El último que vio a Cerati

Estaba yendo para la universidad y lo vi por primera vez. Estaba guindado de un poste dañado de la avenida principal de Los Dos Caminos. Era el afiche que anunciaba la nueva gira de Cerati y su paso por Caracas. Cerati salía con una especie de antifaz negro con fondo gris o azul. Me emocioné y sonreí solo. El señor Juan, el que me daba la cola para la universidad siempre que podía, me preguntó el porqué de mi sonrisa. Yo le expliqué que estaba emocionado por ver a Cerati. Nunca había podido verlo con Soda Stereo (no me había alcanzado el dinero para el concierto que habían dado tres años antes), pero ahora, al menos, podía verlo en solitario. El señor Juan calló. No conocía la música de Soda ni la de Cerati. Él era más de Machín y de Piazzolla. Pensé en mis ahorros. No eran muchos, pero quizás podría pedir prestado a mi papá y a mi mamá. Quizás ellos comprenderían. Ellos sabían, mejor que nadie, mi afición por Cerati y por Soda Stereo. Pero, cuando llegué a la universidad, me vi obligado a pensar en cosas más importantes para el momento. Me enfrentaba, ese día, a un examen de antropología filosófica, un examen en el que, por cierto, salí fatal, pero (menos mal) no tenía la materia en peligro.

Analicé, entre mis compañeros de la universidad, y entre la lista de mis amigos en general, a quién podría proponerle que me acompañara al concierto de Cerati. Era en la Simón Bolívar, por lo que el transporte sería difícil, pero ya improvisaríamos sobre la marcha. Quizás valdría la pena el desbancarse con sendos taxis de ida y vuelta, aunque, luego de calcularlo fríamente, esos dos taxis saldrían más caros que la propia entrada. Las desventajas de vivir en un país socialista con una inflación (ya para esa época) por las nubes. Época de Chávez, cuando se creía que no se podía estar peor. Un año después, Chávez estaría luchando contra el cáncer que haría con él lo que él hizo con el Venezuela. Yo, mientras tanto, no conseguía a nadie con quien ir. A muchos de mis amigos no les gustaba Cerati. Y a los que sí, no les alcanzaba el dinero para la entrada.

Estuve ahorrando durante semanas. Tuve, además, que pedirle a mi mamá y luego a mi papá. Y ellos, tal como yo había supuesto, colaboraron para la causa. Incluso mi mamá, en un arranque de extraña generosidad, me ofreció pagar la entrada para un amigo mío, para que yo no fuera solo al concierto. Pero decliné la invitación. Quizás ninguno de mis amigos merecía tal honor por parte de mi mamá. De parte mía podía ser, si tuviese yo dinero, pero no le podía aceptar eso a mi mamá, quien se partía el lomo trabajando casi todos los días de la semana.

El hecho es que tomé el dinero en efectivo y, guardándolo en mi bulto, con todo el miedo del mundo a que pasase un motorizado (o un malandro de a pie) y me lo arrebatase, fui en metro hasta el Sambil. En el Sambil estaba ubicado un puestito sucursal donde vendían las entradas. Las hubiese comprado más fácilmente por internet, pero no tenía tarjeta de débito ni de crédito para esa época (y mis papás eran unos desconfiados totales a lo relacionado al mundo de las compras por internet).

Fui con mi bulto, sudado después de entrarme a golpes en el metro, que estaba relativamente a la hora pico, y subí hasta el nivel Acuario. Todo para que una señorita con acné y huequitos en la cara que no le quitaban del todo la belleza, me dijese que las entradas para Cerati estaban agotadas. Maldito país. Malditos revendedores. Maldito Chávez. Pero decidí gastar parte del botín ahí mismo, en la misma feria de comida del Sambil. Pasé el despecho instantáneo con un burrito mixto con refresco y con un combo de chocolate y arequipe del Churro-manía. Me había resignado a que estaba destinado a no ver a Cerati.

Cuando estaba a punto de tomar el metro de regreso a casa, me sonó el celular. Me estaba llamando Luis, uno de mis mejores amigos, un tipo que es de esa gente que, por siempre estar feliz, parecieran estar, todo el tiempo, borrachos y empericados. Luis me invitó a una reunión que iba a ser en casa de una amiga en común. La reunión iba a ser dentro de dos sábados, el quince de mayo, el día del concierto de Cerati. ¿Casualidad? ¿Predestinación? ¿Compensación? ¿Dios riéndose en mi casa? No lo sé.

La reunión estuvo normal (Un inciso: Ahora que vivo afuera del país, suelo extrañar, en ocasiones, aquellas reuniones). Una cava, chamas, chamos, conversaciones intentas y no tan intensas, música, licor bueno, del malo y muchas risas, el oasis del paraíso en medio del infierno. En una de ésas, Luis, el mismo Luis que me había invitado, irónicamente estando sobrio, caminó sin ver el desnivel de los escalones de piedritas del patio del edificio. Cayó con todo el peso sobre su rodilla derecha. Todos escuchamos el “crack”. Nos dio muchísima grima. Luis intentó guapear, pero todos sabíamos que todo olía, sonaba y se veía como fractura. Un pana que había llevado su carro a la reunión se ofreció a llevar a Luis a emergencias. Yo me ofrecí a acompañarlo. Luis me dio las gracias sin perder jamás su sonrisa periquera-alcohólica, a pesar del dolor.

Como la reunión era en El Hatillo, yo sugerí que lo mejor sería ir al C.M.D de La Trinidad. Al fin y al cabo, Luis tenía seguro privado y no habría problema. Entramos por emergencias. Nos atendió una enfermera de guardia un tanto gorda y amargada. Se llevaron a Luis adentro y el pana que manejaba (que no nos conocíamos casi) y yo nos quedamos sentados, con un silencio algo incómodo, en la hilera de las sillas de espera.

Ya era de madrugada y se colaba algo del frío exterior por la puerta batiente que daba hacia afuera. Me puse nervioso cuando, desde el otro lado de dicha puerta, se oyó un barullo y se vio el reflejo, amarillo y naranja, de las luces de una ambulancia que se acercaba. Sentí miedo. Las escenas de las emergencias en los hospitales me dan pavor. Pero el barullo aumentaba y se distinguían acentos, para colmo, mezclados entre venezolanos y argentinos. La amargada y gorda enfermera elevó su nariz respingada, preparó un papel y se puso en actitud de alerta.

Y fueron dos segundos, exactamente dos segundos, los que lo vi. Cerati en una camilla que era empujada por un enfermero de bata verde que corría lo más rápido que le daban las piernas. Un no sé si amigo, o socio, o manager, o escolta de Cerati, que lo tomaba de la mano pálida (al igual que la cara), que le decía: “Aguantá, Gustavito, aguantá” y que desapareció, junto al resto, por el mismo pasillo por el que se habían llevado a Luis minutos atrás. Yo tardé en asimilar. Miré al pana que había manejado y noté que estaba tan extrañado como yo. Fue él quien rompió el silencio y me preguntó si a quien acabábamos de ver era a Cerati. Yo asentí como con mariposas en el estómago y con la convicción de un escéptico que está frente al juicio final. Días después anunciaban que Cerati había entrado en un estado de coma, del que no despertaría jamás. A veces me pregunto si fui la última persona (aparte de los enfermeros y de los cercanos) que vio a Cerati con los ojos abiertos. Y sí, vi a Cerati, aunque hubiese dado lo que fuese por verlo de pie, cantando una canción.

Tomás Marín

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s