Prohibido ser Gandhi. Capítulo II.

MADRE: Helena.

HELENA: Dime, mamá.

MADRE: No me has contado qué te dijo el médico.

HELENA: …

MADRE: …

HELENA: Me voy a morir.

MADRE: ¿Qué?

HELENA: Es broma, mamá.

MADRE: …

HELENA: …

MADRE: Nunca me ha gustado tu humor.

HELENA: …

MADRE: No me has dicho aún.

HELENA: ¿Qué?

MADRE: Lo que te dijo el médico.

HELENA: Nada. Hay que esperar.

MADRE: …

HELENA: Mamá.

MADRE: Dime.

HELENA: Llevas media hora jugando con ese guisante.

MADRE: ¿Y?

HELENA: ¿No vas a comer?

MADRE: No me provoca.

HELENA: Anda, por favor. No has probado bocado. Estoy un poco harta de estar todos los días, como si fueses una niña chiquita, presionándote para que comas.

MADRE: Yo también estoy un poco harta.

HELENA: …

MADRE: ¿Puedo irme a acostar?

HELENA: No, mamá. Necesitas alimentarte para estar sana. Estás tan flaca que da miedo.

MADRE: Sabes bien que estar o no estar sana me da igual.

HELENA: Anda. Come un bocado, por mí.

MADRE: Además, ¿de qué hablas tú?

HELENA: ¿Qué quieres decir?

MADRE: Tú también estás tan flaca que da miedo.

HELENA: Lo normal para una chica de mi edad.

MADRE: Si se te marcan las costillas.

HELENA: Sólo un poco.

MADRE: Además, estás pálida y tienes ojeras. ¿Tú cenaste?

HELENA: …

MADRE: No te culpo, Helena. Esta carne parece una suela y estos guisantes parecen metras.

HELENA: Es lo único que hay, mamá. Si conoces algún otro método para tener comida que no sea la caja del gobierno, te ruego que me lo hagas saber.

MADRE: Ven a comer conmigo. Al menos acércate y hazme un poco de compañía.

HELENA: De acuerdo.

MADRE: Gracias, hija.

HELENA: …

MADRE: …

HELENA: No me había fijado en que tenías este vestido, el de las flores.

MADRE: Fue el último regalo que me hiciste. ¿Lo recuerdas?

HELENA: Antes te quedaba hermoso. Se ceñía perfectamente a tu cuerpo.

MADRE: Aún me queda hermoso. Mira.

HELENA: Has adelgazado mucho, mamá. Me preocupa.

MADRE: Todos hemos adelgazado en este país.

HELENA: Antes parecías una modelo con ese vestido. Ahora pareces una…

MADRE: ¿Una…

HELENA: Una cortina.

MADRE: Ja. Muy graciosa.

HELENA: Anda, come.

MADRE: ¿Crees que a tu hermano le hubiese gustado este vestido?

HELENA: Seguramente.

MADRE: No me canso de ver su foto. Él sigue con nosotros.

HELENA: No sigue con nosotros.

MADRE: Siento que él nos ve desde allí.

HELENA: No nos ve, mamá. No nos ve desde la foto ni desde ningún sitio. A mi hermano lo mataron. Ya mi hermano no existe. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

MADRE: Si te hubiesen matado a ti en vez de a él…

HELENA: ¿Perdón?

MADRE: …él diría que tú existirías.

HELENA: Tonterías.

MADRE: Él era tan bueno, tan atento.

HELENA: ¿Sabes qué le haría feliz?

MADRE: ¿Qué?

HELENA: Que comieras.

MADRE: ¿Vas a seguir?

HELENA: ¿Sabes qué?

MADRE: ¿Qué?

HELENA: Si no comes, te voy a esconder la foto de mi hermano.

MADRE: No, por favor. Sabes bien que es lo único que me queda de él.

HELENA: Entonces quiero verte comer.

MADRE: ¿Te he contado la historia de lo que me dijo antes de salir de la casa la mañana en la que se fue?

HELENA: Sí, mamá. Me lo dices siempre.

MADRE: Cuando Caracas aún podía llamarse Caracas.

HELENA: ¿No sigue siendo Caracas? ¿Es que cambió de nombre?

MADRE: No lo sé. Para mí no lo es. Mira eso. Ahora es como un desierto, como un cementerio. ¿Hace cuántos años fue la última vez que hubo luz eléctrica? Una se termina acostumbrando a las velas.

HELENA: Las oficinas del gobierno siempre tienen luz eléctrica. Se ven desde aquí.

MADRE: Parecen una antorcha en medio de esta negrura.

HELENA: Ojalá fueran una antorcha.

MADRE: ¿Por qué?

HELENA: Así se quemarían todos esos malditos.

MADRE: ¡Helena!

HELENA: ¿Qué?

MADRE: ¡Cállate la boca?

HELENA: ¿Por qué?

MADRE: Pueden oírte.

HELENA: Que me oigan, estoy harta.

MADRE: ¿Sabes lo que te harán si un vecino va y te denuncia?

HELENA: Gran cosa, morir.

MADRE: No es sólo morir, Helena. Es la manera en la que te matan.

HELENA: Ésas sólo son leyendas.

MADRE: Pregúntaselo a los que pasaron por ello, si tan sólo pudiesen responderte.

HELENA: No hace falta. Soy feliz con el silencio.

MADRE: ¿Por eso pasas tantas horas asomada por la ventana?

HELENA: Sí.

MADRE: Si no se ve nada. Toda la ciudad está en negro.

HELENA: Si te fijas bien, si fuerzas un poco los ojos, puedes ver detallitos por entre la luz de las velas de las ventanas de los otros edificios. Son detalles nimios, pero son divertidos. Allá, en la ventana que está justo al frente, vive un señor que todas las noches hace, deshace y vuela los mismos avioncitos de papel reciclado.

MADRE: Conozco a ese señor. A veces, cuando éramos más jóvenes, nos invitaba a comer sopa en su casa, pero quedó trastornado cuando mataron a su esposa.

HELENA: Allá, en la ventana de un poco más abajo, a veces hay una pareja que hace el amor en la posición del perrito.

MADRE: ¡Helena!

HELENA: Mamá.

MADRE: No te rías. No debes ver esas cosas, se trata de la vida privada de la gente.

HELENA: Con algo habrá que entretenerse, ¿no? Casi nunca puedo salir de estas cuatro paredes.

MADRE: Shhh. ¿Oyes eso?

HELENA: ¿Qué?

MADRE: …

HELENA: …

MADRE: Creo que hay redada abajo.

HELENA: ¿Redada? ¿Hoy?

MADRE: ¿No tienes nada insurgente escrito en tus cuadernos, no?

HELENA: No, mamá. Hace tiempo que no escribo.

MADRE: ¿Por qué habrá redada hoy? ¿Será que están buscando a alguien en particular?

HELENA: No quisiera ser yo.

MADRE: …

HELENA: Están tocando a la puerta.

MADRE: No abras, Helena.

HELENA: ¿Por qué?

MADRE: Hay redada. Son ellos, los militares.

HELENA: No creo. Nunca revisan este apartamento.

MADRE: No abras, por favor, son ellos. Tengo un mal presentimiento. A lo mejor se van.

HELENA: Peor será para nosotras si son ellos y no les abrimos. Tumbarán la puerta y nos cocerán a tiros aquí mismo.

MADRE: No abras, por favor.

HELENA: Voy a abrir.

T.M.

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