El esnobismo Lugar Común

Mi afición verdadera por el arte comenzó cuando estaba en humanidades, en mi colegio. Me atrevería a decir que el gran responsable de mi amor verdadero por el arte fue Eduardo (Sánchez Rugeles). (Que, por cierto, deberían leer sus novelas. Muchos de sus arquetipos han sido tratados de imitar por mí, sin mucho éxito). Él nos daba historia del arte e historia de la cultura (esta última fue la primera y única materia que eximí en mi vida). Él nos mostraba proyecciones maravillosas de cuadros famosos y de fotogramas de películas antiguas.

Antes, desde niño/preadolescente/adolescente, ya yo admiraba algunas pinturas, como el brutal Saturno de Goya. Pero fue en la época de Sánchez Rugeles cuando decidí que me quería dedicar a ser artista. Porque fue también en humanidades cuando adquirí, más que nunca, la gloriosa costumbre de leer libros y libros, costumbre que deseo no perder nunca y que estoy seguro de que me ha salvado gran parte de la vida, frente a los monstruos horribles de la depresión y de la ansiedad, en más de una ocasión.

El hecho es que mi afición al arte, de manera progresiva, me hizo ir internándome en el que podría decirse que es el círculo de artistas, de críticos y de artistas wannabe de Caracas, ese círculo que solía reunirse en los teatros, en los museos, en las galerías y en ciertos bares. Allí conocí a gente maravillosa, a amigos maravillosos, y hasta mis dos primeras novias eran, en parte, de ese círculo.

Los lugares eran casi siempre los mismos: El Ateneo (el nuevo y el viejo), el Teresa Carreño, Lugar Común, la Casa de Rómulo Gallegos, el Centro Cultural de Chacao, el TET, etc.

Saber de arte, de libros, de historia y de cultura, tenía sus ventajas. No sólo era entretenido buscar, entre las infinitas parrafadas (o imágenes) de escritores, de analistas, de teóricos y de artistas fabulosos, los porqués de la vida, del amor, de la violencia, de la euforia, del comunismo y/o de la tristeza. También saber acerca de esos temas te convertía, para los ojos adecuados, en una persona más interesante y atractiva.

Por ejemplo, cuando llegabas a una reunión y querías conocer a una chama, era mucho más efectivo, para llamar su atención, hacer algún comentario (eso sí, tenía que estar relacionado con el status quo del momento) acerca de Francis Bacon, del Elogio de la Locura o de Bukowski, que comentar el último resultado del Atlético de Madrid en la Champions League (aunque me gusta la Champions League y el fútbol en general). Claro está que no siempre funcionaba, menos a mí, que no soy, precisamente, Brad Pitt. Pero, cuando funcionaba, podías pasar toda la noche, entre shots de Carta Roja o de Old Parr (dependiendo del nivel social de la fiesta), hablando, aunque fuese de manera algo naíf, con la chama en cuestión, o con otra gente, acerca de temas tan intensos como hermosos. Porque, de alguna manera, lo que más me gustaba en las reuniones, o en las cenas, o en cualquier lugar en el que estuviera con amigos o con nuevos conocidos, era integrar un poco a todos en la conversación, que hasta el cotufa más cotufa me diera su opinión (válida siempre) acerca de lo que pensaba, creía o suponía que era el origen del universo, o de hacia dónde vamos después de morirnos.

A mí también, cuando iba a un museo, a alguna galería o a alguna obra de teatro, me encantaba siempre opinar, descubrir, sorprenderme. Yo siempre quería (y quiero) tener la capacidad de absorber, de aprender, de impresionarme como un niño que descubre cosas nuevas. Y la falta de esa habilidad (por llamarlo de alguna manera) era, a mi punto de vista, el gran talón de Aquiles del círculo de arte de Caracas, ése de los artistas, de los críticos y de los artistas wannabe.

Es que muchas veces, muchas veces realmente, tuve la oportunidad de ver a artistas, o pseudoartistas, compitiendo por ver quién era el más culto, el más profundo, el más sabio y el más sensible. Todo eso siempre me produjo una mezcla extraña entre risa y lástima. Estaban en la Casa de Rómulo Gallegos (sin quitarle su mérito, por supuesto) exponiendo un performance y, al terminar, brindaban con una mirada altiva, por encima de la línea de los ojos, como si les hubiesen concedido la sala principal del MOMA. Lo mismo pasaba, por ejemplo, con las obras de teatro o con (que esto merece una distinción aparte) los recitales de poesía. A veces, al finalizar una obra de teatro, dos críticos, o dos artistas wannabe, con sus cabezas siempre alzadas, como pelícanos buscando comida, engolaban la voz y decían joyas como: “Es que esta obra no es para todo el mundo”, o definiciones y citas extrañas y enrevesadas acerca del simbolismo, de la sociedad, de Foucault o de no sé qué más, no para aprender, para compartir, sino para quedar como personas cultas y sabihondas.

Con los recitales de poesía era lo mismo. Un poeta, con una boina ridícula, subía al estrado, decía palabras al azar: “Cuchillo”, “Urogallo”, “Sábana”, “Cariátide”… Y ya está. Ése era el poema. La gente, más o menos como el cuento del traje nuevo del emperador, por temor a decir que no había entendido nada (o, a lo mejor, el único idiota que nunca entendía nada era yo, y este texto no tiene sentido), aplaudía y se ufanaba a decir, como siempre, que esa poesía no era para todo el mundo, que era para esa implícita élite cultural. Tengo ya más de tres años que no voy a ninguna tertulia caraqueña, ni oficial ni improvisada. Aquí, en España, he aprendido que, en cierto modo, se repite siempre un poco el patrón. Aunque aquí, o eso creo, la gente de los círculos bohemios es un poco más modesta y candorosa.

Extraño mucho las reuniones en Caracas (con todos sus lugares), las conversaciones intensas y bellas sobre los temas que, tras mil años de gente intensa debatiendo acerca de ellos, aún no tienen respuesta.

Tomás Marín

P.D. El título de este artículo pertenece a una frase que un día alguien (no recuerdo quién) me dijo cuando estábamos hablando sobre este tema. No tendría, jamás, nada contra Lugar Común o contra alguna librería alternativa.

Cristina Domínguez: Arte sin medias tintas

Una inventiva certera, bien pensada, sin dejar de lado una rendija por donde se filtra, dosificadamente, lo espontáneo y el azar. Trazos e impresiones que se pasean sutiles, como bocanadas de humo cromático, entre la geometría, el cinetismo y el art nouveau. Composiciones complejas, que evocan el imaginario de Escher, y sencillas figuras fondo de muy mimada estética, al estilo de la escuela psicológica de la Gestalt. Cristina Domínguez cuenta con dos herramientas poderosas que cortan la maleza a su paso: la experiencia de toda una vida impregnada por el dibujo; y las ganas de experimentar con todo tipo de materiales y corrientes.

 

Grabado creado por Cristina Domínguez.

Dibujo creado por Cristina Domínguez.

Cristina tiene una sonrisa grande, bonita, contagiosa, sincera, atenta. Tiene las manos manchadas en medio de la creación de un estampado. El taller, con sus químicos y sus tórculos, es como un patio de juegos en donde se siente cómoda, concentrada y feliz. Le gusta ser didáctica, compartir el método, los pasos y los procesos a medida que los va ejecutando. Le brotan las ganas de enseñar y, entre sus metas, está dirigir su propio centro de grabados. Aprende con y de sus compañeros mientras, con un carisma natural, conversa con algunos de ellos acerca de texturas, claros y obscuros.

 

Cristina en el proceso de creación de un estampado.

Cristina en el proceso de creación de un estampado.

En 2016, su obra “F.L.U.O.R.” fue galardonada en el Certamen de Arte Gráfico para Jóvenes Creadores, premio convocado, entre otras instituciones, por la prestigiosa Calcografía Nacional de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cristina respeta, sin embargo, todos sus trabajos por igual; los admira y, con mucha humildad (tan carente en los artistas contemporáneos), está orgullosa de todos y cada uno de ellos, pues representan un mundo independiente en una persona única.

 

F.L.U.O.R.

F.L.U.O.R.

Cristina asume el reto, apoyada por una familia que confió en ella y le dio libertad para distenderse en su aventura, de saltar la muralla que divide al arte hobby del arte profesional. Se lamenta de que la gente haya perdido mucha capacidad de impresión y aún considere actuales a las vanguardias de principios y mediados del siglo pasado. “Uno de los problemas de los españoles es que, quizás, nos creemos muy poquita cosa, eso permea en los movimientos que pudieran erigirse”, dice. Ella predica con el ejemplo y celebra, a la par que espera algún día auspiciar, canales que estimulen y contribuyan al desarrollo de las canteras de artistas y creadores.

Allende a todos los obstáculos, ella apuesta ciegamente por transitar, emprender y creer. Cristina tiene la certeza de que, tarde o temprano, “el arte se hará”; y es mejor dejarse guiar por las inquietudes desde el principio, así sea en el tiempo libre. Disfruta de la literatura profunda, del cine de autor y de cualquier manifestación que aporte, trascienda y haga trascender. En su talento y en su constancia se esconden gemas y la clave para alentar y comprender que España aún tiene mucho potencial y que, a pesar del desaliento, hay una constelación que fulgura y orbita en medio de la tormenta.

 

Tomás Marín

Comunicador Social/Periodista Internacional

Residente en Madrid

(En busca de nuevas ofertas laborales)

tomasmarind@hotmail.com

 

Fotografías: Tomás Marín

 

 

 

 

 

Algún día Taschen hará libros sobre nosotros.

El sábado vino a visitarme una de las personas que más admiro. Arribó con un vestido corto negro, con unos zapatos de goma, con su novio y con la iridiscencia tranquila de los cultores sin pretensión.

Apartando a mis amigos más cercanos, quienes, básicamente, viven conmigo durante los días de fiestas y de tertulias, ella fue la primera en llegar a la plaza doméstica del salón principal del edificio.

Desde la primera vez que estreché su mano descolorida, tuve la certeza sosegada de que nos convertiríamos en buenos conocidos. Felicitome ella a raíz de una exposición que hice en la universidad (acerca de la teoría de McLuhan sobre los medios “calientes” y los medios “fríos”) que presumía la mezcolanza, en la misma presentación de Power Point, de Guido Von List, de Alejandro Jodorowsky y de los ingredientes necesarios para preparar una pizza.

Ella comparte, al igual que yo, un convencimiento absoluto en la entrega de la vida al arte. Ella tiene buenos gustos (en su mayoría británicos) que, en ocasiones, comentamos en nuestras charlas por Facebook. Ella, si sigue encauzada (o quizás en la falta de cauce radica su soltura), llegará lejos en el ramo que decida escoger.

Varias veces le he dicho que, junto a otra gente de nuestro entorno cercano, estamos destinados a la grandeza, al quiebre de los esquemas y a la inmortalidad. Que Taschen, la legendaria casa de investigación editorial, imprimirá textos sobre nosotros que reposarán en andamios polvorientos (la mayor aspiración que puede existir) junto a Puvis de Chavannes, a Gentileschi, a Seurat, a Brueghel y a tantos más. Ella sonríe, no me importa si no lo cree. Es una certeza, como cuando el Oráculo de Delphos afirmó que Sócrates era el hombre más sabio de Atenas, como cuando Lucheni desenfundó la aguja.

Por ahora, ella está en mi reunión de cumpleaños, preludio de nuestro dardo en el porvenir, prólogo de que el mundo barrunta nuestra ira. ¡Qué honor se siente, desde ya, el verte con tu vestido corto negro, con tus zapatos de goma, con tu novio, con tu vaso de plástico repleto de alcohol y con tu iridiscencia tranquila de los cultores sin pretensión!

T.M.