“Es la ley que nos rige y nos gobierna”.

Hace poco, uno de mis compañeros de promoción en el colegio San Ignacio me escribió para ver si yo iba pendiente de ir al reencuentro promocional. Este año cumplimos diez años de graduados. Irónicamente, el reencuentro no se va a hacer en Caracas, ciudad en la que está ubicado aún nuestro colegio. Las razones son obvias. Caracas es una ciudad moribunda y son muchos (pero muchos) los que se han ido de allí. El reencuentro se va a hacer en Madrid. Hay muchísimas personas de nuestra promoción en Madrid. Hay muchísimos venezolanos en Madrid. Me crispa un poco. Es una de las razones por las que me fui de allí. Amo a Caracas, seré caraqueño hasta mi último respiro, pero también soy muy hispanófilo como para soportar el ver tantas gorras tricolor y tantas consignas patrioteras (aunque sé que hay venezolanos realmente valiosos, nobles y buenos).

Yo le respondí a mi compañero que no. Que no contaran conmigo. Quise ser lo más sincero posible sin quedar como un grosero. Aunque, releyendo bien el mensaje, no sé si logré mi objetivo. Le dije que no pensaba gastar euros (que son escasos para mí) ni pretendía hacer un viaje de casi diez horas en autobús para ver a mucha gente que me es indiferente. No quise que pensara mal. Hay mucha gente de mi promoción a la que quiero y aprecio. Hay muchos incluso a los que suelo ver de vez en cuando y comparto con ellos momentos realmente agradables. Pero hay muchos que, simplemente, me dan igual, como estoy seguro que a ellos yo les daré igual. Nuestra promoción es sumamente grande. Es algo natural que esto suceda.

Siempre me crisparon un poco algunos aspectos de mi colegio. Mi grupo más cercano de amigos, con los que he compartido casi toda mi vida, son de mi colegio y de mi promoción (aunque ahora, por la diáspora, los veo con mucha menos frecuencia que cuando vivíamos en Caracas). Pero realmente hubo aspectos de mi colegio que me crispaban. No sólo del colegio de por sí. A mí me gustó mucho mi colegio y estoy muy orgulloso de haber estudiado y haberme graduado allí. Sino de todos los círculos que se tejían en torno a él.

He decidido escribir este relato/crónica/relación a raíz de una conversación que tuve hoy con uno de mis compañeros del colegio. Uno de esos compañeros medio marihuaneros que te van cayendo bien con el tiempo y con quienes te ríes mucho compartiendo una cerveza. Esta historia estará empapada de aspectos de la política venezolana, pero no será un texto político como tal. No será un ensayo. Mi propósito con este texto no es molestar ni ofender a nadie. Mucho menos abrir rencillas. Mi propósito con este texto es que el lector pase un momento divertido y, si es posible, sea capaz de ejecutar alguna reflexión.

Yo nunca, y creo que no soy el único, encajé con el molde del “ignaciano”. “Ignaciano” era una palabra que mi colegio (Colegio San Ignacio) utilizaba para determinar ciertas características que el colegio buscaba forjar en sus alumnos. Estas características, en teoría, eran valores cristianos católicos sumados a otras características de bondad y solidaridad, todas en teoría. Fueron pocos “ignacianos” los que llegué a conocer. En un colegio como el San Ignacio (al que, de verdad, le tengo mucho cariño) el más grande pecado o error que una persona podía cometer era no ajustarse al patrón. Y muchas personas tenían ese patrón, y defendían ese patrón.

El prototipo del estudiante del San Ignacio, al menos en mi época (no sé cómo será ahora, cuando la dictadura ha hecho mermar absolutamente todo), era, básicamente, el niño (o niña) pudiente, de padres perfectos y sin mucho pensamiento crítico. Era el niño que, mientras menos preguntas hiciese que pudiesen incomodar al dogma del colegio, sería mejor. Si este niño tenía ascendencia europea, mucho mejor aún (Y yo amo a los europeos. Muchos de mis mejores amigos son hijos o nietos de italianos, de españoles, de portugueses, etc. Al igual que pienso que ser pudiente, si se ha logrado con honestidad, no tiene nada de malo). Yo nunca fui (y no me da vergüenza decirlo), una persona particularmente pobre. Tampoco fui (y tampoco me da vergüenza decirlo) una persona particularmente rica. Si yo me hubiese quedado quieto, quizás mi historia en el colegio hubiese sido una sin pena ni gloria.

Pero el punto de quiebre se remonta a hace algunos 20 años. Yo siempre he admirado (y sigo admirando) a mi papá. Mi papá (y no es porque sea mi papá) es una de las personas más extrañas (extraña para bien) y particulares que existen. Es una persona (y les juro que no digo esto porque sea mi papá) culta y sabia. Es también una persona sumamente impulsiva. Mi papá proviene de una familia muy pobre, que sigue siendo pobre. Mi mamá sí proviene de una familia mucho más acomodada. Su historia fue un poco al estilo de Aladdín. Mi mamá era una princesa rebelde e inteligentísima que, en busca de su propio camino y de su epopeya, conoció a una especie de bohemio encantador y poco adinerado con el que se casó.

Pero eso no fue lo que sucedió hace 20 años. Lo que sucedió hace 20 años fueron unas elecciones presidenciales que cambiarían al país para siempre. Un tal Chávez, militar izquierdista, comenzó a encabezar las encuestas. Las encuestas, hasta entonces, habían sido encabezadas por Irene Sáez, una brillante mujer que prometía mucho pero que se dejó asesinar (políticamente) por COPEI. Un partido de católicos ultraconservadores medio ladillas. Un partido que se acoplaba perfecto a un lugar como el San Ignacio.

Los niños no suelen tener mucho pensamiento crítico. De hecho, hay personas que mueren sin haber conocido el pensamiento crítico. El pensamiento crítico es algo que se va cultivando con mucha paciencia y con mucha capacidad de ser escéptico para todo. Mi papá, impulsivo y con el espíritu medio izquierdista que suelen tener los bohemios como él, al igual que más de medio país, se dejó encandilar, hace 20 años por las promesas de ese tal Chávez. Y su hijo, yo, sin ningún tipo pensamiento crítico para el momento, alabó, por mera inercia de admiración paterno-filial, a Chávez en su momento.

No sé si he dicho que, para evitar malos entendidos y orientar este humilde texto más hacia el lado lúdico y divertido, cambiaré nombres para evitar que los co-protagonistas de esta historia se sientan aludidos. Sin embargo, advierto que la creatividad nominal no es algo que se me dé particularmente bien, así que es posible que los nombres ficticios que utilice para sustituir a los nombres reales sean realmente obviedades que puedan permitir que cualquier persona del entorno, con un poco de astucia, identifique, con facilidad, a las personas de las que hablo.

Estábamos en segundo grado y yo estaba contento. Por alguna razón, contra lo que se hacía todos los años, los salones no se remezclaron con el avance de grado. Yo ya había hecho mis amigos en primer grado (que fue mi primer año en el colegio) y, cuando pasamos a segundo grado, el salón se mantuvo intacto. Incluso, hasta tocó la misma maestra. Pongámosle, como nombre a esta maestra, Clari Sánchez. Clari Sánchez, la maestra, estaba un día dando clases. Para esa época, las maestras (creo que es algo que se sigue manteniendo hasta hoy) tenían una especie de asistente, como de maestra auxiliar (no es fácil controlar un salón con 40 niños). Clari Sánchez tenía una asistente.

Faltaban pocos meses (o pocas semanas) para las mencionadas elecciones presidenciales. Ya las opciones se habían reducido a dos. Chávez o Salas Römer. A Chávez no hace falta describirlo, creo que ya es un personaje famoso a nivel mundial. Una especie de genio maligno que supo por dónde cojeaba un país bananero y lo ahorcó hasta destrozarlo. Salas Römer tampoco merece la pena describirlo mucho. Era, simplemente, la oposición a Chávez. De haber ganado Salas Römer, el país, definitivamente, quizás estuviese jodido, porque el destino de Venezuela desde el 58 es estar jodida, pero, seguramente, no estuviese destrozado y muerto, como está hoy. De hecho, mi papá, como medio país, vive arrepentido de haberle dado ese voto a Chávez.

El hecho es que estábamos en una clase y Clari Sánchez, la maestra, detuvo por un momento las enseñanzas. Recuerdo que ella y su asistente (que era súper linda) se colocaron sobre el “escenario” del salón. El “escenario” del salón era, sencillamente, una tarima formada por una elevación en el granito que hacía que el pizarrón, y quien diese la clase, estuviese más elevado que el nivel de los pupitres en donde estábamos los estudiantes. Clari Sánchez y su asistente comenzaron a hablar sobre política. Sobre las elecciones. Creo que no lo hicieron con mala intención. No creo que fuese como el cuento “La composición”, del chileno Antonio Skármeta (quien, casualmente, había compuesto el cuento ese mismo año), en donde una dictadura, con mucha simpatía, pregunta a los alumnos de una escuela qué hacen sus padres durante la noche.

El hecho, es que Clari Sánchez pidió que levantasen la mano aquellos alumnos cuyos padres iban a votar por Salas Römer. En un colegio como el San Ignacio, es natural imaginar que todo el mundo levantaría la mano. Efectivamente. Eso fue lo que sucedió. Sólo un niño se quedó sin levantar la mano, ¿saben quién fue? Luego de pedir que todos bajasen la mano, Clari Sánchez formuló casi la misma pregunta, con la única variante de que el nombre de Salas Römer se cambiaba por el de Hugo Chávez. Sólo un niño levantó la mano, ¿saben quién fue?

A pesar de eso, mi vida estudiantil, hasta cuarto grado, fue normal, tranquila y feliz. El San Ignacio es un colegio grande con promociones grandes. Aunque no se encaje perfectamente en el estereotipo de ignaciano futbolista, siempre podemos encontrar amigos un tanto raros, como nosotros. Creo que no es necesario mencionar que Chávez ganó. Para ese momento, al igual que como sucedió el 23 de enero del 58, pero mucho más dramático, pocos sospechaban que el país se destrozaría en todas las formas posibles.

De ahí damos un salto hasta quinto grado. Quinto grado, al igual que sexto, son grados jodidos. Ser preadolescente nunca es fácil. Creo que si hay algo más peligroso que un adolescente, es un preadolescente. Por lo menos el adolescente ya tiene ciertas libertades. El preadolescente, en cambio, es un poco de nada. A eso súmense hormonas que comienzan a brotar y cosas así. Y las hormonas de la preadolescencia, al igual que las de la adolescencia, hacen a la gente impulsiva y estúpida.

Había una chama de mi salón llamada Ana Indalecia. Ana Indalecia era muy delgada y tenía un pelo como castaño tirando a rojizo que a mí me encantaba. Era la típica chama que, si estuviésemos en un colegio estadounidense cliché de los que salen en las películas, también clichés, sería la típica chama porrista. Casi todas las chamas de mi salón eran un poco así. Todas andaban en su grupo para arriba y para abajo, entrando en la pubertad y jugando a maquillarse. A mí no me importaba mucho. Yo estaba tranquilo con mis amigos.

Hubo un problema. A mí me gustaba Ana Indalecia. Cuando se es preadolescente, el que te guste alguien es como un juego divertido y agradable. No sé cómo será en estos tiempos de redes sociales y 2.0. Pero, antes, una sola mirada o una sola palabra de la persona que te gustaba te hacía sonreír, te alegraba el día y te hacía pensar en eso, prácticamente, todo el día. Ana Indalecia era simpática conmigo, al igual que con todo el mundo. Yo, como siempre creí que podía gustarle a alguien a fuerza de llamar la atención de las maneras más idiotas posibles, decidí que era el momento de “atacar”, de llamar la atención de la célebre Ana Indalecia.

Para esa época, aún no sabía escribir textos realmente buenos (como si supiese ahora), aún no sabía componer canciones o poemas (como si supiese ahora) y tampoco tenía mi glorioso y genial sentido del humor (ya saben lo que va adentro de este paréntesis, ¿no?). Cuando fui creciendo y haciéndome adulto, el atreverme a hacer las cosas (aunque fuese con miedo) y el perseguir mis creencias y mis sueños me hicieron una persona atractiva, aún cuando, físicamente, no soy una persona agraciada. Mis exs han sido mucho más guapas que tus exs. Pero de eso no trata este escrito. Volvamos a quinto grado.

Como estaba sin destrezas y era un preadolescente subnormal, como casi todos los preadolescentes, se me ocurrió llamar la atención de Ana Indalecia diciéndole a todo mi salón que yo era chavista (parte de esto aún radicaba en la inercia paterno-filial sin pensamiento crítico de la que les hablé). Recuerdo que todo el salón se volteó como si fuese una audiencia que apunta sus miradas hacia un escenario que ha apagado sus luces para anunciar que la función está por comenzar. Hasta la misma profesora de matemáticas, con lentes y una cola de caballo, preguntó con voz de sifrina casi cuarentona: “¿Eres chavista?”. Yo afirmé. Hubo murmullos. Ese hecho marcó un antes y un después en mi vida como estudiante y en mi vida en general. Al menos el objetivo (llamar la atención de Ana Indalecia) se había cumplido, ¿no?.

Me hice aún más antiignaciano para los cánones del colegio. Empecé a sufrir en carne propia el fantasma del bullying. Había dos tipos de bullying para mí: el bullying de la violencia (por suerte para mí, poco frecuente) y el bullying del rechazo. Comencé a ser el paria de la casta india, el bicho raro. Todo el mundo comenzó a apartarse de mí. A veces, algunos de mis compañeros me detenían en medio del recreo para insultarme. A veces, otros, al fin y al cabo sifrinos, me hacían entrevistas malintencionadas de preguntas punzantes (Ana Indalecia incluída). A veces, algunos profesores me llamaban aparte y me preguntaban si en verdad yo y mi familia éramos chavistas.

Hubo una profesora que, no sé si a raíz de eso o a raíz de que era (o es, no sé si está viva) una mala profesional, se ensañó particularmente conmigo. Sé que decir algo así puede sonar al típico “Ay, el profesor la tiene cogida conmigo”. Pero esta profesora, a la que nombraremos Carla, me subestimaba mucho. No era que me regañara, era que me subestimaba. No me permitía proponer. Trataba mis trabajos (que eran malos, ¿para qué mentir?) con muchísimo desprecio. Intentaba dejarme en claro que yo no serviría para absolutamente nada en la vida. Sus consentidos, sus ejemplos a seguir, siempre eran los más aplicados. Eso no está mal. Pero se supone que un profesor intente estimular a los no aplicados a ser como los aplicados. No a despreciar a los no aplicados.

Y esto es un inciso, que puede ser un inciso un poco dulce y cursi (y yo odio lo cursi), pero no dejen nunca que las Carlas del mundo los limiten. No dejen nunca que las Carlas del mundo determinen lo que ustedes pueden o no pueden hacer. La Carla que a mí me tocó me trataba con muchísimo desprecio y con una lástima que me hacía daño. Hoy, más de quince años después, yo, que se supone que no serviría para nada, tengo dos carreras, dos libros publicados (y dos en proceso de ser publicados), la monarquía española me nombró Caballero por mis contribuciones a la cultura y hoy cociné un pavo con papas brutal. Las Carlas del mundo creen que todos los que sacábamos malas notas lo hacíamos porque éramos todos vagos y tontos. A las Carlas no les cabe en la cabeza que un buen estudiante baja sus notas porque sus compañeros (incluyendo muchos a los que las Carlas consideran ejemplares) lo agreden, lo humillan, lo apartan, lo insultan. Y para éste estudiante agredido, humillado, apartado e insultado, es más importante buscar estabilidad emocional que saber cuántas palabras se pueden poner o no poner en un mapa conceptual.

Por fortuna, al llegar el bachillerato y convertirme en adolescente, se dio un cambio drástico. Un cambio como el que generó Gutenberg a la humanidad, pero en la vida de un muchacho un tanto apartado. Poco a poco fui conociendo a más personas de mi promoción. El San Ignacio es un colegio grande de promociones grandes. Hay como muchas órbitas y muchas galaxias que danzan y conviven entre sí. En un colegio como el San Ignacio puedes encontrar oro y puedes encontrar cianuro, puedes encontrar la tolerancia más grande y el desprecio más bochornoso. Esos amigos, que conservo hasta el sol de hoy y a los que les agradezco tanto, fueron responsables de que yo tuviese un bachillerato muy feliz. Esos amigos me permitieron ser quien quise ser, quien quiero ser y quien siempre querré ser. Esos amigos siempre me apoyaron en mis sueños de ser escritor, de ser artista, de ser rockero, de ser un pan con Nutella, de ser un espagueti con salsa roja. Me apoyaron en todo. Y siguen apoyándome. Me permitieron tener sentido del humor y tener, cada vez, menos miedo. Eso incluye también a algunos profesores a los que quiero con el alma. Al entrar en humanidades, casi todos mis mejores amigos se fueron por ciencias. Pero, al entrar en humanidades, volví a ser un buen estudiante.

Con casi toda mi promoción tengo un trato cordial. Incluso con esa gente que, como dije al principio, me da un poco igual. Incluso con esa gente que, irónicamente, tras ser muy ignacianos, supuestamente terminaron haciendo negocios turbios con el chavismo o bailando para quienes hicieron negocios turbios con el chavismo. Es algo que no sé con certeza, ni lo quiero saber. Pero el haber pasado por una experiencia así en un colegio dogmático como el San Ignacio (al que quiero mucho), te sensibiliza, te hace abrir el corazón hacia todos, quizás no para ser amigos, porque no podemos ser amigos de todos, pero al menos para saber escuchar, para romper el molde, para atreverse a ir contra esa ley que, como decía un himno entonado muchas veces en el San Ignacio, “es la ley que nos rige y nos gobierna”.

T.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Plomo (Segunda Parte)

A pesar de las chispas que caían, siempre fui una persona muy conductista a la hora de comer. Yo solía comer al mediodía. Si por mí fuera, comería todo el día. Pero al ser estudiante aprendí a hacer malabares con los horarios y a hacer un hueco para poder comer, lloviera, tronara o relampagueara, a la misma hora del día. En este caso, lo que llovían eran balas. Pero mi hora de comer es sagrada. Iría a hacer mi almuerzo y comer. Total, nada podría hacer yo para que la lluvia de balas y de fuego se calmase.

Entré a la cocina. Por un momento tuve miedo. La ventana de la cocina estaba abierta de par en par. Es cierto. No era una ventana muy grande, pero cualquier bala envuelta en fuego podría entrar por ahí. Quise acercarme a cerrarla, pero sentía que sería el lugar más vulnerable en el que me podría poner. Yo no quería morir a causa de una bala. Nadie, creo, quiere morir a causa de una bala. Iba por la cocina procurando estar cerca de las paredes. Procurando estar fuera del rango que podría tener cualquier objeto que entrase por la ventana abierta de la cocina de mi apartamento para actuar en contra mía.

De todos modos, luego de pensarlo con un tanto más de cabeza fría, creí que no debía preocuparme tanto. La ventana de la cocina, hacia la parte de afuera, que daba como a una especie de patio interno, tenía un saledizo creo que de zinc que podía ayudar. El saledizo estaba para proteger a quien cocinara o fregara los platos (nuestro fregadero estaba ubicado al lado de la pequeña cocina de gas) de los rayos agresivos del sol. Realmente era bastante útil, aunque siempre pensé que se veía un poco mamarracho.

Pero sentí miedo nuevamente. No sé hasta qué punto una lámina de zinc (de ésas que son un poco curvas y tienen dos colores que se intercalan a través de láminas) podría resistir el impacto de una bala. Al fin y al cabo, la bala que había caído en mi balcón había arrancado un pedacito del piso, que era de granito rosado. Lo mejor sería, definitivamente, ir con cuidado. Yo caminaba con la cabeza un tanto gacha, como si eso fuese a ayudar en algo. Es parte de esos instintos humanos que, aunque sean un poco inútiles, te brindan una cierta sensación de seguridad.

La nevera estaba llena. A pesar de todas las calamidades y de todas las escaseces que asolaban a Caracas, nosotros siempre nos las ingeniábamos para tener una nevera llena. Y no sólo llena, sino llena de cosas ricas. A pesar de que siempre fui una chica delgada, comer siempre ha sido una de mis grandes aficiones. Siempre fui la envidia de mis amigas estúpidas del Mater. Ellas se mataban a unas dietas horribles en las que tenías que contentarte con comer un pedazo de lechuga de mierda que si con vinagre. Yo, en cambio, me hacía unos sándwiches como de medio metro rellenos de todas las cosas ricas que puede haber en este mundo. Mi otro gran “vicio” siempre fue leer. Y como podía leer comiendo sin ensuciar las páginas de los libros, me encantaba combinar estas dos prácticas.

Esto me lleva a explicar un detalle que a simple vista podría no tener importancia, pero para mí siempre la ha tenido y siempre la tendrá. Al igual que en mi apartamento podíamos disfrutar de una nevera llena, podíamos disfrutar de una biblioteca llena. El mercado de los libros en Caracas era un poco como el de la comida. En las grandes cadenas de librerías (generalmente las grandes cadenas de librerías suelen tener los peores libros) había pocos libros y de los pocos libros que había, las tres cuartas partes versaban sobre autoayuda, brujería, Sascha Fitness y no sé cuántas mariqueras más. Los libros buenos se hallaban en el casi clandestino mercado negro. Tan clandestino como el de los víveres, pero mucho menos concurrido.

Yo me sentía orgullosa tanto de mi nevera llena como de mi biblioteca repleta de clásicos y de títulos realmente fascinantes. Cuando alguna persona venía a mi casa a hacerme una visita (fuese una amiga del colegio, o de la universidad, o del trabajo, o un chamo quesudo que lo que quería era llevarme a la cama), le hacía la prueba de la biblioteca. Le hablaba y le mostraba, al menos durante una hora, los títulos que más me gustaban de mi biblioteca, o los que tenía en la lista para leer. Si la persona a la que le estaba haciendo la exposición se ladillaba (lo que ocurría en el 90% de las ocasiones), yo la ponía como en una especie de lista de gente inútil.

Hacía tiempo que la gente ya no venía a visitarme a la casa. O yo me había hartado de muchos, o muchos se habían hartado de mí o, lo más normal, la gente, sencillamente, se había ido del país. Yo era una de las pocas que aún quedaba. La verdad es que no sé por qué me quedaba. Creo que era una especie de mientras tuviese full la nevera y la biblioteca, el resto del mundo, Venezuela, no me importaba absolutamente nada. Por mí, que el país se incendiara todo.

Casi siempre me tocaba comer sola. Prefería comer en la cocina. Nunca en mi cuarto o en el comedor. La cocina era el lugar más diáfano de todo el apartamento. Eran rarísimas las ocasiones en las que coincidía a comer con mis papás. Mis papás generalmente comían en el trabajo y yo comía en el colegio o en la universidad cuando aún estudiaba, hasta hacía muy poco tiempo. Mientras comía, me gustaba poner la radio para escuchar las noticias escabrosas de lo que sucedía en el país. Del gobierno burlándose de la oposición, de los muertos, de la gente que moría de orgullo y hambre por no quererse arrastrar al carnet de la patria cuando se les había agotado el resto de los recursos.

Creo que, desde que yo era chiquita, siempre habíamos tenido el mismo método. Por eso me acostumbré a comer sola. Amaba comer sola. Detestaba comer con mis amigas porque, como he dicho, yo comía muchísimo a pesar de que soy flaca. Yo era de las que pedía dos y hasta tres menús. Y me molestaba la mirada de extrañeza con la que todas mis amigas me observaban. En cambio, comiendo sola no tenía que tener modales ni que rendirle cuentas a absolutamente nadie. Cuando invitaba a chamas o a chamos para la casa para revolcarnos, no me molestaba que el queso se les chorreara. Lo que me hacía hervir la sangre era que quisieran quedarse a comer.

Pero hacía mucho tiempo que ya nadie iba, y ese plan no se hacía más. Creo que mucha gente en el Mater y en la Monteávila me jalaba bolas porque sabían que conmigo (dentro o fuera de mi casa) las reuniones siempre terminaban siendo bacanales. A mí me encantaba el sexo y me excitaba la violencia. Muchas chamas, aunque fuese por curiosidad, iban a mi casa a escondidas de sus padres para participar en orgías. Me daba mucha risa cuando, antes, durante o después del acto sexual como tal, ponían sus voces de muchachas buenas y les decían a sus papás, a través del celular, que la estaban pasando buenísimo (cosa que no era mentira), que estaban tomando Pepsi y comiendo Doritos. Con los chamos pasaba algo más simpático. A mí el sexo sin por lo menos un toque de violencia me gustaba, pero no me parecía la gran cosa. A veces esperaba a que los chamos se durmieran y, agarrando un bastón de madera que tenía mi papá, cuando estaban durmiendo, se los estrellaba en la cara, muchas veces haciendo brotar sangre. Al principio, evidentemente los chamos gritaban, pero yo sabía hacerlos callar con besos y otras cosas. Siempre fui una mujer atractiva. Pero ya eso era tiempo pasado. Como he dicho, todos o se habían ido del país o se habían casado o estaban empatados con gente pollísima. Yo ya casi no salía tampoco. El día se me iba escuchando cantar a los periquitos o a los canarios, trabajando de vez en cuando. Incluso viendo los peces payaso que teníamos dentro de la pecera. Los peces de esa pecera tenían un máster en observar porno en vivo.

Como a veces la soledad de la casa me abrumaba un poco, salía a dar una vuelta alrededor de la cuadra. Sé que hasta salir a dar una vuelta alrededor de la cuadra era algo peligroso, pero, con suerte, no pasaba mucho. De todas formas, procuraba salir a la luz del día y no en la noche. Aunque, de todas formas, éste era un detalle cada vez menor. Ya la delincuencia en Caracas era tal que daba igual el día que la noche. Ya una persona podía ser hurtada, robada, atracada, secuestrada o asesinada en presencia de una muchedumbre y todo seguía fluyendo con normalidad.

No hacía mucho más que eso. Me gustaba ver las ruinas de Caracas, al menos las ruinas que aún mantenían su forma. Algunos condominios, muy pudientes, hacían potazos entre los vecinos y recolectas para comprar algunos galones de pintura con los que maquillar los edificios. Era un esfuerzo que a mí siempre me pareció loable. Tampoco es que era la gran vaina, pero no sé. A veces, en algunas tardes, Caracas aún conservaba esa luz tenue y medio ocre que me recordaba a mi infancia, cuando se podía vivir tranquila y cuando el Parque del Este aún no estaba tan vuelto mierda, como el resto de la ciudad.

Aún, para quien la supiese buscar, había una especie de vida social en Caracas. Para quien pudiese permitirse el lujo, había aún algunos restaurantes que, mal que bien, funcionaban. Uno de los problemas que yo tenía para seguir socializando es que no es lo mismo socializar cuando eres adolescente o muy joven a socializar cuando tienes casi 30. Cuando tienes casi 30, ya la gente anda en su propio peo. Algunos ya tienen pareja estable, otros ya tienen un trabajo que los consume. Otros más lo que piensan es en la estúpida boda. Cosas así. Yo me sentía una vieja a pesar de que no había pasado los 30. Veía a Caracas como si fuese una ruina antigua hallada en un yacimiento arqueológico. Un lugar en el que, junto a esos escombros, yacía una gran cantidad de recuerdos agradables.

Ahora, casi que mis mejores amigos eran los periquitos, los canarios y los peces payaso. Sé que suena un poco tonto y patético, pero era así. De vez en cuando, muy de vez en cuando, recibía la llamada sorpresa de algún amigo o amiga que se había resignado a morir en Caracas al haber fracasado en todos los intentos de huida. A veces leíamos juntos, a veces escuchábamos música juntos. A veces jugábamos Nintendo juntos. Por lo menos una vez al mes. O cada dos meses. O cada tres meses.

Como aún quedaba uno que otro amigo que sabía y compartía mi afición a comer, me invitaba a comer alguna comida que inventaba en su casa. Me encantaban esas tertulias. Era como una especie de improvisación en la cocina de alguien con los productos que se habían podido conseguir en el mercado negro. A veces quedaban unas cosas tan fabulosas, que anotábamos la receta y el proceso para no perderlas y repetirlas algún día. A veces quedaban unos menjurjes asquerosos, que botábamos (pidiendo tácito perdón a los que morían de hambre, que no eran pocos) por la cañería.

Ser cocinera o chef siempre fue una especie de sueño frustrado. No tanto frustrado por un fracaso personal, sino por el propio país. Ser cocinero o chef era una de las cosas menos rentables en un país que se estaba muriendo de hambre. Serviría, en todo caso, para lo que hacía yo a veces con estos amigos que he contado. Inventar, improvisar, divertirse y comer. Estas tertulias, de alguna manera, paliaban ese sueño que, quizás de haber nacido en un lugar medianamente normal, al menos habría intentado cumplir.

T.M.

Relato inspirado el el texto “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones.

 

 

 

Plomo

El chofer del autobús de nuestro colegio solía decir, cuando el día estaba despejado y lindo, que aquel día estaba bueno para volar. Dependiendo de mi estado de ánimo, solía imaginarme aviones o pájaros disfrutando del cielo límpido. El día que les cuento era uno de esos días. El Ávila tenía un verde fulgurante. Parecía una de esas barajitas brillantes de los álbumes Panini. Las personas sonreían en la calle. Cosa rara en una ciudad como Caracas. Los vehículos, y creo que ésta era una de las cosas más impresionantes, se daban paso. Todo esto a pesar de que el país estaba herido de muerte.

Si hay algo bueno que tenía Caracas era su temperatura. A veces, el termómetro se disparaba hacia arriba, pero eran contados días. Generalmente, el ambiente tenía una calidez exquisita. Esa calidez que, mezclada con humo de carros, es agradable para las personas que hemos nacido, crecido y vivido en ciudad. El aire parecía más suave que nunca. Sé que el aire no se puede ver, pero cuando lo sientes dándote caricias en la cara, es como los novios. Hay días en los que son más toscos y días en los que son más delicados. Los días así sólo pueden anunciar dos cosas, ambas extremas. Cosas muy buenas o cosas muy malas.

El balcón de mi casa tenía una vista relativamente privilegiada. Yo vivía en un piso ocho. Desde el balcón de mi casa se podía ver el Parque del Este. He ahí la razón por la que digo que la vista era privilegiada sólo relativamente. Cuando era pequeña, pasaba, encantada, tardes enteras viendo al Parque del Este. Cuando era pequeña, el Parque del Este era realmente hermoso. Era todo frondoso y hasta mi balcón llegaba como una cierta emanación de frescor. Yo sentía (aunque sé que es muy marico decir esto) que el Parque del Este era como una especie de amigo que me escuchaba. Con el tiempo, y con la dictadura, el Parque del Este se fue resecando y erosionando. Los animales que había allí se fueron muriendo de hambre y, por las tardes, el Parque del Este era el lugar típico para que los niches y los marginales no fueran a besarse, sino a tirar y a engendrar a más niches y marginales. Daba lástima verlo.

No sé exactamente cuál era la hora, pero era algo cerca de las once de la mañana. Vi una chispa que caía desde el cielo. El cielo estaba despejado y hermoso. Pensé en la mariquera que dicen de pedir un deseo cuando ves una estrella fugaz. Pero me pareció extrañísimo el ver una estrella fugaz a plena luz del día. Pensé que quizás había sido una paloma que, al igual que Ícaro, se achicharró por pasar volando cerca del sol. Pero era una tontería. Otra chispa, al igual que la primera, esta vez un poco más lejos, me puso en alerta.

Luego otra un poco más cerca. Luego otra, un tanto más lejos, casi encima del Parque del Este. Eran como pequeñas luces que bajaban formando líneas rectas u oblicuas. Eran luces que, como pequeños cometas, se estrellaban en la tierra. Como meteoritos mínimos. Pero eran abundantes. Cada vez eran más. Era un poco parecido a cuando volteas una luz de bengala, sólo que un poco más limpio, más ordenado dentro de lo que cabe. Las pequeñas flamitas delgadas hacían un pequeño ruido al estrellarse contra el suelo. “Prac, prac, prac”, hacían.

Yo estaba sola en casa. Mis papás estaban en el trabajo, como siempre. Era una mañana bonita y el sol, a pesar de los pequeños fuegos, seguía pulcro y hermoso. Me asomé hacia abajo, para ver a la gente. Los carros seguían en la misma marcha. Los peatones continuaban sonriendo. Creí, por un momento, estar yo sola viendo el extraño espectáculo del fuego que caía del cielo. Creí, por un momento, estar yo sola oyendo el curioso ruido que hacía ese fuego al aterrizar.

En mi casa (en mi apartamento) teníamos dos jaulas. Una de esas jaulas tenía dos periquitos. La otra tenía dos canarios. Uno de esos canarios era rojizo. Era espectacular. Era mi favorito. Más o menos, a esa hora de la mañana, el canario solía cantar (o trinar). De hecho, esa mañana lo estaba haciendo. A mí me relajaba un poco escucharlo cantar. Pero, a la par que había empezado el extraño fenómeno del fuego que bajaba del cielo y, haciendo ruido, se estrellaba contra Caracas, ni los periquitos ni nos canarios cantaron más. Hubo una vaciedad absoluta sólo interrumpida por el silbido del fuego y por el ruido que hacía este mismo fuego al estamparse de cuajo contra el suelo.

De todas formas, este ruido era bastante sutil. Había que aguzar un poco el oído para oírlo bien. Yo tenía, aunque ya el Parque del Este estaba en la mierda, aún la manía desde niña de asomarme por el balcón de mi apartamento a verlo. Creo que, si no lo hubiese hecho, jamás hubiese podido advertir el extraño y curioso espectáculo de las chispas que encandilaban el aire y, cada vez más abundantes y violentas, bajaban sin alterarse mucho por el viento hasta la ciudad.

Como los carros seguían haciendo su rutina normal y ningún peatón parecía aún alterado, me resigné a pensar que todo se trataba de alguna ilusión óptica. Mi vista siempre ha sido buena, pero pensé que quizás ya era hora de comenzar a buscar a algún buen oftalmólogo. Dicen que esta época de tantas pantallas puede joderte la vista hasta el punto de, prácticamente, volvértela mierda. Pero si el ruido que hacía el fuego también era una ilusión auditiva, quizás el problema era, simplemente, que estaba volviéndome loca. 25 años de chavismo vuelven loco a cualquiera. ¿Cómo podrían culparme?

Pero ahí estaba otra de esas chispas, otra de esas estrellas de corta vida que iban a morir sobre el asfalto y agitaban algunas hojas de algunas ramas de algunos árboles. No era tan fácil verlas en un principio. El sol brillaba y la luz del sol opacaba a la luz del fuego que caía. Pero los reflejos que hacían las chispas al pasar por ciertos puntos realmente herían las pupilas. Me asomé hacia otros balcones, a ver si alguien más estaba en el mismo plan que yo. Pero nada. Yo era la única idiota que estaba asomada viendo chispas de fuego que caían desde un cielo pulcro.

El ruido comenzó a ser cada vez más claro. Al principio era casi indefinido, pero luego al menos yo podía distinguir que era un ruido metálico. No era un ruido metálico muy estridente, pero daba la impresión de solidez que sólo tiene el metal al estrellarse contra cualquier cosa. Aún eran relativamente pocas chispas las que caían, pero caían con una frecuencia que seguía llamándome la atención. Todo tipo de posibilidades vinieron a mi mente. Incluso la de un avión comercial que se había vuelto trizas en el aire y ahora esparcía muy pequeñas piezas hasta la tierra. Mientras no me cayera encima comida asquerosa de avión, todo estaría bien.

Creo que me tranquilizaba un poco (o, mejor dicho, más que tranquilizarme, no me terminaba de hacer caer en un estado de real alerta) el hecho de que la ciudad seguía moviéndose como en cualquier jornada normal. El buhonero seguía pelando bolas. El policía seguía pelando bolas intentando joder al buhonero. El malandro seguía pelando bolas intentando joder al policía. Otro malandro, más malandro que el primer malandro, seguía pelando bolas e intentando joder al primer malandro, menos malandro que él, que intentaba joder al policía. Realmente nada se salía del canon de todos los días.

Aunque aún los granitos de fuego que se estrellaban contra el suelo seguían sin ser tantos, no les voy a mentir. Sentí una inquietud que iba creciendo. Iba creciendo casi a la par que las pequeñas chispitas. Pensé en tomar el teléfono y llamar a mi mamá. Pero ella me recomendaría a un psicólogo. Con qué cara iba ella a contestar el teléfono de su oficina para escuchar la voz de su hija no aterrada pero inquieta decir: “Mamá, está lloviendo fuego”. No valía la pena exponerse a eso. Al llegar a la casa me echaría el sempiterno discurso sobre las drogas. Es cierto. Las drogas me gustan. Pero, para ese momento, yo no estaba drogada.

Volví a ver de nuevo hacia el cielo para inspeccionarlo. Como tengo los ojos azules, soy más fotosensible que la gente normal (no quiero decir con esto que las personas de ojos azules somos anormales, pero ustedes me entienden). Coloqué la palma de mi mano perpendicular a mi frente para que hiciera de visera. Pretendí buscar el origen de aquellos extraños meteoritos. No podía ver nada. Intenté buscar alguna bola de fuego más grande desde la que se estuviesen desprendiendo los granitos, pero tampoco.

¿Por qué sonaban así las chispitas al estrellarse contra el suelo? El fuego no hace ruido. Bueno. Técnicamente sí lo hace. Crepita. Pero el hecho es que el fuego, si fuese sólo fuego, no debería hacer ruido al llegar al suelo. En todo caso un “zzzzzzzup”. Pero aquel ruido definitivamente era metálico. No había lugar a dudas. Eran pequeños trocitos de metal que, quizás por la fricción del aire (no sé si estoy diciendo una burrada física) o alguna cosa de ésas se encendían hasta aterrizar sobre Caracas. Y hay que tener realmente mala suerte para aterrizar en Caracas. Pobre metal.

No sé cómo no había pasado antes. Una de las chispas aterrizó sobre mi balcón. Yo me asusté. Hizo un ruido relativamente fuerte y, de hecho, arrancó un pedacito del piso, que era de granito rosado. No sé qué hubiese pasado si hubiese caído encima mío. Quizás me hubiese matado de una. ¿Quién sabe?. La chispa cayó como a un metro de mí. Mi balcón era relativamente grande. La chispa se quedó encendida un buen rato, antes de apagarse. Pude ver que, efectivamente, era metal.

Acerqué la mano al metal, que estaba casi incrustado en el granito rosado del piso de mi balcón. No me atreví a tocarlo. A pesar de que ya no estaba al rojo vivo, sentí, en mi mano, el calor que aún irradiaba. Fui a la cocina y busqué un tenedor. Con el tenedor toqué el metal. A lo lejos, aún caían chispitas que suponía que eran como la que había caído en el granito rosado de mi balcón. Miré de cerca el metal. Era una bala de plomo. Tuvieron que pasar unos minutos antes de poderla tocar con la mano. Era realmente pesada. Aún estaba tibia.

El viento, tan suave como había sido el resto del día, soplaba hacia el lado opuesto a donde yo estaba. Como si la pequeña lluvia de fuego, al menos por ese instante, no fuera a tocar más mi balcón. Aún veía chispas que caían lejos. De todas formas, sin cerrar la puerta de vidrio que separaba el balcón del resto del apartamento, decidí resguardarme bajo techo por si acaso. Uno de los pequeños metales cayó contra un poste. Hizo un ruido agudo que quedó perpetuado en pequeñas vibraciones hasta que, por fin, se calló.

Las balas seguían viéndose de vez en cuando, casi como relámpagos amarillos y pequeños. Caían separadas unas de otras. A una distancia quizás de unos 100 ó 200 metros entre ellas. Yo podía distinguir quizás dos o tres al mismo tiempo. Algunas increíblemente lejanas. Otras, las cercanas, al menos, por efecto del viento, que jugaba, al menos en ese instante, a mi favor, no apuntaban hacia mí. Por un momento, pensé que iba a escampar. Que todo no había sido más que uno de esos sucesos extraños que ocurren al menos una vez en la vida y que sirven para contar en las parrilladas.

Pero no. Era como la despedida de una tía ebria e insoportable que siempre parece que se va a ir a las dos de la mañana de una fiesta pero no termina de irse. Podían pasar varios segundos sin que se viese ninguno de los fuegos, ninguna de las chispas, ninguna de las balas. Pero siempre una, en la cercanía o en la lejanía, rompía esa paz que sólo duraba unos segundos. Hacía como todas sus hermanas. Bajaba encendida en fuego para estamparse y apagarse sobre el asfalto.

A pesar de que seguían siendo esporádicas, sí, poco a poco, iba dándome cuenta de que las balitas que caían desde el cielo eran realmente malintencionadas. Una cerca el Ávila. La otra cerca mío. La otra por el Parque del Este. Una más allá, cerca de La Carlota. Casi imperceptibles. Como ninjas amparados bajo la luz del sol, que ya estaba en el cénit. Ya había pasado cerca de una hora desde que me había fijado en la primera chispa. Entre pequeños solecitos de cortas vidas, había llegado el mediodía. Quizás el último mediodía.

T.M.

 

 

 

La parábola de la ciudad enferma

Creo que todo comenzó cuando llegó aquel hombre. Era un hombre alegre y carismático. Creo que había llegado en un avión. Hablaba a través de altavoces con una voz clara y optimista. Se paseaba por nuestras calles siempre gritando. “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”, decía. La gente comenzó a asomarse con curiosidad. Las ciudades que ofrecía el hombre se veían realmente espléndidas. Todas estaban limpias y brillaban. Todas parecían seguras y bonitas.

Cambiar una ciudad enferma por una ciudad sana no era difícil. Todo el mundo se dejó llevar por las palabras y las promesas de aquel hombre que ofertaba ciudades sanas a cambio de ciudades enfermas. No había duda. No había punto de comparación. Las ciudades que ofrecía el hombre brillaban. Nuestras ciudades estaban enfermas, sucias, olían mal. Eran una auténtica basura. Nuestras ciudades casi no tenían historia ni tradición. En cambio, las ciudades sanas tenían muchísimas historias interesantes y hermosas para contar.

Cuando alguien veía a algún conocido o a algún amigo con su recién adquirida ciudad sana, se moría de envidia y corría en búsqueda del señor que cambiaba ciudades sanas por ciudades enfermas. Todo el mundo entregaba a su triste y patética ciudad enferma a cambio de las ciudades hermosas y sanas que el señor ofrecía. Era un cambio fantástico. Yo mismo llegué a ver a muchas de las ciudades sanas. Tenían edificios increíbles, tenían turistas. La gente era amable con los demás. No se caían a tiros.

Me volteé y ahí estaba Caracas. Tenía la cara destrozada, tenía el cuerpo destrozado. Tenía los pulmones negros y tenía las narices ensangrentadas. Estaba echada en la cama con su misma actitud de siempre. La actitud de no querer hacer nunca nada. La actitud de creerse lo máximo aunque estaba vuelta mierda. Su cuerpo flaco se enredaba y manchaba mis sábanas con su sangre y con su suciedad. Era como una sombra obscura. Qué diferencia tan grande con aquellas ciudades luminosas y sanas que ofrecía aquel señor por los altavoces.

Caracas y yo no hablamos esa noche. No nos miramos casi. A pesar de sus ojeras y de su respiración trancada, por alguna razón me gustaba mirarla. Era triste como caminaba, o como intentaba caminar. Ya casi no caminaba. Estaba chupada. Parecía terminal. Las costillas se le asomaban por los costados grisáceos. De vez en cuando, cuando me hablaba con su voz ronca, tenía algún mínimo y difuso vestigio de lindura. Pero yo no sabía si eran percepciones mías o si era un consuelo estúpido que yo mismo me hacía.

“¿Por qué no me cambiaste por una ciudad sana?”, me preguntó Caracas. “Las otras ciudades son más bonitas y están sanas”, me recriminaba. Yo no sabía qué contestarle. Con ciudades como Caracas lo mejor es darse la vuelta. Tienen como una furia violenta en la mirada que te causa como acidez, que te causa depresión y te da ganas de morirte. Yo no le contestaba. Sabía que contestarle a Caracas era caer en una de esas discusiones en espiral en donde nadie tiene la razón y todos terminan rabiosos. Esa etapa ya ella la tenía. Estaba siempre rabiosa. Comía mirándome a los ojos con odio, con recriminación. Masticaba con la boca abierta y no se preocupaba en limpiarse la sangre que le brotaba de la nariz. La sangre le caía hasta la boca. Era asqueroso.

Mi vida con Caracas se convirtió en un punto extraño. Se convirtió en una especie de árbol caído al que todos señalaban y del que todos se burlaban al pasar. Un sinfín de amigos y conocidos se paseaban a mi alrededor y me echaban en cara sus ciudades nuevas, sus ciudades sanas y recién adquiridas. Parecían aristócratas imbéciles. Se paseaban presumidos con sus Buenos Aires, con sus Parises, con sus Madriles, con sus Sydneys, con sus Santiagos. Algunos se habían moldeado a la ciudad con la que paseaban de la mano. Cambiaban su acento y utilizaban expresiones que yo nunca les había escuchado en la vida. Parecían idiotas. Otros, más agresivos, obligaban a su ciudad a adaptarse a ellos. La vestían de determinada manera, la criticaban, no la dejaban respirar, le recriminaban el no ser como la ciudad enferma que habían cambiado por esa ciudad sana a la que ahora recriminaban. Esa ciudad enferma que sólo comenzaron a mirar cuando ya estaba en posesión del hombre que paseaba con los altavoces gritando “Cambio ciudades enfermas por ciudades sanas”.

Caracas ya no quería salir conmigo. Se sentía sucia. Se sentía acomplejada. Se sentía fea. No quería ir al lado mío. No quería calarse las humillaciones de los estúpidos de mis conocidos que iban presumiendo de sus ciudades de gente educada, de transportes públicos eficientes y de tres comidas al día. Caracas me gritaba, amenazaba con romper todas mis cosas y se encerraba en el baño a pegar alaridos y a llorar. Se molestaba más cuando yo intentaba recordarle los días en que no era así. Estrellaba su cara contra la puerta del baño y hacía sangrar aún más su nariz, ya de por sí sangrante. “Me tuviste que haber cambiado, maldito idiota”, decía su voz quebrada por el dolor, por la locura, por la droga y por la rabia.

Yo estaba harto de Caracas. Me había arrepentido de no haberla cambiado a tiempo. A veces, buscaba al hombre del altavoz, pero hacía rato que no se divisaba por ningún lado. Yo le entregaría a Caracas aunque fuese gratis. Estaba harto de sus insultos y de sus amenazas. Estaba harto de su victimismo y de sus gritos. Estaba harto de su nariz, que echaba chorros de sangre. Se había vuelto más hosca y arisca que nunca. En cada uno de sus movimientos, en cada una de sus respiraciones me acusaba de tenerle lástima. Yo siempre he odiado la lástima.

Pero, pronto, las ciudades sanas de mis amigos y conocidos comenzaron a enfermar. Comenzaron a verse cada vez más sucias y más extrañas. Comenzaron a renquear cada vez más notoriamente y a respirar cada vez con más dificultad. Comenzaban a preguntarse por qué debían rendirle pleitesía a cuatro idiotas que, al fin y al cabo, las habían cambiado y no las habían conquistado por amor. Empezaron a ser ariscas y hoscas, como pequeñas Caracas. Algunas conseguían huir de sus dueños. Otras atacaban directamente. Al fin y al cabo ¿quién les había pedido permiso para ser intercambiadas? Ellas eran ciudades sanas y merecían estar con gente mejor. Mis conocidos cada vez presumían menos, se les veía tristes.

Caracas nunca mejoró. Siempre era una promesa que nunca se cumplía. Siempre era un Sísifo que nunca terminaba de colocar la piedra en la cima de la montaña. Era un pozo sin fondo. Una sangría que nunca se vaciaba. Caracas volvió a pasear conmigo. Nunca se mostraba cariñosa. Si paseaba conmigo era porque disfrutaba ver el sufrimiento ajeno. De vez en cuando, desde que mis conocidos ya no presumían (y algunos hasta se escondían), Caracas esbozaba hasta una tímida sonrisa. Era mala por naturaleza, no tenía piedad ni futuro. Pero qué linda era esa sonrisa que se le dibujaba.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “Parábola del trueque”, de Juan José Arreola.

 

De cómo despedir a Sasha

Mi nombre es Helena Eco. Tengo 27 años y formo parte de la administración de personal del canal Globovisión. Tengo cuatro años trabajando en Globovisión. Comencé gracias a las pasantías de mi universidad. Como siempre (no es por presumir) he hecho un trabajo impecable y serio, el canal decidió contratarme de manera permanente. A veces he pensado en dejarlo todo y buscar, como tantos otros, irme del país. Pero Globovisión ha sido generoso conmigo no sólo en darme buenos compañeros y tratarme bien, sino en pagarme un sueldo relativamente digno para lo que significa la situación del país con un bolívar cada vez más pulverizado.

Hace pocos días, como todos sabrán, una presentadora del canal Globovisión, llamada Sasha López, metió la pata y se quedó en blanco al hablar sobre el homenaje que el canal le iba a hacer a José Antonio Abreu. José Antonio Abreu era un director de orquesta que, prácticamente, fundó el famoso sistema venezolano que se encargó de llevar el aprendizaje de la música a las comunidades más necesitadas. Yo admiré su trabajo hasta que, en las protestas de 2014, al mismo tiempo en el que eran asesinados estudiantes por las fuerzas de la dictadura, Abreu se hacía condecorar por el dictador en una transmisión que buscaba, precisamente, encubrir los asesinatos al tiempo en el que estos eran ejecutados. A partir de ese momento, Abreu, para mí, se transformó en una lacra, en una porquería auténtica. Pero el venezolano tiene memoria corta y le jala bolas a todo lo que pueda parecerse a un mito. Así el venezolano siempre busca encubrir su propia mediocridad.

Yo no tuve tiempo de ver en vivo cuando Sasha se quedó en blanco. La vi a través de un video que comenzó a circular rápidamente por Twitter y por Facebook. En el fondo, Sasha me dio paja. Desde que llegó al canal no era más que una de esas chamas cotufas y del montón. Sé que una presentadora de televisión debería ser una persona inteligente, mucho más que una cara bonita. Pero, de todas formas, siempre me ha dado igual. Globovisión no lo ve nadie. Sasha era un poco estúpida. Al fin y al cabo, es una modelo. (Y sé que hay modelos que son muy inteligentes, pero ustedes me entienden). Era una de esas chamas que se la pasan tomándose selfies con frases imbéciles para alborotar a cuatro quesudos en el Instagram.

Todo el mundo, como suele suceder en un semi-país como Venezuela, cayó en cambote sobre Sasha. Una mujer como Sasha no está hecha para resistir esas cosas. Es una chama que vive en su mundo de pintalabios, maquillaje y demás mariqueras. Es una chama que no está acostumbrada a los insultos. Muchos comunicadores sociales postearon parrafadas y parrafadas de indignación en sus cuentas. Hablaban de la decadencia de los medios y de no sé cuántas otras cosas más. Los comunicadores sociales siempre me han caído mal. Son como los argentinos prepotentes de las carreras universitarias. Todos se creen Renny Otolina, Alfredo Cortina o Ida Gramcko. Lo peor es que comunicación social es una carrera mediocre y estúpida. La puede hacer cualquier persona que sepa escribir su nombre.

Yolanda, una de las directivas del canal, me citó en su oficina el mismo día de la metida de pata de Sasha. Yolanda es una mujer gordísima, pero lo que tiene de gorda lo tiene de buen corazón. Aunque siempre ha sido estricta y seria cuando hay que serlo. Es de las que tienen consciencia de que Globovisión es un canal que no ve nadie, pero se esfuerza en hacer las cosas bien. “Helena, ¿viste lo de Sasha?”, me dijo Yolanda. “Sí, Yoli. Lo acabo de ver por Twitter”, le respondí. Yolanda me comentó acerca de los insultos que le hacían a Sasha por Twitter y de la perjudicación que todo eso tenía para lo poco que quedaba de dignidad en un canal como Globovisión. “Necesito encargarte una tarea. Sé que puede no gustarte”, me dijo Yolanda. Yo ya sospechaba de lo que se trataba. “Necesito que despidas a Sasha. Por mí se quedaría. Pero sabes como es la gente. Y la gente no se va a quedar en paz hasta que la botemos”, concluyó.

Yo le menté la madre a Yolanda en silencio, aunque la quiero mucho. Me sentí mal por un momento. Nunca me había tocado despedir a nadie. Eso siempre había sido trabajo de mis compañeros. Pensé que, por lo menos, había que darle un tiempo a Sasha para que asimilara todo lo que le había pasado por su error tonto. Sentí que era una ratada el rematar con su despido toda la ola de odio y burlas que estaban colmando su Twitter. Pero, al fin y al cabo, es mi trabajo. Y el trabajo debe hacerse.

No sabía cómo decírselo. Nunca he sido de esas personas que se ha puesto realmente a meditar sobre la cuestión de si es mejor dar un golpe certero, doloroso y rápido, o hacerlo con rodeos, como darle una especie de colchón a la “víctima” para que se vaya preparando para la noticia. Creo que lo que más me molestaba era la idea de ver el llanto de cotufa que tendría Sasha. Ese llanto de doncella en apuros cuando se le descasca la pintura de las uñas. A ella le encantaba salir frente a las cámaras. Y ella era bonita. El problema es que su sitio estaba en alguno de esos programas cotufas y bajos como Portadas, o La Bomba, o porquerías así.

Estaba caminando hacia el camerino de Sasha. Sí. En Globovisión, quienes salen en pantalla tienen camerinos. Cuando pasé cerca de la puerta de uno de los baños del pasillo, escuché un llanto de esos llantos que parecen hipo. Inmediatamente supe que era Sasha. Abrí la puerta y allí estaba ella. Tenía las manos apoyadas en el borde del lavamanos con el grifo abierto. Entiendo que estés llorando, pero sé consciente. El agua no es gratis. Sasha me vio y, sin decirme nada, me abrazó mientras aún lloraba. Yo me quedé hierática, sin mover los brazos. Siempre he odiado el contacto físico. Me incomodaba un poco la cabeza de Sasha apoyada sobre mi hombro. “La cagué, Helena. La cagué”, me dijo mientras, por fortuna para mí, de despegaba de mi hombro.

Decidí que, quizás, el baño no sería el mejor lugar para darle la noticia. O quizás sí. Podría decirle “Te botaron” y cerrar la puerta, como si fuese un criminal de cine negro, y dejarla allí, llorando aún más (aunque procuraría cerrar el grifo antes de irme). Pero no. No es mi estilo definitivamente. La invitaría, al menos, a tomarse un café en la fuente de soda del canal y allí, cuando estuviese un poco más calmada, se lo soltaría todo sin anestesia. Ella comprendería. Y, si no comprendía, no era mi problema. Yo sólo obedecía órdenes.

“¿Quieres que te invite a un café?”, le dije. Ella tardó como veinte segundos en dejar de llorar y decirme que sí. Creo que lo que más le preocupaba era su apariencia y su maquillaje corrido. Se veía constantemente al espejo. Si se le ocurría alguna cosa como sacarse un selfie en ese momento, además de decirle que la habían botado como a una yegua de hacienda inútil a la que ya nadie quiere, le soltaría una bofetada para que dejara la estupidez de publicar cada momento de su vida en redes sociales. Pero no lo hizo. Me siguió.

Cuando llegamos a la fuente de soda, ella pidió una manzanilla. Yo pedí un con leche pequeño. El café con leche de Globovisión es único en el mundo. No sé qué le echan, no sé cómo lo hacen, pero es lo mejor que existe en ese canal. Sasha se tomaba su manzanilla a pequeños sorbitos. Hablaba poco. Yo no sabía sobre qué hablar. A veces, simplemente, una no sabe cómo iniciar una conversación. Podría hablarle de que vi a Yolanda y me encomendó la tarea de despedir a una persona del canal. A una tal Sasha, que en ese momento estaba bebiendo una infusión de manzanilla a pequeños sorbitos.

No hablamos sobre el tema de su metida de pata. Sé que ella no quería hablar de eso y, a decir verdad, yo tampoco. Ya, por lo menos, Sasha había dejado de llorar. La infusión le había hecho bien. “¿Y tú cómo estás, Helena?”, me preguntó. Yo le dije que normal. Ya en Venezuela no se puede utilizar el eufemismo de decir “Estoy bien”. Nadie está bien en esta mierda. Quizás los dirigentes del Partido Socialista, que son los únicos que no tienen que hacer malabares con el dinero.

Habían pasado unos veinte minutos. De esos veinte minutos me bastó uno para hacerle a Sasha un resumen de quién era José Antonio Abreu. Omití la parte sobre por qué su muerte no me dolía. Una persona como Sasha quizás no entendería esas cosas. Ella sólo se limitó a responder un “Ah” mientras terminaba el último sorbo de la infusión de Manzanilla. Habíamos estado veinte minutos en la fuente de soda y aún no le había dado la noticia. Estaba tardando más de la cuenta.

Cuando estaba intentando darle vuelvas al tema para entrar, como un espiral, a la notificación de su despido, Sasha me dijo que yo había sido la única persona de todo el canal que se había preocupado por ella. Yo puse cara seria (o, mejor dicho, continué con cara seria). A mí no me importaba ella. Yo sólo había ido allí a despedirla y a brindarle una manzanilla para que el golpe no fuese tan duro. “Para eso estamos”, le respondí en una mentira compasiva. Ella se levantó de la silla, me abrazó y me besó la cara. Yo me volví a quedar hierática y con los brazos apoyados en los brazos de la silla. Realmente odio el contacto físico.

“¿Quieres ir a tomar algo?”, me dijo Sasha. “Conozco un bar por las Mercedes que hace unos tragos buenísimos y es de un amigo. Él no nos cobrará nada”, propuso. Yo no supe qué decir. Podía argumentar que aún estaba en horario de trabajo, pero Sasha sabía muy bien que el canal me consentía tanto que, prácticamente, me dejaba salir a la hora que quisiera. Aunque de ese privilegio casi nunca hago uso. Me siento cómoda en mi trabajo. Pensé en si su propuesta a tomar algo seguiría en pie luego de que le diese la noticia. Pero tenía una sonrisa tan tonta, que me dio lástima cortarla de tajo. Le dije que sí. Ya le daría la noticia en el fulano bar de las Mercedes.

El bar de las Mercedes se llamaba Mango’s. Yo, sinceramente, no lo conocía. Estaba vacío. Éramos las únicas “clientas” que había. Pongo “clientas” entre comillas porque, como había dicho Sasha, el bar era de un amigo de ella que nos estaba regalando los tragos. Pedimos una pecera azul para las dos. Sasha se bebió, en tres minutos, el 95% de la pecera. Yo sólo pude probar un sorbo. Estaba divino. El bar era agradable. Era limpio, tenía aire acondicionado y tenía puffs en el piso. Pedimos una segunda pecera, esta vez anaranjada. En tres minutos, Sasha se la volvió a tomar casi toda. No sé si era despecho lo que tenía. Tuve miedo a que se emborrachara. Aunque, cuando lo pensé mejor, pensé que podría ser mejor. Así se tomaría mejor la noticia de su despido. O quizás peor. Mientras no me estrellara la pecera en la cabeza, todo estaría bien.

“Yolanda me mandó a despedirte, Sasha”, le dije sin anestesia. Ella estaba muy borracha, yo estaba borracha también, pero menos que ella. “¿Qué?”, me dijo. En el bar había una música que era como un techno extraño. Estaba un poco alta. No sé si el “¿Qué?” que me había dicho Sasha era por no haber oído bien o era una respuesta impresionada ante la noticia de su despido. Le repetí exactamente lo que le había dicho. Sasha se quedó mirándome por un momento. En vez de gritar, acercó su boca a mi oído. Ya no estábamos solas en el bar (aunque prácticamente). Una pareja había llegado, aunque se había ido al otro extremo. “Yo sé, Helena. Lo supe desde el primer momento”, me dijo.

Al día siguiente, ella volvió a trabajar como si nada. Al principio, llegué a pensar que la borrachera de la noche anterior le había podido hacer pensar que lo del despido fue una imaginación, un efecto de las peceras y los Martinis. Se le notaba la resaca. A mí un poco también. Pero no había sido un malententido. Globovisión la había vuelto a contratar. A mí me daba igual. No quise preguntarle a Yolanda qué había pasado. Supongo que todo había sido una reacción mientras pasaba la ola de la opinión pública. Puede que Sasha sólo sea una cara bonita. Pero, al fin y al cabo ese canal no lo ve nadie.

T.M.

 

 

No oyes morir las misses

“¿Sabes de alguien que tenga ese remedio?, le pregunté a Michelle. “No sé”, me respondió Michelle. Michelle tenía el pecho negro. Le había brotado una mezcla asquerosa de sangre y plástico. Estaba en topless acostada sobre el asiento de atrás de mi carro. No sé si fue un mal movimiento o si hizo alguna estupidez. Yo no sabía que las infecciones podían ser tan rápidas y tan agresivas. No habían pasado ni dos horas desde que sus gritos me alarmaron. “En algún lugar tendrá que haber un hospital con esa vaina”, le dije. Michelle sólo se cubría el pecho.

“No te preocupes. En Caracas hay mil hospitales. Alguno tendrá que tener eso. No creo que a la gente le revienten los implantes todos los días”, le dije a Michelle en un tono neutro. No quería hacerla reír. Sólo quería darle alguna esperanza. En el fondo, me preocupaba un poco que aquella mezcla de sangre y plástico, que brotaba desde su pecho infectado, cayese sobre mi asiento. Mi asiento era de tela. Michelle estaba manchada. Daba asco. Ya habíamos recorrido varios hospitales y farmacias. Todo estaba lleno de gente pero vacío de medicinas.

Me había costado mucho meter a Michelle en el carro. Creo que el dolor se le había corrido por todo el cuerpo, o algo así. Me preocupaba el cómo podía meterla al hospital en el que llegásemos. Supongo que, de haber enfermeros, éstos me ayudarían a cargarla. Pero en ningún hospital había enfermeros. Ya casi no quedaba nadie en Caracas. Tuve que cargar a Michelle yo sola hasta el carro. “Marica. Por favor ayuda tú también. Te reventó el pecho, no las piernas.”, le decía. Ella aún estaba en shock. Por suerte, Michelle era una modelo esbelta. Aunque eso no quiere decir que no sudara yo al cargarla y arrastrarla hasta el carro.

A veces, la mano fría de Michelle me tocaba el cuello. Yo me quería morir. Sentía parte del líquido de su pecho quedarse en mi cuello. No quería regañarla tampoco. Pero su mano asquerosa y helada me sacaba de la concentración de manejar. Siempre he odiado el contacto físico. Cada vez que Michelle me tocaba, sentía como un corrientazo. Al menos me aliviaba saber que aún estaba viva. No quería tener un cadáver en mi carro. Menos cuando se tratara de un cadáver con los implantes reventados. ¿Cómo podría explicarlo?

“¿Te duele, Michelle?”, preguntaba yo. Era una pregunta estúpida. Obviamente le tenía que doler. Sin embargo, ella me decía que no. Guapeaba como podía. “¿Te duele mucho?”, volvía a preguntar yo mientras afinaba la vista en busca de más farmacias y hospitales. Cada vez que me bajaba a preguntar para que el dependiente me dijera que no podían hacer nada por ella en ese lugar, Michelle se quedaba sola en el carro. Siempre cuando yo volvía a entrar, le volvía a preguntar lo mismo. Ella me respondía que no mucho, pero su voz sonaba algo entrecortada.

“Marica, ya déjalo”, me decía Michelle a veces. No sabía si lo decía en serio o lo decía porque sabía que no iba a dejarla morir tan fácilmente. “No vale la pena”, me decía también. No creo que una chama cotufa y vacía como Michelle tuviese un martirio voluntario. Las personas así, como ella, siempre quieren vivir más sólo para poder seguir con su vida de candilejas, de selfies y de frivolidades estúpidas. Suponía que lo hacía para hacerse la víctima. A veces me provocaba echarla del carro y caerle a patadas. Pero no podía dejarla morir.

No tenía ni idea ya de por dónde estaba manejando. No quería darle a Michelle esa sensación de que estábamos perdidas. “Todo va a salir bien”, le decía a veces. Cuando ella no contestaba, yo me quedaba helada. Volvía a hablarle hasta que ella me respondiera. Así, al menos, sabía que continuaba con vida. Creo que ya habíamos salido de Caracas como tal. Yo estaba manejando a punto ciego. El GPS estaba torpe. En todos los hospitales en donde habíamos preguntado, o estaban llenos o estaban sin recursos. Los silencios de Michelle cada vez eran más largos. Mis temores eran cada vez más largos, paralelos a sus silencios.

“Te voy a salvar como sea, de pana”, le repetía una y otra vez. No sabía qué más decir. Nunca he creído en ese tipo de consuelos, pero lo hacía más para que Michelle me respondiera. A veces, yo llegaba a perder toda esperanza. El desabastecimiento en Venezuela era enorme y la gente se moría por cosas mucho más sencillas que lo que le había pasado a Michelle. Pero había algo en mí que me prohibía darme por vencida. De todas formas, creo que era algo obligatorio. No tenía otra opción que seguir buscando y seguir preguntando.

Michelle se iba poniendo mala. Ya no tenía ni fuerzas para llevar su mano hasta mi cuello. Cada vez tardaba más en contestarme. Como su cabeza estaba justo en mi espalda, no podía voltearme a verla. Tampoco podía verla por el retrovisor. Sólo podía verla cuando regresaba, fracasada, de mi misión de encontrar un lugar en donde pudiesen atenderla. Michelle sudaba en exceso. El aire acondicionado le hacía mal. El aire acondicionado caliente le hacía mal. Michelle estaba empapada de sudor. Yo sudaba también. Comenzaba a ponerme nerviosa.

“Yo no hago esta mierda por ti”, comencé a regañarla. Comencé a llorar mientras hablaba. “Yo hago esto por tu mamá. Tu mamá siempre fue muy de pinga conmigo. No es su culpa haber tenido a una hija imbécil”, me descargaba. Michelle casi no reaccionaba. Era esquiva a mis regaños y a mis insultos. De vez en cuando se quejaba de dolor. Yo sabía que mis palabras no podían hacerle bien, pero me molestaba demasiado estar pasando por eso por culpa de ella.

“Cuando salgas de esto, no te quiero volver a ver. Eres una puta imbécil. Eres una pobre puta imbécil”. Michelle sólo respondía un “ay” de vez en cuando. Yo seguía llorando de la rabia mientras hablaba. Yo no quería sentir compasión por Michelle. Al cabo, era su culpa que le hubiese reventado su implante. ¿Quién coño le había mandado a hacérselos? ¿Cuál es la manía con querer tener las tetas más grandes? Quien piense así no es más que una pobre y puta imbécil, como lo era Michelle.

“Tengo sed”, me dijo Michelle. “Tengo mucha sed”, reafirmó. Yo miré con rabia la botellita que tenía en mi carro. Estaba vacía. Era imposible buscar agua en botellita para Michelle. Ya en Caracas no se vendía el agua así. Ya el plástico se había dejado de producir. No se me ocurría ningún lugar en donde pudiese haber agua, sino limpia, al menos decente. “Qué bolas tienes tú, Michelle”, le dije con rabia, con la voz casi gutural por la rabia. “Qué bolas que, cuando éramos carajitas, yo te admiraba. Tú eras burda de inteligente. Me acuerdo que soñabas con ser la primera astronauta venezolana. Me acuerdo que eras la más hueva en matemáticas y en todo. Pero te lavaron el cerebro tus amiguitas imbéciles. Te lavaron el cerebro con ese peo de que eras linda y que debías ser modelo. Maldita imbécil. Maldita puta imbécil”, rematé.

Michelle había terminado en eso del Miss Venezuela. Ese mundo es una mierda. La hizo cambiar a ella. Se convirtió en una cotufa y en una chama que se excitaba literalmente cuando un boliburgués le regalaba un bolso de marca o la invitaba a tirar a su mansión de Madrid. Un bolichico, sobrino de Diosdado, se había prendado de ella y fue el que le pagó el implante que ahora le había reventado. La convirtió como en su dama de compañía personal. Pero qué más puede esperarse de un concurso como el Miss Venezuela. Y los venezolanos orgullosos de esa mierda.

Yo hice lo que pude. Michelle estaba fría, tiesa y con los ojos abiertos. El líquido del pecho se le había secado, al igual que el sudor. Parecía gangrena. Me daba náuseas. Yo abrí la puerta y, a pesar del asco, me quedé viéndola un rato. Ahí estaba la futura astronauta venezolana. Ahora era una cotufa menos. El boliburgués que le pagó la operación quién sabe dónde estaba. Quizás nunca se enteró. Daba igual. Se conseguiría a otra cotufa imbécil. A otra Miss Venezuela perdedora a quien operar y convertir en su puta personal. A quien seducir en una noche tan linda como aquélla.

 

T.M.

 

 

Estampa literaria de Caracas Nº 3

Eduardo bebe en un bar de mala muerte. Realmente es un bar de mala muerte. Es uno de esos bares que quedan por los Chaguaramos. Uno de esos bares que tienen vestigios de una Caracas más próspera que aún hace brillar ciertos rescoldos pero, al fin y al cabo, es un bar de mala muerte en una ciudad jodida. Eduardo es un escritor fracasado. No tiene muchos amigos. Es articulista en un periódico todo mediocre como Últimas Noticias o 2001. Ni siquiera reseña noticias importantes. Creo que habla de gente estúpida. De misses o algo así. Eduardo bebe licor malo en ese bar de mala muerte, en esa ciudad jodida.

Entra una mujer. Una mujer bella. Es una mujer que tiene cierto aire gitano. Tiene la piel un tanto obscura, pero no tiene pinta de barriotera. Podría pasar por rumana en cualquier lugar del mundo. La mujer está vestida de manera sencilla. No viste tampoco como una barriotera. Es realmente atractiva. Todo el bar está vacío, pero la mujer decide sentarse al lado de Eduardo. Eduardo casi que no la advierte en un principio. La mujer mira con cierto asco el licor malo que está tomando Eduardo. La mujer le regala una copa de vino. Pide otra para ella. Eduardo da las gracias. No sabe si entablar una conversación. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres.

Entablan una conversación. No es una conversación muy relevante. “¿En qué trabajas?”, y cosas así. La vida de Eduardo es tan nula que podría contarse en menos de diez líneas. Pero la mujer parece interesada por él, al igual que él por ella. Él sueña con besarla. Allí mismo, si tuviese la oportunidad. Pero no se atreve. Nunca ha sido carismático. Nunca ha sido atrevido. Por eso trabaja en un periódico mediocre, redactando noticias mediocres. La mujer abre un bolso. Es un bolso negro que brilla a pesar de que se nota que es una imitación. Del bolso saca unos hombrecitos. Luego saca unas mujercitas. Son cuchísimos.

Los hombrecitos y las mujercitas caminan sobre la mesa en la que Eduardo y la mujer están sentados. La mesa está empegostada de cosas. Recuerden que es un bar de mala muerte. Pero los hombrecitos y las mujercitas no parecen prestarle a eso mucha atención. Los hombrecitos y las mujercitas quizás no se quieren, pero se respetan. Se aprecian. Todos trabajan. Ninguno molesta a los demás. Todos están concentrados en sus respectivos trabajos. No tienen tiempo para indagar en la vida de los demás. Un hombrecito viste de rojo, el otro viste de amarillo. Una mujercita viste de azul, la otra viste de blanco.

“Estas personitas se van a joder”, dice la mujer. Eduardo lanza un suspiro de impresión. Una de esas respiraciones entrecortadas por un comentario que no se espera. “¿Cómo se van a joder?”, pregunta. La mujer sonríe. “Vamos a joderlos. Es divertido”, dice. “Es imposible”, responde Eduardo. “Se ven todos coordinados y ocupados. No se van a dejar”, continúa. “Lo puedo hacer, pero no en este bar. Es peligroso”, dice ella. “¿Quieres venir comnigo?”, pregunta. Eduardo desconfía. Con ese truco han matado a miles de personas en una ciudad jodida como Caracas. Pero Eduardo no tiene mucho que perder. Por algo estaba solo en un bar de mala muerte. Eduardo se va con ella. Ella paga con una tarjeta. Se van hacia el carro de la mujer.

La mujer mira a la carretera, no hacia Eduardo. Han salido de Los Chaguaramos. Creo que maneja hacia Montalbán. Los edificios están apagados y tristes. Parte de Montalbán no tiene luz. La mujer fuma con una mano. Con la otra toma el volante. Maneja con cuidado. Todo el carro tiene aroma a cigarros de distintas marcas. Eduardo no dice nada. “¿Sabes cuánto me costaron?”, pregunta la mujer sin desviar la mirada del camino. Los hombrecitos y las mujercitas están dentro de su bolso. “¿Cuánto?”, pregunta Eduardo. “Los tuve que pagar en dólares”, dice la mujer. “No todo el mundo puede tener a estas personitas. Es peligroso”, concluye mientras arroja la colilla de su cigarro por la ventana. Eduardo siente un vacío en el pecho. Espera que, si lo matan, al menos no sufra.

Se sientan en el sofá de la casa de la mujer. Es una casa limpia, aunque un poco desordenada. Hay una sartén sin lavar aún en las rejillas de la cocina de gas. El apartamento es compacto, pero es cómodo. Tiene iluminación amarilla. Se escuchan, atravesando el balcón, los motores de los carros. El apartamento está en un piso alto. Hay una buena vista de Montalbán. De todas formas, no hay mucho que ver. Media Montalbán está sin luz. La mujer abre el bolso. Coloca a los hombrecitos y a las mujercitas sobre una mesa de vidrio que está frente al sofá. Sobre la mesa de vidrio está un portarretratos con la foto de un viejo. Eduardo no quiere preguntar, aunque siente curiosidad. Los hombrecitos y las mujercitas aún trabajan. Cada uno con su color. Cada uno respetando al otro.

La mujer saca del bolso una pequeña lavadora. La regala a uno de los hombrecitos. Al hombrecito que viste de rojo. El hombrecito cesa de trabajar. Mira, encantado, su lavadorita nueva. La lavadorita que ha recibido, aunque no la necesitaba. La mujer saca del bolso una pequeña nevera. La regala a una de las mujercitas. A la mujercita que viste de blanco. La mujercita cesa de trabajar. Mira, encantada, su neverita nueva. La neverita que ha recibido, aunque no la necesitaba.

“Ahora empieza la magia”, dice la mujer. Eduardo mira atentamente. La mujer arrebata al hombrecito su pequeña lavadora. Arrebata a la mujercita su pequeña nevera. Antes de hacerlo, se ha asegurado de que éstos han dado la espalda. Cuando las personitas se voltean, ya no tienen sus regalos. Preguntan qué sucedió. Se pueden comunicar con la mujer. También podrían hacerlo con Eduardo, pero Eduardo prefiere no decir nada, sólo mirar. El hombrecito y la mujercita, de rojo y de blanco respectivamente, miran con súplica a la mujer. Preguntan a dónde fueron sus regalos.

“La culpa es de ellos”, dice la mujer mientras señala al hombrecito de amarillo y a la mujercita de azul, quienes, concentrados en sus trabajos, no se han dado cuenta de nada. “Pero eso es mentira”, replica Eduardo. Tenía tiempo sin hablar. La mujer manda a callar a Eduardo. No quiere que arruine el juego. El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, se sienten traicionados. Le creen a la mujer todas sus palabras. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

El hombrecito y la mujercita, que han perdido sus regalos, no quieren trabajar más. Lo único que desean es recuperar sus regalos. Increpan al hombrecito y a la mujercita que trabajan. El hombrecito y la mujercita que trabajan, no entienden nada. Reciben una sarta de insultos y de preguntas que no entienden. Quieren seguir trabajando. El trabajo los hace felices. El trabajo los hace sentirse plenos. Pero el hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, no dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita que no entienden nada. No es justo. Ellos sólo quieren sus regalos de vuelta.

La mujer se ríe. Las personitas son realmente predecibles y divertidas. Tienen respuestas realmente ingeniosas. Tienen actitudes realmente curiosas. La mujer tiene la garganta seca. Eduardo también. La mujer le ofrece a Eduardo una bebida. “¿Tienes ron?”, pregunta Eduardo. “Tengo Cacique 500”, responde la mujer. La mujer se levanta. Sirve el ron en dos vasos. No les echa más nada. No vale la pena gastar en nada más cuando uno desea embriagarse. Da el ron a Eduardo. Se sienta de nuevo a su lado. Los dos contemplan a las personitas.

La mujer saca de su bolso armas en miniatura. Parecen esas armas que aparecían en los juegos de Sospecha (Clue). Las coloca sobre la mesa cuando las personitas no se dan cuenta. Las personitas se voltean y ven las armas. Se espantan. Nadie quiere tocarlas. Las personitas saben bien que las armas no son juguetes. Las personitas saben bien que las armas son cosas realmente peligrosas. Tienen miedo. El hombrecito y la mujercita que no entienden nada, regresan a sus trabajos. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, contemplan las armas con curiosidad, aunque sin dejar de tener miedo.

El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, toman las armas. No cuestionan la palabra de la mujer. No piensan que ella pueda mentir. Nadie que dé regalos puede ser un mentiroso. Entonan cánticos que alaban a la mujer. Que alaban sus rasgos, sus palabras y su aspecto un poco gitano. Toman las armas. No dejan trabajar al hombrecito y a la mujercita, que son acusados de conspiradores. Los torturan. Los humillan. Los esclavizan. La mujer ríe. La risa de la mujer excita al hombrecito y a la mujercita que han perdido sus regalos.

La mesa se ha vuelto un caos. Ya nada está donde debería estar. Ya nada está en donde estuvo. Hay dos personitas armadas que convierten en un infierno la vida de las personitas desarmadas. De hecho, ya han matado al hombrecito, que murió sin comprender nada. La mujercita, que sigue sin comprender nada, en un descuido, huye de la mesa. No le es fácil huir de la mesa, pero puede hacerlo. Se refugia en la cocina. Se encarama, como puede, por el fregadero y se pierde entre el amarillo de la esponja para fregar.

El hombrecito y la mujercita que perdieron sus regalos, ahora solos, terminarán de matarse entre ellos, eventualmente. O morirán con un manotazo de Eduardo o de la mujer, lo que pase primero. Eduardo y la mujer ya han repetido varias veces los tragos de Cacique 500. Están mareados, pero están contentos. Ambos se hacen caricias. Ambos se suspiran al oído. Ambos se excitan el uno al otro. El hombrecito y la mujercita que han perdido sus regalos, y sus trabajos, y sus sentidos, los miran con curiosidad. Eduardo y la mujer se besan. Ellos disfrutan verlos besarse, aunque la mesa sea un desastre. ¿Cómo puede mentir quien da regalos? Es absurdo.

Tomás Marín

Relato inspirado en el texto “No hay camino al paraíso”, de Charles Bukowski.