La mejor biografía de Francisco de Miranda que leerás en tu vida (Primera parte)

Puede decirse que Francisco de Miranda es el auténtico Quijote, sólo que un poco más precavido. Su vida es la epopeya absoluta, el libro de aventuras que todo autor desea escribir. Quizás, la caída en desgracia de Miranda se debe, como la de todos los Quijotes, a la falta de apoyo. Miranda tiene que ser el diplomático y el publicista. No quiere vender cremas Avon sino una idea, un proyecto que muchas personas piensan que es una utopía irrealizable. Su Dulcinea consiste en la emancipación de la América española, en romper las cadenas que nos atan a una Europa enferma.

La vida de Miranda oscila entre los cielos y los infiernos, como un héroe de tragedia griega, como un ángel caído en una vorágine convulsa. Es el propio guionista de sus hazañas e imaginación es lo que menos le falta. Camina entre la traición, la conspiración, el misterio, el amor, la decepción y la esperanza. Baila en los salones más rocambolescos del rococó y suspira dentro de la cárcel más húmeda y miserable. Amigos no le faltan, enemigos le sobran. Cada capítulo de su vida, si se pudiese representar (representar de verdad, no mediante una cinta auspiciada por la dictadura y protagonizada por un mediocre como Jorge Reyes) arrancaría las más genuinas emociones.

La esposa de Sebastián, una caraqueña preciosa, está en los dolores de parto. Sebastián llega de su comercio corriendo luego de que le han dado la noticia. La urgencia ha sido tal, que ha dejado a un cliente sin atender. El cliente se indigna y, arqueando las cejas, se dirige a otro lado en el que espera encontrar lo que desea.  Hay expectativa. Uno que otro curioso se acerca al escuchar los gritos encadenados a los dolores. Sebastián se seca el sudor y se estremece. Camina de lado a lado. Le dan la buena noticia. Sebastián sonríe. Es Varón. Se llamará Sebastián, como el padre. Para distinguirlo de éste, todo el mundo lo llama por su segundo nombre, Francisco.

Una de las primeras cosas que Francisco ha aprendido, además de caminar, es a leer. Le ha agarrado el gusto. Un gusto quizás un poco “excesivo”. De vez en cuando, en las tardes cálidas de Caracas, su madre le recuerda que los otros niños están jugando al trompo o haciendo, con ramas, dibujos sobre el polvo que se forma sobre el empedrado. Francisco dice que irá más tarde. Hay libros que ni siquiera entiende del todo, pero de los que intenta memorizar la mayor cantidad de frases posible. En el colegio, repite algunas de estas frases. Es, por lejos, el alumno más destacado. Esto compensa las advertencias de su madre, quien confía en que Francisco, algún día, puede llegar lejos.

Francisco, con todos sus méritos, entra en la Universidad de Caracas. Es el lugar que más le apasiona. El estudio y el aprendizaje es lo que más le ha apasionado a lo largo de sus cortos doce años. Realiza estudios de latinidad. Los estudios de latinidad consisten en enseñanza avanzada de gramática y latín. Son una herramienta fundamental para poder acceder, luego, a fases superiores. Francisco se detiene, al menos un minuto al día, a contemplar la biblioteca de la universidad. Siente que quiere absorber todo el conocimiento que dormita allí. Su sed de conocimiento, en vez de saciarse, aumenta. La latinidad no es suficiente. Al fin y al cabo, es algo casi de obligación (en donde tiene calificaciones destacadísimas, por supuesto). Se agrega un nuevo reto. El estudio y la apreciación de las artes.

Francisco, caminando, se acerca a un tumulto que llama su atención. Hay un montón de señoras de nariz alta y mantillas y de aristócratas tropicales que rodean y acosan a una persona. La voz de esa persona le parece a Francisco familiar, muy familiar. Es la voz de su padre, de Sebastián. Francisco, muy joven todavía, se acerca, mas no se atreve a intervenir aún. No es la primera vez que esto sucede, pero es la primera vez que sucede tan abiertamente. Le reclaman a su padre una serie de “defectos” que a Francisco le parecen y le han parecido totalmente absurdos. “No es más que un comerciante, un infame y vil comerciante. Pero dinero no le falta. Seguro tiene tratos raros por ahí”, asegura un señor de mofletes inmensos y de sombrero no muy ancho. Francisco sabe que es una falacia. Sabe que si su familia tiene dinero, se debe al esfuerzo que pone su padre día a día en su negocio (con excepción de aquel día en el que abandonó a su cliente cuando fue informado de los dolores de parto de su esposa). Una señora, que agita un abanico a pesar del viento, recuerda que los Miranda, por si fuera poco, no tienen antepasados conquistadores. Es una vergüenza total. Que se ubiquen un poco. Todo el mundo se aplaude y se aprueba, con excepción de dos personas. Sebastián y Francisco.

Sebastián está harto. Sirve a la ciudad con esfuerzo. Se levanta temprano. Es habilidoso. Incluso, muchas de las personas que le reclaman han sido y son sus clientes. Y así es como le pagan. Con burlas y reclamos. No es justo. Él ha nacido en las Canarias, es español como el que más. Comienza a redactar cartas y a enviarlas a Madrid. Tiene una pluma incisiva, que además está sazonada por algún comentario que le sugiere Francisco, su inteligentísimo hijo. El caso se ha popularizado un poco. Llega hasta el mismo rey de España, Carlos III. Carlos III es aficionado a las letras, es un rey ilustrado y culto, por lo que la buena redacción de Sebastián le provoca simpatía. De todas formas, es una querella menor. Es un asunto al otro lado del mar. ¿Qué tanto puede importar? Carlos III ordena que Sebastián sea tratado con respeto, como un buen español, así sea de una provincia, que es.

Francisco está más tranquilo. Ya el problema de su padre se ha resuelto (aunque aún hay quien comenta sobre el “comerciante” y lanza una palabra despectiva, pero ahora en voz baja). La palabra de Carlos III, el mismímo rey de España, es incuestionable. Francisco ha tomado una fascinación por España. Ya la tenía desde siempre, a raíz de los relatos que su padre echaba antes y después de cenar o durante los fines de semana a la hora de la merienda. Pero ahora, que España es quien ha ayudado directamente a su padre en la querella, Francisco se siente un poco en deuda. Una noche, iluminado por un candil, comienza a redactar una carta. Francisco tiene una pluma realmente prodigiosa, aunque no ha considerado aún ser escritor. La carta es concisa y está dirigida al Capitán General de Venezuela, el representante de Carlos III.

Francisco, orgulloso, deja muy en claro que es hijo de Sebastián, aquel hombre a quien los tontos de los vecinos le reclamaban tonterías, pero que, mediante el rey, pudo solucionarlas. También deja muy en claro que es un joven soltero. Más aún, que ni siquiera tiene compromisos. Más de una muchacha se lamenta al escuchar esto. Miranda es atractivo y muy bien parecido. Ha tenido ciertos amoríos por allí, de los mejores amoríos que existen, ésos que saben un poco a clandestinidad y están amparados bajo la complicidad obscura de la noche. Pero nada serio. Francisco solicita su expreso deseo de servir al rey, al mismo Carlos III que ayudó a su padre. Siente que es la mejor manera de retribuir la “deuda” que tiene con él y de reiterarle su agradecimiento. Con hechos. No con palabras.

Un mensajero llega un día a su casa. Francisco está leyendo, pero utiliza un marcalibros, deja la lectura en pausa y va presuroso a atender al mensajero. Es la carta que esperaba. La que más esperaba. Su solicitud para ir a España ha sido aprobada (no dista mucho de los venezolanos de hoy, que sueñan con que les llegue el permiso para emigrar a España, o a cualquier otro lugar, así sea Haití). Arregla, a partir de ese mismo día, todo lo referente para el traslado (obviamente no existen ni CADIVI ni el SAIME, por eso la inmediatez). Hace sus maletas. Empaca libros, ropa y muchas cosas simbólicas, incluso alguna carta inspirada de alguno de sus amores.

Francisco está en el puerto de la Guaira. Ya la nave está lista. Pronto va a zarpar. Su madre llora y su padre le da un fuerte abrazo. Por fortuna, aún no existen ni el piso de Cruz-Diez ni los celulares con capacidad para tomarse fotos estúpidas. El destino es Cádiz. Es un viaje largo, pero hay mucha alegría. Miranda entra al barco. Ve a sus padres despedirse en el puerto, alejándose cada vez más. El Ávila fulgura, está espectacular. Pronto, todo es mar y océano. El barco a veces se agita y a veces avanza quieto. Una semana, dos semanas, tres semanas, cuatro semanas, cinco semanas. Francisco siente que toda su vida va en ese barco. ¡Tierra a la vista! ¡Ahí está Cádiz! ¡Por fin!

Aún es que falta viaje. Francisco está agotado, pero feliz. Aún falta el trayecto a Madrid, el destino final. Es un viaje larguísimo en carreta. De días. Pero por fin. Como ahí estuvo Cádiz, ahí está ahora Madrid. En pleno crecimiento. Es una de las décadas más esplendorosas en la historia de la ciudad. Francisco se maravilla. Es muy distinta a Caracas en casi todos los aspectos. Es como si no existiese nada igual. Hay muchas cosas que ver, muchos caminos por recorrer. Lo mejor de todo, hay muchos y mejores sitios para estudiar que en Caracas. Mucha de la crema y nata del conocimiento está allí. ¿Acaso no es la misma España que el siglo pasado tuvo su siglo de oro? Hay muchas opciones. Francisco se decanta por matemáticas. Es un genio absoluto. En Madrid convergen muchas culturas. Hay muchas nacionalidades caminando por sus calles. Es preciso comenzar a conocer más gente. Hay que hablar más lenguas. Hay que estudiar también idiomas. Nunca es suficiente conocimiento.

Quizás el único gran freno a toda la ilustración española es la iglesia. La iglesia siempre censura y veta cualquier cosa que considere peligrosa o que no entienda (es idéntica al comunismo). Francisco no quiere que la iglesia lo limite. Es creyente, pero tampoco es fanático. Si hay algo de lo que pueda considerarse fanático, es del conocimiento, del saber. A través del amigo del amigo del amigo (como ocurre siempre), comienza a leer y a adquirir libros prohibidos por la iglesia, por la inquisición que, aunque ha perdido poder, sigue siendo de cuidado (como el comunismo).

Quizás alguien lo delata. Quizás es un descuido. Francisco es agarrado in fraganti con algunos de los libros prohibidos, que se intercambian en una especie de mercado negro y clandestino del conocimiento. Hay muchas ideas allí que la iglesia considera peligrosas o inmorales. Los libros son decomisados. No es suficiente. Es muy fácil volver a producir libros nuevos. Las ideas son tan volátiles como el fuego y se expanden tan rápido como éste. No basta con que los libros se quemen o no se impriman más. Los responsables deben ser vigilados. Hay que poner más rigor. Más énfasis.

Francisco es regañado, pero no pasa de ahí. Además, tampoco se avergüenza. Al fin y al cabo, lo hizo en nombre de su amado conocimiento, de la todopoderosa sabiduría. Pero se siente un poco “culpable” de haberle “fallado” al rey. Cosa quizás un tanto absurda. Un rey como Carlos III también ama el conocimiento. Es el primero que no está completamente de acuerdo con la iglesia y con la inquisición. Pero no puede enfrentarse directamente a la iglesia, menos en un país tan fervorosamente católico como lo es España. Francisco piensa que la mejor manera de “resarcirse” y de buscar nuevas experiencias es uniéndose al ejército español. No lo hace, precisamente, por amor a las armas. Una persona brillante jamás siente afición hacia las armas porque sí. Sólo busca en ellas un impulso, un medio hacia un objetivo más grande. El de Francisco es hacer contactos y elevarse, subir, progresar. Entra sin ninguna dificultad en la carrera castrense. Está en forma. Siempre ha sentido gusto al ejercicio. No tendrá mayores problemas.

 

Tomás Marín

Facebook.com/LaCantarida

 

 

 

 

 

 

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La mejor biografía de Billo que leerás en tu vida (Segunda parte)

Billo se encuentra visiblemente afectado. No esperaba jamás que le prohibiesen la entrada en su Dominicana natal, más por una suerte de malentendido, como lo fue el cambio de nombre de su conjunto. El dinero comienza a escasear. Comienzan las desavenencias con algunos miembros de su orquesta quienes, en parte gracias a él, se encuentran “atrapados” en una ciudad que desconocen. Surgen algunos contratos esporádicos. Ganan, a veces más, a veces menos. Pueden sostenerse, pero pasando por ciertas precariedades. La orquesta sigue sonando muy bien, aunque se les ve desanimados. No todo el mundo conoce la historia verdadera

Hay quienes dicen que las desgracias (al igual que las bienaventuranzas) jamás vienen solas. Billo, aún joven, comienza a enfermar. Al principio, se toma como un mal pasajero. Ya se recuperará. Pero Billo se llega a ver grave. Ha contraído Tifus, una enfermedad caracterizada por fuertes dolores de cabeza, erupciones en la piel y altas fiebres. Es una enfermedad de cuidado. Billo es hospitalizado de emergencia. Es estabilizado, pero aún corre mucho peligro. Se somete a exámenes y análisis. Los doctores se miran las caras con preocupación. Los resultados no son muy alentadores. “Es posible que el paciente no viva más de un mes”, dice una enfermera a otra, en voz baja, mientras toma un sorbo de café. La “Billos Happy Boys”, la gran orquesta cuyo nombre desató la polémica en Santo Domingo, se disuelve. Algunos miembros ya no apuestan por Billo. Lo abandonan y regresan a su tierra de origen.

Pero Billo, en contra de las desesperanzas de los médicos, comienza a sentirse un poco mejor. Poco a poco va levantándose de la cama. Poco a poco va caminando. Escucha, en un viejo transmisor, la música que suena en la radio. Comienza a soñar con que la radio venezolana transmita las canciones que él compone. Al fin y al cabo, Caracas le gusta. Aparte de los traspiés, la gente lo quiere mucho. La gente se muestra muy receptiva con él. Caracas es la ventana a la libertad que le permitió, así fuese a la fuerza, alejarse de la represión dictatorial de Trujillo, quien cada vez cierra más las zarpas sobre su pueblo, cobrándose no pocas víctimas.

Billo se ha recuperado del todo. Se siente renovado. Hacía bastante tiempo que no dedicaba mucho tiempo a componer o a tocar, que era lo que más le motivaba en la vida. Los médicos lo consideran una suerte de milagro. Es una recuperación completa, total. Toma su batuta favorita y comienza a reclutar nuevos músicos. Todo el que quiera (y que sea un músico de calidad) es bienvenido a formar parte en el nuevo proyecto. Muchos músicos responden a la convocatoria. Tantos, que hay que ser selectivo. Al fin y al cabo, Billo ya se ha formado un nombre de cierto prestigio en Caracas. Se forma una agrupación. Comienzan los ensayos. Un arreglo aquí, un bemol allá. Billo tiene más fuerza y más vitalidad que nunca. La orquesta está lista y afinada. ¿”Billo’s Happy Boys” de nuevo? El nombre no termina de convencer. ¿Por qué no honrar a esta ciudad querida? ¿Por qué no Billo’s Caracas Boys? Es perfecto. Y que se entere Trujillo. Llega el primer contrato. Es el caluroso agosto tropical de 1940. La noche del 31 de dicho mes, comienza la fiesta. Inicia la verdadera leyenda.

La orquesta está cohesionada y se divierte. La gente baila y se divierte con ellos. Es mucho mejor (aún) que la Billo’s Happy Boys. El vox pópuli es la mejor de las promociones. “Ay, Casilda, si vas a contratar a una orquesta para tu fiesta, que se la del tal Billo. Es buenísima”, dice una señora a otra mientras bebe té en una tacita de porcelana. Los contratos llegan a granel. Toda Caracas comienza a rendirse ante Billo. La radio lo comienza a invitar para tocar al aire. Parte de su sueño se va haciendo realidad. La reciente y creciente industria del disco de vinilo no quiere quedarse atrás. A la “Billo’s Caracas Boys” comienza a acumulárseles el trabajo y las ganancias. Hay una bonanza increíble. Graban sus primeros discos, que se agotan en las discotiendas.

Billo frente a un autobús que lleva su nombre. Cortesía billoparatodos.com

La fama y el éxito crecientes de la orquesta llegan hasta los oídos (literalmente) de las autoridades. No son pocos los altos y bajos mandatarios que amenizan sus veladas oficiales con los merengues, los boleros y los pasodobles de la agrupación del momento, sin duda la más solicitada y popular. Venezuela se halla en momentos tensos. El gobierno de Marcos Pérez Jiménez coloca a Venezuela entre los países más desarrollados del mundo, pero promueve una encarnizada persecución a sus oponentes. Hablar de política está prohibido. Marcos Pérez Jiménez no oculta su afición por Billo. Más de una vez lo invita a tocar en cenas y cumpleaños. Para la Billo’s Caracas Boys es un honor.

A partir del 23 de enero de 1958, considerada, no por pocos, una de las fechas más sombrías en la historia republicana, comienza una especie de “cacería de brujas” contra todo lo que huela a gobierno de Pérez Jiménez, quien ha huido del país. Sobra el resentido que, tirándoselas de demócrata, acusa a Billo de ser cómplice y partidario de la dictadura recién caída. Billo se defiende, pero es inútil. Comienzan a llover las demandas contra la agrupación. En algunos lugares, los opositores a Pérez Jiménez clavan sus colmillos a la orquesta. La asociación musical del Distrito Federal, un club de señores respingados y esnobs, da la estocada final. A la Billo’s Caracas Boys se le prohíbe tocar públicamente. Así es Venezuela. Así paga a quien le brinda alegrías. Así paga a quien ama a Caracas hasta más no poder.

Billo toma una decisión. Una decisión que le duele en el alma, pero que siente que es la correcta. Caracas (o, mejor dicho, un círculo poderoso en Caracas) le ha cerrado las puertas. Pareciera que ya no hay nada que buscar allí. Billo llora. Se despide de algunos compañeros de su orquesta. Otros lo siguen. Al fin y al cabo, además de un músico excelente, sigue siendo un gran líder. Ya ha comprado el pasaje. Toma un avión y suspira hondo cuando ve alejarse al Ávila que cuida a su Caracas querida. El destino ahora es Cuba. La Cuba que está a punto de perder Batista para ser tomada por los Castro. Pareciera que a Billo lo persiguen las dictaduras.

Pero la música no puede parar. Es lo mejor que Billo sabe hacer. Cuba no tarda mucho en darse cuenta de la calidad musical de Billo. Algunas leyendas absolutas de la música cubana, como Pío Leyva, miembro del legendario e inmortal Buena Vista Social Club, aceptan la invitación a grabar junto a él. Éxitos masivos, incuestionables. Éxitos que trascienden las fronteras hasta Venezuela, donde los discos de Billo (aunque no él) pueden entrar. La gente enloquece. Billo está haciendo uno de los mejores trabajos de su vida. Compone mejor que nunca. Sus discos se agotan. La asociación musical del Distrito Federal, aquel grupillo que lo vetó, ahora le suplica que regrese. Hace apenas dos años que Billo se fue y su ausencia se siente como un silencio sepulcral. Pero Billo no es resentido, jamás lo ha sido. Además, ama a Caracas. Finge un poco de actitud de “lo pensaré”, pero en el fondo está feliz. Es el hombre más feliz que viaja en el avión hacia su Caracas, que lo recibe con los brazos abiertos y con el Ávila más verde que nunca.

Disco de la breve etapa de Billo en Cuba.

Todo es como antes, incluso mejor. Un poco para resarcir la decisión de haberlo vetado y casi expulsado, le otorgan homenajes. Alcaldes y empresarios agasajan a Billo con medallas, diplomas y cenas. Él lo agradece, pero jamás pierde el foco, la música. Los contratos llueven de nuevo. Bodas, quince años, graduaciones, bautizos, cumpleaños. Ya la orquesta tiene temas de culto. La gente en Caracas se los sabe de memoria. Todo el mundo quiere, además de bailar, sacarse su foto con Billo.

La orquesta, con sus modificaciones inevitables, como en toda orquesta grande, ya ha vendido más de diez millones de copias de sus discos en total. Parece fácil de decir, pero es un número que realmente merece ser pronunciado dos y hasta tres veces. Diez millones de discos que no han parado de sonar. Ya Billo es veterano. Lleva cuarenta años de trayectoria musical. Hay que celebrarlo. ¿Qué mejor manera de celebrarlo que con una recopilación de sus mejores éxitos? Comienza la selección. Billo es como el rey Midas. Todo lo que toca, lo convierte en oro. Son demasiados éxitos. No caben en un volumen, ni en dos, ni en tres. Se edita una colección de doce volúmenes con todos los éxitos de Billo. Los miembros de la alta sociedad compran inmediatamente la colección. El resto, ahorra un poco. Vale la pena el gasto.

Tenerife, la legendaria isla de las Canarias y uno de los lugares con los que Venezuela guarda más estrechez cultural, invita a la Billo’s Caracas Boys para tocar en sus carnavales. Billo ya tiene setenta y dos años. Accede gustoso. Arriba a Tenerife. El clima es agradable. Le recuerda, un poco, a esa ocasión en la que arribó a Caracas por primera vez. Los carnavales de Tenerife es una de las fiestas más grandes del mundo. Billo ve el escenario. Es inmenso. Comienzan los preparativos y los ensayos. Llega el momento del concierto. Las expectativas se han superado. Ni la orquesta ni los organizadores esperaban una concurrencia tan amplia. Es una suerte de Woodstock carnestolendo e ibérico. Es una marea de gente, literalmente. 250.000 personas, el público más grande que Billo vio en su vida, mueven los pies al compás de la batuta. Billo no está mal acompañado. Canta para él nada más y nada menos que Celia Cruz, la inmortal, la leyenda de la Fania. Todo el mundo baila. Hasta los técnicos. El hecho entra al libro de récords Guinness.

Billo junto a Celia Cruz.

Billo junto a Celia Cruz.

Es abril de 1988. Se acercan los cincuenta años de vida artística de Billo. Se prepara un homenaje en el Teresa Carreño, el teatro más importante no sólo de Caracas, sino de Venezuela. A pesar de la música contemporánea, mucho más heterogénea, la Billo’s Caracas Boys sigue conservando un prestigio irrefutable. En uno de los ensayos, Billo sufre un derrame cerebral. Es trasladado inmediatamente a la clínica. Hay tensión. Hay expectativa. Una especie de luto recorre al país, que se prepara para lo peor, sin perder la esperanza. Los medios reseñan el hecho.

Noticia en el diario El Nacional sobre el derrame cerebral de Billo. Cortesía El Nacional.

Poco más de una semana después, corre la mala nueva. Ha fallecido Billo Frómeta. La gente rompe a llorar. Se acabó la fiesta. La Billo’s Caracas Boys continuará, pero ya no será lo mismo. La leyenda se ha marchado sin despedirse. Sus funerales son apoteósicos. Caracas se rinde ante el “Maestro Billo”. Miles de personas salen a despedirse de él. Es una de las congregaciones funerarias más grandes en la historia de Caracas. “Y pensar que a Billo lo llegaron a vetar”, dice una señora mientras agita un pañuelo negro y quiebra la voz.

Funerales de Billo. Cortesía Venezuela Inmortal.

Son incontables las canciones de Billo. Son incontables sus éxitos. Es inenarrable el amor con que el maestro le compuso a Caracas, la ciudad de sus amores. Se dice que nadie ha querido tanto a Caracas como él lo hizo. Así lo demostró en canciones como “Caracas, pórtate bien”, una especie de carta de despedida, como “Caracas vieja”, en la que Caracas va alejándose en medio de construcciones modernas, y, obviamente, el famoso e inolvidable “Canto a Caracas”, una de las más preciosas canciones que existen. Así fue Billo. El músico enamorado, el del alma de serenatero que vino de Dominicana para consentir a la capital. Aún hay muchas fiestas de fin de año (o fiestas en general) en donde suena un disco de la Billo’s. En el argot popular, aún hay conductores que, frente a otros que parecen distraídos, dicen “ése como que está esperando a la Billo’s”. Su música, inmortal, aún rueda por la capital, como esperando a que ésta resurja de sus cenizas. Que nunca suene el último compás de Alma Llanera.

 

Tomás Marín.

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