Reseñas Cantáridas: “Viaje al fin de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline

Pocos autores pueden presumir de un logro como el que tuvo Louis Ferninand Céline: Hacer que su primera novela se convierta en su obra maestra, indiscutible e inmortal. Y es que, cuando se investiga acerca de Céline, “Viaje al fin de la noche” es el título que, por antonomasia, se nos repite una y otra vez. Y es que Céline es un autor de cuidado, de escándalo muchas veces. Abiertamente, en más de una ocasión, expresó opiniones en contra de los judíos. Sin embargo, estamos ante el segundo autor francés más traducido de la historia (después de Marcel Proust). Y esto es gracias a que, en su momento, Céline supo crear un texto sumamente único y polémico. La principal razón de esta polémica recae en el lenguaje, descarnado y sincero, sin guirnaldas. Al momento de publicarse “Viaje al fin de la noche”, Céline contaba con 38 años.

“Viaje al fin de la noche” representa un viaje que se divide en dos vertientes. La literal y la metafórica. Por un lado, tenemos al protagonista, quien viaja, una y otra vez (algunas veces por iniciativa propia, algunas veces obligado por circunstancias que se le escapan de las manos), a distintos lugares del mundo. A la guerra, a África, a Estados Unidos, a Francia de regreso, dentro de Francia. Por otro lado, tenemos el viaje al fin de la noche como tal, que es esa experiencia pesimista que, con la compañía de otros personajes que van a apareciendo y desapareciendo, va acunando nuestro protagonista en su modo de enfrentarse a la vida, con todos sus obstáculos.

La larga novela se podría fragmentar en distintas aventuras que, cada una a su manera, van dejando entrever distintos temas desde la punzante perspectiva de Céline. Eso sí. Cada uno de los temas sobre los que se habla (el amor, la vejez, el sexo, la vida, la muerte, la guerra, la desesperanza, el pesimismo, la moral) está empapado del humor nihilista que el personaje (que no dista mucho de su propio autor) irradia. Esto le da un toque sumamente refrescante a la novela, que la aleja del lugar común de la belleza y del final feliz. Sin embargo, el tema general es el nihilismo, la futilidad de la vida y de las pocas opciones que, como seres humanos, tenemos ante esta vorágine.

“Viaje al fin de la noche” es una novela con muchísimos personajes, aunque no todos tienen la misma importancia ni la misma participación. En primer lugar, por supuesto, tenemos a Ferdinand Bardamu, nuestro protagonista y narrador. Él es, en cierto modo, el prisma a través del cual todos los personajes se desfragmentan en sus propios matices: odios, amores, celos, valentías, miedos. Bardamu, el viajero del mundo (y de fin de la noche), es nuestro ojo en las aventuras que vive, en las críticas, muchas veces irónicas y devastadoras, que hace de sus encuentros con lugares y personas.

Por otro lado tenemos a “Robinson”. Robinson llega a ser una especie de antagonista de Bardamu. Robinson, a pesar de que muchas veces se nos presenta como un pobre diablo débil, aunque pillo y taimado, no deja de ser enigmático. Robinson se encuentra con Bardamu (o Bardamu con Robinson) siempre de una manera casi inexplicable, en casi todos los lugares a los que éste va. No llega a ser un amigo como tal (muchas veces Bardamu no lo soporta, ni él soporta a Bardamu), pero tampoco llega a ser un enemigo.

Son muchas las mujeres que, a lo largo de la novela, irrumpen y son importantes en la vida de Bardamu. Sin embargo, yo colocaré sólo a una: Molly. Molly es una prostituta sumamente noble que acompaña a Bardamu durante parte de su estancia en Estados Unidos. Quizás no es la que más tiempo pasa con él, pero es la que se convierte, al menos para Bardamu, en el referente de la bondad y de la belleza infinitas. Enternecen, a pesar de lo ácido de la novela, las evocaciones que el protagonista, en un recuerdo cada vez más difuso, hace de Molly.

El narrador, como hemos dicho, está en primera persona. Muchas veces (lo cual es común en este tipo de narrador) se detiene en observaciones reflexivas acerca de tal o cuál asunto. Pero estas observaciones, al no ser aleccionadoras, sino pesimistas y obscuras, resultan sumamente divertidas y entretenidas. Muchas, de hecho, tienen el poder de que nos identifiquemos con ellas, relacionádolas con nuestra propia vida (quizás a ello se deba el éxito de esta novela y de Céline en general). Los adelantos de tiempo, esto hay que mencionarlo, se hacen con delicadeza. Céline cuenta más de quince años de su propia historia sabiendo extraer lo importante.

El lenguaje de Céline da para cortar muchísima tela. Uno de los aspectos por los que esta obra es capital, es el hecho de que el lenguaje es desenfadado, coloquial y, muchas veces, grotesco y grosero. Esto fue lo que generó, al ser publicada la obra, una gran polémica en la sociedad francesa de la época. Pero, analizándolo con una perspectiva del Siglo XXI, no podía ser de otra forma si el autor pretendía retratar (como muy bien lo hizo) la vida barriobajera de las entrañas de la guerra, de Francia y del mundo. Céline da mucha libertad a sus personajes para hablar, pero estos diálogos son concisos y no expresan más de lo necesario para el personaje y para la trama.

Hay denuncias, en la obra de Céline, que son exclusivos dardos a aspectos de su tiempo. La crítica y la burla a la guerra (que Céline experimentó de primera mano), la vida en las colonias francesas de África (ésta es, quizás, la más mordaz de todas, al mostrarnos a pequeños caudillos que humillan a sus subordinados y esclavos y a la vez viven una vida casi inhóspita en selvas que están, prácticamente, aisladas del mundo y que Céline se encarga de describir con particular detalle en lo respectivo al calor, a los olores, a los insectos, a las relaciones, etc.), la vida industrial y muchas veces enajenada de los estadounidenses y, finalmente, la vida de París, las relaciones entre las clases, entre las gentes que, quiéranlo o no, viajan hasta el fin de la noche.

Tomás Marín

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