Reseñas cantáridas: “Quo vadis?”, de Henryk Sienkiewicz

Henryk Sienkiewicz escribió “Quo vadis?”, quizás no su obra maestra, mas su novela más famosa, en 1896. Nueve años después, recibía el premio Nobel de literatura. Sienkiewicz siempre tuvo a Polonia, su país natal, como una de las perpetuas y grandes protagonistas de sus historias. Y no era para menos. El gran tema de Sienkiewicz, a lo largo de su vida, fue la opresión y represión a Polonia, sometida (y casi desaparecida) en gran parte de su historia bajo el yugo de naciones extranjeras más poderosas. Al momento de escribir “Quo Vadis?”, Sienkiewicz contaba con 50 años.

“Quo vadis?”, sin duda, es un título atrayente. Valdría la pena saber si éste de popularizó aún más cuando la novela fue llevada al cine, con inmenso éxito, en el año 1951 de la mano del director de cine Mervyn LeRoy y un elenco de primer nivel, en el que destacó el actor Peter Ustinov por su interpretación de Nerón. Pero “Quo vadis?”, como bien se sabe, nace de una anécdota extraída de un evangelio apócrifo. La historia cuenta (este episodio se representa en la novela) el supuesto encuentro entre el apóstol Pedro y Cristo, en donde el primero le pregunta al segundo: “Quo vadis, Domine?”, (¿A dónde vas, señor?) en las cercanías de Roma.

No cabe duda de que “Quo vadis?” es una novela que, si bien no es particularmente intricada, tiene una complejidad de respeto. Abarca muchos temas, englobados en un momento histórico muy explícito. Este momento es el gobierno de Nerón como emperador del imperio romano. Con esta excusa, el autor nos presenta puntos de vista con respecto a la amistad, el valor, el amor, la muerte, el destino, la fe, la historia y hasta el estilismo. Es en ese sentido en donde destaca la complejidad de Sienkiewicz, habituado a historias largas, a epopeyas que se desenvuelven en momentos históricos muy señalados.

Otro punto en donde se puede apreciar la complejidad del texto es en la evolución de sus personajes. Los personajes de “Quo vadis?”, cuando los contemplamos a fondo, están muy bien trazados. Los personajes, a medida que avanza la trama, casi sin excepción, se salen de su zona de confort debido a las circunstancias que atraviesan. Es, precisamente, esta salida de la zona de confort, de lo conocido y lo agradable, lo que se convierte en el conflicto generalizado de la historia. También es necesario decir que Sienkiewicz hace una mezcolanza magistral entre personajes reales históricos y personajes totalmente ficticios.

De muchos personajes que encontramos, sin duda el principal es Marco Vinicio. Marco Vinicio, un acomodado patricio romano, es el que experimenta, por amor, un viaje que, muchas veces, pondrá en peligro, más que su prestigio, su propia vida. Este amor se capitaliza en Ligia, su bienamada. Ligia, si bien es otro de los personajes protagonistas, representa más una idealización de la paz y de los sentimientos puros y nobles que hace Sienkiewicz.

Chilón Chilonides, personaje absolutamente ficticio, es otro de los grandes manjares de nuestra historia. Es un personaje único, de ésos que dejan huella en el lector no sólo por su ingenio y su simpatía, sino por su evolución. Todos nos podemos identificar con Chilón en algún momento. Es un personaje rastrero, interesado, débil. Pero su encanto reside en sus diálogos, en su actitud tan miserable que causa gracia. Gracia que se va obscureciendo progresivamente.

Otro personaje elemental, y que da pie a muchos análisis, es Nerón. Nerón podría decirse que es una especie de Chilón Chilonides. La única diferencia es que Nerón posee poder, un poder casi infinito otorgado por el hecho de ser emperador de Roma. Sin embargo, por sus intervenciones, por sus acciones, por su actitud, Nerón, allende a su aura monstruosa (que es la que, en cierto modo, desencadena todas las tragedias y dificultades por las que pasan los personajes) es un pobre diablo que hasta puede llegar a inspirar lástima.

Por último, un análisis literario sobre “Quo vadis?” estaría incompleto sin mencionar al que fue mi personaje favorito. Petronio. Petronio, personaje histórico un poco caricaturizado en la novela, es uno de los grandes consejeros de Nerón. La gracia de Petronio reside en su total indiferencia con respecto a todo lo que no sea la belleza o la gracia. Petronio es el más inteligente y orgulloso, por lejos. A Petronio ni siquiera le preocupa la muerte o la amenaza. Sin embargo, es, irónicamente, una torpeza de Petronio la que desencadena, junto a Nerón, los hechos trágicos de la novela. Y es allí donde se hace conmovedor el camino que traza Petronio para enmendar su error.

La narración en “Quo vadis?” tiene sus pros y sus contras. El narrador, siempre en tercera persona, tiene el poder de penetrar en los pensamientos de los personajes. Llama la atención que los personajes, sin excepción, tienen largos diálogos. Podría decirse que la novela tiene tantos diálogos como párrafos narrados, quizás por eso el éxito fiel de la adaptación en cine. Un punto negativo al narrador podría ser que, algunas veces, quizás sin intención, pretende aleccionar. Esto, a mi punto de vista, es invasivo para el lector.

También se podría destacar de “Quo vadis?” el hecho de que funcionaría perfectamente como un glosario para entender la época romana. Al principio la lectura puede hacerse un poco dificultosa debido al hecho de que existen decenas y decenas de términos con los que un lector contemporáneo no esté familiarizado. Si no se cuenta con notas al margen, o un buscador, se podrían diluir términos importantes.

No existe duda, y muchos analistas confirman esto, el hecho de que, a pesar de su profunda investigación y la construcción exquisita de los personajes, “Quo vadis?” no es más que una gran alegoría de la represión sufrida por Polonia en puntos determinados de su historia. Es que Sienkiewicz, incluso sin mencionar a Polonia en ninguna de sus líneas, la tiene presente en sus historias.

 

Tomás Marín

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“En este barrio no se aceptan cobardes”

En la Monteávila teníamos un profesor que daba una materia burda de nula. Se llamaba Isaías. No era el mejor profesor del mundo, pero sentía amor por enseñar, y eso es contagioso. Lo otro que me gustaba era que hacía que nosotros, los alumnos, pateáramos calle. Nos mandaba trabajos que implicaban ir a lugares que estaban alejados de nuestra zona de confort. Lugares que nos hacían conocer la Caracas de verdad.

Me daba mucha risa ver a muchos de mis compañeros arrugar la cara. Los trabajos de Isaías daban miedo a algunos. Pero Isaías tenía razón en algo. Era inconcebible que un comunicador social se limitara a conocer sólo el sector cómodo de Caracas. Algunas chamas, con acentos mandibuleados, reclamaban, se negaban. Decían que era peligroso. Y, realmente, lo era. Pero Isaías jamás daba su brazo a torcer.

A mí me tocó ir a la Bombilla. Es paja. En realidad, yo decidí ir voluntariamente a la Bombilla. Ya yo había ido a la Bombilla en alguna ocasión. Tenía amigos que iban a hacer labor social, y yo los acompañaba. Sentía, por eso mismo, que ellos podrían ayudarme a elaborar un buen trabajo, un trabajo que, además de impresionar al poco impresionable Isaías, fuera un trabajo de Comunicación Social de altura.

Isaías me felicitó cuando yo le dije que iba a ir a la Bombilla. De hecho, me citó como un ejemplo frente al resto del salón. Era el día de presentar las propuestas, y la mía era la mas arriesgada. Pero dijo que no era prudente que yo fuera solo (y razón tenía). Dijo que algún voluntario debía ir conmigo. Preguntó, con su voz de profesor joven y sobreexcitado, quién quería ir conmigo. Nadie levantó la mano.

Había caras de susto por doquier. Sin embargo, después de pocos segundos, Isaías aumentó el premio al voluntariado. Prometió que quien fuera conmigo tendría dos puntos extras en la nota definitiva del trimestre (sí. La Monteávila evalúa por trimestres, como los colegios). Esa oferta resultó lo suficientemente tentadora para que un par de compañeros levantaran la mano. El elegido fue Kristhian.

Kristhian era pana, era burda de pana. Había estudiado en Los Arcos y siempre vestía con una especie de chaqueta de cuero, al estilo de los rockeros de la vieja escuela. Él, a pesar de que era de plata, no le tenía miedo a Caracas ni a la calle. De hecho, yo me entretenía burda escuchando sus relatos acerca de los toques que había hecho en los antros más antros y en las ratoneras más undergrounds de toda Caracas.

Habíamos quedado en ir a La Bombilla un sábado. Ninguno quiso llevar el carro. Pero lo más recomendable era no ir en transporte público. Lo echamos a la suerte. Echamos un partido de FIFA. El que perdiera debía llevar su carro hasta la Bombilla. Encendimos la Playstation que había en la casa de Kristhian. Era brutal jugar allá. La Playstation estaba en una especie de pasillo que daba al aire libre, a un jardín precioso que tenía la casa y a una vista espectacular de Terrazas del Club Hípico y Prados del Este.

Gané en penales. El partido estuvo reñido. Pensé que Kristhian reclamaría, pero no reclamó. Cumplió su palabra. El sábado siguiente iríamos a La Bombilla en su carro. Por cierto. A fin de cuentas no he dicho en qué consistía el trabajo que nos había mandado Isaías. Había que reseñar una actividad cotidiana que se hiciera en una zona “x” o “y” de Caracas. Parecía tan fácil. Pero no lo era.

La Bombilla queda burda de arriba. “Más allá que más nunca”, como decía mi papá, citando a Gallegos. Algo, cuando íbamos subiendo, me hizo preguntarme acerca de qué coño de la madre estaba buscando yo en un lugar como La Bombilla. Mucha de la gente se nos quedaba viendo. Es cierto que el carro de Kristhian no era el más lujoso, pero relucía en comparación con las motos y con las cafeteras que había en la Bombilla.

A Kristhian y a mí nos faltó un poco de organización. Nosotros no habíamos llamado previamente a nadie. De hecho, yo ni siquiera me había comunicado con mis amigos para decirles que íbamos a ir. De hecho, hacía tiempo que ni sabía si mis amigos aún hacían labor social en la Bombilla. Nos aparecimos como un par de fantasmas en el corazón de la barriada, y dijimos que queríamos hacer un trabajo.

Yo me sentía algo nervioso. Nunca le tuve miedo a Caracas, pero tampoco era un chamo como para estar metido en un lugar como La Bombilla. De hecho, siempre pensaba que yo era como demasiado sifrino para los pobres, y demasiado pobre para los sifrinos. Pero ése no es el caso. El caso es que, aparte de la mirada hostil de muchas personas, nos atendió un señor, como de cuarenta años, que se llamaba, nunca lo voy a olvidar, Ramón.

Yo nunca supe el papel exacto que desempeñaba Ramón en La Bombilla. Era una especie de líder comunitario, aunque nunca supe si por elección popular o por carisma solamente. La gente casi que le rendía pleitesía y lo saludaban a su paso. Como Kristhian y yo estábamos caminando al lado de él, la gente nos saludaba también. Yo me sentí seguro. Kristhian supongo que también, aunque me miraba con cara de “Marico, dónde coño me metiste”.

Ramón tenía una chemise verde medio desteñida y una lipa cervecera. Nos invitó a un par de Polares. A mí no me gusta la cerveza, pero trataba de no hacer muecas cada vez que me echaba un trago. Nosotros le explicamos a Ramón el trabajo. Le dijimos que teníamos que documentar alguna tradición de algún sector “x” de Caracas. Ramón nos miró con cierto interés y dijo que en la Bombilla no se hacía mucho realmente.

Pero nos dijo que, en los ranchos más bajos de La Bombilla, se hacía una competencia particular y curiosa. Yo, que al fin y al cabo era (y soy) un chamo bastante ingenuo, pensaba que se trataba de algún tipo de deporte, o algo. Supongo que Kristhian pensaba lo mismo. Y, en cierto modo, lo era. Eran las competencias de puñaladas. Tan surrealista como suena. Y tan alejado de la ley. Ramón nos preguntó si queríamos ir. Yo miré a Kristhian. Kristhian me miró a mí. Yo no sé cómo Ramón nos terminó convenciendo de ir.

Yo estaba cagadísimo. Y Kristhian ni se diga. No nos daba miedo nuestra propia seguridad. Ramón nos había prometido protección. Y su autoridad y su carisma hablaban por él. Nuestro miedo era un poco acerca de lo que podíamos presenciar, del saber qué tan literal podía ser una competencia de puñaladas. Bajamos hacia una especie de callejón ancho que parecía estar un poco escondido, y, en cierto modo, lo estaba.

Y vaya si fue literal lo de la competencia de puñaladas. Habría unos cien espectadores. Muchos de ellos saludaron a Ramón y no podían disimular su cara de extrañeza al ver a dos chamos como nosotros en un sitio y en unas circunstancias como aquéllas. En medio del círculo que formaba la gente había un piso de tierra que, suponíamos (y, efectivamente), era la arena, el campo de batalla o de competencia.

Aquel día sólo habría dos competidores. La gente lo decía con cierto lamento. Yo, en cierto modo, me sentía un poco más tranquilo con eso. No pretendía estar todo mi día viendo un campeonato de puñaladas en un barrio de Caracas. Yo pensaba que actuaría un poco como las películas de terror. Si alguna escena me parecía particularmente asquerosa, repulsiva o violenta, yo, sencillamente, me cubriría los ojos y me limitaría a escuchar.

Salieron los dos competidores. Uno de ellos era un chamo flaco, flaco, muy flaco, como de unos diecisiete años. Tenía el pelo corto y tenía una camiseta medio vieja de los Astros de Houston. No llegué a escuchar bien su nombre a razón del jolgorio y de los vítores que recibió de parte de la gente, que gritaba como si no hubiese mañana. Ramón aplaudía de forma sobria, como si fuese una gran autoridad. Yo no sabía si aplaudir por educación o sólo ver. Estaba prohibido, por las mismas reglas de ellos, grabar videos o tomar fotos. No es que no confiaran en nosotros. Pero el material podía subirse a la red y eso podía llamar la atención de la policía, supuestamente. Me dieron ganas de reírme. Qué coño iba a hacer la policía en un lugar como La Bombilla. Decidí aplaudir, aunque sin llamar mucho la atención.

El otro competidor, el contrincante del flaco con la camiseta de los Astros de Houston, era uno que se veía un poco más robusto y maduro, quizás hasta un poco cuarentón. Tenía cicatrices horribles por el brazo, y hasta una en la cara. Eso me hizo intuir que él era un poco más experimentado que su rival. Lo aplaudieron también con mucho júbilo, como a una celebridad que, bajando del pedestal, había llegado a La Bombilla.

Me sorprendió que invitaron (aunque sospecho que había sido acordado previamente, a razón de su liderazgo) a Ramón a ser árbitro. Aunque es un eufemismo. No haría falta realmente un árbitro. La pelea era hasta que uno de los dos se rindiese o hasta que uno de los dos muriese. En la Bombilla no se andan con huevonadas. Lo que hizo ramón fue agarrar una especie de cuerda delgada y amarrar las muñecas de los dos competidores, la una a la otra. La idea era que ninguno de los dos saliera corriendo. No se podía. Estaba prohibido. Uno de los espectadores, con voz niche, dijo que en ese barrio no se admitían cobardes. ¿Cómo no creerle?

Hubo un círculo vicioso entre los gritos, los sonidos indescifrables y los primeros gestos de los competidores. Yo sentí un vacío en el estómago. Jamás había pensado ver algo así en vivo. La muchedumbre se emocionaba más y más. La gente gritaba cosas como “Mátalo”, “Dale”, y otras por el estilo. Pensé en grabar algo, pero sabía que me iría peor. No quería ganarme el pulgar abajo de Ramón.

Pensé que alguien intervendría, que alguien se acercaría al lugar y diría que bastaba, que, con la primera sangre, ya todo estaba resuelto y decidido. Pero nada. La sangre que los oponentes se sacaban entre sí lo que hacía era exacerbar más a la gente. Aún no había ningún corte realmente profundo, sólo laceraciones en las piernas y en los brazos hechas de una manera veloz, vertiginosa, casi imperceptible. Sólo habían pasado un par de minutos.

Yo sabía, y todos lo sabíamos, que todo podía terminar en cualquier momento. Los mismos competidores lo sabían. Estaban concentrados el uno en el otro. Se miraban a los ojos, a los brazos, a las piernas. Cualquier descuido significaba la vida en un momento como ése. Y fue un descuido el que hizo el novato, novato al final. La puñalada le abrió el estómago. Convulsionó en el suelo sin poder desamarrarse del otro, que lo remataba con estocadas ciegas. Se quedó quieto.

Los niños se peleaban por ver quién retiraba el cuerpo. No sé a dónde llevaron al perdedor. No era de mi incumbencia. Al ganador, herido y algo ensangrentado, lo alzaron en hombros, como a un héroe. Eso es lo que hacían para entretenerse en un lugar como La Bombilla. Kristhian y yo bajamos a Caracas, a nuestra Caracas de algo de confort, un poco en shock. Necesitamos de varios minutos para asimilar todo, para poner las ideas en orden, para terminar de hiperventilar.

Es cierto que Ramón había sido amable con nosotros. Nos pidió que, por seguridad, no reveláramos su nombre verdadero. Fuimos a casa de Kristhian. Aún era de día. Trabajaríamos en el pasillo que estaba frente al jardín de su casa y a las vistas bonitas. Él sacó su laptop. Yo le dictaba. Él escribía. O se suponía que escribía. No sabíamos ni cómo empezar. No sabíamos ni qué título colocar. ¿Por qué no habríamos tomado, al menos, una foto de cualquier lugar? Me dio mucha rabia. ¿Cómo contar una historia así, de la que habíamos sido testigos oculares, y que nos creyeran? Nos tragamos la rabia. Decidimos escribir sobre otra cosa.

 

T.M.

Sobre lo que no escribió Ezequiel

Me gustaba caminar por la Francisco de Miranda. Me gustaba hacerlo un poco sin rumbo. Me relajaba. Me distraía. Siempre he sido una persona ansiosa, y caminar me ayuda mucho a controlar esa ansiedad. En la plaza “El indio” lo vi por primera vez. Traté de evitarlo, porque los evangélicos siempre me han parecido un pelo pavosos. Pero él me acorraló. Notó mi timidez y mi falta de interés.

“¿Te gustaría hablar un poco?”, me preguntó. Yo noté sus intenciones desde el principio. Su vestimenta lo delataba. Tenía esa corbata medio chocante y esa camisa de botones de manga corta que parece de cajero frustrado de un banco todo insignificante como Bancoro. Pero yo no tenía nada que hacer. Y nunca he sido una persona particularmente hábil para inventar evasivas. Nos pusimos a hablar. Largo rato.

Yo evitaba tratar el tema religioso, que es el que él exponía con más ahínco. Las religiones me dan un poco de alergia, aunque no soy ateo del todo. Soy demasiado cobarde para ser ateo. Pero soy una persona culta, y él lo era un poco también. Él daba unas alegorías medio interesantes sobre la Escolástica, pero la cagaba cuando citaba un versículo sobre el profeta no sé quién de no sé qué tierra.

Pero nos caímos bien mutuamente. O sospecho que nos caímos bien. Quizás él sólo veía en mí a una especie de alma a ser conquistada para su bolsa de almas pavosas y adoradoras de Jehová. Yo vi en él a un pobre ex-adicto (aunque nunca supe ex-adicto a qué) que, como suelen hacer los adictos, sustituyó un vicio por otro. Antes era esclavo del aguardiente, ahora era esclavo del agua bendita y de las enseñanzas de Cristo.

Pensé, por algún instante de segundo, en modificar mi ruta. No tenía ganas de encontrármelo todos los días, porque casi todos los días caminaba por la Francisco de Miranda, con rock y rap a mil en los audífonos, en busca de ordenar mis pensamientos sobre muchas cosas. A veces yo me hacía el huevón cuando pasaba cerca de él. Lo medio veía con el rabillo del ojo y no volteaba. Otras veces, sin otra opción, lo saludaba. Cuando yo estaba de buen humor, le dedicaba unos cinco o diez minutos.

Y cuando vas conociendo a alguien, a medida de hablar con esa persona a cuentagotas, terminas creando un vínculo. Es un vínculo extraño. No es un amigo. Es una especie de conocido que sólo piensas en él cuando estás pasando por esa zona. Es una persona lo suficientemente relevante para detenerte (no todos los días, por supuesto) a hablar con ella, pero no tan relevante como para mencionarla a nadie en la hora de la cena.

Se llamaba Miguel. Él estaba orgulloso de su nombre porque era un nombre de ángel. Yo odiaba cuando me lo decía (y eso que lo decía burda). El asunto de los ángeles me parecía siempre lo más pavoso dentro de la de por sí pavosa religión. A mí Los Ángeles, California, y de vaina. Parecía que siempre estaba vestido igual. Me imaginaba su closet lleno de la misma ropa y de estampitas viejas. Le echaba vaina con eso. Él no se ofendía, pero tampoco se reía mucho.

Él tenía una hija que estudiaba odontología en un centro medio de mala muerte por ahí cerca de Chacaíto. La hija era bonita, pero tampoco para morirse. A veces me divertía pensar en cómo sería empatarse con una evangélica o una testigo de Jehová. ¿De qué coño se podría hablar? Estaría prohibido hablar de Schopenhauer o de Buñuel. A lo mejor verle las tetas cuando se desvestía sería pecado. O estaría, todas las cenas con la familia, escuchando versículos y capítulos sobre Zacarías, sobre Ezequiel y sobre no sé cuántos más.

Yo no sé de qué viven los evangélicos. No sé si viven de sacarle la plata a la gente o si tienen un trabajo de verdad. Supongo que tienen trabajos de verdad, porque, por eso, la hija de Miguel estudiaba odontología (o mecánica dental, no sé). El hecho es que comencé a notar que Miguel estaba cada vez más jodido. Su peinado, que siempre era una raya toda nerd en el pelo engominado, cada vez estaba más y más zarrapastroso.

“Estoy jodido, Tomás”, me dijo un día. No me pidió plata. Ni siquiera hizo un amago de pedirme plata. De todas formas, no se la hubiese dado. ¿De dónde iba a sacar plata yo? Pero me daba paja. De hecho, cuando me dijo “Estoy jodido”, fue la primera vez que le escuché decir una grosería. Él siempre tenía algo en contra de las groserías. A veces me sermoneaba (amistosamente) por mi vocabulario tan repleto de expresiones obscenas y blasfemas.

Pero yo cada vez lo veía un poco peor y comenzaba a preocuparme. Se veía como enfermo y demacrado. Él, cuando hablaba de su situación económica, lo hacía un poco en clave. Pero creí descifrar que alguien lo había robado o lo había estafado. Pero él siempre sonreía y decía que Cristo iba a venir y le iba a hacer justicia a él. Él siempre decía que Cristo no se olvidaba de sus soldados. Que Cristo era capaz hasta de bajar a un lugar tan lúgubre y tan espeluznante (aunque no por eso carente de encanto) como la Francisco de Miranda.

La última vez que lo vi, poco antes de venirme a España, ya era un indigente casi oficial. Había perdido hasta la corbata y la camisa de manga corta. Le di doscientos bolos, los doscientos bolos que había ahorrado de dos desayunos de la uni para poder comprarme una antología de cuentos de Guillermo Meneses. Él me dio las gracias y me ofreció un abrazo, que yo no rechacé. Yo nunca le rechazo un abrazo a alguien que no me haya querido joder alguna vez.

Y yo no sé si Cristo se olvida de sus soldados, como si fuese un César prepotente que mueve a la gente a su antojo. No quiero meterme en eso porque la religión no es un tema que domine yo, o que domine alguien. Extraño mis caminatas por la Francisco de Miranda. Ahí, muchas veces, tenía ideas que luego convertía en cuentos, en poemas o en obras de teatro. Y, al final, me parece curioso que, aunque Miguel no fue tan relevante como para hablar de él a la hora de la cena, escribirle esta crónica.

T.M.

El collar de piedras verdes

Mira, Tomás —me dijo Gaby—, mira el collar que me regaló mi abuela.

La verdad es que el collar era bonito, aunque yo no soy una persona muy entendida en el mundo de la orfebrería. Era dorado y tenía piedras verdes. Gaby me había dicho que su abuela lo había traído de Europa al momento de la emigración, de la huida de la guerra. Era el único tesoro que había llevado consigo. Pensaba venderlo si algún mal momento se cernía sobre ella. Pero las cosas le fueron bien a la abuela de Gaby. Había conseguido trabajo y luego había emprendido. Quería mucho a Venezuela.

Yo me identificaba mucho con la abuela de Gaby en ciertos aspectos. Venezuela era como la tierra prometida que la había acogido en el momento más crítico. En cambio Europa, aquella tierra que, hasta yo conocerla personalmente, me sonaba tan lejana, para ella era como una especie de tierra de nadie. A veces me daba la impresión de que, en la cabeza de la abuela de Gaby, la miseria en Europa seguía latente, como en la época de la guerra. Me pasó a mí lo mismo después con Venezuela. Cuando llegué a España, Venezuela, para mí, era como una especie de selva llena de bestias extrañas y frías que gritaban sonidos inextinguibles e inentendibles mientras se sacaban y se devoraban las entrañas unas a otras. Una selva de la que, por fortuna, yo había podido escapar. Sentía cierto desdén por mi país. En cambio, adoraba a España con todo mi corazón. Supuse que era como un ciclo.

El collar adquirió más valor luego de que murió la abuela de Gaby. Murió muy, muy anciana y fue enterrada en el Cementerio del Este en medio de una ceremonia sobria. Me daba curiosidad el hecho de que la abuela de Gaby siempre había sido muy enfática a la hora de recalcar que, bajo ninguna circunstancia, quería que su cuerpo fuera llevado a Europa de nuevo. De todas formas, era poco probable. En eso también me identificaba yo con ella.

Gaby sólo utilizaba el collar que le había regalado la abuela en circunstancias muy especiales. No lo llevaba a todas las bodas. Sólo lo llevaba a las bodas de la gente a la que ella quería más. Por eso me daba cierta felicidad y satisfacción el hecho de que pude ver a Gaby utilizar tantas veces el collar. Lo cuidaba con mucho celo. En lo que llegaba a la casa, lo guardaba en su cajita de terciopelo azul. Me encantaba esa cajita. Le confería al collar cierto aspecto monárquico. Sentía que Gaby era otra con ese collar. De todas formas, Gaby, de por sí, era una chama elegante.

Pero un día íbamos, de noche, manejando hacia un evento al que nos habían invitado cerca de la Trinidad. Yo iba manejando y Gaby iba en el asiento de al lado. Se había echado un perfume que olía bien (a pesar de que no me gusta el olor a perfume de mujer) y llevaba un vestido verde metalizado medio ceñido que resaltaba mucho el contraste de su piel blanca y de las mejillas con cierto toque de colorete.

Nos abordó un motorizado de bigote fino y de mirada algo perdida. De esos que suelen ser los peores. No teníamos mucha opción. El semáforo estaba en rojo y, además, de yo arrancar, podía dispararnos. Las balas son más rápidas que el motor de un pobre Hyundai.

—Háblenme nos dijo el motorizado—. ¿Qué tienen ahí?

Yo le ofrecí mi teléfono. Le ofrecí mi cartera (que, tradicionalmente, siempre está vacía). Esperaba que con eso se calmara. Pero él no se complacería tan fácilmente cuando sus víctimas eran un hombre con traje y una chama con cara de asustada y con un collar hermoso y brillante en su cuello.

—Pásenme ese collar ahí Nos dijo él— .

Gaby, como en un gesto de protección infantil, intentó ocultar el collar entre sus manos. Me pareció una jugada peligrosa y un tanto estúpida. Era obvio que el motorizado ya había visto el collar.

—Dáselo. —Le dije a Gaby—.

Gaby no sabía que hacer. Su mirada se paseaba entre el motorizado y yo.

—Hazle caso —le dijo a Gaby el motorizado—. Si no, te puede ir mal. Les puede ir muy mal a los dos.

Gaby lloraba en silencio y temblaba mientras, con gesto nervioso, se desabrochaba el collar. Yo estaba también nervioso. Me daba miedo la idea de que el motorizado considerara que Gaby se estaba tardando mucho y decidiera disparar. Pero Gaby, por fin, pudo desabrocharse el collar. Lo miró, lo sostuvo en la mano durante un momento y luego me lo dio. Yo se lo di al motorizado. Él lo vio y los ojos le brillaban más que el oro y que las piedras verdes del collar. Arrancó en seguida en la moto ruidosa que desapareció en medio de las luces de la avenida.

Gaby lloraba y yo sentía una rabia inmensa. A Gaby, naturalmente, no le dolía tanto el collar como el hecho de que tanta historia de su abuela estuviera ahora en manos de un motorizado que, seguramente, no sabía ni dónde quedaba Europa. De todas formas fuimos a la reunión. Sentí que a Gaby (y a mí) le haría bien el hablar con sus amigos y desahogarse un poco. Aunque eso no le quitó la amargura y la decepción de aquella noche.

A mí, particularmente, me daba mucha rabia el pensar acerca del destino de aquel collar. Las hipótesis eran muchas. El motorizado quizás se lo vendería a alguien por cuatro lochas. Quizás se lo quedaría como su collar de la suerte (aunque era un collar de mujer). Quizás se lo regalaría a una de sus mujeres, alguna mona con licras y con mal habla que estaría muy orgullosa de poder tocar un collar así.

Por eso me pegó cierto viento fresco cuando vi en las noticias (en el portal de El Nacional), hace poco, que habían abatido al motorizado (El mismo. Imposible olvidarme de esa cara) que robó el collar de piedras verdes a Gaby. Según la noticia, de breves renglones, lo habían matado para robarle el collar, que no le pudieron robar al final por la rapidez (cosa inusual en Caracas) de la policía. Y en la foto del artículo, aunque pixelada la cara para no mostrar la particular y curiosa mueca de la muerte al espectador, se distinguía claramente el collar. Le comenté la noticia a Gaby. No sabía como reaccionaría. Ella sólo suspiró desde el Skype y pidió que habláramos de otra cosa. Me hablaba desde la tierra de su abuela, donde vive tranquila ahora. El ciclo continúa.

 

T.M.

Lo mejor que me pudo haber pasado fue salir de Venezuela

Lo mejor que me pudo haber pasado fue salir de Venezuela. Lamento no haber salido antes. Si fuese por mí, ni siquiera hubiese nacido ahí. Pero es algo que uno no decide. A veces creo, en ciertos ataques de vanidad, que comprendo muchas cosas. Pero la verdad es que nunca he llegado a comprender (ni creo que lo llegaré a hacer nunca) todo el orgullo insuflado que gira en torno al nacer en un lugar determinado.

Me gusta comer. Soy una persona que aprecia la buena gastronomía. Por eso, desde pequeño, aprendí a cocinar de una manera cuidadosa y delicada. Me gusta también compartir la comida que hago. Siento que la comida es un don que, al igual que el conocimiento, se mima y se hace para compartir. La cultura gastronómica es preciosa. Pero se me hace un poco amarga cuando los venezolanos fanáticos brincan a decir que su comida y su “sazón” es la mejor del mundo. Se me hace amarga cuando los venezolanos, como bufones, se insultan y se agreden (que lo he visto) por el origen de la arepa. ¿Qué importa eso? Toda la gastronomía de todo el mundo, con sus altibajos, es buena y es digna de apreciarse.

No me gusta la fisionomía del venezolano promedio. ¿Por qué me tiene que gustar? No me parece atractiva. Reconozco el derecho que tiene toda persona de ser y de desenvolverse como quiera, siempre que no afecte la libertad de los demás. Me gustan las personas blancas y claras. ¿Qué tiene eso de malo? Hay gente que gusta de las personas negras y eso tampoco tiene nada de malo. Lo que no soporto es esa falacia de la supuesta mujer venezolana bella y del venezolano bello en general. Cuando he ido en el metro, o cuando he visto las filas que hacen las revendedoras en los supermercados, le agradezco al cielo el tener rasgos europeos. Los rasgos europeos no son ni mejores ni peores. Son los que me gustan más.

También agradezco estar ahora en un lugar en el que puedo estar más tranquilo. En el que puedo escribir esto con tranquilidad. Me gusta caminar. Me gusta apreciar la belleza natural y arquitectónica de los lugares. Lo hacía en Caracas cuando en Caracas se podía estar con algo de tranquilidad. Pero ahora no se puede hacer allá. El estar pendiente de que no venga un idiota a apuntarte con su arma de fuego, o a agredirte, no va conmigo. Y, en teoría, no debería ir con nadie.

Soy una persona que gusta mucho de los libros. Y la cultura de los libros es algo que en Venezuela se ha ido minando cada vez más. Es cierto que la dictadura ha sido culpable de cerrarle cada vez más puertas a la literatura, a la cultura y a los libros. Pero siempre he sentido que el venezolano promedio nunca fue aficionado a las historias, a la literatura, al aprendizaje, a la cultura, al saber, a la humildad de reconocer que algo no se sabe para poder adquirir ese conocimiento nuevo, como un juguete.

Luché toda mi vida, en Venezuela, por hacer dinero, por trabajar y por producir. Llegué a producir dinero ahí, pero, confieso, no soporté nunca el que toda la gente a mi alrededor mirara mis ganancias con envidia. Todo mi dinero, y estoy tan orgulloso de decir esto, fue ganado de una manera honesta. Y abría las puertas para ganar más dinero. Pero mucha gente a mi alrededor, gente que trabajaba para mí, me miraba con ojos de odio. En un país como Venezuela, progresar es un pecado. Es cierto que hay muchos venezolanos que progresan mediante trabajo y esfuerzo. Pero muchos son como gente parapléjica que espera a que todo le sea dado por la mano del gobierno. Y las manos de los gobiernos gustan de mover hilos mediante el hambre. Podrían venir mil Chávez más y repetir la misma fórmula ganadora. Dar mendrugos a cambio de fidelidad.

¿Y qué le queda al que no ha construido un mundo del que pueda enorgullecerse? Enorgullecerse del mundo que le ha tocado por casualidad. Puedes leer y puedes encontrar infinidad de artículos, de ensayos y de cadenas pavosas que dicen que somos mejores que otros por tener playas bonitas (que tampoco son la gran cosa) y otras cosas naturales. Y la gente que predica ese mantra busca maquillar su mediocridad individual con paisajes naturales, que no pertenecen a nada ni a nadie, sólo a la naturaleza.

Si pudiese, me cambiaría el acento. Imitaría el acento argentino, el acento mexicano o el acento español. No he podido, aunque lo he intentado, librarme de esa venezolanidad vanidosa que muchos de mis compatriotas desparraman por ahí. Esta gente es feliz diciendo que el país en el que no soportaron vivir es mejor que el país que ahora habitan. Es feliz criticando el modo de ser de la gente que los ha acogido. Tienen resaltadores en sus vestimentas, en sus expresiones, que gritan que son venezolanos. Es necesario recalcarlo. No lo he soportado, ni tampoco lo he comprendido.

Culpo muchas veces a los venezolanos de hacer (para mí) despreciables muchas cosas que antes apreciaba por su modo de ser en sí mismas. Me gusta el deporte. Me gusta el béisbol. Me parece un deporte fascinante e interesante. Pero el venezolano consiguió hacerlo repugnante, consiguió mezclarlo con esa cultura deleznable de sexo machista y básico, de obreros borrachos de instintos primarios.

A veces siento que me daría igual si Venezuela desapareciera del mapa. Siento que, quizás, si hubiese nacido en Madagascar, en Estonia o en Bután, mi actitud sería la misma. O quizás no. Sería imposible afirmar que mi circustancia-país no me ha moldeado. Sería traicionar a la filosofía de Hegel, quien exponía esta premisa como nadie. Pero esa circunstancia no implica un agradecimiento, o una mejoría.

Pero son sólo mis opiniones.

Relato inspirado en las cartas ficticias del escritor romano Petronio. No nos maten.

La hora de los pobres

Las noticias por la televisión eran cada vez más pesimistas. Todos los canales emitían reportajes acerca de la lluvia. Los reporteros vestían con impermeables grandes y no disimulaban un gesto de terror en las caras. “Recemos por Vargas”, decía una de mis vecinas, una viejecita creyente. Chávez citaba a Bolívar y había algo en el ambiente que parecía ser sinónimo de un mal presagio. Quizás el cielo, quizás las elecciones que se avecinaban, quizás el mismo Chávez.

Yo no tenía celular. Casi nadie tenía celular en esa época. No era algo tan común todavía. No había el rastreo que hay hoy en día de todas las personas, eso de saber hasta la ubicaciónexacta con coordenadas y mapas. Agarré el teléfono de la casa, un armatoste rojo con los botones algo duros y el auricular más grande que mi cabeza, y llamé a Paty. “No te preocupes. Estoy bien. Ha llovido que jode, pero estoy bien”, me dijo ella. Yo me tranquilicé un poco, pero seguía teniendo esa sensación del mal presagio.

Y, de repente, vino la mala noticia. La montaña había cedido y toda el agua del mundo, junto con piedras del tamaño de casas enteras, bajaba a toda velocidad hacia Vargas. Los rezos no habían servido de nada. La televisión, apenas minutos después, comenzaba a hablar de cifras de muertos y de heridos que se incrementaban con el pasar de los segundos. Volví hacia el armatoste rojo y llamé a Paty. Nada. Intenté de nuevo. Nada. Una tercera vez. Nada

“¿Estás loco?”, me preguntó mi mamá. Yo no estaba loco. Estaba muerto de pánico. ¿Y si le había pasado algo a Paty? Mi mamá me dijo que era estúpido ir hasta allá. Me dijo que no resolvería nada. Pero yo no podía quedarme ahí. No podía quedarme esperando a que una línea telefónica colapsada me informase acerca de si Paty estaba a salvo (o estaba viva) entre tantas miles de personas. Me despedí de mi mamá. Me abrigué. Me subí al Honda dorado de mi papá. Arranqué. No sabía bien a dónde debía ir. Sólo aceleraba.

Parecía que nunca iba a dejar de llover. Me pregunté si Caracas podía correr la misma suerte que Vargas. En la radio del Honda hablaban todo tipo de opinadores y de expertos. Unos le echaban la culpa a la Cuarta República. Otros le echaban la culpa a la misma gente de Vargas. La gente de Vargas había construido ranchos en tierras peligrosas. Lo habían hecho durante muchos años sin hacer caso a nada. Y estaban recibiendo la reprimenda de la manera más dura.

Vargas era un caos. Tuve que estacionar como a dos kilómetros de donde estaban los campamentos. Había mujeres llorando. Había hombres que abrazaban a niños que tenían las caras cubiertas por el barro y por el llanto. Todos estaban imbuidos en su asunto. Nadie sabía darme información clara. “Disculpe. ¿Sabe si está bien la calle del Arroyo?”, le pregunté a una señora. Me miró con mala cara y siguió. ¿Qué podía saber ella sobre la calle del Arroyo? Ésa era la pequeñita calle en la que vivía Paty.

“¿Sabe si está bien la calle del Arroyo?”, pregunté a otra persona. Nada. No quise preguntar más. ¿Quién podía saber algo sobre la calle del Arroyo entre tantas calles de Vargas? ¿Quién podía estar pendiente de esa calle cuando quizás no sabía nada de sus propios familiares? Habían pasado unas horas desde el deslave y algunos guardias lanzaban la advertencia de que había que alejarse. Era posible que más piedras cayeran desde la montaña. La lluvia no cesaba. Arreciaba más.

Había campamentos. La imagen era desoladora. Edificios grandes habían quedado completamente destrozados. Algunas antenas parabólicas grandes asomaban tímidamente. Eran antenas parabólicas de techos de casas que habían quedado completamente sepultadas. En los campamentos comenzaban a colgar listas de sobrevivientes. Buscaba rápidamente a Paty. No encontraba su nombre. Pero había tantos campamentos más. Había teléfonos a disposición de la gente. Pero las colas para usarlos eran kilométricas.

Yo nunca he sido creyente. Pero me encomendé a todos los dioses que había. Yo cambiaría todas mis creencias y toda mi fe con tal de poder encontrar a Paty en medio de todo aquel desastre. Pero parecía que los dioses no estaban dispuestos a escuchar a nadie. Parecía que todos se entretenían lanzando más y más agua desde arriba. Paty sí era creyente. Me pregunté si su fe sería capaz de sacarle las patas del barro (literalmente).

Había hombres y mujeres que actuaban como ratas y como animales de carroña. No les importaba cojear o tener los rostros con heridas. Se encaramaban a las casas y a los abastos que más o menos quedaban en pie y se metían adentro por las ventanas que rompían con piedras. Una vez adentro no se preocupaban por saber si había muertos o heridos. Buscaban llevarse lo que podían. Sacaban fuerzas sobrehumanas y se llevaban electrodomésticos grandes y cajas con botellas de alcohol.

Algunas de esas ratas sonreían y se felicitaban entre sí. Contaban el botín bajo la lluvia y miraban a los alrededores en búsqueda de más sitios para saquear. Y sobraban sitios para saquear. Todo el mundo estaba en los campamentos o debajo del lodo. Las ratas estaban felices aún cuando quizás ellas también tenían familiares o amigos muertos. “Por fin llegó la hora de los pobres, no joda”, gritó una de ellas. Era una barrigona con algo de bigote y una camiseta de un rojo desteñido. Seguramente había más personas así en otros focos.

Pero no había tiempo de pensar en eso. No había espacio ni para la repugnancia. No quería regresarme a mi casa sin encontrar a Paty. O por lo menos sin saber si estaba bien. Pretendí acceder a la calle del Arroyo por mi cuenta. Pero era imposible. Todos los caminos estaban bloqueados. Pregunté en un centro de información. No me decían nada preciso. Me decían que quizás el deslave no había llegado hasta allí. Pero me decían también que las zonas aledañas estaban incomunicadas. Me encomendé al rezo que quizás mi vecina estaba haciendo en la calma lluviosa del otro lado del Ávila.

Ministerio del Poder Popular para la Casualidad. Capítulo I.

(Noche en Caracas. Hace bastante frío. Kleyberson espera. Tiene un suéter gris. Se frota las manos. Entra Ramonel. Ramonel luce ansioso. Tiene una camiseta sin mangas. Ambos son jóvenes, casi adolescentes.)

RAMONEL: ¿Estamos a tiempo?

KLEYBERSON: Sí. No es tan tarde.

RAMONEL: (Tras dar un breve vistazo a Kleyerson.) ¿Cómo lo sabes? No llevas reloj.

KLEYBERSON: Lo sé por la luna.

RAMONEL: ¿Por la luna?

KLEYBERSON: (Apunta, con su dedo, hacia la luna. Ramonel mira hacia la luna también.) Sí. Ella se va moviendo y va indicando la hora. Eso se aprende con la experiencia.

RAMONEL: ¿Llevas mucho tiempo en esto?

KLEYBERSON: (Orgulloso.) El suficiente. (Tras observar, detenidamente, a Ramonel.) ¿Cómo puedes vestirte así con este frío?

RAMONEL: La adrenalina me mantiene caliente.

KLEYBERSON: Se te pueden entumecer las manos y los dedos.

RAMONEL: (Observa sus manos. Habla con displicencia.) No. No creo.

KLEYBERSON: ¿Estudiaste?

RAMONEL: Hasta sexto grado. Luego me di cuenta de que eso no es para mí.

KLEYBERSON: Idiota. Me refiero a si estudiaste a la chama.

RAMONEL: Sí. (Saca, de su bolsillo, un papel. Lo muestra a Kleyberson.) Aquí está. Natascha Fangio.

KLEYBERSON: (Viendo el papel.) Da un pelo de lástima, ¿verdad?

RAMONEL: ¿Qué?

KLEYBERSON: Es linda y todo.

RAMONEL: Y que lo digas.

KLEYBERSON: Pero órdenes son órdenes.

RAMONEL: (Guardando, de nuevo, el papel en el bolsillo.) Hablando de papeles, ¿cómo distribuiremos los nuestros?

KLEYBERSON: (Extrañado.) ¿Cómo que cómo los distribuiremos?

RAMONEL: ¿Quién disparará?

KLEYBERSON: (Amenazador.) ¿Cómo me vas a preguntar eso a estas alturas? Te lo he dicho mil veces. Yo sólo conduzco.

RAMONEL: (Sumiso.) De acuerdo. No te pongas así.

KLEYBERSON: ¿Tienes experiencia?

RAMONEL: ¿Asesinando?

KLEYBERSON: Sí.

RAMONEL: (Le cuesta admitir.) No. (Tras un silencio. Queriendo mostrar temple.) ¡Pero me han dicho que no es difícil!

KLEYBERSON: (Molesto.) Dios santo. ¿Cómo pudieron contratar a alguien como tú? Porque son órdenes de arriba. Si no, no trabajaría con alguien tan inútil.

RAMONEL: Tú me dices inútil ahora. Pero ya verás. Algún día seré como los grandes criminales del barrio.

KLEYBERSON: No me hagas reír.

RAMONEL: Seré una leyenda como ellos.

KLEYBERSON: ¿Sabes por qué ellos se convirtieron en leyendas?

RAMONEL: ¿Por qué?

KLEYBERSON: Precisamente porque no querían ser como nadie. Eran ellos mismos y ya. No les importaba nada. Ni siquiera morir.

RAMONEL: Es cierto. Ahora que lo dices, todos murieron jóvenes.

KLEYBERSON: ¿Te acuerdas de “Bala fría”? ¡El pistolero más caliente de la historia! Treinta y cinco homicidios en su haber, incluidos bebés y abuelitas. Eso por no mencionar a “Jaguar sin mancha”, quien pintaba el piso con ríos de tripas.

RAMONEL: Ya verás. Algún día, en este mismo lugar, venerarán mi nombre. Y yo me habré ido como los grandes, acribillado y abatido por las fuerzas especiales de la policía.

KLEYBERSON: Ya veremos qué tal te va. ¿Tienes todo listo?

RAMONEL: Milimétricamente listo. Será fácil y rápido. Estoy ansioso.

KLEYBERSON: ¿Seguro? Mira que la ansiedad siempre provoca que se nos olviden cosas. Lo sé por experiencia.

RAMONEL: No me subestimes.

(Entra Rosa, la madre de Ramonel. Es una señora de aspecto humilde, con un vestido blanco estampado de flores desteñidas.)

ROSA: ¡Hijo!

RAMONEL: (Avergonzado.) ¡Mamá! ¿Qué haces aquí?

KLEYBERSON: Hola, señora Rosa.

ROSA: Estaba revisando las gavetas de tu cuarto y encontré esto. (Muestra un arma de fuego. Se genera, durante unos segundos, un silencio tenso que es roto por la misma Rosa.) Es el arma que te compré por Navidad.

RAMONEL: (Se palpa, preocupado, los bolsillos.) ¡Pensé que la tenía conmigo!

KLEYBERSON: (Burlón. A Ramonel.) ¿No y que milimétricamente listo?

ROSA: (A Kleyberson.) Y así quiere éste ser como las leyendas del barrio.

KLEYBERSON: ¡Qué idiota!

(Rosa y Kleyberson ríen. Ramonel, avergonzado, toma el arma y la guarda.)