Díptico de los fracasos

La enfermera camina rápido tras empujar la puerta que separa la sala de espera y el consultorio del médico. Mira a todos los pacientes con gesto de hastío y de ofuscación. Es evidente que no le gusta nada su trabajo. Aún así tiene que hacerlo. “Natasha Torres”, grita en voz alta. Ve que Natasha se levanta con cierta dificultad. La enfermera le da la espalda y vuelve a cruzar la puerta batiente. No espera a Natasha.

Natasha se sienta en la silla del consultorio. Es una silla que está ya rasgada y botando algo de goma espuma por entre la tela granate. Es lo que hay. Los presupuestos para hospitales son cada vez más nulos en el paraíso socialista. Natasha nota que la mirada del médico tiene un gesto de lástima. Natasha se lo esperaba de todas formas. Todos los indicadores apuntaban al mismo lugar. Aún así suda frío cuando el médico devuelve los resultados de los exámenes y pronuncia la palabra “tumor”.

Los familiares de Natasha van a visitarla. Algunos intentan brindar palabras de aliento. No saben hacerlo. Saben bien que Natasha está condenada a muerte. Los tratamientos para el cáncer son cosa del pasado. Los tratamientos para el cáncer son cosas de países normales. El tío chavista de Natasha culpa a los Estados Unidos. Es un fanático convencido de que existe el imperio malo y el socialismo bueno. Natasha siente ganas de estamparle la cara contra los cristales del espejo de la sala.

La prima de Natasha entrelaza sus dedos con los de Natasha. A Natasha le hace bien el contacto con su prima. Es su prima favorita. Es la prima con la que jugaba desde niña. Es la prima a la que siempre llamaba cuando tenía alguna duda sobre sexo o sobre la vida en general. La prima le dice a Natasha que está prohibido rendirse. Le sugiere que haga un crowfunding por internet. Está convencida de que a Natasha la quiere mucha gente que puede donar algo.

Natasha abre su campaña de crowfunding. Busca en las carpetas desordenadas de su computadora una foto en la que salga linda. Selecciona una que le tomaron la noche en la que le dio el primer beso al que ahora es su ex. Sale con un peinado que le hizo su prima y con una linda camisa azul de botones que le regaló su abuela. La meta del crowfunding es elevada. Pero recuerda que dicen que la esperanza es lo último que se pierde.

Ha pasado más de un mes. Natasha ha recolectado cinco dólares. Con eso no le alcanza ni para el taxi que la llevaría hasta el médico. Pero Natasha sí ha recibido muchos mensajes de aliento. Son mensajes de aliento de personas que se disculpan por no poder ayudar con dinero. Natasha busca en las opciones del menú de la página. Selecciona la que dice “Eliminar campaña”. Apaga la pantalla de la computadora.

Natasha espera el tren del metro. La estación de Plaza Venezuela es un hervidero de gente. Algunas personas se empujan. Otros elevan la cabeza entre la multitud para buscar algo de aire relativamente fresco. Los sistemas de refrigeración están dañados. Suena en los altavoces una melodía patriótica que habla sobre los logros del gobierno. Se divisan las luces del tren desde la abertura del túnel. Natasha salta hacia las vías. La gente grita y aparta la vista.

Roberto lleva varias semanas intentando conseguir la cita para sacar el pasaporte. La respuesta de la página de citas casi siempre es la misma. Los sistemas están colapsados y hay que intentar nuevamente. Pero Roberto intenta a todas horas y nada. Sólo ve la misma imagen de Chávez y de Maduro que le sonríen con mediana resolución. Roberto se rinde por hoy. Hace un clic rabioso sobre la equis que cierra la pestaña.

Otra semana y otra vez que Roberto intenta conseguir la cita para el pasaporte. Está sentado en su computadora a pesar de que tiene sueño y quiere acostarse a dormir. Es casi la mitad de la madrugada. A Roberto le recomendaron pedir la cita de madrugada. Pero aún así la página parece colapsada. Roberto ingresa una vez más sus datos en el formulario. Aparece de la nada un cartel diciendo que la cita ha sido confirmada. Es dentro de cuatro meses. Pero Roberto no puede estar más feliz. Imprime el comprobante en PDF de la cita.

Es el día de la cita del pasaporte. Roberto revisa y comprueba una y otra vez que tiene todos los documentos en regla dentro de la carpeta manila. Nada puede salir mal. Ha sacado incluso copias de emergencia que lleva en una carpeta aparte. La cita es a las once de la mañana. Pero Roberto decide salir a las ocho. Caracas es una ciudad impredecible y hay que estar siempre precavidos con respecto a los retrasos.

Roberto se mete en su carro. Coloca la carpeta manila en el asiento trasero. Mete la llave. La gira. El arranque tiene un sonido extraño. El motor no enciende. Roberto gira nuevamente la llave. De nuevo el mismo sonido como de carcajada sin aceitar. Roberto gira la llave una vez más. Lo mismo. Roberto golpea el volante con rabia y abre la puerta. Levanta el capó. No entiende mucho de mecánica. Aún así mueve unos cables al azar. Gira la llave. Nada.

Roberto llama a su papá al trabajo. Atiende la secretaria. El papá está en medio de una reunión. La secretaria le dice con dulzura a Roberto que su papá podrá atenderlo en media hora. Roberto mira su reloj de muñeca con impaciencia. Lo mira cada cinco segundos. Le encantaría tener el poder que tenía Adam Sandler en aquella película en la que congelaba el tiempo. El papá de Roberto llama a Roberto. Roberto le pregunta si le puede dar la cola hasta las oficinas en donde se sacan los pasaportes. El papá se disculpa. Le dice que es imposible y le cuelga.

Roberto sale de su casa con la carpeta de los documentos en la mano. Son casi las diez de la mañana. Intenta detener un taxi. El taxi no le hace caso y sigue de largo. Roberto espera en la acera a que pase otro taxi. Otro taxi pasa. Roberto le hace la señal de que se detenga. El taxi le dice que no a Roberto con su dedo. Roberto comienza a desesperarse. Un taxi con un carro destartalado por fin se detiene. Roberto se monta y le pide al taxista que vaya lo más rápido posible.

Roberto se arrellana en el asiento trasero del taxi. Está un poco más tranquilo. “Upa”, dice el taxista como para sí. Ese “Upa” levanta a Roberto de su arrellanamiento y lo estresa. Pregunta qué pasó. El taxista le señala una calle totalmente trancada. Hay una manifestación de médicos que exigen materiales. Un contigente de la guardia nacional vigila a los médicos de cerca y los amenaza con reprimirlos duramente. Roberto pregunta al taxista si puede ir por una vía alternativa o por un camino verde. El taxista le dice que no. “Todo eso debe estar trancado”, argumenta. Pero le sugiere a Roberto tomar el metro. La estación de Caño Amarillo está cerca.

Roberto llega a la estación. Baja corriendo las escaleras. Tan arreglado que había salido de su casa con la ilusión de tomarse la foto para el pasaporte. Ahora está todo sudado y despeinado. Hay muchísima gente en los andenes. El reloj indica que pronto serán las once. Roberto calcula cuánto tiempo tomará llegar a la cita. Pasan cinco minutos y el tren no viene. Una voz habla por los roncos altavoces internos. Dice que hay un retraso y que será largo. Ha surgido una irregularidad en la estación de Plaza Venezuela. “Oí que se lanzó una mujer”, dice una señora gorda que espera detrás de Roberto. Roberto se sale de la fila y bota la carpeta en la papelera del metro. Se siente un poco abrumado. Tiene la impresión de que se quedará atrapado en Venezuela para siempre.

Tomás Marín

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