Ministerio del Poder Popular para la Casualidad. Capítulo I.

(Noche en Caracas. Hace bastante frío. Kleyberson espera. Tiene un suéter gris. Se frota las manos. Entra Ramonel. Ramonel luce ansioso. Tiene una camiseta sin mangas. Ambos son jóvenes, casi adolescentes.)

RAMONEL: ¿Estamos a tiempo?

KLEYBERSON: Sí. No es tan tarde.

RAMONEL: (Tras dar un breve vistazo a Kleyerson.) ¿Cómo lo sabes? No llevas reloj.

KLEYBERSON: Lo sé por la luna.

RAMONEL: ¿Por la luna?

KLEYBERSON: (Apunta, con su dedo, hacia la luna. Ramonel mira hacia la luna también.) Sí. Ella se va moviendo y va indicando la hora. Eso se aprende con la experiencia.

RAMONEL: ¿Llevas mucho tiempo en esto?

KLEYBERSON: (Orgulloso.) El suficiente. (Tras observar, detenidamente, a Ramonel.) ¿Cómo puedes vestirte así con este frío?

RAMONEL: La adrenalina me mantiene caliente.

KLEYBERSON: Se te pueden entumecer las manos y los dedos.

RAMONEL: (Observa sus manos. Habla con displicencia.) No. No creo.

KLEYBERSON: ¿Estudiaste?

RAMONEL: Hasta sexto grado. Luego me di cuenta de que eso no es para mí.

KLEYBERSON: Idiota. Me refiero a si estudiaste a la chama.

RAMONEL: Sí. (Saca, de su bolsillo, un papel. Lo muestra a Kleyberson.) Aquí está. Natascha Fangio.

KLEYBERSON: (Viendo el papel.) Da un pelo de lástima, ¿verdad?

RAMONEL: ¿Qué?

KLEYBERSON: Es linda y todo.

RAMONEL: Y que lo digas.

KLEYBERSON: Pero órdenes son órdenes.

RAMONEL: (Guardando, de nuevo, el papel en el bolsillo.) Hablando de papeles, ¿cómo distribuiremos los nuestros?

KLEYBERSON: (Extrañado.) ¿Cómo que cómo los distribuiremos?

RAMONEL: ¿Quién disparará?

KLEYBERSON: (Amenazador.) ¿Cómo me vas a preguntar eso a estas alturas? Te lo he dicho mil veces. Yo sólo conduzco.

RAMONEL: (Sumiso.) De acuerdo. No te pongas así.

KLEYBERSON: ¿Tienes experiencia?

RAMONEL: ¿Asesinando?

KLEYBERSON: Sí.

RAMONEL: (Le cuesta admitir.) No. (Tras un silencio. Queriendo mostrar temple.) ¡Pero me han dicho que no es difícil!

KLEYBERSON: (Molesto.) Dios santo. ¿Cómo pudieron contratar a alguien como tú? Porque son órdenes de arriba. Si no, no trabajaría con alguien tan inútil.

RAMONEL: Tú me dices inútil ahora. Pero ya verás. Algún día seré como los grandes criminales del barrio.

KLEYBERSON: No me hagas reír.

RAMONEL: Seré una leyenda como ellos.

KLEYBERSON: ¿Sabes por qué ellos se convirtieron en leyendas?

RAMONEL: ¿Por qué?

KLEYBERSON: Precisamente porque no querían ser como nadie. Eran ellos mismos y ya. No les importaba nada. Ni siquiera morir.

RAMONEL: Es cierto. Ahora que lo dices, todos murieron jóvenes.

KLEYBERSON: ¿Te acuerdas de “Bala fría”? ¡El pistolero más caliente de la historia! Treinta y cinco homicidios en su haber, incluidos bebés y abuelitas. Eso por no mencionar a “Jaguar sin mancha”, quien pintaba el piso con ríos de tripas.

RAMONEL: Ya verás. Algún día, en este mismo lugar, venerarán mi nombre. Y yo me habré ido como los grandes, acribillado y abatido por las fuerzas especiales de la policía.

KLEYBERSON: Ya veremos qué tal te va. ¿Tienes todo listo?

RAMONEL: Milimétricamente listo. Será fácil y rápido. Estoy ansioso.

KLEYBERSON: ¿Seguro? Mira que la ansiedad siempre provoca que se nos olviden cosas. Lo sé por experiencia.

RAMONEL: No me subestimes.

(Entra Rosa, la madre de Ramonel. Es una señora de aspecto humilde, con un vestido blanco estampado de flores desteñidas.)

ROSA: ¡Hijo!

RAMONEL: (Avergonzado.) ¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

KLEYBERSON: Hola, señora Rosa.

ROSA: Estaba revisando las gavetas de tu cuarto y encontré esto. (Muestra un arma de fuego. Se genera, durante unos segundos, un silencio tenso que es roto por la misma Rosa.) Es el arma que te compré por Navidad.

RAMONEL: (Se palpa, preocupado, los bolsillos.) ¡Pensé que la tenía conmigo!

KLEYBERSON: (Burlón. A Ramonel.) ¿No y que milimétricamente listo?

ROSA: (A Kleyberson.) Y así quiere éste ser como las leyendas del barrio.

KLEYBERSON: ¡Qué idiota!

(Rosa y Kleyberson ríen. Ramonel, avergonzado, toma el arma y la guarda.)

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Reseñas cantáridas: “El Palacio de los Sueños”, de Ismaíl Kadaré

No puede decirse que “El Palacio de los Sueños” sea la novela más importante de Ismaíl Kadaré, pero, sin duda, es una de las más curiosas. Ismaíl Kadaré, escritor albanés (quizás el más importante de Albania), tuvo que lidiar gran su vida con regímenes totalitarios. Y el régimen comunista de Albania era, quizás, uno de los más férreos en lo que respecta a la censura. Es por eso que la crítica que a este régimen hace Kadaré en “El Palacio de los Sueños” está maquillada al ambientarse la trama en el Imperio Otomano, que no es más que un reflejo que el autor hace de la represiva Albania de su tiempo. Cuando se terminó de publicar “El Palacio de los Sueños”, Kadaré, ganador del premio Princesa de Asturias de las Letras y varias veces candidato al premio Nobel de Literatura, contaba con 45 años.

“El Palacio de los Sueños” resulta un título curioso y un tanto ambivalente. Podría ser, perfectamente, el título de un libro o de alguna obra teatral musical infantil. Pero, en este caso, representa un lugar obscuro e inquietante, no sólo para el protagonista de la obra, quien se familiariza con este lugar, sino para el lector, quien acompaña al protagonista en su faena dentro del palacio.

La manera en la que se tocan los temas en “El Palacio de los Sueños” es realmente sutil. Cada lector, o cada crítico, podría alegar que vio, en el texto, el enfoque hacia una u otra cosa. Siento que el tema que más se trata en la novela es, que le viene como anillo al dedo a Kadaré, la libertad y los peligros que ésta corre cuando pretende ser controlada o canalizada. Y estos dos grandes mundos opuestos (libertad y control) tienen sus símbolos claros en el libro. La libertad está representada por los sueños y por el mundo inconsciente, en donde no existen reglas y todo es posible, incluso la adulteración de las formas y de los colores. El control está representado por el gobierno, quien, mediante el Palacio de los Sueños, busca coartar esa libertad, al ver en ella un peligro para su pensamiento hipersimplificado.

Podríamos decir que una de las características del Palacio de los Sueños es que no cuenta con unos personajes realmente profundos o realmente desarrollados. Quizás el único que se acerca a esto es el protagonista indiscutible, Mark-Alem. Mark-Alem pertenece a una poderosísima familia que, a veces aliada y a veces peleada con el gobierno, es respetada por todos. Y es Mark-Alem, que por una serie de movimientos y casualidades que muchas veces escapan de su entendimiento (y que se van revelando poco a poco), funge como el vehículo a través del cual accedemos al misterioso y casi secreto Palacio de los Sueños.

Mark-Alem, a lo largo de la obra, va interactuando, en mayor o menor grado, con otros personajes aún menos desarrollados que él. Por un lado están los muchísimos funcionarios, de mayor o menor rango, con los que se encuentra en el Palacio de los Sueños, aunque éstos, muchas veces, no son más que recursos que el escritor utiliza con el fin de profundizar más en la descripción del lugar. Por otro lado está la familia de Mark-Alem, una familia que, como cualquiera, tiene sus uniones y sus desavenencias. Es la familia de Mark-Alem la que hace de “motor” de los engranajes para que la trama de la obra avance más allá de lo que sucede en el palacio.

Porque es, precisamente, el gran Palacio de los Sueños el protagonista indiscutible de la obra. Es cierto que no es un personaje propiamente, pero presenta tantas caras y tantos submundos, que toda la trama, y todos los personajes, se convierten en auxiliares para conocer a fondo este distópico lugar de pasillos infinitos, de empleados adocenados, de resoluciones obscuras y de un funcionamiento fascinante que busca desentrañar, entre los miles y miles de sueños del pueblo, aquéllos que puedan considerarse de interés o de peligro para el gobierno.

El narrador del Palacio de los Sueños se limita a ser un simple descriptor de sucesos. Y hay un hecho curioso. El narrador puede decirnos lo que está pensando Mark-Alem, pero solamente puede hacerlo con él. Los pensamientos del resto de los personajes, al igual que ciertos eventos del Palacio de los Sueños, no pueden ser develados más que por la propia historia. Este recurso logra que las dudas de Mark-Alem sean nuestras mismas dudas, enigmas a resolver.

El Palacio de los Sueños, aunque presente una trama que puede ser universalmente reconocible por todos, está salpicado de ciertos localismos o referencias otomanas y albanesas. De hecho, hay una parte, cerca de las primeras páginas, en la que una serie de personajes sostienen una larga conversación acerca de batallas y eventos históricos que, en una opinión personal, no le aportan gran cosa al texto en general.

Pero no puede decirse que el lenguaje en “El Palacio de los sueños” sea lento o pesado. Todo lo contrario. Es un lenguaje bastante ameno y bastante veloz. Y hay algo de este lenguaje que merece ser destacado. Las descripciones, casi siempre sombrías, grises y un tanto deprimentes tanto en interiores como en exteriores, nos sirven como un recurso estético que, a mi parecer, le aporta más misticismo a la obra, de por sí con tintes mágicos.

“El Palacio de los Sueños” tuvo mediano éxito en su tarea de burlar la censura en su país. Algunos censores (irónicamente con una tarea similar, quizás alegórica, a los funcionarios del Palacio de los Sueños), no captaron las similitudes entre el Imperio Otomano, en donde se desarrolla la trama, y la Albania a la que realmente hacía referencia Kadaré. Otros, sin embargo, lo captaron inmediatamente, censurando la novela durante algún tiempo.

Tomás Marín

@LocaYCuchi Capítulo 1/20

Hoy es mi primer día de universidad. Hace frío en la mañana. Muchas mujeres están maquilladas. Muchas mujeres se esfuerzan en maquillarse bien para el primer día de universidad. Quieren causar una buena primera impresión a sus futuros compañeros. La gente parece aún un poco tímida. No hablan mucho. Pero algunos ya han hecho buenas migas. Algunos se ríen y comparten café de la máquina. Yo no sé qué magia tienen los cafés de las máquinas. Son como más espumosos y deliciosos que cualquier otro tipo de café. He conocido a dos personas muy simpáticas. No viven tan lejos de mí.

Hoy comenzaré mi carrera de Comunicación Social. No es una carrera que me atrape particularmente. Pero no es una carrera que me desagrade. La estoy cursando porque es una carrera versátil y que puede tener alguna salida interesante en el campo laboral. También me llamó mucho la atención el hecho de que la universidad tiene un buen grupo de teatro. Amo el teatro. Yo quiero ser dramaturgo o escritor. Yo hubiese preferido estudiar algo como letras o artes. Pero no quiero morir de hambre. Además no me creo tan talentoso como para vivir de las letras o de las artes puras.

Una de las primeras personas que conocí se llama Myrlene. Es blanca. Es muy blanca. Tiene el pelo de un color que oscila entre el amarillo y el anaranjado. Pero es una persona sumamente encantadora. Le gusta burlarse de sí misma. Dice que tiene la cara parecida a una cachapa (por la redondez). Presiento que será una buena amiga. Compartiremos mucho yendo a almorzar o hablando de fútbol. Porque a Myrlene le gusta el fútbol. Ella tiene ascendencia alemana y es aficionada del Schalke 04.

También conocí a una muchacha llamada Carmen. Es también muy blanca. Pero es distinta a Myrlene. Carmen es más alta y un poco más robusta. Se ríe con una risa estruendosa y tiene el sentido del humor un poco más espeso. Parece alguien particularmente sensible. Presiento que también seremos buenos amigos. De lejos se ve que es una muy buena persona. Algunas otras personas se nos han acercado. Ya tenemos como nuestro propio círculo. No sé si en los primeros días de la universidad las amistades se hacen definitorias. O si quien es tu amigo el primer día ya no lo es luego. No lo sé. Es mi primer primer día en una universidad.

Comunicación Social es una carrera sumamente curiosa. Es una de las carreras que va mutando más rápido con el paso del tiempo. Es muy diferente a la física o a las matemáticas. Éstas son ramas del saber que permanecen casi inmóviles. Cinco por cinco siempre será veinticinco. Eso permanecerá allí. Comunicación social no es así. Cambian los mensajes a transmitir. Cambian los medios para transmitir esos mensajes. Cambian incluso los receptores de esos mensajes. Mañana no estará bien lo que hoy está bien y ayer no estuvo tan bien. Todo es como un gran sistema. Todo es como una maquinaria estructuralista compuesta de pequeñas piezas. Política y mensajes. Periodistas y armas. Opiniones y acciones. El comunicador social se encuentra en medio de todo eso.

 

Tomás Marín

Reseñas cantáridas: “La letra escarlata”, de Nathaniel Hawthorne

“La letra escarlata” es, sin duda alguna, la novela emblema de Nathaniel Hawthorne. Hawthorne es una de las plumas más respetadas y representativas del Siglo XIX norteamericano. Desde muy pequeño estuvo entregado a las humanidades y al saber. Publicó su primera novela cuando apenas contaba con 24 años. Bien es cierto, a manera de curiosidad, que, varios años después, Hawthorne renegaba de esta novela, al considerarla inferior con respecto a su producción literaria posterior. Cuando fue publicada “La letra escarlata”, Hawthorne ya era un escritor algo veterano. Tenía 46 años. El estilo de Hawthorne siempre se movió, como hijo de su tiempo, en el relato obscuro, gótico y un tanto aterrador. Este estilo fue el más importante en el Siglo XIX estadounidense y contó con otros exponentes como Washington Irving, el autor del personaje del célebre personaje del “Jinete sin cabeza” o, el más famoso de todos los autores de este movimiento, Edgar Allan Poe.

La letra escarlata es un título totalmente apropiado para la trama que nos presenta Hawthorne en la novela. Su significado en la historia tiene dos vertientes. Una de ellas es la sencilla, la literal. La letra escarlata es un castigo impuesto a una mujer por haber cometido adulterio. Es, literalmente, una letra escarlata (Una letra “A” bordada sobre su pecho). Llevarla, castigo impuesto por el tribunal puritano del pueblo, implica una vergüenza terrible en una sociedad tan conservadora. Por otro lado, tenemos la vertiente metafórica de la letra escarlata. Nos referimos con esto a la letra escarlata invisible, a la que muchos personajes (incluso nosotros mismos) podemos llevar dentro del pecho, aunque no sea tan notorio. Esta vertiente se ve con claridad en uno de los personajes, pero de esto hablaremos luego.

Resulta algo difícil definir un solo tema que se trate en “La letra escarlata”. Es cierto que su estilo está impregnado de naturalismo, de cierta literatura documental acerca de las sociedades puritanas del nuevo mundo norteamericano. Pero este contexto es sólo un vehículo. Siento que el tema que se escarba a mayor profundidad es el de la culpa. La culpa desde todas sus perspectivas. Desde la perspectiva de quien comete una falta, y hace lo posible para enmendarla, hasta la perspectiva de quien busca hacer justicia tras esa falta, ya que esta falta le afectó directamente. En medio de este camino se encuentra el espectador, quien muchas veces pretende hacer de severo juez sin conocer a profundidad la situación. Y muchas veces, tristemente, este espectador/juez es el que actúa con más intolerancia y rabia.

El personaje principal de la historia, y el que comete la falta que es castigada con la letra escarlata, es Hester Prynne. El autor hace mucho hincapié en la belleza de Hester, ya que ésta está ligada a su caída en desgracia. Esta belleza, al menos en apariencia, muchas veces es capaz sobreponerse a las severas sanciones o a las inquisidoras miradas de sus semejantes. Hester, a lo largo de la novela, va trazando un durísimo camino de expiación. Hester sufre en secreto pero intenta sonreír a un mundo que le es adverso adrede. Técnicamente, la falta de Hester Prynne no tuvo un gran perjuicio a su comunidad, ensombrecida por una fe ciega y flagelante. Pero la comunidad aparta a Hester y convierte su redención en un camino aún más duro, al ser solitario y desesperantemente aislado.

Si me he referido a Hester Prynne como el personaje principal de la historia, debo hacer una ligera aclaratoria. Hester Prynne es el personaje principal en la primera mitad de libro. Poco a poco, ella va legando este protagonismo a otro protagonista. Este protagonista es el ministro Dimmesdale. Casi sin darnos cuenta, él recoge el “testigo” de la letra escarlata, pero a una escala mucho más obscura y siniestra. Dimmesdale es un personaje totalmente ambiguo, del que sólo el lector y los personajes estrictamente principales intuyen o saben su verdad. A Dimmesdale (cuyo apellido vendría a ser como un juego de palabras que indican algo así como “Desfiladero obscuro”) le atormenta en demasía la culpa, que se acentúa, a diferencia de Hester, en que ésta no es visible. Por el contrario, Dimmesdale es una persona totalmente idolatrada en su comunidad.

En mi opinión, el personaje mejor trazado de toda la historia, y el que, en cierto modo, capitaliza la actitud que los seres humanos tenemos al muchas veces creernos jueces con terrible severidad, es el “Doctor Chillingworth”. Chillingwhorth, cuyo apellido, de una manera parecida a Dimmesdale, es un juego de palabras referente a la “sangre fría”, es el personaje filosófica y poéticamente más complejo de la novela. En Chillingworth se nos presenta a un hombre que se encuentra en una especie de inquietante punto medio entre el amor más apasionado y el odio más visceral. Su actitud de “saldar cuentas”, paradójicamente, en vez de brindarle paz, cada vez le brinda más sombras y repercusiones negativas. Su misma fisionomía, como puede apreciar el lector, va mutando en relación a sus decisiones, cada vez más enceguecidas, hasta convertirse en una especie de monstruo.

Estos personajes nos son presentados por el propio Hawthorne, que funge de narrador. El narrador es omnipresente y tiene la capacidad de ahondar en los pensamientos de los personajes, aunque éstos pensamientos sean, muchas veces, precisamente, los que los personajes intentan ocultar. Hawthorne, a veces, se detiene en explicaciones contextuales históricas o en anécdotas no tan relevantes a la historia principal que, a veces, me desesperaron un poco como lector. Sin embargo, se rescata que estas anécdotas dejan enseñanzas o, al menos, curiosidades.

Es precioso el hecho de que Hawthorne, tanto en el prólogo como en el epílogo de la obra, se presenta como un escritor simpático y no muy orgulloso de su obra que desea contar, con la ayuda de archivos documentales encontrados, la historia de Hester Prynne y de la letra escarlata. El prólogo de “La letra escarlata” es quizás un poco largo y duro de digerir. Hawthorne nos va contando, en éste, su experiencia como funcionario de aduanas (profesión que ejerció en la vida real) y nos va describiendo los ires y venires de este oficio hasta que, finalmente, nos relata que encuentra, en un viejísimo archivo, la deshilachada y desteñida letra “A” que llevó Hester Prynne junto a papeles con su historia. Es aquí cuando hace conexión con la trama principal.

El lenguaje de Hawthorne en “La letra escarlata” es sumamente descriptivo. No es sólo descriptivo en relación a los ambientes o a los lugares, sino a todos los aspectos, físicos y psicológicos, de sus personajes y de la actitud que tienen en ese momento. A pesar de esto, el lenguaje no es engorroso. Hawthorne da campo de diálogo a los personajes para que hablen y se expresen por sí mismos. Debo confesar que, en al menos dos ocasiones, los diálogos de los personajes me parecieron un tanto cursis e inverosímiles. Pero no es algo que se repita de manera notoria en la historia.

“La letra escarlata” cuenta con otro protagonista elemental. Nos referimos a Salem, el poblado tan famoso por los terribles juicios a las brujas que tuvieron lugar en el Siglo XVII. Salem, y Massachusetts en general, fue una de las regiones más famosas por la excesiva rigidez de sus pobladores. Y Hawthorne nació en Salem. De hecho, Hawthorne era descendiente de uno de los principales jueces en aquellos juicios de “brujas” y de uno de los principales fundadores del poblado. De hecho, la “W” en el apellido de Hawthorne fue colocada por él mismo para distanciarse de ese pariente suyo, del cual se avergonzaba.

Tomás Marín

Casilda

El televisor viejo hace sonar la marcha triunfal de Venevisión. El país está en vilo. El CNE acaba de dar la declaración. Venezuela tiene nuevo presidente. Hugo Chávez. El golpista. Los medios le dieron toda la atención del mundo durante la campaña. Chávez era un tipo que daba rating. Y que sigue dando rating. Chávez pagaba las facturas y las sigue pagando. Ahora Chávez es el nuevo presidente. ¿Qué puede salir mal? Hay júbilo en el barrio. Varios cohetes suenan a lo lejos. Casilda baja las escalinatas. Se une a la fiesta.

Hay pendones rojos y caras de Chávez por todas partes. Ana saca unas Polarcitas de su nevera y las comparte con algunos de los eufóricos vecinos. Ana es una de las más viejas de todo el barrio. Aquella nevera fue un obsequio de Luis Herrera cuando estaba en campaña. Fue un obsequio de la Cuarta República. La que hoy está liquidada. Ya hay un borracho por ahí. “Al fin nos llegó la hora, no joda”, grita alguien. El grito se pierde entre la música y los altavoces que tienen sintonizadas las primeras declaraciones del nuevo mandatario.

Han pasado tantas cosas desde entonces. Casilda tiene un hijo de once años. Al padre lo mataron hace tres en un supuesto ajuste de cuentas que nunca fue aclarado. Dicen que andaba en malos pasos. Fue curioso. El cuerpo tardó siete días en ser encontrado. Lo encontró un telefonista que estaba haciendo unas reparaciones. Aunque las hizo mal al final. El barrio está erosionado y triste. Está cada vez más incomunicado. Es uno de los barrios más violentos de la zona más violenta de la ciudad más violenta del país más violento del continente más violento. Se dice fácil. Se muere más fácil aún.

Casilda se ha arrepentido por primera vez de su orgullo. Chávez es una religión en el mundo de Casilda. Una religión que nunca admitió peros ni críticas. Y esa religión tiene cada vez menos fe. El hijo de Casilda cada vez está más flaco. Casilda recuerda cuando lo vestía del Comandante en los carnavales. Mucha gente del barrio lo hacía. Era el disfraz más popular. Un traje verde oliva. Una boina roja. Un brazalete. Al hijo de Casilda no le gustaba disfrazarse. Consideraba que era estúpido. Ahora lo único que quieres es comer. Pero no hay nada para comer. Ha fallado la bolsa CLAP y ha fallado el carnet de la patria. La fe no se come.

Casilda ha evaluado irse del país. Pero no tiene los medios. Quizás se pueda ir a pie. Pero todos los caminos están colapsados. Ya los países no quieren más venezolanos. Casilda tiene miedo de que el hijo se le muera de hambre. Qué diferencia con el Comandante. El Comandante murió gordo y opulento. El heredero come con los mejores chefs del mundo. “Hay que estar orgullosos de ser pobres”, dice a Casilda uno de sus vecinos. El típico vecino que es chavista incondicional. El que cree que todo es culpa de la guerra económica y de los Estados Unidos. Pero el orgullo no se come. Casilda ha intentado comerlo. Y las tripas le suenan.

El televisor de Casilda no funciona. No funciona desde hace años. No se pudo nunca comprar otro nuevo. La gerencia local del partido socialista le prometió uno. Pero fue una promesa estúpida. Nunca hubo dinero para comprarlo. Y quizás nunca lo habrá. El hijo de once años pesa casi menos de 30. Tiene la cara chupada y las costillas resaltadas. Casilda escucha detonaciones a lo lejos. No son cohetes. Es el primer muerto del día.

Tomás Marín.

Voy de regreso a Venezuela…

(Carretera Panamericana. Atardecer. Tamara y Jacinta caminan con dirección hacia Venezuela.)

TAMARA: Se nos está haciendo de noche.

JACINTA: ¿Quieres que paremos aquí?

TAMARA: Sí va.

JACINTA: Qué fracaso todo. No conseguimos nada.

TAMARA: Vamos a tener que dormir aquí.

JACINTA: ¿Extrañas tu cama?

TAMARA: A veces.

JACINTA: Yo también.

TAMARA: ¿Sabes qué me da rabia?

JACINTA: ¿Qué?

TAMARA: El gobierno se tripearía esto.

JACINTA: ¿Qué cosa?

TAMARA: Que seamos emigrantes fracasadas. Que no hayamos conseguido trabajo ni en Colombia ni en Perú ni en Ecuador.

JACINTA: ¿Qué te puedo decir?

TAMARA: Igual saldré otra vez. Todo es mejor a que te maten allá.

JACINTA: Te creo.

TAMARA: ¿Hay algo para comer?

JACINTA: Queda una lata de atún grande. Está abierta.

TAMARA: A ver.

(Jacinta saca, de su bulto, la lata de atún. La huele. Por sus gestos notamos que huele mal. La da a oler a Tamara. Tamara hace un gesto similar de repugnancia.)

JACINTA: Mierda.

TAMARA: Qué asco. Cómetela tú si quieres.

JACINTA: ¿Segura?

TAMARA: Sí.

(Jacinta come. Tamara se queda viéndola.)

JACINTA: ¿Por qué me miras así?

TAMARA: ¿Cuánto falta para entrar a Venezuela?

JACINTA: No sé. Oye. Al final, esto no está tan mal.

TAMARA: ¿Me guardas un pelo?

JACINTA: No. Te pregunté si estabas segura, y me dijiste que sí. Ahora te jodes.

TAMARA: Me tienes harta. Un día te voy a caer a patadas.

JACINTA: ¿Tú?

TAMARA: Sí.

JACINTA: Tócame y te mato.

TAMARA: (Irónica.) ¡Qué miedo!

JACINTA: No juegues conmigo. Nunca juegues conmigo. Eres una puta pioja. Soy más grande y podría matarte. No me retes.

TAMARA: Nunca subestimes la astucia de alguien.

JACINTA: Idioteces.

TAMARA: De todas formas, ¿para qué matarnos? Hay que llegar a Venezuela.

JACINTA: No estaríamos comiendo esta lata de atún de mierda si gastaras tus dólares de una puta vez.

TAMARA: No.

JACINTA: ¿Prefieres morirte de hambre?

TAMARA: Me voy a comprar un vestido bonito. Me voy a limpiar un poco. Voy a ver a mi mamá.

JACINTA: ¿Y?

TAMARA: Me voy a poner linda.

JACINTA: ¿Por qué no la vas a ver así?

TAMARA: Le dije que había triunfado.

JACINTA: ¿Que habías triunfado?

TAMARA: Sí.

JACINTA: ¿En el exterior?

TAMARA: Sí.

JACINTA: Tú no puedes ser más imbécil.

TAMARA: Ella se lo ha creído. Voy a gastarme mis dólares en ropa bonita.

JACINTA: ¿Dónde los tienes?

TAMARA: ¿Los dólares?

JACINTA: Sí.

TAMARA: En algún lugar.

JACINTA: Dime.

TAMARA: En la chaqueta.

JACINTA: Está bien.

(Al día siguiente.)

JACINTA: Mierda. El sol me pega en toda la cara.

TAMARA: Hola.

JACINTA: Tengo sed.

TAMARA: Yo también.

JACINTA: ¿Tienes agua?

TAMARA: No.

JACINTA: Alguien tiene que ir a buscar agua.

TAMARA: ¿Por qué siempre tengo que ser yo?

JACINTA: Porque lo digo yo.

TAMARA: ¿Dónde habrá agua por aquí?

JACINTA: Allá arriba hay como una granja, o una vaina así. Lleva esta botella de plástico. Pide que te la llenen.

TAMARA: Está bien. (Va a recoger la chaqueta.)

JACINTA: ¿Qué haces?

TAMARA: Voy a llevarme la chaqueta.

JACINTA: ¿Con este calor?

TAMARA: Sí.

JACINTA: Es que no confías en mí, ¿verdad?

TAMARA: Coño…

JACINTA: Bueno. Si no confías en mí, si piensas que te voy a robar los dólares que te quedan, llévatela. Pero no cuentes conmigo para más nada.

TAMARA: Qué victimista eres.

JACINTA: No. Es que no confías en mí. Y eso me arrecha.

TAMARA: Está bien. La dejo aquí. (Se va.)

(Especie de granja, como a medio kilómetro de donde estaban. Tamara lleva una botella de agua vacía. Brinca una cerca no muy alta. Se acerca a un grifo. Abre el grifo, llena la botella y bebe a la vez. Aparece un señor.)

SEÑOR: ¡Epa!

TAMARA: (Asustada.) Buenas.

SEÑOR: ¿Qué haces?

TAMARA: Tomo un poco de agua.

SEÑOR: ¿Brincaste la cerca?

TAMARA: Sí. Perdóneme, señor.

SEÑOR: ¿Por qué no llamaste?

TAMARA: Tengo mucha sed. No sabía si había alguien.

SEÑOR: Me estás robando el agua.

TAMARA: Perdón.

SEÑOR: (Amigable.) No te preocupes. No se va a acabar.

TAMARA: Eso significa…

SEÑOR: Toma la que quieras.

TAMARA: Muchas gracias. Muchas gracias, señor. (Llena la botella y bebe.)

SEÑOR: ¿De dónde eres?

TAMARA: De Venezuela.

SEÑOR: Eso está vuelto mierda por allá.

TAMARA: Sí. Es el infierno.

SEÑOR: Mucha suerte a donde quiera que vayas.

TAMARA: Voy de regreso a Venezuela.

SEÑOR: ¿Al infierno?

TAMARA: Pero voy a salir otra vez. Lo juro.

(Lugar en donde Jacinta y Tamara pasaron la noche. Tamara vuelve con la botella llena de agua. Se la lanza a Jacinta.)

TAMARA: Aquí tienes.

JACINTA: Gracias.

TAMARA: Aprovecha. Está fresca.

JACINTA: ¿Tuviste problemas para conseguirla? (Bebe de la botella.)

TAMARA: No. (Revisa los bolsillos de su chaqueta. Nota que los dólares no están.) ¿Dónde está mi dinero?

JACINTA: ¿Qué dinero?

TAMARA: Mis dólares, coño.

JACINTA: No sé.

TAMARA: Te los robaste.

JACINTA: Claro que no.

TAMARA: Te los robaste, coño de tu madre.

JACINTA: No. Y no me llames así. Respeta.

TAMARA: Dámelos.

JACINTA: No los tengo.

TAMARA: Dámelos.

JACINTA: Que no los tengo, coño.

TAMARA: Dámelos, o te mato.

JACINTA: Escucha, Tamara. No tengo tu dinero. Revisa bien. Revisa en tus zapatos, en tu bulto.

TAMARA: Yo tenía esos dólares en la chaqueta.

JACINTA: ¿Te ayudo a buscarlos?

TAMARA: Si los tienes tú.

JACINTA: No seas idiota.

(Ambas buscan el dinero, infructuosamente. Revisan todo.)

TAMARA: Tú lo tienes.

JACINTA: (Molesta.) Coño. Que no.

TAMARA: Dámelo.

JACINTA: ¿Sabes qué, Tamara? Estoy harta de ti.

TAMARA: ¿Harta?

JACINTA: Sí. Ya no quiero hacer este viaje contigo. Me regreso sola.

TAMARA: Lo dices porque te quieres llevar mi dinero.

JACINTA: No. Lo digo porque ya me tienes harta.

TAMARA: Júrame que no tienes el dinero.

JACINTA: Te lo juro por Dios.

(Un poco más tarde. Ambas han recogido sus cosas y han reemprendido el camino.)

JACINTA: Yo me voy por aquí.

TAMARA: (Llorando.) Está bien.

JACINTA: Deja de llorar. Pareces una imbécil.

TAMARA: Ese dinero era todo para mí.

JACINTA: ¿Quién te manda de descuidada?

TAMARA: No sé dónde se me pudo caer.

JACINTA: Espero que te vaya bien.

TAMARA: Gracias. (La abraza. Nota que Jacinta le coloca el dinero en la mano.)

JACINTA: Ya me contarás. (Se va.)

(Tamara ve a Jacinta alejarse. Se seca las lágrimas y guarda el dinero en su chaqueta. Camina. Ahora sola.)

FIN.

Tomás Marín.

Adaptación de texto “Los caminos se separan”, de Truman Capote.

Instrucciones para ser un cajero de Farmatodo

El aire acondicionado no sirve. Sólo sopor es lo que hay dentro del Farmatodo. El supervisor te dijo que los técnicos del aire vendrían esta semana. Pero no han venido. Quizás se fueron del país. Quizás los mataron. Quizás no les da la gana de reparar el aire y ya. Para qué trabajar si el dinero no te alcanza para nada. El hecho es que el aire acondicionado tiene días sin servir. Los Cri-Cris amenazan con derretirse. Toma la servilleta que tiene como mil dobleces y que reposa en tu bolsillo. Pásatela por la frente una vez más.

Afuera del Farmatodo sucede todo. Adentro del Farmatodo no sucede nada. Está vacío. Desierto. Recuerda un poco los días en los que se hacían colas de adolescentes que iban a comprar Doritos y Coca-Colas mientras hacían sus predicciones sobre el partido de la Champions. Recuerda la cara de ese niño con cara de gafo que se sonrojaba al pedirte los Durex más baratos. Recuerda a la señora que iba todos los días a preguntar por la medicina para su mamá. La medicina que nunca podía conseguir. Seguramente su mamá ya se murió. Toma la servilleta. Hazle un doblez más. Pásatela por la frente de nuevo. Si tan sólo funcionara el aire acondicionado.

Pero piensa que ya mañana es día de pago. Ya mañana cobrarás tu tan esperada quincena. No es mucho lo que podrás hacer con ella. Pero tampoco es un pago tan miserable. Está bien para ser una paga en un país comunista. Hay gente que la tiene peor. Quizás podrás ir a comprar una hamburguesa para compartir con tus mejores amigos. Quizás podrás ir al cine a ver esa película sobre alpinistas que te llama tanto la atención. Quién fuera alpinista. Estar en una montaña helada. No en un Farmatodo caluroso. Maldito aire acondicionado.

Mira la puerta eléctrica que se acaba de abrir. Un cliente. Aunque a lo mejor no es un cliente. A lo mejor es una de esas personas que van a mirar cualquiera de las pocas cosas que quedan en los anaqueles para agarrar una y decir “¡Mierda. Qué caro!” Pero no. Es una muchacha. Es joven y tiene el pelo como la miel. Literalmente tiene el pelo del color de la miel. Y lo tiene brillante como la miel. A lo mejor va a comprarse uno de esos champús que cuidan los pelos suaves y bonitos.

Su mirada se cruza con la tuya cuando la estabas viendo embobado. Te sonrojas pero no sabes que te sonrojaste. A veces esas cosas no las nota uno mismo. Esperas que ella no lo haya notado. ¿Qué posibilidades va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así? La chemise azul medio roída y con los hilos del logo de Farmatodo un tanto deshilachados no es la mejor prenda para echarle los perros a una chama bonita. A una chama con el pelo suave y bonito. Del color de la miel.

Efectivamente. Ella va a comprarse un champú. Ha comparado entre dos botellas y se ha decidido por una. Pareces adivino. Aunque quizás lo adivinas porque están destinados el uno para el otro. No puedes dejar de verla. Aunque esta vez debes tener más precaución para que no te sorprenda mirándola. Debe vivir cerca. Lleva unas sandalias de color azul claro que parecen elevarla por los aires. Las sandalias tienen una florecita cuchi que parece hecha también en goma espuma. Las sandalias son una prenda curiosa. Las puede llevar desde la chama más delicada y sutil hasta la bachaquera más tosca y grotesca.

Tiene un tatuaje en su muñeca. Pero no logras distinguir qué forma tiene el tatuaje. También tiene una pulserita como de cuero con tela. Parece una pulserita de playa. A lo mejor se la regalaron cuando fue a surfear. Porque tiene pinta de surfista. Ese pelo suave pero insumiso y de ese color de miel sólo puede pertenecer a una surfista. Ojalá tú fueras surfista. Pero lo más parecido que haces es pasar el coleto sobre los charcos de agua que deja el aire acondicionado dañado cuando tiene fugas. Si tan sólo funcionara.

Quizás no la volverás a ver. O quizás sí. Quién sabe. Llevas cinco meses trabajando en ese Farmatodo y es la primera vez que la ves. ¿O quizás fue en otra ocasión? No. Estás seguro de que no. La recordarías. Quién puede olvidar ese pelo tan bonito. Ese pelo del color de la miel. Pero no pienses en eso. Piensa en que ya mañana cobras. Quizás puedas invitarla a un café cuando pase por la caja. Mañana cobras y la podrías invitar a un café. Aunque no es prudente. No es profesional. Y quizás se reiría en tu cara. ¿Qué posibilidad va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así?

Ella se acerca a la caja. Te sonríe con una sonrisa más protocolar que otra cosa. Pero qué sonrisa tan bonita y tan perfecta. Que viva todo el protocolo del mundo si las sonrisas protocolares son así. Te da pena volverte a pasar la servilleta por la frente frente a ella. Aunque hace calor. Ella improvisa un abanico con su mano. Con su mano tan delicada. Con la misma mano de la muñeca del tatuaje y la pulsera de surfista. También tiene calor.

Pasas el champú por el lector. Te provoca acariciarle el pelo. Pero se espantaría. Quizás te pegaría una cachetada. Quizás llamaría al gerente. Te despedirían. Y mañana no cobras quincena si te despiden. El lector no lee el código de barras. Tienes una sonrisa de imbécil mientras sostienes el champú. Ella se revisa las uñas. No las tiene pintadas de ningún color. Vuelves a pasar el código de barras del champú por el lector. Suena el “beep”. Ella te dice que no le des bolsa. Que se lo lleva en la mano. Qué bella es. Pensando en el medio ambiente.

Te da la tarjeta de Banesco. Ves que la tarjeta tiene su nombre. Elena. Elena te suena como el nombre más hermoso del mundo. “Hola, Elena. ¿Quieres ir a tomar mañana un café?”, te provoca decir. Pero no lo digas. No es profesional. Quizás se reirá en tu cara. La tarjeta no pasa. Intentas una vez más. Limpias la cinta magnética con tu chemise. A lo mejor la chemise te queda impregnada del aroma de Elena. A lo mejor algo del olor de su bolso llegó a su tarjeta. La tarjeta no pasa. Vuelves a intentar. No pasa.

Elena ha puesto ojos tristes. Es insoportable verla triste. Elena debe sonreír siempre. Y tú vas a hacerla sonreír. A como dé lugar. “No importa. Déjalo así. Ya vendré mañana a comprarlo”, te dice Elena. Quizás no venga. Quizás esta noche no podrá lavar su pelo del color de la miel. “No te preocupes. Va por cuenta de la casa”, dices tú. Es una jugada arriesgada. Pero ella sonríe ilusionada. “Muchas gracias. Muchas gracias. Muchas gracias. De pana mañana vengo y te lo pago, lindo”, te dice ella. Lindo. Elena te ha llamado lindo. Es perfecto. Todo es perfecto. No importa que trabajes en un Farmatodo. No importa que no sirva el aire acondicionado. Ya tienes motivos para sonreír todo el mes.

Elena se lleva el champú en su bolso. Te mira y te sonríe una vez más antes de salir. Sabes que te lo van a descontar a ti si ella no viene mañana a pagarlo. Y es probable que no venga. ¿Qué acabas de hacer? El champú era importado y carísimo. Valía la mitad de tu salario. Y te lo van a descontar. Quizás ya no te alcance para compartir la hamburguesa con tus amigos o para ir a ver la película de los alpinistas. Quizás Elena va a ver a su novio. Va a decirle: “Un pajúo quesudo en Farmatodo me regaló este champú” mientras lo besa. Mientras su novio le acaricia su pelo color miel. La mitad de tu salario se fue en un champú que no sabes ni a qué huele. Idiota.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “La tienda del molino”, de Truman Capote.