El último que vio a Cerati

Estaba yendo para la universidad y lo vi por primera vez. Estaba guindado de un poste dañado de la avenida principal de Los Dos Caminos. Era el afiche que anunciaba la nueva gira de Cerati y su paso por Caracas. Cerati salía con una especie de antifaz negro con fondo gris o azul. Me emocioné y sonreí solo. El señor Juan, el que me daba la cola para la universidad siempre que podía, me preguntó el porqué de mi sonrisa. Yo le expliqué que estaba emocionado por ver a Cerati. Nunca había podido verlo con Soda Stereo (no me había alcanzado el dinero para el concierto que habían dado tres años antes), pero ahora, al menos, podía verlo en solitario. El señor Juan calló. No conocía la música de Soda ni la de Cerati. Él era más de Machín y de Piazzolla. Pensé en mis ahorros. No eran muchos, pero quizás podría pedir prestado a mi papá y a mi mamá. Quizás ellos comprenderían. Ellos sabían, mejor que nadie, mi afición por Cerati y por Soda Stereo. Pero, cuando llegué a la universidad, me vi obligado a pensar en cosas más importantes para el momento. Me enfrentaba, ese día, a un examen de antropología filosófica, un examen en el que, por cierto, salí fatal, pero (menos mal) no tenía la materia en peligro.

Analicé, entre mis compañeros de la universidad, y entre la lista de mis amigos en general, a quién podría proponerle que me acompañara al concierto de Cerati. Era en la Simón Bolívar, por lo que el transporte sería difícil, pero ya improvisaríamos sobre la marcha. Quizás valdría la pena el desbancarse con sendos taxis de ida y vuelta, aunque, luego de calcularlo fríamente, esos dos taxis saldrían más caros que la propia entrada. Las desventajas de vivir en un país socialista con una inflación (ya para esa época) por las nubes. Época de Chávez, cuando se creía que no se podía estar peor. Un año después, Chávez estaría luchando contra el cáncer que haría con él lo que él hizo con el Venezuela. Yo, mientras tanto, no conseguía a nadie con quien ir. A muchos de mis amigos no les gustaba Cerati. Y a los que sí, no les alcanzaba el dinero para la entrada.

Estuve ahorrando durante semanas. Tuve, además, que pedirle a mi mamá y luego a mi papá. Y ellos, tal como yo había supuesto, colaboraron para la causa. Incluso mi mamá, en un arranque de extraña generosidad, me ofreció pagar la entrada para un amigo mío, para que yo no fuera solo al concierto. Pero decliné la invitación. Quizás ninguno de mis amigos merecía tal honor por parte de mi mamá. De parte mía podía ser, si tuviese yo dinero, pero no le podía aceptar eso a mi mamá, quien se partía el lomo trabajando casi todos los días de la semana.

El hecho es que tomé el dinero en efectivo y, guardándolo en mi bulto, con todo el miedo del mundo a que pasase un motorizado (o un malandro de a pie) y me lo arrebatase, fui en metro hasta el Sambil. En el Sambil estaba ubicado un puestito sucursal donde vendían las entradas. Las hubiese comprado más fácilmente por internet, pero no tenía tarjeta de débito ni de crédito para esa época (y mis papás eran unos desconfiados totales a lo relacionado al mundo de las compras por internet).

Fui con mi bulto, sudado después de entrarme a golpes en el metro, que estaba relativamente a la hora pico, y subí hasta el nivel Acuario. Todo para que una señorita con acné y huequitos en la cara que no le quitaban del todo la belleza, me dijese que las entradas para Cerati estaban agotadas. Maldito país. Malditos revendedores. Maldito Chávez. Pero decidí gastar parte del botín ahí mismo, en la misma feria de comida del Sambil. Pasé el despecho instantáneo con un burrito mixto con refresco y con un combo de chocolate y arequipe del Churro-manía. Me había resignado a que estaba destinado a no ver a Cerati.

Cuando estaba a punto de tomar el metro de regreso a casa, me sonó el celular. Me estaba llamando Luis, uno de mis mejores amigos, un tipo que es de esa gente que, por siempre estar feliz, parecieran estar, todo el tiempo, borrachos y empericados. Luis me invitó a una reunión que iba a ser en casa de una amiga en común. La reunión iba a ser dentro de dos sábados, el quince de mayo, el día del concierto de Cerati. ¿Casualidad? ¿Predestinación? ¿Compensación? ¿Dios riéndose en mi casa? No lo sé.

La reunión estuvo normal (Un inciso: Ahora que vivo afuera del país, suelo extrañar, en ocasiones, aquellas reuniones). Una cava, chamas, chamos, conversaciones intentas y no tan intensas, música, licor bueno, del malo y muchas risas, el oasis del paraíso en medio del infierno. En una de ésas, Luis, el mismo Luis que me había invitado, irónicamente estando sobrio, caminó sin ver el desnivel de los escalones de piedritas del patio del edificio. Cayó con todo el peso sobre su rodilla derecha. Todos escuchamos el “crack”. Nos dio muchísima grima. Luis intentó guapear, pero todos sabíamos que todo olía, sonaba y se veía como fractura. Un pana que había llevado su carro a la reunión se ofreció a llevar a Luis a emergencias. Yo me ofrecí a acompañarlo. Luis me dio las gracias sin perder jamás su sonrisa periquera-alcohólica, a pesar del dolor.

Como la reunión era en El Hatillo, yo sugerí que lo mejor sería ir al C.M.D de La Trinidad. Al fin y al cabo, Luis tenía seguro privado y no habría problema. Entramos por emergencias. Nos atendió una enfermera de guardia un tanto gorda y amargada. Se llevaron a Luis adentro y el pana que manejaba (que no nos conocíamos casi) y yo nos quedamos sentados, con un silencio algo incómodo, en la hilera de las sillas de espera.

Ya era de madrugada y se colaba algo del frío exterior por la puerta batiente que daba hacia afuera. Me puse nervioso cuando, desde el otro lado de dicha puerta, se oyó un barullo y se vio el reflejo, amarillo y naranja, de las luces de una ambulancia que se acercaba. Sentí miedo. Las escenas de las emergencias en los hospitales me dan pavor. Pero el barullo aumentaba y se distinguían acentos, para colmo, mezclados entre venezolanos y argentinos. La amargada y gorda enfermera elevó su nariz respingada, preparó un papel y se puso en actitud de alerta.

Y fueron dos segundos, exactamente dos segundos, los que lo vi. Cerati en una camilla que era empujada por un enfermero de bata verde que corría lo más rápido que le daban las piernas. Un no sé si amigo, o socio, o manager, o escolta de Cerati, que lo tomaba de la mano pálida (al igual que la cara), que le decía: “Aguantá, Gustavito, aguantá” y que desapareció, junto al resto, por el mismo pasillo por el que se habían llevado a Luis minutos atrás. Yo tardé en asimilar. Miré al pana que había manejado y noté que estaba tan extrañado como yo. Fue él quien rompió el silencio y me preguntó si a quien acabábamos de ver era a Cerati. Yo asentí como con mariposas en el estómago y con la convicción de un escéptico que está frente al juicio final. Días después anunciaban que Cerati había entrado en un estado de coma, del que no despertaría jamás. A veces me pregunto si fui la última persona (aparte de los enfermeros y de los cercanos) que vio a Cerati con los ojos abiertos. Y sí, vi a Cerati, aunque hubiese dado lo que fuese por verlo de pie, cantando una canción.

Tomás Marín

Los no-yo

Yo tenía dinero. Yo tenía bastante dinero. No me da pena decirlo. Disfruté de Caracas, de esa Caracas tan putrefacta y corrompida, como quizás nadie lo ha hecho. Fui a los mejores hoteles con los mejores hombres y mujeres, con mis mejores amigos y amigas, hasta con mis ex. Y nuestra vida en los hoteles, o en las fiestas y restaurantes de lujo, fue siempre una auténtica alegría. Nunca escatimamos en alcohol o en drogas de las finas, de las importadas. Éramos felices, y sabíamos bien que éramos felices.

Allí estaba Caracas, como un espejismo que estaba flotando en nuestro mismo mar. De vez en cuando, cuando subíamos el volumen del televisor para que no se escucharan nuestros gritos, oíamos alguna voz de CNN, esas chocantes voces de CNN, hablando acerca de que habían reventado, una vez más, los problemas en Caracas, que ahora sí que estábamos cerca de la guerra civil.

Estábamos en la mitad del año 2017. Las calles de Caracas, tan cercana y tan lejana, se llenaban de muertos, de heridos, de guardias nacionales, de gente que lloraba, de amenazas. Mi papá me había recomendado cerrar todas las redes sociales. Todas. Twitter, Facebook, Instagram. Él me recomendaba cerrarlas cuando los momentos estaban tensos. De todas formas, siempre fue prudente en sus advertencias con respecto al uso de las redes sociales. Me pedía que no le restregara, a la gente corriente, a través de fotos o de posts, mis lujos en la cara. Decía que la gente corriente era muy sensible con respecto a los que nos habíamos lucrado con y gracias al gobierno. Él lo admitía, y yo lo admitía también, y lo aceptaba. Había sido siempre así, y así me gustaba mi vida.

De vez en cuando sentía algo de lástima por la otra gente, por la gente corriente, por los no-yo. Ese mundo inmundo de hospitales públicos, de muertes por hambre o por represión. Aunque lo sentía ajeno, a veces me hacía como latir distinto el corazón, algo difícil de explicar y que no me gustaba comentarle a mi papá. Yo admiraba a mi papá, siempre bien vestido y con lealtad genuina a ese Baco enfermo que eran Chávez, Maduro y el chavismo en general. Mi papá había agarrado una buena tajada y siempre, en las cenas, cuando estaba algo atontado por el vino, decía que el mundo era de los “vivos”. Decía que los que no son “vivos” están condenados a morir jóvenes y hambrientos.

Él me sugería enviarme fuera del país. Él no era un mal padre y le daba un poco de miedo una intervención militar o un golpe de estado fuerte. Aunque no era algo que le quitara el sueño propiamente. El gobierno estaba atornillado y la oposición jugaba bien a interpretar su papel. A veces Leopoldo y Lilian venían a comer a la casa y brindábamos mientras, en la televisión, rodaban, como si fuese en vivo, un video de Lilian con los ojos aguados pidiendo que liberaran a su esposo. Lilian nunca perdió su espíritu de surfista naturista. Fumaba weed conmigo y se reía con carcajadas fugaces y bellas.

Pero yo no quería hacerla caso a mi papá e irme del país. Mi vida estaba bien. Tenía mis amigos y no quería perderlos. Muchos de mis mejores amigos eran de colegios sifrinos y privados. El San Ignacio, el Cristo rey, núcleos opositores. Pero todo el mundo adversa al gobierno hasta que le cae un penique o le salpica algo de petróleo. Y mis amigos eran maravillosos, liberales, espléndidos, desenrollados.

Cuando estallaron las protestas de 2017, cuando había ya varios muertos, mi papá me sugirió hospedarme en un hotel de lujo mientras pasaba el huracán. Estuve tres meses internada, sin salir en ningún momento, en la suite principal del hotel más lujoso de Altamira, ese blanco con ventanitas negras. No quería aburrirme sola, así que invité a mis mejores amigos. Ellos aceptaron. Era como un campamento, sólo que, en vez de canciones en la hoguera y dinámicas idiotas, hubo alcohol, drogas y servicio a la habitación para las tres comidas al día y las meriendas.

Y no deja de parecerme curioso. Desde la suite se veía una panorámica de la Plaza Altamira, donde había enfrentamientos todos los días. No sé si mi papá eligió Altamira por ser irónico, o porque era el hotel de uno de sus mejores amigos de toda la vida, también afín al gobierno, en donde mis amigos y yo estaríamos a buen resguardo.

A veces, por las ventanas cerradas de la suite, veíamos la masacre. Sentíamos, por efecto de las drogas y del alcohol quizás, que la ventana era un televisor pantalla plana con absoluto 4K. Y nos reíamos al ver a los idiotas que defendían al gobierno (y a mí) y nos reíamos al ver a los idiotas que adversaban al gobierno. A veces llegaba, hasta nosotros, el humo de las lacrimógenas, que se confundía con el olor de la marihuana y con el de la pizza recién horneada que pedíamos de almuerzo.

Mi papá me llamaba dos veces al día. Me preguntaba si estaba bien. A veces escuchaba la voz de Maduro al fondo del teléfono, como un eco, como la voz de los profesores de Snoopy, dando una declaración a los medios y diciendo que todo estaba bien. A veces, después de colgarle a mi papá, me ponía a llorar. Mis amigos me consolaban y yo les explicaba que mi papá no era un mal padre. Me daba miedo que lo mataran a la hora de una venganza, eso era todo. Entonces poníamos música de Melendi en la suite y nos asomábamos por la ventana. Disparos, bombazos, palazos, detenidos. Yo me relajaba, sonreía, soltaba una bocanada y agradecía a mi papá, y a Dios, por haberme puesto, literalmente, en la cumbre.

De cómo las cenizas de Sofía terminaron en Hawái

A veces, no sé si me sucede a mí solo, tengo la sensación de que toda la tristeza y todo el sufrimiento del mundo son cosas inaguantables. El sinsentido de la vida es algo que me arrolla frecuentemente. Pero es en medio de toda la tristeza, de todo el sufrimiento, de toda la maldad y de toda la basura, que encuentro (repito, no sé si me sucede a mí solo) esa chispa, esa embriaguez que hace tan interesante a la vida. Les voy a contar una de mis historias más secretas, una que juré mantener para mí, pero que, hoy (mi palabra no vale nada), decido publicar.

Soy una persona, como sabrán, muy aficionada al teatro. Me encantaba, cuando vivía en Caracas, ir a ver obras, era una de las cosas que más me hacían feliz (junto con comer y coleccionar libros para leer). Un día, gracias a una invitación que me regaló mi mamá, fui a ver, en el Centro Cultural de Chacao, una representación de “Cuando quiero llorar, no lloro”, una adaptación (bastante mediocre) del cuento homónimo de Otero Silva. Lo reseñable aquella noche, más que la obra como tal, fue el hecho de que conocí a una muchacha encantadora, de ojos marrones y pelo asombrosamente liso, llamada Sofía. Nos unió, en amistad, la casualidad y la ola de críticas negativas que teníamos hacia “Cuando quiero llorar, no lloro”. Sofía y yo (es necesario aclarar esto) no éramos los mejores amigos, pero nos convertimos en buenos amigos.

Si había una cosa, una palabra, un concepto, con el que yo podía (y puedo) definir a Sofía, esa palabra, o ese concepto, es “Hawái”. Sofía, además de que (no sé si por casualidad o por intención) tenía la piel un poco (pero sólo un poco) tostadita, al estilo de las hawaianas, sentía amor, verdadera pasión, por Hawái. De hecho, sé cómo es la bandera de Hawái (es una especie de bandera del Reino Unido junto a muchas franjas horizontales) porque Sofía la tenía, en tela y en tamaño maxi, en la pared de su cuarto. Ella también tenía un afiche de IZ. IZ (su nombre verdadero era mucho más largo) era un gordo (pesaba, literalmente, unos trescientos cincuenta kilos) hawaiano que cantaba increíble y que tocaba un ukelele que, en contraste con su cuerpo gigante, se veía mínimo, como de juguete. Sofía también tocaba el ukelele (no muy bien, pero se defendía). El sueño de Sofía era ir a Hawái. De hecho, me decía, medio en broma medio en serio, que ella quería, cuando muriera, que sus cenizas fueran regadas en las aguas de Hawái, de la misma manera que había sucedido con las cenizas de IZ.

No quiero ensombrecer este relato, quizás el más íntimo que haya contado nunca, con los sórdidos detalles acerca de la enfermedad, el declive, la agonía y la muerte de Sofía. Fue un proceso bananero, dantesco, largo, tercermundista. Una muerte socialista más en medio de toda la barbarie. Lo que me dio siempre más rabia no fue sólo el hecho de que Sofía muriera, sino que muriera sin haber cumplido su sueño de conocer Hawái. De hecho, y porque ella misma lo pidió, sabiendo que le quedaba poco, la urna de Sofía fue cubierta con la bandera de Hawái (la misma que tenía en su cuarto) en vez de con la de Venezuela. Les digo que lo que ella sentía por Hawái era, de pana, amor, amor profundo.

Meses después de la muerte de Sofía, una especie de idea me quedó rondando la cabeza, un tanto obsesiva, quizás. A Sofía la habían cremado, y sus cenizas estaban en Caracas. No sé si fue una estupidez, o un instinto de buen amigo, o las ganas de salir del país a como diese lugar, pero yo quise contribuir a cumplirle a Sofía su sueño de que sus cenizas tuvieran el mismo destino que las de IZ, que fueran arrojadas a las aguas cristalinas y perfectas de Hawái. Recuerdo que, una tarde, llamé al papá de Sofía, uno de los hombres más candorosos que existen, y le pedí reunirme con él. Él me recibió en su casa y me hizo sentarme en uno de los sillones granates de la sala. Yo no sabía si irle con rodeos o decirle directamente mis intenciones. No es fácil decirle a un padre que quieres, que necesitas, las cenizas de su única hija. Decidí ser directo (es más fácil). Él comprendió. De hecho, él me dio la razón y me apoyó. Sofía le había expresado a él (yo no sabía eso hasta entonces) su deseo de que fuese cremada y de que sus cenizas, como me había dicho a mí, descansaran en Hawái.

El problema era que no había dinero para eso. En Venezuela nunca hay dinero para nada. Sofía, a fin de cuentas, era una chama de clase media atrapada en medio del infierno socialista. Yo le pedí permiso al papá para intentar recolectar dinero y ver si era posible llevar las cenizas hasta Hawái. Él me dio el visto bueno, porque él era loco, como yo. Yo hice una campaña (no sé si ustedes la recordarán) en GoFundMe. Recolecté sólo cuarenta dólares. Pero a punta de mi trabajo de redactor, y de saber ahorrar y moverme, pude conseguir más dinero.

El siguiente problema a resolver era el de ver si yo era capaz de organizar un viaje sensato. Después de mucho buscar (porque las rutas desde Caracas a Hawái, además de enrevesadas, suelen ser carísimas), conseguí un itinerario que se ajustaba a mi no muy amplio (pero tampoco tan escaso) presupuesto. El viaje tendría tres escalas tediosas y larguísimas. El trayecto iba desde Caracas hasta Bogotá, de Bogotá hasta Fort Lauderdale, de Fort Lauderdale hasta Los Ángeles y de Los Ángeles hasta Hawái.

El siguiente paso fue idear la manera menos traumática de llevar las cenizas de Sofía conmigo. Me sentía como una especie de dealer que estaba traficando con cocaína, con una especie de cocaína gris. Pero no había razón para tanto trauma. La aerolínea (y creo que todas las aerolíneas lo permiten), cuando llamé y expliqué todo el embrollo, me permitió llevar las cenizas siempre que el recipiente estuviese muy bien cerrado y sellado temporalmente. Fue un alivio grande. Una vez que llegó la hora de irme al aeropuerto (como a las dos de la mañana), Sofía (granulada) y yo salimos un poco trasnochados. Como a las siete de la mañana ya estábamos en Bogotá.

Y de ahí, desde Bogotá, el trayecto, entre esperas y vuelos, se hizo interminable. De Bogotá a Fort Lauderdale. En Fort Lauderdale otra espera. El aeropuerto de Fort Lauderdale es uno de los más nulos (aunque tampoco conozco tantos aeropuertos) que he visto. El de Los Ángeles sí que es increíble. Es gigantesco, monstruoso. Pero la espera fue larga, incluida la anécdota de un guardia del aeropuerto que, al solicitar mi documentación y notar que mi pasaporte era venezolano, me preguntó, con mala cara, luego de revisarlo, que qué tal me parecía Maduro. Le respondí, en mi buen inglés, aunque mal pronunciado: “Maduro is the perfect Satan”. Él se rió y se fue. Luego estuve esperando en los asientos de la puerta de abordaje hasta que, por fin, se anunció el vuelo hasta Hawái. Yo sonreí solo como estúpido. Estaba a punto de completar una de las hazañas más surrealistas de mi vida.

Hawái es preciosa. Les puedo asegurar, aunque, quizás, mis recuerdos están distorsionados a causa de tanto Jet Lag que tenía en aquel momento, que Hawái es tal cual como la ponen en las películas y en las comiquitas. Yo me senté (tras el traslado desde el aeropuerto) un largo rato en una playa que parecía onírica, pero un rato largo, larguísimo, que se me hizo eterno. Hundí bien mis dedos en la arena blanquísima y, al final, cumplí con Sofía. El sinsentido de la vida me arrolló en aquel momento. Pero sentí que, dispersándose a través del Pacífico, Sofía por fin estaba en su casa.

Tomás Marín

El espray anti-niñas

No sé si a todos les pasó, porque cada experiencia es distinta. Pero la primera persona que nos gusta, en la vida, generalmente estudia en el mismo colegio (o escuela, o liceo) que nosotros. Esto no suele suceder mientras aún somos niños. Cuando yo era niño, al menos así lo recuerdo, las niñas nos daban hasta un poco de miedo. Incluso recuerdo que muchos de mis compañeros jugaban a una cosa llamada “El espray anti-niñas”. Irónicamente, muchos de los que jugaban al “espray anti-niñas”, años después, ya siendo adolescentes o adultos, eran capaces de dar cualquier cosa con tal de que una chama los acompañase, aunque fuese, a tomar un refresco comprado en el Farmatodo. Pero el hecho es que nos comienza a gustar alguien no en la infancia, sino cuando estamos entrando en los peligrosos terrenos de la pubertad.

Cuando yo era niño (aunque no me gusta hablar así, como un viejo con mucha experiencia, pues apenas tengo 28 años), tuve la fortuna de ser un estudiante de colegio libre de las ataduras de las redes sociales, que aún no existían. No había un Facebook para agregarnos entre los compañeros, para hacernos bullying o para stalkear las fotos de la chama que nos gustaba. Lo máximo que teníamos era el anuario escolar. Nuestro anuario, al menos como hasta quinto (o sexto) grado, para colmo, venía en blanco y negro. Y al final del anuario, luego de todos los grados y todas las secciones con sus respectivas fotos, estaba la larga lista general de nombres y números de todo el colegio. Yo siempre buscaba, entre esa lista, el nombre de la chama que me gustaba (éste era el paso inmediatamente siguiente a buscarme a mí mismo). Incluso recuerdo agarrar el libro de las Páginas Blancas, la inmensa guía telefónica de la ciudad, y buscar, entre toda la gente de Caracas con el mismo apellido, el número de teléfono que coincidiera con el de la chama que me gustaba. ¿La razón? Eso me daba una pista de dónde vivía la persona que me gustaba. Puede sonar obsesivo, lo sé. Pero creo que siempre fui un chamo normal. No me hice nunca cicatrices con cortauñas ni arrojé nunca a ninguna mascota por la ventana.

Cuando la persona que me gustaba estudiaba en otra sección, el problema no era tan grande. Capaz me la topaba en el recreo o a la hora de la salida, cuando todos nos arremolinábamos en un espacio mínimo esperando a los carros de nuestros padres, que nos venían a buscar, pero hasta ahí. Podía ser yo mismo dentro del salón. Pero cuando la persona que me gustaba tocaba en el mismo salón que yo, la cosa se complicaba. Yo buscaba mil maneras de llamar la atención de la persona que me gustaba. Y cada manera era más estúpida que la otra. Ya fuese caminar con más “tumbao”, hablar con otro acento o cosas así. Incluso intentar decir alguna intervención inteligente en clases, no siempre con éxito.

Pero, por alguna razón, cuando entré en bachillerato, y durante casi todo mi bachillerato, no presté mucha atención al hecho de que me gustara o me dejara de gustar tal o cual chama. Lo que más me importaba era pasarla bien con mis amigos, conocer gente nueva, explorar Caracas, cosas así. Me gustaba mucho, también, observar, analizar y (muchas veces) burlarme de todo el proceso de cortejo entre mis compañeras y mis compañeros. Eso daba material para escribir una trilogía entera de novelas largas. Cuando ya estábamos en cuarto y quinto año, ese proceso era espectacular de ver, al menos en mi colegio. Cuando estamos en cuarto y quinto año del colegio, somos un poco de todo y de nada. Somos adultos que no son tan adultos y somos independientes que no son tan independientes. A algunos de mis compañeros, a los hijos de familias más adineradas, les daban carros. Con esos carros tenían más posibilidad de invitar a chamas a pasear o a salir. Lo mismo ocurría al revés, con chamas con carro, no se vayan a creer. Yo, como no tuve carro sino hasta bien adulto, y como no tenía (ni tengo) mucho dinero, no me quedaba más opción, cuando quería invitar a salir a una chama, que proponer lugares como una arepera que había que visitar a pie. Por eso estuve soltero hasta que fui universitario. En la universidad la gente no le presta tanta atención a tu estatus.

Pero, en la otra mano, siempre tenía yo un as bajo la manga siempre listo para intervenir en los complejos asuntos del cortejo. Mi as bajo la manga era la cultura. La cultura es lo más importante que podemos cultivar. Con cultura no importa ser feo o ser Brad Pitt (aunque nunca es mejor ser feo que ser Brad Pitt, vamos a sincerarnos). Con la cultura no importa si eres rico o eres pobre. La cultura, además de expandir tu conocimiento y permitirte acercarte a la trascendencia, te permite tener conversaciones de altura que te hacen atractivo a la gente.

Como yo siempre he sido una persona culta (aunque, dicho así, puede sonar un poco pretencioso), y como siempre he sido una especie de intento extraño de injerto de escritor, tuve la oportunidad de presenciar una historia curiosa que quiero contar. En mi colegio, en el San Ignacio, estudiaba un chamo llamado César. César estaba en nuestro mismo salón de humanidades. Tenía el pelo liso y siempre tenía un tic de mover la cabeza para que su pelo (que era relativamente largo dentro del estándar permitido en bachillerato) se moviera como el de una modelo de Pantene. César estaba enamorado (si es que se puede hablar de enamoramiento en quinto año del colegio) de una chama que también estudiaba en mi salón. Esta chama se llamaba Laura. Laura era una persona realmente extraña y curiosa. Era un poco clasista, pero tenía un gran corazón. A veces estaba feliz y a veces pasaba una semana sin sonreír. Tenía unos ojos encandilantemente (aunque dudo que esta palabra exista) azules y el rostro con algo de acné, aún en quinto año.

Yo, y, al escribir esto, se me infla el pecho con algo de orgullo, era relativamente famoso en mi salón, y en mi promoción, como escritor en ciernes. Incluso hacía historias cortas que pegaba en la cartelera y que leían hasta mis profesores (no es un mal comienzo). Esto hizo que César, un día, muy temprano, incluso antes de sonar el timbre de la primera clase, me pidiera el favor de ayudarlo a redactar una carta en la que volcara todos sus sentimientos por Laura. Se me hizo extraño, desde el primer momento, el simple hecho de que César me hablara. César nunca me hablaba. De hecho, César, cuando éramos más chamos, me hacía hasta algo de bullying.

Yo le dije a César que sí. No sólo lo consideré un reto personal (no soy muy aficionado a hacer cartas de amor), sino que pensé que nunca estaba de más estar de buenas con la mayor cantidad de gente posible. César me invitó a su casa aquella misma tarde (por suerte, él tenía carro y no vivía tan lejos de mí). Cuando llegamos a su casa, como eran las dos de la tarde (más o menos) y no habíamos almorzado, César me ofreció de comer. Me dijo que me ofrecía pagarme el delivery que yo quisiera. Yo, que nunca tuve mucho dinero para deliverys, y considerándolo un pago justo por mi trabajo, le pedí a César que pidiera una pizza familiar en Papa Johns, pizza que compartimos junto a un Häagen-Dazs de macadamia que él tenía en su congelador.

Luego de la pizza y del Häagen-Dazs de macadamia (babeo, como el perro de Pávlov, al recordarlo), nos pusimos manos a la obra. Abrimos Word. La idea era que César tecleara y que yo le dictara. Pensé que lo mejor sería comenzar parafraseando a algún poeta famoso. Pensé en Antonio Machado. Antonio Machado es a la poesía en castellano (en mi opinión, el castellano es el mejor idioma para la poesía) lo que los Rolling Stones son al rock. Le dije a César que comenzara la carta robándose la frase de Machado que dice: “Sólo recuerdo la emoción de las cosas y se me olvida todo lo demás”. A él le encantó. Y así fuimos, entre los dos, vomitando flores en aquella carta. Les puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que aquélla era, si no la mejor, una de las mejores cartas de amor que se han hecho. Bonita, sincera, poética sin ser cursi.

Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que Laura, de haber leído aquella carta, no sólo hubiese corrido a los brazos de César, sino que seguirían juntos hasta hoy. La idea era imprimir la carta y colocársela a Laura dentro del bulto. Pero cuando íbamos por la cuarta página de la carta, a la computadora de César le dio el telele y se apagó. Nos quedamos unos diez segundos en shock. La computadora había muerto. Se le había fundido la tarjeta madre, o algo así. Toda la inspiración perdida. Antonio machado fundido para siempre, junto a la carta, dentro de la finada tarjeta madre. Quise salvar la situación. Le pregunté a Antonio si quería intentar repetir la carta a mano. Me dijo que no. Me dijo que no valía la pena un trabajo doble por una idiota como Laura que nunca le iba a prestar atención. Creo que Laura nunca supo que César gustaba de ella, o que gustaba de ella hasta el día de la carta, porque creo que, de la rabia, César no gustó más de Laura. Como aún nos quedaba tarde, César y yo bajamos a jugar fútbol al patio de su edificio. Sólo nos faltó una lata de “espray anti-niñas” para ser auténticos niños otra vez.

 

Tomás Marín

El esnobismo Lugar Común

Mi afición verdadera por el arte comenzó cuando estaba en humanidades, en mi colegio. Me atrevería a decir que el gran responsable de mi amor verdadero por el arte fue Eduardo (Sánchez Rugeles). (Que, por cierto, deberían leer sus novelas. Muchos de sus arquetipos han sido tratados de imitar por mí, sin mucho éxito). Él nos daba historia del arte e historia de la cultura (esta última fue la primera y única materia que eximí en mi vida). Él nos mostraba proyecciones maravillosas de cuadros famosos y de fotogramas de películas antiguas.

Antes, desde niño/preadolescente/adolescente, ya yo admiraba algunas pinturas, como el brutal Saturno de Goya. Pero fue en la época de Sánchez Rugeles cuando decidí que me quería dedicar a ser artista. Porque fue también en humanidades cuando adquirí, más que nunca, la gloriosa costumbre de leer libros y libros, costumbre que deseo no perder nunca y que estoy seguro de que me ha salvado gran parte de la vida, frente a los monstruos horribles de la depresión y de la ansiedad, en más de una ocasión.

El hecho es que mi afición al arte, de manera progresiva, me hizo ir internándome en el que podría decirse que es el círculo de artistas, de críticos y de artistas wannabe de Caracas, ese círculo que solía reunirse en los teatros, en los museos, en las galerías y en ciertos bares. Allí conocí a gente maravillosa, a amigos maravillosos, y hasta mis dos primeras novias eran, en parte, de ese círculo.

Los lugares eran casi siempre los mismos: El Ateneo (el nuevo y el viejo), el Teresa Carreño, Lugar Común, la Casa de Rómulo Gallegos, el Centro Cultural de Chacao, el TET, etc.

Saber de arte, de libros, de historia y de cultura, tenía sus ventajas. No sólo era entretenido buscar, entre las infinitas parrafadas (o imágenes) de escritores, de analistas, de teóricos y de artistas fabulosos, los porqués de la vida, del amor, de la violencia, de la euforia, del comunismo y/o de la tristeza. También saber acerca de esos temas te convertía, para los ojos adecuados, en una persona más interesante y atractiva.

Por ejemplo, cuando llegabas a una reunión y querías conocer a una chama, era mucho más efectivo, para llamar su atención, hacer algún comentario (eso sí, tenía que estar relacionado con el status quo del momento) acerca de Francis Bacon, del Elogio de la Locura o de Bukowski, que comentar el último resultado del Atlético de Madrid en la Champions League (aunque me gusta la Champions League y el fútbol en general). Claro está que no siempre funcionaba, menos a mí, que no soy, precisamente, Brad Pitt. Pero, cuando funcionaba, podías pasar toda la noche, entre shots de Carta Roja o de Old Parr (dependiendo del nivel social de la fiesta), hablando, aunque fuese de manera algo naíf, con la chama en cuestión, o con otra gente, acerca de temas tan intensos como hermosos. Porque, de alguna manera, lo que más me gustaba en las reuniones, o en las cenas, o en cualquier lugar en el que estuviera con amigos o con nuevos conocidos, era integrar un poco a todos en la conversación, que hasta el cotufa más cotufa me diera su opinión (válida siempre) acerca de lo que pensaba, creía o suponía que era el origen del universo, o de hacia dónde vamos después de morirnos.

A mí también, cuando iba a un museo, a alguna galería o a alguna obra de teatro, me encantaba siempre opinar, descubrir, sorprenderme. Yo siempre quería (y quiero) tener la capacidad de absorber, de aprender, de impresionarme como un niño que descubre cosas nuevas. Y la falta de esa habilidad (por llamarlo de alguna manera) era, a mi punto de vista, el gran talón de Aquiles del círculo de arte de Caracas, ése de los artistas, de los críticos y de los artistas wannabe.

Es que muchas veces, muchas veces realmente, tuve la oportunidad de ver a artistas, o pseudoartistas, compitiendo por ver quién era el más culto, el más profundo, el más sabio y el más sensible. Todo eso siempre me produjo una mezcla extraña entre risa y lástima. Estaban en la Casa de Rómulo Gallegos (sin quitarle su mérito, por supuesto) exponiendo un performance y, al terminar, brindaban con una mirada altiva, por encima de la línea de los ojos, como si les hubiesen concedido la sala principal del MOMA. Lo mismo pasaba, por ejemplo, con las obras de teatro o con (que esto merece una distinción aparte) los recitales de poesía. A veces, al finalizar una obra de teatro, dos críticos, o dos artistas wannabe, con sus cabezas siempre alzadas, como pelícanos buscando comida, engolaban la voz y decían joyas como: “Es que esta obra no es para todo el mundo”, o definiciones y citas extrañas y enrevesadas acerca del simbolismo, de la sociedad, de Foucault o de no sé qué más, no para aprender, para compartir, sino para quedar como personas cultas y sabihondas.

Con los recitales de poesía era lo mismo. Un poeta, con una boina ridícula, subía al estrado, decía palabras al azar: “Cuchillo”, “Urogallo”, “Sábana”, “Cariátide”… Y ya está. Ése era el poema. La gente, más o menos como el cuento del traje nuevo del emperador, por temor a decir que no había entendido nada (o, a lo mejor, el único idiota que nunca entendía nada era yo, y este texto no tiene sentido), aplaudía y se ufanaba a decir, como siempre, que esa poesía no era para todo el mundo, que era para esa implícita élite cultural. Tengo ya más de tres años que no voy a ninguna tertulia caraqueña, ni oficial ni improvisada. Aquí, en España, he aprendido que, en cierto modo, se repite siempre un poco el patrón. Aunque aquí, o eso creo, la gente de los círculos bohemios es un poco más modesta y candorosa.

Extraño mucho las reuniones en Caracas (con todos sus lugares), las conversaciones intensas y bellas sobre los temas que, tras mil años de gente intensa debatiendo acerca de ellos, aún no tienen respuesta.

Tomás Marín

P.D. El título de este artículo pertenece a una frase que un día alguien (no recuerdo quién) me dijo cuando estábamos hablando sobre este tema. No tendría, jamás, nada contra Lugar Común o contra alguna librería alternativa.

Díptico de los fracasos

La enfermera camina rápido tras empujar la puerta que separa la sala de espera y el consultorio del médico. Mira a todos los pacientes con gesto de hastío y de ofuscación. Es evidente que no le gusta nada su trabajo. Aún así tiene que hacerlo. “Natasha Torres”, grita en voz alta. Ve que Natasha se levanta con cierta dificultad. La enfermera le da la espalda y vuelve a cruzar la puerta batiente. No espera a Natasha.

Natasha se sienta en la silla del consultorio. Es una silla que está ya rasgada y botando algo de goma espuma por entre la tela granate. Es lo que hay. Los presupuestos para hospitales son cada vez más nulos en el paraíso socialista. Natasha nota que la mirada del médico tiene un gesto de lástima. Natasha se lo esperaba de todas formas. Todos los indicadores apuntaban al mismo lugar. Aún así suda frío cuando el médico devuelve los resultados de los exámenes y pronuncia la palabra “tumor”.

Los familiares de Natasha van a visitarla. Algunos intentan brindar palabras de aliento. No saben hacerlo. Saben bien que Natasha está condenada a muerte. Los tratamientos para el cáncer son cosa del pasado. Los tratamientos para el cáncer son cosas de países normales. El tío chavista de Natasha culpa a los Estados Unidos. Es un fanático convencido de que existe el imperio malo y el socialismo bueno. Natasha siente ganas de estamparle la cara contra los cristales del espejo de la sala.

La prima de Natasha entrelaza sus dedos con los de Natasha. A Natasha le hace bien el contacto con su prima. Es su prima favorita. Es la prima con la que jugaba desde niña. Es la prima a la que siempre llamaba cuando tenía alguna duda sobre sexo o sobre la vida en general. La prima le dice a Natasha que está prohibido rendirse. Le sugiere que haga un crowfunding por internet. Está convencida de que a Natasha la quiere mucha gente que puede donar algo.

Natasha abre su campaña de crowfunding. Busca en las carpetas desordenadas de su computadora una foto en la que salga linda. Selecciona una que le tomaron la noche en la que le dio el primer beso al que ahora es su ex. Sale con un peinado que le hizo su prima y con una linda camisa azul de botones que le regaló su abuela. La meta del crowfunding es elevada. Pero recuerda que dicen que la esperanza es lo último que se pierde.

Ha pasado más de un mes. Natasha ha recolectado cinco dólares. Con eso no le alcanza ni para el taxi que la llevaría hasta el médico. Pero Natasha sí ha recibido muchos mensajes de aliento. Son mensajes de aliento de personas que se disculpan por no poder ayudar con dinero. Natasha busca en las opciones del menú de la página. Selecciona la que dice “Eliminar campaña”. Apaga la pantalla de la computadora.

Natasha espera el tren del metro. La estación de Plaza Venezuela es un hervidero de gente. Algunas personas se empujan. Otros elevan la cabeza entre la multitud para buscar algo de aire relativamente fresco. Los sistemas de refrigeración están dañados. Suena en los altavoces una melodía patriótica que habla sobre los logros del gobierno. Se divisan las luces del tren desde la abertura del túnel. Natasha salta hacia las vías. La gente grita y aparta la vista.

Roberto lleva varias semanas intentando conseguir la cita para sacar el pasaporte. La respuesta de la página de citas casi siempre es la misma. Los sistemas están colapsados y hay que intentar nuevamente. Pero Roberto intenta a todas horas y nada. Sólo ve la misma imagen de Chávez y de Maduro que le sonríen con mediana resolución. Roberto se rinde por hoy. Hace un clic rabioso sobre la equis que cierra la pestaña.

Otra semana y otra vez que Roberto intenta conseguir la cita para el pasaporte. Está sentado en su computadora a pesar de que tiene sueño y quiere acostarse a dormir. Es casi la mitad de la madrugada. A Roberto le recomendaron pedir la cita de madrugada. Pero aún así la página parece colapsada. Roberto ingresa una vez más sus datos en el formulario. Aparece de la nada un cartel diciendo que la cita ha sido confirmada. Es dentro de cuatro meses. Pero Roberto no puede estar más feliz. Imprime el comprobante en PDF de la cita.

Es el día de la cita del pasaporte. Roberto revisa y comprueba una y otra vez que tiene todos los documentos en regla dentro de la carpeta manila. Nada puede salir mal. Ha sacado incluso copias de emergencia que lleva en una carpeta aparte. La cita es a las once de la mañana. Pero Roberto decide salir a las ocho. Caracas es una ciudad impredecible y hay que estar siempre precavidos con respecto a los retrasos.

Roberto se mete en su carro. Coloca la carpeta manila en el asiento trasero. Mete la llave. La gira. El arranque tiene un sonido extraño. El motor no enciende. Roberto gira nuevamente la llave. De nuevo el mismo sonido como de carcajada sin aceitar. Roberto gira la llave una vez más. Lo mismo. Roberto golpea el volante con rabia y abre la puerta. Levanta el capó. No entiende mucho de mecánica. Aún así mueve unos cables al azar. Gira la llave. Nada.

Roberto llama a su papá al trabajo. Atiende la secretaria. El papá está en medio de una reunión. La secretaria le dice con dulzura a Roberto que su papá podrá atenderlo en media hora. Roberto mira su reloj de muñeca con impaciencia. Lo mira cada cinco segundos. Le encantaría tener el poder que tenía Adam Sandler en aquella película en la que congelaba el tiempo. El papá de Roberto llama a Roberto. Roberto le pregunta si le puede dar la cola hasta las oficinas en donde se sacan los pasaportes. El papá se disculpa. Le dice que es imposible y le cuelga.

Roberto sale de su casa con la carpeta de los documentos en la mano. Son casi las diez de la mañana. Intenta detener un taxi. El taxi no le hace caso y sigue de largo. Roberto espera en la acera a que pase otro taxi. Otro taxi pasa. Roberto le hace la señal de que se detenga. El taxi le dice que no a Roberto con su dedo. Roberto comienza a desesperarse. Un taxi con un carro destartalado por fin se detiene. Roberto se monta y le pide al taxista que vaya lo más rápido posible.

Roberto se arrellana en el asiento trasero del taxi. Está un poco más tranquilo. “Upa”, dice el taxista como para sí. Ese “Upa” levanta a Roberto de su arrellanamiento y lo estresa. Pregunta qué pasó. El taxista le señala una calle totalmente trancada. Hay una manifestación de médicos que exigen materiales. Un contigente de la guardia nacional vigila a los médicos de cerca y los amenaza con reprimirlos duramente. Roberto pregunta al taxista si puede ir por una vía alternativa o por un camino verde. El taxista le dice que no. “Todo eso debe estar trancado”, argumenta. Pero le sugiere a Roberto tomar el metro. La estación de Caño Amarillo está cerca.

Roberto llega a la estación. Baja corriendo las escaleras. Tan arreglado que había salido de su casa con la ilusión de tomarse la foto para el pasaporte. Ahora está todo sudado y despeinado. Hay muchísima gente en los andenes. El reloj indica que pronto serán las once. Roberto calcula cuánto tiempo tomará llegar a la cita. Pasan cinco minutos y el tren no viene. Una voz habla por los roncos altavoces internos. Dice que hay un retraso y que será largo. Ha surgido una irregularidad en la estación de Plaza Venezuela. “Oí que se lanzó una mujer”, dice una señora gorda que espera detrás de Roberto. Roberto se sale de la fila y bota la carpeta en la papelera del metro. Se siente un poco abrumado. Tiene la impresión de que se quedará atrapado en Venezuela para siempre.

Tomás Marín

Zenón de Citio y las empanadas

Hay muchísimas personas que gastan muchísima energía, y tiempo, en tratar de dilucidar acerca de lo que hay más allá de lo que sentimos, percibimos o hasta imaginamos. No me refiero tanto a los que investigan con un propósito científico, como quienes fotografiaron, hace poco, el agujero negro, sino a los que lo hacen con un propósito filosófico, ontológico.

He conocido personas, en reuniones, o en parques, con las que (porque yo también disfruto mucho al hacerlo) me gusta hablar acerca de este tipo de temas. A veces, esas personas llegan a las mismas respuestas de siempre. A veces me dicen cosas como: “Bicho, quién eres tú. Aléjate de mí”. Pero, a veces, me dicen la respuesta que, creo, es la más común: “Ese tipo de cosan me aturden y me estresan un poco”. Y es que, verdaderamente, ese tipo de cosas aturden y estresan un poco, esa incapacidad que tenemos, la de responder cuál es el origen, o el propósito de todo. Y lo peor es que ni siquiera sabemos si existe un propósito para todo o, al menos, para algo. Cada vez que te comes un helado, o ves, en Youtube, un video viejo del Mega-Match, no sabes por qué estás haciendo eso. Quizás para entretenerte, pero, ¿entretenerte para qué? ¿Eso servirá cuando estés muerto? ¿Sirve, para el propósito del universo, que estudiantes con bragas, como de mecánico, verdes y amarillas, consigan la llave de la Casa de los Premios o se echen una torta en la cara?

Lo peor es que, cuando lo vemos, todo ese gran misterio, todo lo que hay más allá de la vida, del mundo y de las barquillas, tiene sus ordenanzas, tiene sus propias maneras de ser. Tu perro se va a morir. Tú te vas a morir, al igual que tu mamá y todos los estudiantes del Mega-Match. Pero, ¿quién dicta esas ordenanzas, esas maneras de ser? Nadie lo sabe. Un evangélico de Chacaíto te dirá que es Jehová (y te pedirá, por decirte eso, unos reales para los frescos). Un musulmán te dirá que es Alá (y te lanzará una bomba, si es radical). Pero nadie puede saberlo con certeza, ni siquiera los ateos.

Sólo sabemos, o creo que es lo único que podemos saber, que eso que rige las cosas, que a su vez son las cosas que nos rigen a nosotros, está controlado por algo, o alguien, que es superior a nosotros. ¿Y qué pasa con eso? ¿Qué me quieres decir con eso? ¿Puedes soltarme el brazo, por favor? Lo que quiero decir con eso es que el mundo, con sus órdenes naturales y sobrenaturales, se mueve, con la mano de ése (o eso) superior, independientemente de nosotros.

Una persona, quizás, puede cambiar el mundo, pero el mundo es sólo un grano de arena con respecto al todo. Y ese todo cambia, pero cambia por algo que no pertenece a los seres humanos. Y es algo que me consuela en cierto modo. El chavismo, con todo el control que tiene para mover cocaína, o para asesinar estudiantes, no puede controlar los aspectos del universo. No cambiará nada eso mi vida ni hará eso que aparezca la comida en el plato de mis papás, pero da un poco de aire fresco el saberlo.

Pero lo que quiero decir también es que nosotros, que, como los chavistas, no podemos alterar el curso extraño e inentendible del universo, sólo podemos dejarnos llevar por él. Y no nos queda otra opción. Es como cuando, atorados en una fila de niños que quería entrar en el parquecito infantil y medio piedrero de McDonald’s, ése que tenía la piscina de pelotas (que la piscina de pelotas de McDonald’s era lo mejor del mundo mundial. De hecho, hubo alguien que dijo que la infancia terminaba el día en el que uno era muy grande para que te dejaran entrar en la piscina de pelotas de McDonald’s), sólo podíamos seguir avanzando, así es con el universo. Estamos presos en él, presos en la existencia. Sólo podemos seguir caminando, o morirnos, porque morirse también es una opción.

Pero no todo es malo en esta prisión llamada universo. Y eso es lo curioso de todo. Hay cosas maravillosas. Tenemos los amigos, tenemos los tequeños, tenemos el rock y tenemos el explotar las burbujitas del papel de embalar. Y eso lo disfrutamos, como disfrutamos el leer de las gloriosas Crónicas de La Cantárida. Sin embargo, y esto no es un secreto para nadie, hay cosas horribles. Tenemos el vallenato, tenemos los discursos amenazantes de Diosdado y tenemos los motorizados. Pero como nosotros no podemos cambiar (eso creo que lo dije más arriba) el flujo del universo, ya que nosotros sólo somos, como decía una canción de Caramelos de Cianuro, una pieza microscópica en una máquina infinita, la única opción que tenemos con respecto al mal, al sufrimiento, a lo chimbo, es aceptarlo.

A veces, por ejemplo, cuando iba por Caracas, sentía que era una injusticia que yo hubiese nacido allí. Aunque ser caraqueño, supongo, no es tan malo. Aunque me hubiese gustado nacer, quizás, en Suecia o en Finlandia, o en cualquier país en donde pudiese comprar todo el pan que quisiera (aunque, cuando me pongo a pensar, quizás en Suecia no hubiese conocido las empanadas de carne mechada, que con tal de estar en un sitio en donde existan empanadas de carne mechada todo vale la pena, incluso el sufrimiento).

T.M.