De cómo las cenizas de Sofía terminaron en Hawái

A veces, no sé si me sucede a mí solo, tengo la sensación de que toda la tristeza y todo el sufrimiento del mundo son cosas inaguantables. El sinsentido de la vida es algo que me arrolla frecuentemente. Pero es en medio de toda la tristeza, de todo el sufrimiento, de toda la maldad y de toda la basura, que encuentro (repito, no sé si me sucede a mí solo) esa chispa, esa embriaguez que hace tan interesante a la vida. Les voy a contar una de mis historias más secretas, una que juré mantener para mí, pero que, hoy (mi palabra no vale nada), decido publicar.

Soy una persona, como sabrán, muy aficionada al teatro. Me encantaba, cuando vivía en Caracas, ir a ver obras, era una de las cosas que más me hacían feliz (junto con comer y coleccionar libros para leer). Un día, gracias a una invitación que me regaló mi mamá, fui a ver, en el Centro Cultural de Chacao, una representación de “Cuando quiero llorar, no lloro”, una adaptación (bastante mediocre) del cuento homónimo de Otero Silva. Lo reseñable aquella noche, más que la obra como tal, fue el hecho de que conocí a una muchacha encantadora, de ojos marrones y pelo asombrosamente liso, llamada Sofía. Nos unió, en amistad, la casualidad y la ola de críticas negativas que teníamos hacia “Cuando quiero llorar, no lloro”. Sofía y yo (es necesario aclarar esto) no éramos los mejores amigos, pero nos convertimos en buenos amigos.

Si había una cosa, una palabra, un concepto, con el que yo podía (y puedo) definir a Sofía, esa palabra, o ese concepto, es “Hawái”. Sofía, además de que (no sé si por casualidad o por intención) tenía la piel un poco (pero sólo un poco) tostadita, al estilo de las hawaianas, sentía amor, verdadera pasión, por Hawái. De hecho, sé cómo es la bandera de Hawái (es una especie de bandera del Reino Unido junto a muchas franjas horizontales) porque Sofía la tenía, en tela y en tamaño maxi, en la pared de su cuarto. Ella también tenía un afiche de IZ. IZ (su nombre verdadero era mucho más largo) era un gordo (pesaba, literalmente, unos trescientos cincuenta kilos) hawaiano que cantaba increíble y que tocaba un ukelele que, en contraste con su cuerpo gigante, se veía mínimo, como de juguete. Sofía también tocaba el ukelele (no muy bien, pero se defendía). El sueño de Sofía era ir a Hawái. De hecho, me decía, medio en broma medio en serio, que ella quería, cuando muriera, que sus cenizas fueran regadas en las aguas de Hawái, de la misma manera que había sucedido con las cenizas de IZ.

No quiero ensombrecer este relato, quizás el más íntimo que haya contado nunca, con los sórdidos detalles acerca de la enfermedad, el declive, la agonía y la muerte de Sofía. Fue un proceso bananero, dantesco, largo, tercermundista. Una muerte socialista más en medio de toda la barbarie. Lo que me dio siempre más rabia no fue sólo el hecho de que Sofía muriera, sino que muriera sin haber cumplido su sueño de conocer Hawái. De hecho, y porque ella misma lo pidió, sabiendo que le quedaba poco, la urna de Sofía fue cubierta con la bandera de Hawái (la misma que tenía en su cuarto) en vez de con la de Venezuela. Les digo que lo que ella sentía por Hawái era, de pana, amor, amor profundo.

Meses después de la muerte de Sofía, una especie de idea me quedó rondando la cabeza, un tanto obsesiva, quizás. A Sofía la habían cremado, y sus cenizas estaban en Caracas. No sé si fue una estupidez, o un instinto de buen amigo, o las ganas de salir del país a como diese lugar, pero yo quise contribuir a cumplirle a Sofía su sueño de que sus cenizas tuvieran el mismo destino que las de IZ, que fueran arrojadas a las aguas cristalinas y perfectas de Hawái. Recuerdo que, una tarde, llamé al papá de Sofía, uno de los hombres más candorosos que existen, y le pedí reunirme con él. Él me recibió en su casa y me hizo sentarme en uno de los sillones granates de la sala. Yo no sabía si irle con rodeos o decirle directamente mis intenciones. No es fácil decirle a un padre que quieres, que necesitas, las cenizas de su única hija. Decidí ser directo (es más fácil). Él comprendió. De hecho, él me dio la razón y me apoyó. Sofía le había expresado a él (yo no sabía eso hasta entonces) su deseo de que fuese cremada y de que sus cenizas, como me había dicho a mí, descansaran en Hawái.

El problema era que no había dinero para eso. En Venezuela nunca hay dinero para nada. Sofía, a fin de cuentas, era una chama de clase media atrapada en medio del infierno socialista. Yo le pedí permiso al papá para intentar recolectar dinero y ver si era posible llevar las cenizas hasta Hawái. Él me dio el visto bueno, porque él era loco, como yo. Yo hice una campaña (no sé si ustedes la recordarán) en GoFundMe. Recolecté sólo cuarenta dólares. Pero a punta de mi trabajo de redactor, y de saber ahorrar y moverme, pude conseguir más dinero.

El siguiente problema a resolver era el de ver si yo era capaz de organizar un viaje sensato. Después de mucho buscar (porque las rutas desde Caracas a Hawái, además de enrevesadas, suelen ser carísimas), conseguí un itinerario que se ajustaba a mi no muy amplio (pero tampoco tan escaso) presupuesto. El viaje tendría tres escalas tediosas y larguísimas. El trayecto iba desde Caracas hasta Bogotá, de Bogotá hasta Fort Lauderdale, de Fort Lauderdale hasta Los Ángeles y de Los Ángeles hasta Hawái.

El siguiente paso fue idear la manera menos traumática de llevar las cenizas de Sofía conmigo. Me sentía como una especie de dealer que estaba traficando con cocaína, con una especie de cocaína gris. Pero no había razón para tanto trauma. La aerolínea (y creo que todas las aerolíneas lo permiten), cuando llamé y expliqué todo el embrollo, me permitió llevar las cenizas siempre que el recipiente estuviese muy bien cerrado y sellado temporalmente. Fue un alivio grande. Una vez que llegó la hora de irme al aeropuerto (como a las dos de la mañana), Sofía (granulada) y yo salimos un poco trasnochados. Como a las siete de la mañana ya estábamos en Bogotá.

Y de ahí, desde Bogotá, el trayecto, entre esperas y vuelos, se hizo interminable. De Bogotá a Fort Lauderdale. En Fort Lauderdale otra espera. El aeropuerto de Fort Lauderdale es uno de los más nulos (aunque tampoco conozco tantos aeropuertos) que he visto. El de Los Ángeles sí que es increíble. Es gigantesco, monstruoso. Pero la espera fue larga, incluida la anécdota de un guardia del aeropuerto que, al solicitar mi documentación y notar que mi pasaporte era venezolano, me preguntó, con mala cara, luego de revisarlo, que qué tal me parecía Maduro. Le respondí, en mi buen inglés, aunque mal pronunciado: “Maduro is the perfect Satan”. Él se rió y se fue. Luego estuve esperando en los asientos de la puerta de abordaje hasta que, por fin, se anunció el vuelo hasta Hawái. Yo sonreí solo como estúpido. Estaba a punto de completar una de las hazañas más surrealistas de mi vida.

Hawái es preciosa. Les puedo asegurar, aunque, quizás, mis recuerdos están distorsionados a causa de tanto Jet Lag que tenía en aquel momento, que Hawái es tal cual como la ponen en las películas y en las comiquitas. Yo me senté (tras el traslado desde el aeropuerto) un largo rato en una playa que parecía onírica, pero un rato largo, larguísimo, que se me hizo eterno. Hundí bien mis dedos en la arena blanquísima y, al final, cumplí con Sofía. El sinsentido de la vida me arrolló en aquel momento. Pero sentí que, dispersándose a través del Pacífico, Sofía por fin estaba en su casa.

Tomás Marín

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