Instrucciones para ser un cajero de Farmatodo

El aire acondicionado no sirve. Sólo sopor es lo que hay dentro del Farmatodo. El supervisor te dijo que los técnicos del aire vendrían esta semana. Pero no han venido. Quizás se fueron del país. Quizás los mataron. Quizás no les da la gana de reparar el aire y ya. Para qué trabajar si el dinero no te alcanza para nada. El hecho es que el aire acondicionado tiene días sin servir. Los Cri-Cris amenazan con derretirse. Toma la servilleta que tiene como mil dobleces y que reposa en tu bolsillo. Pásatela por la frente una vez más.

Afuera del Farmatodo sucede todo. Adentro del Farmatodo no sucede nada. Está vacío. Desierto. Recuerda un poco los días en los que se hacían colas de adolescentes que iban a comprar Doritos y Coca-Colas mientras hacían sus predicciones sobre el partido de la Champions. Recuerda la cara de ese niño con cara de gafo que se sonrojaba al pedirte los Durex más baratos. Recuerda a la señora que iba todos los días a preguntar por la medicina para su mamá. La medicina que nunca podía conseguir. Seguramente su mamá ya se murió. Toma la servilleta. Hazle un doblez más. Pásatela por la frente de nuevo. Si tan sólo funcionara el aire acondicionado.

Pero piensa que ya mañana es día de pago. Ya mañana cobrarás tu tan esperada quincena. No es mucho lo que podrás hacer con ella. Pero tampoco es un pago tan miserable. Está bien para ser una paga en un país comunista. Hay gente que la tiene peor. Quizás podrás ir a comprar una hamburguesa para compartir con tus mejores amigos. Quizás podrás ir al cine a ver esa película sobre alpinistas que te llama tanto la atención. Quién fuera alpinista. Estar en una montaña helada. No en un Farmatodo caluroso. Maldito aire acondicionado.

Mira la puerta eléctrica que se acaba de abrir. Un cliente. Aunque a lo mejor no es un cliente. A lo mejor es una de esas personas que van a mirar cualquiera de las pocas cosas que quedan en los anaqueles para agarrar una y decir “¡Mierda. Qué caro!” Pero no. Es una muchacha. Es joven y tiene el pelo como la miel. Literalmente tiene el pelo del color de la miel. Y lo tiene brillante como la miel. A lo mejor va a comprarse uno de esos champús que cuidan los pelos suaves y bonitos.

Su mirada se cruza con la tuya cuando la estabas viendo embobado. Te sonrojas pero no sabes que te sonrojaste. A veces esas cosas no las nota uno mismo. Esperas que ella no lo haya notado. ¿Qué posibilidades va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así? La chemise azul medio roída y con los hilos del logo de Farmatodo un tanto deshilachados no es la mejor prenda para echarle los perros a una chama bonita. A una chama con el pelo suave y bonito. Del color de la miel.

Efectivamente. Ella va a comprarse un champú. Ha comparado entre dos botellas y se ha decidido por una. Pareces adivino. Aunque quizás lo adivinas porque están destinados el uno para el otro. No puedes dejar de verla. Aunque esta vez debes tener más precaución para que no te sorprenda mirándola. Debe vivir cerca. Lleva unas sandalias de color azul claro que parecen elevarla por los aires. Las sandalias tienen una florecita cuchi que parece hecha también en goma espuma. Las sandalias son una prenda curiosa. Las puede llevar desde la chama más delicada y sutil hasta la bachaquera más tosca y grotesca.

Tiene un tatuaje en su muñeca. Pero no logras distinguir qué forma tiene el tatuaje. También tiene una pulserita como de cuero con tela. Parece una pulserita de playa. A lo mejor se la regalaron cuando fue a surfear. Porque tiene pinta de surfista. Ese pelo suave pero insumiso y de ese color de miel sólo puede pertenecer a una surfista. Ojalá tú fueras surfista. Pero lo más parecido que haces es pasar el coleto sobre los charcos de agua que deja el aire acondicionado dañado cuando tiene fugas. Si tan sólo funcionara.

Quizás no la volverás a ver. O quizás sí. Quién sabe. Llevas cinco meses trabajando en ese Farmatodo y es la primera vez que la ves. ¿O quizás fue en otra ocasión? No. Estás seguro de que no. La recordarías. Quién puede olvidar ese pelo tan bonito. Ese pelo del color de la miel. Pero no pienses en eso. Piensa en que ya mañana cobras. Quizás puedas invitarla a un café cuando pase por la caja. Mañana cobras y la podrías invitar a un café. Aunque no es prudente. No es profesional. Y quizás se reiría en tu cara. ¿Qué posibilidad va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así?

Ella se acerca a la caja. Te sonríe con una sonrisa más protocolar que otra cosa. Pero qué sonrisa tan bonita y tan perfecta. Que viva todo el protocolo del mundo si las sonrisas protocolares son así. Te da pena volverte a pasar la servilleta por la frente frente a ella. Aunque hace calor. Ella improvisa un abanico con su mano. Con su mano tan delicada. Con la misma mano de la muñeca del tatuaje y la pulsera de surfista. También tiene calor.

Pasas el champú por el lector. Te provoca acariciarle el pelo. Pero se espantaría. Quizás te pegaría una cachetada. Quizás llamaría al gerente. Te despedirían. Y mañana no cobras quincena si te despiden. El lector no lee el código de barras. Tienes una sonrisa de imbécil mientras sostienes el champú. Ella se revisa las uñas. No las tiene pintadas de ningún color. Vuelves a pasar el código de barras del champú por el lector. Suena el “beep”. Ella te dice que no le des bolsa. Que se lo lleva en la mano. Qué bella es. Pensando en el medio ambiente.

Te da la tarjeta de Banesco. Ves que la tarjeta tiene su nombre. Elena. Elena te suena como el nombre más hermoso del mundo. “Hola, Elena. ¿Quieres ir a tomar mañana un café?”, te provoca decir. Pero no lo digas. No es profesional. Quizás se reirá en tu cara. La tarjeta no pasa. Intentas una vez más. Limpias la cinta magnética con tu chemise. A lo mejor la chemise te queda impregnada del aroma de Elena. A lo mejor algo del olor de su bolso llegó a su tarjeta. La tarjeta no pasa. Vuelves a intentar. No pasa.

Elena ha puesto ojos tristes. Es insoportable verla triste. Elena debe sonreír siempre. Y tú vas a hacerla sonreír. A como dé lugar. “No importa. Déjalo así. Ya vendré mañana a comprarlo”, te dice Elena. Quizás no venga. Quizás esta noche no podrá lavar su pelo del color de la miel. “No te preocupes. Va por cuenta de la casa”, dices tú. Es una jugada arriesgada. Pero ella sonríe ilusionada. “Muchas gracias. Muchas gracias. Muchas gracias. De pana mañana vengo y te lo pago, lindo”, te dice ella. Lindo. Elena te ha llamado lindo. Es perfecto. Todo es perfecto. No importa que trabajes en un Farmatodo. No importa que no sirva el aire acondicionado. Ya tienes motivos para sonreír todo el mes.

Elena se lleva el champú en su bolso. Te mira y te sonríe una vez más antes de salir. Sabes que te lo van a descontar a ti si ella no viene mañana a pagarlo. Y es probable que no venga. ¿Qué acabas de hacer? El champú era importado y carísimo. Valía la mitad de tu salario. Y te lo van a descontar. Quizás ya no te alcance para compartir la hamburguesa con tus amigos o para ir a ver la película de los alpinistas. Quizás Elena va a ver a su novio. Va a decirle: “Un pajúo quesudo en Farmatodo me regaló este champú” mientras lo besa. Mientras su novio le acaricia su pelo color miel. La mitad de tu salario se fue en un champú que no sabes ni a qué huele. Idiota.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “La tienda del molino”, de Truman Capote.

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