Las oportunidades perdidas

He pasado gran parte de mi vida preguntándome por qué existe tanto terror en torno a la muerte. Muchas veces, en mi entorno cercano, la muerte se convirtió en un tabú, en un tema del que no se podía hablar. Tengo muchos familiares y conozco a muchos familiares de amigos que, cuando yo traía a colación, en alguna cena de Navidad o de año nuevo, o en algún cumpleaños, el tema de la muerte, inmediatamente me censuraban. “De eso no se habla, Helena”, me decían no sin antes verse entre ellos, como si yo hubiese tocado algún cable prohibido para ellos, como si hubiese activado una alarma. Yo me quedaba un poco callada. No tenía más ganas de hablar. Me cohibía. Permanecía en silencio desde entonces, comiendo mi pedazo de torta con gelatina (sobre un plato de cartón con un dibujo pirata de los Power Rangers) si era el caso de una fiesta o sacándole las pasas y las aceitunas a mi hallaca si era el caso de una cena o de una reunión decembrina.

Pero en Caracas, inevitablemente, nos vimos obligados a hablar de la muerte. La muerte llegó a nosotros en cantidades industriales, como diría mi papá. Mucha gente que veías un día, te enterabas, por boca siempre de un conocido común, de que había muerto. Aún así, la muerte era un tema tabú. “No hables de eso, Helena, por favor. Sabes que no me gusta”, me decía mi mamá cuando yo ya tenía una edad suficiente como para expresar opiniones maduras. Cuando ya yo no comía en los platos de Power Rangers y le había agarrado el gusto a las aceitunas y a las pasas de las hallacas. Mi mamá se ponía roja, a ella le daba pena con los invitados.

Siempre me pareció un poco tonto el no poder hablar abiertamente acerca de la muerte con mi familia. Más que tonto, me parecía algo decepcionante. No voy a mentir y a decir que yo nunca le he tenido miedo a la muerte, porque la muerte me aterra, un poco como a todos. Pero siento que me aterraría menos si no fuese un tema tan tabú. Creo que esa censura que siempre sucedía a mis ganas de hablar de la muerte me provocaron una especie de repelencia, de miedo conductista al chispazo de obediencia que alguien arrojaba hacia mí cuando yo quería hablar de la muerte, como si fuese un collar eléctrico puesto a un perro con el fin de enseñarle a hacer (o a dejar de hacer) algo. “Eso no se toca, Helena”. “Helena. No”. “Helena. Mala”.

Creo que con la primera persona que pude hablar abiertamente acerca de la muerte era Víctor. Víctor era un amigo del colegio. Era una persona fascinante, aunque no era muy avispado. Él siempre disfrutaba hablar de ese tipo de temas, aunque muchas veces no los entendía bien. Lo mismo me sucedía a mí. Estaríamos como en séptimo grado. Cuando estás en séptimo grado, sientes que sabes acerca de todo pero, en verdad, no sabes una mierda. Pero era muy agradable sentarnos, junto a una bolsa de Ruffles y una Coca-Cola, a hablar de lo que nosotros creíamos que era filosofía. Cuando estudié filosofía, muchos años después, caí en cuenta de la infinita insignificancia semántica de nuestras conversaciones, pero qué buenas conversaciones, de pana.

Me gustaba mucho ir a casa de Víctor. Víctor tenía una casa medio vieja en Los Cortijos. Era una de esas casas que están forradas con armarios de madera obscura que están repletos de libros polvorientos. Esa casa me encantaba. La iluminación amarilla hacía que los libros se viesen aún más arrechos. Había un poco de todo. Desde las “Cartas Persas” hasta grandes libros con espectaculares fotografías acerca del cine dadaísta. Fueron tantas cosas las que aprendí en esa casa, que el cariño que siempre le he tenido a Víctor siempre está acompañado de una especie de agradecimiento por haberme abierto a ese mundo.

La familia de Víctor era un tanto disfuncional. Estaban todos locos, pero eran locos de pinga. Me incomodaba un poco que, a veces, algunos de los familiares de Víctor pensaban que Víctor y yo teníamos algo. Yo no sé si en casa de Víctor vivían mil personas o siempre se reunían ahí casualmente cuando yo iba a visitar. Aunque llegó un momento en el que iba, prácticamente, todos los viernes, sin falta, a casa de Víctor. Al principio siempre pedía permiso o esperaba una invitación, directa o indirecta, proveniente de él. Luego tocaba el timbre y me abrían, aunque Víctor no estuviese (Todo esto cuando, naturalmente, no iba con él directamente desde el colegio). Por último, una vez el papá de Víctor me dijo: “Toma. Para que dejes de ladillar, Helena. Que me vas a dañar el timbre”. Y me dio una copia de las llaves de la casa. Aunque lo que me dijo, naturalmente, fue sin malicia, fue para hacerme reír, cosa que yo, efectivamente, hice.

Una vez hice una lista (que nunca le llegué a mostrar a Víctor) con los nombres de sus familiares. Era siete nombres, que ya yo conocía bien. Estaban ordenados en una especie de ranking en el que el primero era al que yo consideraba el más chiflado, y el último el más cuerdo, el más normal. Víctor no hacía parte de la lista. Él, a pesar de que era un extraño, un poco al igual que yo, en comparación al resto de la gente de nuestro colegio, era un chamo que tenía la cabeza bien amueblada y que no tenía arranques de ningún tipo.

La lista la encabezaba Manuel, su tío Manuel. La verdad es que su tío Manuel era una persona muy simpática y encantadora, no digo que no. También era atento y hasta un poco carismático. De hecho, ni siquiera sabría si considerarlo un loco. El cambio que Manuel experimentaba no venía de su cabeza propiamente, sino de los cambios que ésta sufría bajo los efectos del alcohol. Manuel bebía mucho. Es cierto que la familia de Víctor bebía muchísimo, pero Manuel se pasaba. De hecho, me daba mucha risa ver, algunas noches, a la mamá de Víctor, la hermana de Manuel, diciéndole, totalmente borracha, a Manuel: “Coño, Manu. Deja ya. Has bebido demasiado”.

Pero lo cierto es que era muy de pinga emborracharse en la casa de Víctor. Yo nunca fui una persona particularmente aficionada a la bebida, pero si algo aprendí a beber fue por haber ido tantas veces a casa de Víctor. Cuando ya todos estaban entonados, sobre todos los adultos (al fin y al cabo, Víctor y yo teníamos, para cuando comenzamos a beber, unos 16 ó 17 años) se ponían a hablar sobre cosas brutales, sobre esas cosas que, de pana y aunque suene marico, te llegan al corazón.

En casa de Víctor había un telescopio gigante. Recuerdo que, una vez, y esa vez creo que fue la que más me marcó, una tía de Víctor, naturalmente bebida, me llamó para ir junto a ella. Ella estaba al lado del telescopio. “Helena. Tú has sido una amiga de esta familia por varios años. Marica. Eres de esta familia”, me dijo. Me encantaba, aparte de esto que me estaba diciendo y que refiero en este texto, escucharla hablar. Tenía un timbre de voz grueso pero que era encantador, seductor, como si fuese una cantante de Bossa Nova recitando alguna especie de poesía. Además, su voz quedaba espectacular junto a la música experimental que siempre sonaba en las cornetas de la casa. Eran unas cornetas grandes que hacían vibrar un poco las paredes. No porque sonaran tan duro, sino porque todo en casa de Víctor parecía estar a punto de caerse.

El hecho es que aquella tía de Víctor me hizo mirar por el telescopio, que dominaba perfectamente, una especie de lucero rojo del que nunca me dijo el nombre real. Yo me quedé como embobada. Creo que el efecto del alcohol hacía que el lucero rojo se viera todavía más arrecho. Yo no sé por qué el cielo de Los Cortijos, a pesar de que es uno de los peores de Caracas, era tan indulgente con ese telescopio. A veces los astros en ese telescopio (que, en su defensa, era realmente grande) parecían falsos, parecían una proyección de cine. Cuando le pregunté a la tía cómo se llamaba aquella cosa roja que brillaba, me dijo que esa sería la estrella Helena. Yo me puse a llorar. No me puse a llorar ni de tristeza ni de felicidad. Me puse a llorar porque el gesto, estando yo tomada, me pareció espectacular. Creo que ha sido la vez en la que me he sentido más querida en toda mi vida. Sentí, al menos en ese instante, que mi familia de sangre era secundaria, que yo realmente pertenecía a esa casa de locos, de chiflados que veían estrellas mientras tomaban whisky y escuchaban música experimental. “Qué de pinga es tenerte en mi vida, marico. Qué de pinga es haberte conocido”, le dije a Víctor, aún cuando yo tenía restos de las lágrimas en mis ojos. Y le di un beso largo en la boca. Pero no un beso de movimiento de bocas, sino como un piquito largo que fue celebrado por toda la familia.

Creo que el único tema sobre el que no me gustaba hablar con ellos era uno que siempre traía a colación Manuel. Era el tema de las oportunidades perdidas. Manuel sólo lo tocaba cundo ya estaba muy, muy tomado y se había sentado en el sofá rojo tan grande que había a uno de los lados de la sala. Se sabía con antelación cuando Manuel iba a tocar ese tema. Todo en su expresión cambiaba. Sus ojos se tornaban como más sombríos. Su gesto se hacía más duro y helado. Con una mano sostenía un vaso con whisky y en la otra agitaba sus dedos una y otra vez. Siempre era el mismo gesto, el mismo prólogo.

Pero no me gustaba dejar a Manuel solo. No porque fuese a hacer algo malo o peligroso, sino porque me daba paja verlo sentado como en un estado de trance triste mientras el resto de la reunión estaba contenta bailando o viendo estrellas o tomando o hablando sobre la última novela de Barrera Tyzska. Y yo me acercaba a donde estaba Manuel, que empezaba a hablar incoherencias con cierto sentido antes de caer en el tema que mejor dominaba en la vida. El tema de las oportunidades perdidas.

Y no era la primera vez que él me hablaba de eso. De hecho, la misma tía que me enseñó la “estrella Helena” ya me había advertido de que, cuando Manuel alguna vez me hablara del tema de las oportunidades perdidas, yo le siguiera la corriente. No seguirle la corriente como a los locos agresivos, sino como a los locos melancólicos. Yo pude haber sido peor. Yo podía dejarlo solo en su sofá rojo. Pero todos en la familia habían hecho el ejercicio e ignorarlo. Supongo que ya estaban hartos del sempiterno discurso de las oportunidades perdidas.

Y con respecto a mí, aunque no me gustaba hablar de ello, siempre encontraba algo nuevo en el discurso que siempre tocaba el mismo tema, el de las oportunidades perdidas, que siempre, aunque contase en teoría lo mismo, tenía alguna novedad. No alguna novedad en la historia o en el discurso, sino en la manera de decirlo, así fuese un ligero parpadeo que confería a todo un aire de estreno de cine. Manuel emitía una gran exhalación y sus ojos se humedecían. Comenzaba a hablar de los tiempos en los que él estudiaba en la Escuela Superior Venezolana de Astronomía (Escuela que nunca existió y que ya, al menos para mí, era prueba suficiente de que todo era una especie de mentira bondadosa, para hacer conversación).

Yo me sentía un poco como una niña que finge sorprenderse ante un cuento que su abuelo ya le ha echado muchas veces. Al fin y al cabo, el telescopio por el que yo había visto a la estrella Helena pertenecía a Manuel. Él decía que había sido un alumno destacadísimo de la fulana escuela de astronomía, pero que había perdido la oportunidad de ser un nuevo Armstrong o un nuevo Gagarin por culpa de una tal Alicia, una muchacha rubia que había conocido alguna vez, según él, desnuda mientras se bañaba en una playa de Macuto. “Cuando Macuto era bonita”, me decía.

Y él, por Alicia, de quien nunca me mostró ni una foto, ni una carta, ni un zarcillo, había dejado todo y se había dedicado sólo a ella. Y a ella, supuestamente, se la había llevado la muerte, esa misma muerte sobre la que yo siempre quería hablar pero nunca me dejaban. Yo no le hacía preguntas a Manuel. Yo sólo me limitaba a escuchar y a asentir. Pero si había algo que realmente yo atesoraba en su discurso, era el gran consejo que siempre me decía antes de levantarse del sillón, de pasarse de nuevo el suiche de la alegría y de reincorporarse a la fiesta: “El amor es un agujero negro, Helena, como esos que hay en el espacio, que se tragan todo. No te enamores nunca. Sólo enamórate de lo que quieres hacer en la vida. Si no, vas a terminar borracha, molestando a las amigas de tu sobrino”, me decía mientras se levantaba y se frustraba al ver su vaso ya vacío, sólo con hielos a medio chupar. “Te lo prometo, Manuel. Nunca me voy a enamorar”, le respondía yo, dándole un pequeño beso en la frente, que él me agradecía con una triste sonrisa.

Helena Eco.

 

 

 

 

 

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Langosta.

Hace poco me enteré de que en no sé cuál país se prohibió arrojar a las langostas vivas a las ollas de agua hirviendo. Supongo que ahora quieren que matemos las langostas a cosquillas. Cuando era pequeña, mi tío, quien siempre tuvo esa especie de comportamiento sibarita que podía tener la gente en la Caracas que no estaba tan jodida, a veces compraba langostas que, para cocinarlas como era debido, arrojaba vivas a una gran olla (Como de la mitad de mi tamaño, para ese momento. Yo tendría unos 7 u 8 años) que contenía agua hirviendo.

Yo me montaba sobre un banquito para poder ver el espectáculo. No podía acercarme como me hubiese gustado acercarme porque mi tío me pedía que me alejara. Me decía que podía salpicarme agua hirviendo y hacerme quemaduras. Yo me colocaba como a un par de metros de la olla y sonreía cuando una especie de electricidad me recorría por todo el cuerpo cuando escuchaba a la langosta gritar (Si es que se puede llamar grito al sonido que emiten las langostas cuando están sufriendo) de dolor.

Me emocionaba muchísimo cuando este grito, que se entremezclaba con los borbotones del agua que hervía de una manera feroz, se iba diluyendo hasta enmudecer. Me imaginaba a la langosta retorciéndose en medio de las burbujitas, buscando un escape a través del agujero superior de la olla, macabramente cubierto con una pesadísima tapa metálica que se iba empañando con el poco vapor que se escapaba a través de alguna ranura y que comenzaba a oler a langosta hervida y a especias.

Antes de ese espectáculo, que era mi espectáculo favorito cuando era niña, a la langosta la tenían moviéndose dentro de una especie de ponchera plástica que era la misma en la que yo, cuando aún era más niña de lo que era en ese momento, solía bañarme con jabón Moncler, que era una barra de jabón gigante de la Cuarta República, y con champú para niños. Yo le tenía una arrechera increíble a la langosta, que me parecía asquerosa con su caparazón, con sus antenas, con sus tenazas. Sentía que era una especie de demonio que ocupaba mi ponchera, en la que, de niña, pasaba momentos tan felices a la hora del baño.

Cuando la langosta estaba servida, yo no la tocaba. Me daba asco su sabor. Me daba asco la textura blanca que había dentro de su cuerpo rojo (Y más rojo luego de ser hervida). No podía comprender cómo los adultos se mataban por comer una cosa que a mí me daba náuseas. Y aunque me daba grima el crujido que hacía el cuerpo de la langosta cuando las gruesas manos de mi tío la partían en dos, o en tres, me encantaba que, luego de muerta, su sufrimiento siguiera, que la despedazasen, ya luego del suplicio de haberla arrojado viva a la gran olla de agua hirviendo, por ocupar mi lugar en aquella ponchera.

Cuando mi tío, los días en los que comíamos langosta, me decía para que lo acompañase al mercado de Quinta Crespo para ir a comprar la langosta que luego sería encerrada, torturada, asesinada, destrozada y devorada en nuestra casa, a mí me encantaba levantarme temprano, a pesar de que, para esa época, en un día normal, odiaba levantarme temprano. Me acomodaba el pelo como podía y me colocaba la primera ropa que encontrara a mano. Ir Quinta Crespo, para mí, era una auténtica fiesta.

Y sí. En algún momento, en el mercado de Quinta Crespo, la gente podía comprar langosta. Es cierto, no lo voy a negar, que Venezuela nunca fue próspera. No quiero que un extranjero que lea mis palabras piense que hasta la persona más pobre del barrio más pobre se levantaba algún día de semana y decía: “Hoy comemos langosta”. La langosta siempre fue un lujo, pero un lujo accesible para una familia de clase media alta y hasta, de vez en cuando, para una familia de clase media.

Yo parecía una niña en medio de un parque de diversiones. A pesar de que el mercado de Quinta Crespo es laberíntico y confuso debido a la cantidad casi incontable de personas que, durante los fines de semana, se daban cita allí, yo me sabía el camino de memoria hasta las peceras. En las peceras estaban las langostas, con las tenazas atadas por plásticos o por alambres. Mi tío siempre me daba un voto de confianza, y yo elegía la más grande. No la elegía porque era la que daría más comida para todos. La elegía porque sabía que, a mayor tamaño, mayores serían los gritos que pegaría la langosta cuando la arrojasen al agua hirviendo.

Ya cuando había crecido, cuando era adolescente y adulta, me gustaba, cuando no tenía nada que hacer, buscar, cuando había internet en Venezuela, algún video en Youtube en el que hirvieran a una langosta vida o, mejor aún, en el que la despedazaran viva para ver a sus partes, ya separadas entre sí, moverse con torpeza y lentitud. Es cierto que, cuando Venezuela se fue a la mierda, ya más nadie pudo comer langosta. De todas formas, si hoy tuviese la oportunidad de comerla, no la comería. Me sigue pareciendo asquerosa.

Helena Eco.

Ashley

La profesora hizo un silencio de varios segundos antes de decir el nombre de Ashley. Hasta su expresión cambió. Era como si de pronto le hubiese venido un recuerdo que no hubiese querido recordar. Creo que la profesora era la primera que no se lo podía creer. Ashley había sacado 05. No sé si la profesora lo hizo a propósito o lo hizo por torpeza, pero mostró la hoja del examen corregido de Ashley de una manera en la que todos pudimos ver el insólito 05 escrito en marcador rojo. Creo que a Ashley, así de buenas a primeras, no le molestó tanto el 05 como el que todas las miradas y toda la atención del salón se hubiesen dirigido tan súbita y abruptamente hacia ella.

La clase, que no se hallaba en momento de lección sino en esa especie como de receso que se forma cuando se reparten los exámenes, se detuvo por completo. Incluso algunos compañeros se levantaron de sus asientos. Algunos se acercaron al 05 que había sacado Ashley y que aún la profesora sostenía en su mano, como si se estuviesen acercando a una pieza de museo resguardada por un cordón de seguridad. Yo no me levanté, aunque sí me sorprendió un poco que una estudiante tan aplicada y tan estudiosa como Ashley sacara, de pronto, un 05.

Creo que fue uno de esos delegados pollos que van a dar noticias entre salón y salón que había visto todo mientras estaba escorado en el marco de la puerta. El hecho es que, de alguna manera, la noticia de que Ashley Narváez, la muchacha, junto conmigo, que sacaba las mejores notas de todo el salón y de todo el colegio, había sacado 05 en el examen de geografía económica. Incluso, y les juro que no les miento, desde donde yo estaba se podían escuchar los murmullos que hacían los otros salones cuando se enteraron de la noticia. Así de famosa era la cabeza de Ashley.

Luego de unos segundos, en los que había superado la vergüenza poniéndose un tanto roja y haciendo una sonrisa forzada, Ashley se levantó de su pupitre y tomó el examen. Ocultó la cara visible de su examen a todos, como si todos no la hubiesen visto ya. Ashley, al lado del escritorio de la profesora, le echó una ojeada a las dos hojas engrapadas que formaban su examen. Luego de una especie de meditación, que duró unos 20 segundos, Ashley se acercó a la profesora y solicitó revisión. La profesora hizo caso. Tomó las hojas del examen de Ashley y las revisó, no sin antes acomodarse los lentes. Los lentes que tenía la profesora, anciana y regordeta, eran uno de esos lentes de vieja decimonónica que tenían una cadenita. “Es cierto”, le dijo la profesora a Ashley mientras tachaba el 05 y escribía una la nueva nota. Ashley había sacado 04. Nuevo murmullo, más sonoro que el anterior.

Ashley se acercó a mí a la hora del recreo. Ella, a veces, en algunos recreos, me acompañaba a fumar. Pero ella no fumaba. Al menos, no al principio. El hecho es que todavía tenía su 04 en la mano. “No sé cómo se lo voy a decir a mis papás”, me dijo Ashley. “¿Para qué se los vas a decir? ¡Qué estupidez!”, le dije yo. Pero en parte comprendía lo que la preocupaba. Los papás de Ashley, tan ejemplares como su hija, eran de esos papás que pasaban casi en caravana cuando iban a llevarla o a buscarla al colegio. Cada uno tenía un carro arrechísimo. El papá tenía un Volkswagen del año y la mamá tenía un Mazda del año. Unas dos veces, cuando tuve la oportunidad de ir a la casa de Ashley, me quedé crispada. Había que pedir permiso hasta para levantarse de la mesa.

Ashley, a pesar de que era una chama súper aplicada, tenía amigos. Al principio buenos amigos, luego malos amigos. De hecho, estos buenos amigos, que aún le quedaban varios, se acercaron a ella a lo largo de aquel día, cuando a Ashley le entregaron su 04, y le dieron palabras de ánimo. Decían lugares comunes que son dichos a una persona talentosa cuando falla. Es que debo reiterar que, de pana, Ashley era realmente brillante. Era. El hecho es que estos amigos le daban a Ashley palmaditas en la espalda y le decían cosas como “Son cosas que pasan” (como si a Ashley se le hubiese muerto alguien), o “Al mejor cazador se le va la liebre”.

Pero lo cierto es que esas cosas que pasaban, siguieron pasando. Lo cierto es que a esa cazadora llamada Ashley Narváez no sólo se le fue esa liebre, sino que comenzaban a escapársele hasta las liebres más lentas. Al principio fue el 04 que ya he mencionado, el de geografía económica. Luego fue un 07 en matemáticas. Luego fue un 06 en historia de la cultura. Era realmente alarmante para quienes habíamos visto, durante muchos años, a una caraja que sólo sacaba diecinueves y veintes.

De hecho, el cambio de Ashley no sólo comenzó a verse en sus notas, en esos exámenes con notas mediocres que llegaban a sus manos, ante el asombro de los profesores, de los coordinadores y hasta de Argelia, la directora del colegio. Ashley, al menos cuando fue aplicada, era de esas chamas que levantaban la mano a la velocidad de la luz para intervenir. Era de esas chamas que no dejaban que los demás respondieran. Era de esas chamas que conocía y se sabía todas las respuestas del universo. Yo también sabía todas las idioteces que la profesora preguntaba, pero a mí, sinceramente, me daba ladilla ilustrar a los imbéciles de mis compañeros. El hecho es que Ashley, con el tiempo, fue dejando de intervenir. Ni siquiera le paraba bolas a cuando los alumnos y el profesor de turno volteaban a verla esperando que se supiese alguna respuesta que más nadie se sabía. Ella estaba o haciendo dibujos en la parte de atrás de su cuaderno o viendo cosas en el celular.

No menos impresionante fue la primera vez que a Ashley la sacaron de clases. Incluso, alguno de nuestros compañeros dijo: “Qué bolas. Ashley botada de clases. Ahora sí que se acaba el mundo”. Fue en una clase de historia de Venezuela. Estaban, como en el 75% de las clases de historia de Venezuela, hablando sobre el imbécil, subnormal y traidor de Bolívar, el que, injustamente, tiene el título de Libertador de Venezuela. Estaban hablando de la relación que tenía Bolívar con Manuela Sáenz. Manuela Sáenz era poco menos que una puta que estuvo con Bolívar durante un tiempo. El hecho es que Ashley lanzó un comentario que hizo reír a toda la clase. El comentario era algo así como que deberían hacer una porno sobre Bolívar y Manuela Sáenz. Me pareció cómico no sólo el comentario, sino que Ashley era el tipo de caraja que, antes, se indignaba cuando un comentario cómico interrumpía la clase. Por ese comentario, demás está decir, fue que se arrechó la profesora, una cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido, y la botó. De hecho, se decía que esa cincuentona intensa y divorciada con el pelo teñido era una cougar a la que le gustaba cazar carajitos. Pero de eso hablaremos otro día. O no. Quién sabe.

Había que ver la cara que tenía la mamá de Ashley cuando la citaron, junto a su esposo, por el comportamiento y el dramático descenso en notas que había tenido su hija. La mamá iba con actitud de luto y el papá con actitud de indignación. De verdad que los papás de Ashley, en su actitud, en su personalidad y hasta en su manera de vestir, parecían personajes sacados de una caricatura. De hecho, cuando la coordinadora de nuestro año los citó, podía verse, a través de la puerta transparente de la sala de profesores, a la mamá de Ashley haciendo gestos histriónicos. Parecía una de esas actrices mediocres de televisión venezolana mediocre.

Pero ni aún con los regaños, y quizás los golpes que le habían dado los papás de Ashley a Ashley, Ashley sentó cabeza. No fue una sino varias materias las que llevó a reparación. Parecía que a ella no le importaba nada. Ella había cambiado y quizás desempolvaría su brillantez para hacer magia en las reparaciones y salvar todo. Pero de pana era una especie de humillación que le hubiese quedado, casualmente, geografía económica. A pesar de todo, no era una materia difícil y hasta Marcos, Marquitos, el futbolista levantapesas y retrasado mental de la clase, había pasado geografía económica.

Ashley había comenzado a juntarse con gente rara fuera del colegio. En el colegio, seguía juntándose con los amigos de siempre, a pesar de que cada vez se veía más distante para con ellos. Ashley llevaba, dentro de su bulto, su propio monte para fumar con nosotros. A mí me incomodaba. Se notaba que era nueva en eso. Se notaba que era algo con lo que no se terminaba de sentir cómoda. Como si la Ashley polla y nerd que, en su interior, no terminaba de morir, le dijese: “Marica, qué coño haces”.

No es que tenga nada de malo fumar monte. No es que tenga nada de malo drogarse (Aunque con cabeza y sin mezclar, ¿eh?). A mí lo que me arrechaba era que ella pretendía ser cool haciendo eso. Fumar monte y drogarte no te hace mejor o peor que nadie. La idea es que lo disfrutes legítimamente. A veces , Ashley era tan inexperta que el porro se le deshacía al momento de encenderlo. Cuando los otros estaban flotando o estaban hablando entre ellos, Ashley me pedía, como si fuese una niña pequeña, que, por favor, le armara un buen porro. Yo no sé ni por qué yo accedía. Quizás, a veces, me cuesta decir que no.

Las reparaciones son como una amenaza que es un poco subestimada hasta que toca a la puerta. Es un poco como la muerte. Cuando las reparaciones estuvieron realmente próximas, Ashley tuvo una especie de despertar, o de lo que nosotros pensamos que era un despertar. Se le vio un poco más tranquila, se le vio tomando apuntes (que ya muchos no servirían de mucho por lo graves que estaban sus materias) y decía que no quería perder el año. Decía que se iba a fajar. Todos nos alegramos un poco. Todos le creímos. Al fin y al cabo, Ashley había sido una de las chamas más aplicadas de nuestro colegio.

Incluso, para evitar posibles distracciones en casa, se quedaba estudiando, durante las tardes, en el mismo colegio. Me daba como paja verla ahí sola, sentada en una mesa sin despegar la mirada de los libros. Pero se notaba que no estaba leyendo. Se notaba que estaba pensando en cualquier otra cosa. A veces, ni siquiera estaba. Se quedaban allí sus libros y sus cuadernos con la imagen un poco poética y tonta de las hijas de sus cuadernos y de sus libros moviéndose con el viento. Ashley se iba a tomar breaks que eran más largos que los mismos tiempos de estudio. La encontrada sentada en nuestro rincón de las drogas. En una especie de cuartucho que había entre el campo de fútbol y el laboratorio de biología. Ashey veía la pared. Estaba flotando. A veces, la regañaba. A veces, me sentaba a acompañarla.

Me ofrecí a ayudarla. Sabía que ella había cambiado. Sabía que sola nunca pasaría todas las materias que había llevado a reparación. Ella me lo agradeció. Y yo juro que lo intenté. Pero de pana fue inútil. A los diez minutos, ella dirigía su atención hacia cualquier otra parte. Parecía una niña pequeña. De hecho, sacaba su celular y comenzaba a mostrarme unas fotos de ella desnuda. Me gustaban, no voy a negarlo. Pero hubiese preferido verlas en otras circunstancias. Ella mandaba ese tipo de fotos a carajos que tenían nombres rarísimos. No le importaba si esas fotos se hacían públicas. Y pensar que, unos meses antes, el celular de Ashley era el típico celular que tenía fondos maricos de paisajes acompañados de frases maricas motivacionales.

A Ashley no le entraba nada de lo que le yo le explicaba. Ella, que había llegado incluso a enseñarme alguna cosita que a mí no me había quedado clara alguna vez. Ella misma cerraba los libros. Me recordó a la Alicia estúpida que está encima del árbol al inicio de la película de Disney. Ashley ya no tenía preocupaciones académicas. Todas las preocupaciones de Ashley, en ese momento, eran de otra índole. Buscaba en su teléfono tutoriales sobre sexo. Eran tutoriales asquerosos. A ella le preocupaba que yo no sé quién, que seguro era de sus amigos mala influencia, se sintiera satisfecho con ella.

No recuerdo, exactamente, cuánto fue, exactamente, el tiempo que estudiamos juntas. Al principio, la mamá de Ashley, la señora que les he contado que era toda histriónica, me llamaba casi todas las noches a preguntarme por el progreso de Ashley. Yo no sabía qué decir. Podría echar todo un discurso sobre las influencias, sobre las juntas. Las juntas pueden descomponer o recomponer a cualquier persona. Pero yo resolvía con un salomónico “ahí vamos”. No sé si la mamá de Ashley me creía, pero, al menos, me daba las gracias.

Una tarde, Ashley comenzó a llorar. Yo no la quería abrazar. A mí no me gusta abrazar a la gente. Dijo que ella quería ser como Melisa. Melisa era una chama (ya, para esa época, no era ninguna chama, tendría unos 35 ó 40 años) que era casi una leyenda en nuestro colegio. Era hermana de una de nuestras chamas de promoción. De Melisa se decía que había roto todos los tabúes que podían existir. Que ella fue la que llevó el sexo, las drogas, el alcohol y las orgías a nuestro colegio. Me daba mucha risa que Melisa tenía esa ambigüedad. Ningún profesor supo nunca nada de la vida “oculta” de Melisa. Melisa, como sacaba buenas notas, era considerada una alumna ejemplar. Pero ya era una casada aburrida.

Cuando faltaban como dos o tres días para presentar las reparaciones, Ashley me dijo que no iba a presentar nada. Que había tenido una conversación con sus amigos. No quise saber quiénes eran sus amigos. Pero supuse que eran esos amigos raros que la habían cambiado tanto. A mí, en verdad, no me interesaba. Al fin y al cabo, Ashley tampoco era nada mío. Cerré el libro y me rendí. Lo que no soporté era que Ashley comenzara a hablarme de la universidad de la vida. Siempre he odiado eso. Es como la excusa que tienen los mediocres cuando no se han graduado en carreras de verdad.

Helena Eco.

 

 

 

La Venezuela boba

“Qué cara de chavista tiene Henri Falcón”, pensé mientras buscaba una foto en Google Imágenes para poner al texto que había hecho. Henri Falcón siempre me ha causado escepticismo y hasta un poco de repugnancia. El hecho de que haya llegado a la gobernación de Lara apoyado por el Partido Socialista, para luego hacer un partido un tanto fantasma y tener dinero para pagarse costosísimas campañas por televisión, me ha hecho pensar que todo este montaje (Que para mí es un vulgar montaje) de las “elecciones” estaba planeado desde hacía varios años. El hecho de que, públicamente, le haya jurado lealtad a Chávez “para siempre”, da más peso a mi hipótesis, que no es una hipótesis mía, es una hipótesis que creo que tiene una cantidad considerable (por no decir la mayoría) de los venezolanos. Igual es una opinión, no tengo la certeza de que esto sea así.

Como sucedió con Pigmalión, aquel escultor legendario que terminaba enamorándose de una de sus esculturas, yo me enamoré un poco de Helena Eco. Helena Eco, como sabrán los asiduos lectores de La Cantárida (Que, seamos francos, tampoco son tantos), es un personaje recurrente en muchas de las historias de la página. Es como una especie de joven mala, pero adorable, una persona (Hasta cierto punto) desvinculada de las cadenas de la sensiblería y la moralidad, es un personaje, en parte, inspirado en “El príncipe” de Maquiavelo, sólo que sin poder. Siempre he dicho que Helena es, también, una especie de calco a los personajes de Sánchez Rugeles, profesor mío y escritor que, a diferencia de mí, sí es un escritor talentoso. Además, Helena Eco deriva de Johanna Eco y Liliana Eco, hermanas que protagonizan mi primera novela (Que escribí el año pasado y que espero que salga este año). El hecho es que, entre ayer y hoy, mi amada Helena Eco ha sido un personaje recurrente en las redes sociales venezolanas. Una crónica ficticia, que hablaba sobre Henri Falcón, fue tomada (no sé por quién) como una noticia real, a pesar de que se le advierte al lector que todo es imaginario. Helena Eco había tomado vida.

La vida que tomó Helena Eco fue realmente curiosa. La crónica comenzó a rodar por WhatsApp. Se convirtió en la delicia de las doñas del Cafetal, de los opositores intensos y de los medios de comunicación irresponsables. Páginas de “noticias”, como “Noticias” Venezuela, publicaron el texto sin tomarse un sólo minuto para darse cuenta de que Helena Eco no existe. Entre tantas menciones que tuvo Helena, hubo una en la que alguien preguntaba: “¿Quién es Helena Eco? ¿Dónde Está?”. Me recordó a la pregunta más famosa de una de mis novelas favoritas, “La rebelión de Atlas”, en donde se formula, muchas veces, el planteamiento: “¿Quien es John Galt?”, incluso en las paredes de la ciudad.

La Cantárida, una página literaria muy humilde, comenzó a recibir miles y miles de visitas. Personajes mediáticamente muy influyentes comenzaron a hacer eco, casualmente, del relato de Helena Eco. Y he allí donde viene uno de los puntos de quiebre. Además de la notificación que sale en la misma crónica que dice que se trata de un relato ficticio, yo mismo aclaro, una vez más, que es un ejercicio literario. Pero hay mucha gente que no me cree. Hay muchos “periodistas” que, al tragarse de bruces la mentira, por ser unos pobres mediocres, quedan en ridículo y descargan con calificativos hacia mí. Hay muchos conspiranoicos, como veremos. Mucha gente que me acusó de chavista y que sacaba conclusiones que me dieron mucha risa. Hablaban desde la ignorancia, desde el no investigar ni siquiera al autor de la crónica que no habían investigado en primer lugar. Se habló del G2 cubano, de laboratorio, como ya veremos. Ni siquiera leyeron algún otro artículo de La Cantárida, incluyendo los de no ficción, en donde trato de luchar contra la dictadura, aunque sea desde el humilde flanco de las letras. No han leído una crónica (Ficticia, por si acaso) que habla sobre cómo un altísimo jerarca del chavismo intenta abusar de una joven. Tienen muchos colmillos, pero no saben contra quién clavarlos. Son como el dictador sanguinario que nos jodió la vida, sólo que en miniatura y desarmados.

La mentira crece a tal punto que hay gente que asegura conocer a Helena Eco en persona. Me da risa y lástima, aunque les tengo envidia a los que afirman esto. A mí sí que me encantaría conocer a Helena Eco en persona. Para cerrar este artículo, y que no se haga tan largo, sólo pondré capturas de pantalla de los más curiosos comentarios que leí, algunos por parte de “periodistas” como el hijo de Rafael Poleo. Pero ¿qué se puede esperar de alguien que está relacionado a una página como La Patilla? Yo quiero mucho a mi país, y siempre, tanto allá como aquí, procuro seguir aportando un granito de arena para que salga de la pesadilla que el socialismo ha inyectado en sus entrañas, propensas a esto luego de tantos años de populismo. Pero hay que tomar aire. Como me dijo un familiar. “Trata de enamorar a la gente del país en el que estás ahora. No pierdas el tiempo con un bolsa como Henri Falcón o con un muerto de hambre como Poleo”. Yo lo pensé, pero sigo enamorado de Caracas, que, al fin y al cabo, es insensible, arisca y hermosa, es adorable y amoral, como lo es Helena Eco, el amor de mi vida y de mis letras.

Por cierto, también quiero dejar en claro que muchas de las opiniones de Helena (Y la misma Helena, claro está) son para quedarse en La Cantárida. Por ejemplo, yo no tengo certeza de que las alcaldías, como “afirma” Helena, se hayan pactado previamente con el gobierno. Yo, personalmente, no tengo nada en contra de David Smolansky. Pido disculpas a quienes, a diferencia de Helena, sí trabajaron en su campaña. Espero que hayan sido honestos. Sí en contra de Henri Falcón, pero sólo es mi opinión de él. Espero que luego de tantos insultos y amenazas hacia mí y hacia mi trabajo, al menos se saque una conclusión. Una gran parte del periodismo venezolano es una basura. Es la Venezuela boba que, por fortuna, no son todos. Algunos, por fortuna, investigan.

Abajo anexo las capturas, para que se diviertan un rato conmigo.

Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín. Tomás Marín.

 

“Noticias” Venezuela. (No es la imagen de Helena que me esperaba)

 

 

Amigos realmente expertos.

 

Saquen la cuenta, queridos 😉

La obra de teatro de los 27 segundos.

Ella:
¿Tú te piensas que soy tonta?
¿Crees que no me doy cuenta
que en tus ojos hay un amor
que brilla y que centellea?

Que domina tu corazón,
que lo subyuga y lo incendia.
Que hace flamas de una chispa,
como un pedazo de yesca.

Él:
Hoy te amo, lo admito,
pero no sabré mañana.
Si algo enseña la vida
es que lo eterno no es nada.

El amor que hoy nos duele,
que nos hiere con su lanza,
se convierte en el soplido
de una ventisca que pasa.

Tomás Marín.

¿Por qué renuncié a seguir siendo del equipo de campaña de Henri Falcón?

Una vez un amigo me dijo, compartiendo una botella de Cacique, que Venezuela era el único país en donde ser talentoso y ser inteligente se pagaba caro. Yo no le presté mucha atención. Asentí para no hacer un debate de una discusión que estaba siendo agradable. Para la época en la que él me dijo eso, Venezuela no estaba tan jodida. Mi amigo, que no importa su nombre para esta historia, hace ya cuatro años que se fue del país. Yo decidí quedarme. Al menos no me quería ir sin intentar. Al fin y al cabo, en una economía destrozada como la venezolana, quien es astuto puede encontrar minas de oro. Pero yo no contaba que para encontrar esas mimas de oro hay que carecer de escrúpulos.

Los profesores de la universidad me adoraban. Les juro que varias veces, en la universidad, los profesores decían al salón cosas como: “Aprendan de Helena. Esa muchacha va a llegar lejos”. A mí me daba muchísima vergüenza. Por otro lado, no voy a negar que me encantaba. Ese tipo de influencias hacía que todo el mundo se matara por hacer los trabajos conmigo. Me daban comida y me invitaban a todos lados. De todas formas, la Monteávila es una universidad que no es particularmente difícil.

Cuando me gradué, de Comunicación Social, conseguí trabajo rápido. Además, era un buen trabajo. Yo me había especializado en comunicación de masas. Siento que la comunicación de masas, en Venezuela, es la parte de la comunicación a la que se le pueden exprimir más cosas. Las masas en Venezuela se contentan con un pedazo de pan y un mal circo. Pueden morirse de hambre, pero basta con que grites un poco y agites una bandera estúpida para que todos hagan lo que quieres.

Yo ayudé a la campaña que hizo ganar a David Smolansky en El Hatillo. Smolansky era un chamo que siempre me cayó mal. Era como uno de esos estudiantes que decían cualquier imbecilidad para figurar en los medios. Sin embargo, trabajar en el diseño de comunicación de la campaña de alguien como Smolansky (Cuya victoria sería fácil. El Hatillo siempre ha sido un municipio opositor) sería una buena escuela para comenzar a poner en práctica todas esas teorías que yo había desarrollado, leído y profundizado en la universidad.

Ya se sabe que Smolansky ganó la campaña. La estrategia que yo señalé como la más apropiada, fue apelar a la nostalgia. En un país que está asolado por una dictadura comunista y en donde Caracas está visiblemente en ruinas, el recuerdo del Hatillo, que se magnifica por el aroma a verde que, a pesar de la violencia, de la miseria y de la pobreza, aún se respira ahí, siempre te saca una sonrisa o un suspiro. Yo sabía que, de todas formas, ya los alcaldes y los gobernadores habían sido pactados por el gobierno y por la oposición. Pero había que hacer campaña, había que hacer teatro y, además, la paga era buena.

El hecho es que yo, para la gente del Hatillo, me fui por la vía más fácil. Apliqué, mediante reuniones vecinales en las que se servía té y galletas, una especie de “Make El Hatillo great again”. Yo sabía que todo era una farsa. De hecho, el mismo Smolansky sabía que todo era una farsa. Ni el Hatillo ni Caracas se podrán recuperar, al menos a corto o a mediano plazo, de las garras de la violencia y de la dictadura. Pero todas las señoras del Hatillo, rememorando mejores días, decidieron seguirnos el baile. De hecho, el gordo Smolansky, en una reunión que hicimos en la alcaldía, me abrazó frente a todo el equipo de campaña y dijo: “Sigan el ejemplo de Helena. Esta caraja va a llegar lejos”. Yo me puse roja, sobre todo cuando todos aplaudieron.

Al principio no supe quién supo de mí. Cuando las campañas (o las farsas de campaña) son a nivel presidencial, todos los hilos se mueven desde el anonimato. Me llegó un correo de un tal Teodoro, que me solicitaba, en cortas parrafadas, reunirnos en un lugar público. Él, de alguna manera, sabía toda mi experiencia y mi currículum. No sé si fue alguien que lo recomendó o si tuvo acceso (que es lo que creo más probable) a una base de datos. A mí, al principio, me dio miedo. En una ciudad como Caracas, ya nadie cree en un correo así. Pero, buscando en Google acerca del tal Teodoro, vi que, al menos, en el caso de que realmente fuera él el que me escribía el correo, era un personaje medianamente público. De todas formas, le dije a cuatro amigos que me acompañaran. Éstos me dijeron que sí (Aunque, al final, todos me plantaron y fui yo sola).

Por Whatsapp, terminé de cuadrar con Teodoro acerca de todo. Él me había explicado, muy por encima, más o menos por dónde iban los tiros. Me había dicho que todo estaba relacionado con una nueva campaña, aunque no me había dicho de quién. De todas formas, yo lo intuía. Quedamos para vernos en el café que está en una esquina de la Plaza los Palos Grandes. Habíamos quedado para las cuatro de la tarde. A plena luz del día. Yo pensaba que, si me secuestraban, al menos habría testigos.

Teodoro se presentó con una guayabera blanca. Me brindó un café helado y pidió otro para él. Me dijo que, a través de una base de datos (Como yo sospechaba), había visto mis notas de la universidad, mi mención Cum Laude y mi experiencia. Me dijo que pronto comenzarían las campañas para las elecciones presidenciales que Diosdado Cabello, mediante la Asamblea Nacional Constituyente, había mandado a adelantar. Teodoro era uno de los directores de campaña de lo que sería la candidatura de Henri Falcón.

Teodoro, al menos conmigo, era un tipo diáfano y agradable. Al menos me habló claro. Me dijo que querían que yo fuese la coordinadora mediática en la campaña de Henri Falcón. Teodoro se reía cuando decía campaña. Él sabía que era una puesta en escena, que Henri Falcón era un actor que se prestaba al juego del gobierno. Pero que desde que casi todo el mundo había impuesto sanciones a los jerarcas de la dictadura, había que lavar un poco la imagen ante el resto del mundo a través de unas elecciones, aunque éstas fuesen fingidas.

Yo estaba a punto de decir que no. Teodoro era muy agradable y todo, pero no me interesaba prestarme a eso. Además, y esto fue algo que le dije muy claramente y que él sonrió al entenderlo, no me interesaba tanto trabajo (porque una campaña, por más simple que sea, implica un trabajo titánico) para ganar el bolívares, una moneda que no vale ni el papel en el que está impresa. Teodoro, un tipo corpulento, se alzó un poco y con su mano se sacó del bolsillo trasero de su pantalón una cartera. “Sabía que me podrías decir algo así”, me dijo. De la cartera sacó un billete de cien dólares y lo puso en la mesa. Yo no lo podía creer. De hecho, tardé varios segundos en asimilarlo. Mi primera reacción fue cubrir el billete con una servilleta. Me daba paja que alguien más lo viera. En Venezuela, en Caracas, con cien dólares casi que te puedes comprar una casa.

“Quizás con eso te lo puedas pensar un poco mejor. Lo que vas a ganar es mucho más que esto. Pero considera esto un adelanto por la molestia de haber venido hasta acá”, me dijo Teodoro guiñándome un ojo y recordándome, previo a una sonora carcajada, que también me había invitado al café helado, que, como siempre en esa cafetería de la Plaza los Palos Grandes, estaba divino. Teodoro se había ofrecido a llevarme hasta mi casa. De todas formas, no vivo muy lejos de la plaza. Bajamos al estacionamiento de la plaza y, en su Corolla azul, me dejó en la puerta de mi casa. “Piénsatelo bien”, me dijo cuando el vigilante de mi edificio pulsó el botón para abrir la puerta y yo entrar.

Yo lo llamé esa misma noche. No me importaba hacerle “campaña” a un imbécil como Henri Falcón. Si me pagan en dólares, yo le hago la campaña al mismísimo Hitler. Yo quiero irme del país, tener dólares para pagarme una buena carrera en el exterior orientada hacia la comunicación política y de masas. “¿Te lo pensaste bien?”, me respondió al teléfono, con su voz gruesa, Teodoro a manera de contestación. Yo le dije que sí. Él se rió y me dio la bienvenida. Me citó para el día siguiente en la sede del comando de campaña de Falcón, cerca de Colegio de Ingenieros. No había tiempo que perder. “No te preocupes, Helena. Yo te paso buscando”, me dijo antes de trancar y darme las buenas noches.

Henri Falcón es un tipo sin ningún tipo de carisma. Es un tipo que no transmite ninguna emoción. Es una especie de duende triste con los dientes salidos. Me saludó con dos besos, al estilo europeo. “Tú eres, Helena, ¿no? ¡Bienvenida al equipo!”, me dijo Henri. Yo le di las gracias sin sonreír. No me gusta sonreír cuando no tengo ganas de sonreír. El resto del comando de campaña llegó y el mismo Henri me los presentó a todos. Me dieron verdaderas ganas no sólo de sonreír sino de reírme cuando vi a uno de los miembros del comando de campaña, un joven que es uno de los consentidos de Henri Falcón, lucir, orgullosamente, una franela roja con los ojos de Chávez.

Todo el asunto de la pre-campaña fue durísimo y amargo. Nadie se creía la historia de que Henri Falcón era un candidato opositor. De hecho, me dio mucha risa cuando, una tarde, cuando estábamos almorzando alrededor de la mesa en la que solíamos almorzar, a Henri Falcón lo llamó, por videollamada de Whatsapp, el mismo Jorge Arreaza. Jorge, un tipo sombrío pero muy amable (al menos con Henri) le dijo que había hablado con El Universal y con Últimas Noticias, que Jorge Rodríguez, el alcalde chavista de Caracas, había comprado dos páginas completas a full color para Henri. Jorge Arreaza le pidió a Henri que seleccionara una foto en la que no sonriera. Le dijo que iban a jugar a ese contraste de Maduro sonriente y Henri Falcón amargado. “Na’ Guará, Jorgito. Tengo una en la que salgo con una cara de culo horrible”, dijo Henri antes de proceder a reírse como si fuese Bob Esponja. Antes de colgar, Henri me hizo ir a su lado para presentarme a Jorge Arreaza. Arreaza estaba en franela y en blue jeans. Yo me presenté como la jefa de la parte mediática de la “campaña” de Henri Falcón. Arreaza me dio su número para hablar sobre las piezas gráficas y aclarar otros puntos.

Ya yo había recibido varios adelantos de mis pagos. Teodoro, el que me introdujo a todo el mundo de Henri Falcón, es una persona realmente amable. Siempre me brindaba almuerzos y era como una especie de figura paterna para algunas cosas. Incluso, alguna vez le llegué a pedir consejos sobre la carrera que quería hacer y hasta del chamo que me gustaba. Él me contaba de sus amoríos “cuando era más chamo” y me decía que no confiara nunca en nadie. Decía que una chama como yo se merecía a un novio escandinavo, no a un “venezolano huevón”. También Teodoro me felicitaba por mi trabajo hasta el momento. Era obvio que la campaña nunca sentaría cabeza, pero, al menos, habíamos conseguido convencer a algunos copeyanos idiotas y a algunas doñas del Cafetal de que Henri Falcón era candidato de la oposición.

Pero los resultados, a pesar de mi trabajo, no le gustaban a Henri. A Henri, a pesar de que sabía que su candidatura era sólo un papel, le gustaba la popularidad. Yo tenía que jalarle a los medios para que le concedieran alguna entrevista. Me refiero a los medios que no están controlados por el gobierno. Los que están controlados por el gobierno, como pueden ver, le han abierto las puertas de par en par a Henri para la farsa. Pero los medios libres se reían en mi cara. Para ellos, Henri Falcón no es más que un pobre, triste, patético, idiota, subnormal, poco carismático, aburrido, retrasado, indigno y vulgar pelele que no merece ni un anuncio pago al lado de las putas que ofrecen masajes. Y lo que me daba más arrechera era que no me daba tiempo a explicarle a los medios que yo estaba ahí sólo por los dólares. Que yo era una mercenaria comunicacional.

Henri es un tipo que le mete duro, pero durísimo, a la caña clara. No sé si es algo que heredó de ser yaracuyano, pero a veces se mete unas rascas brutales. Y lo peor es que Henri es el borracho violento. Hace cerca de una semana, cuando ya estaba todo listo para el inicio de la campaña, estábamos reunidos en el comando. Henri ya tenía una peste a aguardiente horrible y no sé qué mensaje le llegó que seguía dándole en la vena de que ningún medio lo quería reseñar. Y ahí le estalló todo.

Henri se dirigió a mí. Estaba borrachísimo. Empezó a gritar que yo era una inútil. Nadie hacía nada para defenderme. Yo tenía miedo. A pesar de que sabía que Henri era borracho violento (Y lo peor es que, sobrio, es relativamente de pinga, como cuando lo conocí), no sabía que podía reaccionar así. Me dijo que yo era una imbécil, una puta inepta. Me dijo que Chávez estaría avergonzado de mí. Que me iba a mandar a joder con Maduro. Que si no me botaba “como una perra” era porque yo era la consentida de Teodoro.

Henri pegaba gritos frenéticos. Yo le pedí que se calmara, pero eso lo enfurecía más. Creo que mi error fue decirle que, al fin y al cabo, él no movía a nadie, que yo no podía hacer mucho más. Era algo que pensábamos todos, pero nadie le decía. Henri se puso rojo y me agarró por la cara con fuerza, con rabia y con furia. “Vuelve a decir eso, Helena, y te reviento la cara”, me dijo mientras escupía sin querer mientras hablaba. Me hacía daño. Me agarró la cara y la boca con una rabia que me hizo sentir sabor a sangre. Fue Teodoro quien pudo controlarlo y me sacó del salón mientras Henri gritaba y le daba coñazos a la mesa.

A pesar de que Teodoro me pidió disculpas, yo le dije que presentaba mi renuncia. Yo estaba llorando. Nunca nadie me había tratado así y me había agredido así. Teodoro comprendió, pero me invitó a un café para ver si cambiaba de opinión. Me dijo que las borracheras de Henri (y la violencia que deriva de éstas) eran comunes. Que ya había pasado algo parecido con su jefa de campaña cuando se había lanzado como gobernador del estado Lara. Yo rechacé la invitación. Teodoro, muy amable, como siempre, estuvo conmigo hasta que se me pasó el llanto y el susto.

Al día siguiente, ya cuando había renunciado, Teodoro me envió un sobre a mi casa. Dentro del sobre había una carta al lado de 6.000 dólares en efectivo. En la carta, más o menos parafraseado, me decía que el dinero era para ayudar a cumplir mi sueño de hacer un máster afuera. Que yo no sólo merecía a un escandinavo como novio, sino hacer campaña a gente que mereciera la pena, no a un pobre bolsa como Henri Falcón. Yo aún no le he dado las gracias. Al menos, de la pantomima pude sacar un beneficio. Yo no sé si ser talentoso o inteligente, como dijo mi amigo una vez con una botella de Cacique en la mano, se paga caro. Al menos a mí, el ser talentosa y el aguantar, me dio frutos. Y me da risa acordarme de mi amigo de la botella de Cacique amigo y de las filosofías que hacía cuando estaba bajo el alcohol. Qué diferencia tan grande con el “Candidato opositor”.

Helena Eco.

(T.M.)

Crónica ficticia. Ejercicio literario. La Cantárida es una página de literatura, no de noticias. Aunque igual Henri Falcón, bailando al son del dictador genocida, nos parece un triste cómplice y un ser deleznable.

Diles que no me boten.

“Helena, por favor. ¡Diles que no me boten!”, me dijo Fortu mientras hacía un puchero. Nunca la había visto así. Con respecto a ella, siempre parecía que todo le importaba una mierda. Pero eso en verdad le importaba, y mucho. “No puedo hacer mucho más, chama. De pana ya hablé con Argelia y no está dispuesta a negociar”, le respondí a Fortu. Fortu me veía con una de esas miradas que te imploran súplica. Argelia era la directora del colegio. “Pero ve otra vez. A ti te hacen caso. A ti te jalan bolas, Helena. Eres una hueva. Eres una de las mejores estudiantes que hay aquí. Argelia te ama. Sólo tienes que insistirle más”, me dijo Fortu, sin poder contener las lágrimas.

No les voy a mentir. Al menos en eso, Fortu tenía razón. Yo era una de las mejores estudiantes del San Ignacio. El colegio siempre me pareció una cueva de ultraconservadores espeluznantes, pero la educación era buena. Cuando no te metían el asunto religioso por los ojos, los temas que se veían eran realmente agradables. Estaban bien explicados. “Coño. No sé qué más podría hacer, Fortu. Argelia se va a arrechar conmigo. Al fin y al cabo, tú te metiste en este peo sola”, le dije a Fortu, mirando hacia la ventana para no ver su cara de idiota triste. “Sólo una vez más, por favor”, me dijo Fortu intentando agarrarme las manos, que yo aparté inmediatamente. “Déjame ver qué puedo hacer por ti. Pero si me meto en un peo, te parto la cara a coñazos”, le dije a Fortu.

Fortunata (Fortu) casi no había visto clases ese día. Apenas a segunda hora de la mañana la mandaron a buscar. Fortu había estado todo el día en el pasillo que estaba al lado de la oficina de Argelia, la directora. La vi en el primer recreo. La vi en el segundo recreo. La vi en el tercer recreo. A la hora de salida, aún estaba allí. Fue cuando hablé con ella con más profundidad. Tenía como 9 horas esperando a los papás, pero los papás de Fortu no sé si estaban de viaje o algo así. El hecho es que no aparecían, o no querían aparecer. Ellos eran un poco como Fortu. A ellos, todo les importaba una mierda.

Además de las súplicas que Fortu me hacía para que hablara con Argelia, toda su actitud en ese momento me daba una arrechera indescriptible. Fortu nunca se había preocupado en ser buena estudiante. Era una de esas mediocres que siempre dicen que “diez es nota y lo demás es lujo”. Pero ahora, que estaba amenazada y era casi segura su expulsión definitiva del San Ignacio, se hacía a sí misma promesas de fajarse mucho más con sus estudios. De ser una alumna aplicada y modelo. Yo pensaba que era una idiotez. Si ya te están jodiendo por algo que hiciste con orgullo en tu momento, al menos ten la dignidad de mantenerte firme en lo que fue tu creencia. Había una canción del Cuarteto de Nos que decía: “Si naciste incendiario, no te mueras bombero”.

Yo no es que le diera la razón a Fortu, pero me parecía que todo el asunto por el que estaba allí era una exageración. Por otro lado, no me extrañaba. La gente del San Ignacio es intensa y fanática. Admito que hasta yo me reí con lo que hizo Fortu. Me pareció osado, pero me dio mucha risa. Hay que poner en contexto. En el San Ignacio, en todos los salones desde el primero de preescolar hasta el último de bachillerato, hay dos elementos absolutamente infaltables. Estos elementos son una cruz y unos retratos que hay de San Ignacio de Loyola, en donde sale con una especie de sotana negra y fondo obscuro. Cuando yo era pequeña, en mis primeros años de colegio, los retratos de San Ignacio me daban terror. Él, al fin y al cabo jesuita, tenía una mirada fija que parecía seguirte a todos lados. Yo, en clases, intentaba no mirarlo. Sentía que era una especie de gran hermano que estaba dispuesto a castigarte si no permanecías como una niña casta y pura.

El hecho es que Fortu se había quedado una tarde casi tres horas de más en el colegio. Ya todos casi todos los estudiantes se habían ido, incluso los que tenían actividades extraescolares por las tardes. Fortu había llevado témpera negra y un pincel. Como los salones del San Ignacio son abiertos, y los que no son abiertos tienen ventanas grandes, Fortu se metió en todos a pintar una cruz invertida en cada uno de los retratos de San Ignacio. Ella me había preguntado, como un mes antes, si yo iba pendiente de ayudarla, pero a mí me parecía algo estúpido. Creo que las otras personas a las que Fortu les preguntó pensaban como yo. Eso sí. Debo admitir que, de pana, Fortu se fajó. Dibujó cruces volteadas en todos los retratos de San Ignacio de todos los salones desde Pre-kinder hasta quinto año. Tomando en cuenta que son cuatro secciones y catorce niveles desde pre-kinder hasta quinto año, Fortu pintó 56 cruces invertidas en 56 retratos de San Ignacio. Los niños del preescolar y los pequeños de primaria gritaban y lloraban escandalizados. Para ellos, ver las cruces al revés fue como ver al Diablo. Eso agravó las cosas. Pero había pasado mucho tiempo desde entonces.

Si no habían jodido a Fortu hasta entonces era porque nadie de los profesores ni de la directiva del colegio sabían que había sido ella la que había pintado las cruces. Era una especie de Fuenteovejuna. Todos los estudiantes (al menos los de mi año) sabíamos que Fortu lo había hecho. La gran diferencia estaba en que, en nuestro salón y en nuestro año, no todo el mundo era tan solidario como en Fuenteovejuna. Creo que Fortu no contó con ese detalle. Y eso que a Fortu la querían. La invitaban a fiestas y era de las primeras a las que llamaban cuando había trabajo en grupo. Fortu no hacía nada en los trabajos. Sólo iba a las casas de sus compañeros a comer, a fumar y a contar chistes. Pero creo que los seres humanos somos una puta mierda y siempre estamos dispuestos a sacar la maldad cuando tenemos una presa con quien hacerlo. Algo así pasó con Fortu. El silencio del salón, el no delatar a Fortu, al principio, fue un silencio cómplice y de amigos. Luego empezó a costar. Querían joder a Fortu a cambio de seguir guardando el silencio. Al principio venía algún chamo de estos idiotas futboleros que están buenísimos pero tienen un maní en la cabeza y le decía a Fortu que le hiciera los trabajos a cambio del silencio. Fortu accedía. Tenía miedo. La directiva del colegio, casi de una manera subliminal, dejaba en claro que el culpable de haber “profanado” a San Ignacio iba a pagar, e iba a pagar caro. A mí me parecía una estupidez. Al fin y al cabo, la témpera salió con agua y esponja. Pero la gente del San Ignacio es intensa y fanática. El hecho es que luego venía otro chamo a pedirle a Fortu que le hiciera el trabajo de Matemáticas o de Latín. Y Fortu tenía que acceder. Luego alguien le pedía plata. Era el precio del silencio. La cosa se puso un pelo más fea cuando uno de los chamos le dijo a Fortu que, para no acusarla, debía acostarse con él. Y ahí Fortu se puso pálida. Ella era una chama de mente muy abierta, pero cuidaba su virginidad siempre. El sexo a Fortu como que le daba asco, y eso que Fortu era preciosa. Pero su mente, con respecto al sexo, era como la de un niño pequeño. Le daba como una mezcla entre asco y miedo. Pero, aún así, Fortu sacrificó su principio por silencio. Me contó luego que le dolió y lloró, pero todo había sido porque no la expulsaran. Por no mandar su año escolar a la mierda y poderse graduar en un buen colegio. Al fin y al cabo, Fortu, a pesar de ser Fortu, a veces soñaba con una buena carrera universitaria, con largarse de nuestro pobre y triste país.

Fortu cada vez se sentía más vulnerable. Eso la hizo cambiar. A mí me daba paja el ver cómo todo a Fortu se le iba de las manos. Al fin y al cabo, todo había sido una travesura estúpida. Ella misma se hubiese ofrecido a borrar las cruces que pintó con témpera sobre el rostro señorial de San Ignacio. El problema es que hizo esta travesura en el lugar equivocado. Fortu intentaba que todo se diluyera con el tiempo. Pero con el pasar de los días, de las semanas y de los meses, todo el caso se intensificaba. De hecho, el colegio había convocado a una reunión de emergencia de padres y representantes. La reunión, como se podrá suponer, fue un puto chiste, al igual que el 99% de las reuniones de padres y representantes. Todos eran gente respingada que alzaba el meñique y hablaba sobre sus fantásticos y estúpidos hijos, sobre sus fantásticos y estúpidos trabajos y sobre su época como estudiante en el San Ignacio. Fortu se había vuelto sumisa. Ella, que era una contestona por naturaleza, ya no contestaba más. Supe que Fortu estaba totalmente subyugada cuando una profesora le bajó siete puntos en un examen (injustamente, porque ella estudió conmigo y me consta que lo hizo bien) y ella lo dejó así. En condiciones normales, Fortu hubiese pegado el grito en el cielo. Pero ahora era una especie de Fortu en la clandestinidad.

Yo aún no sé bien cómo fue que dieron con Fortu. Supongo que se habrá estirado mucho la cuerda de los sobornos a cambio de los silencios y alguien la delató, seguramente bajo el anonimato. Quizás fue uno de los chamos que, cenando, se lo contó a los papás, y los papás llamaron al colegio indignados. Cuando mandaron a llamar a Fortu aquella mañana en la que la que, luego, la tuvieron esperando horas, ella se puso pálida. Ella misma se había delatado. Todo el mundo en el salón hizo silencio. Yo sólo pensaba en cómo podría vengarse Fortu de todos los que la habían comprado. No había servido de nada. Todo lo contrario. El tiempo que había pasado desde que Fortu hizo lo que hizo hasta que dieron con ella sólo había servido para enfurecer más al colegio. Fortu hablaba con los gestos. Iba a explicarles todo. Yo estaba seguro de que podría convencerlos. Fortu era astuta. Y al fin y al cabo, no era más que témpera sobre vidrios que enmarcaban los retratos de un tipo. Lo malo es que ese tipo tenía fanáticos.

Además, como he dicho, ya había pasado tiempo. Era lo que me parecía más estúpido. Habían pasado ya varios meses desde eso. Si a nadie se lo hubiesen contado, nadie se hubiese dado cuenta de que los retratos de San Ignacio alguna vez habían sido “vandalizados”. Pero la gente del San Ignacio es tan intensa que incluso llegó a hablarse de traumas psicológicos. De hecho, en la famosa reunión de emergencia que se convocó para los padres y representantes, una señora regordeta y emperifollada hablaba de “secuelas irreversibles” al tiempo en el que otros padres y representantes aplaudían. Sí. Así fue el lugar en el que yo estudié.

Creo que si Fortu hubiese salido corriendo, quizás ni la hubiesen perseguido. La estaban escoltando entre dos coordinadoras. Dos coordinadoras de cabello corto que se maquillaban en exceso. De esas coordinadoras de las que se decían que eran unas malcogidas. Si Fortu hubiese sabido que alguien la había acusado, o que la habían descubierto, luego de meses, por alguna u otra razón, con esconderse unas horas o unos días en cualquier lado, hubiese calmado un poco las cosas. Pudo haber fingido una enfermedad. Quizás se hubiese desestimado la supuesta acusación. A veces funcionaba.

Por fin, luego de tantísimas horas de Espera, creo que Argelia, la directora del colegio, asimiló que los papás de Fortu no irían. Al principio, pensó que Fortu ni siquiera se había comunicado con ellos. Pero Argelia habló personalmente con los padres de Fortu. Argelia hizo pasar a Fortu a su oficina y cerró la puerta. Como ya eran cerca de las cuatro de la tarde y ya casi no quedaban profesores ni alumnos por ahí, me acerqué a la puerta, que era de madera gruesa, y pegué el oído a ver si lograba escuchar algo.

Argelia se hizo la tonta. Pero hizo una serie de preguntas astutas en las que Fortu cayó. Luego la remató. Argelia le dijo unas cosas tan fuertes, que hasta a mí me parecieron excesivas. Yo no entendía tanto rencor por parte de Argelia. No entendía sus palabras particularmente crueles. Incluso el Padre Pérez Galdós, el rector del colegio, con el tiempo había empezado un poco a subestimar el hecho, a restarle importancia. Pero Argelia se ensañó. Sólo se oían sus palabras que, como eran gritadas, no hacía falta pegar el oído a la puerta para escuchar. Lo otro que se escuchaba, como un sonido de fondo a las palabras de Argelia, eran los gemidos del llanto de Fortu.

“Por favor, Argelia, no me botes. Debe haber algo que yo pueda hacer”, dijo Fortu. Fortu no tuteaba a nadie de más “rango” que ella. “Eso fue hace mucho tiempo. Yo lo iba a decir, pero me dio miedo. El colegio se lo tomó muy en serio. No es que no fuese algo para que se tomara en serio. Yo quiero mucho a San Ignacio. Yo le rezo a San Ignacio”, argumentaba Fortu. Pero Fortu mentía. Fortu, al igual que yo, no creía en Dios. Argelia lo sabía. Fortu era de las que más echaba vaina en la misa. Fortu era de las que ponía letras obscenas a las tonadas cursis de la misa. Las mentiras de Fortu sólo irritaban más a Argelia.

Pero todo estuvo claro para todos en un momento. La rabia de Argelia, que en un momento me pareció estúpida, tuvo sentido. Sigo sin justificarla, pero al menos la comprendí. Argelia sacó, frente a Fortu, su bolso desde una de las gavetas de su escritorio. Era un bolso grande y marrón. De su bolso sacó una cartera y de la cartera sacó una estampa de San Ignacio. Una estampa que tenía la misma imagen que había rayado Fortu con témpera 56 veces. “¿Sabes quién es éste?”, le preguntó Argelia a Fortu. Fortu moqueaba y aún gemía. “Es San Ignacio”, respondió una Fortu más sumisa que nunca. Acto seguido, Argelia sacó de su cartera una foto tamaño carnet. “¿Y sabes quién es éste?”, preguntó Argelia a Fortu. “No sé”, respondió Fortu. “Éste es mi esposo”, dijo Argelia. Fortu no sabía qué decir. Yo, que no sé dar respuestas en momentos bajo presión, hubiese respondido alguna estupidez del tipo: “Qué guapo”. “Mi esposo estuvo muy enfermo. Muy enfermo. Muy enfermo. Estuvo hospitalizado varios meses, a punto de morirse. Y cuando estaba peor, yo le pedí a San Ignacio que lo salvara. Y lo salvó”, dijo Argelia con voz intensa. Fortu se quedó muda. A mí me parecía algo estúpido. Nunca he creído en los milagros. “¿Ves que le debo mucho a San Ignacio? ¿Ves por qué no puedo dejar que sigas estudiando en este colegio?”, concluyó Argelia. Fortu tuvo varios segundos de silencio antes de formular su réplica.

Fortu replicó al perdón. El perdón siempre me ha dado risa. Es como el último recurso. Es como cuando sabes que has perdido el juego y apelas un poco a la lástima del contrincante. De hecho, a veces creo que las personas que pasan a la historia pasan, precisamente, por no pedir perdón. Argelia decía que la perdonaba, pero que sería expulsada permanentemente del colegio. Fortu, ya en una defensiva desesperada, intentó seguir apelando a la lástima de Argelia. Preguntó si podía ir al menos como oyente. “Si mañana, o cualquier otro día, pisas este colegio”, te mando a sacar con seguridad. Ya Fortu no tenía nada que buscar.

A Fortu le había dolido el coñazo, aunque se había preparado para él. Llevaba tanto tiempo llorando, que me provocaba cachetearla a ver si se recomponía. Ya como era tarde en la tarde, sólo quedaba el bulto de Fortu apoyado en su pupitre en el salón. Era un bulto negro que tenía parches de Nirvana. Aún estaba el cuaderno que ella había abierto aquella mañana y en el que había hecho sus últimas anotaciones, sin saberlo, como estudiante en el San Ignacio. “Las pinturas negras fueron trasladadas desde la Quinta del Sordo”, seguido por un tachón y una caricatura del pene erecto del Saturno de Goya, era lo último que había quedado escrito y dibujado.

Al menos, Fortu no tuvo una despedida intensa. Yo la acompañé hasta la puerta del colegio, que cruzó sin voltear la mirada. La invité a un café de La Majestic. La Majestic era una panadería y cafetería que, en sus tiempos, era increíble. Luego, al igual que el país, se había vuelto mierda. Pero aún servían buen café. Fortu aceptó. Al menos, el café con leche la calmó un poco. Estuvo largo tiempo sin decir nada. Sólo bebía su café y miraba al techo. Ya no lloraba. No fue su culpa haberse burlado del santo equivocado en un colegio así.

Ya, en un rato, sus papás la irían a buscar. Fortu intentaría hacer reválida en algún otro colegio, a ver si al menos salvaba el año y no tenía que hacerlo entero, luego de haber cursado más de la mitad. No sé si los papás de Fortu sabían que la habían expulsado. De todos modos, ellos vivían en su mundo. A pesar de todo, yo no quería dejar de ver a Fortu. Era una de esas chamas con las que te reías y lo pasabas bien. Ya buscaría cupo en algún colegio mediocre, como el Marbe.

T.M.

Adaptación del texto “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo.