Reseñas cantáridas: “La letra escarlata”, de Nathaniel Hawthorne

“La letra escarlata” es, sin duda alguna, la novela emblema de Nathaniel Hawthorne. Hawthorne es una de las plumas más respetadas y representativas del Siglo XIX norteamericano. Desde muy pequeño estuvo entregado a las humanidades y al saber. Publicó su primera novela cuando apenas contaba con 24 años. Bien es cierto, a manera de curiosidad, que, varios años después, Hawthorne renegaba de esta novela, al considerarla inferior con respecto a su producción literaria posterior. Cuando fue publicada “La letra escarlata”, Hawthorne ya era un escritor algo veterano. Tenía 46 años. El estilo de Hawthorne siempre se movió, como hijo de su tiempo, en el relato obscuro, gótico y un tanto aterrador. Este estilo fue el más importante en el Siglo XIX estadounidense y contó con otros exponentes como Washington Irving, el autor del personaje del célebre personaje del “Jinete sin cabeza” o, el más famoso de todos los autores de este movimiento, Edgar Allan Poe.

La letra escarlata es un título totalmente apropiado para la trama que nos presenta Hawthorne en la novela. Su significado en la historia tiene dos vertientes. Una de ellas es la sencilla, la literal. La letra escarlata es un castigo impuesto a una mujer por haber cometido adulterio. Es, literalmente, una letra escarlata (Una letra “A” bordada sobre su pecho). Llevarla, castigo impuesto por el tribunal puritano del pueblo, implica una vergüenza terrible en una sociedad tan conservadora. Por otro lado, tenemos la vertiente metafórica de la letra escarlata. Nos referimos con esto a la letra escarlata invisible, a la que muchos personajes (incluso nosotros mismos) podemos llevar dentro del pecho, aunque no sea tan notorio. Esta vertiente se ve con claridad en uno de los personajes, pero de esto hablaremos luego.

Resulta algo difícil definir un solo tema que se trate en “La letra escarlata”. Es cierto que su estilo está impregnado de naturalismo, de cierta literatura documental acerca de las sociedades puritanas del nuevo mundo norteamericano. Pero este contexto es sólo un vehículo. Siento que el tema que se escarba a mayor profundidad es el de la culpa. La culpa desde todas sus perspectivas. Desde la perspectiva de quien comete una falta, y hace lo posible para enmendarla, hasta la perspectiva de quien busca hacer justicia tras esa falta, ya que esta falta le afectó directamente. En medio de este camino se encuentra el espectador, quien muchas veces pretende hacer de severo juez sin conocer a profundidad la situación. Y muchas veces, tristemente, este espectador/juez es el que actúa con más intolerancia y rabia.

El personaje principal de la historia, y el que comete la falta que es castigada con la letra escarlata, es Hester Prynne. El autor hace mucho hincapié en la belleza de Hester, ya que ésta está ligada a su caída en desgracia. Esta belleza, al menos en apariencia, muchas veces es capaz sobreponerse a las severas sanciones o a las inquisidoras miradas de sus semejantes. Hester, a lo largo de la novela, va trazando un durísimo camino de expiación. Hester sufre en secreto pero intenta sonreír a un mundo que le es adverso adrede. Técnicamente, la falta de Hester Prynne no tuvo un gran perjuicio a su comunidad, ensombrecida por una fe ciega y flagelante. Pero la comunidad aparta a Hester y convierte su redención en un camino aún más duro, al ser solitario y desesperantemente aislado.

Si me he referido a Hester Prynne como el personaje principal de la historia, debo hacer una ligera aclaratoria. Hester Prynne es el personaje principal en la primera mitad de libro. Poco a poco, ella va legando este protagonismo a otro protagonista. Este protagonista es el ministro Dimmesdale. Casi sin darnos cuenta, él recoge el “testigo” de la letra escarlata, pero a una escala mucho más obscura y siniestra. Dimmesdale es un personaje totalmente ambiguo, del que sólo el lector y los personajes estrictamente principales intuyen o saben su verdad. A Dimmesdale (cuyo apellido vendría a ser como un juego de palabras que indican algo así como “Desfiladero obscuro”) le atormenta en demasía la culpa, que se acentúa, a diferencia de Hester, en que ésta no es visible. Por el contrario, Dimmesdale es una persona totalmente idolatrada en su comunidad.

En mi opinión, el personaje mejor trazado de toda la historia, y el que, en cierto modo, capitaliza la actitud que los seres humanos tenemos al muchas veces creernos jueces con terrible severidad, es el “Doctor Chillingworth”. Chillingwhorth, cuyo apellido, de una manera parecida a Dimmesdale, es un juego de palabras referente a la “sangre fría”, es el personaje filosófica y poéticamente más complejo de la novela. En Chillingworth se nos presenta a un hombre que se encuentra en una especie de inquietante punto medio entre el amor más apasionado y el odio más visceral. Su actitud de “saldar cuentas”, paradójicamente, en vez de brindarle paz, cada vez le brinda más sombras y repercusiones negativas. Su misma fisionomía, como puede apreciar el lector, va mutando en relación a sus decisiones, cada vez más enceguecidas, hasta convertirse en una especie de monstruo.

Estos personajes nos son presentados por el propio Hawthorne, que funge de narrador. El narrador es omnipresente y tiene la capacidad de ahondar en los pensamientos de los personajes, aunque éstos pensamientos sean, muchas veces, precisamente, los que los personajes intentan ocultar. Hawthorne, a veces, se detiene en explicaciones contextuales históricas o en anécdotas no tan relevantes a la historia principal que, a veces, me desesperaron un poco como lector. Sin embargo, se rescata que estas anécdotas dejan enseñanzas o, al menos, curiosidades.

Es precioso el hecho de que Hawthorne, tanto en el prólogo como en el epílogo de la obra, se presenta como un escritor simpático y no muy orgulloso de su obra que desea contar, con la ayuda de archivos documentales encontrados, la historia de Hester Prynne y de la letra escarlata. El prólogo de “La letra escarlata” es quizás un poco largo y duro de digerir. Hawthorne nos va contando, en éste, su experiencia como funcionario de aduanas (profesión que ejerció en la vida real) y nos va describiendo los ires y venires de este oficio hasta que, finalmente, nos relata que encuentra, en un viejísimo archivo, la deshilachada y desteñida letra “A” que llevó Hester Prynne junto a papeles con su historia. Es aquí cuando hace conexión con la trama principal.

El lenguaje de Hawthorne en “La letra escarlata” es sumamente descriptivo. No es sólo descriptivo en relación a los ambientes o a los lugares, sino a todos los aspectos, físicos y psicológicos, de sus personajes y de la actitud que tienen en ese momento. A pesar de esto, el lenguaje no es engorroso. Hawthorne da campo de diálogo a los personajes para que hablen y se expresen por sí mismos. Debo confesar que, en al menos dos ocasiones, los diálogos de los personajes me parecieron un tanto cursis e inverosímiles. Pero no es algo que se repita de manera notoria en la historia.

“La letra escarlata” cuenta con otro protagonista elemental. Nos referimos a Salem, el poblado tan famoso por los terribles juicios a las brujas que tuvieron lugar en el Siglo XVII. Salem, y Massachusetts en general, fue una de las regiones más famosas por la excesiva rigidez de sus pobladores. Y Hawthorne nació en Salem. De hecho, Hawthorne era descendiente de uno de los principales jueces en aquellos juicios de “brujas” y de uno de los principales fundadores del poblado. De hecho, la “W” en el apellido de Hawthorne fue colocada por él mismo para distanciarse de ese pariente suyo, del cual se avergonzaba.

Tomás Marín

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Casilda

El televisor viejo hace sonar la marcha triunfal de Venevisión. El país está en vilo. El CNE acaba de dar la declaración. Venezuela tiene nuevo presidente. Hugo Chávez. El golpista. Los medios le dieron toda la atención del mundo durante la campaña. Chávez era un tipo que daba rating. Y que sigue dando rating. Chávez pagaba las facturas y las sigue pagando. Ahora Chávez es el nuevo presidente. ¿Qué puede salir mal? Hay júbilo en el barrio. Varios cohetes suenan a lo lejos. Casilda baja las escalinatas. Se une a la fiesta.

Hay pendones rojos y caras de Chávez por todas partes. Ana saca unas Polarcitas de su nevera y las comparte con algunos de los eufóricos vecinos. Ana es una de las más viejas de todo el barrio. Aquella nevera fue un obsequio de Luis Herrera cuando estaba en campaña. Fue un obsequio de la Cuarta República. La que hoy está liquidada. Ya hay un borracho por ahí. “Al fin nos llegó la hora, no joda”, grita alguien. El grito se pierde entre la música y los altavoces que tienen sintonizadas las primeras declaraciones del nuevo mandatario.

Han pasado tantas cosas desde entonces. Casilda tiene un hijo de once años. Al padre lo mataron hace tres en un supuesto ajuste de cuentas que nunca fue aclarado. Dicen que andaba en malos pasos. Fue curioso. El cuerpo tardó siete días en ser encontrado. Lo encontró un telefonista que estaba haciendo unas reparaciones. Aunque las hizo mal al final. El barrio está erosionado y triste. Está cada vez más incomunicado. Es uno de los barrios más violentos de la zona más violenta de la ciudad más violenta del país más violento del continente más violento. Se dice fácil. Se muere más fácil aún.

Casilda se ha arrepentido por primera vez de su orgullo. Chávez es una religión en el mundo de Casilda. Una religión que nunca admitió peros ni críticas. Y esa religión tiene cada vez menos fe. El hijo de Casilda cada vez está más flaco. Casilda recuerda cuando lo vestía del Comandante en los carnavales. Mucha gente del barrio lo hacía. Era el disfraz más popular. Un traje verde oliva. Una boina roja. Un brazalete. Al hijo de Casilda no le gustaba disfrazarse. Consideraba que era estúpido. Ahora lo único que quieres es comer. Pero no hay nada para comer. Ha fallado la bolsa CLAP y ha fallado el carnet de la patria. La fe no se come.

Casilda ha evaluado irse del país. Pero no tiene los medios. Quizás se pueda ir a pie. Pero todos los caminos están colapsados. Ya los países no quieren más venezolanos. Casilda tiene miedo de que el hijo se le muera de hambre. Qué diferencia con el Comandante. El Comandante murió gordo y opulento. El heredero come con los mejores chefs del mundo. “Hay que estar orgullosos de ser pobres”, dice a Casilda uno de sus vecinos. El típico vecino que es chavista incondicional. El que cree que todo es culpa de la guerra económica y de los Estados Unidos. Pero el orgullo no se come. Casilda ha intentado comerlo. Y las tripas le suenan.

El televisor de Casilda no funciona. No funciona desde hace años. No se pudo nunca comprar otro nuevo. La gerencia local del partido socialista le prometió uno. Pero fue una promesa estúpida. Nunca hubo dinero para comprarlo. Y quizás nunca lo habrá. El hijo de once años pesa casi menos de 30. Tiene la cara chupada y las costillas resaltadas. Casilda escucha detonaciones a lo lejos. No son cohetes. Es el primer muerto del día.

Tomás Marín.

Voy de regreso a Venezuela…

(Carretera Panamericana. Atardecer. Tamara y Jacinta caminan con dirección hacia Venezuela.)

TAMARA: Se nos está haciendo de noche.

JACINTA: ¿Quieres que paremos aquí?

TAMARA: Sí va.

JACINTA: Qué fracaso todo. No conseguimos nada.

TAMARA: Vamos a tener que dormir aquí.

JACINTA: ¿Extrañas tu cama?

TAMARA: A veces.

JACINTA: Yo también.

TAMARA: ¿Sabes qué me da rabia?

JACINTA: ¿Qué?

TAMARA: El gobierno se tripearía esto.

JACINTA: ¿Qué cosa?

TAMARA: Que seamos emigrantes fracasadas. Que no hayamos conseguido trabajo ni en Colombia ni en Perú ni en Ecuador.

JACINTA: ¿Qué te puedo decir?

TAMARA: Igual saldré otra vez. Todo es mejor a que te maten allá.

JACINTA: Te creo.

TAMARA: ¿Hay algo para comer?

JACINTA: Queda una lata de atún grande. Está abierta.

TAMARA: A ver.

(Jacinta saca, de su bulto, la lata de atún. La huele. Por sus gestos notamos que huele mal. La da a oler a Tamara. Tamara hace un gesto similar de repugnancia.)

JACINTA: Mierda.

TAMARA: Qué asco. Cómetela tú si quieres.

JACINTA: ¿Segura?

TAMARA: Sí.

(Jacinta come. Tamara se queda viéndola.)

JACINTA: ¿Por qué me miras así?

TAMARA: ¿Cuánto falta para entrar a Venezuela?

JACINTA: No sé. Oye. Al final, esto no está tan mal.

TAMARA: ¿Me guardas un pelo?

JACINTA: No. Te pregunté si estabas segura, y me dijiste que sí. Ahora te jodes.

TAMARA: Me tienes harta. Un día te voy a caer a patadas.

JACINTA: ¿Tú?

TAMARA: Sí.

JACINTA: Tócame y te mato.

TAMARA: (Irónica.) ¡Qué miedo!

JACINTA: No juegues conmigo. Nunca juegues conmigo. Eres una puta pioja. Soy más grande y podría matarte. No me retes.

TAMARA: Nunca subestimes la astucia de alguien.

JACINTA: Idioteces.

TAMARA: De todas formas, ¿para qué matarnos? Hay que llegar a Venezuela.

JACINTA: No estaríamos comiendo esta lata de atún de mierda si gastaras tus dólares de una puta vez.

TAMARA: No.

JACINTA: ¿Prefieres morirte de hambre?

TAMARA: Me voy a comprar un vestido bonito. Me voy a limpiar un poco. Voy a ver a mi mamá.

JACINTA: ¿Y?

TAMARA: Me voy a poner linda.

JACINTA: ¿Por qué no la vas a ver así?

TAMARA: Le dije que había triunfado.

JACINTA: ¿Que habías triunfado?

TAMARA: Sí.

JACINTA: ¿En el exterior?

TAMARA: Sí.

JACINTA: Tú no puedes ser más imbécil.

TAMARA: Ella se lo ha creído. Voy a gastarme mis dólares en ropa bonita.

JACINTA: ¿Dónde los tienes?

TAMARA: ¿Los dólares?

JACINTA: Sí.

TAMARA: En algún lugar.

JACINTA: Dime.

TAMARA: En la chaqueta.

JACINTA: Está bien.

(Al día siguiente.)

JACINTA: Mierda. El sol me pega en toda la cara.

TAMARA: Hola.

JACINTA: Tengo sed.

TAMARA: Yo también.

JACINTA: ¿Tienes agua?

TAMARA: No.

JACINTA: Alguien tiene que ir a buscar agua.

TAMARA: ¿Por qué siempre tengo que ser yo?

JACINTA: Porque lo digo yo.

TAMARA: ¿Dónde habrá agua por aquí?

JACINTA: Allá arriba hay como una granja, o una vaina así. Lleva esta botella de plástico. Pide que te la llenen.

TAMARA: Está bien. (Va a recoger la chaqueta.)

JACINTA: ¿Qué haces?

TAMARA: Voy a llevarme la chaqueta.

JACINTA: ¿Con este calor?

TAMARA: Sí.

JACINTA: Es que no confías en mí, ¿verdad?

TAMARA: Coño…

JACINTA: Bueno. Si no confías en mí, si piensas que te voy a robar los dólares que te quedan, llévatela. Pero no cuentes conmigo para más nada.

TAMARA: Qué victimista eres.

JACINTA: No. Es que no confías en mí. Y eso me arrecha.

TAMARA: Está bien. La dejo aquí. (Se va.)

(Especie de granja, como a medio kilómetro de donde estaban. Tamara lleva una botella de agua vacía. Brinca una cerca no muy alta. Se acerca a un grifo. Abre el grifo, llena la botella y bebe a la vez. Aparece un señor.)

SEÑOR: ¡Epa!

TAMARA: (Asustada.) Buenas.

SEÑOR: ¿Qué haces?

TAMARA: Tomo un poco de agua.

SEÑOR: ¿Brincaste la cerca?

TAMARA: Sí. Perdóneme, señor.

SEÑOR: ¿Por qué no llamaste?

TAMARA: Tengo mucha sed. No sabía si había alguien.

SEÑOR: Me estás robando el agua.

TAMARA: Perdón.

SEÑOR: (Amigable.) No te preocupes. No se va a acabar.

TAMARA: Eso significa…

SEÑOR: Toma la que quieras.

TAMARA: Muchas gracias. Muchas gracias, señor. (Llena la botella y bebe.)

SEÑOR: ¿De dónde eres?

TAMARA: De Venezuela.

SEÑOR: Eso está vuelto mierda por allá.

TAMARA: Sí. Es el infierno.

SEÑOR: Mucha suerte a donde quiera que vayas.

TAMARA: Voy de regreso a Venezuela.

SEÑOR: ¿Al infierno?

TAMARA: Pero voy a salir otra vez. Lo juro.

(Lugar en donde Jacinta y Tamara pasaron la noche. Tamara vuelve con la botella llena de agua. Se la lanza a Jacinta.)

TAMARA: Aquí tienes.

JACINTA: Gracias.

TAMARA: Aprovecha. Está fresca.

JACINTA: ¿Tuviste problemas para conseguirla? (Bebe de la botella.)

TAMARA: No. (Revisa los bolsillos de su chaqueta. Nota que los dólares no están.) ¿Dónde está mi dinero?

JACINTA: ¿Qué dinero?

TAMARA: Mis dólares, coño.

JACINTA: No sé.

TAMARA: Te los robaste.

JACINTA: Claro que no.

TAMARA: Te los robaste, coño de tu madre.

JACINTA: No. Y no me llames así. Respeta.

TAMARA: Dámelos.

JACINTA: No los tengo.

TAMARA: Dámelos.

JACINTA: Que no los tengo, coño.

TAMARA: Dámelos, o te mato.

JACINTA: Escucha, Tamara. No tengo tu dinero. Revisa bien. Revisa en tus zapatos, en tu bulto.

TAMARA: Yo tenía esos dólares en la chaqueta.

JACINTA: ¿Te ayudo a buscarlos?

TAMARA: Si los tienes tú.

JACINTA: No seas idiota.

(Ambas buscan el dinero, infructuosamente. Revisan todo.)

TAMARA: Tú lo tienes.

JACINTA: (Molesta.) Coño. Que no.

TAMARA: Dámelo.

JACINTA: ¿Sabes qué, Tamara? Estoy harta de ti.

TAMARA: ¿Harta?

JACINTA: Sí. Ya no quiero hacer este viaje contigo. Me regreso sola.

TAMARA: Lo dices porque te quieres llevar mi dinero.

JACINTA: No. Lo digo porque ya me tienes harta.

TAMARA: Júrame que no tienes el dinero.

JACINTA: Te lo juro por Dios.

(Un poco más tarde. Ambas han recogido sus cosas y han reemprendido el camino.)

JACINTA: Yo me voy por aquí.

TAMARA: (Llorando.) Está bien.

JACINTA: Deja de llorar. Pareces una imbécil.

TAMARA: Ese dinero era todo para mí.

JACINTA: ¿Quién te manda de descuidada?

TAMARA: No sé dónde se me pudo caer.

JACINTA: Espero que te vaya bien.

TAMARA: Gracias. (La abraza. Nota que Jacinta le coloca el dinero en la mano.)

JACINTA: Ya me contarás. (Se va.)

(Tamara ve a Jacinta alejarse. Se seca las lágrimas y guarda el dinero en su chaqueta. Camina. Ahora sola.)

FIN.

Tomás Marín.

Adaptación de texto “Los caminos se separan”, de Truman Capote.

Instrucciones para ser un cajero de Farmatodo

El aire acondicionado no sirve. Sólo sopor es lo que hay dentro del Farmatodo. El supervisor te dijo que los técnicos del aire vendrían esta semana. Pero no han venido. Quizás se fueron del país. Quizás los mataron. Quizás no les da la gana de reparar el aire y ya. Para qué trabajar si el dinero no te alcanza para nada. El hecho es que el aire acondicionado tiene días sin servir. Los Cri-Cris amenazan con derretirse. Toma la servilleta que tiene como mil dobleces y que reposa en tu bolsillo. Pásatela por la frente una vez más.

Afuera del Farmatodo sucede todo. Adentro del Farmatodo no sucede nada. Está vacío. Desierto. Recuerda un poco los días en los que se hacían colas de adolescentes que iban a comprar Doritos y Coca-Colas mientras hacían sus predicciones sobre el partido de la Champions. Recuerda la cara de ese niño con cara de gafo que se sonrojaba al pedirte los Durex más baratos. Recuerda a la señora que iba todos los días a preguntar por la medicina para su mamá. La medicina que nunca podía conseguir. Seguramente su mamá ya se murió. Toma la servilleta. Hazle un doblez más. Pásatela por la frente de nuevo. Si tan sólo funcionara el aire acondicionado.

Pero piensa que ya mañana es día de pago. Ya mañana cobrarás tu tan esperada quincena. No es mucho lo que podrás hacer con ella. Pero tampoco es un pago tan miserable. Está bien para ser una paga en un país comunista. Hay gente que la tiene peor. Quizás podrás ir a comprar una hamburguesa para compartir con tus mejores amigos. Quizás podrás ir al cine a ver esa película sobre alpinistas que te llama tanto la atención. Quién fuera alpinista. Estar en una montaña helada. No en un Farmatodo caluroso. Maldito aire acondicionado.

Mira la puerta eléctrica que se acaba de abrir. Un cliente. Aunque a lo mejor no es un cliente. A lo mejor es una de esas personas que van a mirar cualquiera de las pocas cosas que quedan en los anaqueles para agarrar una y decir “¡Mierda. Qué caro!” Pero no. Es una muchacha. Es joven y tiene el pelo como la miel. Literalmente tiene el pelo del color de la miel. Y lo tiene brillante como la miel. A lo mejor va a comprarse uno de esos champús que cuidan los pelos suaves y bonitos.

Su mirada se cruza con la tuya cuando la estabas viendo embobado. Te sonrojas pero no sabes que te sonrojaste. A veces esas cosas no las nota uno mismo. Esperas que ella no lo haya notado. ¿Qué posibilidades va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así? La chemise azul medio roída y con los hilos del logo de Farmatodo un tanto deshilachados no es la mejor prenda para echarle los perros a una chama bonita. A una chama con el pelo suave y bonito. Del color de la miel.

Efectivamente. Ella va a comprarse un champú. Ha comparado entre dos botellas y se ha decidido por una. Pareces adivino. Aunque quizás lo adivinas porque están destinados el uno para el otro. No puedes dejar de verla. Aunque esta vez debes tener más precaución para que no te sorprenda mirándola. Debe vivir cerca. Lleva unas sandalias de color azul claro que parecen elevarla por los aires. Las sandalias tienen una florecita cuchi que parece hecha también en goma espuma. Las sandalias son una prenda curiosa. Las puede llevar desde la chama más delicada y sutil hasta la bachaquera más tosca y grotesca.

Tiene un tatuaje en su muñeca. Pero no logras distinguir qué forma tiene el tatuaje. También tiene una pulserita como de cuero con tela. Parece una pulserita de playa. A lo mejor se la regalaron cuando fue a surfear. Porque tiene pinta de surfista. Ese pelo suave pero insumiso y de ese color de miel sólo puede pertenecer a una surfista. Ojalá tú fueras surfista. Pero lo más parecido que haces es pasar el coleto sobre los charcos de agua que deja el aire acondicionado dañado cuando tiene fugas. Si tan sólo funcionara.

Quizás no la volverás a ver. O quizás sí. Quién sabe. Llevas cinco meses trabajando en ese Farmatodo y es la primera vez que la ves. ¿O quizás fue en otra ocasión? No. Estás seguro de que no. La recordarías. Quién puede olvidar ese pelo tan bonito. Ese pelo del color de la miel. Pero no pienses en eso. Piensa en que ya mañana cobras. Quizás puedas invitarla a un café cuando pase por la caja. Mañana cobras y la podrías invitar a un café. Aunque no es prudente. No es profesional. Y quizás se reiría en tu cara. ¿Qué posibilidad va a tener un cajero de Farmatodo con una chama así?

Ella se acerca a la caja. Te sonríe con una sonrisa más protocolar que otra cosa. Pero qué sonrisa tan bonita y tan perfecta. Que viva todo el protocolo del mundo si las sonrisas protocolares son así. Te da pena volverte a pasar la servilleta por la frente frente a ella. Aunque hace calor. Ella improvisa un abanico con su mano. Con su mano tan delicada. Con la misma mano de la muñeca del tatuaje y la pulsera de surfista. También tiene calor.

Pasas el champú por el lector. Te provoca acariciarle el pelo. Pero se espantaría. Quizás te pegaría una cachetada. Quizás llamaría al gerente. Te despedirían. Y mañana no cobras quincena si te despiden. El lector no lee el código de barras. Tienes una sonrisa de imbécil mientras sostienes el champú. Ella se revisa las uñas. No las tiene pintadas de ningún color. Vuelves a pasar el código de barras del champú por el lector. Suena el “beep”. Ella te dice que no le des bolsa. Que se lo lleva en la mano. Qué bella es. Pensando en el medio ambiente.

Te da la tarjeta de Banesco. Ves que la tarjeta tiene su nombre. Elena. Elena te suena como el nombre más hermoso del mundo. “Hola, Elena. ¿Quieres ir a tomar mañana un café?”, te provoca decir. Pero no lo digas. No es profesional. Quizás se reirá en tu cara. La tarjeta no pasa. Intentas una vez más. Limpias la cinta magnética con tu chemise. A lo mejor la chemise te queda impregnada del aroma de Elena. A lo mejor algo del olor de su bolso llegó a su tarjeta. La tarjeta no pasa. Vuelves a intentar. No pasa.

Elena ha puesto ojos tristes. Es insoportable verla triste. Elena debe sonreír siempre. Y tú vas a hacerla sonreír. A como dé lugar. “No importa. Déjalo así. Ya vendré mañana a comprarlo”, te dice Elena. Quizás no venga. Quizás esta noche no podrá lavar su pelo del color de la miel. “No te preocupes. Va por cuenta de la casa”, dices tú. Es una jugada arriesgada. Pero ella sonríe ilusionada. “Muchas gracias. Muchas gracias. Muchas gracias. De pana mañana vengo y te lo pago, lindo”, te dice ella. Lindo. Elena te ha llamado lindo. Es perfecto. Todo es perfecto. No importa que trabajes en un Farmatodo. No importa que no sirva el aire acondicionado. Ya tienes motivos para sonreír todo el mes.

Elena se lleva el champú en su bolso. Te mira y te sonríe una vez más antes de salir. Sabes que te lo van a descontar a ti si ella no viene mañana a pagarlo. Y es probable que no venga. ¿Qué acabas de hacer? El champú era importado y carísimo. Valía la mitad de tu salario. Y te lo van a descontar. Quizás ya no te alcance para compartir la hamburguesa con tus amigos o para ir a ver la película de los alpinistas. Quizás Elena va a ver a su novio. Va a decirle: “Un pajúo quesudo en Farmatodo me regaló este champú” mientras lo besa. Mientras su novio le acaricia su pelo color miel. La mitad de tu salario se fue en un champú que no sabes ni a qué huele. Idiota.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “La tienda del molino”, de Truman Capote.

Instrucciones para que no te olvide quien se va del país

Espera cinco minutos más. Sólo cinco minutos más. Va a venir. Tienes que estar seguro de que va a venir. Echa un nuevo vistazo a los pasillos del San Ignacio. Mira a las personas que intentan hacer compras con el poco dinero que les queda. Con el poco dinero que les permite el comunismo. ¿Te acuerdas de cuando el San Ignacio era un centro comercial de sifrinos? Ahora sólo es un conjunto de ruinas que hacen hasta lo imposible por permanecer fashion. Son como una modelo que tiene sesenta e insiste en vestirse de teen. Mira las vitrinas de las tiendas que antes brillaban. Ahora están opacas y sucias. ¿Viene por ahí? Aún no. Pero va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país.

Contesta el mensaje que te acaba de dejar tu mamá en el teléfono. El que dice “Ya se está haciendo de noche. Tienes que tener cuidado. Vuelve pronto a la casa”. Responde con un “Todo estará bien, mamá”. Agrégale una carita feliz para que se sienta un poco más tranquila. Para que no note que estás triste. Para que no note que estás frustrado porque ella aún no ha venido. Quedaron en verse frente a la tienda de perfumes. Esa tienda de perfumes frente a la que has permanecido de pie desde hace casi dos horas. Ella tiene que venir. No puede irse sin verte. Mañana se va del país.

Distráete un poco con los recuerdos que están impregnados con su cara perfecta y con sus ojos claros. ¿Desde hace cuánto es que se conocen? ¡Desde hace unos quince años! ¡Si es que estudiaron toda la vida juntos! Desde que utilizaban chemise blanca. Fue en una clase de tercer grado cuando ella llegó con su carita tierna y sus ojitos grandes. Era la niña nueva del salón. Se sentó en su pupitre. Un pupitre que estaba lleno de textos en típex y de barajitas a medio arrancar del mundial de Corea-Japón. Un pupitre que fue tu pupitre favorito desde aquel momento. Un pupitre que parecía sonreírte cuando estaba tripulado por ella.

¿Te acuerdas de la primera vez que hablaron? Fue en la cantina. Fue en un tercer recreo. Quedaba un solo cachito de jamón en toda la cantina y los dos lo pidieron al mismo tiempo. Ella te miró con ojos algo suplicantes (quizás manipuladores) y tú te derretiste como una vela en medio del peor de los incendios. “Déselo a ella, señora”, le dijiste a la cantinera. La cantinera pudo haber hecho algún comentario tierno. Pudo haber sonreído al menos conmovida por tu gesta heroica y enamorada. Pero la cantinera siempre tenía esa cara de ogro de pantano y no se dio cuenta de nada. Se limitó a lucir su cara de ogro de pantano cuando le dio el cachito a ella. El último cachito de jamón que quedaba. “Gracias”, te dijo ella.

Pensaste que podían ser cosas de niños. ¿Los niños se enamoran? Nadie lo sabe. Tu mamá te montaba un chalequeo cuando te veía suspirando y jugando con el último frijol que quedaba en el plato del almuerzo. “Ay, mi niño. Estás enamorado”, te decía con algo de orgullo y con una sonrisa. Tú te ponías rojo. Pero sabías que ella tenía la razón. ¡Si la parte de atrás de tu cuaderno tenía su nombre una y mil veces! ¡En todos los colores y fuentes! Menos mal que tu mamá no lo llegó a ver.

Comprueba el WhatsApp por trigésimo novena vez. El mensaje que le enviaste de “dónde estás???” aún tiene un solo chulito. Mira a la gente que pasa frente a ti y no se da cuenta de tu presencia. No voltees hacia la tienda de perfumes. La tienda de perfumes en donde quedaste con ella. La tienda de perfumes en donde llevas ya dos horas esperando. ¿Será que le pasó algo? No. Ya te hubiesen avisado. La muchacha que atiende en la tienda de perfumes te está mirando con algo de lástima. Quizás piensa que te dejaron plantado. ¡No voltees! ¡No la veas!

Qué rápido se hace la gente adolescente. ¿Los adolescentes se enamoran? Sí. Los adolescentes se enamoran. Y tú te enamoraste de ella. Le hiciste siempre caso omiso a la gente que decía que los amores de adolescentes no deben ser tomados en cuenta. Tú estabas convencido de que ella era la mujer con la que querías pasar el resto de tu vida. La que te flechó desde que se sentó en aquel pupitre de típex y barajitas. Creció más hermosa que nunca. Ya era otra más en el colegio. Tenía los pechos pequeños pero bonitos. Nada de ella era imperfecto. Nada de ella es imperfecto. Quizás sólo que se tarda un poco en los compromisos. Pero ella va a venir. Tiene que venir. Mañana se va del país y no se puede ir sin verte. No sería capaz.

¿Te acuerdas del dibujo que le hiciste? Ese día tenía su cara bañada con cierta melancolía a pesar de la fiesta. Habían bebido y fumado mucho. Habían celebrado que se habían graduado juntos otra vez. Primero de bachilleres. Ahora de licenciados en letras. Ella aún estaba superando la ruptura con su ex. Con su maldito ex. El que podía tocar sus pechos pequeños y bonitos cuando estaban sin envoltorio. El que tuvo por un tiempo el lugar por el que darías tu vida con tal de estar un solo instante. El que tuvo por un tiempo el lugar que nunca te atreviste a reclamar por miedo a dejar de ser amigos. Por miedo a soltarle a ella un “Eres la mujer de mi vida” que pudiese asustarla y mandar todo al infierno. Es mejor vivir de rodillas que morir de pie cuando se trata del amor. Ella tenía melancolía en su cara. Y tú la dibujaste con un bolígrafo y una servilleta. Tu obra maestra. Aunque nunca se la mostraste. Te dio miedo que le diera igual tu obra maestra.

Mañana se va del país. Conocerá a tanta gente mejor que tú. A lo mejor se enamora de un sueco de cabellera rubia que también podrá quitar el envoltorio de sus pechos pequeños y bonitos. Un sueco que se drogará con el olor a champú de manzana que suelta su pelo mientras tú luchas por conseguir pan canilla. Se va a hacer un máster a España. A lo mejor consigue un trabajo brutal. A lo mejor se olvida de ti. A lo mejor algún día viene a rescatarte y a llevarte con ella. Ella va a venir. Mañana se va del país.

La tienda de perfume cerró su santamaría. La muchacha que atiende la tienda de perfumes evita el contacto visual contigo. Se encuentra con un chamo que la esperó durante cinco minutos. A ella no la plantaron. Te da un poco de envidia. Baja hasta el estacionamiento. Métete en tu carro. Paga la factura carísima. Esperaste mucho tiempo. No preguntes qué pasó. A lo mejor decidió que las despedidas eran tristes y que no quería olvidarte. Podría ser un consuelo.

Tomás Marín.

Adaptación libre del texto “Si yo te olvidara”, de Truman Capote.

Clara

Yo tenía una novia llamada Clara. Aunque no era del todo clara. O sea. En cierto aspecto sí era clara. Tenía la cabellera clara. Tenía la piel clara. Tenía la mirada clara. Pero no era del todo clara en ciertos aspectos. Hubo momentos en los que llegó a ser un poco enigmática. Pero era una chama muy dulce. Era una chama muy buena. Era una chama muy simpática. Aunque nada clara. ¿Quedó claro? Claramente.

Conocí a Clara en la reunión de la amiga de un amigo. Una reunión en Santa Eduvigis. Clara y yo coincidimos en el improvisado mesón de mantel medio deshilachado en donde estaban los licores y los Doritos. Esos mesones que se forman al juntar dos mesas Manaplas. Muy típicos de las reuniones de Caracas. Yo estaba en la mesa por los Doritos. No me gustan los licores. Nuestras manos se juntaron cuando iban a agarrar el mismo Dorito del tazón. Como en las películas cursis y malas. Pero una versión del tercer mundo. “Diría Kant que este Dorito estuvo destinado por la causalidad”, le dije a Clara. Clara frunció un poco el entrecejo. “¿Quién?”, preguntó. “Kant. El filósofo”, le respondí. “Ah. He oído algo de él”, me respondió. No sé si Clara mentía o no. Ya he dicho que no era clara. “¿Cómo te llamas?”, me preguntó. “Tomás”, le respondí mientras le ofrecía mi mano. “¿Y tú?”, le pregunté. “Clara”, me respondió. “¿Clara de huevo?”, le pregunté haciendo gala de mi humor más inteligente (digno de Moliére o de Aristófanes). A Clara no le hizo ni una pizca de gracia. “Mi humor es estúpido. Aristóteles decía que el humor era la forma más indolora de la fealdad”, le dije. Clara sonrió y me invitó a hablar a un rincón.

Clara y yo salimos varias veces. Nuestra relación se fortificaba. La introduje un poco en el mundo de la Caracas alternativa. En el mundo del Centro Cultural de Chacao y de las obras de teatro en el CELARG. En el mundo del “Simonero” de la Patana y las proyecciones de películas moldavas que no las entiende ni el que las hizo. Ella estaba encantada. Yo también. Clara hacía comentarios nada claros sobre las obras de teatro que veíamos. Terminamos un día de ver “El jardín de los cerezos” y ella me dijo: “Esa obra se vería brutal en un triángulo escaleno”. No tuve derecho a preguntar. Ella había cambiado el tema. Me dijo que le gustaría que fuese a comer con su familia. Una especie de presentación formal de su nuevo novio/fichaje. “Sí va”, le dije mientras un breve escalofrío recorrió mi panza.

La casa de Clara y de su familia es muy bonita. Una casa arreglada. Floreros transparentes. Portarretratos con fotos de la época de Medina Angarita. Mucha armonía. La familia de Clara es portuguesa. La abuela de Clara es una anciana redondita muy simpática y muy dulce. De grandes lentes y permanente plateada. El papá de clara es un hombrón de metro noventa que asegura que Cristiano Ronaldo es la reencarnación de Cristo que bajó del cielo y llevará a los portugueses a una era de bonanza y de felicidad.

La familia de Clara es de muy buen comer. Todos son muy simpáticos. Me sorprendía que Clara fuese tan flaquita con una familia que comía tanto. Me hicieron sentarme en el sofá mientras me preguntaban sobre mi vida y esperaban a que la comida se terminase de hacer en el horno. Clara tomaba mi mano y sonreía. No me soltaba la mano. Yo tenía algo de hambre. Me ofrecieron un vino. Yo lo acepté. Seguimos hablando.

Por fin salió la comida. La abuela de Clara puso sobre la mesa una especie de pastel salado que se veía digno de Zeus y de los otros dioses del olimpo. Yo salivaba. Me sentía como el perro de Pavlov. “Vas a ver qué rico cocina la abuela”, me dijo una de las tías de Clara. De postre había Tres Leches. Pero no cualquier Tres Leches. Un Tres Leches que se veía espectacular. El que no está seco. El Tres Leches. La única razón por la que no me he volcado de lleno al ateísmo. La única razón por la que creo que hay un dios que nos ama. Un dios que nos permite tener Tres Leches.

Estábamos preparándonos para sentarnos todos a la mesa. El papá de Clara llegó muy molesto. Estaba furioso y preocupado. Estaba decepcionado e incrédulo. Tenía su celular en la mano. Había hablado con el abogado de su hermano. Aparentemente Clara tenía un tío que era amigo de lo ajeno y que tenía un buen puesto en una banca privada. Ese tío se había involucrado en algo de una estafa. Y le había salido mal. Lo tenían detenido en no sé dónde. El papá de Clara tendría que ir a declarar no sé cuándo. O algo así.

La familia se quedó muda durante unos momentos. La tía de Clara (la que me había dicho lo de la cocina de la abuela) estaba pálida. Le temblaba la boca. Clara ya no me tomaba más de la mano. Aunque a veces me veía. Yo no sabía qué decir. Pensé en echar el chiste de la clara de huevo. Pero quizás no sería prudente en ese momento. El silencio se fue rompiendo con conversaciones paralelas que distaban mucho de ser conversaciones alegres de un fin de semana. Yo era el único que me encontraba en silencio. Yo era el único que estaba viendo el pastel de la abuela y el Tres Leches.

La mamá de Clara le espetó a la tía de Clara una especie de reproche sobre el tío estafador de Clara. La tía de Clara no se la caló. Le respondió firmemente. El papá de Clara hablaba con la abuela. Él era como el hijo bueno. Pero la abuela le decía que su hermano era así desde niño. Clara iba de conversación en conversación. Brincando. Como una ranita. Yo estaba agradecido de que nadie me preguntase mi opinión. Mi opinión era que se podía discutir comiendo pastel y Tres Leches. ¡El pastel se estaba enfriando! ¡Intacto! ¡Qué horror!

A mí no me importaba que al tío de Clara lo enviasen a Alcatraz o a la silla eléctrica. Que él arreglase sus cosas si estaba metido en estafas. La discusión entre los familiares de Clara era cada vez más ruidosa. Ya los insultos eran cada vez más agresivos (aunque con cierta distinción). Nadie tenía intención de sentarse a la mesa. El papá de Clara fumaba. El pastel se enfriaba. El Tres Leches se veía tan solitario. “Quizás es mejor que te vayas, Tomás. Esto va para largo”, me dijo Clara. Ni siquiera pretendió acompañarme hasta la salida. Yo envolví un pedazo de pastel y un pedazo de Tres Leches en unas servilletas. ¡Los invitados tienen que comer!

Tomás Marín

5 obras de teatro que deben ser leídas (XI)

“Cielos”, de Wajdi Mouawad.

“Cielos”, si somos ortodoxos con las instrucciones de montaje y con las acotaciones del texto, es una obra de difícil puesta en escena. “Cielos”, para una presentación domo debe ser, requiere ciertos aspectos técnicos como proyecciones y efectos de sonido. Está dividida en breves episodios que nos presentan una trama devastadora. “Cielos” es un dardo punzante que refleja el sentir y la frustración de mucha de la juventud de nuestro tiempo, que, muchas veces, no encuentra un suelo sólido sobre el que asentarse. Un grupo de personas tiene la difícil tarea, en total aislamiento, de descrifrar las pistas de un gran ataque terrorista que supuestamente está en proceso de planificación y cuyas claves se hallan en distintos poemas y, quizás, en un cuadro de Tintoretto, clásico pintor manierista. La historia nos lleva y nos trae tanto a la resolución del conflicto como a las relaciones de los invstigadores con sus seres queridos. Es una obra profundamente pesimista que forma parte de la tetralogía “La sangre de las promesas”, obra del mismo autor. Uno de los mensajes descifrados a los autores del ataque refleja un delicado tacto poético: Mirad la sangre: ¿Quién ordena que sea vertida? ¡Los padres, los padres! ¿Quién la vierte? ¡Los hijos, los hijos! Todo hombre que mata aun hombre es un hijo que mata a un hijo”.

 

La ópera de los tres centavos, de Bertolt Brecht.

Esta pieza, sin duda la más famosa del autor (aunque no, por ello, necesariamente la mejor). Se ha representado millares de veces a lo largo y ancho de todo el mundo. Sin duda, el arma más poderosa de esta pieza es la música, compuesta por el genio Kurt Weill, músico colaborador de Brecht en distintas ocasiones. La ópera de los tres centavos es una adaptación un tanto libre de “La ópera del mendigo”, pieza teatral y operística del Siglo XVIII cuya autoría es de John Gay. La historia nos inmiscuye en un Londres empobrecido en donde conoceremos a uno de los personajes más entrañables en la historia del teatro: Mackie el Navaja (Mack the Knife en inglés o Mackie Messer en su versión original, en alemán). Este pícaro, ladrón y asesino, contrae matrimonio con al coqueta Polly, hija del gran administrador de los mendigos de la ciudad. El Señor Peachum, padre de Polly, junto a su esposa, al ver mancillado su honor, se embarcan en una venganza contra Mackie, el cual confía, una vez más, en su suerte. Aunque, quizás esta vez, ésta no le sonreirá tanto. Un diálogo entrañable es el que sostiene el Señor Peachum con Brown, jefe de la policía: “¡Así que considera a nuestros jueces sobornables, Señor Peachum!”. “¡Al contrario, señor Brown, al contrario! Nuestros jueces son absolutamente insobornables: ¡No se les puede comprar con nada para que hagan justicia”.

 

“El mendigo, o el perro muerto”, de Bertolt Brecht.

Esta es una de las obras más cortas de Brecht. Es, más que una obra en sí misma, una pieza de teatro breve. Sin embargo, es una de las más concisas en la bibliografía del autor. Cuenta solamente con dos personajes, ambos contrastan duramente y no pueden ser más disímiles. El primero de ellos es un emperador. El segundo es un mendigo. Ambos sostienen una conversación que contiene mucha filosofía moral. El emperador celebra que ha obtenido un importantísimo triunfo frente a un enemigo. El mendigo se encuentra desconsolado por la pérdida de su perro. Una de las mayores punzadas contra el poder se ve claramente cuando el emperador pregunta al mendigo (sin aún haberle revelado que es el emperador): “¿Qué opinas del emperador?”. Y el mendigo responde: “El emperador no existe; pero el pueblo cree que hay uno y un hombre cree que es él”. 

 

“Madre Coraje y sus hijos”, de Bertolt Brecht.

Sin duda, “Madre Coraje y sus hijos” es una de las obras más emblemáticas del teatro de todos los tiempos. El historiador de teatro español César Oliva la colocó entre las obras con más influencia en la historia del arte escénico. Madre Coraje es una vendedora que va con un carromato lleno de mercancías que va vendiendo en medio de una guerra que, aunque en teoría es la Guerra de los Treinta Años, acaecida en el Siglo XVII, posee muchas referencias y similitudes con las guerras modernas. Un lado de Madre Coraje, en medio de su aventura, no desea que la guerra termine, ya que ésta la beneficia económicamente a ella. Por otro lado, la guerra amenaza con arrebatarle a sus hijos, ya que éstos, directa o indirectamente, participan de ella. Esta paradoja se deja ver en uno de los monólogos más emblemáticos que pronuncia Madre Coraje: “Las victorias y las derrotas de los peces gordos de arriba y las de los de abajo no siempre coinciden, en absoluto. Hay casos incluso en que, para los de abajo, la derrota se ha traducido en un beneficio. Se ha perdido el honor, pero nada más. Recuerdo que una vez, en Livonia, nuestro capitán recibió tal paliza del enemigo que, en la confusión, conseguí un caballo blanco del bagaje, que tiró de mi carro durante siete meses, hasta que vencimos y me lo requisaron. En general se puede decir que a nosotros, la gente corriente, la victoria y la derrota nos salen caras. Lo mejor para nosotros es que la política no se agite mucho”.  

 

“Madre (El drama padre)”, de Enrique Jardiel Poncela.

De todas las obras que escribió Jardiel Poncela, quizás ésta fue la que más desagradó a los críticos, quienes la catalogaron de “inmoral” y de “inverosímil”. De hecho, Jardiel Poncela hace un proemio a “Madre (El drama padre)”, en donde defiende, a capa y espada su comedia. Para empezar, la intención de Jardiel Poncela con esta obra fue dar un sablazo, o arrojar un dardo, a lo que él consideraba dramas sosos y bobos que se presentaban en Madrid. Según Jardiel Poncela, estos dramas (muchas veces tan cursis) eran los que deberían ser considerados realmente inmorales. La trama de “Madre (El drama padre)”, no tiene nada de especial. Es una obra de segunda categoría si la comparamos con piezas del autor como “Las cinco advertencias de Satanás”. Cuatro supuestas cuatrillizas contraerán matrimonio con cuatro supuestos cuatrillizos. El hermano de la supuesta madre de las supuestas cuatrillizas llega para decir que los ocho son hermanos. Y una serie de personajes, que entran y salen, van montando y desmontando estas hipótesis, muchas veces confundiendo al espectador. Aún así, la obra (que es su intención) arranca más de una carcajada, ya que está repleta de chistes realmente ingeniosos. Más que la obra en sí misma, llama mucho la atención la crítica feroz que hace (irónicamente a la crítica) Enrique Jardiel Poncela.

 

Tomás Marín