Lo mejor que me pudo haber pasado fue salir de Venezuela

Lo mejor que me pudo haber pasado fue salir de Venezuela. Lamento no haber salido antes. Si fuese por mí, ni siquiera hubiese nacido ahí. Pero es algo que uno no decide. A veces creo, en ciertos ataques de vanidad, que comprendo muchas cosas. Pero la verdad es que nunca he llegado a comprender (ni creo que lo llegaré a hacer nunca) todo el orgullo insuflado que gira en torno al nacer en un lugar determinado.

Me gusta comer. Soy una persona que aprecia la buena gastronomía. Por eso, desde pequeño, aprendí a cocinar de una manera cuidadosa y delicada. Me gusta también compartir la comida que hago. Siento que la comida es un don que, al igual que el conocimiento, se mima y se hace para compartir. La cultura gastronómica es preciosa. Pero se me hace un poco amarga cuando los venezolanos fanáticos brincan a decir que su comida y su “sazón” es la mejor del mundo. Se me hace amarga cuando los venezolanos, como bufones, se insultan y se agreden (que lo he visto) por el origen de la arepa. ¿Qué importa eso? Toda la gastronomía de todo el mundo, con sus altibajos, es buena y es digna de apreciarse.

No me gusta la fisionomía del venezolano promedio. ¿Por qué me tiene que gustar? No me parece atractiva. Reconozco el derecho que tiene toda persona de ser y de desenvolverse como quiera, siempre que no afecte la libertad de los demás. Me gustan las personas blancas y claras. ¿Qué tiene eso de malo? Hay gente que gusta de las personas negras y eso tampoco tiene nada de malo. Lo que no soporto es esa falacia de la supuesta mujer venezolana bella y del venezolano bello en general. Cuando he ido en el metro, o cuando he visto las filas que hacen las revendedoras en los supermercados, le agradezco al cielo el tener rasgos europeos. Los rasgos europeos no son ni mejores ni peores. Son los que me gustan más.

También agradezco estar ahora en un lugar en el que puedo estar más tranquilo. En el que puedo escribir esto con tranquilidad. Me gusta caminar. Me gusta apreciar la belleza natural y arquitectónica de los lugares. Lo hacía en Caracas cuando en Caracas se podía estar con algo de tranquilidad. Pero ahora no se puede hacer allá. El estar pendiente de que no venga un idiota a apuntarte con su arma de fuego, o a agredirte, no va conmigo. Y, en teoría, no debería ir con nadie.

Soy una persona que gusta mucho de los libros. Y la cultura de los libros es algo que en Venezuela se ha ido minando cada vez más. Es cierto que la dictadura ha sido culpable de cerrarle cada vez más puertas a la literatura, a la cultura y a los libros. Pero siempre he sentido que el venezolano promedio nunca fue aficionado a las historias, a la literatura, al aprendizaje, a la cultura, al saber, a la humildad de reconocer que algo no se sabe para poder adquirir ese conocimiento nuevo, como un juguete.

Luché toda mi vida, en Venezuela, por hacer dinero, por trabajar y por producir. Llegué a producir dinero ahí, pero, confieso, no soporté nunca el que toda la gente a mi alrededor mirara mis ganancias con envidia. Todo mi dinero, y estoy tan orgulloso de decir esto, fue ganado de una manera honesta. Y abría las puertas para ganar más dinero. Pero mucha gente a mi alrededor, gente que trabajaba para mí, me miraba con ojos de odio. En un país como Venezuela, progresar es un pecado. Es cierto que hay muchos venezolanos que progresan mediante trabajo y esfuerzo. Pero muchos son como gente parapléjica que espera a que todo le sea dado por la mano del gobierno. Y las manos de los gobiernos gustan de mover hilos mediante el hambre. Podrían venir mil Chávez más y repetir la misma fórmula ganadora. Dar mendrugos a cambio de fidelidad.

¿Y qué le queda al que no ha construido un mundo del que pueda enorgullecerse? Enorgullecerse del mundo que le ha tocado por casualidad. Puedes leer y puedes encontrar infinidad de artículos, de ensayos y de cadenas pavosas que dicen que somos mejores que otros por tener playas bonitas (que tampoco son la gran cosa) y otras cosas naturales. Y la gente que predica ese mantra busca maquillar su mediocridad individual con paisajes naturales, que no pertenecen a nada ni a nadie, sólo a la naturaleza.

Si pudiese, me cambiaría el acento. Imitaría el acento argentino, el acento mexicano o el acento español. No he podido, aunque lo he intentado, librarme de esa venezolanidad vanidosa que muchos de mis compatriotas desparraman por ahí. Esta gente es feliz diciendo que el país en el que no soportaron vivir es mejor que el país que ahora habitan. Es feliz criticando el modo de ser de la gente que los ha acogido. Tienen resaltadores en sus vestimentas, en sus expresiones, que gritan que son venezolanos. Es necesario recalcarlo. No lo he soportado, ni tampoco lo he comprendido.

Culpo muchas veces a los venezolanos de hacer (para mí) despreciables muchas cosas que antes apreciaba por su modo de ser en sí mismas. Me gusta el deporte. Me gusta el béisbol. Me parece un deporte fascinante e interesante. Pero el venezolano consiguió hacerlo repugnante, consiguió mezclarlo con esa cultura deleznable de sexo machista y básico, de obreros borrachos de instintos primarios.

A veces siento que me daría igual si Venezuela desapareciera del mapa. Siento que, quizás, si hubiese nacido en Madagascar, en Estonia o en Bután, mi actitud sería la misma. O quizás no. Sería imposible afirmar que mi circustancia-país no me ha moldeado. Sería traicionar a la filosofía de Hegel, quien exponía esta premisa como nadie. Pero esa circunstancia no implica un agradecimiento, o una mejoría.

Pero son sólo mis opiniones.

Relato inspirado en las cartas ficticias del escritor romano Petronio. No nos maten.

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