Instrucciones para encontrar el amor de tu vida en la estación de Chacaíto

Chacaíto. ¿Por qué no otra estación? Chacaíto tiene más punch. Sólo Chacaíto tiene la combinación perfecta de rockeros comegatos y de evangélicos intensos que buscan incautos a quienes darles charlas interminables sobre su señor Jesucristo. No hay una estación mejor que Chacaíto si quieres encontrar al amor de tu vida. Es mejor ir por la mañana. Por la tarde hace demasiado calor. Por la tarde se montan más borrachos y más malandros que por la mañana. Y por las mañanas puedes dar un vistazo a las tiendas de cosméticos chinos y de ropa hippie que huele a la marihuana de sus tejedores.

Tienes suerte si no te topas con uno de esos muchachos flacos (muy flacos) que venden una versión pirata de las Susys o de los Cososettes. “Buenos días, señores. Triste es de pedil (sic), pero más triste es de robal (sic)”. No le prestes mucha atención al muchacho flaco que vende esas galletitas. Es posible que no venda nada. Es posible que compense el no vender nada sacándole un chuzo (construido por él mismo) a una viuda sesentona que va a alguna iglesia a solicitar una misa para su marido Víctor.

No hay grandes ornamentos en la estación de Chacaíto. Hubo grandes ornamentos alguna vez. Hoy en día ves esculturas descoñetadas por la acción de los hamponcitos. Hay hasta una medio bizarra y tubular que tiene una mancha de sangre que sólo he visto yo. Esa mancha de sangre se debe a una salpicadura de la última vez que lincharon a un ladrón. A un ladrón que quizás dijo lo de que más triste es robar que pedir. Vete al andén. El tren va a tener retraso. Pero el tren va a llegar. Siempre llega. Todo llega. El amor llega. El amor llega hasta en una estación como Chacaíto.

Mira bien a la gente que hay a tu alrededor. Hay un grupo de chamos que pertenecen a un grupo de teatro. No es el mejor grupo de teatro del mundo. Pero tienen mucha ilusión. Han conseguido un espacio muy pequeño en donde podrán representar “Muerte accidental de un anarquista”. Están felices. Hay una enfermera que no deja de revisarse el uniforme. Caracas quizás sería otra si todas las enfermeras tuvieran la delicadeza y el esmero de revisarse el uniforme. Hay mucha gente a pesar de la hora.

Te sostienes de un tubo que te da un poco de asco tocar. Hay miles de mitos urbanos alrededor de los tubos de los vagones del metro. Hay quien dice que los tubos de los vagones del metro tienen SIDA y SúperSIDA. Esos tubos han sido tocados por indigentes y por prostitutas. Esos tubos han sido tocados por abogados y por chavistas fanáticos convencidos. Una chama no pierde el glamour y toca el tubo sidoso con un pañuelo. Pero fíjate en ella sólo para la anécdota. Ella no es el amor de tu vida. Sigue mirando.

Las ventanas están obscuras a razón del túnel interminable. Muchas de las lamparitas que se ven desde las ventanas del vagón están apagadas por falta de mantenimiento. No esperes mucho más si vives en un país comunista. ¿Te acuerdas de cómo te divertías viendo esas lamparitas cuando estabas en tu infancia? ¡Era lo máximo! Quédate viendo la ventana. ¿No ves esos ojos tristes y azules verdosos? ¡Si es que se reflejan perfectamente a pesar de lo opaco de la ventana! No te fijes en el “Yazmín Maldita Perra” que está rayado en la ventana con una llave (o con un puñal). Fíjate en esos ojos azules y tristes. En esos ojos que brillan más que todas las lamparitas del túnel.

Ahí está el amor de tu vida. Aunque es obvio que aún no te has dado cuenta que ahí está el amor de tu vida. Voltea. Comprueba de dónde viene el reflejo. ¡Ahí sí que está el amor de tu vida! Tiene una franela roja (Pero sobria y cuchi. No tiene nada que ver con el chavismo. Tranquilo). Tiene el pelo liso y terso. Tiene el pelo bien lavado y cuidado. Pero esos ojos. Esos ojos son el mayor imán. Son azules. Son verdes y tristes. Están apuntando hacia algún lugar. ¿Qué grandes cosas estará pensando el amor de tu vida?

¿Estará pensando en encontrar al amor de su vida en el metro? Quizás. No hay manera de comprobarlo. Es como Dios. No podemos afirmarlo pero tampoco podemos negarlo. Pero seguramente está pensando en algo interesante. No pudiese ser el amor de tu vida si no estuviese pensando en cosas interesantes. Y nadie con esos ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con esos ojos azules y tristes puede estar pensando en tonterías. ¡No!

Tienes que idear algo. No sabes en qué estación se puede bajar el amor de tu vida. A lo mejor en la próxima. ¡Tienes que idear algo rápido! “Disculpa. Sé que estás pensando en algo interesante. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en nimiedades. Nadie con tus ojos verdiazules y tristes puede estar pensando en tonterías”. Quizás sea una buena opción. No. No es una buena opción. Es muy invasivo. ¿Es que acaso perdiste el juicio? Pensará que eres psicópata. Tendrás suerte si sólo se aleja. Tendrás suerte si no activa el botón de emergencia y manda a llamar a la policía. Aunque la policía no funciona. Ni el botón de emergencia tampoco. Estás en un país comunista. ¿No lo recuerdas?

“Qué loco está clima, ¿no?” Podría servir. No. No podría servir. El clima en Caracas casi siempre es el mismo. Y es un tema cliché de conversación. Pensará que eres un perdedor. Pensará que tienes un trabajo aburrido. Pensará que trabajas en algo relacionado con la contaduría. A lo mejor al amor de tu vida le atrae la bohemia. Esos ojos azules y verdes y tristes y hermosos tienen que ser aficionados a la bohemia. Ajuro. Es el momento de buscar una conversación interesante. Háblale de aquel triste relato de la mitología griega en el que Ariadna no puede irse con Teseo. Cuéntale sobre aquel meme que viste sobre Murakami y su similitud con Sísifo a la hora de conseguir el premio Nobel.

“Estación Sabana Grande”. Acaba de hablar la voz ronca del metro. La voz que pareciera vivir del aguardiente y de nombrar las estaciones una y otra vez por los altavoces del vagón (también echados un poco a perder a causa del comunismo). Confía. Quizás el amor de tu vida de ojos tristes y verdiazules no se baja en Sabana Grande. No te enamores tanto. Enamórate mucho. No es fácil apartar la mirada de esos ojos que parecen el agua del mediodía de una playa de las Islas Marshall.

El amor de tu vida cruza la puerta. ¿Será que sigues su camino y te bajas también en Sabana Grande? Sí que se bajaba en Sabana Grande. Los ojos más bonitos del planeta tierra (Y de Saturno también) se han bajado en Sabana Grande. “Te he seguido desde el metro. Eres el amor de mi vida. No llegué hasta mi destino porque mi destino eres tú”. Ni se te ocurra. No llegarás lejos con esa babosada que pareciera escrita por Leonardo Padrón. Se cierra la puerta. Quizás se abra otra vez. Sal corriendo si se abre otra vez. El metro arranca. Perdiste al amor de tu vida. Se perderá en el laberinto. Más nunca tendrá contacto contigo. Las oportunidades las pintan calvas. Las pintan tan calvas como la cabeza de ese hombre que acaba de entrar (con una franela del Central Madeirense) y que ocupa el lugar y el reflejo que ocupó el amor de tu vida en el vagón apenas unos segundos antes. El amor de tu vida no aparece todos los días en Chacaíto. Idiota.

Tomás Marín

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Un misil en mi placard

En la radio del Corolla suena “Un misil en mi placard”. Creo que es una versión acústica. Nunca he sido fanático de Aoda Stereo. Pero me gustan algunas canciones de ellos. Me pregunto qué será un placard. La voz del papá de Cristina me distrae. “Cuídense mucho”, nos dice. “Mosca con una vaina. Y corran duro si la guardia se pone Popy”. Siempre me dio risa la expresión “Ponerse Popy”. Al menos me dio risa en esa circunstancia. Yo crecí con la leyenda urbana de que Popy le pegaba a los niños. No sé si sea cierto. Popy nunca me gustó. Me daba miedo.

Me aturde un poco el poco de banderas que ondean por la Francisco de Miranda. Nunca he sido un gran fan de Venezuela. Pero marcho porque quiero un cambio. Creo que la oposición nos ha convencido de que un cambio es posible si salimos a marchar mientras ellos ven el fútbol en sus casas. Me siento protegido con Cristina. Fantaseo alguna situación en la que le salvo la vida en medio de una atmósfera épica de perdigones y de humo de bombas lacrimógenas. La típica situación cliché del “Mi héroe”.

Pero soy todo menos héroe cuando la guardia me detiene. ¿Cómo coño me pudo a detener? Yo procuré estar atrás. En la vanguardia es que atrapan a la gente. Quizás fue un descuido mío. Me montan en una moto. Ya me han sacado un morado. ¿Gritar? ¿Para qué gritar? Lo mejor será poner cara de drama para la foto que saldrá en los muros de Facebook. Pero tengo miedo. Desde hace un tiempo no veo a Cristina. Me corre la idea de que ella será la que  pueda venir a salvarme a mí. Todo lo contrario a mi heroica fantasía. Pero no viene nadie.

Tengo ya mucho tiempo encerrado. No sé cómo se llama esta cárcel. Me cubrieron los ojos al venir acá. Se oyen pajaritos a ciertas horas del día. El pan es duro. Pero el pan nutre. Se oye mucho monte. Se oye mucho verde. No sé por qué tengo la impresión de que estoy en San Juan de los Morros. Pero quizás la gente no lo sabe. Todo lo que no sea Caracas es monte y culebra. No hay ventanas en la celda. Sólo hay grietas. Pero son grietas pequeñas. Se nota que son grietas que tienen mucho tiempo allí. Se nota que esto lo han convertido en cárcel. Esto antes no era una cárcel. ¡Ni de vaina!

¿Por qué mi familia no ha preguntado por mí? Puede que piensen que estoy muerto. El gobierno es experto en censura. La guardia es experta en censura. Nunca he sido un gran hijo ni he tenido un gran futuro. Pero sé que mi familia me quiere. ¿Dónde estará Cristina? ¿Por qué nunca le dije que la deseaba y que me gustaba un poco? Hay aquí dos guardias. Nunca he sabido sus nombres. Son precavidos y se cubren los nombres bordados que están en los uniformes oliva. Yo los identifico como Rata 1 y Rata 2.

Rata 1 es la peor escoria del mundo. Goza torturándome. Siempre me dice que el día presente será el último día. Rata 2 también es una rata. Pero es menos rata que Rata 1. Rata 2 me da tiempo para prepararme para los ganchos y las cosas que provocan un dolor que ya no me duele. Rata 1 es un fanático de la revolución. Siente que todo lo que no sea PSUV debe ser exterminado. Rata 2 sólo cobra su salario y cumple con su deber. Se cubren los rostros siempre. Pero las voces siempre suenan distintas. El único rostro que veo es un afiche de Maduro con un corazón. Mi verdugo es mi única compañía.

Yo no sé si fue un descuido inconsciente o sólo un descuido. El hecho es que Rata 2 no ha pasado la llave a la puerta. Me doy cuenta por una pequeña fisura en el cerrojo. ¿Se burlan de mí? Puede que sepan que no han pasado la llave a la puerta. Quizás quieren reírse de mi intento de escape y matarme en medio de éste. Pero parecían tan distraídos. Los guardias nacionales bolivarianos no son tan hábiles para planificar cosas así. Lo de ellos es torturar. Lo de ellos es gritar. Lo de ellos es matar. ¿Querrán matarme?

Me lo pienso. Pero tampoco me lo pienso mucho. La vida dentro de una celda no es vida. Me acuerdo de un chiste tonto. Un chiste que contaba un amigo ingeniero informático amigo de un amigo. Decía que los ingenieros informáticos vivían prisioneros en las celdas de Excel. Me río solo. Mi esperanza es legítima. Tenía mucho tiempo sin reírme. Eso es buena señal. Creo que no me importa mucho intentarlo. Afuera todo es el abismo. Todo es un agujero obscuro. Podré componer una autobiografía brutal si todo sale bien. Se venderá en Tecniciencia. Anda. Levántate. Ni grites por las llagas que te duelen. Inténtalo.

Abro la puerta. Abismo. Obscuridad. Voces lejanas. Supongo que el truco será no seguir las voces. Seguir la luz de la luna. Donde haya luz significa que puede haber una salida. Me desplazo. Me arrastro. He sido cuidadoso en cerrar la puerta de la celda. Hay cajas. Hay afiches de maduro y afiches de Chávez en el pasillo. Silencio. Sigo. Silencio. Unas voces se acercan. Pero hay donde esconderse. No es tanto que haya donde esconderse. Sólo cajas. Pero hay sombra. Mucha sombra. Y yo soy sólo una sombra más ensombrecida entre dichas sombras. Al menos lo soy desde que me atraparon y me apartaron de todo.

Puerta a otro pasillo. La puerta gira sobre sus goznes. No hace ruido. Pensé que haría ruido porque las puertas son viejas. ¿Qué habrá sido esto antes? Hay voces que se mueven. Hay luz. Estoy más cerca de lo que piensan ellos. Una ventana abierta. Patio. La puerta del patio está abierta. ¿Será que sí? Salto por la ventana con todo el dolor descriptible. De todas formas es una planta baja. El dolor es por una de mis llagas frescas. La llaga rozó con una piedra. Pero la libertad es más grande que la llaga que desprende su costra.

Tenía tanto tiempo sin pisar grama. Qué brutal es la grama. Está hasta un poco humedecida. Esos dos segundos fueron sólo para mí. La gente no aprecia la grama cuando es libre. Pero no puedo pasar tanto tiempo recordando mi infancia. Hay que seguir. Ya veré cómo me regreso de San Juan de los Morros (si es que estoy en San Juan de los Morros). “¿Se te perdió algo, camarada?”. Es la voz de Rata 1. Por primera vez tiene el rostro descubierto. Su rostro de rata. No sé qué me hará. Tendré suerte si regreso a la celda a pensar acerca qué es un placard.

Ser groupie en Caracas

Ser groupie en Caracas es un poco triste. Pero quienes no hemos salido de Caracas no conocemos mucho más. Para nosotras, el guitarrista medio desafinado de una banda de rock cotufa de Los Arcos (que hace gestos histriónicos intensos mientras toca lo más básico dentro de lo básico) es lo más parecido que tenemos a Jim Morrison. Un chamo con una Lacoste verde y aroma a Ralph Lauren que asegura que su influencia es Muse. Porque pareciera que los rockeros del este no tienen otra influencia que no sea Muse.

Pero es divertido ser groupie en Caracas. Una se la pasa bien después de todo. Te invitan a reuniones en La Lagunita o en El Marqués. Todo depende de a quien te acerques. No es muy difícil obtener los favores de los rockeros de Caracas. Sólo hay que jalarles bola. “¡Guao! ¡Qué bien tocas!”. Ya lo tienes en tu poder. Un par de tragos de Santa Teresa o de Cacique y a la cama. O no realmente a la cama. A cualquier baño más o menos limpio que haya en el local. Pero los locales suelen ser de clase media alta. Los baños suelen estar limpios. Los condones siempre los lleva una. O a veces sólo confiarse al Postinor.

Ser groupie en Caracas es un poco triste. Pero quienes no hemos salido de Caracas no conocemos mucho más. Nosotras no podremos tener el tupé de decir que un rockero nos hizo suya en una butaca vacía del Carnegie Hall o en un rincón apartado de un Rock in Rio. Nosotras tenemos que pagar un taxi entre tres. Un taxi que nos lleva a la Quinta Bar o a Discovery (aunque Discovery ya no existe). Nosotras tenemos que aguantar la mirada al escote que nos hacen los parqueros viejos o los seguridad calvos. Sólo una vez conocí a un seguridad de pinga. Se llamaba Manuel. Era gordo y respetuoso como nadie. Un caballero. Cortés cuando tenía que serlo y agresivo cuando la profesión lo exigía. Aunque su historia no importa mucho.

La historia es otra cuando los rockeros de Caracas tienen más o menos éxito. Una nominación al Grammy Latino o a algún otro premio mediocre que otorga la industria. Una nominación casi por lástima que hace la industria para solidarizarse con Venezuela. Una nominación que se muere cuando el premio se lo dan a un grupo de verdad. Un grupo como El Cuarteto de Nos. Aunque a los verdaderos grupos de rock no los nominan a premios tan malos. Aunque hay grupos que lo merecen. Yo celebré cuando ganó La Vida Bohéme. La Vida Bohéme es brutal. Aunque nunca pude conocerlos personalmente. Con todo lo que “Conocerlos personalmente” implica.

Los rockeros son gente particular. Al menos lo son los rockeros de Caracas. Hay excepciones. Evidentemente que hay excepciones. Pero muchos no hacen rock por hacer rock. Muchos lo usan como un medio y no como un fin. “Toca la guitarra y verás cómo te llueven las carajitas”, dice algún tío sádico. Y su sobrino imbécil sigue su consejo. El papá (que es oficinista de importancia en Banesco) le compra una guitarra de gama alta. El chamo se apunta en la academia de Allegro. Complementa su formación viendo videos en Youtube.  Y lo peor es que le llueven las carajitas al final.

Son pocos los que te dicen que tienen novia. Son pocos los que te dicen que no. Muchos de los que tienen novia igual te dicen que sí. Hay unos que son solteros y patéticos. Álvaro Casas es uno. Álvaro Casas toca en Americania. Americania es una banda que se cree la gran cosa. Se cree la gran cosa a pesar de que es una banda normal. Álvaro Casas babea. Literalmente babea. Gime como un becerro enfermo y malnutrido. Me da un poco de lástima. No sabe tocarme. Acaba rápido. Responde al teléfono: “Sí, mami. Estoy bien. Bendición”. Me pide mi número. Yo se lo doy porque soy estúpida. Me escribe. No le contesto. Me llama. No le contesto. Me acosa. Se pone a llorar. Literalmente se pone a llorar. Me dice que fue algo especial. A mí me da un poco de lástima. A mí me da un poco de asco. Lo recuerdo como un becerro enfermo y malnutrido.

A mí el rock me gusta. Lo disfruto. Me gusta ser groupie. Aunque odio la palabra. En Caracas no hay muchas más cosas divertidas que hacer. Nuestro mundo se reduce a eso. Al circuito de siempre. La Quinta Bar. Discovery. El teatro Bar. El Festival de Nuevas Bandas. Pero juro que es divertido. A veces consigues a alguien interesante que te ofrece una buena conversación. A veces te ofrecen porros y una mirada al cielo. A veces te mencionan autores interesantes que lees al día siguiente. O por lo menos los buscas por Wikipedia. Autores que se ven serios. Autores que están dibujados con peluquines extraños y con ideas de algo a lo que llaman la ilustración francesa. No escuchaba ese término desde que estaba en quinto año del colegio.

Y es que fue en quinto año del colegio cuando me hice groupie. Mi primera vez fue en un festival de gaitas. Yo quería que mi primera vez fuese con Asier Cazalis. Creo que más de una vez todas soñamos con Asier Cazalis. Quizás no sea aspirar muy alto para cuando lees biografías de mujeres que se acostaron con Mick Jagger o con Gene Simmons. Pero Caracas es una ciudad pequeña. Y ser groupie en Caracas es un poco triste. El hecho es que resolví con el que tocaba la guitarra eléctrica en el grupo de gaitas del Champagnat. Él también era virgen. Fue un desastre. Pero fue divertido. Nos desnudamos bajo el busto de un tipo raro con mofletes (¿fundador del Champagnat quizás?). Seguramente alguien nos habrá visto. Pero nunca fui recatada. Él temblaba. Esas cosas son excitantes a veces. Son divertidas.

Y antes había muchos toques en Caracas. Era divertido encontrarse a la misma gente siempre. Ibas haciendo amigos. Amigos valiosos. Era lo más parecido a un mundo liberal. Era lo más parecido a correr sin ataduras en una sociedad conservadora dentro de una ciudad dicotómica capital de un país tercermundista. Y una aprende a tolerar ciertas cosas. Muchas veces el rock te levanta el ánimo. Pero ya no quedó rock. Ni quedó Álvaro Casas con sus gemidos de becerro y sus ojos blancos cuando llegaba al orgasmo. Por suerte tampoco hay más influencia de Muse.

Johanna Eco.

 

Revés

¿Cómo comenzar a escribir esta historia? ¿Cómo comenzar a escribir esta historia? Desde pequeña, guardo en mi memoria recuerdos que me llenan los ojos de lágrimas. Aprendí a convivir con mi familia, pero, además, con la enfermedad de mi papá, porque a estas alturas creo que se llama así. Él siempre me corrige porque yo le llamo vicio, pero él insiste en que es una enfermedad. Por lo visto, sí: La vida se encargó de darme clases sobre el alcoholismo y sus fatales consecuencias.

Yo sigo en pie por mi gran fuerza de voluntad, pero también por mi familia. Si no, hace rato que me hubiese ido a navegar en la barca de Caronte. Mi papá no es una mala persona, sino todo lo contrario. Sucede que la enfermedad me lo cambió, enseñándome la otra cara de la moneda, la parte rota del espejo, el pedazo más sucio de la mesa. Yo trato de que todo se vea bonito, pero, precisamente, las cosas no son lo que parecen. Su corazón está muy parecido a un corcho de botella, y su perfume huele siempre a vino. ¿Será porque es eso?

Y las lágrimas de mi mamá tienen un sabor amargo, como las mías y las de mi hermana. Andrés, mi hermano pequeño, es duro como una roca. Creo que se parece a un pedazo de hielo, porque siempre tiene congeladas sus emociones. En fin, en esta casa cada quien sobrevive como puede. Papá se desquita con el alcohol, se convierte en alguien agresivo y yo comienzo a llorar desesperadamente. Mi hermana padece fuertes dolores de estómago mientras que mi hermano se refugia en el rock. Mamá, por su parte, se come todo lo que encuentra en la cocina.

No se puede negar que, al final, todos somos una familia de locos, cada quien, a su manera. Al final manda papá. Todos le obedecemos a su enfermedad. Cuando él llega a la casa, es como si se volteara la luna. Todos, sumisos, corremos al cuarto a encerrarnos a dormir, hasta que llegue el día siguiente y todo sea normal. El problema es que esa normalidad no dura mucho, porque siempre salta el corcho a romper la tranquilidad de la familia, porque claro, la enfermedad puede más que el remedio. ¡Vamos a dormir, que viene papá!

V.F.

Adiós, Gio. Nos vamos a Irlanda.

Se había muerto Óscar Pérez y resultó que su teatro nunca fue un teatro. Sucedió como el cuento de Juanito y el lobo, sólo que Juanito nunca estuvo consciente de que era Juanito y el lobo, viéndose acorralado por la culpa, se quería morir en un ataque de arrepentimiento. El día estaba nublado y había cansancio. Una y otra vez veía los videos de Juanito ensangrentado pidiendo ayuda. La primera vez que los vi, cuando Juanito aún vivía, cuando el teatro no había quemado su telón por accidente, los cerré. “Qué ladilla este carajo”, pensé. Yo quería olvidarme, de una vez por todas, de Venezuela. Pero Juanito, ¿cómo olvidarlo?, ahora estaba muerto.

Amenazaba con llover. La tarde parecía noche. Todo el mundo comentaba el caso de Juanito. Yo había escrito una crónica un tanto mediocre que había colgado en mi blog. Todos se echaban las culpas unos a otros, sobre el cadáver de un país que ya no era un país ni era nada. El gobierno, una vez más, como siempre, había ganado. “Abatido el terrorista Óscar Pérez”, decían con letras grandes y fotografías a todo color. Aplaudían los bots y los revolucionarios esqueléticos de tripas vacías. Enseñaban la boca desdentada que llevaba días sin mascar algo sólido.

“Cranberries Singer Dolores O’Riordan Dead at 46 – LIVE BREAKING NEWS”. La noticia salió en mi muro de Facebook. La había compartido Natalia, una chama medio flaca y con cara cómica que siempre le gustó a uno de mis mejores amigos. Abrí la boca de la impresión, como en un gesto histriónico y espontáneo de actor malo. Por suerte, nadie me vio, o creo que nadie me vio. Abrí el link. Por un microsegundo tuve la esperanza de que todo fuese un bulo, una noticia falsa o una nota humorística de una versión norteamericana del Chigüire Bipolar. Pero era la BBC. Coño, Dolores. Tú no, por favor.

Las causas de su muerte, al menos para ese momento, fueron un absoluto misterio. Nadie sabía nada. Había hermetismo total. Las páginas web comenzaron a reventar de biografías hechas al momento de Dolores. “It’s the same old thing since 1916”, citaba más de una biografía. Hacía referencia a “Zombie”, el himno que reflejaba el terror del IRA y que quizás está inspirado en la literatura de Doris Lessing. Dolores lo único que hizo fue componer y cantar. Y se murió triste. En Venezuela, la noticia pasó un tanto desapercibida. Estaba eclipsada por la macabra muerte de Juanito, quien se había rendido y pedía clemencia antes de que lo masacraran en frente de todos, a manera de escarmiento.

Siento que una de las cosas más tristes que hay son los últimos tweets de las personas que se mueren. Siento que es como una ironía terrible. Uno de los casos más particulares fue la serie de últimos tweets de Mónica Spear, la casi Miss Universo. Mónica hablaba y colgaba fotos y videos que mostraban los paisajes de una Venezuela que se veía tan linda e inofensiva. Pero Mónica ahora estaba muerta, como estaba muerto Juanito. La habían matado a tiros, como habían matado a Juanito. Pero por una causa distinta.

No recuerdo si yo fui quien lo busqué, o si alguien lo había compartido y lo puso a mi alcance, pero el último tweet de Dolores, la que con su voz melismática me consoló en más de una noche de tristeza, también tenía ese giro irónico que parece premonitorio de un suceso terrible que se lleva con aceptación. Dolores, con la cara seria, cerca del marco de una puerta a punto de girarse. Una especie de plano medio dejaba ver su suéter gris verdoso con capucha. Llevaba un gato marrón ente sus brazos. “Adiós, Gio. Nos vamos a Irlanda”, fue lo último que publicó. Y el día seguía nublado, pero el cielo no se atrevía a llorar. Irlanda estaba más lejos de lo que yo pensaba.

Y si es Pedro y no Juanito, me da igual.

T.M.

Cinco obras de teatro que deben ser leídas (IX)

“Sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare.

Dos historias paralelas, aunque entrelazadas, se desarrollan entre los castillos reales y los bosques. Por un lado, Herma, la hija del célebre rey Teseo, está siendo forzada a casarse con Demetrio, un hombre fanfarrón por quien Elena, una de las grandes amigas de Hermia, suspira profundamente de amor, a pesar del constante rechazo de éste. Lisandro, el verdadero amor de Hermia, planea, junto a ésta, una fuga amparada por la noche. Por el otro lado, un grupo aficionado de teatro, compuesto por unos personajes torpes, cómicos y entrañables, está buscando representar, con un presupuesto extremadamente paupérrimo, una gran tragedia griega. Ambas tramas dan un simpático giro cuando, en el bosque, Puck, satírico servidor del rey de las hadas, vierte, en ojos equivocados, una sustancia floral que provoca el amor instantáneo a primera vista. Esta pieza está empapada de diálogos preciosos, uno de ellos es el pronunciado por la inspirada Elena: “Tu honradez es mi escudo; porque para mí no es de noche cuando contemplo tu rostro, y, por tanto, no pienso que estoy en la noche. Ni falta a este bosque un mundo de sociedad, pues para mí eres el mundo entero. ¿Cómo, entonces, puede decirse que estoy sola, cuando todo el mundo está aquí para mirarme?”. Una fantástica reflexión es la pronunciada por Teseo: “El loco, el amante y el poeta son todo imaginación: el uno, el loco, ve más demonios de los que el infierno puede contener; el amante, no menos insensato, ve la belleza de Helena en la frente de una gitana; la mirada del ardiente poeta, en su hermoso delirio, va alternativamente de los cielos a la tierra y de la tierra a los cielos; y como la imaginación produce formas de objetos desconocidos, la pluma del poeta los metamorfosea y les asigna una morada etérea y un nombre. Los caprichos de una imaginación alucinada son tales, que si le ocurre a ésta sentir un acceso de alegría, encarga a un ser de su creación que sea el portador; o si en la noche se forja algún miedo, ¡con cuánta facilidad toma un zarzal por un oso”.

 

“Controversia del toro y el torero”, de Albert Boadella.

Paco, un no muy exitoso y cincuentón torero profesional, agoniza herido por una grave cornada en la pierna. Miguel, un enloquecido personaje que, de tanto ayudar al entrenamiento taurino, confunde y mezcla su personalidad con la de un toro, lo a a visitar. En medio de un ambiente un tanto onírico, en el que el público funde como partícipe, Paco y Miguel debatirán arduamente, entre el delirio, la locura, la cultura y la comparación, sobre los pros y los contras de una actividad tan cuestionada y arraigada en España como lo es el toreo. Esta pieza teatral se nutre mucho del popular libro conocido como “El Cossío”, la enciclopedia taurina más respetada y extensa que se conoce. Un conmovedor monólogo es el que hace Miguel, dentro del papel de Toro: “Uno está tranquilo y extasiado en el campo entre hierbas apetitosas y flores, paciendo lentamente con el reconfortante olor de tus hermanos de especie entre los que te sientes cobijado. De pronto, una tempestad de gritos, golpes y carreras acaba en una caja donde no puedes moverte. Te van zarandeando en la obscuridad y oyes al fondo un rugido de motor. Es un largo viaje sin comer ni beber mientras casi no puedes mantenerte en pie con tanto vaivén y frenazo. Finalmente, te desembarcan a batacazos y alaridos en otro corral obscuro donde hueles restos de excrementos de hermanos tuyos ya sacrificados. Puedes pasar días en estas tinieblas. Al fin, se abre la puerta y entonces crees que por aquel camino volverás al dulce pacer entre encinas, pero no es así. Al mismo tiempo que sientes un pinchazo agudo en la espalda, se abre un portón de luz cegadora desde donde emerge un ruido atronador de voces. Sales disparado en busca del campo y el rebaño añorado pero te encuentras pisando arena y de nuevo encerrado y sin salida. Una multitud de humanos ruge sin cesar y tu corazón late con tal fuerza que la sangre parece que va a reventar los conductos. Luchas para defenderte de tantos enemigos que te impiden retornar a tus parajes. La sangre te ofusca los ojos y embistes ferozmente, no porque seas un sádico, sino para eliminar obstáculos al dulce placer de la manada. Entonces empieza el tormento…”.

 

“La venganza de Don Mendo”, de Pedro Muñoz Seca.

Don Mendo, un enamorado Marqués, se deja llevar a prisión tras un forzado malentendido que busca resguardar el honor de Magdalena, su amor. En prisión, y gracias a una serie de entrañables personajes y amigos, se entera de que la misma Magdalena ha urdido una trampa para sacarlo del camino, ejecutarlo y concretar su boda con el rico Don Pero, protegido del rey y consentido de Don Nuño, padre de la doncella. Escapando de las garras de la muerte, Don Mendo iniciará una vida nueva y planificará una fría y espectacular venganza en la que terminan involucrados todos los personajes. Esta obra, la pieza maestra de Muñoz Seca, se nutre de, prácticamente, la totalidad de los estilos y formas de versos en el idioma castellano”. Un precioso diálogo es el entablado entre Don Mendo y Magdalena tras su reencuentro: “Trovador, soñador, un favor”. “¿Es a mí?” “Sí, señor. Al pasar por aquí, a la luz del albor, he perdido una flor”. “¿Una flor de rubí?” “Aún mejor: un clavel carmesí, trovador. ¿No lo vio?” “No le vi”. “¡Qué dolor! No hay desdicha mayor para mí, que la flor que perdí era signo de amor. Búsquela, y, si al cabo la ve, démela”. “Buscaré, mas no sé si sabré cuál será”. “Lo sabrá, porque al ver la color de la flor pensará, ¿seré yo el clavel carmesí que la dama perdió?” Otro monólogo precioso es el de la malvada Magdalena en el reencuentro con Don Mendo: “¿Has visto cómo la flor, cuando despunta la aurora, abre sus pétalos tiernos buscando luz en las sobras? Pues así mi boca busca el aliento de tu boca… ¿Has visto cómo los ríos buscan el mar con anhelo para darle cuanto llevan porque el mar es su deseo? Pues así mis labios buscan los suspiros de tu pecho… ¿Has visto cómo la luna busca, en el bosque frondoso, un lago de linfa clara donde mirarse a su antojo? Pues así mis ojos buscan el espejo de tus ojos”.

 

“La sirena varada”, de Alejandro Casona.

Ricardo, un excéntrico, despreocupado y joven millonario, se ha retirado, junto a su criado Pedrote, a una apartada casa en la que sueña fundar una república en la que no existan imposibles, donde sean bienvenidas todas las personas que no se hallen atadas por los lazos de la cordura. A su proyecto se ha sumado un pintor, que se ha vendado los ojos para inventar colores nuevos; y un “fantasma” (que venía incluido en la casa.). La llegada de una supuesta sirena, que entra trepando por la ventana, y de Florín, médico y tío de Ricardo, pondrán en balanza todas las fantasías del lugar y harán un análisis con respecto a la posibilidad de renunciar al mundo y vivir de las fantasías. Un entrañable diálogo es el que tienen Ricardo y la Sirena: “Cuando yo vuelva al mar, iremos juntos. ¿No me quieres tú? Pues juntos. Es otra vida aquella, más azul y mejor que la del monte. Ya verás. ¿No vendrás conmigo?” “No sé”. “¿No tienes fe en mí?” “Sí”. “Entonces, vendrás. ¿No habías de venir? El fondo del mar es como el monte, Dick; igual que el monte, con el cielo más bajo. ¡Verás qué felices somos allá! Tendremos una casita en lo más hondo, con tiestos en las ventanas y un palomar de delfines. Y las noches claras saldremos a ver los barcos que pasan por arriba moliendo, con la hélice, las estrellas. ¿No vendrías, Ricardo?”. 

 

“Muerte accidental de un anarquista”, de Darío Fo

La obra teatral comienza con un curioso prólogo que nos explica que los sucesos que vamos a ver sobre el escenario están basados en sucesos reales. Estos sucesos tuvieron lugar en la ciudad de Nueva York. Un anarquista, en medio de un interrogatorio policial, cayó misteriosamente por la ventana. El casi fue archivado como un accidente, aunque todo indica lo contrario. La obra traslada los mismos sucesos a la ciudad de Milán de los años 70 (en que fue escrita la obra) Un loco, con problemas de histriomanía (no puede dejar de interpretar diversos personajes) se hace pasar por un importante juez y, engañando a todo el cuerpo de policía, reabre el caso de la muerte “accidental” de aquel anarquista. La comedia de Fo, muchas veces hija del teatro del absurdo, nos revelará una muy profunda sensibilidad social, haciendo punzantes comentarios hacia la injusticia y el muchas veces absurdo proceder de la ley.

 

Tomás Marín

 

 

 

 

 

“Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida”

“¿Se le puede lanzar maní a la elefanta, papi?, preguntó Daniela. “Claro que sí, mi amor, pero tienes que lanzar con fuerza para que el maní pueda llegar y la elefanta se lo pueda comer”, respondió el papá. Daniela tenía colitas y era mi mejor amiga. Teníamos unos seis años. A veces, el papá de ella nos llevaba al zoológico de Caricuao. A veces, cuando su papá estaba ocupado, metido en asuntos de política que yo nunca entendía, era mi papá quien nos llevaba al miso sitio, al zoológico de Caricuao, nuestro lugar favorito en el mundo.

Yo amaba esos paseos. Generalmente los hacíamos los sábados por la mañana. Cuando mi papá era el chofer íbamos a buscar a Daniela, que vivía cerca de la Hoyada y quien siempre nos esperaba en la puerta de su edificio con un gran saquito de maní para compartir conmigo mientras veíamos animales enjaulados en el zoológico de Caricuao. Daniela era una niña sensible. Siempre fue la niña más sensible que conocí. Recuerdo que se le aguaban los ojos en el carro cuando veía a la gente pobre en la calle. Nunca llegaba a llorar. Más bien parecía que tenía alergia. Mi papá quitaba el aire acondicionado, creyendo que era el aire acondicionado del carro el que le enrojecía los ojos a Daniela. Pero ella me decía, a solas, que la pobreza ajena le generaba una tristeza que siempre la superaba. Yo me encogía de hombros. Yo sólo me ponía triste cuando no había Sorbeticos de fresa en el Excelsior o cuando no podía tener el Hieloco que me faltaba.

Creo que esa sensibilidad de Daniela vino por el papá. Mi papá siempre decía que el papá de Daniela era socialista. Yo no comprendí esa palabra sino hasta los 13 ó 14 años. De niña, la palabra “socialista”, por alguna razón me sonaba a comida. De grande aprendí que la palabra “socialista”, más bien, siempre implica falta de comida. El papá de Daniela era cercano a Chávez. Por eso, cuando la campaña de Chávez se intensificó, cada vez lo veía con menos frecuencia. Se volvió un señor esquivo y un tanto sombrío. Muy distinto de aquel hombre de ojos achinados y alegres que, con anécdotas dicharacheras, nos llevaba hasta Caricuao a ver animales y que nos brindaba un sándwich de pollo granjero cuando nos portábamos bien, que era siempre, porque siempre nos portábamos bien.

La primera vez que un escolta de Daniela nos llevó a Caricuao, yo sabía que los viajes al zoológico estaban heridos de muerte. No era lo mismo. Además, ya nos estábamos haciendo grandes. Teníamos otras inquietudes que ver animales enjaulados en el sur de Caracas. Yo notaba que a Daniela no se le aguaban más los ojos, a pesar de que cada vez había más harapientos en la calle. Pero Daniela siempre seguía compartiendo manís conmigo. Aunque cada vez hablaba menos y cada vez hablaba de cosas un poco más triviales. Estaba un poco desapareciendo la Daniela niña. Un poco como el papá, pero de modo diferente.

Pero Daniela y yo hemos sido amigas toda la vida. He sido testigo de sus crisis de nervios, de las amenazas que a veces recibía y del plástico círculo que fue construyéndose en torno a ella (y del que yo siempre hice parte). De repente, casi de un día para otro, las fiestas y las salidas con Daniela comenzaron a ser arrechísimas, alucinantes, de otro mundo. Siempre me daba un poco de corte que ella casi siempre estuviese rodeada de escoltas. Pero, al mismo tiempo, era una ventaja. Si faltaba hielo, whisky del caro o cocaína, los amigos de Daniela podíamos pedir a los escoltas que “hicieran el mandado”. Recuerdo a un escolta en particular. Se llamaba Ángel. Era un tipo gordísimo, moreno y estaba tatuado. Parecía de esos seguridad que aparecen en los reality show basuras de MTV. Pero lo que tenía de barriga, lo tenía de corazón.

Quiero dejar en claro que nunca he sido aficionada de (algunas) drogas. Daniela tampoco lo era. Pero ella tenía mente muy liberal y abierta. No le importaba que sus amigos fumaran porros o se metieran pases, incluso sobre los cuerpos desnudos de otras chamas drogadas, en las fiestas descomunales que ella organizaba casi todos los fines de semana y que se hacían en Valle Arriba o en el yate gigantesco que daba vueltas (siempre escoltado por pequeños barquitos de la Guardia Nacional) por las hermosas aguas de Falcón.

Yo no sé si el papá de Daniela es un narco, como la gente dice. Pero no me extrañaría que así fuera. A mí, que siempre he sido moralmente neutra, ni me va ni me viene. A Daniela tengo mucho que agradecerle. Fue ella quien me sacó del país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras y me llevó a vivir a Estados Unidos, en donde ella hizo otro círculo aún más brutal que el círculo que tenía en Venezuela. Yo siempre me sentí, un poco, como su protegida. Incluso, Daniela era inteligente y generosa para ciertas cosas que poco o nada tenían que ver con el dinero, con las orgías o con las fiestas. Recuerdo clarísimo que una vez, incluso cuando ya su nombre tenía cierta fama en los medios (reflejo del papá, que es una figura realmente de peso), llegó a mi casa en su Grand Vitara (siempre escoltada), en medio de una tarde lluviosa, para enseñarme una lección sobre polinomios que en la Simón yo no había terminado de entender. Siempre sentí que ella hubiese podido ser una buena profesora. Pero a ella no le hacía falta eso. Nunca le ha hecho falta ni eso ni nada.

A mí me excitaban un poco (y no me da pena decirlo) y me llamaban la atención ciertos aspectos de la personalidad de Daniela. Ella tenía cierta inclinación por la depravación. Parecía que no sentía sensibilidad por nada. Era como si aquella niñita de ojos aguados que iba para Caricuao hubiese mutado en una figura realmente curiosa y atractiva. Ella, por ejemplo, cuando hacía parrilladas, mandaba, a veces, a traer a la ternera viva desde Carora, desde San Felipe o desde alguna de esas ciudades enterradas en la nada. Ella nunca se atrevía a hacerlo personalmente, pero le daba dólares (y siempre un beso en la mejilla, que era  su rubrica) a Ángel o a otro de sus escoltas para que, con un machete, propinara un golpe letal al animal, quien corría desangrándose hasta morir ante el júbilo del círculo de amigos orgiásticos y drogados de Daniela, quien siempre veía el espectáculo con una sonrisa hermosa. Luego, naturalmente, la ternera era asada y disfrutada por todos los comensales. Realmente eran noches fantásticas. Aunque no eran tan fantásticas cuando Daniela hacía sacar su guitarra Fender acústica y se ponía a cantar. Odiaba como cantaba, y tocaba horrible. Pero no podía decírselo. Nadie podía hacerlo.

Y creo que fue esa costumbre a la insensibilidad de Daniela lo que me hizo extrañarme tanto cuando la vi ayer en la que, quizás, sea la última vez que la vea. Se notaba que había llorado. No estaba maquillada y no tenía su sonrisa perlada, perfecta y espectacular. Nosotras somos (o éramos, a partir de hoy) vecinas en Estados Unidos. Ella me regaló la casa en la que vivo ahora. Por ella puedo caminar en Central Park en vez de en la Plaza Altamira. Por ella conozco el deleite de las trufas, de la champaña, de la Hershey’s Store y del sexo grupal.

No le dolió tanto los 800 millones de dólares que le embargaron a su papá como el hecho de que el gobierno de Estados Unidos ordenase su deportación inmediata. 800 millones de dólares, cuando eres hija de quien eres, se consiguen como se consigue una moneda perdida debajo de la alfombra del carro. “Helena, ¿me acompañas al JKF?”, me preguntó. “Claro que sí, Dani”, le respondí. Le dieron sólo 72 horas para salir. Fuimos en taxi hasta el aeropuerto. Otro taxi, atrás, iba siguiéndonos, llevando las maletas de Daniela, que parecían incontables.

Me dio mucha paja que la deportaran. Para mí siempre ha sido una mierda toda la parafernalia que han montado contra ella. Pero no quería decírselo. Dani no habló en todo el camino. No habló casi en el aeropuerto y me dio mucha lástima cuando le pusieron el sello rojo en su pasaporte diplomático repleto de sellos de los más variopintos países del mundo. La acompañé mientras estaba sentada y pensativa en la larga hilera de sillas plateadas y vacías. Nunca la había visto así.

“Me acaba de escribir mi mamá por el Whatsapp”, le dije a Daniela, quien miraba hacia el frente y jugaba con la punta de las mangas de su suéter blanco. Se veía tan cuchi así, triste. “¿Y qué te dice?”, me preguntó. “Parece que se murió Ruperta”, le dije yo. “¿Quién coño de la madre es Ruperta?”, me dijo Daniela, siempre mirando hacia el frente y con una displicencia que me pareció cómica. “La elefanta de Caricuao. ¿Te acuerdas de ella? A ti te gustaba tirarle maní”, le respondí yo.

Daniela sonrió. Fue la única vez que la vi sonreír en todo ese día. Me sentí feliz de hacerla sonreír. Pensé que podríamos hablar de Ruperta y de los días en las que éramos felices visitando un zoológico que ahora es una basura maloliente. Pero ella prefirió quedarse callada. La gigantesca pantalla que anunciaba las salidas indicaba que ya estaban abiertas las puertas de embarque para el vuelo que, a las 20:55, partiría hacia Caracas. “Gracias por todo, Daniela. Yo te debo la vida. Nos veremos más pronto de lo que crees”, le dije. Estuvimos abrazadas un tiempo largo. La sentía llorando sobre mi hombro. La fiesta, al menos en Nueva York, se había terminado. “Toma”, me dijo ella. Sacó, de su Kipling violeta, una bolsita de maní salado a medio comer. “Cómetelo tú, que no me lo van a dejar pasar”, me dijo antes de tomar camino al avión que saldría a las 20:55, el que la llevaría de vuelta al país tercermundista al que siempre he odiado con todas mis vísceras.

 

Helena Eco.