Reseñas cantáridas: “La tortura de la esperanza”, de Auguste Villiers.

La tortura de la esperanza es un cuento de Auguste de Villiers (aunque su nombre era mucho más largo), escritor francés nacido en 1838. La vida de Aguste de Villiers fue realmente particular. Toda su vida aseguró que pertenecía a una ya moribunda (por no decir muerta) nobleza francesa. Pero la verdad es que no lo hacía por simples ganas de molestar. Lo hacía porque, durante toda su vida, la situación económica del autor fue realmente apretada y deseaba, por la vía del linaje, obtener algún dinero. De hecho, muchos de sus textos fueron hechos más por apuros económicos que por intereses realmente artísticos. La tortura de la esperanza fue publicado, en una colección de relatos llamada “Nuevos cuentos crueles”, en 1888, un año antes de que Auguste de Villiers falleciera a razón de un cáncer de estómago. Su título original en francés es “La torture par l’espérance

El relato cuenta con un exquisito humor negro y un tanto macabro. Podría pensarse, de buenas a primeras, que se trata de una crítica a la inquisición y a la intolerancia. Pero el verdadero tema es la frustración y la desesperanza. Y no a cualquier desesperanza (que es lo que hace que el relato se convierta en todo un homenaje al humor negro y a la ironía) sino a la desesperanza de quienes creen, precisamente, en la esperanza misma. Un poco al estilo de que nada, por más intenciones que tengamos, podemos hacer en contra de la predestinación.

Es un texto de pocos personajes. El principal de ellos es al que conocemos como el rabino Abarbanel. Abarbanel es un prisionero de la inquisición española que, durante un año, ha sido torturado dura y cruelmente a razón de que es un judío convencido (descendiente de los mismos judíos del antiguo testamento) que no desea aceptar al dios de los cristianos. Esto nos lleva al otro personaje importante de la historia, que es Pedro Argüés, el tercer gran inquisidor de España, el responsable de toda la tortura que ha sufrido el desdichado rabino. Otra de las grandes ironías del relato se basa en el comportamiento de Pedro Argüés. Éste siempre le asegura al infeliz rabino que todo lo hace por su bien, para recuperar a su “oveja descarriada”.

El relato, bastante breve y conciso, tiene una fluidez impresionante. La primera parte se basa más en recuerdos que nos hacen familiarizarnos con los personajes. La segunda parte es la acción como tal, que se desarrolla de una manera dinámica y realmente ágil. Acompañamos al Rabino Abarbanel en un periplo tanto simbólico como literal en el que es su último manotazo en búsqueda de su última esperanza, en sus ganas de liberarse y de huir. Todo el relato, conciso al fin, se desarrolla en un complejo de calabozos y mazmorras en donde todos los actos, como en un gran encierro, se desenvuelven con descripciones que, aunque no son muy largas, nos revelan una imagen muy clara de los hechos y del lugar.

El ambiente en el que se desarrolla la trama es en medio de la cruel inquisición española. El autor (que hubiese sido totalmente innecesario) no pierde tiempo ni muchos renglones en describir a la inquisición como tal. El relato, a pesar de que es ubicado en la inquisición española, podría aplicarse perfectamente a una de las crueles cárceles del siglo XX o hasta del Siglo XXI. Es posible que el autor haya reflejado en este texto su propia desesperanza ante una vida que siempre quiso tener y que, cuando parecía que por fin tendría, se le esfumaba de las manos.

Tomás Marín

 

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Reseñas cantáridas: “El artista del hambre”, de Franz Kafka

El artista del hambre es un cuento de Franz Kafka, escritor checo nacido en 1883 y conocido por obras emblemáticas como “El proceso” o “La metamorfosis”. El cuento, al igual que la gran mayoría de la producción de Kafka, fue publicado, al menos de manera oficial, tras la muerte de éste. El relato fue escrito en 1922, dos años antes de la muerte de su autor. Su título original, en alemán, es Ein Hungerkünstler.

El tema principal del relato, sin duda alguna, es la decadencia. De esta decadencia podemos encontrar dos vertientes. La primera es la decadencia de un artista que, con el pasar de los años, ve cómo su fama va mermando gracias a la aparición de nuevas atracciones y de nuevos entretenimientos. La segunda es la decadencia física. El artista del que hablamos es un ayunador, es decir una persona que pasa hambre voluntariamente, poniendo en riesgo su cuerpo, su salud y su vida con tal de convertirse en una atracción y en un espectáculo.

El narrador, con un lenguaje muy ameno (algo típico de las producciones kafkianas), cuenta, en tercera persona, el ascenso y la caída de un artista del que no conocemos su nombre, que conocemos, sencillamente, como “El ayunador”. El ayunador siente una gran satisfacción por su trabajo, sobre todo en su época de esplendor. Siendo ésta la época en la que, encerrado en una jaula, ve pasar días y noches alrededor de la muchedumbre que, durante un plazo de cuarenta días (aunque él afirma que puede ayunar por más tiempo), ve a su cuerpo enflaquecer para, cumplido el plazo, y en medio de un gran alborozo, forzarlo a romper escuetamente el ayuno. El ayunador es un personaje sumamente melancólico e impulsivo. Otros personajes, como el empresario (una especie de manager) del ayunador, atribuyen este comportamiento melancólico e impulsivo (furioso a veces) al hambre, aunque, realmente, de una manera planteada un tanto como humor negro, se debe a que el ayunador no libera, por decirlo de alguna manera, todo su potencial artístico.

La trama va avanzando de una manera dinámica y anecdótica. Hay, básicamente, dos tiempos en la historia. El primero es la “gloria” del ayunador, cuando éste es respetado, querido y admirado. El segundo es su “caída en desgracia”, cuando el espectáculo del ayuno ya no es interesante para casi ninguna persona en ninguna ciudad y el ayunador, luego de romper con su empresario, encuentra trabajo como atracción complementaria, casi desapercibida, en un circo no muy lejano. Los dos lugares de la historia se presentan en estos dos tiempos. Siendo uno de estos lugares la jaula en la que el ayunador hace, durante tanto tiempo (aunque con pequeñas pausas) su espectáculo y el otro un rincón del mencionado circo.

El lenguaje, tal como hemos señalado, es bastante ameno y coloquial. Es una narrativa que sólo hace uso, casi al final de la historia, de un diálogo un tanto crispante (no tanto por lo que se dice, sino por cómo se dice) entre un displicente inspector y el ya desgraciado y pasado de moda ayunador.

El contexto por el que fue creado un cuento como “El artista del hambre” se debe a dos razones principales. En primer lugar (y esto es algo que yo, particularmente, desconocía), los ayunadores, como el de la historia, existieron realmente. Eran atractivos de las ferias fijas e itinerantes europeas de mediados y finales del Siglo XIX. Éstos dejaron profunda huella en el autor, quien, de niño, asistió a varias de estas ferias. En segundo lugar, para el momento en el que Kafka escribió el relato, se hallaba en medio de una terrible tuberculosis que le dificultaba mucho la ingesta de alimentos, haciéndole perder peso dramáticamente y, seguramente, haciendo que éste, quizás a modo de humor negro, se identificase con los ya decadentes ayunadores.

Tomás Marín

Microteatro didáctico: Leif Erikson

(Puerto en Islandia. Madrugada. Hace mucho frío. Un marinero embarca cosas en un barco no muy grande. Helena se acerca tímidamente a él.)

HELENA: Hola.

MARINERO: (Sin voltear a verla.) Hola.

HELENA: (Mira, con curiosidad, lo que hace el marinero. Silencio de varios segundos.) Hola.

MARINERO: (Detiene su actividad y mira, durante unos segundos, a Helena.) Hola. (Vuelve a sus labores.)

HELENA: (De nuevo contempla, con curiosidad, al marinero.) Linda madrugada, ¿no?

MARINERO: (Vuelve a detener sus labores.) Hace frío. Está nublado. Ha llovido. ¿Es lindo eso?

HELENA: Para alguna gente lo es.

MARINERO: Ya veo. (Vuelve a sus labores.)

HELENA: (Tras un largo silencio.) Hola.

MARINERO: (Se detiene bruscamente.) ¿Te encuentras bien?

HELENA: Yo sí. ¿Por qué?

MARINERO: ¿Necesitas algo?

HELENA: (Fingiendo ingenuidad.) ¿Yo?

MARINERO: Sí.

HELENA: (Evidentemente mintiendo.) No.

MARINERO: Ya veo. (Vuelve a sus labores.)

HELENA: Sólo estoy aquí.

MARINERO: (Concentrado en sus labores. Sin prestarle mucha atención a Helena.) Ajá.

HELENA: Tan temprano en la madrugada.

MARINERO: (Sigue concentrado en sus labores.) Ya veo.

HELENA: Hablando con usted.

MARINERO: (En la misma actitud.) ¡Qué interesante!

HELENA: (Tras un silencio.) La verdad es que sí necesito algo.

MARINERO: (Sin voltearse aún. Concentrado en sus labores.) ¿Qué necesitas?

HELENA: ¿De quién en esta embarcación?

MARINERO: (Detiene su actividad y se acerca a Helena.) ¿Es que, acaso, no lo sabes?

HELENA: (Falsamente ingenua.) No.

MARINERO: ¿Es que, acaso, no te lo han dicho?

HELENA: (De nuevo falsamente ingenua.) No.

MARINERO: ¿Es que, acaso, no te lo han contado?

HELENA: (Falsamente ingenua.) No.

MARINERO: Ésta es una de las naves que partirá en la expedición del capitán Leif Erikson.

HELENA: (Disimulando muy mal su ingenuidad.) ¿Leif Erikson?

MARINERO: El más grande capitán de toda Islandia.

HELENA: ¿Y a dónde irá la expedición?

MARINERO: Al misterioso oeste, en donde las aguas son más negras y el frío es más frío.

HELENA: Suena hermoso.

MARINERO: Lo es. Pero es sólo para personas valientes.

HELENA: ¿En serio?

MARINERO: Sí. Las tierras del oeste son extrañas. Están pobladas por salvajes extraños.

HELENA: ¿Qué tan extraños?

MARINERO: Dicen que se comen a quienes no pertenecen a sus tribus.

HELENA: ¡Qué miedo!

MARINERO: Por eso digo que es sólo para valientes.

HELENA: No es fácil lidiar con los Skraelings.

MARINERO: (Sorprendido.) ¿Cómo sabes que…

HELENA: Lo sé todo sobre las tierras del oeste y sobre Leif Erikson.

MARINERO: ¿Cómo lo sabes?

HELENA: No existe, aquí en Islandia, alguien más fanático de Leif Erikson que yo. Tengo hasta un póster autografiado en mi habitación.

MARINERO: (Desdeñoso.) No es mucho.

HELENA: Siempre lo veo partir. Siempre lo veo llegar. Tengo, en mi cuerpo, siete tatuajes con su nombre.

MARINERO: ¡Caray! ¡Ni yo!

HELENA: ¿Sabes cuál es mi mayor sueño?

MARINERO: ¿Cuál?

HELENA: Pertenecer a su tripulación.

MARINERO: ¿Quién no soñaría con eso?

HELENA: ¿No lo comprendes?

MARINERO: ¿Qué?

HELENA: Es por eso que estoy aquí.

MARINERO: ¿Quieres decir que…

HELENA: ¡Quiero alistarme en la tripulación de Leif Erikson!

MARINERO: (Luego de un silencio.) No.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: Eres mujer.

HELENA: ¿Y?

MARINERO: Las mujeres no sirven para trabajos como éstos.

HELENA: ¿Sabes que, dentro de mil años, el decir algo así va a ocasionar que la opinión pública te destroce en las redes sociales?

MARINERO: ¿En las qué?

HELENA: Además, me he preparado bien.

MARINERO: De todas formas, no nos quedan más vacantes en la tripulación.

HELENA: No importa. Me acomodo en cualquier rincón, y no molesto. Llevo mi propia comida en un tupper.

MARINERO: No. Lo siento.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: ¿No has visto lo peligroso que es? Muchos mueren por el camino. Y las tierras del oeste son muy peligrosas. ¿Quién querría arriesgar su vida así?

HELENA: Tú.

MARINERO: Bueno, pero…

HELENA: Y yo.

MARINERO: ¿Qué sucede si mueres?

HELENA: Que me arrojen al agua y ya.

MARINERO: ¿Cómo a una foca muerta?

HELENA: O como miles y miles de toneladas de plástico.

MARINERO: ¿Tienes experiencia con el agua?

HELENA: (Mintiendo descaradamente.) ¿Yo? ¡Por supuesto!

MARINERO: ¿Qué experiencia?

HELENA: Mi madre siempre me dice: “Helena: tráeme un vaso de agua, por favor”. Y yo se lo llevo.

MARINERO: ¿Solamente?

HELENA: Y me gusta bailar cuando llueve.

MARINERO: No es suficiente.

HELENA: Y me duché hoy.

MARINERO: Estamos hablando de olas, de mareas, de tormentas, de posibles naufragios y de tempestades.

HELENA: Si no me dejas subir a ese barco, ¿cómo voy a ganar experiencia?

MARINERO: Mi respuesta sigue siendo no.

HELENA: Insistiré.

MARINERO: (Suspira.) ¿Sabes? Me recuerdas un poco a mí mismo cuando era más joven.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: No me dejaban entrar en ninguna tripulación.

HELENA: ¿Por qué?

MARINERO: Decían que era flaco, que no serviría para esto. Además, no tenía experiencia con el agua.

HELENA: ¿Y qué hiciste?

MARINERO: Insistí. Y ahora vivo la vida de marinero. La más feliz que hay.

HELENA: Yo seguiré insistiendo.

MARINERO: (Tras un silencio.) ¡Bienvenida a bordo!

HELENA Y MARINERO:

Surcaremos los mares

aunque la noche esté fría.

Habrá jornadas enteras

sin nada o nadie a la vista.

Sin divisar puertos, faros,

barcas amigas o islas,

habrá noches muy negras

con la obscuridad de guía.

El viento soplará, helado,

agitando nuestras velas.

No veremos ni un destino

asomándose a cubierta.

Iremos de un lado a otro,

al vaivén de la marea,

pero la aurora boreal

será nuestra compañera.

FIN.

Tomás Marín

Reseñas Cantáridas: “La Buena Terrorista”, de Doris Lessing: La ansiedad por ser rebelde.

“La Buena Terrorista” es una novela de la escritora británica Doris Lessing. Es cierto que Doris Lessing no nació en Gran Bretaña como tal. Lessing era hija de un militar inglés que, para el momento del nacimiento de Doris, se hallaba de misión en lo que actualmente es Irán. Luego de esto, vivió, hasta los 30 años, en lo que actualmente es Zimbabwe. La vida de su padre, y las vivencias propias de Doris, la atrajeron siempre hacia los temas políticos. La Buena Terrorista fue publicada en 1985, cuando la autora contaba con 66 años de edad.

La Buena Terrorista, como bien lo indica su título, se trata de un gran oxímoron, de una contradicción, de una paradoja. ¿Puede ser bueno un terrorista? es una pregunta que, aunque no se expone directamente en ninguna página, pareciera estar allí, como flotando a lo largo de toda la novela. Hay varios temas que se tocan a lo largo de la trama. Hay temas humanos, como la soledad y la pertenencia. Entiéndase una pertenencia a un grupo, sea un grupo de compañeros, de amigos, o un grupo familiar. Hay temas políticos, como el terrorismo propiamente, y su aplicación. Otro tema que se toca en la novela, también político, es la izquierda, las resistencias, especialmente las llevadas a cabo por las juventudes comunistas, casi siempre soñadoras, fantasiosas y amantes de la utopía. Se tocan otros temas más locales, propios del Reino Unido del momento, como el IRA, el famoso Irish Republican Army, grupo independentista asociado no pocas veces al uso del terrorismo.

La Buena Terrorista es una historia de pocos personajes (aunque existe una cantidad considerable de personajes casi referenciales que no adquieren ningún protagonismo en la historia). Esto hace que, a lo largo de sus casi 500 páginas, los pocos personajes que se desenvuelven a través de la trama puedan desarrollarse bien. Los personajes de La Buena Terrorista, para bien o para mal, al menos en mi opinión, están muy bien dibujados y son entrañables, aunque muchos de ellos nos resultan abrumadoramente chocantes. La protagonista de la historia es Alice, una muchacha de clase media/media alta cuya historia comienza con su llegada a un squat, una especie de casa okupada como las que podemos ver en España. Aquí comienza lo que viene a ser el primer oxímoron o contradicción del libro. El desenvolvimiento de una muchacha (que no es una muchacha tampoco, tiene más de treinta años) en una vida comunal, alejada de las comodidades de la vida de clase media o media alta. Es cierto que no es la primera vida comunal que tiene Alice, quien ya ha vivido en otros squats y tiene ciertas facilidades para adaptarse a los mismos. Una de las grandes piedras en el zapato, por llamarlo de alguna manera, de Alice es Jasper. Jasper es un muchacho más joven que ella, que ya ha vivido junto a ella mucho tiempo, incluso mientras Alice aún vivía junto a su madre, y hacia quien Alice desarrolla una auténtica dependencia emocional. De hecho, una de las grandes batallas de Alice, tanto antes de que inicia la trama como luego de ésta, es la lucha contra casi todo el mundo quien ve en Jasper a una especie de parásito inútil que frena a Alice más que la ayuda, mientras Alice ve en él a una especie de héroe o de dios, a pesar de que Jasper, uno de los personajes chocantes a los que me he referido anteriormente, es prepotente con ella, casi nunca la trata con cariño y jamás la mira con ojos de amor de pareja. Esto, no pocas veces, despierta en Alice, sobre todo cuando se siente triste o frustrada, el deseo de dejarlo, de abandonarlo a su suerte. Pero nunca puede, su dependencia emocional no se lo permite.

Hay dos personajes que me parecieron, particularmente, los mejor trazados, los mejor descritos, los más entrañables. Estos personajes son casi uno solo, ya que, a lo largo de toda la novela, casi siempre están juntos. Es una pareja de lesbianas que no podrían ser más disímiles entre sí. Una de ellas es Faye, quizás el personaje más característico de toda la novela. Es una muchacha muy chocante, pero tiene siempre un no sé qué de encanto que hace que no la puedas terminar de odiar. Faye, quizás, de todos los personajes de la novela, es quizás la más mala, la que alberga más resentimiento y odio. Por otro lado, se nos va revelando como una chica sufrida, que lo ha pasado realmente mal a lo largo de su vida. Lessing, la autora, se encarga siempre de resaltarnos, casi en cada aparición que tiene Faye, su belleza física, única y abrumadora. La pareja de Faye, el otro elemento de este binomio de personajes, es Roberta. Roberta, como he señalado, es todo lo contrario a Faye. Es gruesa, grotesca, hombruna y bonachona. Tiene una dependencia brutal hacia Faye, su pareja. La dependencia de Roberta hacia Faye asemeja un poco a la de Alice hacia Jasper, pero mucho más intensa. Cuando Faye tiene una rabieta o una pataleta, es Roberta quien se excusa por ella. Cuando Faye llora, es Roberta quien la consuela. Roberta se ha convertido en una especie de madre para ella. Y muchas veces Faye, aunque se nos deja en claro que la ama, no es recíproca con todo el sacrificio que Roberta hace por ella.

Aunque toda la trama siempre va de la mano de Alice, la protagonista sin ningún tipo de duda, la historia nos es narrada a través de un narrador en tercera persona. Este narrador tiene la capacidad de ahondar tanto en los pensamientos como en los sentimientos de todos los personajes, sobre todo de Alice, naturalmente, aunque éstos no expresen estos pensamientos ni estos sentimientos con palabras. De vez en cuando, el narrador se permite (aunque esto sucede sólo unas dos o tres veces en toda la novela) emitir alguna opinión acerca del comportamiento de tal o cual personaje, o de un contexto histórico mucho más macro que está relacionado con el comportamiento de dicho personaje en ese momento.

La cronología en la narrativa de La Buena Terrorista no es particularmente complicada. La historia va siempre hacia adelante en un ritmo constante que, en algún momento, nos puede parecer un tanto uniforme y hasta lento. Sin embargo, sobre todo con el personaje de Alice, se utiliza mucho el recurso de la analepsis, es decir el retorno a sucesos pasados, en este caso a manera de recuerdo. Casi todas las vueltas al pasado que hace Alice, en su memoria, ensimismada, traen a colación a otro personaje que, a mi parecer, es esencial en la trama. Este personaje es Dorothy, la madre de Alice. Dorothy es un personaje que presenta otro de los grandes contrastes en la trama. Es un personaje venido a menos. En sus recuerdos, en el pasado de su niñez y de su adolescencia, Alice asocia siempre a Dorothy, su madre, con muchos de sus recuerdos más felices. Pasteles, mimos, juegos, fiestas. En el presente, ya ninguna se soporta. De hecho, hay un devastador diálogo, cerca de las páginas finales, entre Alice y Dorothy, en el que capitalizan todas sus vivencias de madre e hija. Curiosamente, luego de este diálogo, si pensábamos que la novela tenía un ritmo que podría parecer lento, de repente la trama se acelera de una manera avasallante, como si alguien hubiese presionado un botón de turbo. De hecho, las últimas 40 páginas de la novela podrían ser extraídas de la misma y formar una especie de relato aparte, un relato realmente fuerte. Aunque, en honor a la verdad, las últimas 40 páginas, a pesar de ser dinámicas, rápidas, violentas, perderían muchísimo sentido si no tuviésemos ya tanta familiaridad con los personajes que aparecen en éstas. También es necesario destacar la habilidad de Lessing para poder desarrollar, sin aburrirnos nunca, mucho más de la mitad de la historia dentro de una misma casa. En este caso es la casa número 43, el famoso squat en el que vive Alice junto a sus compañeros. De hecho, es admirable que, no pocas veces, cuando un personaje sale de la casa 43, no volvemos a saber de él hasta que regresa a la misma. Es como si, de alguna forma, nosotros también habitásemos en el squat.

El estilo narrativo de Doris Lessing, al menos en esta novela, es bastante limpio. No tiene grandes metamensajes más de los que están implícitos en las mismas explicaciones a lo largo de la trama. Es un lenguaje ameno y bastante coloquial que, de hecho, muchas de las críticas que tuvo la novela, al momento de publicarse, se basaban en la simplicidad de su lenguaje, considerada excesiva por algunos críticos. También está bastante empapado de diálogos, generalmente cortos, de casi todos los personajes. En estos diálogos, podemos apreciar que existen notorias diferencias entre los distintos personajes. Distintas maneras de expresarse, aunque circunden un mismo tema.

Como he mencionado anteriormente, la novela está fuertememente influenciada por su mismo tiempo y por su misma circunstancia. El resurgimiento de las juventudes comunistas en Gran Bretaña, la influencia de la Unión Soviética en ésta. Pero el hecho que realmente inspiró a Doris Lessing a escribir “La Buena Terrorista” fue un atentado que hubo en 1983, apenas dos años antes de la publicación de la novela, en la tienda departamental Harrods. Este atentado, llevado a cabo con un coche bomba, fue adjudicado al IRA, el controversial grupo izquierdista que aboga, entre otras cosas, por la independencia de Irlanda (y de Irlanda del Norte) con respecto al Reino Unido.

Tomás Marín

¿El Stephen Hawking venezolano?

Yo no sé ustedes, pero, al menos a mí, que tengo 27 años, en mi infancia,me contaron más de una vez el relato de la “Cucarachita Martínez”. De hecho, mi papá me ha contado, en más de una ocasión, que, cuando él era pequeño, en su colegio de la isla de Margarita, fue protagonista de una representación teatral acerca del relato de la Cucarachita Martínez. Y esto sin mencionar la popular canción de Serenata Guayanesa, que comienza diciendo: “La cucaracha Martínez, arreglando el comedor, por debajo de la mesa un centavo se encontró”. El origen de este cuento seguramente pertenece al folklore popular, pero quien lo canalizó y lo materializó fue nada más y nada menos que un prestigioso y notable científico venezolano.

Este dato puede que sorprenda a muchos, sobre todo a quienes están acostumbrados a ver, en los científicos, a gente muy hierática, seria y aséptica. Pero Vicente Marcano era todo lo contrario. No sólo tiene el mérito, además de ser químico, de ser el primer investigador científico profesional en la historia de Venezuela, sino que, cuando leemos e investigamos acerca de él, nos encontramos con que también tenía una pluma notable, no sólo dedicada a sesudos artículos científicos, sino a literatura tanto infantil como para adultos.

Y es que Vicente Marcano era realmente un erudito. Tuvo la oportunidad de estudiar en París. Y no en cualquier academia. Vicente Marcano se graduó en la Escuela de Artes y Manufacturas, la famosa Escuela Central de París. La Escuela de Artes y Manufacturas era (y es) una de las instituciones más prestigiosas del mundo. Se dedica a formar ingenieros con un conocimiento en casi todas las ramas del saber. Lo cierto es que Vicente Marcano, una vez egresado de esta prestigiosa institución, regresó a Venezuela para poner en práctica sus conocimientos, ya que, para él, el país lo necesitaba. ¡Y de qué manera lo hizo!

Lo primero que hizo fue poner su pluma a trabajar en largos ensayos didácticos que, sorprendentemente, se siguen editando hasta el día de hoy. Quizás el más famoso de todos fue “Elementos de filosofía química según la teoría atómica”. Sé que el nombre puede sonar muy engorroso y hasta aburrido. Y quizás sea cierto que es un libro sólo para entendidos. Sin embargo, debemos tener en cuenta que fue una publicación avanzadísima para la época, más proviniendo de un país que no tenía bagaje científico, como lo era Venezuela.

Y es que, al mencionar esto, no debemos creer que los ensayos científicos de Vicente Marcano solamente tuvieron difusión en los escasos círculos científicos que había en Venezuela. Las teorías, los análisis y las visiones de Marcano, rápidamente, comenzaron a ser solicitadas y muy valoradas en el extranjero. De hecho, algunas de las publicaciones de Vicente Marcano fueron traducidas a varios idiomas y publicadas en muchas de las revistas y libros de recopilación científica más importantes para ese momento a nivel mundial.

Ahora bien. ¿Por qué nos atrevemos a comparar a Vicente Marcano con el científico inglés Stephen Hawking? Es cierto que, tanto por época como por recursos, distan mucho. Pero lo cierto es que ambos coincidieron en una cosa. Stephen Hawking, además de sus importantísimas investigaciones y aportes, se dedicó, mediante su libro “Breve historia del tiempo”, a llevar el conocimiento científico a un plano más “común”, más dirigido hacia personas que tenían poca o nula noción de las ciencias y de su avance como tal. Algo similar hizo, muchos años antes, Vicente Marcano.

A Vicente Marcano le interesaba mucho que el pueblo venezolano, siempre sumido en la peor y más lamentable de las ignorancias, tuviese la oportunidad de enamorarse de la ciencia. Intentando esto, publicó no pocas historias que siempre tenían un trasfondo de explicación científica. Por ejemplo, podemos leer la “Historia científica de una gota de rocío” o “Lo que hay en una botella de cerveza”, un divertido relato en donde éste, hablando en primera persona, recibe una carta de una amiga un poco tonta, quien lo invita a comer, y se pone a hablar con él acerca del origen de la cerveza. De más está decir que, a pesar de su valioso intento, Vicente Marcano fracasó en enamorar al pueblo de la ciencia, ya que, hoy en día, es sumamente difícil encontrar este tipo de textos.

Sin embargo, en otras labores como escritor, sí que tuvo muchísimo éxito. Un ejemplo de ello es el famosísimo relato, que ya hemos mencionado, de la Cucarachita Martínez (que, en el original, tenía el nombre de la Cucarachita Martina). Otro ejemplo, aunque lamentablemente casi diluido en el tiempo, es la novela que lleva por nombre “El tesoro del pirata”. Ésta es una novela inconclusa casi imposible de conseguir hoy en día y que publicó bajo el seudónimo de “Tito Salcedo”. Este seudónimo también lo utilizó para publicar cuentos breves.

A pesar de que los restos de Vicente Marcano reposan en el Panteón Nacional, la memoria de este eminente científico y escritor, que murió joven, apenas a los 43 años, parece que va desapareciendo con el pasar de los años. Es cierto que, si investigamos, encontraremos, a lo largo y ancho de Venezuela, una que otra institución educativa que, a modo de homenaje, lleva su nombre. Pero sentimos que una persona como Vicente Marcano, dedicado toda su vida al saber y, más importante aún, preocupado por llevar este saber al pueblo llano, merece, sin duda muchísimo más.

Tomás Marín.

Las oportunidades perdidas

He pasado gran parte de mi vida preguntándome por qué existe tanto terror en torno a la muerte. Muchas veces, en mi entorno cercano, la muerte se convirtió en un tabú, en un tema del que no se podía hablar. Tengo muchos familiares y conozco a muchos familiares de amigos que, cuando yo traía a colación, en alguna cena de Navidad o de año nuevo, o en algún cumpleaños, el tema de la muerte, inmediatamente me censuraban. “De eso no se habla, Helena”, me decían no sin antes verse entre ellos, como si yo hubiese tocado algún cable prohibido para ellos, como si hubiese activado una alarma. Yo me quedaba un poco callada. No tenía más ganas de hablar. Me cohibía. Permanecía en silencio desde entonces, comiendo mi pedazo de torta con gelatina (sobre un plato de cartón con un dibujo pirata de los Power Rangers) si era el caso de una fiesta o sacándole las pasas y las aceitunas a mi hallaca si era el caso de una cena o de una reunión decembrina.

Pero en Caracas, inevitablemente, nos vimos obligados a hablar de la muerte. La muerte llegó a nosotros en cantidades industriales, como diría mi papá. Mucha gente que veías un día, te enterabas, por boca siempre de un conocido común, de que había muerto. Aún así, la muerte era un tema tabú. “No hables de eso, Helena, por favor. Sabes que no me gusta”, me decía mi mamá cuando yo ya tenía una edad suficiente como para expresar opiniones maduras. Cuando ya yo no comía en los platos de Power Rangers y le había agarrado el gusto a las aceitunas y a las pasas de las hallacas. Mi mamá se ponía roja, a ella le daba pena con los invitados.

Siempre me pareció un poco tonto el no poder hablar abiertamente acerca de la muerte con mi familia. Más que tonto, me parecía algo decepcionante. No voy a mentir y a decir que yo nunca le he tenido miedo a la muerte, porque la muerte me aterra, un poco como a todos. Pero siento que me aterraría menos si no fuese un tema tan tabú. Creo que esa censura que siempre sucedía a mis ganas de hablar de la muerte me provocaron una especie de repelencia, de miedo conductista al chispazo de obediencia que alguien arrojaba hacia mí cuando yo quería hablar de la muerte, como si fuese un collar eléctrico puesto a un perro con el fin de enseñarle a hacer (o a dejar de hacer) algo. “Eso no se toca, Helena”. “Helena. No”. “Helena. Mala”.

Creo que con la primera persona que pude hablar abiertamente acerca de la muerte era Víctor. Víctor era un amigo del colegio. Era una persona fascinante, aunque no era muy avispado. Él siempre disfrutaba hablar de ese tipo de temas, aunque muchas veces no los entendía bien. Lo mismo me sucedía a mí. Estaríamos como en séptimo grado. Cuando estás en séptimo grado, sientes que sabes acerca de todo pero, en verdad, no sabes una mierda. Pero era muy agradable sentarnos, junto a una bolsa de Ruffles y una Coca-Cola, a hablar de lo que nosotros creíamos que era filosofía. Cuando estudié filosofía, muchos años después, caí en cuenta de la infinita insignificancia semántica de nuestras conversaciones, pero qué buenas conversaciones, de pana.

Me gustaba mucho ir a casa de Víctor. Víctor tenía una casa medio vieja en Los Cortijos. Era una de esas casas que están forradas con armarios de madera obscura que están repletos de libros polvorientos. Esa casa me encantaba. La iluminación amarilla hacía que los libros se viesen aún más arrechos. Había un poco de todo. Desde las “Cartas Persas” hasta grandes libros con espectaculares fotografías acerca del cine dadaísta. Fueron tantas cosas las que aprendí en esa casa, que el cariño que siempre le he tenido a Víctor siempre está acompañado de una especie de agradecimiento por haberme abierto a ese mundo.

La familia de Víctor era un tanto disfuncional. Estaban todos locos, pero eran locos de pinga. Me incomodaba un poco que, a veces, algunos de los familiares de Víctor pensaban que Víctor y yo teníamos algo. Yo no sé si en casa de Víctor vivían mil personas o siempre se reunían ahí casualmente cuando yo iba a visitar. Aunque llegó un momento en el que iba, prácticamente, todos los viernes, sin falta, a casa de Víctor. Al principio siempre pedía permiso o esperaba una invitación, directa o indirecta, proveniente de él. Luego tocaba el timbre y me abrían, aunque Víctor no estuviese (Todo esto cuando, naturalmente, no iba con él directamente desde el colegio). Por último, una vez el papá de Víctor me dijo: “Toma. Para que dejes de ladillar, Helena. Que me vas a dañar el timbre”. Y me dio una copia de las llaves de la casa. Aunque lo que me dijo, naturalmente, fue sin malicia, fue para hacerme reír, cosa que yo, efectivamente, hice.

Una vez hice una lista (que nunca le llegué a mostrar a Víctor) con los nombres de sus familiares. Era siete nombres, que ya yo conocía bien. Estaban ordenados en una especie de ranking en el que el primero era al que yo consideraba el más chiflado, y el último el más cuerdo, el más normal. Víctor no hacía parte de la lista. Él, a pesar de que era un extraño, un poco al igual que yo, en comparación al resto de la gente de nuestro colegio, era un chamo que tenía la cabeza bien amueblada y que no tenía arranques de ningún tipo.

La lista la encabezaba Manuel, su tío Manuel. La verdad es que su tío Manuel era una persona muy simpática y encantadora, no digo que no. También era atento y hasta un poco carismático. De hecho, ni siquiera sabría si considerarlo un loco. El cambio que Manuel experimentaba no venía de su cabeza propiamente, sino de los cambios que ésta sufría bajo los efectos del alcohol. Manuel bebía mucho. Es cierto que la familia de Víctor bebía muchísimo, pero Manuel se pasaba. De hecho, me daba mucha risa ver, algunas noches, a la mamá de Víctor, la hermana de Manuel, diciéndole, totalmente borracha, a Manuel: “Coño, Manu. Deja ya. Has bebido demasiado”.

Pero lo cierto es que era muy de pinga emborracharse en la casa de Víctor. Yo nunca fui una persona particularmente aficionada a la bebida, pero si algo aprendí a beber fue por haber ido tantas veces a casa de Víctor. Cuando ya todos estaban entonados, sobre todos los adultos (al fin y al cabo, Víctor y yo teníamos, para cuando comenzamos a beber, unos 16 ó 17 años) se ponían a hablar sobre cosas brutales, sobre esas cosas que, de pana y aunque suene marico, te llegan al corazón.

En casa de Víctor había un telescopio gigante. Recuerdo que, una vez, y esa vez creo que fue la que más me marcó, una tía de Víctor, naturalmente bebida, me llamó para ir junto a ella. Ella estaba al lado del telescopio. “Helena. Tú has sido una amiga de esta familia por varios años. Marica. Eres de esta familia”, me dijo. Me encantaba, aparte de esto que me estaba diciendo y que refiero en este texto, escucharla hablar. Tenía un timbre de voz grueso pero que era encantador, seductor, como si fuese una cantante de Bossa Nova recitando alguna especie de poesía. Además, su voz quedaba espectacular junto a la música experimental que siempre sonaba en las cornetas de la casa. Eran unas cornetas grandes que hacían vibrar un poco las paredes. No porque sonaran tan duro, sino porque todo en casa de Víctor parecía estar a punto de caerse.

El hecho es que aquella tía de Víctor me hizo mirar por el telescopio, que dominaba perfectamente, una especie de lucero rojo del que nunca me dijo el nombre real. Yo me quedé como embobada. Creo que el efecto del alcohol hacía que el lucero rojo se viera todavía más arrecho. Yo no sé por qué el cielo de Los Cortijos, a pesar de que es uno de los peores de Caracas, era tan indulgente con ese telescopio. A veces los astros en ese telescopio (que, en su defensa, era realmente grande) parecían falsos, parecían una proyección de cine. Cuando le pregunté a la tía cómo se llamaba aquella cosa roja que brillaba, me dijo que esa sería la estrella Helena. Yo me puse a llorar. No me puse a llorar ni de tristeza ni de felicidad. Me puse a llorar porque el gesto, estando yo tomada, me pareció espectacular. Creo que ha sido la vez en la que me he sentido más querida en toda mi vida. Sentí, al menos en ese instante, que mi familia de sangre era secundaria, que yo realmente pertenecía a esa casa de locos, de chiflados que veían estrellas mientras tomaban whisky y escuchaban música experimental. “Qué de pinga es tenerte en mi vida, marico. Qué de pinga es haberte conocido”, le dije a Víctor, aún cuando yo tenía restos de las lágrimas en mis ojos. Y le di un beso largo en la boca. Pero no un beso de movimiento de bocas, sino como un piquito largo que fue celebrado por toda la familia.

Creo que el único tema sobre el que no me gustaba hablar con ellos era uno que siempre traía a colación Manuel. Era el tema de las oportunidades perdidas. Manuel sólo lo tocaba cundo ya estaba muy, muy tomado y se había sentado en el sofá rojo tan grande que había a uno de los lados de la sala. Se sabía con antelación cuando Manuel iba a tocar ese tema. Todo en su expresión cambiaba. Sus ojos se tornaban como más sombríos. Su gesto se hacía más duro y helado. Con una mano sostenía un vaso con whisky y en la otra agitaba sus dedos una y otra vez. Siempre era el mismo gesto, el mismo prólogo.

Pero no me gustaba dejar a Manuel solo. No porque fuese a hacer algo malo o peligroso, sino porque me daba paja verlo sentado como en un estado de trance triste mientras el resto de la reunión estaba contenta bailando o viendo estrellas o tomando o hablando sobre la última novela de Barrera Tyzska. Y yo me acercaba a donde estaba Manuel, que empezaba a hablar incoherencias con cierto sentido antes de caer en el tema que mejor dominaba en la vida. El tema de las oportunidades perdidas.

Y no era la primera vez que él me hablaba de eso. De hecho, la misma tía que me enseñó la “estrella Helena” ya me había advertido de que, cuando Manuel alguna vez me hablara del tema de las oportunidades perdidas, yo le siguiera la corriente. No seguirle la corriente como a los locos agresivos, sino como a los locos melancólicos. Yo pude haber sido peor. Yo podía dejarlo solo en su sofá rojo. Pero todos en la familia habían hecho el ejercicio e ignorarlo. Supongo que ya estaban hartos del sempiterno discurso de las oportunidades perdidas.

Y con respecto a mí, aunque no me gustaba hablar de ello, siempre encontraba algo nuevo en el discurso que siempre tocaba el mismo tema, el de las oportunidades perdidas, que siempre, aunque contase en teoría lo mismo, tenía alguna novedad. No alguna novedad en la historia o en el discurso, sino en la manera de decirlo, así fuese un ligero parpadeo que confería a todo un aire de estreno de cine. Manuel emitía una gran exhalación y sus ojos se humedecían. Comenzaba a hablar de los tiempos en los que él estudiaba en la Escuela Superior Venezolana de Astronomía (Escuela que nunca existió y que ya, al menos para mí, era prueba suficiente de que todo era una especie de mentira bondadosa, para hacer conversación).

Yo me sentía un poco como una niña que finge sorprenderse ante un cuento que su abuelo ya le ha echado muchas veces. Al fin y al cabo, el telescopio por el que yo había visto a la estrella Helena pertenecía a Manuel. Él decía que había sido un alumno destacadísimo de la fulana escuela de astronomía, pero que había perdido la oportunidad de ser un nuevo Armstrong o un nuevo Gagarin por culpa de una tal Alicia, una muchacha rubia que había conocido alguna vez, según él, desnuda mientras se bañaba en una playa de Macuto. “Cuando Macuto era bonita”, me decía.

Y él, por Alicia, de quien nunca me mostró ni una foto, ni una carta, ni un zarcillo, había dejado todo y se había dedicado sólo a ella. Y a ella, supuestamente, se la había llevado la muerte, esa misma muerte sobre la que yo siempre quería hablar pero nunca me dejaban. Yo no le hacía preguntas a Manuel. Yo sólo me limitaba a escuchar y a asentir. Pero si había algo que realmente yo atesoraba en su discurso, era el gran consejo que siempre me decía antes de levantarse del sillón, de pasarse de nuevo el suiche de la alegría y de reincorporarse a la fiesta: “El amor es un agujero negro, Helena, como esos que hay en el espacio, que se tragan todo. No te enamores nunca. Sólo enamórate de lo que quieres hacer en la vida. Si no, vas a terminar borracha, molestando a las amigas de tu sobrino”, me decía mientras se levantaba y se frustraba al ver su vaso ya vacío, sólo con hielos a medio chupar. “Te lo prometo, Manuel. Nunca me voy a enamorar”, le respondía yo, dándole un pequeño beso en la frente, que él me agradecía con una triste sonrisa.

Helena Eco.

 

 

 

 

 

Langosta.

Hace poco me enteré de que en no sé cuál país se prohibió arrojar a las langostas vivas a las ollas de agua hirviendo. Supongo que ahora quieren que matemos las langostas a cosquillas. Cuando era pequeña, mi tío, quien siempre tuvo esa especie de comportamiento sibarita que podía tener la gente en la Caracas que no estaba tan jodida, a veces compraba langostas que, para cocinarlas como era debido, arrojaba vivas a una gran olla (Como de la mitad de mi tamaño, para ese momento. Yo tendría unos 7 u 8 años) que contenía agua hirviendo.

Yo me montaba sobre un banquito para poder ver el espectáculo. No podía acercarme como me hubiese gustado acercarme porque mi tío me pedía que me alejara. Me decía que podía salpicarme agua hirviendo y hacerme quemaduras. Yo me colocaba como a un par de metros de la olla y sonreía cuando una especie de electricidad me recorría por todo el cuerpo cuando escuchaba a la langosta gritar (Si es que se puede llamar grito al sonido que emiten las langostas cuando están sufriendo) de dolor.

Me emocionaba muchísimo cuando este grito, que se entremezclaba con los borbotones del agua que hervía de una manera feroz, se iba diluyendo hasta enmudecer. Me imaginaba a la langosta retorciéndose en medio de las burbujitas, buscando un escape a través del agujero superior de la olla, macabramente cubierto con una pesadísima tapa metálica que se iba empañando con el poco vapor que se escapaba a través de alguna ranura y que comenzaba a oler a langosta hervida y a especias.

Antes de ese espectáculo, que era mi espectáculo favorito cuando era niña, a la langosta la tenían moviéndose dentro de una especie de ponchera plástica que era la misma en la que yo, cuando aún era más niña de lo que era en ese momento, solía bañarme con jabón Moncler, que era una barra de jabón gigante de la Cuarta República, y con champú para niños. Yo le tenía una arrechera increíble a la langosta, que me parecía asquerosa con su caparazón, con sus antenas, con sus tenazas. Sentía que era una especie de demonio que ocupaba mi ponchera, en la que, de niña, pasaba momentos tan felices a la hora del baño.

Cuando la langosta estaba servida, yo no la tocaba. Me daba asco su sabor. Me daba asco la textura blanca que había dentro de su cuerpo rojo (Y más rojo luego de ser hervida). No podía comprender cómo los adultos se mataban por comer una cosa que a mí me daba náuseas. Y aunque me daba grima el crujido que hacía el cuerpo de la langosta cuando las gruesas manos de mi tío la partían en dos, o en tres, me encantaba que, luego de muerta, su sufrimiento siguiera, que la despedazasen, ya luego del suplicio de haberla arrojado viva a la gran olla de agua hirviendo, por ocupar mi lugar en aquella ponchera.

Cuando mi tío, los días en los que comíamos langosta, me decía para que lo acompañase al mercado de Quinta Crespo para ir a comprar la langosta que luego sería encerrada, torturada, asesinada, destrozada y devorada en nuestra casa, a mí me encantaba levantarme temprano, a pesar de que, para esa época, en un día normal, odiaba levantarme temprano. Me acomodaba el pelo como podía y me colocaba la primera ropa que encontrara a mano. Ir Quinta Crespo, para mí, era una auténtica fiesta.

Y sí. En algún momento, en el mercado de Quinta Crespo, la gente podía comprar langosta. Es cierto, no lo voy a negar, que Venezuela nunca fue próspera. No quiero que un extranjero que lea mis palabras piense que hasta la persona más pobre del barrio más pobre se levantaba algún día de semana y decía: “Hoy comemos langosta”. La langosta siempre fue un lujo, pero un lujo accesible para una familia de clase media alta y hasta, de vez en cuando, para una familia de clase media.

Yo parecía una niña en medio de un parque de diversiones. A pesar de que el mercado de Quinta Crespo es laberíntico y confuso debido a la cantidad casi incontable de personas que, durante los fines de semana, se daban cita allí, yo me sabía el camino de memoria hasta las peceras. En las peceras estaban las langostas, con las tenazas atadas por plásticos o por alambres. Mi tío siempre me daba un voto de confianza, y yo elegía la más grande. No la elegía porque era la que daría más comida para todos. La elegía porque sabía que, a mayor tamaño, mayores serían los gritos que pegaría la langosta cuando la arrojasen al agua hirviendo.

Ya cuando había crecido, cuando era adolescente y adulta, me gustaba, cuando no tenía nada que hacer, buscar, cuando había internet en Venezuela, algún video en Youtube en el que hirvieran a una langosta vida o, mejor aún, en el que la despedazaran viva para ver a sus partes, ya separadas entre sí, moverse con torpeza y lentitud. Es cierto que, cuando Venezuela se fue a la mierda, ya más nadie pudo comer langosta. De todas formas, si hoy tuviese la oportunidad de comerla, no la comería. Me sigue pareciendo asquerosa.

Helena Eco.