Una tarde con muchos pájaros

Ante todo digo que escribir es algo que no se me da muy bien. De hecho, creo que es la primera vez, apartando las cosas del colegio y de la universidad, que voy a escribir un texto tan largo. Pero es que la historia lo amerita. Voy a cambiar todos los nombres, menos uno. Cuando le dije a mi mamá que iba a escribir sobre esto, me recomendó, casi me suplicó, que no dijese el nombre real de uno de los protagonistas de esta historia, de ese hijo de puta del que, creo, todos merecen saber. Mi mamá me dijo que un bicho así sería capaz de vengarse de mí, y confieso que tuve dudas durante un momento. Pero, ¿no es lo mejor ser valiente en un país, y en un mundo, repleto de hijos de puta? Él, de quien hablo, ahora está viviendo en Perú. Confieso que, a veces, cuando leo las noticias que hablan de que han muerto, o han matado, venezolanos en Perú, me gustaría escuchar su nombre. Puede que esta historia no sea literariamente la mejor. Pero es como una especie de catarsis que quiero hacer.

Yo tenía una amiga que se llamaba Rudy. Estudiaba conmigo en la Santa María. Estudiábamos derecho. Pero no crean. No nos hacíamos tantas ilusiones. Sabíamos bien que estudiar derecho en una universidad que es una mierda (hay que estar claros) como la Santa María no depara ningún futuro brillante en un país en el que, de por sí, las universidades se están yendo cada vez más a la mierda.

Pero, a pesar de todo, Rudy y yo éramos buenas estudiantes. Ella era un pelo más sifrina que yo. Vivía por la zona del casco central de Chacao. Yo iba full a estudiar a su casa. Después de estudiar, nos encantaba pasear por la zona de la Plaza Bolívar de Chacao. Ella, como tenía un pelo más de plata que yo, siempre me brindaba algo. A veces un raspado, a veces un helado. Pero también era de esas chamas que brindaba siempre un consejo o un abrazo. De pana que una de mis vainas favoritas, en el mundo, era estar con ella, a la hora del atardecer, por esa zona, por donde juegan los niños y por donde rondan motorizados con caras de que te quieren robar.

Había una vaina que, tanto en la casa como caminando por Chacao, era el tema favorito de conversación de Rudy: su novio. Ella hablaba siempre de él como si estuviese hablando de Brad Pitt (aunque pongo a Brad Pitt como un ejemplo nulo. Él no es, ni de lejos, mi actor favorito, o el que me parece más bello). El novio de Rudy era un chamo que no era ni tan feo ni tan lindo. No era tan lindo como para ser modelo de Calvin Klein, pero tampoco era tan feo como para no poder ser modelo de una vaina niche como el Palacio del Blumer.

El novio de Rudy tenía un Optra (que nunca supe bien si era gris o era plateado). Rudy, cuando hablaba de su novio, hablaba también del Optra como si fuese la alfombra mágica de Aladdín. Decía que allí se dieron su primer beso, decía que allí fue donde él le pidió el empate, entre otras vainas. Yo, a modo de comentario que no interesa a la historia, pero que quiero hacer, hubiese preferido que me pidieran el empate en un restaurante fancy o en un mirador (al menos que él haya estado en un mirador, pero dentro del Optra, cuando le pidió el empate a Rudy, pero eso no viene al caso). El hecho es que el novio de Rudy (que no lo he dicho, se llamaba Daniel) venía bajando con el Optra por la autopista. Según lo que entendí, fue por la parte inmediatamente después del túnel de la Trinidad. Venía solo. Lo abordaron en un carro y, siguiéndolo, lo obligaron a irse hacia uno de esos callejones oscuros de esa zona cerca del Club Hípico. Como se resistió al robo, lo mataron. Fueron varios tiros. Fue burda de fuerte.

Rudy se volvió mierda cuando se enteró. Yo le agradezco demasiado a la vida que no tuviese que ser yo quien le dijese. Rudy de verdad amaba a ese carajo. En el velorio parecía como drogada. Ni siquiera estoy segura de que me llegó a reconocer cuando me vio. Y esa vaina siempre es un peo, cuando a una amiga tan cercana le pasa una vaina así. Tú no sabes si darle su espacio o estar siempre con ella.

Yo opté por la opción de darle su espacio. Pero me arrepiento, y me arrepentiré, hasta la última palada de tierra, como se dice por ahí, de haber tomado esa decisión. Había un chamo en la Santa María, que es el hijo de puta de quien hablaba al principio de este texto, llamado Kevin. Kevin era uno de esos chamos que dan mala espina, de esos chamos que parecen merengueros de Sábado Sensacional, con una franela medio pegada y zarcillos brillantes. Kevin estudiaba odontología y era de esos chamos que no respetan cuando una chama no quiere con ellos, o cuando una chama tiene novio. Él siempre, al menos dos o tres veces a la semana, venía hasta donde estábamos Rudy y yo para caerle a Rudy. Siempre decía babosadas como: “Deja a ese blanquito de tu novio y vente conmigo”. Yo le decía a Rudy que le dijera al novio. Yo estaba segura de que el novio de Rudy le partiría la boca al imbécil de Kevin. Pero Rudy pensaba que lo mejor era no pararle bolas.

Kevin nos dio la impresión de que se estaba comportando como un caballero, o como un buen amigo, con Rudy cuando Daniel se murió. Llamaba a Rudy todos los días, le escribía y la consolaba. Pero cuando comenzó a querer ir a su casa, había como algo que no me cuadraba. Pero no me sentí capaz (y me arrepiento demasiado de eso) de advertírselo a Rudy. Aunque, quizás, Rudy no me hubiese parado bolas igual.

Desde que se había muerto Daniel, Rudy casi no salía de su casa. Al principio, en las primeras semanas, era algo que no extrañaba a nadie. Pero Daniel tenía más de tres meses muerto y Rudy no salía. Quienes la queríamos ver, teníamos que ir a visitarla. Los papás de Rudy la apoyaron en esto, en que ella llevara el luto como quisiera. Pero a mí no me convencía tanto. La carrera en la Santa María se había quedado como en stand-by y Rudy, a veces, descuidaba su propio aspecto. A veces se parecía a la chama del aro. Estaba toda despeinada y costaba sacarle tema de conversación.

Y me empezó a preocupar, por eso y por todo, que Kevin fuera la persona que más visitaba a Rudy. Por un lado, al principio, no me pareció tan malo. Rudy cada vez se veía, entre comillas, más contenta. Por otro lado, una persona como Kevin, que no me inspiraba confianza, no me podía dar tranquilidad total con respecto a Rudy. Yo tampoco tenía tanto tiempo para visitarla. Ya Rudy no estaba en condiciones de ayudarme a estudiar y estábamos en época de parciales.

Una tarde con muchos pájaros (no sé si este detalle aportará algo a la historia, pero me llamaba la atención, o me la llamó ese día) recibí un Whatsapp de Rudy. Me pareció raro. Rudy tenía bastante tiempo sin usar Whatsapp. De hecho, cuando veías su última conexión, en la parte de arriba de la pantalla, aparecía una fecha de meses atrás. Rudy me puso “Hola”. Yo intenté llamarla, pero la llamada no me cayó. Después ella me mandó un voice largo. Tuve un no sé qué en el estómago antes de abrirlo.

La voz de Rudy sonaba como partida, como triste, como rara. Me decía que se sentía mal. Yo estaba un poco harta. Yo sentía que un luto no podía ser tan largo. Pero el mensaje de Rudy me dejó helada. Resulta que Kevin, el hijo de las mil malditas putas de Kevin, había comenzado a leer libros de brujería y esas vainas pavosas que venden en los kioscos de Plaza Venezuela. No era que Kevin se interesara de verdad en esas mierdas. Lo que quería era intentar convencer a Rudy de que él podía utilizar su cuerpo como medio para que Daniel estuviera otra vez con Rudy. Sé que suena raro. Ni siquiera sé si me estoy explicando bien. Pero así fue la vaina. El carajo se aprovechó de que Rudy estaba medio loca (aunque, dicho así, suena horrible) para tirar con ella, convenciéndola de que él era Daniel.

Yo no sabía si reírme, si llorar. Yo no supe qué coño hacer en una situación así. Pero siento que tomé la decisión más estúpida de todas. Me vestí y bajé corriendo hacia la calle. Yo vivo por San Bernardino. Pagué un taxi y fui hasta la casa de Rudy. Le pedí que me lo explicara en persona. Yo seguía sin entender muy bien las cosas. Por primera vez la veía con una especie de amago de alegría. Me dijo que Kevin le había hecho el favor más grande de su vida, que era el poder volver a estar con Daniel.

Yo tuve un ataque de arrechera inmenso. Le dije a Rudy que era una bruta y una estúpida. Menos mal que los papás no me escucharon. Creo que me hubiesen botado a patadas de la casa. Yo más o menos pude serenarme y le dije a Rudy lo que pensaba, y yo pensaba que Kevin la había jodido. Me daba arrechera, pero una arrechera infinita, la idea de imaginar a Kevin diciéndole a sus panas, tan asquerosos como él, una vaina como: “Marico… y convencí a Rudy para tirar con ella. Le inventé que yo era Daniel”, y los amigos de Kevin riéndose como unos machistas de mierda, como unos imbéciles.

Rudy me pidió que me fuera. No tenía un gesto de arrechera o de dolor, ni siquiera de decepción. Su gesto era como de: “Marica, no vengas a joderme mi mundo perfecto”. Yo no sabía si pedirle disculpas, no por lo que dije, sino por cómo se lo había dicho, o quizás por no habérselo dicho en el momento adecuado. Opté por pedirle disculpas, pero ya era tarde. Rudy me pidió que me fuera. Yo no quería hacer el problema más grande y salí. Ella cerró la puerta de un trancazo, de vaina me dio en la nariz. Y ésa fue la última vez que la vi.

Rudy se ahorcó horas después de eso. Yo me sentí mal y, hasta hoy, me ronda un pelo la idea de que, quizás, yo influí en el hecho de que Rudy se ahorcara. No quise saber más de ella, ni de sus papás, ni siquiera del hijo de puta de Kevin. De hecho, para evitar encontrármelo alguna vez, decidí dejar de estudiar en la Santa María, no me importó ni siquiera que ya estaba casi en mitad de la carrera.

Pero, aún así, una amiga me dijo, meses después (una amiga que conocía a Rudy y a Kevin), que Kevin se había ido a vivir a Perú. Ya han pasado casi tres años desde que pasó todo lo que cuento. La única y última vez que me metí en el Facebook de Kevin a ver qué había sido de su vida, hace relativamente poco, vi que estaba trabajando como vendedor ambulante en Lima. Seguramente hace parte de ese grupo de hijos de puta, infinito, que, como él, emigra siendo un hijo de puta, y lleva ese cáncer, incrustado en la venezolanidad, hacia otros países.

Samira Ileos.

Prohibido ser Gandhi. Capítulo 1.

Mi mamá llevaba varios minutos dándole vueltas, con el tenedor, a un guisante que estaba sobre el plato. El guisante, con un color que no podía decirse que era (o que alguna vez fue) verde, estaba bastante arrugado. Hacía juego con el arroz cocido casi transparente y con una proteína que, aunque los medios oficiales aseguraban que era carne, parecía un trozo de gruesa piel impregnado, aún cuando estaba en estado crudo, de un aroma asqueroso a aceite viejo. Yo prefería comer poco, o irme a la cama sin cenar. Prefería aguantar el hambre. El simple olor de la supuesta carne me provocaba náuseas.

Le supliqué a mi mamá que comiera algo, pero mis palabras sonaron a vacío. Ni siquiera yo creía en ellas. La verdad es que la comida, la única de la que disponíamos, era una basura. Me seguía afectando el ver a mi mamá en aquella actitud de dejadez total. Pero ya me iba acostumbrando. Ella había perdido bastante peso. El vestido beige con adornos, que unos años atrás le quedaba ceñido y que era, por eso, su vestido favorito, ahora le guindaba por todo el cuerpo, como si fuera una especie de baba o de lágrima de tela deshilachada.

Me gustaba acompañar a mi mamá a cenar. Me hacía sentir un poco menos miserable el tener a alguien, aún cuando pareciese hipnotizada, a mi lado. Observar a mi mamá, aunque yo no estuviese sentada en la mesa junto a ella, era una especie de consuelo a esa sensación que me invadía cuando caía la noche. No era una sensación de derrota, o ni siquiera de tristeza o de ansiedad. Era una sensación que parecía dictarme al oído, una y otra vez, que toda la vida en Venezuela no era más que un error, y ni siquiera un error importante, sino una especie de error olvidado. Sentía que Caracas, que de noche era una mole negra dormida, estaba ubicada en una especie de dimensión paralela a la que nadie podía acceder. Supongo que sentirse así era un resultado inevitable tras tantos años de aislamiento. El mundo no podía ocuparse de Venezuela todo el tiempo. Tenía que seguir su camino, y lo siguió.

Mi mamá por fin abrió la boca. Admitió que no tenía hambre. Me pidió permiso para levantarse e irse a acostar a su cuarto. Tuve que ser firme y decirle que no, que no la dejaría levantarse hasta que terminara de comer. Ya nos habíamos habituado a eso, al hecho de que mi mamá me viera como una especie de figura de autoridad. Aún así, seguía pareciéndome un poco extraño. Mamá estaba comiendo menos que nunca. Supongo que a mí me estaba pasando igual, pero no había nadie que me lo estuviese recordando a cada rato. Mamá podía pasarse hasta 48 horas sin comer. Por eso la comida nos rendía y teníamos más que nuestros vecinos. Menos mal que ellos no lo sabían, quizás hubiesen tumbado nuestra puerta para robárnosla.

Le pregunté a mi mamá si quería que yo comiera junto a ella. Un poco como hacen los papás, cuando quieren que un bebé coma, que comen junto a él. Ella me dijo que sí. Yo estaba dispuesta a hacer el sacrificio y llevarme la comida a la boca. Fui hasta la caja, que estaba dentro del closet, a intentar seleccionar lo menos repugnante.

 

T.M.

Oda a los perros

Comida sin sabor.

Voz sin emoción.

Pero la fuerza en mí

me prohíbe desistir

en el porvenir,

en el sin-sentir.

Y caer en la amargura,

así tenga que morir

y volver a nacer.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Cumplir con los tiempos,

con metas, objetivos y cuotas

para ser acreedor en ultratumba

Y tener buen crédito

sobre lápidas en bruma.

Y cobrar intereses

fuera de vida.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Y si existiré,

existiré para poder ver

con razón de ser y sentir.

Por canciones sin fin,

por conversaciones ilustres,

por vinos sin fondo

y mejillas fuera de foco.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Mostrar la edad con gusto.

Las emociones sin tapujos,

sin doble-sentidos

o agendas ocultas.

Genuino y profundo,

con uno y con todo el mundo.

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Estrujar el aire,

dominar el baile

de calor con color,

estática y furor

 

Será la última vez

que dormiré de pie,

que amaré sin ver

y sentir con la piel.

 

Ignacio Rangel

 

 

Instrucciones para enfrentarte al bully de tu salón

Métete la camisa por dentro. Quédate tranquilo y respeta a todos los de tu entorno. Estudia bastante y sé aplicado. Ten ganas de mejorar y de aprender. No seas un mediocre como tus compañeros. Es una de las fórmulas perfectas para ser presa en un colegio lleno de depredadores. Préstale atención a la maestra. Pareces más interesado en las clases que ella misma. Parece que se ha perdido el amor por la pedagogía. Ella habla de las gestas de Marco Polo con la misma emoción con la que un niño mira una inyectadora que se prepara para entrar en su brazo.

Aguanta los insultos que te hace el bully de tu salón. Idiota. Gafo. Nerd. Débil. Es más corpulento que tú. No tendrías oportunidad contra él. Nunca. Sus brazos se entornan y dibujan músculos cultivados. Los tuyos parecen tallarines a medio cocinar en la casa de un chino pobre de la selva. Todos tus compañeros adulan al bully de tu salón. Hace morisquetas que no son graciosas. Pero tus compañeros se sienten más seguros con la garantía de seguirle la corriente. Tú sólo trata de ignorarlo. Quizás se canse y elija a otra víctima.

Estira tu paciencia como si tu vida dependiera de ello. Estira tu paciencia como si fuera un chicle. Trágate que el bully de tu salón diga en público que tu mamá trabaja a medio vestir en una calle de reputación dudosa. No lo acuses. Sería peor. Los maestros se reirían de ti. Tus compañeros se reirían de ti. Cuenta el tiempo que falta para que suene el timbre. Cuenta el tiempo que falta para que acabe el año. En vacaciones no te tendrás que topar con el bully de tu salón. No le digas a nadie que cada vez te sientes más triste y desesperado. No le digas a nadie que tus notas han caído (como un avión impactado por un rayo) porque cada vez le tienes más pavor al colegio.

Devuelve la bofetada. Devuelve la bofetada por primera vez. La paciencia no es eterna. Hay un silencio sepulcral que flota sobre los pupitres. Se podría oír a una mosca contándole a otra mosca un secreto en susurros. El bully de tu salón se soba la mejilla izquierda. Tu rebelión sonó como un globo explotando sobre su cara porcina. Sé alquimista con tu hartazgo. Sé alquimista con tu rabia y con tu miedo. El bully no se quiere quedar así. Te ofrece una pelea para cuando suene el timbre de la salida. Es una cita.

Límpiate el sudor de la frente. Siente cómo se eleva tu adrenalina. Tus compañeros te rodean formando un gran círculo. No te espantes por el griterío que pide golpes y (preferiblemente) sangre. No estás solo en ese círculo. También está el bully de tu salón. Las ganas de destrozar se le ven en la cara y se le notan en el aliento que parece echar humo. Se está arremangando la chemise. No reces. Rezar es en vano. Los dioses no te sacarán de ahí ni te transportarán mágicamente a tu cuarto. Nunca habías deseado tanto estar tranquilo en tu cuarto. Tu cuarto es el refugio perfecto. En tu cuarto puedes ser tú sin que nadie te amenace. Podrías estar leyendo sobre los argivos y los troyanos mientras escuchas un disco de rock. Podrías estar jugando con Mario Bros mientras se hornea la pizza en la cocina. Regresa a la realidad. Regresa rápido. Cierra los ojos. Ahí viene el primer golpe.

 

Tomás Marín

 

Reseñas Cantáridas: “Viaje al fin de la noche”, de Louis-Ferdinand Céline

Pocos autores pueden presumir de un logro como el que tuvo Louis Ferninand Céline: Hacer que su primera novela se convierta en su obra maestra, indiscutible e inmortal. Y es que, cuando se investiga acerca de Céline, “Viaje al fin de la noche” es el título que, por antonomasia, se nos repite una y otra vez. Y es que Céline es un autor de cuidado, de escándalo muchas veces. Abiertamente, en más de una ocasión, expresó opiniones en contra de los judíos. Sin embargo, estamos ante el segundo autor francés más traducido de la historia (después de Marcel Proust). Y esto es gracias a que, en su momento, Céline supo crear un texto sumamente único y polémico. La principal razón de esta polémica recae en el lenguaje, descarnado y sincero, sin guirnaldas. Al momento de publicarse “Viaje al fin de la noche”, Céline contaba con 38 años.

“Viaje al fin de la noche” representa un viaje que se divide en dos vertientes. La literal y la metafórica. Por un lado, tenemos al protagonista, quien viaja, una y otra vez (algunas veces por iniciativa propia, algunas veces obligado por circunstancias que se le escapan de las manos), a distintos lugares del mundo. A la guerra, a África, a Estados Unidos, a Francia de regreso, dentro de Francia. Por otro lado, tenemos el viaje al fin de la noche como tal, que es esa experiencia pesimista que, con la compañía de otros personajes que van a apareciendo y desapareciendo, va acunando nuestro protagonista en su modo de enfrentarse a la vida, con todos sus obstáculos.

La larga novela se podría fragmentar en distintas aventuras que, cada una a su manera, van dejando entrever distintos temas desde la punzante perspectiva de Céline. Eso sí. Cada uno de los temas sobre los que se habla (el amor, la vejez, el sexo, la vida, la muerte, la guerra, la desesperanza, el pesimismo, la moral) está empapado del humor nihilista que el personaje (que no dista mucho de su propio autor) irradia. Esto le da un toque sumamente refrescante a la novela, que la aleja del lugar común de la belleza y del final feliz. Sin embargo, el tema general es el nihilismo, la futilidad de la vida y de las pocas opciones que, como seres humanos, tenemos ante esta vorágine.

“Viaje al fin de la noche” es una novela con muchísimos personajes, aunque no todos tienen la misma importancia ni la misma participación. En primer lugar, por supuesto, tenemos a Ferdinand Bardamu, nuestro protagonista y narrador. Él es, en cierto modo, el prisma a través del cual todos los personajes se desfragmentan en sus propios matices: odios, amores, celos, valentías, miedos. Bardamu, el viajero del mundo (y de fin de la noche), es nuestro ojo en las aventuras que vive, en las críticas, muchas veces irónicas y devastadoras, que hace de sus encuentros con lugares y personas.

Por otro lado tenemos a “Robinson”. Robinson llega a ser una especie de antagonista de Bardamu. Robinson, a pesar de que muchas veces se nos presenta como un pobre diablo débil, aunque pillo y taimado, no deja de ser enigmático. Robinson se encuentra con Bardamu (o Bardamu con Robinson) siempre de una manera casi inexplicable, en casi todos los lugares a los que éste va. No llega a ser un amigo como tal (muchas veces Bardamu no lo soporta, ni él soporta a Bardamu), pero tampoco llega a ser un enemigo.

Son muchas las mujeres que, a lo largo de la novela, irrumpen y son importantes en la vida de Bardamu. Sin embargo, yo colocaré sólo a una: Molly. Molly es una prostituta sumamente noble que acompaña a Bardamu durante parte de su estancia en Estados Unidos. Quizás no es la que más tiempo pasa con él, pero es la que se convierte, al menos para Bardamu, en el referente de la bondad y de la belleza infinitas. Enternecen, a pesar de lo ácido de la novela, las evocaciones que el protagonista, en un recuerdo cada vez más difuso, hace de Molly.

El narrador, como hemos dicho, está en primera persona. Muchas veces (lo cual es común en este tipo de narrador) se detiene en observaciones reflexivas acerca de tal o cuál asunto. Pero estas observaciones, al no ser aleccionadoras, sino pesimistas y obscuras, resultan sumamente divertidas y entretenidas. Muchas, de hecho, tienen el poder de que nos identifiquemos con ellas, relacionádolas con nuestra propia vida (quizás a ello se deba el éxito de esta novela y de Céline en general). Los adelantos de tiempo, esto hay que mencionarlo, se hacen con delicadeza. Céline cuenta más de quince años de su propia historia sabiendo extraer lo importante.

El lenguaje de Céline da para cortar muchísima tela. Uno de los aspectos por los que esta obra es capital, es el hecho de que el lenguaje es desenfadado, coloquial y, muchas veces, grotesco y grosero. Esto fue lo que generó, al ser publicada la obra, una gran polémica en la sociedad francesa de la época. Pero, analizándolo con una perspectiva del Siglo XXI, no podía ser de otra forma si el autor pretendía retratar (como muy bien lo hizo) la vida barriobajera de las entrañas de la guerra, de Francia y del mundo. Céline da mucha libertad a sus personajes para hablar, pero estos diálogos son concisos y no expresan más de lo necesario para el personaje y para la trama.

Hay denuncias, en la obra de Céline, que son exclusivos dardos a aspectos de su tiempo. La crítica y la burla a la guerra (que Céline experimentó de primera mano), la vida en las colonias francesas de África (ésta es, quizás, la más mordaz de todas, al mostrarnos a pequeños caudillos que humillan a sus subordinados y esclavos y a la vez viven una vida casi inhóspita en selvas que están, prácticamente, aisladas del mundo y que Céline se encarga de describir con particular detalle en lo respectivo al calor, a los olores, a los insectos, a las relaciones, etc.), la vida industrial y muchas veces enajenada de los estadounidenses y, finalmente, la vida de París, las relaciones entre las clases, entre las gentes que, quiéranlo o no, viajan hasta el fin de la noche.

Tomás Marín

La policía en Caracas siempre ha sido una mierda. La policía en Caracas nunca ha me ha infundido alguna otra cosa que no sea miedo o asco. Miedo porque sabes que tu vida y tus pertenencias no valen nada para ellos. Sabes que te pueden robar todo o te pueden disparar en la cabeza porque eres blanco o porque cobraste tu quincena. Asco porque tienen esa altanería maldita que ni siquiera tienen los delincuentes más activos.

Los casos en los que la policía de Caracas hace algo bien son contadísimos. Son casos absolutamente excepcionales. Yo no sé si los policías se pueden conmover alguna vez con algo. Siento que son seres casi todos embrutecidos incapaces de experimentar emociones. Aunque tengo casi la certeza de que se conmovieron cuando entraron a la casa del novio raro de Natalia y vieron los dos cuerpos. El del novio raro de Natalia estaba sobre el sofá. Me recordaba un poco la imagen de Sócrates bebiendo la cicuta. El de Natalia estaba en el suelo. Natalia (o la ex Natalia) recordaba la famosa imagen de Ofelia sobre el agua. La diferencia era que Natalia estaba muerta sobre una alfombra persa de imitación comprada quizás en Sabana Grande.

Pero los cuerpos aparecieron censurados cuando el mediocre noticiero de Venevisión pasó la noticia en la emisión de la noche. Los cuerpos tenían esa especie de cristal borroso que ponen en edición cuando se considera que una imagen es demasiado fuerte para ser vista por los espectadores estúpidos. Siento que no se comprende que en Venezuela ya nada es capaz de conmover a nadie. Los muertos que ves en la calle (en 3D y hasta en 4D) no tienen esa censura. Tú los ves ahí y ya. Algunos enmohecidos y algunos cubiertos por un trapo blanco y miserable que deja traslucir mucho rojo.

Me es difícil escribir una historia como la que quiero contar. He pasado mucho tiempo dándole vueltas en mi cabeza. No es que la historia me conmueva propiamente. Es que no he sabido cómo contarla. Me genera un poco de inquietud el pensar que algún familiar de Natalia pueda sentirse ofendido con todo este relato. Pero me arriesgaré. Yo fui amigo de Natalia y siento que tengo todo el derecho.

Podría mentir y decir que Natalia y yo éramos amigos cercanísimos e inseparables. Podría decir que Natalia era como una hermana. Pero no lo haré. No fue así. Natalia era una amiga equis. Era una amiga con la que yo salía de vez en cuando. Natalia era una de esas amigas a las que también ves de vez en cuando en alguna reunión y compartes con ella un Cacique con Big Cola. Era una chama bonita e interesante. Tenía los ojos color verde botella y tenía el pelo castaño con un rizo que no se terminaba de formar y que descendía en un tirabuzón elegante que pocas veces se despeinaba.

A Natalia le gustaba contar sobre su vida. Era una chama que gustaba de hablar. Natalia también era una chama que gozaba con la extraña costumbre de ir sola a un restaurante o a un bar (nunca de mala muerte. Natalia era de más o menos plata) a tomar una copa de vino o una copa de vermú. Decía que estos licores le ayudaban a indagar mejor en sus reflexiones personales. Creo que era la intensidad de Natalia con comentarios como ése la que nos hizo ser amigos. Pero el hecho es que Natalia me contó un día que había conocido a un chamo en una de sus reflexiones de vino y vermú.

Y vaya si el chamo agradó a Natalia. Se había convertido en uno de sus temas de conversación favoritos. Nunca lo llevaba a las reuniones. Decía que al chamo no le gustaban y que prefería quedarse en su casa viendo Netflix o documentales. Natalia lo describía como un chamo con el pelo liso negro casi hasta los hombros. Lo describía también con cierto tono de voz un tanto afeminado y sutil. Ese tono encantaba a Natalia según lo que nos decía.

Sí me llamaba un poco la atención (a todos los amigos de Natalia nos la llamaba) el hecho de que Natalia tampoco tuviera fotos con él o de él. El perfil de Whatsapp del chamo mostraba la silueta del muñequito blanco con fondo gris que indica que el usuario no tiene foto de perfil. Natalia alegaba que no tenía fotos de él (o con él) porque a él no le gustaba tomarse fotos. Algunas amigas en común se reían agitando el vaso de Cuba libre en la mano y decían que el cuadre de Natalia no era más que un rarito.

Pero la que comenzó a ser una rarita fue Natalia. Poco a poco se fue transformando en otra persona. Esto ocurría de una manera casi imperceptible. Ocurrió en un proceso que tardó varios meses. No cambió de la noche a la mañana como Scrooge. Yo no sé a las otras personas. Pero a mí me molestaba mucho (y me sigue molestando) que mis amigos cambien. Sobre todo me molesta cuando estos cambios están influenciados por otras personas.

Podría perdonarse un poco si el cambio es para bien. O al menos es un cambio divertido. Pero el cambio que se iba gestando en la personalidad de Natalia no tenía nada de divertido. No es que fuera pasando de santurrona a puta o de puta a santurrona. Ése suele ser el tipo más común de los cambios que puede haber en la muy particular sociedad de jóvenes de la clase media o media alta de Caracas. El cambio de Natalia era de ausencia. Natalia se iba volviendo una chama cada vez más abstraída y más ensimismada. Natalia siempre tenía la un poco cotufa costumbre de vivir haciéndose selfies para poner en Facebook y estimular su ego con los likes. Pero era su forma de ser. Era la Natalia de siempre. La nueva Natalia no colocaba ya nada. De vez en cuando ponía algún pseudotexto o pseudodocumental raro que me daba ladilla leer o ver debido a su tema metafísico. Lo metafísico siempre me ha parecido aburrido y estúpìdo.

No había que ser un Sherlock Holmes para darse cuenta de que aquel cambio de lo cotufa a lo (mal) raro en Nati estaba influenciado por esa especie de cuadre/novio/amigo/seductor que había conocido durante la maldita tarde de vino o vermú en la que su vida cambió. La información que yo tenía sobre él (quizás por no ser metiche y por no querer indagar más) era muy escueta. La imagen que me había formado de él en mi cabeza estaba armada sólo por las descripciones que daba Natalia. Sabía también que él había estudiado uno o dos años en España. Creo que en Madrid. Creo que una carrera rara como artes o como sociología.

El cambio de Natalia no me dolía. Pero sí me irritaba un poco. Natalia adquirió la costumbre de usar poquísimo el Facebook y el Whatsapp. No es nada malo esto. Pero en ella era un poco inconcebible. Era como un síntoma de alguna anomalía de cuidado. Yo decidí cruzar un poco la línea y llamarla. La llamé al celular y no me contestó. La llamé a su casa y hablé con su mamá. Su mamá me la pasó. Le dije a Natalia que la invitaba a comer o a tomar algo al restaurante de los chinos en Los Palos Grandes. Me dijo que sí. La fui a buscar en el carro.

En el restaurante de los chinos me di cuenta de que tenía unos cuantos meses sin ver a Natalia. Su ausencia había sido tan sutil y tan de a poco que no la asimilé en su total dimensión. Natalia me dio un poco de grima aquella tarde. Estaba más pálida y tenía el semblante como más sombrío. Le dije que parecía que había salido de una cárcel. Ella no se rió aún cuando sé que un comentario así le hubiese hecho estallar la carcajada meses atrás. Yo pedí rollitos. Ella pidió un vaso de agua. Yo le dije que no jodiera. Le dije que pidiera algo de verdad. Le dije que yo se lo pagaba. Ella me dijo que ya no comía grasas. Me dijo que ya no tomaba nada que no fuera agua. Yo la dejé ser. La reunión con Natalia en el restaurante de los chinos fue un desperdicio. La conversación era con pinzas. Muy incómoda. Natalia se bebió sólo un dedo de su vaso de agua. Aunque rescato que los rollitos que me comí estaban bastante buenos.

Natalia pasó uno o dos años siendo un tema de conversación casi perenne en las reuniones que hacíamos en Caracas. Hasta las mamás de algunos amigos conocían su historia. Todos echaban su propio comentario sobre ella. Todos compartían alguna vivencia con Natalia y comparaban cuándo había sido la última vez que la habían visto. Natalia se había convertido en una especie de leyenda urbana. La chama que se había vuelto loca. O que la habían vuelto loca.

La última vez que vi a Natalia fue cerca de la Plaza Altamira. Caracas estaba en la mega mierda y ya yo tenía mi pasaje para largarme de esa selva inhóspita e irme a trabajar y progresar en un país de verdad. Natalia estaba cruzando la calle y yo la llamé desde el carro. Estaba bastante flaca. Más flaca que de costumbre. Se acercó a mi ventana y me saludó. Sentía que me hablaba en código. Había adquirido cierto tic en el parpadeo que me llamó la atención y me ponía nervioso. Me dijo que pronto se iría de misión. Aunque nunca me dijo a dónde. No me importaba tampoco.

En casa de Juan Pablo me dieron la noticia. Recuerdo que estábamos comiendo Doritos y jugando Smash. A alguien le había llegado un Whatsapp que no se sabía por entonces si era verdadero. A Natalia la habían encontrado muerta en el apartamento de ese chamo raro. Él estaba muerto también. No había violencia en los cuerpos de la escena. Sólo un gran desorden de cosas tiradas que acaparó casi la totalidad de las conversaciones de aquel día.

Páginas amarillistas y mediocres como La Patilla y DolarToday comenzaron a regar la noticia con letras mayúsculas y amagos de clickbait. Otras páginas más serias relataban la noticia sin dar muchos detalles. No había muchos realmente. El Nacional fue el que más indagó. Pero no pudo dar con mucho. La imagen de los artículos siempre era la misma. Los cuerpos muertos con la censura que los hacía borrosos. Alguna foto sin censura se filtró por Twitter. La gente es morbosa. Pero yo no la quise ver.

Se han manejado muchas hipótesis en relación a lo que le pasó a Natalia. Se sabe que fue un suicidio acordado. Aunque no se sabe por qué. Yo he escuchado a mucha gente decir sus versiones (algunas más descabelladas y verosímiles que otras). Y la que más me convenció fue la que decía que el chamo raro había convencido a Natalia de que ella era una especie de ser que no era de este mundo. Que era quizás princesa o quizás reina de algún planeta lejano que había sido secuestrada aquí en la tierra (con la mala suerte de caer en un basurero como Venezuela). Se dice que supuestamente él la convenció de regresar a su planeta mediante la muerte. Pero que no era tan sencillo. Que no era matarse y ya. Que el cuerpo tenía que estar preparado sin azúcares y sin grasas para poder hacer un viaje rápido y cómodo. Que él la acompañaría y por eso se había matado también en ese entuerto idiota digno de un poema embriagado de Byron.

Y yo me siento un poco estúpido al contar así como así la que me parece la hipótesis más creíble de lo que le pasó a Natalia. No sé si Natalia sería capaz de dejarse convencer de hacer una cosa así. Pero se han visto cosas más raras. De todas formas ésa será una historia que se diluirá entre otras más horribles. Caracas haría las delicias de Agatha Christie. Y todo será siendo igual. La policía seguirá siendo una mierda.

 

T.M.

 

Reseñas cantáridas: “Quo vadis?”, de Henryk Sienkiewicz

Henryk Sienkiewicz escribió “Quo vadis?”, quizás no su obra maestra, mas su novela más famosa, en 1896. Nueve años después, recibía el premio Nobel de literatura. Sienkiewicz siempre tuvo a Polonia, su país natal, como una de las perpetuas y grandes protagonistas de sus historias. Y no era para menos. El gran tema de Sienkiewicz, a lo largo de su vida, fue la opresión y represión a Polonia, sometida (y casi desaparecida) en gran parte de su historia bajo el yugo de naciones extranjeras más poderosas. Al momento de escribir “Quo Vadis?”, Sienkiewicz contaba con 50 años.

“Quo vadis?”, sin duda, es un título atrayente. Valdría la pena saber si éste de popularizó aún más cuando la novela fue llevada al cine, con inmenso éxito, en el año 1951 de la mano del director de cine Mervyn LeRoy y un elenco de primer nivel, en el que destacó el actor Peter Ustinov por su interpretación de Nerón. Pero “Quo vadis?”, como bien se sabe, nace de una anécdota extraída de un evangelio apócrifo. La historia cuenta (este episodio se representa en la novela) el supuesto encuentro entre el apóstol Pedro y Cristo, en donde el primero le pregunta al segundo: “Quo vadis, Domine?”, (¿A dónde vas, señor?) en las cercanías de Roma.

No cabe duda de que “Quo vadis?” es una novela que, si bien no es particularmente intricada, tiene una complejidad de respeto. Abarca muchos temas, englobados en un momento histórico muy explícito. Este momento es el gobierno de Nerón como emperador del imperio romano. Con esta excusa, el autor nos presenta puntos de vista con respecto a la amistad, el valor, el amor, la muerte, el destino, la fe, la historia y hasta el estilismo. Es en ese sentido en donde destaca la complejidad de Sienkiewicz, habituado a historias largas, a epopeyas que se desenvuelven en momentos históricos muy señalados.

Otro punto en donde se puede apreciar la complejidad del texto es en la evolución de sus personajes. Los personajes de “Quo vadis?”, cuando los contemplamos a fondo, están muy bien trazados. Los personajes, a medida que avanza la trama, casi sin excepción, se salen de su zona de confort debido a las circunstancias que atraviesan. Es, precisamente, esta salida de la zona de confort, de lo conocido y lo agradable, lo que se convierte en el conflicto generalizado de la historia. También es necesario decir que Sienkiewicz hace una mezcolanza magistral entre personajes reales históricos y personajes totalmente ficticios.

De muchos personajes que encontramos, sin duda el principal es Marco Vinicio. Marco Vinicio, un acomodado patricio romano, es el que experimenta, por amor, un viaje que, muchas veces, pondrá en peligro, más que su prestigio, su propia vida. Este amor se capitaliza en Ligia, su bienamada. Ligia, si bien es otro de los personajes protagonistas, representa más una idealización de la paz y de los sentimientos puros y nobles que hace Sienkiewicz.

Chilón Chilonides, personaje absolutamente ficticio, es otro de los grandes manjares de nuestra historia. Es un personaje único, de ésos que dejan huella en el lector no sólo por su ingenio y su simpatía, sino por su evolución. Todos nos podemos identificar con Chilón en algún momento. Es un personaje rastrero, interesado, débil. Pero su encanto reside en sus diálogos, en su actitud tan miserable que causa gracia. Gracia que se va obscureciendo progresivamente.

Otro personaje elemental, y que da pie a muchos análisis, es Nerón. Nerón podría decirse que es una especie de Chilón Chilonides. La única diferencia es que Nerón posee poder, un poder casi infinito otorgado por el hecho de ser emperador de Roma. Sin embargo, por sus intervenciones, por sus acciones, por su actitud, Nerón, allende a su aura monstruosa (que es la que, en cierto modo, desencadena todas las tragedias y dificultades por las que pasan los personajes) es un pobre diablo que hasta puede llegar a inspirar lástima.

Por último, un análisis literario sobre “Quo vadis?” estaría incompleto sin mencionar al que fue mi personaje favorito. Petronio. Petronio, personaje histórico un poco caricaturizado en la novela, es uno de los grandes consejeros de Nerón. La gracia de Petronio reside en su total indiferencia con respecto a todo lo que no sea la belleza o la gracia. Petronio es el más inteligente y orgulloso, por lejos. A Petronio ni siquiera le preocupa la muerte o la amenaza. Sin embargo, es, irónicamente, una torpeza de Petronio la que desencadena, junto a Nerón, los hechos trágicos de la novela. Y es allí donde se hace conmovedor el camino que traza Petronio para enmendar su error.

La narración en “Quo vadis?” tiene sus pros y sus contras. El narrador, siempre en tercera persona, tiene el poder de penetrar en los pensamientos de los personajes. Llama la atención que los personajes, sin excepción, tienen largos diálogos. Podría decirse que la novela tiene tantos diálogos como párrafos narrados, quizás por eso el éxito fiel de la adaptación en cine. Un punto negativo al narrador podría ser que, algunas veces, quizás sin intención, pretende aleccionar. Esto, a mi punto de vista, es invasivo para el lector.

También se podría destacar de “Quo vadis?” el hecho de que funcionaría perfectamente como un glosario para entender la época romana. Al principio la lectura puede hacerse un poco dificultosa debido al hecho de que existen decenas y decenas de términos con los que un lector contemporáneo no esté familiarizado. Si no se cuenta con notas al margen, o un buscador, se podrían diluir términos importantes.

No existe duda, y muchos analistas confirman esto, el hecho de que, a pesar de su profunda investigación y la construcción exquisita de los personajes, “Quo vadis?” no es más que una gran alegoría de la represión sufrida por Polonia en puntos determinados de su historia. Es que Sienkiewicz, incluso sin mencionar a Polonia en ninguna de sus líneas, la tiene presente en sus historias.

 

Tomás Marín