Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

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Oda a los perros

Comida sin sabor.

Voz sin emoción.

Pero la fuerza en mí

me prohíbe desistir

en el porvenir,

en el sin-sentir.

Y caer en la amargura,

así tenga que morir

y volver a nacer.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Cumplir con los tiempos,

con metas, objetivos y cuotas

para ser acreedor en ultratumba

Y tener buen crédito

sobre lápidas en bruma.

Y cobrar intereses

fuera de vida.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Y si existiré,

existiré para poder ver

con razón de ser y sentir.

Por canciones sin fin,

por conversaciones ilustres,

por vinos sin fondo

y mejillas fuera de foco.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Mostrar la edad con gusto.

Las emociones sin tapujos,

sin doble-sentidos

o agendas ocultas.

Genuino y profundo,

con uno y con todo el mundo.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Estrujar el aire,

dominar el baile

de calor con color,

estática y furor

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Ignacio Rangel

 

 

Instrucciones para enfrentarte al bully de tu salón

Métete la camisa por dentro. Quédate tranquilo y respeta a todos los de tu entorno. Estudia bastante y sé aplicado. Ten ganas de mejorar y de aprender. No seas un mediocre como tus compañeros. Es una de las fórmulas perfectas para ser presa en un colegio lleno de depredadores. Préstale atención a la maestra. Pareces más interesado en las clases que ella misma. Parece que se ha perdido el amor por la pedagogía. Ella habla de las gestas de Marco Polo con la misma emoción con la que un niño mira una inyectadora que se prepara para entrar en su brazo.

Aguanta los insultos que te hace el bully de tu salón. Idiota. Gafo. Nerd. Débil. Es más corpulento que tú. No tendrías oportunidad contra él. Nunca. Sus brazos se entornan y dibujan músculos cultivados. Los tuyos parecen tallarines a medio cocinar en la casa de un chino pobre de la selva. Todos tus compañeros adulan al bully de tu salón. Hace morisquetas que no son graciosas. Pero tus compañeros se sienten más seguros con la garantía de seguirle la corriente. Tú sólo trata de ignorarlo. Quizás se canse y elija a otra víctima.

Estira tu paciencia como si tu vida dependiera de ello. Estira tu paciencia como si fuera un chicle. Trágate que el bully de tu salón diga en público que tu mamá trabaja a medio vestir en una calle de reputación dudosa. No lo acuses. Sería peor. Los maestros se reirían de ti. Tus compañeros se reirían de ti. Cuenta el tiempo que falta para que suene el timbre. Cuenta el tiempo que falta para que acabe el año. En vacaciones no te tendrás que topar con el bully de tu salón. No le digas a nadie que cada vez te sientes más triste y desesperado. No le digas a nadie que tus notas han caído (como un avión impactado por un rayo) porque cada vez le tienes más pavor al colegio.

Devuelve la bofetada. Devuelve la bofetada por primera vez. La paciencia no es eterna. Hay un silencio sepulcral que flota sobre los pupitres. Se podría oír a una mosca contándole a otra mosca un secreto en susurros. El bully de tu salón se soba la mejilla izquierda. Tu rebelión sonó como un globo explotando sobre su cara porcina. Sé alquimista con tu hartazgo. Sé alquimista con tu rabia y con tu miedo. El bully no se quiere quedar así. Te ofrece una pelea para cuando suene el timbre de la salida. Es una cita.

Límpiate el sudor de la frente. Siente cómo se eleva tu adrenalina. Tus compañeros te rodean formando un gran círculo. No te espantes por el griterío que pide golpes y (preferiblemente) sangre. No estás solo en ese círculo. También está el bully de tu salón. Las ganas de destrozar se le ven en la cara y se le notan en el aliento que parece echar humo. Se está arremangando la chemise. No reces. Rezar es en vano. Los dioses no te sacarán de ahí ni te transportarán mágicamente a tu cuarto. Nunca habías deseado tanto estar tranquilo en tu cuarto. Tu cuarto es el refugio perfecto. En tu cuarto puedes ser tú sin que nadie te amenace. Podrías estar leyendo sobre los argivos y los troyanos mientras escuchas un disco de rock. Podrías estar jugando con Mario Bros mientras se hornea la pizza en la cocina. Regresa a la realidad. Regresa rápido. Cierra los ojos. Ahí viene el primer golpe.

 

Tomás Marín

 

Reseñas Cantáridas: “Viaje al fin de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline

Pocos autores pueden presumir de un logro como el que tuvo Louis Ferninand Céline: Hacer que su primera novela se convierta en su obra maestra, indiscutible e inmortal. Y es que, cuando se investiga acerca de Céline, “Viaje al fin de la noche” es el título que, por antonomasia, se nos repite una y otra vez. Y es que Céline es un autor de cuidado, de escándalo muchas veces. Abiertamente, en más de una ocasión, expresó opiniones en contra de los judíos. Sin embargo, estamos ante el segundo autor francés más traducido de la historia (después de Marcel Proust). Y esto es gracias a que, en su momento, Céline supo crear un texto sumamente único y polémico. La principal razón de esta polémica recae en el lenguaje, descarnado y sincero, sin guirnaldas. Al momento de publicarse “Viaje al fin de la noche”, Céline contaba con 38 años.

“Viaje al fin de la noche” representa un viaje que se divide en dos vertientes. La literal y la metafórica. Por un lado, tenemos al protagonista, quien viaja, una y otra vez (algunas veces por iniciativa propia, algunas veces obligado por circunstancias que se le escapan de las manos), a distintos lugares del mundo. A la guerra, a África, a Estados Unidos, a Francia de regreso, dentro de Francia. Por otro lado, tenemos el viaje al fin de la noche como tal, que es esa experiencia pesimista que, con la compañía de otros personajes que van a apareciendo y desapareciendo, va acunando nuestro protagonista en su modo de enfrentarse a la vida, con todos sus obstáculos.

La larga novela se podría fragmentar en distintas aventuras que, cada una a su manera, van dejando entrever distintos temas desde la punzante perspectiva de Céline. Eso sí. Cada uno de los temas sobre los que se habla (el amor, la vejez, el sexo, la vida, la muerte, la guerra, la desesperanza, el pesimismo, la moral) está empapado del humor nihilista que el personaje (que no dista mucho de su propio autor) irradia. Esto le da un toque sumamente refrescante a la novela, que la aleja del lugar común de la belleza y del final feliz. Sin embargo, el tema general es el nihilismo, la futilidad de la vida y de las pocas opciones que, como seres humanos, tenemos ante esta vorágine.

“Viaje al fin de la noche” es una novela con muchísimos personajes, aunque no todos tienen la misma importancia ni la misma participación. En primer lugar, por supuesto, tenemos a Ferdinand Bardamu, nuestro protagonista y narrador. Él es, en cierto modo, el prisma a través del cual todos los personajes se desfragmentan en sus propios matices: odios, amores, celos, valentías, miedos. Bardamu, el viajero del mundo (y de fin de la noche), es nuestro ojo en las aventuras que vive, en las críticas, muchas veces irónicas y devastadoras, que hace de sus encuentros con lugares y personas.

Por otro lado tenemos a “Robinson”. Robinson llega a ser una especie de antagonista de Bardamu. Robinson, a pesar de que muchas veces se nos presenta como un pobre diablo débil, aunque pillo y taimado, no deja de ser enigmático. Robinson se encuentra con Bardamu (o Bardamu con Robinson) siempre de una manera casi inexplicable, en casi todos los lugares a los que éste va. No llega a ser un amigo como tal (muchas veces Bardamu no lo soporta, ni él soporta a Bardamu), pero tampoco llega a ser un enemigo.

Son muchas las mujeres que, a lo largo de la novela, irrumpen y son importantes en la vida de Bardamu. Sin embargo, yo colocaré sólo a una: Molly. Molly es una prostituta sumamente noble que acompaña a Bardamu durante parte de su estancia en Estados Unidos. Quizás no es la que más tiempo pasa con él, pero es la que se convierte, al menos para Bardamu, en el referente de la bondad y de la belleza infinitas. Enternecen, a pesar de lo ácido de la novela, las evocaciones que el protagonista, en un recuerdo cada vez más difuso, hace de Molly.

El narrador, como hemos dicho, está en primera persona. Muchas veces (lo cual es común en este tipo de narrador) se detiene en observaciones reflexivas acerca de tal o cuál asunto. Pero estas observaciones, al no ser aleccionadoras, sino pesimistas y obscuras, resultan sumamente divertidas y entretenidas. Muchas, de hecho, tienen el poder de que nos identifiquemos con ellas, relacionádolas con nuestra propia vida (quizás a ello se deba el éxito de esta novela y de Céline en general). Los adelantos de tiempo, esto hay que mencionarlo, se hacen con delicadeza. Céline cuenta más de quince años de su propia historia sabiendo extraer lo importante.

El lenguaje de Céline da para cortar muchísima tela. Uno de los aspectos por los que esta obra es capital, es el hecho de que el lenguaje es desenfadado, coloquial y, muchas veces, grotesco y grosero. Esto fue lo que generó, al ser publicada la obra, una gran polémica en la sociedad francesa de la época. Pero, analizándolo con una perspectiva del Siglo XXI, no podía ser de otra forma si el autor pretendía retratar (como muy bien lo hizo) la vida barriobajera de las entrañas de la guerra, de Francia y del mundo. Céline da mucha libertad a sus personajes para hablar, pero estos diálogos son concisos y no expresan más de lo necesario para el personaje y para la trama.

Hay denuncias, en la obra de Céline, que son exclusivos dardos a aspectos de su tiempo. La crítica y la burla a la guerra (que Céline experimentó de primera mano), la vida en las colonias francesas de África (ésta es, quizás, la más mordaz de todas, al mostrarnos a pequeños caudillos que humillan a sus subordinados y esclavos y a la vez viven una vida casi inhóspita en selvas que están, prácticamente, aisladas del mundo y que Céline se encarga de describir con particular detalle en lo respectivo al calor, a los olores, a los insectos, a las relaciones, etc.), la vida industrial y muchas veces enajenada de los estadounidenses y, finalmente, la vida de París, las relaciones entre las clases, entre las gentes que, quiéranlo o no, viajan hasta el fin de la noche.

Tomás Marín

La policía en Caracas siempre ha sido una mierda. La policía en Caracas nunca ha me ha infundido alguna otra cosa que no sea miedo o asco. Miedo porque sabes que tu vida y tus pertenencias no valen nada para ellos. Sabes que te pueden robar todo o te pueden disparar en la cabeza porque eres blanco o porque cobraste tu quincena. Asco porque tienen esa altanería maldita que ni siquiera tienen los delincuentes más activos.

Los casos en los que la policía de Caracas hace algo bien son contadísimos. Son casos absolutamente excepcionales. Yo no sé si los policías se pueden conmover alguna vez con algo. Siento que son seres casi todos embrutecidos incapaces de experimentar emociones. Aunque tengo casi la certeza de que se conmovieron cuando entraron a la casa del novio raro de Natalia y vieron los dos cuerpos. El del novio raro de Natalia estaba sobre el sofá. Me recordaba un poco la imagen de Sócrates bebiendo la cicuta. El de Natalia estaba en el suelo. Natalia (o la ex Natalia) recordaba la famosa imagen de Ofelia sobre el agua. La diferencia era que Natalia estaba muerta sobre una alfombra persa de imitación comprada quizás en Sabana Grande.

Pero los cuerpos aparecieron censurados cuando el mediocre noticiero de Venevisión pasó la noticia en la emisión de la noche. Los cuerpos tenían esa especie de cristal borroso que ponen en edición cuando se considera que una imagen es demasiado fuerte para ser vista por los espectadores estúpidos. Siento que no se comprende que en Venezuela ya nada es capaz de conmover a nadie. Los muertos que ves en la calle (en 3D y hasta en 4D) no tienen esa censura. Tú los ves ahí y ya. Algunos enmohecidos y algunos cubiertos por un trapo blanco y miserable que deja traslucir mucho rojo.

Me es difícil escribir una historia como la que quiero contar. He pasado mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. No es que la historia me conmueva propiamente. Es que no he sabido cómo contarla. Me genera un poco de inquietud el pensar que algún familiar de Natalia pueda sentirse ofendido con todo este relato. Pero me arriesgaré. Yo fui amigo de Natalia y siento que tengo todo el derecho.

Podría mentir y decir que Natalia y yo éramos amigos cercanísimos e inseparables. Podría decir que Natalia era como una hermana. Pero no lo haré. No fue así. Natalia era una amiga equis. Era una amiga con la que yo salía de vez en cuando. Natalia era una de esas amigas a las que también ves de vez en cuando en alguna reunión y compartes con ella un Cacique con Big Cola. Era una chama bonita e interesante. Tenía los ojos color verde botella y tenía el pelo castaño con un rizo que no se terminaba de formar y que descendía en un tirabuzón elegante que pocas veces se despeinaba.

A Natalia le gustaba contar sobre su vida. Era una chama que gustaba de hablar. Natalia también era una chama que gozaba con la extraña costumbre de ir sola a un restaurante o a un bar (nunca de mala muerte. Natalia era de más o menos plata) a tomar una copa de vino o una copa de vermú. Decía que estos licores le ayudaban a indagar mejor en sus reflexiones personales. Creo que era la intensidad de Natalia con comentarios como ése la que nos hizo ser amigos. Pero el hecho es que Natalia me contó un día que había conocido a un chamo en una de sus reflexiones de vino y vermú.

Y vaya si el chamo agradó a Natalia. Se había convertido en uno de sus temas de conversación favoritos. Nunca lo llevaba a las reuniones. Decía que al chamo no le gustaban y que prefería quedarse en su casa viendo Netflix o documentales. Natalia lo describía como un chamo con el pelo liso negro casi hasta los hombros. Lo describía también con cierto tono de voz un tanto afeminado y sutil. Ese tono encantaba a Natalia según lo que nos decía.

Sí me llamaba un poco la atención (a todos los amigos de Natalia nos la llamaba) el hecho de que Natalia tampoco tuviera fotos con él o de él. El perfil de Whatsapp del chamo mostraba la silueta del muñequito blanco con fondo gris que indica que el usuario no tiene foto de perfil. Natalia alegaba que no tenía fotos de él (o con él) porque a él no le gustaba tomarse fotos. Algunas amigas en común se reían agitando el vaso de Cuba libre en la mano y decían que el cuadre de Natalia no era más que un rarito.

Pero la que comenzó a ser una rarita fue Natalia. Poco a poco se fue transformando en otra persona. Esto ocurría de una manera casi imperceptible. Ocurrió en un proceso que tardó varios meses. No cambió de la noche a la mañana como Scrooge. Yo no sé a las otras personas. Pero a mí me molestaba mucho (y me sigue molestando) que mis amigos cambien. Sobre todo me molesta cuando estos cambios están influenciados por otras personas.

Podría perdonarse un poco si el cambio es para bien. O al menos es un cambio divertido. Pero el cambio que se iba gestando en la personalidad de Natalia no tenía nada de divertido. No es que fuera pasando de santurrona a puta o de puta a santurrona. Ése suele ser el tipo más común de los cambios que puede haber en la muy particular sociedad de jóvenes de la clase media o media alta de Caracas. El cambio de Natalia era de ausencia. Natalia se iba volviendo una chama cada vez más abstraída y más ensimismada. Natalia siempre tenía la un poco cotufa costumbre de vivir haciéndose selfies para poner en Facebook y estimular su ego con los likes. Pero era su forma de ser. Era la Natalia de siempre. La nueva Natalia no colocaba ya nada. De vez en cuando ponía algún pseudotexto o pseudodocumental raro que me daba ladilla leer o ver debido a su tema metafísico. Lo metafísico siempre me ha parecido aburrido y estúpìdo.

No había que ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de que aquel cambio de lo cotufa a lo (mal) raro en Nati estaba influenciado por esa especie de cuadre/novio/amigo/seductor que había conocido durante la maldita tarde de vino o vermú en la que su vida cambió. La información que yo tenía sobre él (quizás por no ser metiche y por no querer indagar más) era muy escueta. La imagen que me había formado de él en mi cabeza estaba armada sólo por las descripciones que daba Natalia. Sabía también que él había estudiado uno o dos años en España. Creo que en Madrid. Creo que una carrera rara como artes o como sociología.

El cambio de Natalia no me dolía. Pero sí me irritaba un poco. Natalia adquirió la costumbre de usar poquísimo el Facebook y el Whatsapp. No es nada malo esto. Pero en ella era un poco inconcebible. Era como un síntoma de alguna anomalía de cuidado. Yo decidí cruzar un poco la línea y llamarla. La llamé al celular y no me contestó. La llamé a su casa y hablé con su mamá. Su mamá me la pasó. Le dije a Natalia que la invitaba a comer o a tomar algo al restaurante de los chinos en Los Palos Grandes. Me dijo que sí. La fui a buscar en el carro.

En el restaurante de los chinos me di cuenta de que tenía unos cuantos meses sin ver a Natalia. Su ausencia había sido tan sutil y tan de a poco que no la asimilé en su total dimensión. Natalia me dio un poco de grima aquella tarde. Estaba más pálida y tenía el semblante como más sombrío. Le dije que parecía que había salido de una cárcel. Ella no se rió aún cuando sé que un comentario así le hubiese hecho estallar la carcajada meses atrás. Yo pedí rollitos. Ella pidió un vaso de agua. Yo le dije que no jodiera. Le dije que pidiera algo de verdad. Le dije que yo se lo pagaba. Ella me dijo que ya no comía grasas. Me dijo que ya no tomaba nada que no fuera agua. Yo la dejé ser. La reunión con Natalia en el restaurante de los chinos fue un desperdicio. La conversación era con pinzas. Muy incómoda. Natalia se bebió sólo un dedo de su vaso de agua. Aunque rescato que los rollitos que me comí estaban bastante buenos.

Natalia pasó uno o dos años siendo un tema de conversación casi perenne en las reuniones que hacíamos en Caracas. Hasta las mamás de algunos amigos conocían su historia. Todos echaban su propio comentario sobre ella. Todos compartían alguna vivencia con Natalia y comparaban cuándo había sido la última vez que la habían visto. Natalia se había convertido en una especie de leyenda urbana. La chama que se había vuelto loca. O que la habían vuelto loca.

La última vez que vi a Natalia fue cerca de la Plaza Altamira. Caracas estaba en la mega mierda y ya yo tenía mi pasaje para largarme de esa selva inhóspita e irme a trabajar y progresar en un país de verdad. Natalia estaba cruzando la calle y yo la llamé desde el carro. Estaba bastante flaca. Más flaca que de costumbre. Se acercó a mi ventana y me saludó. Sentía que me hablaba en código. Había adquirido cierto tic en el parpadeo que me llamó la atención y me ponía nervioso. Me dijo que pronto se iría de misión. Aunque nunca me dijo a dónde. No me importaba tampoco.

En casa de Juan Pablo me dieron la noticia. Recuerdo que estábamos comiendo Doritos y jugando Smash. A alguien le había llegado un Whatsapp que no se sabía por entonces si era verdadero. A Natalia la habían encontrado muerta en el apartamento de ese chamo raro. Él estaba muerto también. No había violencia en los cuerpos de la escena. Sólo un gran desorden de cosas tiradas que acaparó casi la totalidad de las conversaciones de aquel día.

Páginas amarillistas y mediocres como La Patilla y DolarToday comenzaron a regar la noticia con letras mayúsculas y amagos de clickbait. Otras páginas más serias relataban la noticia sin dar muchos detalles. No había muchos realmente. El Nacional fue el que más indagó. Pero no pudo dar con mucho. La imagen de los artículos siempre era la misma. Los cuerpos muertos con la censura que los hacía borrosos. Alguna foto sin censura se filtró por Twitter. La gente es morbosa. Pero yo no la quise ver.

Se han manejado muchas hipótesis en relación a lo que le pasó a Natalia. Se sabe que fue un suicidio acordado. Aunque no se sabe por qué. Yo he escuchado a mucha gente decir sus versiones (algunas más descabelladas y verosímiles que otras). Y la que más me convenció fue la que decía que el chamo raro había convencido a Natalia de que ella era una especie de ser que no era de este mundo. Que era quizás princesa o quizás reina de algún planeta lejano que había sido secuestrada aquí en la tierra (con la mala suerte de caer en un basurero como Venezuela). Se dice que supuestamente él la convenció de regresar a su planeta mediante la muerte. Pero que no era tan sencillo. Que no era matarse y ya. Que el cuerpo tenía que estar preparado sin azúcares y sin grasas para poder hacer un viaje rápido y cómodo. Que él la acompañaría y por eso se había matado también en ese entuerto idiota digno de un poema embriagado de Byron.

Y yo me siento un poco estúpido al contar así como así la que me parece la hipótesis más creíble de lo que le pasó a Natalia. No sé si Natalia sería capaz de dejarse convencer de hacer una cosa así. Pero se han visto cosas más raras. De todas formas ésa será una historia que se diluirá entre otras más horribles. Caracas haría las delicias de Agatha Christie. Y todo será siendo igual. La policía seguirá siendo una mierda.

 

T.M.

 

Reseñas cantáridas: “Quo vadis?”, de Henryk Sienkiewicz

Henryk Sienkiewicz escribió “Quo vadis?”, quizás no su obra maestra, mas su novela más famosa, en 1896. Nueve años después, recibía el premio Nobel de literatura. Sienkiewicz siempre tuvo a Polonia, su país natal, como una de las perpetuas y grandes protagonistas de sus historias. Y no era para menos. El gran tema de Sienkiewicz, a lo largo de su vida, fue la opresión y represión a Polonia, sometida (y casi desaparecida) en gran parte de su historia bajo el yugo de naciones extranjeras más poderosas. Al momento de escribir “Quo Vadis?”, Sienkiewicz contaba con 50 años.

“Quo vadis?”, sin duda, es un título atrayente. Valdría la pena saber si éste de popularizó aún más cuando la novela fue llevada al cine, con inmenso éxito, en el año 1951 de la mano del director de cine Mervyn LeRoy y un elenco de primer nivel, en el que destacó el actor Peter Ustinov por su interpretación de Nerón. Pero “Quo vadis?”, como bien se sabe, nace de una anécdota extraída de un evangelio apócrifo. La historia cuenta (este episodio se representa en la novela) el supuesto encuentro entre el apóstol Pedro y Cristo, en donde el primero le pregunta al segundo: “Quo vadis, Domine?”, (¿A dónde vas, señor?) en las cercanías de Roma.

No cabe duda de que “Quo vadis?” es una novela que, si bien no es particularmente intricada, tiene una complejidad de respeto. Abarca muchos temas, englobados en un momento histórico muy explícito. Este momento es el gobierno de Nerón como emperador del imperio romano. Con esta excusa, el autor nos presenta puntos de vista con respecto a la amistad, el valor, el amor, la muerte, el destino, la fe, la historia y hasta el estilismo. Es en ese sentido en donde destaca la complejidad de Sienkiewicz, habituado a historias largas, a epopeyas que se desenvuelven en momentos históricos muy señalados.

Otro punto en donde se puede apreciar la complejidad del texto es en la evolución de sus personajes. Los personajes de “Quo vadis?”, cuando los contemplamos a fondo, están muy bien trazados. Los personajes, a medida que avanza la trama, casi sin excepción, se salen de su zona de confort debido a las circunstancias que atraviesan. Es, precisamente, esta salida de la zona de confort, de lo conocido y lo agradable, lo que se convierte en el conflicto generalizado de la historia. También es necesario decir que Sienkiewicz hace una mezcolanza magistral entre personajes reales históricos y personajes totalmente ficticios.

De muchos personajes que encontramos, sin duda el principal es Marco Vinicio. Marco Vinicio, un acomodado patricio romano, es el que experimenta, por amor, un viaje que, muchas veces, pondrá en peligro, más que su prestigio, su propia vida. Este amor se capitaliza en Ligia, su bienamada. Ligia, si bien es otro de los personajes protagonistas, representa más una idealización de la paz y de los sentimientos puros y nobles que hace Sienkiewicz.

Chilón Chilonides, personaje absolutamente ficticio, es otro de los grandes manjares de nuestra historia. Es un personaje único, de ésos que dejan huella en el lector no sólo por su ingenio y su simpatía, sino por su evolución. Todos nos podemos identificar con Chilón en algún momento. Es un personaje rastrero, interesado, débil. Pero su encanto reside en sus diálogos, en su actitud tan miserable que causa gracia. Gracia que se va obscureciendo progresivamente.

Otro personaje elemental, y que da pie a muchos análisis, es Nerón. Nerón podría decirse que es una especie de Chilón Chilonides. La única diferencia es que Nerón posee poder, un poder casi infinito otorgado por el hecho de ser emperador de Roma. Sin embargo, por sus intervenciones, por sus acciones, por su actitud, Nerón, allende a su aura monstruosa (que es la que, en cierto modo, desencadena todas las tragedias y dificultades por las que pasan los personajes) es un pobre diablo que hasta puede llegar a inspirar lástima.

Por último, un análisis literario sobre “Quo vadis?” estaría incompleto sin mencionar al que fue mi personaje favorito. Petronio. Petronio, personaje histórico un poco caricaturizado en la novela, es uno de los grandes consejeros de Nerón. La gracia de Petronio reside en su total indiferencia con respecto a todo lo que no sea la belleza o la gracia. Petronio es el más inteligente y orgulloso, por lejos. A Petronio ni siquiera le preocupa la muerte o la amenaza. Sin embargo, es, irónicamente, una torpeza de Petronio la que desencadena, junto a Nerón, los hechos trágicos de la novela. Y es allí donde se hace conmovedor el camino que traza Petronio para enmendar su error.

La narración en “Quo vadis?” tiene sus pros y sus contras. El narrador, siempre en tercera persona, tiene el poder de penetrar en los pensamientos de los personajes. Llama la atención que los personajes, sin excepción, tienen largos diálogos. Podría decirse que la novela tiene tantos diálogos como párrafos narrados, quizás por eso el éxito fiel de la adaptación en cine. Un punto negativo al narrador podría ser que, algunas veces, quizás sin intención, pretende aleccionar. Esto, a mi punto de vista, es invasivo para el lector.

También se podría destacar de “Quo vadis?” el hecho de que funcionaría perfectamente como un glosario para entender la época romana. Al principio la lectura puede hacerse un poco dificultosa debido al hecho de que existen decenas y decenas de términos con los que un lector contemporáneo no esté familiarizado. Si no se cuenta con notas al margen, o un buscador, se podrían diluir términos importantes.

No existe duda, y muchos analistas confirman esto, el hecho de que, a pesar de su profunda investigación y la construcción exquisita de los personajes, “Quo vadis?” no es más que una gran alegoría de la represión sufrida por Polonia en puntos determinados de su historia. Es que Sienkiewicz, incluso sin mencionar a Polonia en ninguna de sus líneas, la tiene presente en sus historias.

 

Tomás Marín

“En este barrio no se aceptan cobardes”

En la Monteávila teníamos un profesor que daba una materia burda de nula. Se llamaba Isaías. No era el mejor profesor del mundo, pero sentía amor por enseñar, y eso es contagioso. Lo otro que me gustaba era que hacía que nosotros, los alumnos, pateáramos calle. Nos mandaba trabajos que implicaban ir a lugares que estaban alejados de nuestra zona de confort. Lugares que nos hacían conocer la Caracas de verdad.

Me daba mucha risa ver a muchos de mis compañeros arrugar la cara. Los trabajos de Isaías daban miedo a algunos. Pero Isaías tenía razón en algo. Era inconcebible que un comunicador social se limitara a conocer sólo el sector cómodo de Caracas. Algunas chamas, con acentos mandibuleados, reclamaban, se negaban. Decían que era peligroso. Y, realmente, lo era. Pero Isaías jamás daba su brazo a torcer.

A mí me tocó ir a la Bombilla. Es paja. En realidad, yo decidí ir voluntariamente a la Bombilla. Ya yo había ido a la Bombilla en alguna ocasión. Tenía amigos que iban a hacer labor social, y yo los acompañaba. Sentía, por eso mismo, que ellos podrían ayudarme a elaborar un buen trabajo, un trabajo que, además de impresionar al poco impresionable Isaías, fuera un trabajo de Comunicación Social de altura.

Isaías me felicitó cuando yo le dije que iba a ir a la Bombilla. De hecho, me citó como un ejemplo frente al resto del salón. Era el día de presentar las propuestas, y la mía era la mas arriesgada. Pero dijo que no era prudente que yo fuera solo (y razón tenía). Dijo que algún voluntario debía ir conmigo. Preguntó, con su voz de profesor joven y sobreexcitado, quién quería ir conmigo. Nadie levantó la mano.

Había caras de susto por doquier. Sin embargo, después de pocos segundos, Isaías aumentó el premio al voluntariado. Prometió que quien fuera conmigo tendría dos puntos extras en la nota definitiva del trimestre (sí. La Monteávila evalúa por trimestres, como los colegios). Esa oferta resultó lo suficientemente tentadora para que un par de compañeros levantaran la mano. El elegido fue Kristhian.

Kristhian era pana, era burda de pana. Había estudiado en Los Arcos y siempre vestía con una especie de chaqueta de cuero, al estilo de los rockeros de la vieja escuela. Él, a pesar de que era de plata, no le tenía miedo a Caracas ni a la calle. De hecho, yo me entretenía burda escuchando sus relatos acerca de los toques que había hecho en los antros más antros y en las ratoneras más undergrounds de toda Caracas.

Habíamos quedado en ir a La Bombilla un sábado. Ninguno quiso llevar el carro. Pero lo más recomendable era no ir en transporte público. Lo echamos a la suerte. Echamos un partido de FIFA. El que perdiera debía llevar su carro hasta la Bombilla. Encendimos la Playstation que había en la casa de Kristhian. Era brutal jugar allá. La Playstation estaba en una especie de pasillo que daba al aire libre, a un jardín precioso que tenía la casa y a una vista espectacular de Terrazas del Club Hípico y Prados del Este.

Gané en penales. El partido estuvo reñido. Pensé que Kristhian reclamaría, pero no reclamó. Cumplió su palabra. El sábado siguiente iríamos a La Bombilla en su carro. Por cierto. A fin de cuentas no he dicho en qué consistía el trabajo que nos había mandado Isaías. Había que reseñar una actividad cotidiana que se hiciera en una zona “x” o “y” de Caracas. Parecía tan fácil. Pero no lo era.

La Bombilla queda burda de arriba. “Más allá que más nunca”, como decía mi papá, citando a Gallegos. Algo, cuando íbamos subiendo, me hizo preguntarme acerca de qué coño de la madre estaba buscando yo en un lugar como La Bombilla. Mucha de la gente se nos quedaba viendo. Es cierto que el carro de Kristhian no era el más lujoso, pero relucía en comparación con las motos y con las cafeteras que había en la Bombilla.

A Kristhian y a mí nos faltó un poco de organización. Nosotros no habíamos llamado previamente a nadie. De hecho, yo ni siquiera me había comunicado con mis amigos para decirles que íbamos a ir. De hecho, hacía tiempo que ni sabía si mis amigos aún hacían labor social en la Bombilla. Nos aparecimos como un par de fantasmas en el corazón de la barriada, y dijimos que queríamos hacer un trabajo.

Yo me sentía algo nervioso. Nunca le tuve miedo a Caracas, pero tampoco era un chamo como para estar metido en un lugar como La Bombilla. De hecho, siempre pensaba que yo era como demasiado sifrino para los pobres, y demasiado pobre para los sifrinos. Pero ése no es el caso. El caso es que, aparte de la mirada hostil de muchas personas, nos atendió un señor, como de cuarenta años, que se llamaba, nunca lo voy a olvidar, Ramón.

Yo nunca supe el papel exacto que desempeñaba Ramón en La Bombilla. Era una especie de líder comunitario, aunque nunca supe si por elección popular o por carisma solamente. La gente casi que le rendía pleitesía y lo saludaban a su paso. Como Kristhian y yo estábamos caminando al lado de él, la gente nos saludaba también. Yo me sentí seguro. Kristhian supongo que también, aunque me miraba con cara de “Marico, dónde coño me metiste”.

Ramón tenía una chemise verde medio desteñida y una lipa cervecera. Nos invitó a un par de Polares. A mí no me gusta la cerveza, pero trataba de no hacer muecas cada vez que me echaba un trago. Nosotros le explicamos a Ramón el trabajo. Le dijimos que teníamos que documentar alguna tradición de algún sector “x” de Caracas. Ramón nos miró con cierto interés y dijo que en la Bombilla no se hacía mucho realmente.

Pero nos dijo que, en los ranchos más bajos de La Bombilla, se hacía una competencia particular y curiosa. Yo, que al fin y al cabo era (y soy) un chamo bastante ingenuo, pensaba que se trataba de algún tipo de deporte, o algo. Supongo que Kristhian pensaba lo mismo. Y, en cierto modo, lo era. Eran las competencias de puñaladas. Tan surrealista como suena. Y tan alejado de la ley. Ramón nos preguntó si queríamos ir. Yo miré a Kristhian. Kristhian me miró a mí. Yo no sé cómo Ramón nos terminó convenciendo de ir.

Yo estaba cagadísimo. Y Kristhian ni se diga. No nos daba miedo nuestra propia seguridad. Ramón nos había prometido protección. Y su autoridad y su carisma hablaban por él. Nuestro miedo era un poco acerca de lo que podíamos presenciar, del saber qué tan literal podía ser una competencia de puñaladas. Bajamos hacia una especie de callejón ancho que parecía estar un poco escondido, y, en cierto modo, lo estaba.

Y vaya si fue literal lo de la competencia de puñaladas. Habría unos cien espectadores. Muchos de ellos saludaron a Ramón y no podían disimular su cara de extrañeza al ver a dos chamos como nosotros en un sitio y en unas circunstancias como aquéllas. En medio del círculo que formaba la gente había un piso de tierra que, suponíamos (y, efectivamente), era la arena, el campo de batalla o de competencia.

Aquel día sólo habría dos competidores. La gente lo decía con cierto lamento. Yo, en cierto modo, me sentía un poco más tranquilo con eso. No pretendía estar todo mi día viendo un campeonato de puñaladas en un barrio de Caracas. Yo pensaba que actuaría un poco como las películas de terror. Si alguna escena me parecía particularmente asquerosa, repulsiva o violenta, yo, sencillamente, me cubriría los ojos y me limitaría a escuchar.

Salieron los dos competidores. Uno de ellos era un chamo flaco, flaco, muy flaco, como de unos diecisiete años. Tenía el pelo corto y tenía una camiseta medio vieja de los Astros de Houston. No llegué a escuchar bien su nombre a razón del jolgorio y de los vítores que recibió de parte de la gente, que gritaba como si no hubiese mañana. Ramón aplaudía de forma sobria, como si fuese una gran autoridad. Yo no sabía si aplaudir por educación o sólo ver. Estaba prohibido, por las mismas reglas de ellos, grabar videos o tomar fotos. No es que no confiaran en nosotros. Pero el material podía subirse a la red y eso podía llamar la atención de la policía, supuestamente. Me dieron ganas de reírme. Qué coño iba a hacer la policía en un lugar como La Bombilla. Decidí aplaudir, aunque sin llamar mucho la atención.

El otro competidor, el contrincante del flaco con la camiseta de los Astros de Houston, era uno que se veía un poco más robusto y maduro, quizás hasta un poco cuarentón. Tenía cicatrices horribles por el brazo, y hasta una en la cara. Eso me hizo intuir que él era un poco más experimentado que su rival. Lo aplaudieron también con mucho júbilo, como a una celebridad que, bajando del pedestal, había llegado a La Bombilla.

Me sorprendió que invitaron (aunque sospecho que había sido acordado previamente, a razón de su liderazgo) a Ramón a ser árbitro. Aunque es un eufemismo. No haría falta realmente un árbitro. La pelea era hasta que uno de los dos se rindiese o hasta que uno de los dos muriese. En la Bombilla no se andan con huevonadas. Lo que hizo ramón fue agarrar una especie de cuerda delgada y amarrar las muñecas de los dos competidores, la una a la otra. La idea era que ninguno de los dos saliera corriendo. No se podía. Estaba prohibido. Uno de los espectadores, con voz niche, dijo que en ese barrio no se admitían cobardes. ¿Cómo no creerle?

Hubo un círculo vicioso entre los gritos, los sonidos indescifrables y los primeros gestos de los competidores. Yo sentí un vacío en el estómago. Jamás había pensado ver algo así en vivo. La muchedumbre se emocionaba más y más. La gente gritaba cosas como “Mátalo”, “Dale”, y otras por el estilo. Pensé en grabar algo, pero sabía que me iría peor. No quería ganarme el pulgar abajo de Ramón.

Pensé que alguien intervendría, que alguien se acercaría al lugar y diría que bastaba, que, con la primera sangre, ya todo estaba resuelto y decidido. Pero nada. La sangre que los oponentes se sacaban entre sí lo que hacía era exacerbar más a la gente. Aún no había ningún corte realmente profundo, sólo laceraciones en las piernas y en los brazos hechas de una manera veloz, vertiginosa, casi imperceptible. Sólo habían pasado un par de minutos.

Yo sabía, y todos lo sabíamos, que todo podía terminar en cualquier momento. Los mismos competidores lo sabían. Estaban concentrados el uno en el otro. Se miraban a los ojos, a los brazos, a las piernas. Cualquier descuido significaba la vida en un momento como ése. Y fue un descuido el que hizo el novato, novato al final. La puñalada le abrió el estómago. Convulsionó en el suelo sin poder desamarrarse del otro, que lo remataba con estocadas ciegas. Se quedó quieto.

Los niños se peleaban por ver quién retiraba el cuerpo. No sé a dónde llevaron al perdedor. No era de mi incumbencia. Al ganador, herido y algo ensangrentado, lo alzaron en hombros, como a un héroe. Eso es lo que hacían para entretenerse en un lugar como La Bombilla. Kristhian y yo bajamos a Caracas, a nuestra Caracas de algo de confort, un poco en shock. Necesitamos de varios minutos para asimilar todo, para poner las ideas en orden, para terminar de hiperventilar.

Es cierto que Ramón había sido amable con nosotros. Nos pidió que, por seguridad, no reveláramos su nombre verdadero. Fuimos a casa de Kristhian. Aún era de día. Trabajaríamos en el pasillo que estaba frente al jardín de su casa y a las vistas bonitas. Él sacó su laptop. Yo le dictaba. Él escribía. O se suponía que escribía. No sabíamos ni cómo empezar. No sabíamos ni qué título colocar. ¿Por qué no habríamos tomado, al menos, una foto de cualquier lugar? Me dio mucha rabia. ¿Cómo contar una historia así, de la que habíamos sido testigos oculares, y que nos creyeran? Nos tragamos la rabia. Decidimos escribir sobre otra cosa.

 

T.M.