¿Qué rayos es La Cantárida?

Hace pocos días, La Cantárida cumplió dos años. En esos dos años, hemos recibido más de 260.000 visitas desde muchas partes del mundo. Nos ha pasado de todo: Nos han elogiado, nos han criticado, nos han insultado, nos han amenazado; incluso, una vez, nos vendimos, cual meretrices, e hicimos un artículo alabando un método de enseñanza, que desconocemos, a cambio de cinco miserables euros (el hambre es mala directriz).

La Cantárida es un proyecto que nació durante una bonita mañana víspera de una noche de leer a Sofía Ímber (quien ahora, para efectos dramáticos, está muerta). Es una página que vio luz en Caracas y ha tenido presente a esa ciudad en la gran mayoría de sus textos. La Cantárida ha sido un menjurje de estilos más o menos periodísticos (ensayos, crónicas, poemas, guiones, entrevistas, entrevistas parodia, recomendaciones literarias) que, un día, es capaz de recibir a decenas de miles de lectores y otro día a 6.

La Cantárida ha recibido el apoyo de ciertas personas que, gracias a cartas que nos escribieron diciéndonos que uno u otro texto las había marcado, se han convertido en aliados, en amigos. A esas personas, nuestro agradecimiento infinito.

Es muy frustrante que, muchas veces, La Cantárida se ha estrellado de frente contra el pensamiento patriotero, orgulloso y masivo que está enclavado en muchas personas que son incapaces de discernir, de decantar, de tolerar, de debatir. En un ensayo que cuestionaba el mito de la belleza venezolana, se nos acusó de anti-venezolanos, de hijos acomodados de Europeos (y si fuésemos hijos acomodados de europeos, ¿cuál sería el problema?). En una falsa crónica sobre un supuesto estudiante del San Ignacio que terminaba en la banda del Picure, se nos acusó de anti-ignacianos (y si fuésemos anti-ignacianos, ¿cuál sería el problema?), se nos amenazó con demanda, nos acosaron por Facebook y Twitter. En otra crónica, que llamaba a Venezuela un “mal chiste”, se nos volvió a insultar por “mancillar el tricolor nacional”.

Nos duele mucho recordar Caracas. En España siempre seremos unos foráneos, unos equilibristas. Duele también mirar (junto a nuestros amigos) a Caracas como un conjunto de ruinas que, de vez en cuando, emanan lindos recuerdos. Caracas se destruye en esa caída libre que es Venezuela. Aunque volviésemos, ya nada sería lo mismo. Mucha gente se ha ido.

Aún miramos, incrédulos, la manera en la que todo se ha ido al abismo. No es fácil venir de una dictadura, mucho menos es vivirla, sentirla, sufrirla.

Jules Michelet, en su libro “La sorcière”, habla de ciertas relaciones entre magia y poder. Alegaba que mucha gente herida veía, en la brujería y en la hechicería, la contraparte justa al “buen” cristianismo, ligado a la monarquía, que torturaba y reprimía. Un caso similar sentimos (a manera personal) con Bolívar y lo bolivariano. En su nombre se ha masacrado a un país, se han destrozado miles de sueños, se han derramado millones de lágrimas y cantidades inenarrables de Sangre. Nos cuesta separar a Bolívar (que, de todas formas, nunca fue una persona ejemplar) de la obscura nube que nos atormenta. Odiamos a Simón Bolívar: dictador, avaro y traidor.

Si has llegado hasta aquí, te invitamos a que leas la última crónica de la cantárida y, si quieres, pasea por la página a ver si algo te gusta. Si no quieres, no lo hagas. Es un mundo libre.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ernesto Ghinaglia dice:

    Me encanta como escribes con ese estilo tan propio fr nuestra amada y desaparecida Caracas.

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    1. tomasmarind dice:

      Gracias por tu comentario. Un abrazo. 🙂

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