Sobre lo que no escribió Ezequiel

Me gustaba caminar por la Francisco de Miranda. Me gustaba hacerlo un poco sin rumbo. Me relajaba. Me distraía. Siempre he sido una persona ansiosa, y caminar me ayuda mucho a controlar esa ansiedad. En la plaza “El indio” lo vi por primera vez. Traté de evitarlo, porque los evangélicos siempre me han parecido un pelo pavosos. Pero él me acorraló. Notó mi timidez y mi falta de interés.

“¿Te gustaría hablar un poco?”, me preguntó. Yo noté sus intenciones desde el principio. Su vestimenta lo delataba. Tenía esa corbata medio chocante y esa camisa de botones de manga corta que parece de cajero frustrado de un banco todo insignificante como Bancoro. Pero yo no tenía nada que hacer. Y nunca he sido una persona particularmente hábil para inventar evasivas. Nos pusimos a hablar. Largo rato.

Yo evitaba tratar el tema religioso, que es el que él exponía con más ahínco. Las religiones me dan un poco de alergia, aunque no soy ateo del todo. Soy demasiado cobarde para ser ateo. Pero soy una persona culta, y él lo era un poco también. Él daba unas alegorías medio interesantes sobre la Escolástica, pero la cagaba cuando citaba un versículo sobre el profeta no sé quién de no sé qué tierra.

Pero nos caímos bien mutuamente. O sospecho que nos caímos bien. Quizás él sólo veía en mí a una especie de alma a ser conquistada para su bolsa de almas pavosas y adoradoras de Jehová. Yo vi en él a un pobre ex-adicto (aunque nunca supe ex-adicto a qué) que, como suelen hacer los adictos, sustituyó un vicio por otro. Antes era esclavo del aguardiente, ahora era esclavo del agua bendita y de las enseñanzas de Cristo.

Pensé, por algún instante de segundo, en modificar mi ruta. No tenía ganas de encontrármelo todos los días, porque casi todos los días caminaba por la Francisco de Miranda, con rock y rap a mil en los audífonos, en busca de ordenar mis pensamientos sobre muchas cosas. A veces yo me hacía el huevón cuando pasaba cerca de él. Lo medio veía con el rabillo del ojo y no volteaba. Otras veces, sin otra opción, lo saludaba. Cuando yo estaba de buen humor, le dedicaba unos cinco o diez minutos.

Y cuando vas conociendo a alguien, a medida de hablar con esa persona a cuentagotas, terminas creando un vínculo. Es un vínculo extraño. No es un amigo. Es una especie de conocido que sólo piensas en él cuando estás pasando por esa zona. Es una persona lo suficientemente relevante para detenerte (no todos los días, por supuesto) a hablar con ella, pero no tan relevante como para mencionarla a nadie en la hora de la cena.

Se llamaba Miguel. Él estaba orgulloso de su nombre porque era un nombre de ángel. Yo odiaba cuando me lo decía (y eso que lo decía burda). El asunto de los ángeles me parecía siempre lo más pavoso dentro de la de por sí pavosa religión. A mí Los Ángeles, California, y de vaina. Parecía que siempre estaba vestido igual. Me imaginaba su closet lleno de la misma ropa y de estampitas viejas. Le echaba vaina con eso. Él no se ofendía, pero tampoco se reía mucho.

Él tenía una hija que estudiaba odontología en un centro medio de mala muerte por ahí cerca de Chacaíto. La hija era bonita, pero tampoco para morirse. A veces me divertía pensar en cómo sería empatarse con una evangélica o una testigo de Jehová. ¿De qué coño se podría hablar? Estaría prohibido hablar de Schopenhauer o de Buñuel. A lo mejor verle las tetas cuando se desvestía sería pecado. O estaría, todas las cenas con la familia, escuchando versículos y capítulos sobre Zacarías, sobre Ezequiel y sobre no sé cuántos más.

Yo no sé de qué viven los evangélicos. No sé si viven de sacarle la plata a la gente o si tienen un trabajo de verdad. Supongo que tienen trabajos de verdad, porque, por eso, la hija de Miguel estudiaba odontología (o mecánica dental, no sé). El hecho es que comencé a notar que Miguel estaba cada vez más jodido. Su peinado, que siempre era una raya toda nerd en el pelo engominado, cada vez estaba más y más zarrapastroso.

“Estoy jodido, Tomás”, me dijo un día. No me pidió plata. Ni siquiera hizo un amago de pedirme plata. De todas formas, no se la hubiese dado. ¿De dónde iba a sacar plata yo? Pero me daba paja. De hecho, cuando me dijo “Estoy jodido”, fue la primera vez que le escuché decir una grosería. Él siempre tenía algo en contra de las groserías. A veces me sermoneaba (amistosamente) por mi vocabulario tan repleto de expresiones obscenas y blasfemas.

Pero yo cada vez lo veía un poco peor y comenzaba a preocuparme. Se veía como enfermo y demacrado. Él, cuando hablaba de su situación económica, lo hacía un poco en clave. Pero creí descifrar que alguien lo había robado o lo había estafado. Pero él siempre sonreía y decía que Cristo iba a venir y le iba a hacer justicia a él. Él siempre decía que Cristo no se olvidaba de sus soldados. Que Cristo era capaz hasta de bajar a un lugar tan lúgubre y tan espeluznante (aunque no por eso carente de encanto) como la Francisco de Miranda.

La última vez que lo vi, poco antes de venirme a España, ya era un indigente casi oficial. Había perdido hasta la corbata y la camisa de manga corta. Le di doscientos bolos, los doscientos bolos que había ahorrado de dos desayunos de la uni para poder comprarme una antología de cuentos de Guillermo Meneses. Él me dio las gracias y me ofreció un abrazo, que yo no rechacé. Yo nunca le rechazo un abrazo a alguien que no me haya querido joder alguna vez.

Y yo no sé si Cristo se olvida de sus soldados, como si fuese un César prepotente que mueve a la gente a su antojo. No quiero meterme en eso porque la religión no es un tema que domine yo, o que domine alguien. Extraño mis caminatas por la Francisco de Miranda. Ahí, muchas veces, tenía ideas que luego convertía en cuentos, en poemas o en obras de teatro. Y, al final, me parece curioso que, aunque Miguel no fue tan relevante como para hablar de él a la hora de la cena, escribirle esta crónica.

T.M.

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