escaleno”. No tuve derecho a preguntar. Ella había cambiado el tema. Me dijo que le gustaría que fuese a comer con su familia. Una especie de presentación formal de su nuevo novio/fichaje. “Sí va”, le dije mientras un breve escalofrío recorrió mi panza.

La casa de Clara y de su familia es muy bonita. Una casa arreglada. Floreros transparentes. Portarretratos con fotos de la época de Medina Angarita. Mucha armonía. La familia de Clara es portuguesa. La abuela de Clara es una anciana redondita muy simpática y muy dulce. De grandes lentes y permanente plateada. El papá de clara es un hombrón de metro noventa que asegura que Cristiano Ronaldo es la reencarnación de Cristo que bajó del cielo y llevará a los portugueses a una era de bonanza y de felicidad.

La familia de Clara es de muy buen comer. Todos son muy simpáticos. Me sorprendía que Clara fuese tan flaquita con una familia que comía tanto. Me hicieron sentarme en el sofá mientras me preguntaban sobre mi vida y esperaban a que la comida se terminase de hacer en el horno. Clara tomaba mi mano y sonreía. No me soltaba la mano. Yo tenía algo de hambre. Me ofrecieron un vino. Yo lo acepté. Seguimos hablando.

Por fin salió la comida. La abuela de Clara puso sobre la mesa una especie de pastel salado que se veía digno de Zeus y de los otros dioses del olimpo. Yo salivaba. Me sentía como el perro de Pavlov. “Vas a ver qué rico cocina la abuela”, me dijo una de las tías de Clara. De postre había Tres Leches. Pero no cualquier Tres Leches. Un Tres Leches que se veía espectacular. El que no está seco. El Tres Leches. La única razón por la que no me he volcado de lleno al ateísmo. La única razón por la que creo que hay un dios que nos ama. Un dios que nos permite tener Tres Leches.

Estábamos preparándonos para sentarnos todos a la mesa. El papá de Clara llegó muy molesto. Estaba furioso y preocupado. Estaba decepcionado e incrédulo. Tenía su celular en la mano. Había hablado con el abogado de su hermano. Aparentemente Clara tenía un tío que era amigo de lo ajeno y que tenía un buen puesto en una banca privada. Ese tío se había involucrado en algo de una estafa. Y le había salido mal. Lo tenían detenido en no sé dónde. El papá de Clara tendría que ir a declarar no sé cuándo. O algo así.

La familia se quedó muda durante unos momentos. La tía de Clara (la que me había dicho lo de la cocina de la abuela) estaba pálida. Le temblaba la boca. Clara ya no me tomaba más de la mano. Aunque a veces me veía. Yo no sabía qué decir. Pensé en echar el chiste de la clara de huevo. Pero quizás no sería prudente en ese momento. El silencio se fue rompiendo con conversaciones paralelas que distaban mucho de ser conversaciones alegres de un fin de semana. Yo era el único que me encontraba en silencio. Yo era el único que estaba viendo el pastel de la abuela y el Tres Leches.

La mamá de Clara le espetó a la tía de Clara una especie de reproche sobre el tío estafador de Clara. La tía de Clara no se la caló. Le respondió firmemente. El papá de Clara hablaba con la abuela. Él era como el hijo bueno. Pero la abuela le decía que su hermano era así desde niño. Clara iba de conversación en conversación. Brincando. Como una ranita. Yo estaba agradecido de que nadie me preguntase mi opinión. Mi opinión era que se podía discutir comiendo pastel y Tres Leches. ¡El pastel se estaba enfriando! ¡Intacto! ¡Qué horror!

A mí no me importaba que al tío de Clara lo enviasen a Alcatraz o a la silla eléctrica. Que él arreglase sus cosas si estaba metido en estafas. La discusión entre los familiares de Clara era cada vez más ruidosa. Ya los insultos eran cada vez más agresivos (aunque con cierta distinción). Nadie tenía intención de sentarse a la mesa. El papá de Clara fumaba. El pastel se enfriaba. El Tres Leches se veía tan solitario. “Quizás es mejor que te vayas, Tomás. Esto va para largo”, me dijo Clara. Ni siquiera pretendió acompañarme hasta la salida. Yo envolví un pedazo de pastel y un pedazo de Tres Leches en unas servilletas. ¡Los invitados tienen que comer!

Tomás Marín

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