La primera habitación de la izquierda

Entra en Caracas. Contempla su majestuosa montaña, esa montaña que, a veces, desprende rocíos y olores frescos; esa montaña que, a veces, sólo despide polvo, fuego, humo y cenizas. Ésa es la montaña que separa a Caracas del mar, a la violencia del agua con la sal.

Recorre nuestras autopistas. Debes tener cuidado de no caer en ningún agujero, en ninguna grieta. También debes estar atento a todos esos ojos que, desde sus motocicletas, te observan con odio y deseo; odio por tener algo, deseo por quitarte ese algo que les causa odio.

Protege tu cabeza. En Caracas hay mosquitos rápidos, muy rápidos. Son mosquitos de color bronce que desparraman tu sangre y que te perforan el cráneo; son mosquitos de plomo y pólvora.

Selecciona una de las salidas de la autopista, la que consideres más apropiada para llegar a tu destino. Vuela, como una flecha, por la Baralt, por la Solano o por la Libertador.

Toca el timbre de alguno de esos edificios viejos y despintados, espera a que alguien te abra. Sube por las escaleras de granito blanco manchado. Esas escaleras, si pudieses escucharlas, te contarían historias asombrosas, historias que te harían suspirar y anhelar tiempos que están más muertos que ese muchacho que cayó hoy por un ajuste de cuentas.

Atraviesa la puerta de uno de los apartamentos. Entra, no tengas miedo. Si tienes sed, abre la nevera y sírvete un poco de agua helada de la jarra amarilla de plástico mientras ves a la calle bullir desde la ventana.

Dirígete hacia la primera habitación de la izquierda, la que tiene afiches de bandas de rock adheridos con teipe a las paredes, la que tiene un escritorio desordenado con ropa, libros, papeles en blanco y cuadernos a medio contenido de tachones y de relatos que nunca comenzaron y que nunca van a terminar.

Lee uno de esos cuadernos. Perdona la letra cursiva trémula por el apuro. ¿Puedes distinguir lo que dice? Es un poema que quizás nunca verá la luz más allá de esa habitación. Es un poema que habla de entrar en Caracas, de contemplar su majestuosa montaña, esa montaña que, a veces…

 

T.M.

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