Tras las huellas de Dinotrópolis

Hoy en día, muchos de nosotros somos jóvenes frustrados y algo deprimidos. No dejamos de darle vueltas a la cabeza buscando imaginar qué sería de nosotros si Venezuela no hubiese caído en el cáncer del socialismo. Sabemos que antes no se vivía bien del todo. Sabemos que Venezuela siempre fue un país sin pena ni gloria condenado a buscar consuelo en el mito de las supuestas mejores playas y mujeres más lindas del mundo. Pero intuimos que, al menos, antes se vivía mejor que ahora, en donde, si no estamos preocupados y ocupados en que no nos maten (o a cualquiera de nuestros familiares) el tiempo se nos va haciendo de modelos webcam, de cazadores de sugar mommies/daddies o enchufándonos a algún subpuesto del gobierno con tal de llevarnos algo a la boca mientras pensamos en si es más conveniente huir en avión, en barco o en el lomo de una ballena que quiera hacer de rescatadora humanitaria y sacarnos de este infierno. También está esa rara excepción de los que trabajan honestamente.

El hecho es que sí, como el capitán Ahab que, en la famosa novela de Melville, se obsesionaba con encontrar y cazar a Moby-Dick, nosotros nos obsesionamos con encontrar el Santo Grial que nos permita una vida un poco más tranquila, más estable y con una promesa de algo que se parezca a un futuro. Mientras tanto, nos entretenemos recordando mejores tiempos, tiempos en los que la vida parecía más tranquila y en los que éramos felices con un trozo de torta y de gelatina colocado en un plato reusado de cartón que nos daban en una piñata de alguno de esos compañeros de clase que no nos caía tan bien pero que nos invitaba, mediante una tarjetita de cartulina escrita a mano, por obligación de los papás, costumbre que, en estos convulsos tiempos de redes sociales, parece ya extinta.

Porque son muchas cosas las que se han extinto en nuestra vida, como la serotonina que nos daba la felicidad o como el poder escoger, en un mercado abarrotado de productos y en donde no se tenía que hacer fila, la marca de leche que más nos gustara. Costumbres tan extintas y fosilizadas que, quién sabe si algún día, aparecerán enterradas, a una profundidad abismal, en alguna cueva subterránea descubierta por arqueólogos y paleontólogos, los mismos que, con bigotes y con esos tan pasados de moda pantalones caqui, van viajando por el mundo con picos y con pinceles buscando desenterrar cráneos, dinosaurios y nuestra dignidad cuando estamos en una cita y nos enteramos de que hemos dejado la cartera en casa y tenemos que decirle a la muchacha de nuestros sueños que nos pague la hamburguesa de Burger King que pedimos gigante porque creíamos tener más hambre de la que realmente teníamos.

Y hablando de dinosaurios (y no, José Vicente Rangel ni Henry Ramos Allup cuentan), creo que la felicidad de muchos de nosotros, como niños caraqueños en medio de una etapa de transición política, residió en un lugar casi mágico que estaba ambientado, como si de un viaje de LSD se tratase, en un mundo en el que los dinosaurios, además de organizarse en una monarquía autocrática que sería la envidia de muchos países desarrollados y subdesarrollados de la actualidad, vivían en galaxias lejanas y piloteaban naves espaciales mucho más modernas que nuestro actual carrito usado, modelo 2006, que tiene los retrovisores rotos a raíz de tantos motorizados que le han caído a patadas en medio del tráfico.

Pero no había tantos motorizados en la época dorada en la que, algunos sábados al año, nuestros padres, cansados de vernos en el sofá, boca arriba viendo la repetición de la repetición de la repetición de las películas de Robin Williams que transmitía Venevisión a la diez de la mañana, decidían darnos un premio y llevarnos a Dinotrópolis, lo más parecido al paraíso que podíamos experimentar, un lugar repleto de luces, de juegos y hasta de una montaña rusa que, si bien no era de grandes proporciones, al menos era suficiente para mí, que tengo miedo a las alturas y que el hecho de asomarme desde un piso elevado me hace sudar las manos.

Y aquellos sí que eran juegos inocentes, divertidos. No aquellos juegos de nuestra adolescencia en los que, en lugares más bien a poca luz, girábamos la botella con el fin de que ésta apuntara a la persona que nos gustara y de descubrir así otro tipo de paraíso. Dinotrópolis era como un oasis moderno y futurista, en donde la pregunta más difícil de responder consistía en qué maquinita jugar primero, y en donde nuestro instinto egoísta-infantil estaba preparado para empujar a cualquier niño que intentara quitarnos el puesto en el arcade del fútbol virtual o en la plataforma en donde, con un martillo, debíamos golpear las cabezas de los cocodrilos que iban saliendo de la nada, como salen ahora los delincuentes a las doce de la noche cuando te atreves a dar una caminata por el Marqués.

Precisamente en el Marqués quedaba Dinotrópolis, en el Unicentro. Parece difícil de creer que en ese centro comercial ahora roído, descuidado y rodeado de evangélicos, de policías nacionales bolivarianos y de vendedores de la lotería de los animalitos, estuviera ubicado lo que alguna vez fue Dinotrópolis. Es algo difícil de contar, uno de esos relatos decadentes que parecen salidos de un libro de Faulkner, un escritor norteamericano maravilloso al que, si no conocen, deberían fichar.

Y, hablando de fichar, el primer paso en Dinotrópolis, antes de toda la diversión, era ése, comprar las fichas. Al menos yo recuerdo pocas imágenes tan felices (con excepción de cuando regresaba con hambre a mi casa desde la universidad y, abriendo la nevera para buscar un poco de agua, encontraba un pedazo de pasticho fresco que había sobrado) como aquélla de nuestros padres dándonos las fichas para jugar en Dinotrópolis, fichas que se compraban con dinero de verdad, que nos abrían las puertas a todo tipo de entretenimientos.

Ficha de Dinotrópolis hoy en día.

No todo el entretenimiento de Dinotrópolis se centraba sólo en las maquinitas y en la ya citada montaña rusa. Había otras cosas, como el mini-mercadito, en el cual, con carritos de plástico, íbamos adquiriendo productos que, si bien no eran comestibles, tampoco estaban regulados ni se debían comprar a los revendedores. También estaba la cueva de los dinosaurios, que era una especie de cueva de iluminación tenue que nos invitaba a desenterrar, jugando a ser exploradores, restos de seres antiguos. Sin duda un túnel mucho menos peligroso y mejor iluminado que el actual metro de Caracas.

Irónicamente, hoy en día buscar información acerca de Dinotrópolis se ha transformado en algo casi tan trabajoso como desenterrar los supuestos fósiles de dinosaurios en aquella cueva arenosa. Cuando se googlea “Dinotrópolis”, la información que aparece es bastante escueta, como la que encuentras de tu ex luego que te ha bloqueado de todas las redes sociales tras haberla llamado de madrugada en repetidas ocasiones y de escribirle, en total estado de ebriedad, que las cosas pudieron haber salido mejor entre ustedes. Lo mismo sucede con las imágenes. Es cierto que antes, cuando Dinotrópolis aún existía, la gente no estaba provista con teléfonos celulares inteligentes, con los que, hoy en día, se puede registrar prácticamente todo en formato multimedia. Pero las imágenes de Dinotrópolis parecen haberse casi extinto también, como si todo se hubiese evaporado en un secreto bien guardado.

Lo que no es secreto es que Dinotrópolis, al igual que las pocas ganas de vivir que nos quedan en un país en donde todo escasea menos las balas y las puñaladas, se hundió gracias a un sistema que se fue fraccionando por culpa del socialismo y de la corrupción. Pero, ¿cuál es la verdadera historia de Dinotrópolis? ¿Por qué no existe, ni siquiera, un artículo dedicado a ese lugar? Un artículo que nos entretenga cuando estemos sentados en nuestro sillón favorito, a punto de ganar un partido de FIFA y se nos va la luz, dejándonos con ganas de maldecir el no haber nacido en Suecia.

Más o menos así estaba Enrico Banchi, quien fuera, en los maravillosos años noventa, cuando no existían más inquietudes para nosotros que tener juegos de Nintendo 64 y memorizar las coreografías de Sandy y Papo, el gerente general del Unicentro El Marqués cuando todavía estaba en sus tiempos mozos. Banchi, el gerente general, estaba sentado en un cómodo sofá azul (en realidad no sé si era azul, es para darle un poco de ambientación a la historia) dentro de la embajada de Estados Unidos, ese país que se convirtió en el chivo expiatorio para el gobierno y al que los famélicos fanáticos del socialismo le echan la culpa cuando la leche de la caja de comida es más un puñado de cal que de polvo de leche de verdad. Banchi estaba buscando ideas para disponer del espacio que había quedado libre en el tercer piso del centro comercial, un salón gigante que, hasta entonces, se había usado para sala de exposiciones.

Y fue, precisamente, una exposición lo que llamó la atención de Enrico Banchi, el gerente general del Unicentro el Marqués. Era una exposición de proyectos de entretenimiento que estaba teniendo lugar en Estados Unidos. Como se facilitaba un número de teléfono, Banchi no dudó en anotar el número y llamar luego. El resultado fue una invitación del mismísimo Randy White, uno de los organizadores principales del festival, que estaba interesado en el capital inversor de Banchi.

Randy White viajó a Venezuela (sí, antes los norteamericanos viajaban a Venezuela con el fin de colaborar en proyectos de negocios que no consistían en engrosar las arcas de Diosdado Cabello) y, tras visitar el Unicentro, evaluó las posibilidades de hacer un lugar factible, divertido, grande. Se acordó que el público ideal, el público objetivo, sería aquél de 2 a 10 años. Pero no se quería que fuese un parque con una marcada temática norteamericana. Una de las ideas de White fue investigar un poco acerca de las necesidades, de las ambiciones y de los gustos de los niños caraqueños (que, como hemos dicho, consistían en tener juegos de Nintendo 64 y en memorizar las coreografías de Sandy y Papo).

La idea también era un poco dotar al parque con una historia coherente. Por coherente entiéndase una historia que parece haber salido de la cabeza de un estudiante de letras de la UCV tras fumar un par de cigarros de la risa en Tierra de Nadie mientras pide algo de dinero para poder pagarse el transporte público hacia casa. La historia consistía en unos niños caraqueños que, un buen día (todos los días, si nos ponemos a ver, eran prácticamente buenos hasta que llegó el chavismo) encuentran una nave espacial semi-enterrada en algún lugar de Caracas (que no se especifica cuál es, hoy en día lo único que podrías encontrar enterrado en Caracas son cuerpos en Parque Caiza) y, sin ningún tipo de miedo ni de intuición de peligro, abordan en ella. La nave, demostración de que sí se puede hacer en Caracas un transporte público eficiente, enciende su piloto automático y lleva a los niños a un planeta lejano, distante, llamado Géminis.

En Géminis, la nave se detiene y los niños en cuestión se encuentran con una especie de Dinosaurios (que aparentemente no se habían extinto sino que habían viajado a este planeta) especialmente inteligentes. Estos dinosaurios eran llamados los Momosaurios. El rey de los Momosaurios se llamaba Max, quien, un poco presuntuoso pero con un corazón muy grande, vestía siempre sus hábitos reales. Max lleva a los niños caraqueños a la capital del planeta Géminis (llamada Dinotrópolis) y les muestra que, además de tener el poder de convencimiento suficiente para que unos niños, desoyendo las advertencias de los padres se vayan con unos perfectos extraños, el lugar estaba dotado con máquinas, con juegos y con todo tipo de entretenimientos divertidos.

Pero no todo era alegría en el planeta Géminis ni en su capital, Dinotrópolis. Al otro lado del planeta, en las zonas obscuras y poco transitadas, habitaban los Toromoros. Los Toromoros, un poco al estilo de los socialistas que ni saben ni quieren trabajar, pasaban el día envidiando la luz y los progresos de los Momosaurios, quienes, a través de sus administradores, lo Quackadinos (especie de pájaros gigantes amarillo y con lentes de profesora de preescolar), tenían marcado progreso en su lado del planeta.

Tarjeta original de Dinotrópolis, con la imagen de un Quackadino

Los niños, en lugar de simplemente vetar a los Toromoros, intentan enseñarles que el progreso se consigue a punta de trabajo, de tal manera que les inculcan valores como el ahorro de la electricidad y la sana diversión. Todo esto trae bastante estabilidad para todo el planeta Géminis y Max, el que era el rey de los Momosaurios, queda tan agradecido con los niños que viaja con ellos a Caracas y los ayuda a fundar un parque de diversiones que, a modo de homenaje, conservaría el mismo nombre que la capital de su planeta, es decir Dinotrópolis.

Hacer Dinotrópolis no fue un proceso rápido ni, mucho menos, fácil. Ya Venezuela, por malas gestiones de la Cuarta República, que, como hemos dicho, distaba mucho de ser la ciudad de los arcoiris y los unicornios, comenzaba a experimentar inflaciones bastante altas. Además, se descubrió que la estructura del Unicentro, si bien no estaba mal hecha del todo, necesitaba cambios radicales para albergar un proyecto tan ambicioso como sería Dinotrópolis. Muchas instalaciones se hicieron, muchos cambios, mucha mano de obra.

Los equipos, las instalaciones y los materiales se importaron casi todos desde Canadá, Estados Unidos y hasta Europa. La idea siempre fue hacer un parque “premium”, un proyecto que de verdad valiese la pena. La inversión, según información a la que hemos tenido acceso, fue de poco más de un millón y medio de dólares, algo hasta entonces inédito en un parque de diversiones venezolano.

Pero, como dicen por ahí, valió cada maldito centavo. Dinotrópolis, como hemos dicho, no sólo tenía más de cien maquinitas arcade (y de entretenimiento en general) sino que estaba dotado con un laberinto (sin un Minotauro en el centro), con un paseo que simulaba ser el Himalaya, con piscinas pequeñas y hasta con espacios personalizados en los que, mediante reserva, podías celebrar tu cumpleaños (o lo que quisieras celebrar), con comida fresca que te hacían ahí mismo, como chucherías, pizza, pasta, sándwiches, perros calientes y paro de contar porque me comienzo a babear sobre el teclado.

Por si fuera poco, Dinotrópolis contaba con espacio para el teatro, no sólo de títeres sino de seres humanos. Nunca llegué a ver (que yo recuerde) una obra de teatro en Dinotrópolis, pero no paro de pensar en lo interesante que sería tener hoy, al menos, un pequeño espacio más para la cultura, para enamorar a los niños de los libros y del arte, un espacio que estuviese vetado para los monólogos niches de Norkis Batista o para los discursos políticos que inundan los teatros actuales y que le quitan el espacio a las nuevas ideas.

Casi 400.000 niños, según estadísticas de la propia empresa, tuvimos la suerte de haber pisado una o más veces las instalaciones de Dinotrópolis, de haber jugado allí, de haber creído que la vida siempre sería fácil y que nuestro pequeño mundillo no se desmoronaría como una torre de cartas bajo el soplido de un huracán rojo. Casi 400.000 niños recolectamos tickets y tickets y tickets que, al final, rompiendo nuestras esperanzas de tener el robot más cool, nos servían para intercambiarlos por un simple portaminas de Keroppi que se rompía a la segunda usada. Pero qué buenos tiempos, a pesar de todo.

Tickets de Dinotrópolis, canjeables por premios.

Pero como en el socialismo, y en las garras de Chávez, todo lo bueno tenía que durar poco, la vida de Dinotrópolis estuvo condenada a ser breve. Siento que el único pecado de Dinotrópolis fue haber nacido en un mal momento. Tan sólo ocho años duró. La gente cada vez tenía menos ánimos y ganas de ir. La renovación, con los tiempos que corrían y con la inflación que se desbordaba, salía demasiado costosa. Y Dinotrópolis se hundió. Se hundieron sus historias, sus fichas, sus risas, sus pizzas, su laberinto, su montaña rusa y sus portaminas de Keroppi. No quedó nada, tan sólo huellas difusas, como huellas de dinosaurio.

La última estocada termina con el mismo personaje que lo inició todo, con Enrico Banchi (¿se acuerdan de él?) el que era gerente general del Unicentro el Marqués, el que estaba sentado en la embajada de Estados Unidos hojeando unas revistas. Su esposa había sido secuestrada (por segunda vez) y, por suerte, rescatada sana y salva. Esto motivó a Banchi a dejar definitivamente el país atrás y a intentar emprender nuevas aventuras en otro, yéndose casi como aquellos niños que, según la historia, se marcharon hacia el planeta Géminis en aquella nave espacial enterrada.

P.D. Si algún día me hago multimillonario escribiendo, refundaré Dinotrópolis. Lo prometo.

Tomás Marín

Créditos fotográficos: Usuarios de Instagram Bananastian, Kharladgf y Maus96

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