Prohibido ser Gandhi. Capítulo I.

HELENA: ¿No le incomoda sostener todo el tiempo la linterna?

DOCTOR: Es el único modo en que puedo ver algo.

HELENA: ¿Quiere que se la sostenga yo?

DOCTOR: No, Helena. Quédate tranquila.

HELENA: Lamento, de verdad, haber venido a esta hora.

DOCTOR: No te preocupes. Para eso estamos.

HELENA: Yo, si por mí fuera, no hubiese venido. Mi madre, prácticamente, me obligó.

DOCTOR: ¿Por qué?

HELENA: Descubrió que estaba tosiendo algo de sangre.

DOCTOR: ¿Desde hace cuánto?

HELENA: Unas dos semanas.

DOCTOR: ¿Y por qué no le habías dicho nada?

HELENA: No quiero darle más preocupaciones.

DOCTOR: ¿Cómo has tenido la respiración?

HELENA: A ratos siento que se me tranca.

DOCTOR: ¿Peor que la última vez que nos vimos?

HELENA: Sí.

DOCTOR: ¿No te hizo nada el tratamiento con agua caliente que te recomendé?

HELENA: Es difícil calentarla. No hay luz eléctrica y el gas nos llega una vez a la semana.

DOCTOR: ¿Al menos te has abrigado bien?

HELENA: Sí. Eso sí.

DOCTOR: Necesito que te subas un poco la camisa.

HELENA: No se asuste si me ve un poco huesuda.

DOCTOR: Voy a colocar mi oreja en tu tórax.

HELENA: ¿Y el estetoscopio?

DOCTOR: ¿No te conté?

HELENA: No.

DOCTOR: Se lo llevaron la última vez que entraron a robar.

HELENA: ¿Robaron aquí de nuevo?

DOCTOR: Siempre logran romper el candado.

HELENA: ¿Qué harían con un estetoscopio?

DOCTOR: Eso es lo de menos. Creo que ellos roban por robar, por el simple placer de robar.

HELENA: Lo bueno es que, por lo que veo, ya no queda nada que se puedan llevar.

DOCTOR: Respira profundo.

HELENA: …

DOCTOR: ¿Te duele?

HELENA: Sí.

DOCTOR: ¿Del uno al diez?

HELENA: Tres…

DOCTOR: Ah, pero no es para tanto. Pensé que…

HELENA: …millones.

DOCTOR: …

HELENA: …

DOCTOR: Nunca pierdes tu sentido del humor, Helena.

HELENA: …

DOCTOR: …

HELENA: ¿Y bien? ¿Cómo me encuentro?

DOCTOR: La verdad es que no tengo muy buenas noticias.

HELENA: No hay ninguna esperanza, ¿verdad?

DOCTOR: Verás, Helena. No es que tu enfermedad, como tal, sea tan grave.

HELENA: Pero…

DOCTOR: Hemos perdido mucho tiempo. La infección ha ganado terreno sobre tus pulmones, y no tengo instrumentos para ver, con precisión, qué tan dañados están.

HELENA: ¿Y qué puedo hacer?

DOCTOR: Ése es el problema. El país está bloqueado totalmente. Las fronteras están cerradas. No hay medicinas. Intento hacer malabares con lo que se me ocurre, pero, muchas veces, es inútil.

HELENA: A pesar de todo, agradezco su franqueza, doctor.

DOCTOR: …

HELENA: …

DOCTOR: ¿Sabes, Helena?

HELENA: ¿Sí?

DOCTOR: Por alguna razón, te he tomado aprecio.

HELENA: Es lo bueno de ser una chica tan enfermiza, terminas haciéndote amiga de tu doctor.

DOCTOR: Y confío en ti.

HELENA: ¿En qué sentido?

DOCTOR: Hay algo que te quiero proponer.

HELENA: ¿Saltar por la ventana para ahorrarme todo el proceso de la agonía?

DOCTOR: Hablo en serio, Helena.

HELENA: Dígame.

DOCTOR: Pero necesito que me prometas algo.

HELENA: ¿Qué?

DOCTOR: No puedes hablar de esto con nadie.

HELENA: …

DOCTOR: Si el gobierno se llega a enterar, soy hombre muerto.

HELENA: Lo prometo. No le diré nada a nadie.

DOCTOR: Podrías tener una salvación.

HELENA: ¿Cuál?

DOCTOR: Tengo un conocido, el amigo de un amigo, que tiene contactos cerca de la frontera, por la selva.

HELENA: ¿Y?

DOCTOR: Él es capaz, bajo encargo muy discreto, de conseguir ciertos objetos.

HELENA: ¿Como cuáles?

DOCTOR: Medicinas.

HELENA: ¿Así me podría salvar?

DOCTOR: Sería un buen intento.

HELENA: ¿Cómo hago para contactar con él?

DOCTOR: Lo haría yo por ti.

HELENA: No me opongo.

DOCTOR: Pero debes saber que no es algo barato.

HELENA: ¿Cuánto?

DOCTOR: …

HELENA: Dígame.

DOCTOR: Lo que cuesta una vivienda.

HELENA: …

DOCTOR: …

HELENA: No me haga reír, doctor.

DOCTOR: Toma en cuenta que hay mucha gente que se juega el pellejo en eso. El gobierno tiene muy bien vigiladas las fronteras, y sabes cómo se las gastan con quienes tienen trato con el extranjero.

HELENA: De todas formas, ¿de dónde podría sacar yo tanto dinero?

DOCTOR: Podrías intentar convencer a tu madre de vender la casa. Hay mucha gente del gobierno que está comprando casas para almacenar armas.

HELENA: Doctor, usted sabe bien que el gobierno no compra, sino que expropia. Y sabe lo que hace el gobierno si alguien se atreve a reclamar. Si el gobierno, un día, se antoja de mi casa, igual no tendríamos un céntimo. Además, ¿dónde viviríamos mi madre y yo?

DOCTOR: Quizás en un refugio comunal.

HELENA: ¿Sabe usted lo que le hacen a las chicas como yo en los refugios comunales?

DOCTOR: …

HELENA: Da igual. No vale la pena hablar de ello.

DOCTOR: Te juro que me encantaría hacer más por ti, Helena.

HELENA: Tranquilo, doctor. Usted ha hecho lo que ha podido. Es sólo que no quiero causarle más problemas a mamá. Si va a morir de depresión, al menos que lo haga en su casa.

DOCTOR: Lo siento mucho. Si supieras la cantidad de pacientes que salen por esta puerta sin que yo pueda hacer más.

HELENA: Que eso no lo atormente.

DOCTOR: …

HELENA: ¿Cómo le puedo pagar?

DOCTOR: ¿Pagar? ¿Por qué?

HELENA: Por la consulta.

DOCTOR: No seas tonta, Helena. Sabes que soy amigo de tu madre y que nunca te he cobrado.

HELENA: ¿Y cómo le cobra usted a la gente, si la gente ya no tiene dinero?

DOCTOR: Descubriste mi secreto. Trabajo por amor al arte.

HELENA: …

DOCTOR: …

HELENA: Doctor…

DOCTOR: ¿Sí?

HELENA: No le diga nada a mi madre, por favor.

DOCTOR: Te lo prometo.

T.M.

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